QUE TRATA DE UN ANTIGUO FUEGO OCULTO BAJO LA CENIZA.
En el hermoso comedor de la quinta de Montretout, Roussel, Herminia y Mauricio acababan de comer. Los jóvenes y su padrino estaban locos de alegría. Por la ventana, que daba al jardín, entraban perfumes de clemátida y el sol, al ocultarse en el horizonte por detrás de los bosques, se apagaba en un cielo matizado de rosa, verdoso y anaranjado.
—¡Qué diferencia! decía Herminia, entre esta deliciosa comida y las que hacia en Rouxmesnil, entre mi tía y Bobart!
—Sí; ¡se acabó la tristeza! Mañana nos vamos á Florencia y Venecia.
—También debía partir para el extranjero con mi tía ... Estoy predestinada á los viajes.
—Con la señorita Guichard ese viaje hubiera sido un destierro.
—Mientras que, contigo, querido Mauricio, voy á ver países ... ¡Qué contenta estoy!
—¡Enhorabuena! dijo Roussel. Desde que empezamos á comer, esta es la segunda vez que lo dices.
—¡Tengo tal placer en explayarme, en desbordar, en hablar como pienso y en pensar como me agrada ... ¡Oh! aquí respiro ... renazco.
—¡Querida Herminia!
—Y es que usted no me turba absolutamente nada. Delante de mi tía no me atrevía á decir una palabra ... Con usted, las ideas me acuden naturalmente ... Y me parece que no soy tan imbécil como suponía el señor Bobart....
—¿Cómo?
—Sí; un día, al pasar por delante de las ventanas del salón, oí á Bobart que decía: "Esta pequeña es bastante bonita, pero imbécil como un ganso ..."
—¡Viejo idiota! exclamó Roussel.
—¡Despreciable bribón! dijo Mauricio.
—¡Debe hacer una buena figura, añadió el joven, frente á frente de la señorita Guichard, en el gran comedor de Rouxmesnil!
—¡Suponiendo que estén allí! dijo Roussel moviendo la cabeza.
—¿Dónde cree usted que podrán estar?
—Bobart, en el demonio; yo me refiero á Clementina. Desde el momento en que no le ha necesitado, le habrá puesto en la calle sin tardanza. Pero ... ¡Ella! ¡Tiemblo á la idea de que pudiese aparecer!
—¡Aquí! dijo Mauricio con un ademán de duda.
—Si, hijos míos; aquí.
Herminia se aproximó instintivamente á su marido, como si esperase necesitar su protección.
—Desde esta mañana os veo regocijaros; os oigo cantar victoria ... y os dejo hacer. Hay que gozar de los buenos instantes, cuando se presentan; siempre es esto una ventaja sobre los fastidios de la existencia. Pero yo, que soy viejo y experimentado y, sobre todo, que sé, á mi costa, quién es Clementina, preveo el porvenir y espero algún nuevo asalto.
—¡Le rechazaremos!
—Sin duda. Pero siempre que hay batalla, hay golpes y heridas. Los golpes, los daréis vosotros, sea; pero acaso echéis de menos el tiempo en que los recibíais.
—¿Por qué?
—Porque contra Clementina tirano tenéis vuestra conciencia primero y la opinión del mundo después. Mientras que contra Clementina víctima....
—¿Víctima? exclamó Mauricio; víctima de sus propias maquinaciones.
—Todo lo que tú quieras, pero víctima triste, abandonada, después de haber educado á Herminia y de haberla educado bien. Si la hubiera casado con X ó Z, hubiera sido excelente para el marido de su sobrina ... Las personas que la conocen la encontrarán muy desgraciada y tendrán razón, porque lo será ... Y nos acusarán de esa desgracia ... Olvidarán las faltas, para no ver más que la expiación.
—Pero, ¡entonces! dijo Mauricio turbado.
—Entonces, la situación es delicada. Pienso en ello desde esta mañana. Si tenemos la suerte de que la señorita Guichard arroje rayos y llamas y nos cubra de maldiciones y de injurias, nuestro asunto será bueno ... Pero si se enternece y viene á buenas ... ¡No sé cómo saldremos del lance!
—¡Se sale siempre!
—Sin duda. Pero es preciso salir correctamente ... ¡Dios sabe si he sido paciente, y tranquilo y silencioso, cuando me colmaba de malos tratamientos !Pues bien, no han faltado personas que me quitaran la razón, á pesar de todo, porque yo era hombre y Clementina, mujer. ¡Juzgad lo que se diría de vosotros, hijos rebelados contra una madre!
—¡Pero eso sería estúpido!
—¿Y crees que el mundo no lo es? Con una actitud sentimental bien adoptada se le enternece, y está dado el golpe.
—Entonces, padrino mío, ¿usted supone que la señorita Guichard ha dejado Rouxmesnil?
—Esta mañana, á primera hora.
—¿Y que está en París!
—Y acaso en camino para Montretout.
Como si las palabras de Roussel hubiesen tenido el poder de evocar á la que todos temían ver aparecer, una campanada resonó en la puerta, la verja del jardín se abrió y en la vaga obscuridad del crepúsculo, avanzó una sombra negra, silenciosa, amenazadora. Siguió la calle de árboles, llegó á la escalinata, la subió lentamente y desapareció en el vestíbulo.
Roussel, Herminia y Mauricio, de pie delante de la mesa, se miraban estupefactos, aterrorizados, mudos. Por último Mauricio, como si no creyese á sus ojos, se inclinó hacia el jardín y buscó al espectro.
Pero no vió más que un coche de alquiler que se colocaba delante de la verja, esperando á la terrible visitante.
—¡Es ella! dijo por fin Roussel en voz baja. ¡Vais á ver!
—¡Oh! Dios mío, suspiró Herminia, y se echó en los brazos de Mauricio, como si temiese que los separasen de nuevo.
En este momento, se abrió la puerta del comedor y Federico, pálido, avanzó diciendo en tono consternado:
—¡Señor! Es la señorita Guichard ...
—¡Oh! Bien la hemos visto, contestó Roussel con calma. Hágala usted entrar en el salón.
Y volviéndose hacia los jóvenes, dijo:
—Hijos míos, no hay que titubear, es preciso recibirla ... así, con sangre fría. Hablad poco ... y escuchad mucho ... Si se dicen atrocidades, es mejor que las diga Clementina ... Aquí estoy yo ... ¿Sí? Entonces, seguidme.
Abrió la puerta del salón y con la misma tranquila seguridad de ocho días antes en el salón de la señorita Guichard, dijo:
—Buenas tardes, mi querida prima ... Sé bien venida á mi casa.
Clementina, de pie y contraída, esperaba el choque, y aquella acogida cortés, después de tantas villanías hechas por ella, la desconcertó. Cambió de fisonomía, sus manos temblaron, y viendo á Herminia que, aterrada, se había detenido á tres pasos, se puso á gritar:
—¡Mi hija! ¡Oh, Dios mío! ¿Me aborreces ya? Entonces ¿qué va á ser de mí?
Grandes sollozos sacudieron nerviosamente á la solterona, que, avergonzada de su debilidad, se cubrió el rostro con las manos y cayó aniquilada en una butaca.
No se rompen fácilmente los lazos de una afección de veinte años, cuando se tiene un corazón tierno y generoso; Herminia fué la prueba. No pudo ver llorar tan amargamente á la mujer que la había educado y dejando el brazo de Mauricio, corrió á la señorita Guichard, con los ojos llenos de lágrimas y exclamando:
—¡Tía mía! No llore usted más ... ¡Me desgarra usted el corazón!
—¡Ah! ¡Por fin te encuentro! balbuceó Clementina, estrechando á Herminia hasta ahogarla. ¡Ah! querida niña, con la que he sido tan dura y que me absuelve sin una vacilación!... ¡Oh! pequeña mía!... ¿Cómo obtener jamás que olvides todo ese daño?... Pero ¡estaba loca! ¿sabes?¡No sabía lo que hacía!...
Las dos mujeres se abrazaron como si se vieran después de haber escapado las dos de un gran peligro. Roussel las miraba con aire inquieto y murmuró al oído de Mauricio:
—¡Esto es lo que yo temía! Y es mayor el peligro porque esta mujer parece sincera.
—Si es sincera, todo puede arreglarse ...
—Sí ¡pardiez! por ocho días!... Pero, ¿después?...
La señorita Guichard, teniendo á Herminia como escudo contra el resentimiento de los dos hombres, se volvió hacia Mauricio y dijo:
—Y usted, pobre amigo, ¿podrá perdonarme todo lo que le he hecho sufrir? Estaba mal aconsejada ... Me han empujado en el sentido á que me inclinaba, en lugar de contenerme ... Pero me doy cuenta de mi error y ¡quisiera á toda costa repararle!...
—No debo acordarme más de lo que usted me ha hecho, querida tía; es, por tanto, inútil hablar de ello. Pero hay alguien respecto del cual usted ha cometido faltas serias ... Á éste no le ha dicho usted nada todavía ...
La señorita Guichard lanzó un doloroso suspiro y bajó la cabeza con desesperación. ¿Sentía remordimientos por lo que había intentado contra Roussel, ó solamente disgusto por no haber vencido? El diablo sólo hubiera podido saberlo, porque sólo el diablo podía leer en el alma de la solterona. Mauricio continuó:
—Si usted quiere que la semana que acaba de pasar se borre de nuestra vida, es preciso que emprendamos de nuevo la existencia tal como la habíamos arreglado el día de mi boda. La base de nuestra convenio era el perdón franco y sin reservas de los daños recíprocos y la concordia en la familia. ¿Está usted resuelta á firmar la paz en esas condiciones?
—Estoy á vuestra discreción, gimió la señorita Guichard.
—No; no es así como hay que responder, interrumpió Mauricio con firmeza. Usted es libre; nada la imponemos; haga usted lo que desee. ¿Quiere usted vivir en adelante en buena inteligencia con todos nosotros?
—De todo corazón.
—¿Comprende usted bien lo que quiere decir "todos?"
—Lo comprendo y lo aceptó.
—Entonces abracémonos, tía mía, y que no se hable más del asunto.
Á estas palabras, Herminia saltó de alegría, pero fué la única que manifestó satisfacción cordial. Había ya pasado la efusión del primer momento, y la señorita Guichard y Roussel tenían la frente cargada de nubes. Mauricio los miraba con inquietud. Clementina pensaba: "¡Yo sufro el yugo; no hay que decirlo: estoy vencida y él triunfa!" Roussel decía para sus adentros: "Hemos obtenido una victoria como la de Pirro: ¡otra como esta y estamos perdidos! ¿Quién se encargará de atar corto á esta loca cuando haya vuelto á sus veleidades belicosas? Habrá perpetuamente en nuestra vida causas de disgusto, y la tranquilidad de estos muchachos no estará segura. Por otra parte. ¿Es sincera cuando promete mostrarse razonable? ¿No representa una comedia? ¿No prepara nuevas baterías para aplastarnos? Es preciso saberlo y yo soy el único que puede penetrar sus intenciones."
Levantó la frente y adelantándose hacia Clementina:
—Has tratado con Mauricio y con Herminia: está muy bien, dijo graciosamente; pero no estás arreglada conmigo. ¿No te parece, mi querida prima, que tenemos algo que hablar? Es preciso no ocultar nada en el corazón en una situación como la que vamos á afrontar. Vaciemos, pues, nuestro saco, para no volver más sobre el asunto.
La señorita Guichard asintió con una inclinación de cabeza, pero su cara estaba tan sombría que Mauricio y Herminia se miraron con ansiedad. De esta conversación suprema, ¿saldría una nueva guerra ó la paz definitiva? Todo era de temer. La pólvora y el fuego puestos en contacto no podían producir más formidable explosión que Roussel quedándose en presencia de Clementina. Sin embargo, á una señal de Fortunato, los jóvenes se cogieron del brazo y salieron. Por lo menos ahora estaban seguros de que nadie conseguiría separarlos.
En el salón, Roussel y Clementina se examinaban en silencio. Quien los hubiera visto en este momento, difícilmente hubiera pensado que estaban bien dispuestos el uno para el otro. Roussel tomó el primero la palabra y dijo tranquilamente:
—Dime, querida prima, ¿es seria tu resolución?
—Si no lo fuera, replicó la señorita Guichard, ¿qué hacia yo aquí?
—¡Eh! ¡Buena es esa! Estás aquí porque no has tenido otro remedio. Si Herminia estuviera todavía en Rouxmesnil, ¿nos ofrecerías la paz?
Á estas palabras que le recordaban la afrenta recientemente sufrida, Clementina cambió de color, y con voz agria dijo:
—Primo, te felicito: llevas bien la blusa.
—¿Qué sabes tú, si no me has visto?
—Me lo han dicho.
—¿Quién? ¿Ese canalla de Bobart?
—Ese ... ¡tranquilízate; no le verás más!
—Después de su mala suerte, no lo dudo. Tú eres como Napoleón; en punto á lugartenientes no te gustan los que no tienen suerte ...
—¡Ah! ¡Bien me la habéis jugado!
—Pero ¿dónde habitabais?
—Cerca de Auffay, en el castillo de Peroeville ... El perro gris también era de allí ...
—Habéis hecho bien en no volverle á llevar. Le había hecho preparar veneno.
—Lo sospechaba.
—¡Eres hábil!
—La escuela de la desgracia. Tú eres la que me has formado.
Se miraron, él desconfiado, ella, ya exasperada.
—Si no hubiera sido abandonada por Herminia, no me tendrías á tu discreción.
—Bien lo sé. Debías haberte conducido con Herminia de modo tal que la hiciese incorruptible. Mira como Mauricio no me ha abandonado ...
—¿Y por qué el uno ha sido fiel, mientras la otra me ha hecho traición?
—Voy á explicártelo. Eso proviene, sencillamente, de la diferencia de nuestros caracteres. Yo he pasado mi vida amando á Mauricio por él mismo. Tú, has amado á Herminia por ti. Esa niña no ha sido en tus manos más que un instrumento de rencor y con ese tacto fino de las mujeres, Herminia ha acabado por darse cuenta de ello. De aquí la pérdida inmediata de toda confianza. Jamás ha dudado Mauricio de que yo estuviese pronto á sacrificarlo todo por verle dichoso; por eso ha seguido ciegamente mis consejos. Herminia no estaba completamente segura de que tú obrases en su interés y, en un momento dado, ha visto que la tratabas como enemiga. Entonces ha desertado. Esto es sencillo y lógico y no podías evitarlo.
La señorita Guichard bajó la cabeza sin responder. Roussel continuó:
—Á estas horas, después de tus lágrimas y tus promesas, apostaría á que esa niña no está muy segura de ti, se pasea por el jardín con su marido y hablan ¿sabes de qué? de la situación que les produces, y dicen: "¿Cómo acabará esto?" Y si acaba esta noche, ¿volverá á empezar mañana? En la vida, llena de promesas de esos muchachos, has conseguido ser un estorbo ...
Cogió á la señorita Guichard por la mano y, con autoridad, la acercó á la ventana. La luna alumbraba los macizos del jardín y, cogidos del brazo, los dos jóvenes paseaban á lo largo de las filas de plantas, refrescadas por el aire de la noche. Iban lentamente, con paso cadencioso, graciosos y encantadores.
—¡He ahí, sin embargo, lo que querías impedir, continuó Roussel con severidad. Has opuesto tu veto á esa felicidad. Bien se conoce que nunca has sabido lo que era amar.
Clementina levantó la frente, sus ojos brillaron, un ligero rubor acudió á su cara, y dijo con voz entrecortada:
—¡Tú sabes muy bien que lo que dices es falso! Sí; he amado, y demasiado exclusivamente, á un hombre que me ha despreciado ... ¡Sí! He amado! Bien puedo confesártelo ahora que soy vieja. Por haber amado demasiado, he sufrido tanto ... Yo también había soñado con andar en la vida del brazo de un hombre que fuese todo para mí ... y mi sueño se ha disipado. Yo hubiera sido, como otra cualquiera, tierna y buena con el que amaba, si hubiera sabido disimular la vivacidad de mi carácter, un poco absoluto acaso. Yo hubiera sido una esposa llena de abnegación y una madre apasionada ... ¡Oh! Si hubiera tenido un hijo ... ¡mío! le hubiera adorado! ¡Cuántas veces he llorado de pena y de cólera al pasar por los jardines donde jugaban los niños á la vista de sus madres!... La envidia, el pesar me oprimían el corazón y achacaba la responsabilidad de mis torturas al que había desbaratado mis proyectos y destruído mi porvenir. ¡Y eres tú el que me acusa de no haber amado! ¡Tú! Después de lo que acabo de decirte, confiesa que es una ironía muy cruel y muy inmerecida.
—Pero, Dios mío, mi querida prima, dijo Roussel con algún embarazo; me haces más culpable de lo que lo he sido. Si hasta ese punto te horrorizaba el celibato, con tu fortuna, hubieras podido sustituírme con ventaja. Por falta de hombre el matrimonio no fracasa.
—Ninguno me agradaba sino tú.
—¡Por espíritu de contradicción!
—¡Á mi costa, en todo caso! Porque por ti he quebrado mi vida. Amaba el mundo, y he tenido que vivir retirada. Sin familia, mi solo consuelo ha sido la adopción de una niña que no era nada mío. He tenido que comprimir todos mis sentimientos y he envejecido estéril é irritada ... Todo por tu causa. Cuando te oía hace un momento enumerar mis faltas, encontraba que eran muy pequeñas comparadas con las tuyas. Sí, he sido mala; he querido vengarme de ti; pero ¿no has hecho tú todo lo posible por incitarme á ello? Sí, tú, causa primera de nuestras disensiones, debieras ser responsable de lo que ha sucedido, y yo sola soy castigada. Porque, tú lo decías hace un instante y has tenido buen cuidado de explicármelo; se me tolera, se me sufre, pero no se me ama. Si tengo un poco de orgullo, después de lo que me has declarado, debo desaparecer y marcharme á terminar mi vida en un rincón, sola, arrastrando mis últimos días con el pensamiento devorador de que todo el mundo es dichoso, menos yo!
Esta vez, era sincera. Roussel lo veía claramente y se conmovió. Su conciencia se había sublevado al oir á Clementina y le advirtió de que la mitad de las acusaciones que ésta le dirigía, eran ciertamente merecidas. Le había faltado paciencia: había desconocido la voluntad suprema del tío Guichard é infligido una cruel afrenta á la mujer que le estaba destinada. Después de todo, el matrimonio acaso la hubiera transformado. Otros milagros mayores se habían visto. ¡Quién sabe si hubiera podido ser, como ella decía, buena esposa y excelente madre! Y por él, por un amor exclusivo, que en el fondo le halagaba, y le hacía sonreir con cierto deje de contento, había permanecido soltera. Aquello era un agravio muy duro, por el cual no resultaba castigado ... La miró con algo mayor benevolencia y experimentó un sentimiento tan parecido á la simpatía, que se quedó asombrado. ¿Era posible que Clementina le pareciese soportable? Fortunato dijo:
—¿Por qué exageras las cosas? ¿Quién te dice que te vayas? Si tu orgullo te impulsa á marcharte, resístelo y permanece en medio de nosotros.
—Sufriría demasiado. Mi situación será siempre inferior ... No olvidaréis nuestros antiguos disentimientos, mi resistencia y mi derrota ... Á ti, te amarán; á mí, me tolerarán ... Yo no podré soportarlo y volveré á ser mala ... y os haré daño á todos ...
Esta confesión turbó á Roussel más que todo lo que acababa de oir. Puesto que la señorita Guichard se daba cuenta de su estado, todavía era posible curarla. Si se la dejaba entregada á sí misma, los irresistibles impulsos de su carácter batallador la arrojarían á cometer excesos que serían causa de cuidados y penas para Mauricio y Herminia. Era preciso á toda costa apoderarse de ella. Fortunato permaneció un momento pensativo, y después, aproximándose á su enemiga, dijo:
—Veamos, Clementina; esos muchachos y nosotros empezamos una existencia nueva. ¿Quieres que el porvenir sea en todo diferente del pasado? Estoy decidido á ayudarte sinceramente. Retrocedamos veinte años. Tú no tienes más que veintitrés y yo treinta y cinco. El tío Guichard acaba de morir y nosotros somos prometidos ... Pretendes que hubieras podido ser una buena esposa; pruébalo.
La señorita Guichard se puso pálida como si fuera á morir. Sus ojos interrogaron confusamente la cara de Roussel, que estaba grave y solemne. Después balbuceó:
—Fortunato ... ¿qué quieres decir? No me des una falsa alegría ... ¡Me matarías!
—¡Lejos de mí tal pensamiento! Quiero que vivas para que te muestres perfecta. En consecuencia, Señorita Guichard, ¿quiere usted hacerme el honor de concederme su mano?
Clementina permaneció un momento inmóvil, vacilante, bajo aquel golpe tan inesperado. Un temblor nervioso agitó sus labios y no pudo responder. Su fisonomía, alterada, expresaba al mismo tiempo la pena del pasado lamentablemente perdido, y la loca alegría de un porvenir por tanto tiempo deseado y reconquistado por milagro.
Roussel creyó que perdía la cabeza. Pero todo duró el espacio de un segundo. Se recobró y en un delirio de dicha que indemnizó á Roussel del esfuerzo que acababa de realizar, exclamó:
—¿Que si quiero? ¡Ah! ¡Dios mío! hace veinte años que sueño con esas palabras ...
Y con tanto vigor en la afección como había mostrado en el odio, saltó al cuello de Fortunato.
En el mismo momento, Mauricio y Herminia, un poco inquietos al ver lo que duraba la conferencia, abrieron la puerta del salón. El espectáculo que se ofreció á sus ojos era de tal modo sorprendente, que permanecieron inmóviles: la señorita Guichard y Roussel se abrazaban, y no para ahogarse, porque ambos reían con algo de enternecimiento.
—Venid, hijos míos, dijo Roussel. Deseabais la concordia y vamos á daros la unión. En adelante, formaremos una sola familia: me caso con la señorita Guichard.
Mientras Herminia, dando un grito de júbilo corría hacia su tía, Mauricio se inclinó hacia su padrino:
—Eso es más que adhesión, dijo; ¡es heroísmo!
—¡Bah! contestó Fortunato; hay que saberse sacrificar por los suyos. Y luego, después de todo ... Acaso tengamos una sorpresa.
La tuvieron. Sin duda alguna, la merecían; pero, como hacía observar Roussel á la joven pareja con sonriente filosofía, nadie es tratado en la vida según sus méritos.
Una nueva Clementina, aquella á quien sólo Herminia había conocido hasta su boda con Mauricio, se reveló á Fortunato. Buena, alegre, un poco imperiosa, pero perfecta dueña de su casa, la baronesa—porque ha conseguido ser baronesa y no desespera de serlo de Pontournant—asombra á los suyos por las cualidades de su corazón. Calmado su rencor, ha vuelto á lo que estaba destinada á ser; una mujer muy viva, pero excelente, que se esfuerza en pagar con amabilidades los movimientos un poco bruscos de su carácter. Roussel se acostumbró á ella prontamente. Y un día en que se hablaba delante de él de una mujer muy dulce y un poco pasiva:
—¡Desengáñense ustedes! exclamó; una mujer sin carácter es como una ensalada sin vinagre!
—Sí, amigo mío, insinuó Clementina con deferencia; ¡pero también es preciso que la ensalada tenga un poco de aceite!
FIN.
Imprenta de la Vda de Ch. Bovary.