EN EL QUE SE ROMPEN LAS CADENAS.

La joven subió á su habitación. Era dichosa, aunque estuviese secuestrada, y el beso de Mauricio la había dilatado el corazón. Un sentimiento de orgullo la asaltaba, al verse tan ardientemente disputada. ¡Cuán atrevido y diestro se había mostrado su marido! ¡Y su disfraz era verdaderamente una maravilla! Si no hubiese estado prevenida, jamás hubiera reconocido al elegante Mauricio, en aquel pisaterrones.

Se rió sola de los horrores que Mauricio había dicho á Bobart y á su tía. Pensaba que el joven se habría desatado en injurias de aquel modo para disimular; y, sin embargo, debió tener un secreto placer en maltratar así á sus enemigos. Pero, ¿de quién sería aquel terrible perro gris que combatía tan valientemente por ella? Nunca había oído á Mauricio hablar de un perro. Puede que fuese de Roussel; en todo caso, le amaba.

Sonó la hora de comer y también se sirvió á Herminia en su cuarto, lo que le causó sumo placer. La comida entre su tía y Bobart hubiera sido insoportable. Comió con apetito, como si un secreto instinto le dijese que muy pronto tendría necesidad de todas sus fuerzas. Vió al sol descender por detrás de las negras hayas, y extenderse poco á poco la sombra sobre el cielo rojizo, hasta quedarse todo obscuro. Cerró entonces la ventana y cogió un libro.

En el salón, la señorita Guichard y Bobart no jugaban esta noche su partida acostumbrada. La solterona estaba pensativa; el episodio del perro le parecía muy extraño. Hizo venir á Román Rouet y le interrogó detenidamente acerca de todos los perros grises que existían en el país.

—Un gran animal capaz de estrangular á Stop, decía el guarda, no, mi ama; no le conozco ni gris, ni negro, ni rojo. ¡Ah! Diantre! ¡qué desgracia no haber estado yo allí! ¡No correría por los caminos á estas horas!

—Pero, en fin; ¿usted no supone á quién podría pertenecer? El perro era demasiado hermoso para su amo....

—¡Bien puede ser que le hubiera robado!...

—¡No! El animal no le hubiera defendido á una simple indicación, como lo ha hecho ...

—Á menos que no sea el gran perdiguero del señor Julleville d'Auffray ...

—¿Quién es ese señor Julleville?...

—Un almacenista del valle ...

—¿Y se pasea por los caminos en blusa y á pie?

—No, por cierto; prefiere ir de levita y en su carricoche de dos caballos ...

—¿Prestaría su perro?

—Puede que sí ... y puede que no.

—¡Vaya usted, Rouet, dijo la señorita Guichard, y haga buena guardia ...

Se volvió hacia Bobart y dijo:

—Este es un ser absolutamente estúpido y no le creo leal. ¿Qué confianza puedo tener en él? ¡Por veinte francos me haría traición!

—Pero, ¿qué es lo que temes, mi amable amiga?

—¡Todo! exclamó Clementina, como una explosión. ¡Me ha parecido reconocer á Mauricio bajo la blusa de ese miserable de hace un momento!

—¡Á Mauricio!

—Sí, á Mauricio. No era su cara; no era su voz; y sin embargo, un instinto me dice que era él. ¡Si yo lo supiese! Yo ...

Y Clementina se puso lívida.

—Vas á ponerte mala, dijo melosamente" Bobart. Vete á tu cuarto ... Yo voy á dar una vuelta para vigilar y ver si todo está tranquilo. Yo mismo cerraré las puertas y las ventanas para que puedas dormir en paz....

—Tienes razón. Subo á mi cuarto, cierro con llave la puerta del de Herminia y me acuesto. Buenas noches; hasta mañana.

Eran las diez. Herminia estaba todavía leyendo en su cuarto. Reinaba un profundo silencio. De repente creyó la joven haber oído un ligero ruido en los cristales de la ventana, y escuchó, creyendo que, acaso, algún murciélago había rozado el vidrio con las alas. Un instante después, se renovó el mismo ruido, que pareció como de fino granizo que hirióse los cristales. Herminia miró al exterior; la noche estaba hermosa y el cielo cuajado de estrellas. Abrió suavemente la ventana y un puñado de fina arena cayó en el cuarto. Se inclinó vivamente con una palpitación de esperanza, y á menos de un metro por debajo de la cornisa de piedra vió una forma negra que estaba de pie en el herraje de la estufa. La joven dejó escapar una exclamación. La sombra se separó un poco del muro y Herminia reconoció á su marido.

¡Mauricio, dijo, en nombre del cielo, bájate de ahí; ¡te vas á matar!

—¡Silencio! dijo el pintor en voz baja; no hay ningún peligro. Si no temiera hacer ruido, ya estaría á tu lado. ¿Dónde habita tu tía?

—Al lado mío, respondió Herminia.

—Entonces, vamos despacio. ¿Tienes cortinas sólidas?

—Tengo algo mejor ... La cuerda con que estuvo atado mi baúl ... Es muy gruesa....

—¡Bueno! ¡átala á esta barra de apoyo ...

—Pero, ¿y si se rompe?...

—No se romperá.

—Pero, ¿qué intentas?

—Lo sabrás dentro de un instante ... ¡Cuidado! ... Se abre una ventana....

Mauricio se pegó al muro y Herminia no se movió.

En el silencio de la noche se oyó la voz de Clementina, que decía:

—¿Eres tú, Bobart, el que está abajo?

—Sí, excelente amiga; respondió sordamente otra voz.

—Éntrate y echa bien los cerrojos.

La señorita Guichard cerró la ventana y Herminia respiró libremente.

—Herminia, dijo Mauricio con una alegría que, en tal momento, pareció caballeresca á la joven; no es Bobart el que ha respondido, es mi tutor, que está esperándome al pie de la estufa ...

La esposa acabó de atar la cuerda y la dejó caer hacia afuera; Mauricio la cogió y de un solo esfuerzo llega hasta la cornisa. Su mujer tenía tal miedo de verle caer, que le cogió del brazo y le atrajo hacia ella con una fuerza inesperada. Tenía de este modo la boca tan cerca de la cara de la mujer amada, que no pensó más que en aprovechar tan feliz circunstancia y el grito de júbilo de Herminia se apagó con un beso. Después la curiosidad recobró su imperio, y la joven preguntó:

—Pero, ¿cómo has llegado hasta aquí?

—Saltando el foso. El perro no estaba allí ya, para morderme las pantorrillas ...

—¿Lo había intentado?

—Si, el primer día; entonces traje conmigo el perro gris ... y ya has visto cómo le ha tratado.

—Pero, ¿y si hubieras encontrado al guarda?

—Le he encontrado varias veces ...

—¡Oh! Dios mío ...

—Lo que me ha costado veinte francos por vez ... Esta noche, ciento ... pero hoy la cosa era más grave ... ¡había escalada!

—¡Qué dicha, que ese hombre sea un bribón!

Si: ya lo ves, nada es inútil. Hasta los malvados sirven para algo.

—En fin, has llegado hasta aquí. Y ahora, ¿qué vamos á hacer para marcharnos?

—¡Ah! Has dicho "marcharnos", dijo Mauricio alegremente.

—No creerás que quiero quedarme con mi tía ...

—¡No! querida Herminia; pero me llena de gozo que me hayas evitado pedirte que me sigas.

—¡Oh! mi único amigo, exclamó llorando la joven, ¿qué me queda fuera de ti? ¿Con qué puedo contar más que con tu ternura? ¡Ya ves qué desgraciada soy y cuan injustamente ... ¡Ámame mucho, para consolarme de tantas tristezas!

—¡Te amo! ¡Te amo! querida mía, con toda mi alma. No tengo más que á ti y á mi buen padrino ... ¡ Oh, sí! Te amo y yo haré que todo lo olvides.

Un puñado de arena que venía del parque les volvió al sentido de la realidad.

—Es mi padrino, que se impacienta ... Y tiene razón ... Vámonos.

—¿Por dónde?

—Por la puerta.

—Pero, está cerrada por fuera....

—¿No es más que eso?

Sacó del bolsillo un estuche complicado, abrió una hoja en forma de destornillador y con la tranquila habilidad de un ladrón de oficio, se puso á desmontar la cerradura, que á los cinco minutos estaba sobre la mesa. Entonces, cogiendo la cuerda y metiéndola en el bolsillo, dijo:

—Ponte un abrigo y un sombrero y huyamos.

—Pero, si encontramos alguien....

—Le compro ó le mato; como él quiera.

—¡Vamos!

Herminia, en la exaltación propia del caso, llegaba á creer muy naturales esos medios extraordinarios. Salieron al corredor y á paso de lobo, se encaminaron hacia la escalera que bajaba á las dependencias. Los criados debían estar durmiendo, porque todo estaba apagado en el castillo. Un rayo de luna, muy molesto, iluminaba la galería y la escalera; y el patio estaba enteramente blanco. Llegaron al piso bajo y estaban orientándose para llegar á la cocina, que tenía una puerta al patio, cuando del lado del vestíbulo, hacia la derecha, se oyeron unos pasos. Los fugitivos se detuvieron en un rincón y Mauricio miró en aquella dirección y murmuró:

—¡Es Bobart!

Herminia sintió un horrible temblor. El abogado avanzaba con una linterna en la mano y su inevitable escopeta en bandolera. Había declarado que no se servía de su arma habitualmente; pero ¿quién sabe de lo que es capaz un torpe dominado por el miedo? Lo menos que podía hacer, era despertar á todo el castillo. ¡Y entonces, escándalo, lucha, prisión acaso! En un momento, el cerebro sobrexcitado de Herminia imaginó muchos dramas.

Bobart venía, sin embargo, muy pacíficamente. Había cerrado todas las puertas y se disponía á acostarse. Se aproximó al sitio en que los dos jóvenes estaban como embutidos, y en el mismo instante, una mano tan rápida como vigorosa le cogió la escopeta y se la arrancó. Con gran espanto, Bobart se encontró frente á frente con Mauricio, que tenía á Herminia á su lado.

—¡Señor!... exclamó....

Y no pudo acabar. Cinco dedos se habían enroscado á su cuello y le apretaban tan enérgicamente, que su cara se puso morada.

—¡Ni una palabra! dijo Mauricio, ó te estrangulo como á un pollo....

Bobart no hubiera podido pronunciar esa palabra aunque le hubieran ofrecido por ello el trono de Francia. No hubiera exhalado ni un suspiro. Mauricio soltó su presa y dijo en un tono que no admitía réplica:

—Nos vamos mi mujer y yo. Usted va á conducirnos hasta el extremo del parque; allí quedará libre y no tendremos nada que temer de usted ni de los suyos. Vaya usted delante y al menor intento de despertar la alarma, no le dejo hueso sano. Bobart, cogido por el brazo, abrió él mismo la puerta y como quisiera alumbrar el camino, con su linterna, dijo Mauricio:

—¡Demasiadas atenciones! La luna basta ... y sobra. Hay que ir á buscar á mi padrino á la estufa.

Ante la idea de encontrarse enfrente de Roussel, Bobart se estremeció, pero echó á andar, sin embargo. No tenía deseo alguno de resistirse. Pasaron por debajo de la ventana de Herminia, que aún estaba abierta, y Roussel se les reunió sin hacer una pregunta y sin que pareciese que había reconocido á Bobart. Atravesaron el parque, pero en vez de dirigirse hacia el foso, llegaron á una puerta practicada en el muro. Bobart la abrió y á cincuenta pasos vió un coche que estaba parado en la esquina de un camino de travesía. Al llegar á la cabeza del caballo, un hombre que guardaba el coche, se adelantó y dijo:

—¿Está aquí la señora?

—Aquí está, respondió Roussel, que habló entonces por primera vez.

—Suba usted, señora.

Herminia se disponía á poner el pie en el estribo; pero el tutor de Mauricio, cogiéndola por el talle, la atrajo hacia sí y con emoción que se comunicó á la joven, dijo:

—Ahora que está usted libre, niña querida, abracémonos.

Se volvió después hacia Bobart, y, con voz muy tranquila, añadió:

—Adiós, Bobart; estoy tan contento, que olvido todas sus canalladas. Pero no abuse usted de mi benignidad para volver á las andadas, porque en ese caso, no seré ya tan indulgente, ¡Mis recuerdos á Clementina! Subió, y el coche partió al trote de un caballo que podía correr diez y ocho kilómetros por hora.

Bobart, muy corrido, emprendió el camino del castillo, murmurando: "Y ahora, ¿qué voy á hacer? ¿Conviene despertar á la señorita Guichard? ¿Conviene esperar á mañana para darle la fatal noticia? Si la despierto, noche toledana ... pero si no la despierto, me acusará de falta de celo ... Ahora no hay que esperar que separe á Herminia de su marido; nada une á dos jóvenes como una aventura corrida así, en común. Mauricio resulta embellecido por un prestigio novelesco; ¡ha conquistado á su mujer!... ¡Vaya usted á quitársela ahora! Herminia se dejaría morir de hambre, se ahorcaría con sus cabellos, se arrojaría por la ventana, alborotaría todo el barrio, mejor que seguir por segunda vez á la señorita Guichard. El negocio está perdido, absolutamente perdido. Clementina está derrotada en toda la línea ... ¡Falta saber cómo tomará la cosa! Si se enfada, puede desheredar á su sobrina, y entonces yo recobro la herencia ... ¡que vale la pena!... Así pues, debo mostrar un gran celo en estas circunstancias; todo hace creer que recibiré la recompensa con el tiempo."

Durante este monólogo, se acercó al castillo. Sin vacilar, fué á la campana que servía para llamar á comer y, tirando vigorosamente, rompió el silencio de la noche con un repique rabioso. Al cabo de un instante aparecieron luces en los corredores y se mostraron en las ventanas formas inquietas.

—¿Qué hay? preguntó el criado.

—¡Llame usted á la señorita, despiértela! gritó Bobart, con voz entrecortada de intento.

—¿Hay fuego en el castillo? preguntó imperiosamente Clementina, que apareció en chambra y gorro de dormir. ¿Qué significa ese ruido, Bobart?

—¡Ah! buena y querida amiga, balbuceó el abogado, ¡qué suceso!

—Pero ¿qué, qué ha sucedido? Habla, pues, en vez de gimotear!

—Pues bien ... ¡Tu sobrina ha partido!

¡Ha partido! exclamó la señorita Guichard. ¿Pero cómo? ¿Por dónde?

—Con su marido; por la puerta.

—¡Ven aquí! ordenó la solterona; y levantando la cabeza hacia los criados, que estaban asomados á las ventanas del piso superior, añadió: "Vosotros, volved á acostaros!"

Todas las ventanas se cerraron y reinó de nuevo el silencio. Bobart trepó por la escalera, y á penas llegado al descansillo, la mano convulsa de Clementina le atrajo hacia el salonillo.

—¡Ahora ... veamos, Bobart; ¿qué es eso que dices ahí?... ¿Herminia?

—Se ha marchado con Mauricio, hace un cuarto de hora.

—¡Corramos! Los alcanzaremos....

—Tienen un caballo demasiado bueno para eso....

—Pero, ¿quién les ha abierto la puerta? gritó Clementina con desesperación.

—Ellos mismos se la han abierto.

—¿Y Mauricio estaba en el castillo?

—Y por poco me estrangula.

—¿Dónde le has encontrado?

—En el piso bajo. Su mujer estaba con él.

—¡La infame!

—Se arrojó sobre mí de improviso y no pude defenderme.

¡Haber tirado, al menos; ¿no tenías la escopeta?

—La tenía.

—Pero, según veo, no te sirve jamás....

—Me la arrancó al principio de la lucha....

—¡Luego ha habido lucha! ¡Y nadie ha oído nada! ¿No podías gritar?

—¿No te digo que me estrangulaba? Y su endiablado tutor vino en su socorro.

—¡Roussel! ¿Estaba allí?

—Era el hombre de blusa del día anterior.

—¿Qué hombre de blusa?

—El que dormía al lado del foso.

—¿El que nos insultó?

--- ¡No! Éste debía ser Mauricio....

—¡Y me llamó "vieja." ¡Ira de Dios!

—É hizo devorar tu perro por aquella bestia rabiosa ... como me hubiera asesinado hace un momento, si yo hubiera resistido....

—¡Es decir que no has resistido!

—Todo lo que he podido, buena y dulce amiga....

La buena y dulce amiga, no sabiendo sobre quién desahogar la bilis que le carcomía el corazón y el cerebro, arrojó sobre su aliado una mirada feroz y con la boca contraída por una amarga risa, dijo:

—¡Bobart! si no fueras tan estúpido, creería que me has hecho traición....

¡Mi buena amiga!...

—¡Bobart! tienes una cobardía que me repugna.

—¡Querida amiga!...

—¡Bobart! tú tienes la culpa de todo lo que ha sucedido. ¡Me has aconsejado estúpidamente!...

—¡Yo no he....

—Y cuando era necesario mostrar energía, has sido blando como papel mascado....

—¡Sin embargo!...

—El único partido que yo podía tomar era unirme sinceramente á la joven pareja y reconciliarme con Roussel. Tú eres el que me ha extraviado con tus maniobras interesadas y tus pérfidos consejos....

—¿Es posible? Pero si jamás....

—Después de lo que acaba de suceder, comprenderás que debemos separarnos para siempre.

—¡Oh!

—Yo me voy á París mañana temprano. Tú, partirás cuando gustes. ¡Buenas noches! Vete á descansar, rayo de la guerra; ¡bien lo has ganado!

Le asió por el brazo, le empujó hacia el corredor y cerró violentamente la puerta detrás de él. Una vez sola, se sentó y meditó durante una hora. Después se levantó y se encaminó á su cuarto pensando:

Si; no me queda más que ese medio de arreglar mis asuntos de un modo honroso, ¡Una reconciliación! Acaso de esto modo vuelva á adquirir influencia con Roussel.

Tomada su resolución, entró en el cuarto, se acostó y se durmió.


CAPÍTULO XI