CAPÍTULO VII.

Del triste llanto que hizo la hermosa Fátima por la muerte de su padre, y cómo se iba a Almería la bella Galiana, si su padre no viniera, la cual estaba muy vencida de amores de Sarracino; y de lo que entre él y Abenámar pasó una noche debajo de las ventanas del real palacio.

Muy gran llanto era el que hacía la bella Fátima por la muerte de Mahomad Zegrí, su padre, y era en tanto modo su sentimiento y dolor, que se temía no perdiese el juicio o la vida, porque no bastaba la reina, ni alguna otra dama a consolarla: era tan grande el dolor que tenía en su afligido corazón, que del sentimiento, llanto y desconsuelo enfermó, y enflaqueció de tal suerte que parecía otra de la que ser solía.

Visto que no admitía consuelo ninguno, y que las medicinas no la daban mejoría, acordaron enviarla a Almería a casa del alcaide de ella, que era su pariente, el cual tenía una hija muy hermosa y discreta, que sería posible aliviarse allí, y quitarse la tristeza que tenía; y allí la llevaron, donde fue bien recibida y regalada.

La hermosa Galiana vivía libre de amor, y fue herida de amores de Hamete Sarracino, y con grande exceso; y como se acababa la licencia que de su padre tenía para estar en Granada, envió a llamar al valiente Sarracino con mucho secreto.

Dado el recado vino al punto a palacio, y entrando en el aposento de la bella mora, vio que estaba sola, y ella se levantó a recibirle, mudadas las colores. El bizarro moro la dijo, que le mandase lo que quería que en su servicio hiciese.

Galiana le mandó sentar cerca de sí, tratando largamente de las fiestas pasadas, y la muerte del Zegrí, y de los bandos movidos para tan pequeña ocasión, y de otras cosas, con las cuales palabras se enlazaban las almas, y se aficionaban los ojos.

Y satisfaciendo el enamorado moro a la dama, no menos aficionada que él, la dijo y propuso lo siguiente:

—Grande ha sido, señora, la batalla de los Abencerrajes y Zegríes, y desdichada la muerte de Mahomad Zegrí; pero yo os certifico, señora de mi libertad, que es más la guerra que en mi alma y pensamiento hacen vuestra beldad y hermosura: muerto me han vuestros ojos de amor, mi pecho se abrasa, y arde en amorosa llama; si no acudís al remedio, sin duda moriré: recibidme en vuestro servicio, señora, y no seáis ingrata a mi amorosa voluntad.

Galiana estuvo atenta a las discretas razones del aficionado y gallardo moro, y en extremo holgó de ver tantas muestras en su querido Sarracino, porque ya labraba amor dentro de su pecho, y le estimaba y quería tiernamente, y así con alegría le respondió:

—No es de nuevo, galán Sarracino, en los hombres aficionarse a las damas a primeras vistas y de ligero, y los primeros días tienen algún fervor y fe, y algún cuidado de visitar sus damas, y pasearles las calles. Aquesto hacen por obligar a las damas, y dura en ellos entretanto que ellas se rinden, y se manifiestan por suyas; y en siendo señores de su libertad, en ese punto cesa el cuidado y la solicitud, y aun vienen a olvidar y aborrecer sin causa; y así las damas que vivimos libres, no habíamos de dar crédito a vuestras palabras y promesas.

Sarracino respondió:

—Juro por Mahoma, y él me falte, si yo faltare jamás en serviros, quereros y adoraros, y a fe de caballero de ser muy fiel y leal mientras viviere.

—Bien entendido —dijo Galiana— que un caballero tan principal como vos cumpliréis vuestra palabra, como quien sois, sabed, que me he de ir a Almería, porque se me acaba la licencia que me dio mi padre, y así habré de partirme de Granada; y antes de irme, holgaré de hablaros más despacio, y sea esta noche a hora conveniente, y con mucho secreto os poned debajo de este balcón, y podremos hablar con más quietud que ahora; y con esto os id con Alá, antes que el rey lo entienda.

El favorecido moro se ausentó de los ojos que daban vista a los suyos, y muy ufano y contento, por verse tan favorecido y regalado de la dama más hermosa y libre de amor que se conocía. Cien mil siglos le parecía cada hora de las que faltaban hasta la dichosa hora que esperaba.

Habiendo acabado Febo su curso, y empezado Tetis a tender la tiniebla oscura, que no lo era para el enamorado moro, se fue a palacio, prevenido de armas defensivas y ofensivas para lo que se ofreciera; y a la una, cuando todos de ordinario reposan, se acercó al balcón de su señora Galiana, y escuchando, oyó tocar un laúd muy acordado, y una tierna y delicada voz, que al son del instrumento cantaba con gran suavidad, y mostraba en sus acentos estar herida y lastimada de amor, según las pausas que hacía, y suspiros que daba.

El gallardo moro estuvo atento a la dulce música y suave voz, y al sentido de la dolorosa canción, que dice así:

CANCIÓN.

Divina Galiana,

es tal tu hermosura,

que iguala con aquella que el Troyano

le diera la manzana,

por quien la guerra dura

le vino al fuerte muro de Dardano.

¡Oh rostro soberano!

pues tienes tal lindeza,

el que podrá gozarte

dirá que nunca Marte

gozó cuando fue preso tal belleza;

ni el que se llevó a Argos

la causa de la guerra de años largos.

Y pues sube de punto

tan alto tu belleza,

que no hay acá tu igual en todo el suelo,

do muestres el asunto,

tan lleno de aspereza,

como Anajarte hizo al sin consuelo

amante, que de vuelo

el cuello puso al lazo,

por salir de tormento,

y quiso que llegase tan mal plazo;

muéstrate piadosa,

pues eres en verdad divina diosa.

Oyendo el bravo Sarracino la enamorada canción, y no pudiendo sufrir más que el puesto donde había de hablar a su querida dama estuviese ocupado, se llegó a reconocer quién era el que cantaba. El cual, como sintió gente, dejó de proseguir su música, y se aprestó de sus armas.

Era el músico el fuerte Abenámar, el cual estaba amartelado de la bella Galiana, y por ablandar y mover a quien tan exenta vivía de amor, la cantaba aquella endecha triste.

Llegose Sarracino a él, y le dijo:

—¿Qué gente?

Respondió:

—Un hombre.

Replicó:

—Mucha nota veo en lo que habéis hecho, por dormir la reina y sus damas en ese cuarto, y podrá el rey sospechar algo, que por ventura no hay.

—No se os dé nada a vos —dijo Abenámar—, ni os entremetáis en lo que no os va nada, sino pasad adelante antes que os envíe contra vuestra voluntad.

—¡Oh villano! Yo veré si vuestras obras son como las palabras —dijo Sarracino, embrazando su rodela.

Con el alfanje en la mano embistió a Abenámar, que no menos apercibido estaba que él venía, y se comenzaron a dar muy grandes golpes.

Era tanto el ruido que hacían peleando, que algunos caballeros, mancebos moros, que buscaban sus pretensiones, acudieron a poner en paz, y no fue menester, porque como los valientes guerreros sintieron venir gente, y se apartaron, por no ser conocidos. Abenámar quedó herido en un muslo de una herida pequeña.

Los caballeros procuraron conocer los que peleaban, y nunca fue posible, porque huyeron cada uno por su parte.

La hermosa Galiana vio todo cuanto pasó, porque ya estaba puesta en un balcón, cuando Abenámar comenzó a tañer y cantar; y como vio trabada la pendencia, se retiró a su aposento, temerosa no sucediese alguna desgracia a su querido Sarracino.

No fue tan secreto este negocio que no lo supiese el rey, y mandó que se hiciese información, para que fuese castigado el causador del escándalo. Procurose hacer, y en ninguna manera se halló quiénes fueron los de la pendencia.

Pasado todo esto, se dio orden para llevar a Galiana a Almería, y mandó el rey que se aprestasen cincuenta caballeros, para que fuesen en su compañía; y estando todo a punto entró en palacio Mahomad Mostafá, alcaide de Almería, y padre de la hermosa Galiana.

Traía consigo una hija menor que Galiana, y tan hermosa como ella, la cual se llamaba Celima: el rey se levantó y abrazó al alcaide, diciendo:

—¡Qué buena venida es esta, amigo Mostafá, que con ella me has dado gran contento! Tu hija Galiana estaba ya aprestada para irte a ver con el acompañamiento que tú y ella merecéis.

Mostafá le respondió:

—Bien tengo entendido, que de tu larga y magnífica mano he de recibir mercedes, como siempre me las has hecho: mil años vivas para que en tranquilidad y sosiego nos gobiernes.

—Yo os agradezco aquesa voluntad —dijo el rey, y fue a abrazar a la bella Celima, y ella humillada le besó las manos.

La reina y sus damas se levantaron a recibir a Celima, y ella le besó las manos a la reina, y abrazó a su hermana, y las damas se maravillaron de la hermosura de Celima, y ella de la de las damas y su bizarría.

El alcaide Mostafá fue recibido con mucho amor de todos los cortesanos, y el rey le mandó sentar en un rico cojín cerca de sí, y le dijo:

—Holgádome he de tu venida y de la de tu hija, y querría saber, qué te ha movido a traerla a Granada.

El alcaide le dijo:

—Poderoso rey y señor mío, después de venir a besar tus reales manos, traigo a mi hija para que sirva a mi señora la reina, en compañía de las damas y de su hermana Galiana, porque no se halle en Almería, especialmente por el temor que tiene a los rebatos que nos dan siempre los cristianos; y me pareció que estaba mejor en Granada, que en Almería.

—Bien has hecho, dijo el rey, porque aquí estará en compañía de su hermana y gozará de las fiestas que cada día se hacen, aunque las pasadas fueron escandalosas.

A esta sazón entró un moro viejo, y dijo cómo un caballero cristiano paseaba la Vega bien alistado de armas, en un poderoso caballo que ponía espanto su brío y fortaleza, y no podía conocer quién fuese de cierto, por traer puesta la celada. El rey dijo que le procurasen conocer; y a este tiempo estaba en el Alhambra él, y la reina en la torre de Comares.

Deseoso el rey de ver al caballero cristiano, subió a la torre de la Campana, y con él la reina, caballeros y damas. Es la más alta torre del Alhambra, la cual señorea toda la Vega; y mirando a ella vieron un caballero armado, de muy lucidas y fuertes armas, en el escudo y penacho una cruz roja, sobre un hermoso caballo, que se paseaba como si estuviera en su misma patria. En viendo la cruz roja, dijo el rey:

—No es posible sino que aquel caballero es el maestre de Calatrava, así por la insignia, como por la osadía que ha tenido de llegar hasta la ciudad.

Y cuando el maestre vio al rey y a las damas, alzó la celada e hizo la reverencia debida; y por todos conocido, le fue fecha cortesía, y en particular por la reina y sus damas. Hecho esto puso el maestre un pendoncillo rojo en la punta de la lanza, que era señal de batalla.

Mostafá, alcaide de Almería, pidió licencia al rey para salir a escaramucear con D. Manuel Ponce de León, maestre de Santiago, atento que en una escaramuza le había muerto a un tío suyo, y quería vengar su muerte.

—No te metas en eso, le dijo el rey, que caballeros hay en mi corte que saldrán.

Todos los caballeros le pidieron licencia para irse a ver con el maestre, y un paje les dijo, que no se cansasen, que ya había salido de palacio un caballero a escaramucear.

El rey preguntó quién le dio licencia. Respondió el paje:

—Mi señora la reina se la dio, porque él se la pidió.

—¿Y quién es el caballero que salió?

—Malique Alabez —dijo el paje.

—Pues si es así yo me huelgo, porque es buen caballero y hará como quien es: siendo ambos tan valientes, será de ver la escaramuza.

A muchos caballeros les pesó, porque iba Malique Alabez a la batalla, y quien más lo sintió fue la hermosa y querida Cobaida, porque le amaba muy tiernamente, y no quisiera que se pusiera en tanto peligro, y pidiendo licencia a la reina, se quitó de los miradores, por no ver la batalla, y estuvo con mucha pena hasta saber el suceso de la escaramuza.

El rey mandó que saliesen cien caballeros armados, que fuesen en guarda de Malique Alabez, por si estuviese puesta alguna emboscada de cristianos. Así como el rey lo mandó, se fueron a armar, y vinieron a la puerta de Elvira a aguardar que el valeroso Alabez viniese para ir en su guarda.