CAPÍTULO VI.
Cómo se hicieron fiestas en Granada, y por ellas se encendieron más las enemistades de los Zegríes, Abencerrajes, Alabeces, y Gomeles, y lo que pasó entre Zaide y Zaida acerca de sus amores.
Antes de pasar adelante con la fiesta concertada, diremos del valeroso Zaide y de la bella Zaida, a quien él tanto estimaba, y era tan público en Granada, que ya no se trataba sino de sus finos amores.
Sabiendo esto sus padres de ella, determinaron de casarla con otro, y dar fama de ello, porque Zaida se apartase de aquel propósito y perdiese la esperanza de sus amores, y cesase en pasearle su calle y puerta, porque no fuese el honor de Zaida tan rompido.
Y con este intento pusieron mucho recato en su hija, no dejándola poner a las ventanas, porque no hablase con Zaide; pero poco aprovecharon sus prevenciones, porque no por eso dejaba Zaide de pasear la calle, ni ella le dejaba de amar con más fervor que de antes.
Y como se publicaba el casamiento de Zaida por toda la ciudad, y que sus padres la casaban con un moro de Ronda, poderoso y rico, el bravo Zaide no podía sosegar de noche, ni de día, ocupado en varias imaginaciones, procurando estorbar el casamiento con darle muerte al desposado.
Y no cesando un momento de pasear la calle de su dama, por ver si la podía hablar para saber de ella su voluntad, porque espantaba el gallardo moro de que su Zaida consintiese en el casamiento, a causa de la fe y palabra que entre los dos se habían dado, la aguardaba por ver si salía a un balcón, como solía hacer.
La bella Zaida no estaba con menos pena y cuidado que su galán, deseosa de hablarle, y darle cuenta de lo que sus padres tenían tratado; y así salió al balcón, y vio al valeroso Zaide que se andaba paseando solo, con un semblante triste y melancólico, y alzando los ojos al balcón; y viendo a la hermosa Zaida tan gallarda y bizarra, se le quitó luego todo su mal, y llegándose al balcón temeroso habló a su mora de esta manera:
—Dime, bella Zaida, ¿es verdad esto que se dice, que tu padre te casa? Si es verdad, dímelo, no me lo encubras, ni me traigas suspenso; porque si es verdad, vive Alá que tengo de matar al moro que te pretende, para que no goce de mi gloria.
La hermosa Zaida le respondió (los ojos muy llenos de lágrimas):
—Así me parece, Zaide, que mi padre me casa: consuélate, y busca otra mora a quien servir, que por tu gran valor no te faltará; ya es tiempo que nuestros amores tengan fin: el cielo sabe las pesadumbres que por tu causa he tenido con mi padre.
—¡Oh cruel! —respondió el moro—, ¿es pues esa la palabra que me tienes dada de ser mía hasta la muerte?
—Vete, Zaide —dijo la mora—, porque viene mi madre buscándome, y así ten paciencia.
Diciendo esto se quitó del balcón llorando, quedando el valeroso moro confuso, sin saber lo que determinar para alivio de su pena; y determinando de no dejar su pretensión sin perder la escaramuza de su pensamiento, desocupó el puesto, dejando allí el alma.
Por esto que le pasó a Zaide con su mora, se dijo este romance:
Por la calle de su dama
paseándose anda Zaide,
aguardando que sea hora
que se asome para hablarle.
Desesperado anda el moro
en ver que tanto se tarde,
que piensa con solo verla
aplacar el fuego en que arde.
Viola salir a un balcón
más bella que cuando sale
la luna en la oscura noche,
y el sol en sus tempestades.
Llegose Zaide, diciendo:
bella mora, Alá te guarde,
si es mentira lo que dicen
tus criados a mis pajes.
Dicen, que dejarme quieres,
porque pretendes casarte
con un moro que ha venido
de las tierras de tu padre.
Si eso es verdad, Zaida bella,
declárate, no me engañes;
no quieras tener secreto
lo que tan claro se sabe.
Humilde responde al moro:
mi bien, ya es tiempo se acabe
vuestra amistad y la mía,
pues que ya todos lo saben.
Que perderé el ser quien soy
si el negocio va adelante:
Alá sabe si me pesa,
y lo que siento dejarte.
Bien sabes que te he querido
a pesar de mi linaje,
y sabes las pesadumbres
que he tenido con mi madre
Sobre aguardarte de noche,
como vienes siempre tarde;
y por quitar ocasiones,
dicen que quieren casarme.
No te faltará otra dama
hermosa, y de galán talle,
que te quiera, y tú la quieras,
porque lo mereces, Zaide.
Humilde responde el moro,
cargado de mil pesares:
No entendí yo, Zaida bella,
que conmigo tal usases:
No entendí que tal hicieras,
que así mis prendas trocases
con un moro, feo y torpe,
indigno de un bien tan grande.
Tú eres la que dijiste
en el balcón la otra tarde:
tuya soy, tuya seré,
y tuya es mi vida, Zaide.
Aunque la bella Zaida pasó con su Zaide todo lo que habéis oído, no por eso le dejaba de amar en su corazón, y el gallardo Zaide asimismo la amaba.
Aunque la dama le despidió, muchas veces se hablaban, no con tanta libertad, porque sus padres no lo sintiesen; y le hacía todos los favores que solía, aunque el moro, por evitar escándalo, no continuaba en pasear la calle de su dama: mas no era tan en secreto, que no fuese sentido del moro Tarfe, amigo de Zaide, el cual tenía una envidia mortal en su alma, porque amaba de secreto a Zaida; y considerando que jamás Zaide dejaría de amar a la bella Zaida, acordó de revolverlos, poniendo cizaña entre los dos, aunque esto le costó la vida; porque así acaece a los que no son leales con sus amigos.
Pues volviendo al caso de las fiestas atrás referidas, trataremos primero de un romance, que compuso un poeta en respuesta del pasado, y después diremos lo que en las fiestas pasó. Dice así el romance:
Bella Zaida de mis ojos,
y del alma bella Zaida,
de las moras la más bella,
y más que todas ingrata:
De cuyos rubios cabellos
enreda amor mil lazadas,
en que ciegas de tu vista
se rinden mil libres almas:
¿Qué gusto, fiera, recibes
de ser tan mudable, y varia,
y con saber que te adoro,
tratarme como me tratas;
Y no contenta de aquesto
de quitarme la esperanza,
porque de todo la pierda
de ver mi suerte trocada?
¡Ay cuán mal, fiera enemiga,
las veras de amor me pagas;
pues en cambio dél me ofreces
ingratitud y mudanza!
¡Cuán presto le diste al viento
tus promesas y palabras!
pero bastaba ser tuyas,
para que tuviesen alas.
Acuérdate, Zaida hermosa,
si aun aquesto no te enfada,
del gusto que recibías
cuando rondaba tu casa.
Si de día, luego al punto
salías a las ventanas;
si de noche, en el balcón
o en las rejas te hallaba.
Si tardaba o no venía,
mostrabas celosa rabia;
mas ahora en qué te ofendo,
¿que acorte el pasar me mandas?
Mándasme que no te vea,
ni escriba billete o carta,
que un tiempo tu gusto fueron,
mas ya tu disgusto causan.
Ay, Zaida, que tus favores,
tu amor, tus palabras blandas,
por falsas se han descubierto,
y descubres que eres falsa.
Eres mujer, finalmente,
a ser mudable inclinada,
que adoras a quien te olvida,
y a quien te adora desamas.
Mas, Zaida, aunque me aborreces,
por no parecerte en nada,
cuando de hielo tú fueras
más sustentaras mi llama.
Pagaré tu desamor
con mil amorosas ansias,
que el amor fundado en veras
tarde se rinde a mudanza.
Por ser aqueste romance bueno, y aludir mucho al pasado, se puso aquí, y por adorno de nuestra obra.
Pues tornando a nuestro moro Zaide, valeroso y gallardo Abencerraje, quedó tan apasionado por lo que la bella Zaida le dijo, que le puso en extremo su pensamiento en si era verdad que los padres de Zaida la querían casar.
Con este cuidado andaba el gallardo moro muy pensativo, y por consolarse paseaba la calle de su dama; pero ella no salía a las ventanas como otras veces solía, sino muy de tarde en tarde.
Aunque la bella y hermosa mora le amaba tiernamente, no lo manifestaba por no dar enojo a sus padres, y por esto no osaba hablar con su querido y amante moro; lo cual él sentía mucho, y lo mostraba hasta en los trajes y vestidos, porque conforme a la pasión que sentía, así traía el vestido, y por él juzgaban los caballeros y damas de Granada los efectos de su causa y de sus amores.
Pues con estas congojas y pesadumbres andaba el valeroso Zaide tan imaginativo, sin poderlas apartar de su pensamiento, que le vinieron a poner en grande extremo y flaqueza, y estuvo muy mal dispuesto; y por consolarse, lleno de amorosas ansias, una noche muy oscura, buena a su propósito, bien aderezada la persona, y solo con un laúd se fue a la calle de su adorada mora a media noche, y comenzando a tocar el instrumento con mucho pesar, cantó en arábigo esta sentida
CANCIÓN.
Lágrimas que no pudieron
tanta dureza ablandar,
yo las volveré a la mar,
pues que de la mar salieron.
Hicieron en duras peñas
mis lágrimas sentimiento,
tanto, que de su tormento
dieron unas y otras señas;
Y pues ellas no pudieron
tanta dureza ablandar,
yo las volveré a la mar,
pues que de la mar salieron.
No sin falta de lágrimas decía esta canción el enamorado Zaide al son de su sonoro laúd, acompañado de muy ardientes suspiros que le salían del alma, con que acrecentaba más las ansias de su pasión.
Y así como el enamorado moro sentía pasión en su alma, como lo mostraba, no la tenía menor la bella Zaida, la cual luego que sintió el laúd, y que quien le tocaba era su querido Zaide, porque en eso le conocía, se levantó muy quedito, y se fue a un balcón bajo, donde oía la canción y los suspiros que daba su amante, y enternecida la acompañaba en su mismo sentimiento con tristes lágrimas, trayendo a la memoria la sentencia de la canción, y por la causa que el moro la decía: la cual era de saber, que la primera vez que Zaide vio a su hermosa Zaida, fue en Almería un día de S. Juan, siendo capitán de una fusta, con la cual hacía el moro grandes entradas, y muy grandes robos por la mar, y acaso llegó Zaide con su bajel a la playa de Almería, a la sazón que la bella Zaida estaba en ella holgándose con sus padres y parientes.
Traía el moro gallardo en su navío ricos despojos de cristianos, y con muchas flámulas, gallardetes y banderas tendidas, las cuales adornaban y hermoseaban el navío, y fue causa que su padre de Zaida y ella entrasen a ver el navío y al capitán de él, el cual fue de ellos conocido.
El valeroso y gallardo Zaide los recibió con muy grande alegría y aplauso, poniendo los ojos en la bella Zaida, a la cual presentó muchas y muy riquísimas joyas, con las cuales descubrió su deseo y amor, y quedó amartelado de ella, y ella asimismo se enamoró del bizarro moro. Finalmente, se trató entre ellos que se fuese Zaide a Granada, y se tuviesen mucha fe y amor.
Él aceptó el partido, y determinó dejar la mar e irse a Granada, dejando su navío a un deudo suyo. Y estando en Granada el gallardo Zaide sirvió a su dama hasta aquel punto; y visto el proceder de los padres de su querida mora, y el gran disfavor que ella le había dado, lleno de amorosas llamas le cantó la canción dicha, trayendo a la memoria sus primeras vistas.
Así como la bella mora consideró la pena que su amante mostraba en sus acentos, hizo el sentimiento que él, y llegose al balcón enternecida, y llamole quedo por causa de sus padres. No se tardó el bizarro moro en su ida, y llegándose cuanto pudo al balcón muy gozoso, le dijo su dama:
—¿Cómo Zaide, todavía perseveras? ¿No sabes que me infamas? Advierte la nota que das: considera que mis padres me tienen puesta en vida estrecha solo por tu causa. Vete antes que seas sentido de ellos, porque han jurado que si no hay enmienda, que me han de enviar a Coín a casa de mi tío; no des lugar a esto, porque será mi vida acabada. Y no imagines que te he olvidado, que tan en mi alma te tengo como antes. Pasen estos nublados, que Alá nos enviará bonanza.
Y llorando se apartó de su amante, dejando a su amado moro en tinieblas faltándole su luz; el cual confuso se apartó de aqueste puesto, no sabiendo el fin que había de tener su amado deseo.
Pues volviendo al pasado sarao, y a las prometidas y concertadas fiestas, las cuales fuera mejor que no se concertaran ni hicieran, por las revoluciones y pesadumbres que en ellas hubo, y duraron por mucho tiempo después, como más largamente adelante diremos; en este sarao y fiesta se halló el gallardo y valiente Zaide, caballero Abencerraje, el cual amaba a su bella Zaida, y ella a él, y era con tanto extremo el amor que se tenían, que no excedía un punto de su gusto el uno del otro; y entreteníanse ambos sin gozarse, con solo verse y hablarse, hasta que llegase el venturoso día de su deseado casamiento.
Un día la bella mora hizo una linda trenza de sus hermosos cabellos, pues eran más que hebras de oro de Arabia, y con sus manos se la puso en el turbante a su querido Zaide; el cual quedó muy ufano, contento y gozoso con el nuevo bien y favor.
Audalá Tarfe, su amigo, le pidió le dijese la causa de su demasiado contento; y como quiera que no se gozan tanto los bienes y contentos que no se comunican, fiado en su grande amistad, y debajo de secreto, le declaró la causa, y enseñó la prenda estimada que su dama Zaida le había dado.
El moro Tarfe, lleno de envidia y mortal rabia, viendo cuán favorecido y estimado estaba con Zaida, determinó de revelarle el secreto a la hermosa mora, y buscando ocasión para hablarla un día, la dijo:
—¿Eres tú, señora, la que tanto amas a Zaide? ¿La doncella tan estimada, querida y tenida de todos en Granada y fuera de ella? Pues tu honra anda muy caída, que no ha mucho que en una conversación, tratando de los galanes favorecidos de sus damas, se quitó el turbante, y nos enseñó a todos una trenza de cabellos, y dijo ser tuyos, tejida y puesta allí por tu mano: mira si son señas bien conocidas.
Creyole ser así, y como propiamente la mujer es mudable, todo su amor se volvió en rencor y odio, y le dio gran tristeza y pena, considerando como andaba su honor; y luego le envió a llamar, y una criada le dijo que había poco que él había preguntado qué colores le agradaban y quién la visitaba. Venido Zaide muy alegre, ella encendida en cólera, le dijo:
—Ruégote que por mi calle ni casa no pases, ni hables con nadie de mi casa, porque está mi honra muy abatida por tu causa; la trenza que te di enseñaste a Tarfe y a otros, y así no hay que confiar en ti cosa alguna, y no esperes de hablarme jamás.
Y diciendo esto se entró llorando en un aposento, sin bastar las disculpas del enamorado moro, que la decía que mentían cuantos lo habían dicho. En vista de que no aprovechaban sus palabras, juró de matar al moro Tarfe, y por esto se hizo este
ROMANCE.
Mira, Zaide, que te aviso,
que no pases por mi calle,
ni hables con mis criadas,
ni con mis cautivos trates.
No preguntes en qué entiendo,
ni quién viene a visitarme,
ni qué fiestas me dan gusto,
ni qué colores me placen.
Basta que son por tu causa
las que en el rostro me salen,
corrida de haber mirado
moro, que tan poco sabe.
Confieso que eres valiente,
que hiendes, rajas y partes,
y que has muerto más cristianos,
que tienes gotas de sangre:
Que eres gallardo jinete,
que danzas, cantas y tañes,
gentilhombre, bien criado
cuanto puede imaginarse:
Blanco, y rubio por extremo,
esclarecido en linaje,
el gallo de las bravatas,
la gala de los donaires:
Que pierdo mucho en perderte,
que gano mucho en ganarte,
y que si nacieras mudo,
fuera posible adorarte:
Y por este inconveniente
determino de dejarte,
que eres pródigo de lengua,
y amargan tus libertades.
Habrá menester ponerte
quien quisiere sustentarte,
un alcázar en el pecho,
y en los labios un alcaide.
Mucho pueden con las damas
los galanes de tus partes,
porque los quieren briosos,
que hiendan, y que desgarren.
Y con esto, Zaide amigo,
si algún banquete las haces,
del plato de tus favores
quieres que coman y callen.
Costoso fue el que me hiciste;
venturoso fueras, Zaide,
si conservarme supieras,
como supiste obligarme.
Pero no saliste apenas
de los jardines de Tarfe,
cuando hiciste de la tuya,
y de mi desdicha alarde.
A un morillo mal nacido,
me dijeron que enseñaste
la trenza de mis cabellos,
que te puse en el turbante.
No pido que me la des,
ni que tampoco la guardes;
mas quiero que entiendas, moro,
que en mi desgracia la traes.
También me certificaron,
como le desafiaste
por las verdades que dijo,
que nunca fueran verdades.
¡De mala gana me río;
qué donoso disparate!
¿no guardas tú tu secreto,
y quieres que otro lo guarde?
No quiero admitir disculpa,
otra vez vuelvo a avisarte,
esta será la postrera
que me veas, y te hable.
Dijo la discreta mora
al altivo Abencerraje,
y al despedirse replica:
quien tal hace, que tal pague.
Este romance se hizo por lo que atrás dejamos dicho, y viene a propósito a la historia.
Y volviendo a ella quedó Zaide tan desesperado viendo el cruel desdén de su dama y siendo mentira todo aquello que le increpaba, que saliendo de allí, casi perdió el juicio, y en cólera ardiente fue a buscar a Tarfe para matarle, y le halló en la plaza de Vivarrambla, dando orden de algunas cosas para las venideras fiestas. Llamole aparte y díjole:
—¿Por qué me has revuelto con mi señora Zaida, no guardando la ley de mi amistad?
Tarfe le respondió:
—Yo no te he revuelto con tu dama, y estoy inocente de lo que dices, y de mí no debes presumir tal.
Zaide se afirmaba en lo dicho; Tarfe lo negaba, y se dijeron palabras muy ofensivas. Cesaron las lenguas, y echando mano a sus alfanjes, pelearon muy bien, y Zaide dio a Tarfe una herida mortal, de la cual murió dentro de tres días.
Los Zegríes quisieron matar a Zaide, por ser amigos de Tarfe; acudieron los Abencerrajes presto, y si no viniera el rey, aquel día se perdiera Granada, porque Mazas, Gomeles, Zegríes y los de su bando se armaron para herir a los Abencerrajes, Gazules, Venegas y Alabeces; mas el rey Chico acompañado de muy principales caballeros de otros linajes, hicieron tanto, que los apaciguaron, y a Zaide le llevaron preso a la Alhambra.
Hecha la averiguación del caso, se halló que Tarfe era culpado; y porque el honor de la bella Zaida no fuese manchado, hizo el rey que Zaide se casase con ella, y le perdonó la muerte de Tarfe. Por esto quedaron los Zegríes enojados; pero no por eso cesaron las fiestas concertadas, porque el rey mandó que se hiciesen. No faltando quien a Zaida respondiera a su mandato de esta suerte:
Di, Zaida, ¿de qué me avisas?
¿quieres que mire, y que calle?
no des crédito a mujeres,
ni a mal fundadas verdades.
Que si pregunto en qué entiendes,
o quién viene a visitarte,
fiestas son de mi contento
las colores que te salen.
Si dices son por mi causa,
consuélate con mis males,
que mil veces con mis ojos
tengo regadas tus calles.
Si dices que estás corrida,
de que Zaide poco sabe,
no supe poco, pues supe
conocerte y adorarte.
Conoces que soy valiente,
y tengo otras muchas partes;
no las tengo, pues no puedo
de una mentira vengarme.
Mas si ha querido mi suerte
que ya en quererme te canses,
no pongas inconvenientes
más de que quieres dejarme.
No entendí que eras mujer
a quien novedad aplace,
mas son tales mis descuidos
que aun en lo imposible hacen.
Yo soy quien pierdo en perderte,
y gano mucho en amarte;
y aunque hables en mi ofensa,
no dejaré de adorarte.
Dices que si fuera mudo
fuera posible adorarme;
si en mi daño no lo he sido,
enmudezco en disculparme.
¿Hate ofendido mi vida?
¿quieres, señora, matarme?
que no te hable me mandas,
para que el pesar me acabe.
Es mi pecho calabozo
de tormentos inmortales,
mi boca la del silencio,
que no ha menester alcaide.
El hacer plato y banquete
es de hombres principales;
mas el hacer disfavores
solo pertenece a infames.
Zaida cruel, hasme dicho
que no supe conservarte;
mejor supe yo quererte,
que tú supiste obligarme.
Mienten los moros y moras,
y miente el villano Tarfe,
que si yo le amenazara,
bastara para matarle.
Ese perro mal nacido,
a quien yo mostré el turbante,
no le fío yo secretos,
que en bajo pecho no caben.
Yo he de quitarle la vida,
y he de escribir con su sangre
lo que tú, Zaida, replicas,
quien tal hace, que tal pague.
Esta es la historia del valeroso moro Zaide Abencerraje, por la cual se han hecho dos romances, a mi parecer buenos, donde nos dan a entender cómo no es bueno revolver a nadie, porque de ello no se espera sino el galardón de Tarfe, que murió a manos de su buen amigo Zaide. Y si acaso es mentira que Tarfe no lo había dicho, tomaremos ejemplo en la liviandad de Zaida, que por creerse de ligero, fue causa de la muerte de Tarfe.
Finalmente, por esto, y por las palabras que el Malique Alabez había hablado en el sarao, y Zulema Abencerraje, todos los Zegríes, Gomeles, Mazas y los de su bando quedaron muy enojados, y con malos propósitos y deseos de vengarse del agravio recibido en presencia del rey y de los caballeros y las damas; pues estaba en el sarao y en aquella fiesta toda la flor y nobleza de Granada, y aun del reino todo; porque fue mucha desenvoltura la de Malique Alabez, y se alargó mucho el Abencerraje también: mas como se habían hecho las amistades, no trataban de ello ni lo daban a entender; pero el rencor estaba arraigado en sus corazones y por no mostrar el odio mortal en que ardían, se comunicaban con los Abencerrajes y Alabeces, disimulando en todo lo que podían, puesto que eficaz y grande deseo tenían de vengarse todos los del linaje Zegrí, como pareció después.
Estando un día todos los Zegríes en el castillo de Bibatambién, morada de Mahomad Zegrí, cabo y cabeza de los Zegríes, tratando de las cosas pasadas, trayendo a la memoria las palabras de Alabez, y de las fiestas que esperaban de torneo y juego de cañas, Mahomad Zegrí habló a todos los presentes de esta manera:
—Bien sabéis, ilustres caballeros Zegríes, como nuestro real y antiguo linaje ha sido tenido en tanto en España y en África; y como han sido nuestros antecesores reyes de Córdoba, y como ahora ha sido vituperado y ofendido nuestro honor por los Abencerrajes; y los Almoradís son nuestros enemigos, porque se han vuelto contra nosotros; con lo cual estoy tan rabioso que muero de pesar, y lo que me alivia y entretiene es la confianza que tengo de verme vengado. El agravio es de todos, y todos nos hemos de satisfacer; ahora nos ofrece muy buena ocasión la fortuna; aprovechémonos de ella, y es procurar matar en el torneo o en las cañas a Malique Alabez, y al soberbio Abencerraje; que muertos estos, iremos dando traza como se acabe de todo punto este pérfido linaje de los Abencerrajes, que tan estimados y queridos son de todos; y para esto el día del juego de cañas hemos de ir bien armados con jacos fuertes debajo de las libreas. Y pues el rey me ha hecho cuadrillero, saldremos treinta Zegríes, y llevaremos libreas rojas y encarnadas con los penachos de plumas azules, antigua divisa de los Abencerrajes, para que sea por esto instrumento de que se enojen con nosotros y se revuelva cuestión, y venidos a batalla, cada uno haga como quien es, y pues llevaremos armas, no hay duda sino que los maltrataremos: no hay que temer, pues tenemos de nuestra parte Mazas y Gomeles; y si no les diere nada a los Abencerrajes de la divisa azul, en el juego de cañas les tiraremos agudas lanzas en el lugar de cañas. Este es mi parecer, decidme ahora el vuestro.
Así como acabó Mahomad de decir su razonamiento, respondieron todos que era justo lo que decía, y que era buena la traza, que cada uno haría lo posible por vengarse; y concertado esto, fue cada uno a su casa.
A esta sazón ordenaban su cuadrilla Muza y los Abencerrajes, siendo cuadrillero el valiente Muza por mandado del rey, en la cual cuadrilla habían de ir Malique Alabez y los Abencerrajes; y de común acuerdo sacaron las libreas de damasco azul, forradas en tela de plata fina, con penachos azules, blancos y pajizos, conformes a las libreas; los pendoncillos de las lanzas blancos y azules, recamados con mucho oro: en las adargas llevaban por divisas unos salvajes; solo Malique llevaba su misma divisa, que era el listón morado, que atraviesa la adarga una corona de oro con su letra, que decía: De mi sangre.
Muza llevaba la misma divisa que sacó el día que escaramuzó con el maestre, que era un corazón en la mano de una doncella, apretando el puño, destilando el corazón gotas de sangre, y la letra decía: Por la gloria tengo mi pena.
Todos los demás caballeros Abencerrajes sacaron listones y cifras a su gusto, puestas de suerte que no quitaban la vista de los salvajes.
Concertada esta cuadrilla del gallardo Muza, acordaron de llevar yeguas blancas, enlazadas las colas con cintas azules de seda y oro muy fino.
Llegado ya el celebrado día de la grandiosa fiesta, mandó el rey traer veinte y cuatro toros de los mejores que había en la sierra de Ronda, que eran allí muy bravos; y puesta la plaza de Vivarrambla como verdaderamente convenía para la tal fiesta, el rey acompañado de muchos caballeros ocupó los miradores reales, que para aquellas fiestas estaban diputados. La reina con muchas damas se puso en otros miradores con la misma orden que el rey. Todos los ventanajes de las casas de Vivarrambla estaban ocupados de bellísimas damas.
Acudió tanta gente, que no había sitio donde estuviesen, y vinieron muchos de fuera del reino, como fue de Toledo y de Sevilla, y la flor de los caballeros de esta ciudad se hallaron en Granada a la fama de tan grandes fiestas.
Los caballeros Abencerrajes andaban corriendo los toros con tanta gallardía y brío que daban a todos mucho contento en mirarlos, y en verlos hacer aquellas gentilezas les daban mil alabanzas; y particularmente se llevaban tras de sí los ojos de todas las damas, porque eran tan favorecidos de ellas que no se tenía por dama quien no amaba Abencerraje; y donde quiera que había caballeros de este linaje, eran tan tenidos, estimados y queridos de todos que causaban envidia a los otros caballeros.
Y con mucha razón eran queridos de las damas, porque todos ellos eran galanes y gentiles hombres, hermosos y dotados de discreción, y muy bien criados y de buenos respetos.
Ninguno llegaba a cualquiera de ellos con necesidad, que no se la remediase, aunque fuese muy a su costa. Eran deshacedores de agravios, aquietadores de la república, padres de huérfanos, amigos por extremo de la conservación y obediencia a sus reyes debida.
Eran muy amigos de cristianos, porque ellos mismos iban a las mazmorras a visitar a los cautivos, y los consolaban, daban limosnas y les enviaban de comer; y por estas y otras muchas causas eran tan queridos de todo el reino.
Jamás en ellos se halló temor, aunque se les ofreciesen casos muy arduos. Daban tanto contento con su bizarría y nobleza, que las damas y toda la gente no apartaban su vista de ellos.
No menos galas llevaban los gallardos Alabeces.
Procuraron mostrar su valor los Zegríes, porque alancearon ocho toros muy bien, sin recibir daño ningún Zegrí, ni los caballos.
A la una de la tarde ya estaban corridos doce toros, y el rey mandó tocar los clarines y dulzainas, que era señal para que todos los caballeros que habían de jugar, se juntasen en el mirador, y juntos, muy gozoso el rey les hizo dar colación.
Lo mismo hizo la reina a sus damas, las cuales tenían galas y trajes nunca vistos, a que daba más ser la hermosura de quien los tenía puestos.
Llevó la reina una rica marlota de brocado, con muy ricas labores de oro y pedrería fina. Tenían un tocado muy costoso, y encima de la frente una rosa encarnada, y enmedio de ella un carbunclo precioso. En volviendo el rostro la reina, era tanto el resplandor y claridad que echaba de sí el carbunclo, que quitaba la vista a quien lo miraba.
La bella Daraja salió de azul, la marlota de damasco picada, forrada de tela de plata, que descubría por las picaduras la fineza de la tela. En el tocado dos plumas, una azul, y otra blanca, divisa de los Abencerrajes; estábale muy bien la gala, por ser hermosa, que ninguna dama podía competir con ella.
Galiana de Almería salió con un vestido de damasco blanco con una labor peregrina; la marlota forrada en brocado morado, con unas cuchilladas grandes; su tocado era de artificio. Entendíase bien de esta dama, en su traje, cuán libre vivía de amor, aunque sabía que Abenámar la amaba mucho, y deseaba servir.
Fátima salió de morado (no imitando a Muza en la librea, porque estaba desengañada de que Muza amaba a Daraja, y se empleaba en servirla): la ropa era costosa, por ser de terciopelo, forrada en tela blanca de brocado; el tocado era muy de ver, puesta en él una garzota verde.
Finalmente Cobaida, Sarracina, Alboraida, Jarifa, y todas las demás damas que estaban con la reina, salieron con tanta bizarría, que era cosa notable.
En otro balcón estaban todas las damas del linaje Abencerraje, que no había más que ver en el mundo.
Llevaba la ventaja en todo a las damas, Lindaraja, hija de Mahomet Abencerraje. A esta hermosa dama servía un galán y bizarro moro, llamado Gazul, y en su servicio, y por darla gusto, hizo muchas fiestas en Sanlúcar.
Volviendo, pues, a nuestro propósito, serían las dos de la tarde, cuando los caballeros y damas acabaron de comer las colaciones, y soltaron un toro de los más bravos que había entre todos, que no seguía hombre a quien no volteaba, ni la ligereza de los caballos ni de las yeguas bastaba a escaparse de sus veloces cornadas. Era tanta su braveza y ligereza que en breve espacio le desocuparon la plaza todos los de a pie, aunque contra su voluntad.
Como vio su braveza el rey, dijo a los caballeros:
—Bien será lancear ese toro.
Malique Alabez pidió licencia para hacer algún lance, y el rey se la dio. Muza venía a pedirla para lancearle, y como se la había dado a Alabez no la pidió.
Bajó de los miradores Alabez, y subió en un caballo, el cual le había enviado el alcaide de Vélez el Rubio y el Blanco, que era primo-hermano suyo, hijo de un hermano de su padre, al cual mataron a traición unos caballeros llamados los alfaquíes, por envidia que le tenían, por ser tan querido del rey; pero no compraron muy barata la muerte del noble alcaide, que el rey la vengó bien. Siete hermanos eran estos alfaquíes, y a todos juntos los mandó degollar por la traición que hicieron en matar sin ocasión ni culpa a quien no lo merecía. Sus bienes fueron confiscados por la corona real.
Dio, pues, vuelta Alabez a toda la plaza, y llegando al balcón donde estaba su señora Cobaida, hizo que se arrodillase el caballo, y él humilló la cabeza, haciendo cortesía a su dama, y a todas las demás que estaban allí. La dama enamorada de su Alabez, se levantó y le hizo el acatamiento.
Él, muy gozoso de haber visto a su querida señora, y tan favorecido, espoleó al caballo, y partió más veloz que un rayo; tanta era la ligereza del caballo, que apenas se le veía en la carrera. El rey y los caballeros se holgaron de verle; a los Zegríes les pesó, porque era mortal la envidia.
Era tanta la gritería de la gente que ponía grima; y era causa que el toro había dado vuelta por toda la plaza, habiendo volteado y derribado mucha gente, y muerto cinco o seis personas, y venía como el viento adonde estaba Alabez, y como le vio venir, quiso hacer una gentileza, y fue, que saltó del caballo, y aguardó al toro con ánimo osado, el albornoz en la mano izquierda, y cuando bajó el toro la cabeza para hacer su golpe y darle un bote, le echó tan bien el albornoz delante de los ojos, que dio gran contento a todos; y asiéndole de ambos cuernos, le hizo estar quedo a su pesar, porque era grande la fuerza que tenía.
El toro procuraba desasirse para matarle, y Alabez se defendía con el valor de su persona, aunque con mucho peligro.
Y pareciéndole al valiente moro que duraba mucho aquella pelea, enojado, y con cólera que tenía, le torció el pescuezo, y con fuerza increíble le derribó en tierra como si fuera muy débil oveja; y como lo vio en el suelo, se fue poco a poco, con semblante apacible, y sin poner el pie en el estribo saltó en su caballo, dejando al toro molido, y tal, que no se pudo levantar de allí, quedando todos muy admirados de su esfuerzo, valor y fortaleza invencible, dándole mil loores.
El rey llamó a Alabez, y fue como si no hubiera hecho cosa alguna; y en llegando le dijo el rey:
—Mucho contento me habéis dado, y no se esperaba menos de vuestro valor y nobleza: yo os hago merced de la alcaidía de la fuerza de Cantoria, y de que seáis capitán de cien caballeros.
Alabez le besó las manos por las nuevas mercedes que le hacía.
Serían a la sazón las cuatro de la tarde, y mandó el rey que se tocase a cabalgar. Oída la señal, todos los caballeros que eran de juego se adelantaron para hacer la entrada, y entre tanto comenzaron una muy acordada música, con diversidad de instrumentos.
Luego vino entrando por la boca del Zacatín el gallardo Muza con su cuadrilla Abencerraje. Entrando de cuatro en cuatro, y dando vuelta por la plaza, haciendo el debido acatamiento al rey, a la reina y a las damas, dieron algunas carreras con muy grande brío y donaire. Eran Muza, Malique Alabez, y treinta Abencerrajes en la cuadrilla, y parecían muy bien las plumas azules y telas de plata sobre nevadas yeguas, que hermoseaban toda la plaza y amartelaban las damas con su bizarría.
No con menos gala y brío entraron los Zegríes por otra puerta, todos de encarnado y verde, con plumas y penachos azules, yeguas bayas, y en las adargas una misma divisa puesta en listones azules, que era unos leones encadenados por mano de una dama. Decía la letra: Más fuerza tiene el amor.
De esta manera entraron en la plaza de cuatro en cuatro, y juntos hicieron un caracol y escaramuza con mucho concierto, que no menos contento dieron que los Abencerrajes.
Y tomando las dos cuadrillas sus puestos, y apercibidas las cañas, habiendo dejado sus lanzas, al son de las trompetas y dulzainas se comenzó a trabar el juego con mucha gallardía, donaire y brío, de ocho en ocho.
Los Abencerrajes, que habían reparado en las plumas azules que los Zegríes traían, antigua divisa suya, muy enojados les tiraban a los turbantes, por derribárselos, muy valerosamente; mas no pudieron los Abencerrajes salir con su intento, y así andaban jugando con muy gran concierto, que era mucho de ver, y daban grande contento a todos los que les miraban.
Mahomad Zegrí, como tenía tratado con todos los de su linaje, de dar la muerte a Malique Alabez, o a alguno de los Abencerrajes por las palabras dichas; dio orden que Malique Alabez saliese de la parte contraria, y cayese en su cuadrilla, teniendo inteligencia para que él y los ocho revolviesen sobre Alabez y los suyos. Y habiendo corrido seis veces dijo el Zegrí a los de su cuadrilla:
—Ahora es tiempo, que está el juego encendido; venguémonos, pues se nos ofrece buena ocasión.
Y tomando una lanza con un muy agudo hierro, aguardó que Malique Alabez viniese con los ocho caballeros de su cuadrilla, revolviendo sobre los de la contraria parte, como es uso y costumbre en semejantes juegos, y al tiempo que Malique Alabez volvía cubierto con su adarga contra él y los suyos, salió el Zegrí, y llevando puestos los ojos en Malique Alabez, mirando por donde mejor le pudiese herir, le arrojó la lanza con tanta fuerza, que pasó la adarga de una parte a otra, y el agudo hierro entró en el brazo derecho, que se lo pasó con mucha brevedad.
Muy grande fue el dolor que el valeroso Malique Alabez sintió de aqueste golpe, porque le atormentó todo el brazo, y aun todo el cuerpo, sin entender que estaba herido; y en habiendo llegado a su puesto puso la mano en la parte que le dolía, y ensangrentósela; y mirando al brazo, viendo la herida, dijo en alta voz a Muza y a los Abencerrajes:
—Caballeros, grande traición nos han armado los Zegríes: lanzas con hierros agudos tiran por cañas; veisme aquí herido.
Los valientes Abencerrajes al punto tomaron sus lanzas para estar prevenidos a lo que se les ofreciese.
A esta sazón volvía el Zegrí con su cuadrilla para irse a su puesto, cuando Malique Alabez con gran furia se atravesó de por medio viéndose herido, y le tiró la lanza diciéndole:
—Traidor, no es de caballero lo que has hecho, sino de villano.
No fue en balde el tiro, pues le pasó el adarga y cota, y le entró en el cuerpo un palmo y más de lanza, y luego cayó el Zegrí de la yegua casi muerto.
De ambas partes había apercibimiento para lo que se ofreciera, y empezaron una escaramuza brava y sangrienta; y como los Zegríes iban bien armados, llevaron lo mejor de la batalla; pero como era tanto el valor de Muza y del valiente Alabez, y el de los Abencerrajes, no dejaban de maltratar a los Zegríes, y hacerles daño notable.
La vocería y algazara era mucha, y cuando vio el rey encendido el juego, bajó a la plaza, y subió en una yegua y entró entre los lidiadores con un bastón diciendo:
—Afuera, afuera.
Asimismo todos los caballeros desinteresados ayudaron a poner en paz.
Estuvo este día en peligro de perderse Granada; porque de la parte de los Zegríes fueron Gomeles y Mazas, y de la de los Abencerrajes, Almoradís y Venegas.
Como los bandos y cismas son tan peligrosos entre los príncipes y magnates, lo temió el rey, y así hizo todo lo posible para apaciguarlos; quietos y apartados cada uno en su cuadrilla, el valiente Muza y los de la suya se subieron al Alhambra, llevando consigo a los Almoradís y Venegas. Los Zegríes se retiraron al castillo de Bibatambién, llevando muerto a Mahomad Zegrí.
La reina y las damas se quitaron de los miradores, dando gritos cuando vieron las veras del juego, porque en los de la lid había maridos, hermanos, parientes y amantes de las damas, y sus lastimas y lloros movían a compasión a todos los que las oían, y en particular las lamentaciones de la hermosa Fátima, llorando su muerto padre; que eran muchos los extremos que hacía, bastantes a enternecer un corazón diamantino.
Este desdichado fin tuvieron las fiestas, quedando muy revuelta Granada, y por eso se hizo este romance:
Afuera, afuera, afuera,
aparta, aparta, aparta,
que entra el valeroso Muza,
cuadrillero de unas cañas.
Treinta lleva en su cuadrilla
Abencerrajes de fama,
conformes en las libreas
de azul y tela de plata.
De listones y de cifras
travesadas las adargas:
yeguas de color de cisne,
con las colas encintadas,
Atraviesan cual el viento
la plaza de Vivarrambla,
dejando en cada balcón
mil damas amarteladas.
Los caballeros Zegríes
también entran en la plaza:
sus libreas eran verdes,
y las medias encarnadas.
Al son de los añafiles
traban el juego de cañas,
el cual anda muy revuelto,
parece una gran batalla.
No hay amigo para amigo,
las cañas se vuelven lanzas,
mal herido fue Alabez,
y un Zegrí muerto quedaba.
El rey Chico reconoce
la ciudad alborotada;
con un bastón en la mano
va diciendo: Aparta, aparta.
Muza reconoce al rey,
por el Zacatín se escapa,
con él toda su cuadrilla
no paran hasta el Alhambra.
A Bibatambién Zegríes
tomaron por su posada;
Granada quedó revuelta
por esta cuestión trabada.
Quedó la ciudad de Granada tan llena de escándalo y revuelta, porque la flor de los caballeros estaban metidos en estos bandos.
El rey Chico andaba suspenso, y admirado de ver las novedades que cada día había en la corte, y con todas veras procuró hacer las amistades, porque no viniese a más daño del sucedido: mandó que se hiciese información del caso para castigar a los culpados; y con esto paró la traición, concierto y junta que se hizo en el castillo de Bibatambién contra Alabez y los Abencerrajes.
El rey quiso proceder contra los Zegríes, mas todos los caballeros le suplicaron los perdonase, y considerase que era ya muerto el caudillo del bando. El rey los perdonó e hizo las amistades, y así se aquietó la ciudad, como de antes lo estaba, que no fue poco.