CAPÍTULO XII.

En que se da cuenta de una pendencia que los Zegríes tuvieron con los Abencerrajes, y cómo estuvo Granada a punto de perderse.

Puestos los caballeros en cura partió Muza a Granada, llevando el caballo de Albayaldos consigo, y puesto el sol llegó a la ciudad; y entrando por ella se rebozó con el cabo del capellar por no ser conocido, y así llegó al Alhambra a hora que el rey su hermano se sentaba a cenar; y apeándose, dio los caballos a uno de la guardia, y se entró en el real aposento. El rey se maravilló de verle venir de camino, y le preguntó dónde había estado aquel día. Muza le dijo:

—Señor, cenemos, y después os diré cosas de que os admiréis.

Cenaron, que bien lo había menester Muza, y acabada la cena contó por extenso la muerte de Albayaldos, las heridas de Alabez, y la escaramuza de Gazul y Reduán, con lo cual fue el rey muy suspenso, y sintió la muerte de Albayaldos; y el día siguiente se publicó por la ciudad, y todos hicieron mucho sentimiento, y en particular su primo Aliatar, que juró de vengar su muerte, aunque le costase la vida.

Todos los caballeros fueron a darle el pésame a Aliatar; los primeros fueron los Zegríes, Gomeles, Venegas, Mazas, Gazules, y Bencerrajes, y otros muy principales caballeros de la corte, y a la postre fueron Alabeces y Abencerrajes; y puestos todos en sus asientos, como en casa de un principal caballero, después de haberle dado el pésame, se trató si sería bueno hacer por él el debido sentimiento, como por semejantes hombres se suele hacer.

Para esto hubo grandes pareceres, porque unos decían que no, por cuanto siendo Albayaldos moro, al tiempo de su muerte se volvió cristiano.

Los Venegas decían que no importaba eso; que sería bien que sus deudos y amigos hiciesen sentimiento, así por los unos, como por los otros.

Los Zegríes decían que pues Albayaldos se había vuelto cristiano, que no se holgaría Mahoma de que ellos hiciesen sentimiento, porque se había apartado de su secta, y esto era guardar derechamente el rito del Alcorán.

Los Abencerrajes decían que el bien que se había de hacer fuera por amor de Alá, y que si Albayaldos se había vuelto cristiano a la hora de su muerte, que aquel secreto solo Dios lo sabía, y que no por esa causa se dejase de hacer el debido sentimiento.

Un Zegrí llamado Abenámar dijo:

—O el moro moro, o el cristiano cristiano: dígolo, porque en esta ciudad hay caballeros que cada día envían limosnas a los cautivos cristianos que están en las mazmorras del Alhambra, y les dan de comer, y son los caballeros que digo los Abencerrajes.

—Decís verdad —dijo Abinhamad, Abencerraje—, que todos nos preciamos de hacer bien a los cristianos y a cualquier necesitado, porque los bienes los da el santo Alá para hacer bien por su amor; pues los cristianos dan limosnas a los moros en nombre de Dios, y por su amor lo hacen, y yo que he estado cautivo lo sé, porque las he visto dar, y a mí me han hecho bien; y en reconocimiento de esto yo y mis parientes hacemos la limosna que podemos a los cautivos cristianos, que por ventura lo estaremos nosotros algún día. Y a cualquier caballero que le pareciere mal, es muy ruin, y siente poco de caridad; y tóquele a quien le tocare: cualquiera que dijere que hacer limosna a quien la pide no es bueno, miente, y lo sustentaré.

El valeroso Zegrí, ardiendo en saña, por verse desmentido, sin responder alzó la mano para herirle en el rostro al Abencerraje, el cual reparó el golpe en el brazo izquierdo; pero no fue tan bueno el reparo, que por eso dejase el Zegrí de alcanzarle en el rostro con las yemas de los dedos, de lo cual se sintió el Abencerraje, y rabioso como un león hircano, en viva cólera ardiendo, puso mano a la daga, y antes que se moviera un paso el Zegrí, le dio dos puñaladas, ambas penetrantes: al momento cayó muerto a los pies del Abencerraje.

Otro caballero Zegrí embistió al Abencerraje para herirle con un puñal; pero no pudo, porque con gran presteza le asió del brazo derecho el Abencerraje, de modo que el Zegrí no pudo hacer lo que pretendía, y el animoso y esforzado Abencerraje le dio una herida en el estómago, con la cual cayó muerto.

Los Zegríes que allí había, que eran más de veinte, pusieron mano a las armas, diciendo:

—Mueran los traidores Abencerrajes.

Los Abencerrajes se pusieron en defensa. Los Gomeles fueron en favor de los Zegríes, y serían más de veinte, y con ellos otros tantos Mazas.

Lo cual visto por los Alabeces y Venegas, fueron en favor de los Abencerrajes, y entre estos seis linajes de caballeros se comenzó una revuelta brava y reñida, que en muy poco tiempo fueron otros cinco Zegríes muertos y tres Gomeles, y dos de los Mazas, y en estos tres linajes hubo catorce heridos. De los Abencerrajes no hubo muerto, mas hubo diez y siete heridos: a uno le cortaron un brazo a cercén. De los Alabeces murieron tres, y hubo ocho muy mal heridos. Algunos Venegas salieron heridos, y dos muertos. Mucho mayor fuera la desgracia, si Aliatar y otros caballeros no se pusieran enmedio; y algunos de los que ponían paz salieron heridos.

Con esta riña, que parecía hundirse Granada, salieron todos a la calle continuando su pendencia; pero como los moros que ponían paz eran muchos, y de mucho valor, que eran Sarracinos, Bencerrajes, Gazules, Almohades y Almoradís, tanto hicieron que los pusieron en paz, aunque con dificultad, porque los de la pendencia eran muchos, y había muertos de por medio.

El rey Chico fue avisado de lo que pasaba, y salió del Alhambra, y fue adonde era la cuestión, y aún no estaba de todo punto el negocio acabado. Los caballeros de la pendencia, así como reconocieron al rey, se apartaron, y se fue cada uno por su parte.

Hecha la averiguación del caso, mandó prender a los caballeros Abencerrajes, les dio por cárcel la Torre de Comares, y a los Zegríes mandó poner en las Torres-Bermejas, a los Gomeles en la Alcazaba, a los Mazas en el castillo de Bibatambién, a los Alabeces en la casa y palacio de Generalife, y los Venegas en una torre fuerte de los Alijares; y el rey muy enojado se subió al Alhambra, diciendo:

—Por Mahoma juro, y por mi corona, que he de apaciguar estos bandos, con quitar seis cabezas a cada linaje.

Los caballeros que le iban acompañando le suplicaron que no hiciese tal, porque eran la mapa de la ciudad, y todos bien emparentados; y si hacía cualquier castigo, se alborotaría la ciudad, y aun todo el reino, y habría un escándalo, que quisiese luego remediarlo, y no pudiese; que lo mejor sería hacerlos amigos, a cuyo trabajo y cuidado ellos se obligaban.

Finalmente, aplacado algún tanto el rey con lo que dijeron los caballeros, les encargó que hiciesen con brevedad las amistades.

Hicieron tanta diligencia los Aliatares, Bencerrajes y Almoradís, que en espacio de cuatro días todos los caballeros que riñeron, fueron amigos, y las muertes perdonadas, llevando las justicias gran cantidad de dinero para la Cámara real.

Esto pasado soltaron a los presos, cuando los Zegríes muy lastimados apellidaron entre ellos venganza de tanto daño y deshonra, y para contrastarla, se juntaron un día todos los Zegríes y Gomeles en un jardín muy deleitoso de una huerta junto a Darro, y después de haber comido todos a una mesa, estando sentados por su orden, un caballero Zegrí, a quien los demás respetaban por mayor y cabeza de ellos, hermano de aquel Zegrí que mató Alabez en el juego de cañas, comenzó a hablar, mostrando grande tristeza, y a decir así:

—Valerosos caballeros Zegríes, deudos y amigos míos, y vosotros los Gomeles, advertid lo que quiero deciros con lágrimas de sangre. Ya sabéis en cuánto se debe estimar la honra; cuánto cuesta conservarla, y que en un instante se pierde; y una vez perdida, no se cobra jamás: dígolo, porque en Granada nosotros los Zegríes, y vosotros los Gomeles, estamos puestos en el trono y alteza que podemos desear: el rey nos estima, la ciudad nos ama, riquezas tenemos abundantemente, y estos caballeros mestizos Abencerrajes procuran quitarnos el honor y abatirnos, y nos han muerto a mi hermano, y otros tres o cuatro deudos, y asimismo de los caballeros Gomeles, haciendo de nosotros infame menosprecio. Todo esto pide entera venganza; porque si no la procuramos presto, harán los Abencerrajes que no seamos nada, y que nadie nos estime; y para el reparo es menester, por todas las vías y modos que se pudiere, que busquemos cómo seamos vengados, y nuestros enemigos aniquilados y destruidos, porque nos quedemos en nuestra honra permanecientes. No se puede hacer por fuerza de armas, respecto que el rey puede proceder contra nosotros; pero tengo imaginado un buen medio, aunque no es a ley de caballeros, sino para vengarnos de nuestros enemigos.

Un caballero de los Gomeles respondió:

—Señor Zegrí Mahomad, ordenad lo que conviene, que aquí os seguiremos.

—Pues sabed —dijo el Zegrí— que he determinado poner mal a los Abencerrajes con el rey, de modo que ninguno viva, diciendo que Albid Hamete, cabeza de ellos, cometió adulterio con la reina; y he de atestiguar con vosotros, y habéis de decir que es verdad lo que yo digo, y que a quien nos contradijere, se lo daremos a entender; y que los Abencerrajes le pretenden matar y quitar el reino, y con esto sin duda que el rey los mandará degollar a todos; y dejadme el cargo, que yo daré la orden para ello. Este es mi pensamiento, amigos y parientes, ahora dadme vuestro parecer, y sea con secreto, porque ya veis lo que importa.

Acabando el Zegrí su diabólica y mal pensada razón, todos dijeron a una que estaba bien acordado, y que se hiciese así, que todos favorecerían su intención. Luego fueron señalados dos caballeros de los Gomeles para que el Zegrí y ellos propusiesen el caso delante del rey.

Acabada de tratar esta tan insolente traición, fueron a la ciudad, donde estuvieron con su dañado pensamiento aguardando tiempo y lugar para ponerlo en ejecución; y así los dejaremos a ellos, y volveremos al moro Aliatar, que estaba enojado por lo que en su casa había sucedido, y triste por la muerte de su primo Albayaldos, y juró de vengar su muerte, y propuso de ir a buscar al maestre para matarle; si pudiese; y para esto no quiso dilatar más su deseo, sino luego se puso un jaco acerado sobre un estofado jubón, y una marlota leonada sin guarnición, y púsose un acerado casco, sobre él un bonete leonado, y en él un penacho negro.

Trajéronle un caballo enjaezado de negro, lanza y adarga negra, sin otra señal ni divisa; salió tan gallardo y brioso, que pocos le igualaron en la ciudad, y llegando a la plaza nueva, vino bajando el camino de Antequera para buscar al maestre, o a otros cristianos en quien vengar la muerte de su primo Albayaldos.

Habiendo pasado de Loja vio un escuadrón de cristianos, que venía para entrar en la Vega, los cuales traían un pendón blanco y una señal roja, la cual era la cruz de Santiago, y por capitán de esta gente venía el maestre de Calatrava, que ya estaba sano de sus heridas por haberlas curado con precioso bálsamo.

Aliatar conoció ser aquesta señal del maestre, porque él le había visto muchas veces en la Vega; y arrimándose al escuadrón, dijo en voz alta:

—¿Por ventura viene aquí el maestre de Calatrava?

El maestre que esto oyó, se adelantó de su gente, y le dijo al moro:

—¿Para qué preguntas por él?

—Quería hablarle —dijo el moro.

—Si no es para más, yo soy, decid lo que queréis.

Aliatar mirando al maestre le conoció luego en la cruz, y arrimándose a él sin ningún temor y sin saludarle, le dijo:

—Maestre esforzado, con razón os podéis llamar el caballero más dichoso del mundo, pues habéis alcanzado victoria de tantos y tan buenos caballeros, y más con la que alcanzasteis de mi primo Albayaldos, gloria y espejo de todos los caballeros de Granada, que es tanto el sentimiento mío, que muero en pensarlo. Mi venida es en busca vuestra para vengar la muerte de mi primo, acudiendo a la obligación que tengo; y pues os he topado, holgaré cumpláis mi deseo; y si muriere en la escaramuza, partiré consolado, por morir a manos de tan principal caballero, y por hacer compañía a mi amado primo.

A lo cual respondió el maestre:

—Holgárame, Aliatar, que ya que me habéis topado habiéndome buscado, que fuera para cosa que yo os pudiera servir, que juro como caballero, que en mí tendréis eterna amistad, y me holgaría que no hiciésemos escaramuza, porque vuestro primo hizo el deber como caballero; quiso Dios llevárselo al cielo, porque al tiempo de su muerte le conoció, y pidió el agua del bautismo, y se volvió cristiano: ¡Dichoso él, pues goza de Dios! Por eso no querría que tuviésemos escaramuza sin haber para qué, sino ved si os puedo servir en algo, que lo haré por vos.

—En mucho estimo la merced que me hacéis, señor maestre —respondió Aliatar—: por ahora no se me ofrece cosa en que me la hagáis, sino que me clama la sangre de mi primo Albayaldos, y querría que no dilatásemos la escaramuza; asimismo quisiera me aseguréis que de los vuestros no seré ofendido, sino que solo con vos he de lidiar.

—Mucho me holgara —dijo el maestre— que no pasarais adelante con vuestro intento; pero pues esta es vuestra voluntad, hágase lo que queréis. En lo que pedís, que no seáis ofendido de los míos, yo os doy seguro de ello.

Diciendo esto alzó las manos a su gente, haciendo señal que se retirasen de allí, y esta era bastante señal de seguro.

La gente luego se retiró; lo cual visto por el moro, dijo al maestre:

—Ea, caballero, ya es tiempo de comenzar nuestra escaramuza, y diciendo esto movió su caballo a media rienda, escaramuceando con gracia.

El maestre, hecha la señal de la cruz, alzó los ojos al cielo diciendo:

—Por vuestra Santísima Pasión, Señor mío Jesucristo, que me deis victoria contra este pagano.

Y diciendo esto, con bravo ánimo arremetió su caballo por el campo, escaramuceando contra el moro; y aunque no estaba sano de las heridas que le dio Albayaldos, y le impedían para pelear, su gallardo ánimo suplía los defectos de sus heridas, y notando la braveza de Aliatar, su denuedo y ligereza de escaramucear, dijo entre sí: «Conviene andar cuidadoso porque este moro no alcance victoria, lo cual no permita Dios»; y diciendo esto sosegó su caballo, viniéndose despacio, y los ojos puestos siempre en su enemigo para ver lo que haría.

El moro que vio andar así al maestre, no sabiendo la causa, se le fue acercando para hacerle algún daño; y estando cerca de él, confiado en el valor de su brazo, enderezó para dar el golpe, entendiendo que el maestre no estaría en el caso advertido; y levantándose sobre los estribos le arrojó la lanza con tanto ímpetu, que el hierro y banderilla iban rechinando por el aire.

El maestre que vio desembrazar la lanza con tan gran violencia, y que el asta venía crujiendo por el aire, con gran presteza arremetió su caballo y se apartó hacia un lado, hurtándole el cuerpo, de modo que pasó por delante, y se clavó en la tierra sin hacer efecto.

Habiéndose el maestre apartado con tal presteza, y cual halcón suele asaltar a los astutos gorriones, arremetió al moro para herirle; el cual no osó aguardar, porque le vio venir con violencia, y revolviendo el caballo fue adonde estaba clavada la lanza; y llegando tiró de ella y la sacó del suelo con una presteza admirable; y revolviendo para herir al maestre, le vio tan cerca de sí, que le venía a los alcances, que no se pudo hacer otra cosa sino embestirse el uno al otro, y diéronse dos grandes encuentros.

El moro dio a su contrario en el escudo y se lo falseó, y le hirió en el pecho de una mala herida. El golpe que el maestre dio fue muy bravo, porque rompió la adarga del moro, aunque era muy fuerte, y el jaco acerado, y le hizo una mala herida por la cual salía mucha sangre.

Bien sintió el moro que estaba mal herido, pero no por eso mostró punto de desmayo, antes con más ánimo arremetió al maestre, blandeando la lanza como si fuera un junco.

El maestre usó de maña con él, que al tiempo que se hubieron de encontrar los dos, ladeó un poco su caballo, de suerte que le dio Aliatar en la adarga al soslayo, y aunque la rompió no entró el hierro en la carne. El maestre le dio de través en lo descubierto, y le hizo una mala herida.

El moro, encendido en ira rabiosa, casi desesperado, arremetió al maestre para herirle, pero guardábase de los golpes con gran ligereza. Y visto por el moro la grande destreza del maestre, maravillado detuvo su caballo y le dijo:

—Cristiano caballero, si queréis, y es vuestro gusto, fenezcamos nuestra escaramuza a pie pues ha gran tiempo que combatimos a caballo.

El maestre dijo que le placía, y se alegró, porque era grande la destreza que tenía a pie; y así se apearon los dos fuertes guerreros, y embrazando sus escudos, con las armas en las manos se acometieron con tanta fortaleza, como dos bravos leones; pero poco le valió al moro su braveza, que tenía poderoso enemigo.

Heríanse por todas partes, procurando cada uno dar la muerte a su contrario, y así andaban los dos muy encarnizados: llevaba el moro lo peor, aunque no lo sentía, porque de dos heridas destilaba mucha sangre, y tanta, que donde Aliatar ponía los pies quedaba rastro; mas como era el moro valiente, y de tan animoso corazón, no lo sentía, y así se mantenía en su escaramuza.

A esta sazón tiró el maestre un revés a su enemigo, y le cortó la adarga como si fuera de seda; lo cual visto por el moro lo sintió, y muy sañudo dio un golpe al maestre por encima de su escudo, que parte de él vino al suelo; y como el maestre lo alzó por defender la cabeza, la punta del alfanje alcanzó con tal valor, que el acerado casco del maestre fue roto, y quedó herido en la cabeza: la herida no fue grande, respecto que el alfanje le tocó por los extremos, pero salíale tanta sangre que le bañaba los ojos, de modo que le turbaba; y si a la sazón el moro no anduviera tan debilitado por la falta de sangre, el maestre corría peligro, porque como el moro vio tanta sangre por el rostro del maestre, cobró ánimo, y comenzó a herirle bravamente; mas como estaba desangrado, no pudo acometer al maestre como quisiera ni mostrar su valor: con todo eso ponía en aprieto al maestre, el cual como se vio tan perseguido del moro, y que tanta sangre le salía de la herida de la cabeza, de todo punto enojado, poniendo la vida en mucho riesgo, cubierto lo mejor que pudo con la parte de escudo que le quedaba, acometió a Aliatar, llevando su espada de punta.

El moro que le vio venir no le rehusó que también le embistió, pensando con aquel golpe fenecer la escaramuza. El maestre le hirió de punta al moro con gran furia, de suerte que la espada entró hasta lo más escondido de sus entrañas; mas no pudo hacer tan a su salvo el maestre esta herida, que él no quedase mal herido de otra en la cabeza; de tal suerte, que aturdido vino al suelo, derramando mucha sangre.

El moro que vio al maestre en tierra y cubierto de sangre, entendió que era muerto, y fue para cortarle la cabeza; pero cuando se movió para ello cayó en tierra muerto, a causa de haberle pasado las entrañas.

A esta sazón el maestre volvió en sí, y viéndose puesto en tal estado, receloso que el moro viniese sobre él, con presteza se levantó, y mirando a Aliatar le vio tendido en el suelo que no se movía: entonces se hincó de rodillas, y dio muchas gracias a Dios por la victoria, y levantándose se fue al moro y le cortó la cabeza y la arrojó en el campo.

Luego tocó la corneta, y al sonido vino su gente, y vista la victoria se holgaron; y como le hallaron tan mal herido les pesó mucho, y cogiendo los caballos le dieron el suyo al maestre, y el del moro cogieron de la rienda, y la cabeza de Aliatar puesta en el pretal, despojado el cuerpo de ropas y armas, se fueron para curar al maestre, el cual quedó de esta escaramuza con mucha honra; y por ella se hizo aquel antiguo romance que dice así:

De Granada sale el moro

que Aliatar era llamado,

primo hermano del valiente

y esforzado Albayaldos;

Aquel que mató el maestre

en el campo peleando.

Sale a caballo este moro

de finas armas armado,

Sobre ellas una marlota

de damasco leonado;

leonado era el bonete,

negro el plumaje azulado.

La lanza también es negra,

adarga negra ha tomado;

también el caballo es negro,

de valor muy estimado.

No es potro de pocos días,

de diez años ha pasado;

tres cristianos se lo cuidan,

y él mismo les da recado.

Sobre tal caballo el moro

se sale muy enojado;

llegando a la plaza nueva

hacia Darro no ha mirado,

Aunque pasó por la puerta,

según va encolerizado;

sale por la puerta Elvira

y por la Vega se ha entrado.

Camino va de Antequera

en Albayaldos pensando,

topar desea al maestre

para vengarse a su salvo;

Y en llegando junto a Loja

un escuadrón ha encontrado;

todo es de lucida gente,

por señas un pendón blanco,

En medio una cruz roja

del Apóstol Santiago.

Llegándose al escuadrón

sin temor ha preguntado,

«Si venía allí el maestre

que D. Rodrigo es llamado.»

El maestre allí venía,

de su gente se ha apartado,

Y dijo: «¿Qué buscas, moro?

Yo soy el que has demandado.»

Conócele luego el moro

por la cruz que trae al lado,

Y también en el escudo

que lo tiene acostumbrado:

«Dios te guarde, buen maestre,

buen caballero estimado:

Sabrás que soy Aliatar,

de Albayaldos primo hermano,

a quien tú diste la muerte,

y le volviste cristiano;

Y ahora soy yo venido

solamente por vengarlo:

apercíbete a batalla,

que aquí te aguardo en el campo.»

El maestre que esto oyó,

no quiso más dilatarlo:

vase el uno para el otro,

muy grande esfuerzo mostrando.

Dábanse grandes heridas

reciamente peleando:

el maestre es valeroso,

el moro no le ha durado.

Finalmente le mató

como varón esforzado;

cortárale la cabeza,

y en el pretal la ha colgado.

Volviose para su gente

muy malamente llagado,

y su gente le llevó

donde fue muy bien curado.

A cuatro días que pasó esta escaramuza, se supo en Granada como Aliatar murió a manos del maestre, lo cual sintió mucho el rey, viendo que en tan poco tiempo le había muerto dos tan buenos caballeros, como eran Aliatar y Albayaldos.

También lo sentían todos los caballeros, y la alegría de los días pasados se volvió en tristeza y pesar por la muerte de estos dos tan principales; lo cual visto por el rey, acordó con su consejo, que se volviesen a alegrar, y ordenose que todos los caballeros que jugaron en la sortija pasada, se casasen con las damas; que se hiciese sarao público, y se cantase y danzase la zambra, que es fiesta entre moros muy estimada, y que se corriesen toros, y hubiese juego de cañas. Y para esto dio el rey orden al valeroso y valiente Muza, el cual se encargó de hacer las cuadrillas del juego, y de hacer traer los toros.

Grande contento sintieron los caballeros mancebos que tenían damas; y así toda la ciudad tuvo tanta alegría como de antes, y aun más, porque luego los caballeros comenzaron a ordenar juegos y máscaras de noche por las calles, mandando poner grandes hogueras y luminarias por toda la ciudad, de suerte que la noche parecía día.

Será bueno decir quiénes fueron los caballeros y damas que se casaron.

El fuerte Sarracino con la linda Galiana; Abindarráez con la hermosa Jarifa; Abenámar con Fátima; Malique Alabez con la linda Cobaida, que ya le habían traído de Arbolote, y estaba de todo punto sano de sus penetrantes heridas; Azarque con Arbolaya; un caballero Almoradí con la bella Sarracina; un caballero Abencerraje con Celima: todos estos caballeros y damas nombradas fueron casados en la misma sala real, en la cual hubo dos meses de fiesta y zambra.

Como los caballeros y damas ya nombradas era toda gente principal, y la flor de la ciudad de Granada, se hicieron grandísimos gastos, así en comidas, como en ricas ropas, oros y sedas; de manera que la ciudad estaba en esta sazón la más rica y opulenta, y más alegre y regocijada que había estado en ningún tiempo.

Fuera gran bien para los moradores de la ciudad y para todo el reino, que siempre estuvieran en tranquilidad y concordia; pero como la rueda de la fortuna es mudable, presto volvió lo de arriba abajo, y dio con todo en el suelo, convirtiendo tantos placeres y regocijos en tristes llantos, como adelante diremos.

Muza, como hombre a quien habían hecho cargo de las fiestas, presto concertó las cuadrillas del juego, tomándose él un puesto con treinta caballeros Abencerrajes, y dando el otro puesto a un caballero Zegrí, hermano de Fátima, mancebo de valor; y este señaló otros treinta Zegríes, deudos suyos, para el juego, el cual había de ser en la plaza de Vivarrambla, donde se habían de correr los toros; y traídos un día señalado, los corrieron con mucha alegría de toda la ciudad, en presencia del rey y la reina, y de toda la corte. Congregáronse de la ciudad y forasteros mucha gente a la fama de las fiestas reales.

Ya se habían corrido cuatro toros muy bravos, y el quinto estaba en la plaza, cuando entró por ella un caballero en un lucido caballo; la marlota y capellar eran verdes, como quien vivía con esperanza, las plumas verdes con argentería de oro. Con él salieron seis con la misma divisa de su librea, y cada uno con un rejón negro en la mano, y unas listas de plata.

Grande contento dio el caballero a todos los que estaban mirando las fiestas, y más a la hermosa Lindaraja, porque luego conoció a Gazul, que ya estaba sano de las heridas que le dio Reduán en la escaramuza que tuvieron los dos.

Reduán no quiso estar en las fiestas aquel día, por los desdenes que le hacía Lindaraja; y por no verla, y por no traer a la memoria sus penas, se salió aquel día armado, por si encontraba algún cristiano con quien pelear.

Pues como Gazul entró tan gallardo, y vio que todo el vulgo le miraba, se puso enmedio de la plaza, y aguardó que el toro viniese por aquella parte; el cual no tardó mucho, que habiendo muerto cinco hombres, y atropellado más de cincuenta, llegó, y así como vio el caballo, arremetió para herirle.

Gazul le aguardó, y al tiempo que el toro quiso dar su golpe, le clavó un rejonazo tan cruel por medio de los hombros, que contra su gusto cayó en tierra, y no hirió al caballo. Sentía tanto dolor el lastimado toro, que puestos los pies y manos hacia arriba, se revolcaba en su sangre, dando unos bramidos espantables.

Admirado quedó el rey y toda la corte de ver la venturosa suerte de Gazul, y qué brevemente había quitado la fuerza y brío a un animal tan feroz.

Con mucho contento estaba Gazul, lidiando los toros que se corrían, aguardándolos hasta llegar muy cerca, y después los lastimaba con el rejón de tal suerte, que no volvían más a él; y porque aquel día lo hizo tan bien el invencible Gazul, se dijo este

ROMANCE.

Estando toda la corte

de Abdalí, rey de Granada,

haciendo una rica fiesta,

habiendo hecho la zambra,

Por respeto de unas bodas

de gran nombradía y fama,

por las cuales corren toros

en la plaza Vivarrambla.

Estando corriendo un toro,

que su braveza espantaba,

se presentó un caballero

sobre un caballo en la plaza,

Con una marlota verde,

de damasco bandeada,

y el capellar de lo mismo,

muestra color de esperanza.

Plumas verdes, y el bonete

parece de una esmeralda;

seis criados van con él,

que le sirven y acompañan,

Vestidos también de verde,

porque su señor lo manda,

como aquel que en sus amores

esperanza lleva larga.

Un rejón fuerte y agudo

cada criado llevaba;

de color negro eran todos,

y bandeados de plata.

Conocen al caballero

por su presencia bizarra,

que era el muy fuerte Gazul,

caballero de gran fama,

El cual con gentil donaire

se puso enmedio la plaza

con un rejón en la mano,

que al gran Marte semejaba,

Y con ánimo invencible

al fuerte toro aguardaba.

El toro cuando le vio,

al cielo tierra arrojaba

Con las manos y los pies,

cosa que gran temor daba;

y después con gran furor

hacia el caballo arrancaba

Por herirle con sus cuernos,

que como alesnas llevaba;

mas el valiente Gazul

su caballo bien guardaba,

porque con el rejón duro

con presteza no pensada

Al bravo toro hiriera

por entre espalda y espalda:

el toro muy mal herido

con sangre la tierra baña,

Quedando en ella tendido

su braveza aniquilada.

La corte toda se admira

en ver aquella hazaña,

Y dicen que el caballero

es de fuerza aventajada;

el cual corridos los toros,

el Coso desembaraza.

Haciendo mesura al rey,

y a Lindaraja su dama;

lo mismo hizo a la reina,

y a las damas que allí estaban.

Volviendo al propósito, el fuerte Gazul corrió los demás toros que quedaban, en compañía de otros caballeros que los corrían; y no quedando ya ningún toro, hecho el acatamiento debido al rey y a la reina, y a las damas, y en particular a Lindaraja, se salió de la plaza, quedando todos muy contentos en haber visto su hazaña. Luego se tornó a montar para que entrase el juego de cañas.

Los caballeros del juego se fueron a aderezar, y no tardó mucho que al son de militares trompetas entró el valeroso Muza con su cuadrilla, con tanta bizarría, gala y gentileza, que no había más que ver.

Toda la librea era blanca y azul con griones y bandas pajizas, plumas encarnadas y blancas, con mucha argentería de oro; por divisa en las adargas un salvaje, que con un bastón deshacía un mundo. Esta divisa era de los bravos Abencerrajes muy usada, con una letra a los pies del salvaje, que decía así:

Abencerrajes levanten

hoy sus plumas hasta el cielo,

pues las famas en el suelo

con la fortuna combaten.

De esta forma entró el granadino Muza muy gallardo y bizarro con toda su cuadrilla, que eran treinta Abencerrajes, todos caballeros de mucho valor. En entrando hicieron todos un concertado caracol, escaramuceando unos con otros, y al cabo se pusieron cada uno en su puesto.

Luego el bando de los Zegríes entró muy gallardo, y no menos vistoso que los Abencerrajes: su librea era verde y morada, cuarteada de color de hojaldre muy vistosa.

Venían en yeguas bayas muy ligeras: los pendones de las lanzas eran verdes y morados; y si los Abencerrajes hicieron buena entrada y caracol vistoso, no la hicieron menos los bravos Zegríes. Traían por divisa en las adargas unos alfanjes sangrientos con una letra que decía así:

Alá no quiere que al cielo

hoy suba ninguna pluma,

sino que se hunda y suma

con el acero en el suelo.

Habiendo hecho su caracol muy gallardamente, tomaron su puesto, y al punto los dos bandos se apercibieron de cañas para el juego.

El rey, que ya tenía vistas las letras y divisas de los caballeros, entendió por ellas el rencor que tenían; y porque no resultase algún escándalo en tiempo de tantos regocijos y fiestas, luego se quitó de los miradores, y acompañado de todos los grandes de su corte bajó a la plaza antes que se comenzasen las cañas, que no fue poco importante su asistencia.

Puesto a un lado mandó que jugasen, y al son de los añafiles y chirimías se comenzaron a jugar las cañas, hechas cuatro cuadrillas. Las cañas se jugaron sin haber desconcierto alguno, aunque lo hubiera muy grande, si el rey no descendiera a la plaza, porque los Zegríes venían de mano armada contra los Abencerrajes, los cuales, escarmentados de la pasada, estaban apercibidos para lo que se ofreciera; pero con la presencia del rey que estaba con ellos, no ejecutaron su intento los Zegríes.

Habiendo visto los moros de los bandos contrarios al rey, estuvieron con mucha concordia, y se acabaron las fiestas de aquel día sin pesadumbre y con mucho gusto, que no fue pequeño misterio.

Y por estas fiestas de toros y juego de cañas se hizo el siguiente

ROMANCE.

Con más de treinta en cuadrilla,

hijosdalgo Abencerrajes,

sale el valeroso Muza

a Vivarrambla una tarde;

Por mandado de su rey

a jugar cañas se sale,

de blanco, azul y pajizo,

con encarnados plumajes;

Y para que se conozcan

en cada adarga un salvaje,

acostumbrada divisa

de moros Abencerrajes,

Con un letrero que dice:

Abencerrajes levanten

hoy sus plumas hasta el cielo;

pues de ellas visten las aves.

Y en otra cuadrilla vienen

atravesando una calle

los valerosos Zegríes,

con libreas muy galanes.

Todos de morado y verde,

marlotas y capellares,

en mil jaqueles gualdados

de plata los acicates.

Sobre yeguas bayas todos,

hermosas, ricas, pujantes;

por divisa en las adargas

unos sangrientos alfanjes,

Con una letra que dice:

no quiere Alá se levanten,

sino que caigan en tierra

con el acero pujante.

Apercíbense de cañas,

el juego va muy pujante;

mas por industria del rey

no se revuelven, ni salen,

Porque los Zegríes tienen

contra los Abencerrajes

un concierto de traidores,

y no pudieron lograrle.

Acabado el juego de las cañas el rey y los demás caballeros principales de la corte, y la reina y las damas con sus novios se retiraron al Alhambra, donde el rey los regaló grandemente en la cena, porque estaba muy contento de que no había sucedido ninguna desgracia.

Hubo sarao real, y los desposados danzaron con las desposadas, y el rey con la reina, Muza con Celima, con mucho contento de ambos; Gazul danzó con Lindaraja. Tanto danzaron y bailaron aquella noche, que era ya casi de día cuando se fueron a dormir los desposados.

La hermosa Galiana, gozosa de verse en aquel punto con su Sarracino, a quien con tan excesivo amor amaba, después de haberle dicho muchas amorosas razones, le dijo:

—Dime, querido señor mío, ¿qué fue la causa que el día de S. Juan habiendo corrido con Abenámar las tres lanzas en el juego de la sortija, luego saliste de la plaza, y no pareciste más en aquellos cuatro o seis días? ¿Fue porque perdiste la joya, o por qué? Que te prometo que lo deseo saber.

—Querida esposa y señora mía, la causa fue porque perdí tu retrato bello y la rica manga labrada de tu mano, y por la vergüenza que me ocupaba de parecer en tu presencia, y por saber que Abenámar ordenó aquel juego por vengarse de los dos: de ti, porque le desdeñaste; y de mí, porque una noche le herí debajo de tu balcón, estándote dando una música, que bien creo que tendrás noticia de ello; y viendo que fortuna le favoreció tan a medida de su deseo, y que a mí me había sido contraria, me dio tan gran tristeza y desesperación, que enfermé de melancolía y maldecí mi poca ventura; renegué del falso Mahoma, y prometí y juré a fe de caballero, de ser cristiano, y lo tengo de cumplir, aunque sobre ello muera, porque tengo por mejor la fe de los cristianos, que no la burlaria de la secta de Mahoma; y si tú me quieres bien, como dices, has de ser cristiana, que yo sé que el rey D. Fernando nos hará grandes mercedes por ello.

Con esto cesó, aguardando la respuesta que le daría Galiana, la cual luego le respondió:

—Señor, y esposo, no puedo yo huir en ninguna manera de tu voluntad; antes seguirela en todo y por todo; tú eres mi señor y marido, a quien yo di y entregué mi corazón; y así digo, que no iré contra tu gusto en cosa ni en parte; y más, que yo sé que la fe de los cristianos es mucho mejor que el Alcorán, y así prometo de ser cristiana.

—Acrecentádome habéis las mercedes de todo punto —dijo Sarracino—, y no esperaba menos de tan leal y firme pecho.

Y diciendo esto la abrazó entre mil ternezas, y así pasaron toda aquella noche.

Venida la mañana, los grandes de la corte se juntaron y ordenaron que Abenámar, pues era tan buen caballero, se casase con Fátima, ya que en su servicio había hecho tan grandes cosas. Los Zegríes no quisieron que aquel casamiento se hiciese, por cuanto Abenámar tenía amistad con los Abencerrajes; las cuales contradicciones no aprovecharon porque el rey gustó de que se casaran, y todos los caballeros fueron en que se efectuase.

Hecho el casamiento, las fiestas se aumentaron, haciendo cada día zambra y muchas danzas y juegos; de modo que no había otra cosa en la corte sino galas, invenciones, máscaras y regocijos; y los dejaremos en ellas por contar lo que le sucedió a Reduán en la Vega, yendo desesperado por verse aborrecido de Lindaraja que amaba a Gazul.

Pues es de saber que como salió de la ciudad se fue por el río Genil abajo, y llegó al Soto de Roma, que es un soto muy agradable, de mucha espesura de árboles; y hoy día quien no tiene muy andadas las veredas se pierde en él: hay dentro infinidad de caza volátil y terrestre, y estará de Granada el principio del soto legua y media, teniendo de ancho y largo más de cuatro leguas.

Allí vio una escaramuza muy reñida entre cuatro moros y cuatro cristianos, por causa de que les querían quitar una mora muy hermosa, y la defendían, aunque con pérdida y trabajo, por ser los cristianos de mucho valor. La mora miraba su escaramuza derramando abundancia de lágrimas.

Reduán espoleó su caballo para favorecer a los moros; pero por priesa que se dio ya habían muerto a los dos, y los otros andaban a mal traer; y temerosos de la muerte desampararon a la dama, y volvieron las espaldas a todo correr de sus yeguas.

A esta sazón llegó Reduán, y mirando a la hermosa mora la vio vertiendo perlas por los ojos, y que acrecentaba más su triste llanto viendo muertos dos de sus guardadores, y que los otros dos se habían ido huyendo.

Movido de compasión el valiente Reduán, por librarla del poder de los cristianos, y sin hablarles palabra, los acometió, y del primer encuentro hirió al uno muy mal en un descubierto de la adarga, de modo que vino a tierra; y revolviendo su caballo con gran ligereza y velocidad, se apartó de los tres cristianos escaramuceando un gran trecho, y luego tornando como un pensamiento sobre ellos, de un encuentro derribó a otro caballero del caballo, mal herido.

Los dos cristianos que quedaban embistieron a Reduán, y el uno de ellos le dio una gran lanzada, de suerte que quedó herido de una mala herida; el otro caballero, aunque le entró, no le hirió y rompió su lanza. Reduán viéndose herido, se apartó de ellos, y con muy bravo ánimo les volvió a embestir, de suerte que derribó del caballo al que estaba sin lanza.

El cristiano que estaba solo hirió a Reduán segunda vez, y él encolerizado acometió al cristiano para herirle, mas no se atrevió a esperarle por verse solo, pues los compañeros estaban en el suelo mal heridos, y los caballos andaban sueltos por el campo.

Los dos moros que habían ido huyendo se detuvieron por ver el fin de la batalla; y visto cuán en breve había desbaratado aquel moro a los cuatro cristianos, volvieron espantados adonde había dejado a la mora, la cual estaba admirada del valor del moro.

Reduán estaba hablando con ella maravillado de su hermosura, que le parecía ser mayor que la de Lindaraja y la de todas las damas de Granada; y así era verdad, que era la más hermosa de todo el reino. Estaba Reduán tan rendido a la mora, que no se acordaba de Lindaraja, y solo se ocupaba en mirarla, y la preguntó quién era.

En esto llegaron los dos moros, y dándole las gracias del socorro le dijeron así:

—Señor caballero, Mahoma os trajo aquí a tal tiempo, que si vos no vinierais, nosotros del todo fuéramos perdidos y muertos a manos de aquellos caballeros cristianos; y lo que más nos pesara es perder esta dama que traemos a nuestro cargo, y porque parece que estáis herido, según demuestra esa sangre, vamos la vuelta de Granada, y en el camino diremos lo que habéis preguntado; y mirad si de estos caballeros cristianos se ha de hacer alguna cosa.

—No —dijo Reduán—, básteles estar heridos; cogedles los caballos, dádselos, y váyanse.

De esto se maravillaron los moros, y cogieron los caballos y se los dieron a los cristianos, y ellos tomaron la vía de Granada.

Yendo Reduán junto a la hermosa mora, la cual no menos pagada iba de Reduán que él iba de ella, el uno de los dos moros comenzó a hablar de esta manera:

—Habéis de saber, señor caballero, que éramos cuatro hermanos y una hermana, que es la que presente veis: de los cuatro, por nuestra desdicha, ya habéis visto como quedan allí los dos muertos a manos de los cristianos, y aun habemos sido para tan poco los dos que quedamos, que aún no les dimos sepultura; pero querrá el santo Alá que hallemos algunos villanos que pagándoselo quieran dársela. Nuestro padre es alcaide de la fuerza de Ronda; y como supimos que en Granada se hacían tan grandes fiestas, pedimos a nuestro padre, Zaide Hamete, licencia para venir a verlas. Pluguiera al santo Alá que no hubiéramos venido, que nos ha costado dos hermanos, y afrentosamente huimos y dejamos en tan notable peligro a nuestra hermana Haja, si vos, señor, no lo remediárades. Esta es, señor caballero, nuestra lastimosa y verdadera historia; y pues ya, señor, habéis sabido nuestro viaje, y también quién somos, recibiremos merced, si sois servido, que nos digáis de dónde sois y cómo os llamáis, para que sepamos a quién somos tan obligados.

Reduán les respondió:

—Holgado me he, caballeros, de saber quién sois; bien conozco a vuestro padre, y conocí a vuestro abuelo Almadán, a quien mató D. Pedro Sotomayor. Pésame de no haber venido antes, que yo sé que no hubieran muerto vuestros hermanos, y huélgome mucho de haberos servido en algo, y lo haré cada y cuando que se ofrezca; y por si os queréis servir de mí, y daros gusto, os diré quién soy: llámanme Reduán, y soy de Granada; vamos allá a mi casa, y será vuestra, donde os haré regalar y servir conforme merecéis.

—Gran merced, señor Reduán —respondieron ellos—, por el ofrecimiento que nos hacéis; deudos tenemos en Granada donde podemos ir a posar, cuanto más que por la desgracia sucedida nos detendremos muy poco en la ciudad, especialmente siendo ya pasadas las fiestas.

En esto iban hablando los dos hermanos de Haja, y Reduán, cuando vieron venir dos leñadores que con sus bagajes iban por leña al dicho soto, y en llegando a ellos dijeron los dos hermanos a Reduán:

—A buen tiempo han venido estos villanos, que podría ser quisiesen dar sepultura a nuestros hermanos, pagándoselo.

—Yo se lo rogaré —dijo Reduán, y habló a los villanos diciendo—: Hermanos, por amor del santo Alá, que deis sepultura a dos caballeros que están allí bajo muertos, que os será bien pagado.

Los villanos dijeron, que de buena gana lo harían, sin interés alguno. Los hermanos suplicaron a Reduán esperase allí en compañía de su hermana, en tanto que iban a ayudar a enterrar los muertos, que seguros iban, quedando ella con él, y a traer los caballos, siquiera porque no se aprovechasen de ellos los cristianos.

—Mucho me holgara de acompañaros —dijo Reduán—; pero pues es vuestro gusto que yo quede con vuestra hermana, soy contento.

Los moros se lo agradecieron mucho, y se fueron con los villanos para dar sepultura a sus hermanos, y cobrar los caballos perdidos.

El valiente Reduán ardiendo en llamas de amor por la hermosa Haja, y viendo la oportuna ocasión por estar solos, la dijo de esta suerte:

—O fue ventura, o desdicha mía haberos hallado en esta parte; en un punto vi muerte, vida, cielo, suelo, tempestad, bonanza, paz y guerra; y lo que más siento, es no saber el fin de una tan extraña aventura, como es la que la fortuna me ha ofrecido: de suerte estoy suspenso, Haja hermosa y bella, que no estoy en mí, sino en ti. No sé dónde vaya sino a ti; temo declarar mi mal, muero si no lo declaro, ardo en vivas llamas, estoy más helado que los Alpes de Alemania. No sé si hable, o calle, oh bellísima señora: por mejor medio elijo declararte lo que mi alma siente, para que des vida a quien le va faltando, pues tú eres la verdadera medicina, y salutífera a mi enfermedad. Sabrás, vida de esta mía, que en la dichosa hora que vi tus soles llorosos por la escaramuza de que tú eras la causa, luego comencé a pelear con cinco contrarios, cuatro los cristianos, y otro tú; vencilos, y te libré; y tú me venciste y cautivaste: ¿con qué armas peleaste, que tan presto me venciste? Pero, ¿para qué lo pregunto, pues eres semejanza y cifra de la hermosura, dotada en discreción, bravo donaire, brío y gentileza? Estas son las armas con que peleaste conmigo. No hallaste en mí resistencia porque de mis potencias estabas apoderada: tu siervo soy, y tú mi señora y mi bien. Adórote, no me aborrezcas; estímote, no me menosprecies, no seas ingrata a mi pecho fiel, amoroso y verdadero: corresponde a mi casto amor, pues te admito por mi esposa, y dame respuesta piadosa.

Y diciendo esto enmudeció. Haja le respondió, diciendo:

—Noble, brioso y esforzado caballero, aunque sin experiencia de causas de amor, por ser doncella de catorce años, recogida y noble, que presto sabrás quien soy, luego reconocí ser tu accidente de amorosas llamas, y a lo que me has dicho, digo que sea así por no contradecirte; pero bien sé que los hombres, por conseguir su lascivo deseo, dicen mil lisonjas vanas, y otras cosas o cuitas en daño de las tristes mujeres, que de ligero se creen. Quiero resolverme y responder, porque veo venir a mis hermanos, que si tú me amas, soy tu rendida; si con facilidad me quisiste, con fuerza te adoro; si te parezco bien, me parece que no hay otro en la tierra como tú. Y si como dices, me quieres por esposa, pide a mis hermanos que alcancen el sí de mi padre, que el mío en tu boca está; y te prometo que será tan imposible faltar esta ferviente fe que tengo, como pedir a la nieve que caliente, al sol que resfríe y que no alumbre, y como ver en el suelo el firmamento estrellado. Tanto es lo que te quiero, moro, que en mi alma moras; y porque llegan mis hermanos, mudemos plática, no apartándome de tu pensamiento, como yo no te aparto del mío; y cuando caminemos, como que no me has dicho nada, puedes tratar con mis hermanos el casamiento: y de no querer mi padre, ni mis hermanos que me case contigo, que no me persuado a que den tan mal pago a una obligación tan grande como te tenemos, y más siendo tan principal caballero, que nosotros ganamos en que tú me quieras por esposa, yo quiero, si tú me quieres; tuya soy, pues me libraste de poder de los cristianos, que es cierto que había de ser su cautiva. Pues tanto más me ha valido el trueque, dichosa suerte ha sido la mía, aunque he perdido dos hermanos, en haber venido por aquí, resultándome tanto bien de querer ser tú mi esposo; y en señal de que seré tuya, para que estés confiado en mi palabra, toma esta sortija del dedo del corazón, y ponla en el tuyo, pues el mío tienes en él.

Y diciendo esto sacó una sortija de oro, con una esmeralda trasparente y fina, y se la dio a Reduán, el cual la tomó con mucha alegría, y besándola mil veces la puso en su dedo, quedando el más contento y favorecido amante del mundo.

Quisiera el enamorado moro dar respuesta a su querida mora; pero no hubo lugar, porque llegaron sus dos hermanos, bañados los rostros en lágrimas por el dolor de sus dos caros hermanos, a quien venían de enterrar y traían sus caballos del diestro. La hermosísima Haja no pudo dejar de llorar los ya difuntos hermanos. Reduán los consolaba lo que podía, diciéndoles palabras muy eficaces para ello; y con estas y otras pláticas entraron en Granada.

Era ya de noche, y dijeron los hermanos a Reduán, que les diese licencia para ir a posar en casa de un deudo suyo, que era de los Almadenes, y vivía en la calle de Elvira. Reduán les dijo que hiciesen su gusto y los acompañó hasta la posada; y despidiéndose de ellos se volvió a su casa.

Mas al tiempo de despedirse no apartaba la vista de sus ojos el uno del otro amante, de tal manera que apartándose se consideraba sin alma Reduán, por quedársele con su señora; y Haja asimismo, por llevársela Reduán.

Los caballeros y la dama fueron bien recibidos de su tío, quien recibió mucha pena por la muerte de sus dos sobrinos.

A otro día por la mañana se vistió Reduán, y fue al real palacio por besar las manos al rey, el cual en aquella hora se acababa de levantar y vestir para ir a la Mezquita mayor, a ver el zalá que se hacía por un moro de su secta llamado Gidemahojo; y viendo a Reduán vestido de marlota y capellar verde, y plumas verdes, alegrose grandemente con su vista, porque había muchos días que no le había visto; y le preguntó dónde había estado, y cómo le había ido en la escaramuza con Gazul. Reduán le satisfizo, diciendo que Gazul era buen caballero, y que Muza los había hecho amigos.

Con esto el rey y los demás caballeros que le salían a acompañar, que por la mayor parte eran Zegríes y Gomeles, se fueron a la mezquita, y con muy grande aplauso se hizo el zalá y alcoranas ceremonias, y se volvieron al Alhambra; y en entrando en su palacio real hallaron a la reina y sus damas en la sala, porque era costumbre del rey Chico; y así lo tenía mandado, que en cualquier tiempo que saliese, a la vuelta había de estar la reina y sus damas en la sala por solo su gusto, y porque se holgaba de verlas; y más a Celima, que la amaba en supremo grado, por lo cual él y el capitán Muza tuvieron muchas diferencias, como adelante se dirá.

Entraron en palacio con todos los caballeros de su corte, y todas las damas pusieron la vista en la bizarría de Reduán, espantadas de la mudanza de librea. Lindaraja le miraba de propósito, y admirada de que no la miraba, dijo entre sí:

—Disimula Reduán su pasión: bien hace, que no ofenderé a mi Gazul.

La reina dijo a Lindaraja:

—Todavía tiene esperanza Reduán de gozarte.

Respondió Lindaraja:

—Bien puede desistir de ese pensamiento, porque estoy muy fuera de él.

Dijo la reina:

—Pues en verdad que tiene buen talle, y es galán y discreto Reduán, y que cualquiera dama se puede tener por dichosa en ser suya.

—Así es, señora, Reduán merece mucho, y de no haber puesto mi afición en Gazul, es sin duda que ninguno sino él fuera señor de mí.

Con esto callaron, porque no advirtiesen las otras damas en lo que hablaban.

A esta sazón le dijo el rey a Reduán:

—Bien te acordarás que me diste palabra de ganar a Jaén en una noche: si lo cumples, como me lo prometiste, te daré doblado el sueldo de capitán; y si no lo cumplieres, me has de servir en una frontera, privado de la vista de tu dama. Por tanto apercíbete a la empresa, que yo iré en persona a la conquista, que estoy muy sentido de estos cristianos de Jaén, porque cada día nos corren la tierra, y talan la Vega; y pues ellos me vienen a buscar tantas veces, será bien que vaya yo a buscarles una, y que de esta se concluya con todos.

Reduán le respondió con rostro alegre, diciendo:

—Si algún tiempo di palabra de darte a Jaén ganada en una noche, de nuevo lo confirmo, con que me des mil soldados de los que yo señalare, que yo os cumpliré lo dicho.

El rey dijo:

—No digo mil soldados, sino cinco mil te daré, y aunque yo vaya, tú has de ser capitán de todos.

—Estimo mucho la honra que me hacéis —dijo Reduán—, y yo me holgaría de acertar a servirte como deseo. Tu Majestad señale la gente y día que hemos de partir, que desde luego estoy dispuesto y obediente a tu gusto.

—No espero menos de ti, y no perderás el servicio que me hicieres: los caballeros que irán contigo serán Abencerrajes, Zegríes, Gomeles, Mazas, Venegas, Maliques y Alabeces, que bien sabes el valor de todos, y sin estos irán los demás caballeros e hidalgos, pues yo voy a la jornada.

Diciendo esto entró un portero, y dijo al rey que pedían licencia una dama y dos moros forasteros para besarle las manos. El rey dijo que entrasen.

Luego entraron por la sala dos caballeros de buena gracia, marlotas y capellares, borceguíes y zapatos negros; enmedio de ambos venía una dama vestida de negro, tapado el rostro con un cabo del almaizar que no descubría más que dos luceros, y bien se echaba de ver por la hermosura de ellos, que debía de ser perfecto en todo.

Maravillado el rey de sus funestos trajes, les dijo:

—¿Qué es lo que queréis?

Haciendo gran reverencia al rey y a la reina, y a las damas que allí estaban, propuso el moro lo siguiente:

—Nuestro principal intento ha sido venir a besar tus reales manos y las de mi señora la reina, y a que conozcas estos tus siervos. Nosotros tres somos nietos de Almadán, alcaide que fue de Ronda, y ahora lo es nuestro padre; y como tuvimos noticias de las fiestas que en esta ciudad se hacían, por celebrar los casamientos que tu Majestad ha hecho en ella, acordamos de venir a verlas. La fortuna no quiso que las gozásemos, y fue la causa que el día de las fiestas, en un lugar de grandes espesuras que se dice el Soto de Roma, de improviso nos asaltaron cuatro caballeros cristianos, muy valerosos, y tanto, que aunque nosotros nos defendimos por amparar esta doncella, que es hermana nuestra, pudieron tanto, que de cuatro hermanos que éramos, nos mataron los dos, y nosotros con temor de la muerte huimos, y si no fuera por el valor de este caballero que está junto a vuestra Majestad, todos nos perdiéramos —y diciendo esto, señaló con el dedo al fuerte Reduán—: que venció con su valentía él solo a tres cristianos, y el otro huyó. Venimos a darle las gracias al vencedor caballero que estaba consolando a nuestra afligida hermana, y dio licencia a los vencidos cristianos para que fuesen libres, sin quitarles ningún despojo; benignidad de noble caballero nunca vista, que con quedar herido no quiso vengarse. Os certifico, señor, que si todos los caballeros de vuestra corte son como Reduán, podéis conquistar el mundo, porque vimos que de tres botes de lanza derribó tres cristianos mal heridos, y el otro huyó. Acordamos de venir a besar las manos de vuestra Majestad, y a pedir licencia para ir a contar a nuestros padres esta desdicha.

Con esto no dijo más el moro, mostrando mucha tristeza, y la misma mostró el otro hermano y la doncella.

Mucha admiración causó al rey la tragedia, y la ventura de ir Reduán por aquel sitio para remediar la dama; y volviéndose a Reduán le dijo:

—Grande era el amor que te tenía, y con esta hazaña le has acrisolado más, y desde hoy te encargo la alcaidía del castillo de Tíjola, que está junto a Purchena.

Todos los caballeros tuvieron a heroico hecho el que hizo Reduán, y le alababan mucho; lo cual lastimaba a Lindaraja, que estaba casi arrepentida por haber despreciado a Reduán.

El rey les dijo a los dos hermanos:

—Pues es vuestra voluntad de iros, id en buen hora, que licencia tenéis; pero antes que os vais querría ver el rostro de esa dama por mi gusto y de la reina; decidle se quite el rebozo, porque no será bien que dejemos de gozar de su vista, que yo bien entiendo que es peregrina a lo que se infiere por los hermosos ojos que tiene.

Los hermanos la dijeron que se descubriese; ella lo hizo así, y quitándose un prendero del almaizar, descubrió su rostro, que no menos que el de Diana era.

Así pareció a todos los de la sala real, como el sol que por la mañana sale esparciendo sus ardientes rayos: esto mismo hacía la hermosa Haja, pues los de su hermosura reverberaban en quien la miraba, y quedaban todos deslumbrados, matando con su vista a los caballeros de amor, y a las damas de envidia.

A todos admiró la hermosura de la bizarra Haja, y deseaban su amistad por gozar de su hermosura. La reina que asimismo estaba espantada de la beldad de Haja, le dijo al rey:

—Sírvase vuestra Alteza de que goce yo de esta dama.

—Vaya en buen hora —dijo el rey—, que bien sé que ha de haber más de cuatro damas envidiosas de las que hoy os sirven.

Llamaron a Haja, y haciendo mesura al rey y a los caballeros, pasó a besar la mano a la reina, y de rodillas en el suelo se la pidió. No quiso la reina dársela, antes la levantó, y la hizo sentar junto a sí.

A todas las damas causó admiración la perfección con que en todo dotó naturaleza a Haja; pues aunque estaban allí Daraja, Sarracina, Galiana, Fátima, Celima, Cobaida y otras muchas damas de excelente hermosura, ninguna como la de la hermosa Haja.

Reduán que no apartaba los ojos de su adorada Haja, estaba muy receloso, y con gran temor no se le trocase, y le quebrase la palabra dada.

La mora miraba de cuando en cuando a su amante Reduán, y si con lanza y adarga le había parecido bien, mucho mejor le parecía vestido con el traje de corte, y más tan galán como estaba; y extendiendo los ojos por todos los caballeros presentes, ninguno la pareció llegar a poder competir con su querido Reduán. Mostrábasele grave, alegre y risueña, que no fue poco contento para el moro.

El rey dijo a Reduán:

—Mucho me holgara de ver la escaramuza que tuvisteis con Gazul, porque sería de ver, siendo ambos tan valientes.

—Yo soy testigo de ella —dijo Muza—, porque no pudiéndolos persuadir a que no peleasen, estuve mirando la cruel y sangrienta escaramuza que entre un león y una onza no podía ser más violenta; y movido a compasión de que ambos no muriesen, porque no reconocí ventaja en ninguno, me puse enmedio, y cesó la escaramuza, quedando los dos con igual victoria.

—¿Qué les movió al desafío? —dijo el rey.

—Son cuentos largos —contestó Muza—; no hay para qué refrescar en la memoria cosas viejas, sino decir que está en la sala la causa de su enojo.

—Ya entiendo lo que puede ser —dijo el rey—: bien sé yo que Reduán no volverá a hacer escaramuza con Gazul sobre lo pasado en ninguna manera.

—Vuestra Majestad está en lo cierto —dijo Reduán—, porque estoy ya olvidado de todo aquello; pero a la sazón perdiera mil vidas por ella, si las tuviera, lo que ahora no me pusiera a perder una.

—Debe de haber algo nuevo, que no es posible menos —dijo el rey.

Diciendo esto, los dos caballeros, hermanos de Haja, se habían sentado junto a Mahandín Hamete, principal caballero y rico, del linaje de los Zegríes, el cual habiendo visto la hermosura de Haja estaba tan amartelado, que no apartaba los ojos de ella: afligíale tanto la causa amorosa, que no pudiéndola resistir les dio parte a sus hermanos, diciéndoles:

—Señores caballeros, ¿conoceisme?

—No, señor, sino para serviros —respondieron ellos—, que como forasteros no conocemos particularmente a los caballeros granadinos; pero estando en compañía de tan alto rey y en su real palacio, bien inferimos que debéis de ser de estirpe clara.

—Pues sabed, caballeros, que soy Zegrí, descendiente de los reyes de Córdoba, y en Granada valgo yo tanto, que se hace larga mención de mí y de los de mi linaje, y querría, si lo tuvieseis por bien, emparentaseis conmigo, dándome por mujer a vuestra hermana Haja, que me ha parecido tan bien, que me holgara ser vuestro cuñado y pariente; y a ley de moro hidalgo, que pudiera estar casado con una dama que era de lo más principal de Granada; mas no me he querido casar hasta ahora que he visto a vuestra hermana, de la cual estoy muy pagado.

Con esto cesó el Zegrí, aguardando su bien o su mal.

Los hermanos de Haja comunicaron entre ambos si convenía o no aquel casamiento, y al fin considerando el valor de los Zegríes, cuya fama era tan notoria, le dieron el sí, confiados en que su padre tendría por bien lo que ambos hiciesen.

El Zegrí muy alegre con el sí de los hermanos, se levantó, e hincándose de rodillas habló de esta suerte:

—Alto y poderoso rey, suplico a vuestra real majestad, que ya que se celebran casamientos, y por ellos hay fiestas, que se haga el mío para que goce de ellas, porque sabrá vuestra majestad que vencido de los amores de la hermosa Haja, la pedí en casamiento a sus dos hermanos, los cuales sabiendo quién soy, lo han tenido por bien, y me la han prometido por mujer; por lo que suplico a vuestra majestad sea servido de que nos desposen conforme a nuestros ritos, pues se ha ofrecido esta ocasión en tan buen tiempo.

El rey, mirando a la dama y a sus dos hermanos, admirado de tan repentino acuerdo, dijo que si era gusto de ellos y la dama quería, que él era contento.

Todos se admiraron del caso, y callaron hasta ver en qué paraba; pero Reduán ardiendo en enojo e ira, se levantó en pie y dijo:

—Señor, a este casamiento que pide el Zegrí no hay lugar, porque es mi esposa desde que la libré de los cristianos, y entre los dos nos hemos dado palabra de esposos, y hay también prendas que son confirmación de esto que digo: nadie como la dama puede decir lo que pasa; y no pretenda agraviarme ninguno, porque me lo pagará.

El Zegrí respondió alborotado que Haja no se podía casar sin licencia de su padre o hermanos, y que era suya, y la defendería hasta la muerte. Reduán que oyó la arrogancia del Zegrí, arremetió a él para herirle con muy encendida rabia. Los Zegríes acudieron a favorecer a su pariente, y los de Reduán, Muza y los Abencerrajes fueron a socorrerle.

El rey, viendo el escándalo que se empezaba, mandó pena de muerte a quien más hablase en el caso, que él determinaría lo que había de ser.

Con esto se aquietaron aguardando su determinación; y visto que ya estaban sosegados fue al estrado de la reina, y tomó de la mano a Haja, y puesto en medio de la sala la dijo que escogiese a Reduán o el Zegrí, o aquel que más gusto le diese.

La dama viendo que no podía dejar de obedecer el precepto de su rey, se puso confusa a considerar la palabra que habían dado sus hermanos al Zegrí, y por otra parte consideraba el mucho amor que tenía a su Reduán y él a ella, y el haberla librado del cautiverio, y los coloquios amorosos que entre los dos habían pasado, y a la fe y palabra que había dado de ser su esposa.

Considerándolo todo muy bien, se fue con el rey de la mano adonde estaban los caballeros juntos, y llegados, haciendo una reverencia al rey, le dio la mano a Reduán diciendo:

—Señor, este quiero por esposo.

El Zegrí quedó avergonzado de que él fuese el desechado; y no pudiendo sufrir el dolor se salió de palacio con intento de vengarse de Reduán, del cual se celebraron aquel día las bodas, y al siguiente hubo fiestas y zambra; y estando ocupados en estas fiestas, trajeron nuevas como mucha compañía de cristianos corrían y talaban la Vega, y así fue necesario dejar las fiestas por salir a ella para pelear con los cristianos.

El valeroso Muza, como capitán general, salió luego al campo acompañado de mil de a caballo y dos mil peones, y en topando el escuadrón de los cristianos trabaron muy sangrienta escaramuza, en la cual murieron muchos de ambas partes; mas siendo el poder de los moros mayor, por haber tres veces más gente que de los cristianos, quedaron vencedores, y ganaron dos banderas cristianas, y cautivaron muchos cristianos; aunque les costó cara esta victoria, porque murieron más de seiscientos moros. En este día hicieron los caballeros Abencerrajes y Alabeces grandes cosas en armas, y si no fuera por su valor no se venciera la escaramuza.

Volvió Muza victorioso a Granada, con lo cual se holgó el rey. También se señaló en este día Reduán, a quien el rey abrazó con muy grande amor, y por la victoria tornaron a hacer fiestas otros ocho días, y por los casamientos; las cuales pasadas determinó el rey salir a correr la tierra de los cristianos, porque lo deseaba, en particular a Jaén que era quien más daño le hacía; y dándole el cargo de capitán general al valiente Reduán, como está tratado y atrás habemos dicho, se partió de la ciudad de Granada.