DONDE LA VICTORIA SE INCLINA DEL LADO DE LA BONDAD.

En el hermoso jardín, cerca del terraplén que había sido testigo de sus primeras palabras, Herminia y Mauricio se paseaban, bajo la bóveda de árboles, mientras la señorita Guichard recibía á los invitados. El señor Tournemine, muy felicitado por el precioso discurso que había pronunciado el día anterior en la alcaldía, acababa de llevar á su mujer, y faltaban los Chevalier, primos de Clementina por parte de madre, los Bobart y los Truchelet, cuyo jefe, Eduardo Truchelet, miembro del Instituto, es el gran profeta de las variaciones atmosféricas.

Cuando Truchelet publica en los periódicos y revistas científicas que el mes de junio será lluvioso y el de diciembre glacial, no hay cuidado; habrá una sequía excepcional y el invierno será benigno. Nunca se ha hecho justicia á la memoria de sabio de Truchelet, y sin embargo, en teoría, sus pronósticos son indiscutibles.

Bobart padre, antiguo abogado, acababa de hacer entrar al miembro del Instituto en su terreno favorito, preguntándole qué influencia ejercía el viento norte sobre el cultivo de los albaricoques en el centro de Francia, y Truchelet, apoyado en la chimenea, se disponía á probar que el descenso más ó monos rápido de la temperatura polar, produciendo mayor ó menor calor en las corrientes submarinas, era causa de las buenas ó malas cosechas en el país más templado de Europa, cuando la señorita Guichard llamó á Bobart con un ademán y lo hizo acercarse á ella.

Encontrándose libre, por primera vez desde por la mañana, quería interrogar á su factótum.

—¿Cómo va la construcción de la tienda para el baile de esta noche?

—El patio está ya cubierto ... Los obreros del señor Belloir no tienen que hacer más que clavar una tela en el suelo y arreglar las sillas ... Se entrará por el jardín y por las ventanas del piso bajo ... Está muy hábilmente dispuesto.

—¿Cuántas personas podrán estar sentadas?

—Por lo menos, doscientas.

—Perfectamente. La música del pueblo, ¿será exacta?

Á los postres, es decir, á eso de las nueve, empezará á tocar.

—Seremos treinta y dos á la mesa. ¿Habrá espacio para todos?

El jefe de cocina asegura que cabrían cincuenta.

—Entonces, todo está bien.

—Tú triunfas; pero has jugado una partida muy arriesgada. Si ese joven no hubiera sido tan fácil de conducir, hubieras podido sufrir alguna avería ... Mientras que otro ...

—Tu hijo, ¿no es verdad?

—Sí, mi hijo; respondió Bobart con aire contristado.

—No agradaba á Herminia ...

—Si le hubieras dejado hacerle la corte ...

—¡Él se la ha hecho, sin pedirme permiso!

—¿Mi hijo? exclamó estupefacto el antiguo abogado.

—Sí, tu hijo, el oficial de húsares en persona. Y de tal modo, que se ha permitido escribir á mi sobrina una esquelita, que Herminia me entregó, naturalmente, sin abrir ... Está escrita con un buen estilo la tal esquela ... Podrás leerla, si quieres ...

—¡Cómo! ¿Se ha atrevido?...

—Se ha atrevido. Y yo, sin decirte nada, para no disgustarte, mi pobre primo, me atreví por mi parte á decirle que si no cambiaba de proceder, le pondría en la puerta con todos los honores debidos á sus galones ...

—Puedes creer, respetable prima mía, que yo ignoraba ...

—Hubo un momento en que pensé que eras tú el que habías impulsado á ese badulaque, pero la torpeza de su conducta me probó claramente que obraba por su propia iniciativa. Yo no os quiero mal, Bobart. Bien sabes que os profeso una antigua afección ... En resumen, la adopción de Herminia ha destruído las esperanzas que tu hijo podía abrigar respecto de mi herencia, y hace mucho tiempo que he resuelto reparar este perjuicio que os causaba. En mi testamento he asegurado doscientos mil francos á tu oficial de húsares ... Esto le consolará ...

Bobart, abrumado por esta liberalidad inesperada, se deshizo en protestas; pero Clementina, con la autoridad de una soberana sobre su vasallo, cortó aquellas expansiones entrando en un orden de ideas que le parecía más interesante:

—¿Y hay noticias de Roussel esta mañana?

—Partió ayer, como te dije, por el ferrocarril del Havre ... Se ha ido á digerir su fastidio en la orilla del mar ... Se ha dado el golpe mortal ...

—Le permito vivir, declaró magnánimamente la señorita Guichard, á condición de que, en adelante, permanezca en su puesto ...

—¿Y qué remedio tiene? Has cortado las garras á ese león y ya está domado ...

—Han sido necesarios veinte años de lucha para llegar á ese resultado ... Pero no me arrepiento de mis esfuerzos.

¡Veinte años de lucha! Clementina llamaba lucha á la persecución que había hecho sufrir al buen Fortunato y contra la cual ni una sola vez se había éste rebelado. Una lucha á aquella serie no interrumpida de vejaciones y de infamias, sufridas por su enemigo con la paciencia inalterable de un hombre que se da cuenta del peligro de que ha escapado y que se dice: "Habiendo evitado tal desdicha, puedo soportarlo todo con resignación." ¡Al fin, la señorita Guichard le permitía vivir!

Y él estaba decidido á usar de ese permiso, porque apenas las últimas palabras de la tía de Herminia se habían confundido con el hueco rumor de las disertaciones de Truchelet, cuando entró un criado, se aproximó á la dueña de la casa, é inclinándose respetuosamente, murmuró esta frase:

—El señor Fortunato Roussel pregunta si la señorita tendrá á bien recibirle.

Un rayo cayendo sobre la casa; las palabras proféticas del festín de Baltasar apareciendo en la pared en letras de fuego; el nivel del Sena cambiando de repente y haciendo que el río se precipitase sobre el jardín; el Presidente de la República apareciendo de pronto escoltado por su cuarto militar para bailar en la boda de Herminia; ningún cataclismo, ninguna manifestación divina, ninguna inverosimilitud social, hubieran causado á Clementina un estupor semejante al que sintió.

Sus ojos se abrieron inmensos; una llama subió á su frente; después se puso pálida como una muerta y sus manos se abrieron y se cerraron en el vacío. Quiso hablar y no pudo más que producir un ruido que lo mismo expresaba alegría que terror.

Ya Bobart extendía el brazo para sostener á su respetable amiga, cuando por un supremo esfuerzo de la voluntad, Clementina recobró su aplomo, dominó á su cerebro y tomando una decisión, dijo:

—Hágale usted entrar en el saloncillo.

Y como Bobart, con la boca abierta, parecía pedir una explicación, le dirigió una mirada fulminante y le dijo:

—¡Conque estaba en el Havre!

Pero, mi bella prima ...

En los momentos críticos, Bobart tenía la costumbre de desarmar á Clementina llamándola "bella prima." La lisonja hizo su efecto. Una sonrisa altanera crispó los labios de la señorita Guichard; lanzó un vigoroso suspiro que la libró de su opresión y dijo, mirando con altanería á su primo aterrado:

—¿Crees que le temo? Ahora vamos á vernos los dos.

—Viene, sin duda, á pedir gracia, insinuó Bobart.

Este pensamiento conmovió á Clementina. Hasta entonces no había imaginado más que un Roussel amenazador y terrible, avanzando armado de derechos iguales á los suyos y reclamando su parte de afecciones, de dicha y de esperanza, y en un momento se figuró un Roussel aniquilado, vencido, aproximándose tímido, suplicante y dispuesto á consentir que se pusiera sobre su cabeza un pie victorioso. Se estremeció de alegría y haciendo un ademán de soberbia, contestó:

—¡Es probable! Viene á capitular ... Bueno, ¡vamos á ver!.. Sustitúyeme con mis convidados y que nadie sospeche lo que aquí sucede.

—Vete tranquila.

Abrió la puerta y alta la frente, firme la mirada, entró en la habitación donde esperaba Fortunato.

Éste estaba de pie cerca de la ventana y miraba á Herminia y á Mauricio, que paseaban por el jardín. Ignoraban su llegada y, entregados por completo á la dicha de verse juntos, marchaban con ese andar perezoso é igual, propio de las parejas enamoradas. En verdad que el paso que Fortunato daba en este momento era para él muy penoso, pero todo lo daba por bien empleado al ver á los jóvenes tan plenamente dichosos.

La puerta, al abrirse, le hizo volver la cabeza. Clementina, majestuosa y soberbia estaba delante de él.

Ambos se examinaron en silencio durante unos instantes. Ella le encontró bien con su cabello blanco y rizado que servía de apropiado marco á una cara llena y sonrosada. Tenía, como siempre, hermosa presencia y su elegancia era propia de su edad. Con una amargura que no pudo vencer, Clementina pensó: "No tiene trazas de haber sufrido mucho."

Roussel la saludó con sonriente cortesía y ella hizo una ligera y seca inclinación de cabeza.

—He aquí, dijo, una visita que yo no esperaba y que más que sorprenderme ...

—La vida no es más que una serie de sorpresas, mi querida prima, respondió. Fortunato en tono amable; y seré feliz si ésta que te proporciono te parece agradable.

—¿Te burlas?

—La ocasión no me parece bien escogida para eso.

—¡Oh! tu tacto y tu delicadeza me inspiran muy poca confianza.

—Enhorabuena, dijo Roussel riendo; veo que no has cambiado ... en lo que se refiere al carácter, al menos.

—¿Te atreverás á dirigirme impertinencias en mi propia casa?

—¡No lo quiera Dios! mi querida prima. Eres siempre la misma en lo moral, pero no en lo físico ... Has ganado mucho.

—Hazme gracia de tus piropos, dijo Clementina en tono más dulce, y ten la bondad de decirme el objeto de tu visita.

Pues qué, ¿no es bastante visible? ¿Hacen falta explicaciones? Nuestros hijos se han casado esta mañana, ¿no es este mi sitio en día semejante? Sé las consideraciones que se te deben. Eres la madre de la desposada; yo he servido de padre al novio; la boda se hace en tu casa ... y he venido.

—Jamás ha existido lazo alguno de parentesco entre ese joven y tú ... y después de la indignidad de tu conducta respecto de él, no tiene ningún motivo de reconocimiento. Por consiguiente tu presencia no está justificada y nos veremos en la precisión de evitarla.

Roussel no se movió.

—Es verdad, dijo, que en el primer momento, cuando supe por Mauricio que so quería casar con tu sobrina, experimenté un vivo descontento contra él y le obligué á abandonar mi casa. Pero, después he reflexionado: la soledad es buena consejera. He pensado que, después de todo, ese muchacho tenía el derecho de amar á quien quisiera y me he resignado con tu sobrina. Mis informes han sido muy favorables á Herminia, debo confesarlo; he cambiado de modo de pensar y me he arrepentido de mi conducta con Mauricio. Apruebo su matrimonio, lo reintegro en su situación de heredero, le devuelvo mi cariño y me preparo á rivalizar contigo en ternura para la joven pareja.

—¡Dios mío! exclamó Clementina levantando los brazos con estupor; ¿qué es lo que oigo?

—Lo que oyes, querida prima, es el lenguaje de la sana razón. Acaso habías perdido la costumbre de oirle en los veinte años que hace que no nos vemos, pero nunca es tarde para ceder á los buenos consejos. Ya ves con qué confianza he venido á buscarte ...; os que, en realidad, no se trata ya de ti ni de mí, sino de esos muchachos, que merecen ser dichosos ...

—Nos pasaremos sin ti para su dicha como nos hemos pasado para su matrimonio; llegas tarde. Cuando se quiere imponer condiciones es preciso formularlas antes de firmar las capitulaciones. Hemos arreglado nuestros asuntos sin ti y sin ti continuaremos, quieras ó no. ¡Está bien! ¡He aquí un divertido personaje que viene á adjudicarse él mismo su parte en una dicha á cuya preparación ha sido extraño! Tú has prescindido de nosotros; no te conocemos.

—Pero yo os conozco todavía. Me he juzgado más firme de lo que soy en realidad. He creído que podría vivir sin estar rodeado de las atenciones á que estaba dulcemente acostumbrado y he visto después que me engañaba y que moriría de pena en la soledad.

—Muere; no vemos en ello ningún inconveniente.

—Habla por ti, querida prima; pero no en nombre de Mauricio. Estoy seguro de que bastará una sola palabra para hacerle venir á mí y con él á su mujer.

Á esta afirmación la señorita Guichard se estremeció, porque veía su verosimilitud. Toda su combinación estaba fundada en un resentimiento que, gracias al rencor de que suponía animado á Roussel debía ser definitivo. Y de repente, el que ella creía separado de Mauricio por sentimientos que necesariamente debían irse agravando, se presentaba calmado, sereno, con palabras de conciliación en los labios y prendas de paz en las manos. Ni Mauricio ni Herminia podían ser rigorosos con él: uno y otro iban á saltar de alegría á las primeras insinuaciones de Fortunato; él obedeciendo á su antiguo cariño y ella seducida por la novedad del personaje, serían conquistados sin remedio. Y ella, Clementina, quedaba en descubierto, en el momento en que se creía invulnerable, y era desposeída de sus más seguras posiciones por este hábil movimiento envolvente del enemigo.

"No tengo, pensó, más que una probabilidad de salirme con la mía; buscar querella á Fortunato, hacerle salir de sus casillas, obligarle á pronunciar una palabra violenta y llamar en mi socorro á Mauricio y Herminia, procurando que consideren mi causa como suya Entonces le pongo en la puerta y todo se ha salvado." No bien formado por ella este plan, empezó á ponerle por obra. Realmente, si la política es, como muchos creen, el arte de embrollar las situaciones para hacer daño al adversario y sacar provecho para sí mismo, la señorita Guichard poseía estas cualidades en su esfera privada. Se volvió hacia Roussel y dijo con áspera ironía.

—En resumen; ¿vienes guiado únicamente por el egoísmo? Me decías ahora que no he cambiado ... ¡pues tú tampoco!

—Soy modesto y no me gustan los privilegios.

—Posees uno, sin embargo, y bastante raro; el de olvidar las injurias ... cuando te lo exige tu interés.

—¡Humildad cristiana!

—Pues yo te he conocido menos paciente.

—Se calma uno cuando envejece.

—Y, sin embargo, te he jugado muy malas partidas.

—Eres la única que las recuerda; yo las he olvidado.

—¿Y la tapia que he construído delante de tu jardín?

—Me ha proporcionado excelentes espaldares.

—¿Y el criado que tanto te convenía y que te quité á peso de oro?

—Empezaba á servirme mal.

—¿Y el descrédito que he arrojado sobre tus costumbres?

¡Bah! No me ha disgustado pasar por un vividor.

—En fin; todo lo que he hecho en veinte años que hace que te aborrezco, y que te lo pruebo, ¿ha sido perder el tiempo?

—No; porque ha servido para demostrar que no podías olvidarme.

—¡Eres un insolente!

—Y tú eres adorable.

Clementina se había avalanzado hacia él con la cara descompuesta, los ojos inflamados y la mano amenazadora. Fortunato permanecía impasible y sonriente. La solterona le miró un instante con extravío, preguntándose si no era juguete de una pesadilla. Todo cuanto veía y escuchaba hacía un cuarto de hora, le parecía fantástico. Pero Roussel no se desvaneció como una aparición; permaneció en su sitio y con mucha sangre fría dijo:

—Mi querida prima; creo que debes haber agotado las malas palabras; no busques más en tu fondo de reserva, porque sería inútil. Comprende que cuando me he decidido á afrontar tu presencia, es que me sentía seguro de mí mismo. No conseguirás hacerme montar en cólera, porque me importan poco todas las injurias. Renuncia, pues, á provocar un escándalo y resígnate. Estoy aquí y, como dijo un ilustre hombre de guerra, aquí me quedo.

Clementina se vió vencida; arrojó un grito sordo, se le subió la sangre á la cabeza y le pareció que la habitación daba vueltas con extraordinaria rapidez. Extendió los brazos buscando un punto de apoyo y oyó á su enemigo que exclamaba:

—¡Bueno!; ahora una congestión: no faltaba más que esto.

Clementina se desmayó. Cuando recobró el conocimiento, estaba medio tendida en el sofá; el cuerpo de su vestido estaba desabrochado y Roussel tenía cogida su mano y se inclinaba sobre ella con inquietud. Después de veinte años, se encontraban en la misma situación que el día de su rompimiento. Se levantó azorada y dijo con amargura:

—¡Confiesa que has deseado mi muerte!

—¡Dios mío! ¿Yo?, respondió Roussel con un horror sincero; he hecho cuanto he podido para reanimarte; ¿por quién me tomas? Vamos, pues; ahora debes estar calmada. Escúchame y verás las ventajas que estoy dispuesto á concederte. Nuestra enemistad es demasiado pública para que pueda cesar sin que demos una explicación del cambio. Esa explicación quiero que sea enteramente favorable para ti. Diremos que tú has olvidado tus agravios y que yo he pedido el perdón de mis faltas. Yo habré dado todos los pasos y tú habrás tenido la grandeza de alma de perdonar. Considera que semejante concesión á tu amor propio merece alguna indulgencia y que yo la reclamo, no ficticiamente, sino con verdad. Todo lo que pido, es el derecho de amar á esos muchachos tanto como tú. Te invito á una nueva lucha, pero pacífica, en la cual el vencedor será el más tierno, el más cariñoso para esa joven pareja, que es preciso encuentre fácil y expedito el camino del porvenir.

Clementina exhaló un gemido. Aquella grandeza de alma de su enemigo la aniquilaba. Enseguida pensó: "¿Por qué no ha sido tan generoso cuando se trataba de mí? ¡Cuán pequeñas eran las concesiones que yo le pedía comparadas con las que se impone él mismo! ¿Tanto me odiaba que no quiso concederme nada? Si él hubiera querido, sin embargo, hace veinte años seríamos dichosos y esta hija que se casa podría ser nuestra ... ¡Oh! qué duro, qué ingrato, qué culpable ha sido ... y ¡cuánto le detesto!"

No obstante, no le miraba ya del mismo modo que al principio de la conversación. La ternura que había abrigado por Fortunato debía estar bien arraigada en su corazón, porque, después de tantos años, se encontraban aún vestigios de ella. Así las antiguas ciudades de Oriente, enterradas bajo el polvo de los siglos, y cuyos restos aparecen inmensos á los viajeros y les dan ideado una civilización colosal.

Miraba á Roussel; le encontraba todavía seductor y se exasperaba más y más.

—En fin, dijo, es preciso que arreglemos nuestra respectiva situación. ¿Tú pides la paz?

—La imploro.

—¿Reconoces, pues, que no tienes medio de resistir?

—Lo reconozco, y todo lo que tú quieras por añadidura.

—Así pues, soy yo la que dicta las condiciones del tratado.

—Tú.

—Será preciso que respetes las estipulaciones hechas por mí con Mauricio.

—Si no tienen por objeto impedirme ver á esos muchachos, las suscribo.

—No contienen semejante cláusula.

—Entonces está convenido. Venga esa mano.

Clementina se la dió con profunda satisfacción al ver que salía victoriosa de su guerra de veinte años. Porque resultaba victoriosa, en el fondo, puesto que Roussel había tenido que hacer acto de contrición, y en la forma, porque obtenía públicamente el laurel de la victoria. Tuvo un instante de orgulloso delirio y cuando Roussel la besó con galantería el extremo de los dedos murmuró:

—¡Ah! Roussel, si hubieras querido!

Fortunato tuvo miedo de este enternecimiento y respondió con volubilidad:

—No pensemos en eso, querida prima. Preparémonos á ser compadres. Y á propósito, hazme el favor de presentarme á tu encantadora sobrina.

La frente de Clementina se contrajo. Esta primera ejecución del convenio le padecía humillante. Tuvo, sin embargo, que resignarse y abriendo la puerta del salón, llamó "¡Bobart!" El antiguo abogado apareció, con aire de inquietud, no sabiendo si manifestar cordialidad ó reserva. La actitud de Roussel aumentó su indecisión: el mortal enemigo de la señorita Guichard estaba allí como en su casa y Clementina no parecía dispuesta á hacerle arrojar á la calle.

—¿Quieres tener la bondad, amigo mío, de enviarme á Herminia y al señor Aubry?...

—No les prevenga usted que estoy aquí, Bobart, añadió tranquilamente Fortunato; quiero gozar de su sorpresa.

Estupefacto por la desenvoltura de Roussel, Bobart consultó á Clementina con una mirada. Ella asintió con la cabeza. Entonces el complaciente primo, adivinando que acababan de ocurrir acontecimientos de extraordinaria gravedad, se lanzó al jardín en busca de los jóvenes esposos. Apenas Fortunato y Clementina tuvieron tiempo de advertir la molestia de encontrarse juntos, porque enseguida entraron Herminia y Mauricio. No fué necesaria presentación alguna. Al ver á Roussel, el novio gritó:

—¡Mi padrino!

Y enseguida Herminia añadió en una exclamación de alegría:

—¡Qué dicha!

Sin pedir explicación alguna, una súbita sospecha hirió á la señorita Guichard como un rayo de luz; pero no tuvo tiempo de reflexionar.

Mauricio, empujando á su mujer hacia los brazos de Roussel se arrojó en los de Clementina.

—¡Ah! mi querida y respetada tía! ¡Cómo agradecer á usted su bondad!... ¡Porque á usted debemos la dicha de ver aquí á mi padrino en este día!

Y la abrazaba con una efusión que no dejaba de tener sus encantos para la solterona. Ésta pensaba volviendo con obstinación á su impresión primera: "Pero, ¿cómo sabe tan bien lo que acaba de pasar entre Fortunato y yo? Y Herminia, ¿cómo no manifiesta sorpresa y exclama de buenas á primeras: ¡Qué dicha!"

Roussel hablaba con Herminia y la señorita Guichard se vió obligada á interrumpir sus reflexiones para escuchar lo que decían:

—Cuando usted sepa, señora, cuánto quiero á este muchacho, comprenderá el deseo que tenía de conocerla ...

—¡Oh! sé lo bueno que usted ha sido para Mauricio ... Me ha contado su infancia ...

He conocido á usted tarde, interrumpió Roussel, que encontraba que la joven no fingía bastante sorpresa, pero espero recuperar el tiempo perdido ... Usted verá que no soy tan áspero como mi acceso de rigor puede haberla hecho creer ... Me arrepiento de él y para hacer que usted olvide la contrariedad que he podido causarle ...

Sacó del bolsillo un paquetito, desenvolvió el papel que le rodeaba y entregó á Herminia un estuche de tafilete blanco con las iniciales H.A.

—He aquí mi regalo de boda ...

La joven abrió la caja y arrojó un grito de admiración, de confusión, de alegría. El estuche no contenía más que dos perlas negras, pero gruesas como avellanas y de un oriente, de una redondez, de un brillo incomparables. Era aquel el regalo elegante, refinado, de un hombre que no procura deslumbrar pero que sobresale sobre todos los demás por la rareza y el gusto de lo que regala.

—¡Oh! señor, dijo Herminia, ¿cómo me atreveré á adornarme con una alhaja de tan gran precio?

—Hija mía, dijo Roussel sonriendo, esa joya no tendrá verdadero valor más que cuando usted se la ponga.

—Habría que recorrer todas las joyerías de París y no se encontrarían otras semejantes, dijo Mauricio examinando los pendientes como artista enamorado de todo lo bello.

La señorita Guichard no pronunció más que una palabra:

—¡Soberbios!

Permaneció pensativa, extrañada del singular acuerdo que revelaban las palabras y las acciones de aquellas tres personas que debían estar violentas al encontrarse juntas y que, sin embargo, parecían unidas por la mayor confianza como si se hubieran visto el día anterior.

La situación pareció tan peligrosa á Roussel, que juzgó conveniente abreviarla, por muy dulce que le resultase este momento, esperado por él durante un mes.

Pero hace mucho tiempo, querida prima, que te estoy sustrayendo á tus convidados, dijo, y añadió con graciosa galantería, inclinándose ante ella:

—¿Qué ordenas ahora á tu servidor?

—¿Qué deseas que yo te ordene? replicó ella con una acritud mal disimulada por su sonrisa.

—Comer con vosotros esta tarde, si me lo permitís.

—Pues bien, ve á ponerte un frac y vuelve á las siete.

—Muchas gracias. Voy á Montretout. Durante mi ausencia tendréis el tiempo necesario de preparar á nuestros parientes y amigos para mi aparición.

Y saludó, no atreviéndose á ofrecer la mano á Clementina, tanto era su miedo de embrollar las cosas. Mauricio y Herminia hicieron un movimiento para acompañarle, pero la señorita Guichard detuvo á su sobrina por medio de una imperiosa mirada.

—Hasta luego, dijo Roussel; y salió con Mauricio.

Apenas estuvo sola con Herminia, la cara de la señorita Guichard cambió de expresión y poniéndose sonriente, dijo:

—He aquí una feliz sorpresa, ¿no es verdad, hija mía? ¿Tú no esperabas ver aquí al tutor de Mauricio el día de tu matrimonio?

—¡Oh! Estábamos seguros, Mauricio y yo, de que os reconciliaríais, respondió Herminia con convencimiento. Toda vez que el señor Roussel se prestaba á ello, era evidente que usted, tan buena, no había de negarse....

—¡Ah! dijo alegremente Clementina; ¿se trataba pues de un efecto preparado? ¿Había un complot? ¿Y desde cuándo data la intriga?

—Mi querida tía, mucho me habían encargado no dejar á usted sospechar nada.... Pero ahora que todo está arreglado, ¿no es verdad? el secreto no tiene objeto.... Mauricio no ha estado nunca enfadado con su tutor. Temía que usted no le acogiera bien si aparecía en buen acuerdo con un hombre á quien usted tiene tantas razones para no amar, y, entonces, para destruir sus prevenciones....

—Me ha representado una comedia.

—La voz de Clementina sonó con tal dureza, que Herminia se estremeció, miró á su tía con inquietud y preguntó:

—Pero usted no le quiere mal, tía mía, ¿no es verdad?

—¿Yo? ¡El pobre muchacho! ¿No está todo arreglado á pedir de boca, gracias á su pequeña añagaza? Entonces, él veía á su tutor....

—Casi todos los días....

—¿Y se ponían de acuerdo sobre lo que convenía decir y hacer?

—¿No han maniobrado bien?

—Maravillosamente. Debo, en realidad, mucho al uno y al otro por lo que han hecho y dicho, pero toda vez que estaba en el programa que yo no supiera nada, supongamos que nada sé todavía. No digas una palabra, ni á Mauricio, de tu amable y afectuosa confidencia. Yo continuaré aparentando que no estoy al corriente de la verdad.

—Si, tía mía. Pero déjeme usted que la abrace para demostrarle mi agradecimiento por haber sido tan buena. Gracias á usted, vamos todos á ser muy dichosos.

—Ahí vuelve Mauricio, dijo la señorita Guichard, mirando por la ventana; ve á su encuentro. Yo vuelvo al salón.

Herminia bajó al jardín y Clementina quedó sola.


CAPÍTULO VI