EL SECUESTRO.
Por la mañana del siguiente día, estaba Roussel todavía dormido cuando entró Mauricio en su cuarto, descorrió las cortinas y se sentó en una butaca al pie de la cama.
—¿Qué hora es pues? preguntó Fortunato incorporándose.
—Las cinco. Perdóneme usted que interrumpa tan pronto su sueño, pero estando solo, me volvía loco....
—¡Oh! hijo mío; has hecho muy bien en despertarme. Espera, voy á levantarme.
—No, permanezca usted acostado; lo mismo podemos conversar y con tal de que me hable usted de Clementina, quedaré aliviado....
—¿Tú no has dormido? mi pobre hijo....
—¡No! Pero eso importa poco. Sufriría todas las penas sin quejarme con tal de saber dónde está mi pobre mujer.
—Tranquilízate; lo sabremos. Y entonces.... Pero, ahora pienso ... Federico, ¿está levantado?... Sí. Llama.
—¿Para qué?
—Vas á verlo.
Mauricio llamó. Al cabo de un instante apareció el ayuda de cámara de Roussel. Era un excelente servidor que había sustituído al criado modelo que la señorita Guichard había quitado á Fortunato veinte años antes. Ningún ofrecimiento había hecho mella en Federico; por eso, en sus días de buen humor, Roussel le llamaba Hipócrates. Un día en que el ayuda de cámara se atrevió á preguntar á su señor porqué le llamaba así, éste le respondió: "Por causa de los presentes de Artajerjes." Federico no comprendió mucho más y permaneció estupefacto. Y Roussel añadió "¡ Bueno! No se caliente usted la cabeza: Hipócrates era un hombre incorruptible." Federico se dió por satisfecho y adquirió mucho mayor importancia á sus propios ojos. Con el tiempo se había hecho enteramente adepto y, sobre todo, adoraba á Mauricio.
—Federico, dijo Roussel, ¿está usted todavía en buena inteligencia con el portero del señor Bobart?
—Sí, señor. Por recomendación del señor, yo he sido quien le ha proporcionado su plaza.
—Bueno. Federico, va usted á salir inmediatamente para París. Irá usted á ver á su protegido y le pedirá, como un servicio de capital importancia, que, en el caso de que el señor Bobart salga de París, indique á usted la estación por donde ha partido. Y si puede usted obtener que le informe acerca del departamento ó el país extranjero de donde lleguen cartas para el señor Bobart, nos prestará á Mauricio y á mí una ayuda inapreciable.... Usted nos conoce muy bien para creer que se trata de algo vituperable....
—¡Oh, señor! Con los ojos cerrados le obedeceré.... Con los ojos cerrados....
—Y bien, no los cierre usted.... Ábralos, por el contrario, todo lo que pueda.... Quédese usted en París y á las horas de la distribución del correo esté siempre en casa del portero ...¿El señor Bobart le conoce á usted?
—No, señor.
—Tan pronto como tenga usted noticias que darnos, vuelve sin perder ni un segundo.
—El señor puede contar conmigo.
Y salió. Mauricio permanció sentado, interrogando á su tutor con la mirada.
—He aquí mi idea, dijo éste. Está fuera de toda duda para mí que el tunante de Bobart es cómplice de la señorita Guichard. Él nos espió la noche última y él fué quien la previno. Es, pues, cierto, que tan pronto como se crea en seguridad, Clementina va á escribirle y acaso á llamarle cerca de ella. Por el sello de la carta sabremos dónde está y si Bobart se marcha, la estación de que parta será una nueva indicación.
—¿Y entonces qué haremos?
—No lo sé todavía; es preciso reflexionarlo. Por otra parte, acaso no sea por Federico por quien sepamos donde está la señorita Guichard ... Tu mujer es muy capaz de burlar la vigilancia de Clementina y escribirte ...
El joven movió tristemente la cabeza.
—¿Cómo ha consentido en acompañarla?
—¡Buena es esa! ¿Sabes cómo habrán pasado las cosas? La señorita Guichard es robusta como un coracero ... ¿Quién te dice que no se ha llevado á Herminia por la fuerza?
—No es posible. ¡En medio de quinientas personas! ¡Cuando el cochero no estaba prevenido y hubiera bastado un grito de llamada, un acto de resistencia, por débil que fuese, para que el coche se detuviese!
—¿Y si Clementina ha mentido? Si la ha dicho que era solamente de mí de quien huían, pero que tú irías á buscarlas por la mañana ... Con la señorita Guichard, ¿entiendes? es posible todo. Es una vieja Eva sin Adán, que por distraerse en su paraíso vacío, se ha comido todas las manzanas y ha domesticado á la serpiente!
—Esperemos, pues.
—Paciente y cuerdamente. Piensa que tienes el porvenir delante de ti, ¡y qué porvenir! ¡Herminia sin la señorita Guichard! Porque, después de semejante barrabasada, estarás en tu derecho tomando precauciones, y la primera....
—Consistirá en separar á Herminia de ese monstruo de maldad.
—¡Ah! ¡Ah! dijo Roussel. Te ha llegado la vez. ¡Te hacías ilusiones sobre Clementina y no estabas lejos de acusarme de exageración! ¿Cómo la encuentras ahora tan deliciosa tía? Pues bien, amigo mío, ahí tienes la esposa que el difunto Guichard, ¡paz á sus cenizas! había soñado imponerme de por vida. ¿Comprendes que me haya defendido como un tigre? ¡El dichoso esposo de Clementina! Cuando pienso en esto me estremezco todavía.
Hablando y paseándose por el estudio y por el jardín, los dos hombres llegaron al medio día y se sentaron melancólicamente en el hermoso comedor. No era así como Mauricio había pensado almorzar aquella mañana. Roussel leía este pensamiento en su cara y estaba triste por su tristeza. El día se pasó más pronto de lo que hubieran creído; pero la velada, largamente prolongada, tanto temían uno y otro no dormir, les pareció interminable. Por la mañana, estaban de pie al despuntar la aurora. La impaciencia de Mauricio rayaba en el frenesí. Se paseaba á lo largo del estudio como una fiera en la jaula. Roussel, sentado en un sofá miraba sin hablar al joven: no hubiera sabido qué decirle, fuera de las vulgaridades agotadas hacía mucho tiempo. El correo llegó sin carta de Herminia. Y sin embargo, hubiera tenido tiempo de escribir si hubiera querido ó podido hacerlo. Era evidente que no había podido. En esto encontraba Roussel un gran campo de discusión y le aprovechaba, ocupando á Mauricio con sus razonamientos y forzándole á distraer su dolor en controversias. En resumen, sospechaban que la señorita Guichard había secuestrado á la señora de Aubry de un modo tanto más criminal cuanto que no tenía sobre la joven ni derechos naturales ni derechos adquiridos. Además la impedía que llenase sus deberes respecto de su marido habitando con él y donde á él le conviniera. Y Roussel citaba el código. En suma, si Mauricio quería, había allí materia para un gran proceso, y tomando un ilustre abogado, se podía poner á Clementina en una posición muy desagradable.
Llegaron así al almuerzo, que les reunió otra vez en el comedor, tristes y sin apetito. Hacia las dos, la sobrexcitación de Mauricio era tan aguda, que hablaba de marcharse á París, subir á casa de Bobart y cogerle por la garganta para obligarle á revelar los secretos de la señorita Guichard y decir dónde ocultaba á Herminia. Á las tres, mirando por la ventana hacia el camino, como si esperase ver á su mujer aparecer súbitamente y correr á él con los brazos abiertos, lanzó un grito:
—¡Ahí está Federico!
—Seguramente tiene noticias, puesto que vuelve.
Mauricio había bajado ya la escalera. Cogió al criado por el brazo, preguntándole, aturdiéndole y, sobre todo, impidiéndole hablar. Solamente en presencia de Roussel, encontró Federico su equilibrio. Se enjugó la frente y dijo:
—Ya sé lo que el señor deseaba averiguar.
—¡Buen Federico!
—Mauricio le estrechó en sus brazos.
—Si el señorito Mauricio quisiera no ahogarme, podría contarle lo que he sabido.
—Veamos; déjale hablar. Este muchacho....
Mauricio se sentó en el sofá; y Federico volvió á tomar la palabra.
—Desde ayer no he dejado la portería de la casa del señor Bobart. Francisco, que es mi amigo, me instaló en un rincón de su cuarto y allí he esperado los acontecimientos. Nada ocurría; ningún suceso, ninguna agitación. El señor Bobart se retiró ayer á las diez. Esta mañana no salió. La distribución del correo nada había indicado. Yo estaba consternado, cuando á medio día, en un montón de cartas, se encontró una para el señor Bobart. Examinado el timbre de salida, nos dió esta indicación: Clères (Sena Inferior).
—¡Ah! exclamó Roussel; ya la tenemos.
—Espere el señor, que la cosa se va á hacer más precisa dentro de un segundo ... Hacia las doce y media, la cocinera del señor Bobart entró en la portería. Iba á buscar un coche para su señor y entraba para rogar á Francisco que subiese, á fin de ayudar al criado á bajar un baúl. "¿Según eso se va de viaje su amo de usted? dijo Francisco.
—Sí, respondió ella ... Va á ver á unos parientes á Rouen...."
—¡Bravo! interrumpió Roussel. Rouen y después Clères. La señorita Guichard está en Rouxmesnil, una tierra que posee en Normandía, cerca de Dieppe ... Gracias, amigo Federico; ha maniobrado usted como un verdadero agente de policía.
—¿Y el señor Bobart partió?
—Partió, sí, señor; un cuarto de hora después.
—¡Bueno! Federico. Ahora puede usted bajar; su misión ha terminado. Coma usted, beba, descanse.
—Doy mil gracias al señor.
Roussel y Mauricio, al quedar solos, se miraron, y enseguida, como si les animara un pensamiento único, dijeron á un tiempo:
—¡Partamos!
—Hay un tren esta tarde; tenemos tiempo de hacer nuestros preparativos, añadió Roussel. Y no nos ilusionemos; va á ser preciso, acaso, emplear la fuerza para dar buena cuenta de la señorita Guichard.
—La emplearemos.
En todo caso, empecemos con precaución, para no poner en guardia al enemigo. Si fuésemos reconocidos, Clementina sería capaz de cambiar de residencia y nuestras pesquisas tendrían que empezar de nuevo.
—Pues bien, si es preciso, nos disfrazaremos. Yo le desfiguraré á usted.
—¡Ah! Por fin te veo animado. ¿Vives ahora?
—Sí, empiezo á esperar.
—Ve á preparar tu maleta. No llevaremos más que lo estrictamente necesario. ¡Nada de caja de colores ni de caballete de campo sobre todo! Un pintor llamaría la atención en diez leguas á la redonda.
—Tiene usted razón.
El joven entró en su cuarto y un instante después, Roussel, con una satisfacción profunda, le oyó tararear.
El castillo de Rouxmesnil es una edificación blanca, perdida entre el verdor de un parque de diez hectáreas y rodeada de muros y de precipicios. Un espeso bosque de hayas centenarias la defiende del viento del mar, que barre furiosamente toda la llanura. Una importante hacienda dependía del castillo, que no estaba habitado hacía mucho tiempo. Al tío Guichard le gustaba esta propiedad, que había heredado de su padre. Pasaba en ella dos meses del año, en la época de la caza. Las llanuras y los bosques que rodean á Rouxmesnil son muy sinuosos. El mobiliario de las habitaciones, conservado tal cual, aunque parecía incómodo y pasado de moda, había vuelto á ser del gusto del día. Estaba formado por aquellas encantadoras maderas estilo Luis XVI, cubiertas de terciopelo de Utrecht, camas, armarios y cómodas de caoba, adornadas con cobre dorado. Los tapices eran antiguas telas de Jouy, de colores amortiguados por el tiempo. El polvo del abandono cubría los muebles. El piso bajo, ventilado solamente dos veces al mes por el jardinero, que al mismo tiempo era conserje, olía á humedad. Pero las ventanas daban á una gran pradera á la que servían de marco hermosas arboledas, y á lo lejos, más allá de la llanura, los bosques comunales de Saint-Victor extendían sus ramas sombrías en las que cantaban los melancólicos cucos.
Al llegar á Rouxmesnil, Herminia, que no había estado allí más que dos veces con la señorita Guichard y llevaba los ojos hinchados de llorar, la cabeza aturdida por el insomnio y el corazón oprimido por el pensamiento de la pena que debía experimentar Mauricio, creyó que entraba en una prisión. Las maderas cerradas hacían reinar una oscuridad húmeda en todas las habitaciones. Un silencio profundo reinaba en la finca y, para colmo de tristeza, una lluvia torrencial, que había empezado en Clères, al salir del tren, borraba el horizonte en una bruma gris.
La señorita Guichard, afectando con Herminia una dulzura llena de compasión, como si acabase de arrancarla al más espantoso peligro, daba órdenes á la doncella que las había acompañado, y decía en su habitual tono de mando:
—¡El departamento de Herminia, ante todo! Que esta querida niña tenga enseguida un sitio para descansar! ¡Tiene de ello tal necesidad después de semejantes emociones!... Envíe usted á buscar gentes á la quinta ... Quiero que dentro de dos horas esté todo en orden en el castillo ... ¿Cómo te sientes, querida hija mía? ¡Esperarás el almuerzo!...
—¡Oh! No tengo apetito ninguno, tía ...
—Es preciso comer, niña querida, para ponerte en estado de soportar la prueba ...
—Pero, tía mía, ¿qué prueba? preguntó Herminia con irritación.
—¡Paciencia, hija mía; ya lo sabrás todo! Entonces comprenderás la infamia de que ibas á ser víctima y yo contigo ...
—¡Una infamia!... ¡De Mauricio, es imposible!
—No era él el culpable ... Pero el abominable mentor que le dirige! Dejemos estas explicaciones para después; sabes que puedes contar con mi afección ... ¡No te abandonaré jamás!
Herminia ahogó un suspiro. La perspectiva de no dejar nunca á la señorita Guichard no era á propósito para tranquilizarla. La señorita Guichard sin Mauricio, ó Mauricio sin la señorita Guichard; tal era la disyuntiva que se ofrecía á su pensamiento, y en aquella hora no era posible dudar: hubiera querido estar con Mauricio.
Había sido preciso todo el ascendiente moral que ejercía sobre ella su bienhechora, y un poco, también, la violencia material, para impedirla saltar del coche cuando había visto aparecer á Clementina en lugar de su marido. Clementina tuvo necesidad de cogerla por la cintura, sin dejar de dirigirle los más violentos reproches. Hasta París, Herminia no había hecho más que sollozar. Toda la noche había estado inquieta en el lecho, regando las almohadas con sus lágrimas. Por la mañana había sido aún necesario violentarla para llevarla al ferrocarril.
Y ahora, en aquel antiguo castillo, frío, húmedo y desolado, continuaba rebelándose. No lo hacía en voz alta, porque tenía miedo á su tía, pero en el fondo juzgaba severamente su manera de obrar. La sublevación moral de la joven era tan visible, que Clementina se creyó obligada á algunas explicaciones. No esperaba encontrar tal energía en aquella delicada rubia que había obedecido tan perfectamente desde que dependía de ella. ¿Pero qué importaba la resistencia á la fogosa Clementina? Á los que la resistían, los aniquilaba. Roussel y Mauricio sabían algo de esto.
Condujo á Herminia á una habitación del primer piso y abriendo vivamente las persianas, dijo:
—Esta es la habitación que yo habitaba en otro tiempo, cuando vivía el tío Guichard ... Te la doy, hija mía ... Comunica con otro cuarto que será, para tu marido cuando haya cesado de enfurruñarse y venga á reunirse contigo.
—¿Podrá, entonces, venir?
—Sin duda alguna.
—Pero, ¿sabe que estamos aquí?
—Voy á escribírselo yo misma, inmediatamente.
—¡Oh! Déjeme usted ese cuidado, tía mía, exclamó la joven.
—Eso no sería ni correcto ni conveniente, contestó Clementina. Parecería que te sustraías á mi jurisdicción y que hacías concesiones, cuando es él quien debe hacerlas ...
—¡Oh! tía mía, nada más que una palabra al final de la carta ...
—Una palabra, sea, dijo la señorita Guichard, pensando que, después de todo, un ruego de Herminia activaría la sumisión de Mauricio. El pobre muchacho está tan mal aconsejado que sería capaz de no venir.
—¿Lo cree usted?
—Lo creo todo mientras Roussel esté cerca de él. ¡Ese hombre es su genio malo!
Saltó, dejando á su sobrina entregada á sus reflexiones. El plan que había formado era muy sencillo. Por segunda vez quería obligar á Mauricio á adquirir compromisos y el primero sería renunciar á Roussel. ¿No accedía? pues no tendría á su mujer. Había que elegir: ó venía á buenas y cumplía siquiera la mitad de sus promesas, caso en el cual la dicha de Roussel estaría muy comprometida, ó no cedía, y entonces era fácil hacer pasar su resistencia por egoísmo, por indiferencia, y procurar una disensión entre los esposos. En el primer caso, Clementina triunfaba y continuaba siendo omnipotente; en el segundo, se vengaba terriblemente de los que hablan intentado burlarla, y esto era también una victoria.
En sus nuevas posiciones se creía muy fuerte; casi invencible. Por de pronto, su Rouxmesnil le parecía inexpugnable. Para llegar hasta Herminia sin permiso y sin entrar por la puerta grande, había que escalar el muro, franquear el foso y atravesar el parque, y el guarda, prevenido, rondaría constantemente. El arrendador de la hacienda le había prestado un perro que vigilaba de día y era feroz de noche. Por último, Clementina llamaría á Bobart en su ayuda. En semejantes circunstancias tenía necesidad de los consejos jurídicos y de las artimañas de aquel práctico astuto.
Le escribió enseguida. Á Mauricio le escribiría al día siguiente: convenía que el tiempo calmase su cólera y produjese el desaliento. Por la mañana, en efecto, entró en el cuarto donde Herminia había acabado por dormirse con un sueño febril y puso una carta sobre la mesa, diciendo:
—Lee y añade lo que quieras.
—La carta era amistosa, decía á Mauricio que se esperaba su llegada y terminaba así: "He olvidado el daño que ha querido usted hacerme, porque sé muy bien que no obedecía usted á sus propias inspiraciones, y estoy pronta á acogerle como á un hijo respetuoso y sumiso." Herminia no echó de ver con qué pérfida habilidad habían sido escogidos los términos de esta carta para herir á Mauricio, á quien se trataba como un niño por la que tan duramente acababa de hacerle sentir su autoridad. La joven no vió más que la llamada á su marido y esto bastó. Cogió una pluma y al pie de la carta escribió. "Ven, mi querido Mauricio, te espero con mucha impaciencia. Cree que soy toda tuya." Ardía en deseos de añadir: "Te abrazo y te amo," pero no se atrevió. Firmó con letra un poco alterada, porque el corazón le latía y le parecía que arriesgaba su vida en este momento. La señorita Guichard cerró el sobre y dijo:
—Tú misma darás la carta para que la pongan en el correo al ir á esperar á Bobart.
—Claro está. ¿Crees que vamos á vivir como dos prisioneras? No nos ocultamos, porque no hemos hecho nada malo.
Sin embargo, Herminia vió muy bien que se adoptaban todas las precauciones para que ella no pudiese tener comunicación alguna con el exterior. Por la tarde llegó el desagradable Bobart. Comió y enseguida se encerró con la señorita Guichard. Herminia se refugió en su habitación y con la ventana abierta soñó, contemplando la luna que aparecía por encima de las hayas y las plateaba con su luz. Una paz profunda reinaba en la campiña. Solamente los buhos hacían oir en los abetos su grito monótono y triste.
La joven pensó que acaso estaba destinada á vivir siempre en aquella soledad y aquel silencio. Si Mauricio no acudía; ¿cómo conseguir reunirse con él? ¿Quién los aproximaría? ¿Quién disiparía todos aquellos errores interesados? ¿Cómo caerían los obstáculos acumulados por voluntades hostiles? Una gran tristeza se apoderó de ella y rodaron sobre su cara gruesas lágrimas, lentas y amargas.
Era cerca de media noche cuando subieron Clementina y Bobart. Herminia cerró la ventana, se desnudó, hizo su oración, rogando al cielo que la devolviese su marido, y se durmió más calmada. Por la mañana se presentó para el almuerzo y tuvo que sufrir los cumplimientos insidiosos del ex-abogado. Durante el día Clementina propuso un paseo por el parque, pero á Herminia le pareció un suplicio pasear entre Bobart y la señorita Guichard. Pretextó una jaqueca y se quedó.
Pasó este día y el siguiente en una profunda ansiedad y prestó el oído á todos los ruidos del camino creyendo á cada instante ver llegar á Mauricio. Todas las noches se acostaba con el corazón oprimido, diciéndose: "¡Mañana será!" Y el día siguiente no traía tampoco noticias del marido esperado, que no venía.