EL RAPTO.

El aspecto del salón de baile era encantador. En un tablado, al fondo, estaban colocados los músicos. Todo alrededor, sillones para la gente seria y sillas para los bailarines. El jardín, iluminado con faroles á la veneciana, aparecía invadido por los invitados. La señorita Guichard se vió en seguida rodeada por sus parientes y por sus amigos. Á una señal de Bobart se desencadenó la tempestad instrumental y exaltó á la concurrencia. Si Clementina hubiera tenido libre el espíritu, ¡qué satisfacción hubiera experimentado en este instante en que dominaba á toda aquella reunión por en medio de la cual se paseaba majestuosamente siendo el blanco de todas las miradas y el objeto de todas las sonrisas! Pero su alegría estaba envenenada por preocupaciones malvadas, y sin dejar de recibir saludos, Clementina pensaba:

¿Conseguiré destruir esta dicha que todos proclaman, elogian y envidian?

Vió á Mauricio que hablaba alegremente con Herminia, mientras Roussel, en un círculo de señoras, prodigaba sus gracias y sus amabilidades. Una nube oscureció la frente de la solterona. Con una señal llamó al joven y cogiéndole del brazo le dijo con tono indiferente.

—Acabo de hacer llevar á vuestras habitaciones los últimos regalos recibidos por Herminia, porque ahora no debo guardar nada suyo....

—Excepto ella misma, interrumpió galantemente Mauricio.

—¡Oh! Pertenece á usted por completo, replicó la señorita Guichard observando al joven.

—Nos la repartiremos, respondió éste.

Clementina pensó: "¡Hipócrita! intenta engañarme, pero no sabe que estoy apercibida: sus astucias no tendrán efecto." Y en voz alta añadió:

—En el saloncillo, sobre la chimenea, encontrará usted un cofrecillo que contiene los recuerdos de soltera de Herminia. Ábrale usted mismo; he aquí la llave.

Mauricio la cogió, la guardó en el bolsillo del chaleco y respondió:

—Voy enseguida. Pero hubiera usted podido, mi querida tía, esperar á mañana para entregarnos esas cosas. En parte alguna ese tesoro hubiera estado más seguro que en el sitio donde usted le ha puesto ...

—¡No! ¡no! ¡es preciso hacer las cosas con regularidad!

—Como usted guste.

Mauricio le dirigió su más amable sonrisa y se encaminó hacia el saloncillo, sin sospechar el lazo que se le tendía. Entró en la habitación, á la sazón desierta, y vió el cofrecillo sobre la chimenea. Era una caja de forma cuadrada con incrustaciones de marfil, como se hacen tantas en Florencia. Debajo, vió Mauricio al volverla, grabadas en la madera, estas palabras: "Pellegrini, via Maggio." Conocía muy bien aquella via Maggio y en el momento acudieron á su memoria el Ponte-Vecchio, con sus tiendas y el Arno cenagoso, corriendo entre sus muelles de piedra.

Tenía en la mano el cofrecillo y un ruido metálico se produjo en el interior, como el sonido de anillos de oro. Mauricio pensó: "Son las joyas de Herminia; sus adornos de soltera." Y un gran deseo de verlos se apoderó de él. No pensó que fuese grande la indiscreción que cometía; lo que había visto la tía, podía muy bien verlo el marido. La llave pareció ponerse espontáneamente entre sus dedos como si una adversa y misteriosa influencia mandase á su voluntad. Abrió la caja y al levantar la tapa vió desde luego las cartas acusadoras.

Las tomó, sin sospechar nada malo. "Alguna correspondencia de colegiala, pensó; dulces y sencillos secretos de la infancia." Desdobló uno de los pliegos y le echó una mirada, sin intención de leerlo. Pero aquella letra de hombre cambió enseguida sus disposiciones. Sintió primero asombro, después sorda irritación y por último un ardiente deseo de saber lo que aquello significaba. Leyó y, á medida que avanzaba en la lectura, su frente se contraía con sombrío descontento. Nada más vulgar que aquella carta, clásica declaración de un oficial de curia á una obrera florista, y firmada "Héctor," sin apellido. Pero no había duda posible; era del hijo de Bobart, del oficial de húsares, del comensal, un poco atrevido, del banquete de boda.

El primer movimiento de Mauricio, como Clementina había previsto con toda exactitud, fué cerrar el cofrecillo, volver al salón de baile, llevarse á Héctor á un rincón solitario y allí aplicar sobre su nutrida cara un buen par de bofetadas. Pero resistió esta tentación y juzgó más razonable hacer á su tutor árbitro de la situación. Se metió las cartas en el bolsillo, cerró la caja y salió de la habitación. Á veinte pasos de él, Roussel hecho como siempre un héroe de madrigal, completaba la conquista de las mujeres, jóvenes y viejas, cuya seducción se había propuesto hacer. En su alegría, hubiera seguido la misma conducta hasta con Clementina. Su sorpresa fué, pues, desagradable, cuando sintió que le tocaban en el hombro y vió á su lado la fisonomía alterada de Mauricio. Más por muy amortiguadas por la alegría que estuviesen sus desconfianzas, tuvo enseguida el presentimiento de que alguna cosa anormal había ocurrido y apartándose con su hijo algunos pasos, preguntó:

—¿Qué hay?

—Venga usted conmigo y lo sabrá.

Atravesaron la multitud, entraron en el saloncillo y, una vez solos, dijo Mauricio, entregándole una carta:

—¡Lea usted!

—Roussel recorrió vivamente la carta, frunció las cejas y volviendo á tomar toda su gravedad, dijo:

—¿Dónde has encontrado esto?

—En ese cofrecillo.

—¿Y quién te le ha entregado?

—La señorita Guichard; hace un instante.

¿Con la llave?

—Sí.

—¿De qué modo estaban colocadas las cartas, encima, muy á la vista?

—¿Cómo lo sabe usted?

—¡Desdichado! ¿Es difícil de adivinar? Es esa malvada Clementina la que ha dado el golpe.

—¡Padrino!

—Es capaz hasta de haber falsificado las cartas.

—Pero, ¿con qué objeto?

—Con el de producir un disturbio entre tu mujer y tú. Por medio de una querella, de una riña, de una explicación, cuenta con arrojar la cizaña entre vosotros, apoderarse de Herminia y ... ¿quién sabe? ¡acaso separaros para siempre!

—¿Es serio lo que usted habla? ¿Sospecha usted de la señorita Guichard?

—Y tú, ¿sospechas de tu mujer? replicó con energía Roussel. Tienes que escoger: ó Herminia es una farsante que tiene por cómplice al ejército francés representado por el hijo de Bobart, ó Clementina es una bribona que ha aprovechado una casualidad, si es que ella misma no la ha provocado, para ponerte ante los ojos una correspondencia que debía impulsarte á algún acto violento. Por mi parte, mi elección está hecha; acuso á Clementina.

¿Pero Herminia ... padrino mío?...

—¡Herminia! Es posible que ni siquiera conozca esas cartas ... En todo caso es preciso tener el valor de preguntárselo.

Á esta declaración Mauricio palideció.

—¡Qué! ¿Ponerla al corriente de esta infamia? ¿Interrogarla sobre tal asunto?

—Sí, ponerla al corriente; no interrogarla: consultarla lealmente como persona leal que es. Y verás como, si está inocente de todo compromiso, y esto me atrevo á jurarlo, aprecia tu franqueza y tu confianza.

—Sea, pues. Así como así, no puedo soportar por más tiempo una sospecha semejante. Hágame usted el favor de enviármela.

—¿De enviártela? No, por cierto: yo te la traeré. Quiero asistir, si me lo permites, á vuestra conversación, aunque no sea más que para impedir que digas tonterías....

—¡Padrino!

—Pues qué, ¿no habías empezado á decirlas hace un momento?

—Sí, tiene usted razón. Permanezca usted y sea mi consejero y mi apoyo, como siempre.

—Puedes estar tranquilo. Seré aún más moderado por tu cuenta que lo he sido por la mía. Espéranos aquí.

Y salió. Mauricio quedó solo, sumergido en dolorosas reflexiones. Veía sombrío el porvenir; pensó por primera vez que acaso su tutor no había exagerado las malas acciones de que le había hecho víctima Clementina, y no estuvo lejos de creer que la tía de Herminia fuese un monstruo. Estimó, en todo caso, que la perfidia con que acababa de obrar le dispensaba de toda gratitud y le devolvía su libertad de acción, y se propuso, no devolverla mal por mal, pero al menos impedirla que siguiese haciéndole daño.

Sin embargo, por muy culpable que apareciese la señorita Guichard, había un hecho que no se la podía atribuir y era la correspondencia misma, punto de partida del incidente. Pensara Roussel lo que quisiera, las cartas procedían efectivamente del hijo de Bobart; había, pues, existido un amorcillo entre Herminia y él, y este solo pensamiento le exasperaba. Y, no obstante, no podía imaginar siquiera a la Virgen del Bordado cambiando amores tiernos con aquel húsar. Esto no estaba dentro del orden de las cosas admisibles, ni en armonía con su naturaleza delicada ni con el tono de sus cándidos ojos. Había evidentemente una pérfida maniobra en todo aquello ... ¡Pero ella había recibido las cartas!

No tuvo tiempo de llevar más lejos sus inducciones, porque Herminia entraba con Roussel. El joven no tuvo tiempo de abrir la boca para formular una pregunta; su tutor exclamó, apenas hubo cerrado la puerta:

—¡Todo está aclarado! Ni siquiera ha leído las cartas, la pobre niña; se las entregó cerradas á su tía.

¡Cerradas! Mauricio tuvo tal acceso de alegría, que saltó al cuello de Fortunato, pero éste dijo sonriendo y defendiéndose mal del apretón:

—¡No es á mi á quien debes abrazar, majadero!

Y les impulsó el uno hacia el otro.

Por primera vez Mauricio, cogiendo á Herminia en los brazos, la estrechó contra su corazón y desfloró con sus labios aquella rubia cabellera.

—¡Había que ser verdaderamente maligno para adivinar que Clementina os preparaba esta emboscada! Hijos míos, la situación es grave. Juzgad por lo que acaba de hacer como principio de juego, de lo que es capaz si no consigue enseguida separaros....

—¡Separarnos!

Y al decir esto formaron tan hermoso conjunto, que Roussel no pudo menos de sonreir.

—¡Vamos! He aquí una unanimidad tranquilizadora! Pero desconfiad, queridos hijos; estáis en peligro ... En el estado de mis relaciones con la señorita Guichard, no me es posible daros un consejo; parecería que abogaba contra ella y en favor mío. Es evidente que mi repentina intrusión es lo que ha modificado las intenciones y cambiado los proyectos de Clementina. Ha realizado un formidable cambio de frente y trata á Mauricio como enemigo en vez de considerarle como aliado. Ya estáis advertidos. Tomad una resolución, pero que sea adoptada por vuestras propias inspiraciones. No veáis sino vuestro interés y no me tengáis en cuenta para nada, pero contad conmigo. Cuando hayáis resuelto, pondré tanta energía en apoyaros como reserva he empleado en daros consejos. Ahora, os dejo. Os amáis; defended vuestra dicha.

Herminia y Mauricio quedaron solos y se miraron un instante sin hablar. Después, el marido cogió la mano de su mujer y atrayéndola hacia sí, dijo:

—Mira como estamos; y no hace veinticuatro horas que me perteneces; ¿qué nos prepara, pues, el porvenir? Una serie incesante de dificultades, de luchas que no habremos hecho nada para suscitar y á las que no podremos sustraernos. ¡Qué tristeza, Herminia, después de la esperanza de tantas alegrías!

Pero Mauricio, ¿es posible que mi tía lo haya hecho ver esas cartas que yo ni conocía?

—¡Ay! Herminia; es muy cierto; pero no la acuses; ha obrado bajo la influencia de la cólera y no de su corazón.

—¿ Tú la disculpas? Y sin embargo, contra ti estaba tramada esta horrible maniobra ... Pero qué locura inspira el odio para que en un momento haya cambiado completamente una mujer tan buena, que ha sido para mi una verdadera madre....

—Me aborrece ahora, bien lo ves, tanto como á mi padrino. No tiene más que una idea; separarnos. No lo ha conseguido esta vez, poro volverá á empezar hasta que en una ocasión más favorable....

—¿Podrá encontrarla?

—La hará nacer, como hoy.

—Entonces ¿qué va á pasar?

—¿Tienes confianza en mí, Herminia?

—Absoluta.

—¿Crees que mi único deseo, fuera de toda consideración extraña á nosotros, es nuestra propia dicha?

—Lo creo.

—¿Y piensas que aquí, entre mi tutor y tu tía, podremos escapar á los disturbios y á las malas influencias?

—Creo que no.

Entonces, deduce tú misma la consecuencia. La joven permaneció un instante pensativa y con la rubia cabeza inclinada y algunas lágrimas rodaron por sus ojos. Después murmuró:

—¡Es preciso huir!

—Sí, marcharnos, niña querida; salvarnos, para ser el uno del otro, lejos de todo lo que no sea confianza y ternura.

—Pero eso, ¿no será mostrarme ingrata hacia la mujer que me ha educado y que ha sido excelente para mí?

—Eso será mostrarte fiel al que te ama y al que tú habrás de amar.

—Y al que amo ya, Mauricio, dijo Herminia, sonriendo á través de sus lágrimas. Pero yo no soy más que una mujer y no tengo valor para decidir entre lo que me parece mi deber y lo que es mi deseo ... Tú, que tienes la firmeza necesaria, manda; yo obedeceré.

Mauricio movió la cabeza.

—No, Herminia; yo no puedo hacer lo que pides. Por graves que hayan sido las faltas de la señorita Guichard hacia mí, no me considero como absolutamente desligado de los compromisos que con ella contraje. He prometido no obligarte jamás á separarte de ella; te dejo, pues, en libertad. Si quieres quedarte, nos quedamos. Si partimos, es preciso que sea por que hayas dicho: "¡Quiero partir!"

—¡Oh! Mauricio, ¿qué exiges de mi?

—Que salves tú misma, y sola, nuestra dicha. ¿Es mucho? Reflexiona acerca de lo que sucede enderredor. Aquí está el desorden donde perecerá nuestro reposo; fuera de aquí, la calma, la libertad de amarnos. Herminia, ¡tenemos tanto tiempo delante, y tan hermoso! Algunos días bastarán para que la que nos ha hecho tanto daño recobre la razón y nos llame, y entonces podremos volver y gozar en paz de la tranquilidad que tan bien habremos ganado. ¿Es esto tan espantoso? ¿Prefieres correr los riesgos de una guerra en la que todos los tiros vendrán á herirnos en el corazón?

—Mauricio....

Herminia dudaba. Mauricio se puso á sus plantas y mirándola hasta el fondo del alma, añadió:

—Herminia, un minuto de resolución; una palabra decisiva, y todo se ha salvado. ¿Tienes miedo de confiar en mi? Bien sabes que te adoro. En el mundo no hay más que nosotros dos; lo demás poco importa. ¿Quieres sacrificarnos á rencores pueriles y á odios vergonzosos? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer tales sufrimientos? ¿Cuál es nuestro crimen, amarnos? ¡Crimen muy dulce, por cierto!

La joven se había inclinado hacia él. Mauricio tomó su mano y la apoyó contra el corazón. Herminia lanzó un gran suspiro y después dijo con voz firme:

—¡Partamos!

—¡Ah! ¡Qué dichoso soy!

Herminia le dirigió una mirada que probaba que aquella exclamación de alegría recompensaba su esfuerzo. En este momento entró Roussel.

—Hijos míos, es preciso volver al salón. Os buscan por todas partes y ya he tenido que impedir á Bobart que viniera á interrumpiros ... ¿Estáis de acuerdo?

—Sí, padrino mío; nos vamos. Herminia es la que lo quiere.

—Y tiene razón. Yo no quiero aconsejaros, pero en esta época, una temporada en la orilla de los lagos de Italia, en Bellaggio, por ejemplo....

Los ojos de Herminia se iluminaron. Nunca había viajado y no conocía nada. Roussel se arrepintió de haber introducido aquel elemento tentador en la resolución de Herminia, y pensó: "Esto no es juego limpio; pero ¡cómo se manifiesta siempre y en todo la mujer! ¡Qué mirada la de esta muchacha!

Querido Mauricio, decídelo todo ahora, dijo Herminia; yo vuelvo al lado de nuestros amigos.

Y desapareció ligera y casi alegre. Roussel se volvió hacia su hijo y dándole golpecillos en el hombro, le dijo:

—¡Ah, bribón, no tienes de qué quejarte! ¿Vas, naturalmente, á llevarte á tu mujer?

—Usted lo ha dicho. Son las nueve y media: á las doce prescindo de la compañía de la gente de la boda.

—Tengo una excelente carretela que me espera en la plaza: ¿la quieres?

—¿Me llevará á París?

—Desde luego. Es cuestión de propina.

—Entonces, está dicho. Prevenga usted al cochero.

—Enseguida. Tu mujer, ¿ha puesto mucha resistencia?

—La necesaria para que su decisión tenga una significación cariñosa ... ¡Es un ángel!

—¡Bueno! Se lo pagaremos después.

Fueron interrumpidos por una tempestad de armonías: era la banda que, en el patio, empezaba, al unísono con la orquesta, el rigodón de honor. En este momento se mostró en la puerta la fisonomía inquieta de Bobart.

—Señor Aubry, le buscan á usted por todas partes.... La señorita Guichard le reclama....

—¡Anda! Ve á cumplir tus deberes, dijo Roussel cambiando una mirada con Mauricio. Mientras, tomaré el aire en el jardín. Hace aquí un calor terrible.

Se separaron y Mauricio se dirigió, á través de las filas de curiosos, hacia la señorita Guichard que le esperaba en pie, altanera y masculina, en medio del salón de baile, teniendo enfrente á su sobrina, del brazo del señor Tournemine.

—¡Ah! ¡Por fin! dijo dirigiéndole una mirada imperiosa. Vamos; colóquese usted ahí y empecemos.

Rugieron los instrumentos, y las parejas, poniéndose en movimiento al mismo tiempo, emprendieron la primera figura del rigodón.

Bobart, preocupado con el doble conciliábulo que acababa de verificarse en el saloncillo, primero entre Herminia y Mauricio y después entre Mauricio y Roussel, en lugar de entrar en el salón de baile, se aventuró por el jardín en seguimiento de Fortunato. Por instinto adivinaba una maniobra ofensiva por parte de los enemigos de su prima. Amargamente vituperado por Clementina, que le acusaba de no haber vigilado suficientemente á Roussel, tenía empeño en tomar un desquite. Y su amor propio, su odio y su interés reunidos le impulsaban á seguir las huellas del solterón.

La noche estaba oscura y serena. Los faroles venecianos alumbraban las calles de árboles en torno de la casa. Las arboledas del jardín y el terraplén estaban en la sombra. Roussel empezó por pasearse por el parque con aire indiferente y después, poco á poco, se aproximó á la puertecilla que daba al rincón de la callejuela en que estaba la tapia en la cual Mauricio había visto por primera vez á Herminia. Roussel se volvió para observar si era espiado, y Bobart apenas tuvo tiempo por esconderse detrás de un árbol. Desde allí vió al tutor abrir la puerta y salir vivamente.

Echó á correr y llegó al terraplén á tiempo para ver á Roussel acercarse á un coche que estaba parado en la plaza y hacer señas al cochero para que acercase el vehículo á la esquina de la callejuela, á dos pasos de la puertecilla.

Mientras la carretela atravesaba la plaza para colocarse al pie del terraplén, Roussel la seguía con aire plácido. Se aproximó al cochero y antes de entrar de nuevo en el jardín, le dijo á media voz:

—¿Ha entendido usted bien, no es verdad? Un caballero y una señora, dentro de hora y media. Tendrá usted veinte francos de propina al llegar París.... Y sobre todo, permanezca usted ahora en el coche hasta el momento de partir.

—Vaya usted tranquilo, señor Roussel, dijo el cochero.

Inclinado sobre el muro del terraplén, en la sombra, Bobart no había perdido ni una palabra de estas recomendaciones. Pensó: "¡Un caballero y una señora que el cochero debe conducir á París en el coche de Roussel! Esto es claro como la luz; se trata de Mauricio y Herminia. La intervención de mi excelente prima produce su efecto: los recién casados meditan una fuga. No es esto ciertamente lo que la señorita Guichard esperaba; luego es preciso prevenirla."

Fortunato atravesó el jardín con paso tranquilo y entró en el salón de baile; Bobart le siguió y al llegar á la puerta vió que llamaba á Mauricio y Herminia y les daba explicaciones que los jóvenes escuchaban con extraordinaria atención. Después se separaron y Herminia y Mauricio recorrieron del brazo el salón mientras Roussel se paseaba con aire distraído. En estas circunstancias cuya gravedad adivinaba, Bobart no dudó; se fué derecho á la señorita Guichard, que parecía una reina en medio de sus convidados, y llevándosela al pie del tablado de la orquesta, dijo:

—Procura no dejar que se altere tu cara, mi excelente amiga, porque nos observan y tengo que darte serias noticias. Dentro de hora y media parten Mauricio y Herminia para París.

—¿Qué dices ahí? exclamó la señorita Guichard con voz temblorosa por la cólera.

—Cálmate y escucha. Lo he descubierto todo hace un instante. Roussel es quien ha aconsejado y preparado el plan.

—¡El miserable!

—Su coche espera al lado de la puertecilla del jardín y va á servir á los recién casados para alejarse de aquí.

—¿Y qué hacer para impedírselo?

—No perder de vista á tu sobrina.

—Pero mañana volverán á las andadas. Y la ocasión sería tan buena para romper.... Ellos me provocan.... Yo no hago más que defenderme.... Quieren quitarme á Herminia ... ¡Si fuese yo quien se la quitase!...

—¡Admirable idea! Cambias la situación. Creían vencerte y serás tú la que triunfe....

—Pero ¿cómo?

—Adelanta la hora de la partida. Envía á buscar á tu sobrina una persona con cuya fidelidad puedas contar.

—Su doncella.

—¡Bueno! Esa muchacha previene á Herminia que su marido la espera en el coche.... La joven baja sin desconfianza.... En lugar del marido encuentra á la tía y.... ¡Arrea, cochero!...

—Me voy á París y desde allí á Rouxmesnil, en Normandía.... Una propiedad aislada, en la que soy inexpugnable....

—¡Magnífico! ¿No cambias de traje para partir?

—Tengo en París todo lo necesario.

—Es probable que tu sobrina vaya á quitarse su vestido blanco.

—Dejémosla libre en sus movimientos. Pero tú, dedícate á Mauricio y no le pierdas de vista.

—Convenido.

Mientras se urdía este doble complot la fiesta llegaba á su apogeo y era fácil prever que el baile duraría hasta por la mañana. En la plaza del pueblo se había instalado una música al aire libre y las gentes del país saltaban sobre el césped á la luz de unos faroles á la veneciana colocados por el tendero. La señorita Guichard había enviado algunos toneles de vino para que refrescasen los bailarines, y estos diversos atractivos hacían que se agrupase delante de la verja una gran multitud.

En la callejuela sombría esperaba la carretela. El cochero, fiel á su promesa, no la había abandonado, pero se había hecho llevar una botella de vino y bebía á la salud de los novios. Las once acababan de dar en el campanario del pueblo. El momento de la partida se aproximaba. El cochero quitó la manta á los caballos, les puso las riendas y enseguida montó en el pescante, un poco aturdido por la oscuridad y por el vino. Empezaba á quedarse dormido, cuando se abrió la puertecilla y una señora muy tapada y que hablaba con alguien que se quedaba en el jardín, abrió vivamente la portezuela del coche y montó.

En el mismo momento, otra mujer de alta estatura y maneras desenvueltas, se adelantó hacia el coche y dijo dirigiéndose al cochero:

—¡Volando! ¡Á París.

El cochero, asombrado, dijo:

—Pero mis viajeros debían ser un caballero y una señora....

—El caballero no parte ya ... ¡Vivo!

Y abrió la portezuela. Un grito: "¡Dios mío! mi tía!" se oyó en el interior del coche; pero la portezuela golpeó, vigorosamente atraída, y el ruido de las ruedas ahogó el resto de las quejas de Herminia.

En el salón de baile los invitados se removían con ardor. Mauricio sacó su reloj y vió que eran las once y media. Hacía algunos momentos ya que Herminia había desaparecido. La señorita Guichard acababa de encaminarse al saloncillo á fin de dar órdenes, sin duda, para la cena. Juzgó que la ocasión era favorable. Bajó al patio, atravesó los pabellones, subió ligeramente la escalera que conducía á sus nuevas habitaciones; llamó, y como nadie le respondía, entró.

En el cuarto, alumbrado por una lámpara, estaba extendido sobre la cama el vestido de novia de Herminia. Los cajones estaban abiertos y todo indicaba los preparativos de un viaje.

Mauricio pensó "Está ya en el coche." Cogió su abrigo y un sombrero y bajó vivamente. Salió por la puertecilla, volvió la esquina de la calleja y no vió coche alguno. Supuso que el cochero, habría entendido mal y esperaría, acaso en el otro extremo de la calle, y corrió á cerciorarse. La callejuela estaba desierta.

Volvió á la plaza, latiéndole el corazón y con el espíritu turbado por un principio de inquietud. Allí una fila de coches esperaban á los invitados y todos los cocheros estaban en el café. Muy alarmado, Mauricio volvió al jardín, se quitó el abrigo y entró en el salón en busca de su tutor. Roussel no tuvo más que mirar á su hijo para comprender que ocurría un incidente inesperado. Se le llevó á un rincón y le preguntó con acento inquieto:

—¿Qué hay?

Hay, que no he encontrado el coche y que no sé dónde está Herminia.

—¿Qué es lo que dices?

—Herminia se ha vestido y, evidentemente, ha ido á la carretela. Pero la carretela no está.

Se miraron, con un principio de sospecha.

—¿Dónde está Clementina? preguntó Roussel.

—Ha salido del salón hace más de un cuarto de hora.

—¡Busquémosla, preguntemos por ella ... en la casa ...¡Ah! ¡Bobart!... ¡Apoderémonos de Bobart!

Cayeron sobre el abogado, que con aire inocente saboreaba un helado, sentado en un mullido sillón, y allí, sin levantarla voz, pero con miradas muy expresivas, preguntaron:

—Bobart, ¿qué es de la señorita Guichard?

—Pues lo ignoro, balbuceó el abogado, levantándose para escapar á las preguntas.

—¡No se mueva usted! y responda, dijo Roussel. ¿Dónde está la señorita Guichard?

—¡No sé! señores, contestó Bobart gritando para llamar la atención sobre él. No comprendo vuestra insistencia....

—Hable usted más bajo, dijo Mauricio, ó le llevo al salón inmediato y allí ... va usted á ver.

Estaba tan amenazador, que Bobart, espantado, permaneció en su butaca sin hacer un movimiento, sin pronunciar una palabra.

—Le doy á usted un minuto para decidirse á responder. Dentro de un minuto le haré á usted responsable de la emboscada que aquí se ha ejecutado.

—¡La emboscada! exclamó Bobart, fuera de sí por el terror. ¿Quién la ha preparado?

—¡Ah! ¿Usted sabe, pues, lo que ha sucedido? Usted conviene en ello....

Yo no convengo en nada.... Ustedes me violentan ... me amenazan....

—Sí; todo lo que convenga para saber dónde está la señorita Guichard....

—Pues bien.... ¡Ha partido!

—¡Ha partido! ¿Con la señora de Aubry?

—Con la señora de Aubry y en la propia carretela de usted. Vaya; ¿está usted satisfecho? dijo Bobart con expresión de radiante alegría.

—¿Adónde la conduce?

—¡Vaya usted á preguntárselo!

—¿La ha obligado á acompañarla?

—¡Obligado! exclamó Bobart. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué no robado á la fuerza? ¡En medio de quinientas personas! ¡No, no! La señora de Aubry ha seguido á su tía de buen grado.... La señorita Guichard la ha ilustrado acerca del aspecto moral del acto que iba á cometer. La joven ha reconocido que había sido inducida á error y ha partido libremente y por su propia voluntad!...

—¡Viejo tunante! exclamó Mauricio exasperado, y cogiendo á Bobart por un hombro, le sacudió tan rudamente que Roussel vino al socorro del abogado y sé interpuso entre su ahijado y él.

—Vamos, hijo mío, un poco más de calma. En todo lo que el señor dice no hay sin duda ni una palabra de verdad. Hemos jugado una partida y acabamos de perderla: tratemos de tomar el desquite. Para esto no nos las entendamos con los lacayos, sino con los dueños.

—¡Lacayos! repitió Bobart. Sepa usted señor mío....

—¡Nada! interrumpió Roussel; conozco á usted hace mucho tiempo, señor hipócrita, señor pedante.... He dicho lacayo y hubiera podido decir espía....

—¡Y si no está usted contento, añadió Mauricio, puede usted enviarme su hijo!

—No, señor, declaró enfáticamente Bobart. Soy muy suficiente para vengar yo mismo mis injurias. Usted sabrá lo que cuesta tener que habérselas con un hombre como yo....

—¡Los clientes de usted lo han sabido muy bien, maestro en vilezas! dijo Roussel. Pero téngase por advertido y que no le encuentre yo en mi camino, ó le hago pagar las costas con más gracia que usted mismo lo hacía....

Y tomando á su hijo por el brazo, dijo:

—Ven, Mauricio, ven. No tenemos nada que hacer aquí.


CAPÍTULO VIII