DOMINADA POR LA MALDAD
La señorita Guichard se sentó en una butaca y con la faz alterada, la boca contraída por la amargura y los ojos sombríos, se abismó en sus pensamientos. De modo, que había sido burlada, ella, que se creía tan fuerte. Dos niños la habían llevado por la punta de la nariz hasta concluir un arreglo que alteraba toda su vida, turbaba todas sus ideas, cambiaba sus combinaciones y la imponía la presencia del ser á quien más detestaba en el mundo. Pero ahora que estaba advertida, ¿iba á dejar correr las cosas? ¿Soportaría tal humillación? ¿Aceptaría semejante servidumbre? Ella que siempre había sometido á los demás á su voluntad; ella, á quien nadie, fuera de aquel Roussel aborrecido, había sabido jamás resistir, ¿se confesaría vencida? ¿Dejaría á sus adversarios reirse de ella? Porque, ciertamente, se reirían de su credulidad, de su tontería....
Todas las palabras pronunciadas durante su conversación con Roussel venían á su memoria y la hacían encogerse de hombros, de lástima de si misma, ¡Cómo! ¿Y era ella la que había hablado así? ¿Donde tenía la cabeza cuando había dado aquellas lastimosas respuestas? Hubiera sido preciso decir tal ó cual cosa y Roussel se hubiera visto confundido ... Realmente no había estado á su habitual altura: la sorpresa, la emoción, la habían privado de sus facultades. ¿Pues no había cerrado la discusión desmayándose? ¡Desmayarse, cuando hubiera debido arrojarse á la cara de aquel malvado y sacarle los ojos! Recordaba que había tenido esa intención, pero la habían hecho traición sus fuerzas.
Después pensó: "Ha debido encontrarme degenerada. ¡Y estaba irónico, el muy ... ¡Bien se ha burlado de mí! ¡Oh! yo tendré mi desquite y le enseñaré que todavía sirvo para darle una lección. Pero, ahora, ¿qué hacer?... ¡Ante todo, no quedar bajo el peso de esta derrota!..."
Reflexionó profundamente y cuanto más examinaba los diversos aspectos de la situación más peligrosa la encontraba. Era evidente que Mauricio había sido cómplice de su tutor en todo este negocio, y que sabía á qué atenerse sobre las relaciones que habían existido entre Roussel y ella. ¿Cómo había adquirido el compromiso que ella le había exigido antes del matrimonio? Eso era que estaba decidido á no cumplirlo. La señorita Guichard se puso en el caso del joven y se confesó que ella hubiera también obrado del modo de que le suponía capaz. Y con furor lleno de espanto comprendió que estaba á merced de sus adversarios y que éstos podían hacerla sufrir el mismo tratamiento que les tenía preparado. Roussel, & quien creta tener en su poder, la tenía á su discreción. Él seria quien se llevarla á Herminia, gracias al ascendiente de Mauricio. Y esta muchacha, ¿no estaba decidida de antemano? ¿No lo probaba la acogida que había hecho á aquel hombre maldito? Sí; todo se venía abajo; el desastre era inevitable, si un golpe de fuerza no restablecía sus ventajas y cambiaba repentinamente su derrota en victoria.
Para esto, no había más que un medio: deshacer su propia obra; romper los lazos que ella había atado; indisponer aquel matrimonio antes de que tuviese tiempo de consolidarse; aplastar en germen la sublevación tramada contra ella. Y esto enseguida, sin perder un segundo; provocar la discusión, procurar una querella y á favor del desacuerdo llevarse á Herminia, á fin de que no pudieran volverse á ver, ni, por consecuencia, reconciliarse. Acaso Mauricio muriera de pena y su sobrina también; pero, en su exasperación contra ellos, no veía en esto inconveniente alguno. Hubiera prendido fuego á la casa y se hubiera quemado viva, si hubiera estado segura de que Roussel y la joven pareja ardían también. Ningún escrúpulo, ninguna debilidad, ninguna conmiseración debía detenerla en su plan. Y su plan era, sencillamente, destruir la felicidad de dos hijos.
No pensó ni un solo momento en dirigirse al corazón de Herminia y á la razón de Mauricio. Y, sin embargo, aquel era el punto débil en el que hubiera sido preciso herir para asegurar la victoria. Como ella era toda odio, no hizo entrar en sus cuentas el cariño que Herminia la profesaba. Mujer pérfida, no fundó esperanza alguna en la lealtad de Mauricio. Á las primeras explicaciones, sin embargo, Herminia se hubiera arrojado á su cuello y á los primeros cargos el pupilo de Roussel se hubiera sonrojado por haber engañado á una mujer que le acogía sin desconfianza. Ciertamente, todo se hubiera allanado y por una conversación de un cuarto de hora la tranquilidad de todos hubiera quedado asegurada. Pero Clementina no quiso explicaciones: se juzgó vendida y sólo pensó en preparar secretamente su desquite.
Por de pronto, quiso ser informada jurídicamente y abriendo la puerta, llamó á Bobart, que, desde la aparición de Roussel en la casa, estaba en acecho. Fuera de que siempre había profesado al hermoso y rico Fortunato la animosidad propia del hombre feo y pobre, sentía ahora cierta inquietud á causa de la actividad desplegada por él en servicio de la señorita Guichard. "Si se reconcilian, pensaba, será á costa mía y yo seré quien pague los gastos de la guerra." Se apresuró, pues, á acudir en cuanto vió á Clementina hacerle una seña y respiró al observar que Roussel se había marchado. "Le ha puesto á la puerta, se dijo, y su fisonomía se esclareció."
—Y bien, amiga mía, preguntó, ¿el monstruo ha partido?.
—Por el momento, replicó con rudeza Clementina; pero va á volver enseguida.
—¿Para qué?
—Para comer.
—¿Para comer ... en tu casa?
—En mi casa.
Los dos se miraron, él con estupor, ella con cólera.
—Me has dado, por cierto, muy exactas noticias ... Te felicito ... Parece que Mauricio y él no han cesado de verse en su vida. ¿Quién era el que les espiaba por encargo tuyo?
—Pues te ha robado el dinero y se ha burlado de ti.
—¿De quién fiarse entonces?
—De sí mismo, y esto á condición de no ser un mentecato.
—Pero, amable prima....
—¡Basta! El mal está hecho: tratemos de repararle. ¿Qué recursos ofrece la ley para romper un matrimonio?
—Romper un matrimonio.... ¿Acaso?...
—¡Nada de comentarios!... Responde categóricamente.
—En la legislación actual, tenemos la separación y el divorcio.... La primera deja subsistir el lazo legal, poniendo la persona y los bienes, ó los bienes tan sólo, de la esposa, por ejemplo, al abrigo de las disipaciones ó de las sevicias del marido; y el segundo, que disuelve completamente el matrimonio y hace á los esposos extraños el uno al otro.
—El divorcio me gustaría más.... Pero es una palabra muy dura, que asustaría á mi sobrina....
—¿Luego es ella?...
—¿Y quién quieres que sea? exclamó Clementina; te pones enteramente obtuso....
Pero, amiga mía; semejante resolución ¿no es para sorprender? Si me fuera permitido darte un consejo, acaso, en efecto, la separación bastaría, por el momento ... Después sería más cómodo convertirla en divorcio.
—¡Bueno! No nos ocupemos entonces más que en la separación. ¿Cuáles son los motivos ó los pretextos que la ley juzga suficientes?
—Por de pronto, la mala conducta del marido ó de la mujer....
—Adelante, interrumpió púdicamente Clementina.
—Los excesos, las sevicias ó las injurias graves.
—¿Y qué entendéis por excesos?
—La embriaguez por ejemplo, y otras malas acciones que es difícil detallar ante ti.
—Adelante. ¿Y no hay más?
—Secuestro de la mujer, privación de alimentos, negativa de dinero....
—¡Todo eso es estúpido! Otra cosa....
—Negativa del marido á habitar con la mujer....
—¡Ah! ¡Ah! Esto pudiera ser ... con un poco de habilidad ... pero seria muy difícil ... ¡Se aman!
Esta atroz circunstancia, que era la condenación de la tentativa de la señorita Guichard, no turbó á Bobart, que no vió en la confidencia de Clementina sino una dificultad más. No pensó ni un segundo en la dicha de aquellos jóvenes, en su porvenir, en todo lo que podían perder de esperanza, de paz y de alegría en aquel enredijo judicial. El abogado respondió con una risa espantosa.
—¡Bah! En mi larga carrera he contribuído á separar más de doscientas parejas que se adoraban y á los cuales sus padres han probado que no podían vivir juntos!
—Entonces, ¿me secundarás?
—¿Puedes dudarlo?
—¡Ah! Tú eres un verdadero amigo....
—Y sin embargo, no has parecido creerlo. Si hubieras entregado Herminia á mi hijo....
—No volvamos á eso, interrumpió Clementina con fastidio; ya no es tiempo.
—Si, lo es, si rompes el matrimonio.
—En efecto, es verdad.
La señorita Guichard creyó necesario dejar esta esperanza á su cómplice. "Me servirá mejor, pensó, si trabaja para sí mismo al mismo tiempo que para mi."
—¿Y qué instrucciones me das? preguntó Bobart.
—Vigila atentamente á Roussel cuando venga y trata de saber lo que prepara. Pero sé prudente. Yo velaré por mi parte ... Y todo lo que haya de hacerse lo decidiré yo sola ... No llamemos la atención de Mauricio y de Herminia con una conversación demasiado larga ... Volvamos al salón.
El número de los convidados había crecido durante aquellos tempestuosos debates. Los parientes alojados en la casa y en los pabellones se habían puesto de veinticinco alfileres. Los notables del país, invitados á comer, iban llegando. Clementina tuvo que pensar en su atavío. En las angustias de su situación, había olvidado que el tiempo pasaba y que era preciso sacrificarse por el decoro. Pasó rápidamente entre los convidados, á quienes Mauricio y Herminia hacían los honores de la casa, y encontró que ya se había propagado el rumor de la reconciliación. En el ardor de su alegría, los recién casados no habían podido contenerse y habían difundido la buena noticia. Todos los amigos que conocían las antiguas diferencias y los recientes malos tratos, estaban llenos de curiosidad. Una vaga esperanza de alguna sorpresa de efecto germinaba en los espíritus. Aquel cordial acuerdo, tan repentino, ¿era sincero? ¿No se podía presagiar que la armonía, difícilmente restablecida, no duraría mucho tiempo? Las caras sonreían; las palabras aprobaban; pero cada cual, allá, en su interior, hacía las necesarias reservas....
Encontrando el terreno preparado, la señorita Guichard, con la firmeza habitual de su carácter, no evitó las explicaciones. Se multiplicó para dar testimonios de alegría. Sí, una enemistad antigua, había terminado. La boda de aquellos queridos hijos había sido la ocasión de perdonar las injurias. El señor Roussel había llegado con los brazos abiertos pidiendo que todo se olvidase y ella no había creído que debía negarse á la indulgencia. Tal conducta no hubiera sido propia de una mujer ni de una cristiana. Perdonaba, pues, y todos iban á vivir en adelante en la más perfecta concordia. El señor Roussel había ido á su casa para vestirse y volvería para comer con la familia y los amigos de la señorita Guichard.
Algunos de los presentes no conocían á Fortunato; otros le conocían sólo de vista. Muchos le consideraban como un hombre muy importante por su fortuna y por su posición social. Todos tenían gran deseo de verle de cerca y de presenciar aquella comedia de la cesación de una hostilidad inveterada.
El doctor Truchelet aventuró una alusión sabia á las bodas de Pirito, ensangrentadas por el combate de los Centauros y de Lapites, y felicitó á la señorita Guichard por no haber renovado las luchas de las Amazonas contra Hércules y Teseo. Acaso la comparación con Hércules hubiese agradado á Roussel, pero el ser asimilada con las Amazonas extrañó singularmente á Clementina, quien por vez primera empezó á sospechar que un académico podía muy bien ser un imbécil, y deploró que esta desagradable excepción recayese precisamente en su familia.
Desapareció para ir á ponerse un traje muy historiado. Pero jamás era pesada en su atavío y al dar las seis, volvía á entrar en el salón. Era tiempo, porque á la sazón llegaba Roussel. Éste no se había puesto de negro; se presentó con un pantalón gris, chaleco blanco y frac azul, con botones de oro. Estaba en realidad muy elegante de este modo y produjo una favorable impresión en la parte femenina de la concurrencia. Los hombres intentaron criticarle, pero fracasaron ante la admiración de sus compañeras. La señorita Guichard se puso amarilla de despecho. Puso, sin embargo, á mal tiempo buena cara, y adelantándose hacia su primo, le presentó á los convidados.
Roussel se sometió con gracia á sufrir este mal paso y se mostró sencillo y cordial, con un cierto matiz de altanería que á Clementina le pareció que contrapesaba desagradablemente la ventaja que ella había obtenido públicamente de la sumisión de aquel rebelde. Creyó que se levantaba un poco deprisa y vió en esta actitud un indicio del doblez con que, á su juicio, se había conducido.
Si hubiera podido penetrar en la mente del buen señor, hubiera quedado asombrada, pues no hubiese hallado ninguno de los pensamientos amenazadores que le atribuía. Roussel no pensaba sino en regocijarse, en gozar de la hora presente y en tratar de que se arreglase el porvenir de un modo soportable. La astucia que Clementina le imputaba como un crimen, era supuesta, ilusoria y quimérica. La mala fe de Fortunato no existía más que en la imaginación de Clementina. Herminia y Mauricio eran todo expansión y todo sonrisas. Se encontraban dichosos entre aquellos dos enemigos reconciliados por ellos y á quienes amaban tan sinceramente.
El jefe de comedor se presentó y pronunció las importantes palabras:
—¡La señorita está servida!
Entonces Clementina, con aire de reina, se adelantó hacia Mauricio y después, adoptando el ceremonial en uso, dijo en tono imperioso:
—Herminia, toma el brazo del señor Roussel.
Y pasaron en comitiva al comedor, que debía servir por la noche de salón de baile, y que ostentaba en su centro una gran mesa. Un toldo de tela rayada, adornada con plantas verdes, adornaba todo el patio y tres arañas difundían una viva claridad. El mantel estaba resplandeciente de cristalería y de plata; unas guirnaldas de flores serpenteaban alrededor de la mesa y servían de marco á un espléndido servicio de postres de antigua porcelana de la China, que procedía del tío Guichard. Roussel le dirigió una mirada de antiguo amigo; era la única cosa que hubiera deseado de la herencia tan espléndidamente abandonada á su prima.
La señorita Guichard se sentó entre Mauricio y el sabio Truchelet; Roussel á la derecha de Herminia, porque Clementina había adjudicado doblemente la presidencia á las señoras en su persona y en la de su sobrina. Roussel estaba transportado de júbilo: le hubieran colocado en una esquina de la mesa y no hubiera chistado. Se encontraba al lado de Herminia y radiante, rejuvenecido, empezó desde luego á hacer la corte en toda regla á su nuera de adopción.
Siempre había sido amable, con cierto aire florido, un tanto pasado de moda; pero en esta ocasión se excedía á sí mismo y todo en él tendía hacia este fin: agradar á aquella niña, de la que quería hacerse amar. No tenía, por otra parte, grandes esfuerzos que hacer; la puerta que pretendía forzar estaba abierta de par en par para él. Aquel joven corazón se ofrecía con ternura filial y no habla que hacer más que apoderarse de él.
Herminia escuchaba á Roussel con placer no disimulado. Le encontraba galante, gracioso, encantador. Fortunato tuvo la habilidad de hablarle de Mauricio y de referirle episodios de su infancia y con tan agradable historia la tuvo atenta toda la velada. Clementina, separada de ellos solamente por la mesa, no les quitaba ojo. Veía á Roussel desplegar todas sus gracias y pensaba: "No pierde el tiempo para apoderarse de la muchacha; ¡cómo la engatusa! La pobre se dejará coger por sus hermosas palabras, porque no le conoce, pero yo la ilustraré acerca de ese zorro viejo y ella volverá al justo conocimiento de las cosas."
La señorita Guichard escuchaba distraidamente las protestas afectuosas de Mauricio; cuanto el joven le decía era para ella letra muerta. Consideraba su amabilidad como un ardid de guerra y la consideraba nula. Todo lo que Mauricio le hablaba de cariño y de reconocimiento no tenía más efecto que distrerla desagradablemente de la conversación de Roussel con Herminia.
En cuanto á Truchelet, disertó en vano acerca de los epitalamios, porque Clementina no le oía siquiera.
El fin de la comida, amenizado por variados brindis, pareció mortalmente largo á la dueña de la casa; y como el joven Héctor Bobart, que estaba un poco achispado con el Champagne, anunció que en su condición de testigo reclamaba la liga de la desposada, Clementina, con una mirada fulminante, levantó la sesión y condujo á sus convidados al salón mientras se quitaba la mesa para transformar el sitio del banquete en salón de baile.
Sin embargo, el joven oficial de húsares, no dándose por vencido después del primer fracaso, se había aproximado al grupo que formaban Herminia, Roussel y Mauricio y, alegremente, pedía indemnizaciones; por lo menos la primera contradanza, puesto que Mauricio debía abrir el baile con la señorita Guichard. Pero Fortunato hizo valer oportunamente sus derechos y el hijo del abogado tuvo que contentarse con un vals ... Mauricio sentía una instintiva hostilidad hacia aquel mozo tan insignificante, ya porque le hiciese responsable de la cautelosa oposición de su padre, ó ya porque le desagradasen sus maneras familiares con Herminia, y no pudiendo contenerse, hizo observar á la señorita Guichard la actitud un poco descomedida del heredero Bobart. Clementina respondió melosamente:
—¡Oh! Eso no tiene importancia; Herminia y él se han criado juntos.
Esta respuesta tan sencilla y tan natural, tuvo, sin embargo, el privilegio de irritar á Mauricio, que estaba sin duda un poco nervioso aquella noche. Pero razonó friamente y se dijo "¡Soy un tonto! ¿Voy á preocuparme por este majadero, cuya existencia mi mujer no tiene trazas de sospechar siquiera?" Pero sus nervios no se calmaron y su cara expresó un descontento que llamó la atención de Clementina hasta el punto de pensar si el mal humor de Mauricio no sería ventajosamente explotable.
¿Por qué no fomentar aquel pequeño acceso de celos, en vez de disiparlo? ¡Quién sabe si podría obtener de ese modo algún provecho! Después de todo, Héctor Bobart era un pretendiente desdeñado y ... de repente vino á la memoria de Clementina el recuerdo de las cartas que aquél había dirigido á Herminia y vió en aquellas delgadas hojas de papel el medio de prender un incendio. Hacerlas caer diestramente en manos de Mauricio, provocar una explicación entre Herminia y él, una escena acaso, ¿no era medio de excitar la discordia? ¡Es tan fácil irritar las pasiones y tan difícil calmarlas! El orgullo, la cólera, obran tan pronto sus efectos y hacen tales estragos en un cerebro humano, que es imposible saber hasta donde puede ir un incidente así comenzado. De todos modos, si el resultado no era como ella esperaba, ella se encargaría de imprimirle el impulso decisivo.
Reflexionando así, subió á su cuarto y dió instrucciones á la doncella para que los últimos regalos ofrecidos á Herminia fuesen llevados á las nuevas habitaciones, y ella misma se propuso entregar á su sobrina un cofrecillo que contenía sus joyas de soltera y algunos pequeños recuerdos cuidadosamente conservados.
Al cogerle, le ocurrió una idea que la hizo sonreir. Abrió su escritorio, buscó en un cajón y sacó cinco ó seis pliegos de papel, doblados. Eran las cartas dirigidas por Héctor á Herminia y que ésta había entregado á la señorita Guichard sin leerlas: cartas insignificantes de un buen muchacho á una prima á quien quiere inflamar y que no salían del nivel de la medianía en achaque de amplificaciones sentimentales.
Sin dudar ante la atrocidad de la acción que cometía y disculpándose, acaso, en el fondo, por la necedad misma de aquellas epístolas, Clementina cogió las cartas y las colocó muy á la vista en el cofrecillo, encima de todos los objetos cuidadosamente arreglados por Herminia. Después cerró la caja y quitando la llave, descendió al salón.
Los invitados llegaban en montón y el salón de baile rebosaba. Todos los alrededores habían enviado lo más escogido de sus habitantes. La música de la Celle, reforzada por la señorita Guichard, no esperaba más que la señal del alcalde, señor Tournemine, para hacer sonar sus trompetones. El tendero había preparado petardos y los bomberos, igualmente aptos para apagar que para encender, se habían encargado de las bengalas que debían iluminarlas arboledas del jardín.
El salón pequeño había sido prudentemente reservado por la señorita Guichard para el caso de que alguien se sintiera fatigado ó indispuesto en medio de aquellos regocijos, y allí fué á donde ella se dirigió. Puso el cofrecillo sobre la chimenea y después de dirigir una última mirada á su máquina infernal, se fué con admirable tranquilidad á reunirse con aquellos á quienes soñaba con hacer sus víctimas.