CAPÍTULO XIII.

En que se da cuenta de lo que sucedió al rey Chico y a su gente yendo a entrar en Jaén, y la gran traición que los Zegríes y Gomeles levantaron a la reina mora y a los caballeros Abencerrajes, y muerte de ellos.

El último y postrero día de las fiestas el rey comió con todos los principales caballeros de su corte, y alzando las mesas habló a todos de aquesta manera:

—Bien sé, leales vasallos y amigos míos, que ya os será odiosa la vida pasada en tantas fiestas como habemos tenido, y que a voces os llama el fiero Marte, en lo que os habéis ocupado siempre. Ahora, pues, que Mahoma nos ha dejado ver las fiestas que le han hecho en nuestra insigne ciudad, y los casamientos que se han efectuado en ella, será justo que volvamos a la milicia contra los cristianos, pues que ellos nos vienen a buscar hasta nuestros muros; y para esto ya sabéis, mis buenos amigos, que los días pasados traje a la memoria a Reduán una palabra que me dio de ganarme a Jaén en una noche, y ahora lo confirmó de nuevo. Pidiome mil soldados, pero yo quiero que sean cinco mil, y que me la cumpla; y para esto doy a mi hermano Muza cargo de juntar la gente del número que he dicho, que son dos mil hombres de a caballo y tres mil peones, y que sean todos expertos en armas, y que Reduán vaya por general, y demos vista a Jaén, de quien tan grandes daños hemos recibido y cada día recibimos; y si ganásemos la ciudad de Jaén, no están seguras Úbeda, Baeza ni su redondez; y para esto quiero que me digáis vuestro parecer.

Con esto cesó el rey, aguardando respuesta de sus varones.

Reduán se levantó y dijo, que él cumpliría su palabra. Muza dijo que él daría en tres días puesta su gente en la Vega. Todos los demás caballeros que allí estaban dijeron que hasta la muerte le servirían con sus personas y hacienda. El rey agradeció mucho a todos su ofrecimiento.

Los hermanos de Haja, con licencia de su rey, se fueron a Ronda, donde fueron muy bien recibidos de sus padres, contentos con el casamiento de su hija con Reduán, y por otra parte con mucho pesar y tristeza por la muerte de sus dos hijos.

En este tiempo mandó el rey a Zulema Abencerraje que fuese a ser alcaide de la fuerza de Moclín, el cual se fue luego con su esposa y querida Daraja. El padre de Galiana se volvió a la ciudad de Almería, dejando a la hermosa Celima en compañía de su hermana Galiana. Otros muchos caballeros se fueron a sus alcaidías por mandado del rey, encargándoseles la guarda y custodia de ellas.

Muza levantó cinco mil hombres de a pie y de a caballo, toda gente muy belicosa, y en cuatro días los puso en la Vega; el rey mandó a Muza que se hiciese reseña de la gente dentro de la ciudad, y así se hizo.

Y visto por el rey la braveza y bizarría de la gente que había levantado Muza en tan breve tiempo, sin aguardar más quiso luego partirse, dando a Reduán el cargo de capitán general de su ejército; de lo cual se alegró Muza por la satisfacción que de Reduán tenía, e hizo cuenta que él iba por capitán en el ejército; y así salieron por la puerta Elvira con mucho concierto.

La gente de a caballo iba partida en cuatro partes con mucho orden, y cada una tenía su estandarte diferente.

La una parte tenía Muza, y en su compañía iban ciento y cincuenta caballeros Abencerrajes, y otros tantos Alabeces y Venegas; todos caballeros de mucho esfuerzo. Su estandarte era de damasco rojo y blanco, por divisa un salvaje en campo rojo, que desquijaraba un león, y en el campo blanco otro salvaje que con un bastón deshacía un mundo, y por letra: Todo es poco. Este bando de caballeros iba bien alistado de armas y caballos, y todos vestían marlotas de escarlata y grana.

La segunda cuadrilla era de Zegríes, Gomeles y Mazas: esta iba de batalla, no menos rica y pujante que la de Muza, la cual llevaba vanguardia. El estandarte de los Zegríes era de damasco verde y morado, y tenía por divisa una media luna de plata con esta letra: Muy presto se verá llena, sin que el sol pueda eclipsarla. Era esta cuadrilla de doscientos y ochenta caballeros, todos gallardos y bizarros, con aljubas y marlotas de paño tunecí, la mitad verde, y la otra mitad de grana.

La tercera cuadrilla llevaban los Aldoradines, caballeros muy principales; con estos iban Gazules y Azarques; su estandarte leonado y amarillo. Llevaban por divisa un dragón en campo verde, que con las uñas despedazaba una corona de oro, con una letra que decía: Jamás hubo resistencia. Esta cuadrilla iba muy gallarda, y aprestada de armas y caballos; serían todos ciento y cuarenta.

La cuarta cuadrilla era de Almoradís, Marines y Almohades, caballeros estimados: estos llevaban el real pendón de Granada, que era de damasco pajizo y encarnado, con muchas bordaduras de oro por un lado abiertas, y por la abertura parecían los granos rojos, que eran hechos de finos rubíes; del pezón de la granada salían dos ramos bordados de seda verde, con sus hojas, y una letra al pie que decía: Con la corona nací. En esta cuadrilla iba el rey Chico con mucha compañía de caballeros.

Eran muy de ver las galas, riquezas, penachos, adargas, lanzas, caballos, yeguas y pendoncillos de colores en las lanzas.

Pues si la caballería salió tan bizarra y vistosa, no menos gallarda y briosa salió la infantería, y muy bien armada, todos con arcos y ballestas.

Con esta pujanza salió el rey Chico de Granada, y tomó la vía de Jaén, mirándole todas las damas de Granada, y más la reina su madre, y su mujer la reina con todas las damas que estaban en su compañía, desde las torres de Alhambra.

Por esta jornada que hizo el rey Chico a Jaén se compuso aquel antiguo romance, que dice como se sigue:

«Reduán, bien te acuerdas,

que me diste la palabra,

que me darías a Jaén

en una noche ganada.

Reduán, si tú lo cumples,

darete paga doblada,

y si tú no lo cumplieres,

desterrarte he de Granada:

Echarte he en una frontera,

donde no goces tu dama.»

Reduán le respondiera

sin demudarse la cara:

«Si lo dije, no me acuerdo,

mas cumpliré mi palabra.»

Reduán pide mil hombres,

el rey cinco mil le daba.

Por esa puerta de Elvira

sale muy gran cabalgada:

¡cuánto del hidalgo moro,

cuánto de la yegua baya.

Cuánta de la lanza en puño,

cuánta de la adarga blanca,

cuánta de marlota verde,

cuánta aljuba de escarlata,

Cuánta pluma y gentileza,

cuánto capellar de grana,

cuánto bayo borceguí,

cuánto raso que se esmalta,

Cuánto de espuela de oro,

cuánta estribera de plata!

Toda es gente valerosa,

y experta para batalla.

En medio de todos ellos

va el rey Chico de Granada,

mirando las damas moras

de las torres del Alhambra.

La reina mora su madre

de esta manera le habla:

«Alá te guarde, mi hijo,

Mahoma vaya en tu guarda,

Y te vuelva de Jaén

libre, sano y con ventaja,

y te dé paz con tu tío,

señor de Guadix y Baza.»

No fue tan secreta esta salida de Granada, que en Jaén no tuviesen aviso de ella por las espías que tenía en aquella ciudad. Otros decían, que fueron avisados por unos cautivos cristianos que se huyeron de Granada. Otros dicen, que la dieron los Abencerrajes o Alabeces, y esto entiendo que es lo más cierto, porque estos caballeros eran muy amigos de los cristianos.

Sea como fuere, los de Jaén fueron avisados de la entrada de los moros en su tierra, y así ellos dieron aviso a Baeza, Úbeda, Cazorla y Quesada, y a los pueblos circunvecinos, los cuales se alistaron y apercibieron para resistir a los enemigos de Granada.

Estos llegaron a la puerta de Arenas, donde hallaron gran número de gente que defendía la entrada al enemigo; pero poco aprovechó la defensa, porque habiendo corrido los moros todo el campo de Arenas, entraron por su puerta a pesar de los que la guardaban, y corrieron todo el campo de la Guardia y Pegalajara, hasta Jordán y Belmar.

Los caballeros de Jaén salieron a los enemigos, porque fueron avisados que en la Puerta andaba el rebato. Salieron de Jaén cuatrocientos hijosdalgo bien armados; de Úbeda y Baeza otros tantos, y hechos todos un cuerpo de batalla, fueron en busca del enemigo que les corría la tierra, llevando por caudillo y capitán al obispo D. Gonzalo, varón de gran valor.

Juntáronse los dos campos de la otra parte del Riofrío, y aquí se acometieron, haciendo una brava escaramuza: mas era el valor de los cristianos tal y tan bueno, que les convino a los moros retirarse hasta la puerta de Arenas, de la cual habían roto una cadena que la atravesaba; y aquí fueran los moros vencidos, si no fuera por el valor de los caballeros Abencerrajes y Alabeces, que pelearon valerosamente; mas al fin hubo de quedar por los cristianos el campo.

Con todo eso los moros llevaron gran presa de ganados, así vacunos, como cabríos, de modo que no se señaló de ninguna parte haber demasiada ventaja.

El rey quedó admirado de ver la repentina prevención de los cristianos; y preguntando a unos cautivos que allí traían, cuál había sido la causa de haber juntado tanta gente en Jaén, le respondieron que habían sido avisados días había, y así estaba toda la tierra en arma; lo que fue bastante disculpa para Reduán sobre no cumplir la palabra dada al rey, que procuró inquirir y saber quién había dado el aviso.

Reduán muy bien sabía que Jaén no se podía ganar tan fácilmente; mas como era belicoso, tenía determinado de llegar a la ciudad y embestirla; y si no hubiera la poderosa resistencia que les hicieron, sin duda que la acometieran.

El rey y su ejército se volvieron a Granada, donde fueron recibidos con grande alegría y gozo, y se hizo en toda la ciudad mucha fiesta por el buen suceso.

Los de Jaén quedaron con grande triunfo por haber resistido a tanta morisma, y muerto a muchos de ellos.

El rey Chico venía fatigado del camino, y para aliviarse, ordenó de irse a una casa de placer, llamada los Alijares, y con él fueron los Zegríes y Gomeles: ningún caballero Abencerraje ni Gazul fueron con él, porque Muza los había llevado a un rebato causado de los cristianos que habían entrado en la Vega.

Estando un día el rey en los Alijares holgándose, y habiendo acabado de comer, comenzó a hablar de la jornada de Jaén y de los Abencerrajes; y cómo por ellos y por los Alabeces habían ganado grandes despojos.

Un caballero Zegrí, que era el que tenía el cargo de armar traición a la reina y a los Abencerrajes, dijo al rey:

—Si buenos son, señor, los caballeros Abencerrajes, mejores son los caballeros de Jaén, pues nos quitaron gran parte de la presa, y nos hicieron retirar por fuerza de armas.

Y era mucha verdad, que el esfuerzo y valor de la gente de Jaén fue muy grande, y aquel día quedó con nombre perpetuo, y fama para siempre; y en memoria de esta escaramuza se hizo el siguiente

ROMANCE.

Muy revuelto anda Jaén,

rebato tocan apriesa,

porque moros de Granada

les van corriendo la tierra.

Cuatrocientos hijosdalgo

se salen a la pelea;

otros tantos han salido

de Úbeda y de Baeza.

De Cazorla, y de Quesada,

también salen dos banderas;

todos son hidalgos de honra,

y enamorados de veras.

Todos van juramentados

de manos de sus doncellas,

de no volver a Jaén

sin dar moro por empresa;

Y el que linda dama tiene,

cuatro le promete en cuenta.

A la Guardia han llegado,

adonde el rebato suena,

Y junto del Río frío

gran batalla se comienza;

mas los moros eran muchos,

y hacen grande resistencia,

Porque los Abencerrajes

llevaban la delantera;

con ellos los Alabeces,

gente muy brava y fiera.

Mas los valientes cristianos

furiosamente pelean,

de modo que ya los moros

de la batalla se alejan;

Mas llevaron cabalgada,

que vale mucha moneda.

Con gloria quedó Jaén

de la pasada pelea.

Aqueste romance se compuso en memoria de esta escaramuza, aunque otros la contaron de otra suerte: de la una o de la otra, la historia es la que se ha contado.

El otro romance dice así:

Ya repican en Andújar,

en la Guardia dan rebato;

ya se salen de Jaén

cuatrocientos hijosdalgo:

Y de Úbeda y Baeza

se salían otros tantos;

todos son mancebos de honra,

y los más enamorados.

De manos de sus amigas

todos van juramentados

de no volver a Jaén

sin dar moro en aguilando;

y el que linda amiga tiene,

la promete tres, o cuatro.

Por capitán solo llevan

al obispo D. Gonzalo.

D. Pedro de Carvajal

de aquesta manera ha hablado.

«Adelante, caballeros,

que me llevan el ganado;

si de algún villano fuera,

ya le hubiérades quitado.

Alguno va entre nosotros

que se huelga de mi daño;

yo lo digo por aquel,

que lleva el roquete blanco.»

De esta suerte va este romance diciendo; pero este y el pasado contienen una cosa en sustancia; y aunque son viejos, es bien traerlos a la memoria, para que quien ignora el fundamento de la historia lo sepa. Sucedió esta escaramuza en tiempo del rey Chico de Granada, el año de mil cuatrocientos noventa y uno.

Volvamos al rey Chico de Granada, que estaba holgándose y descansando en los Alijares, como atrás queda ya dicho, cuando le dijo el caballero Zegrí, que los caballeros de Jaén eran de más valor que los Abencerrajes, pues a su pesar los habían hecho retirar.

A lo cual respondió el rey:

—Bien estoy con eso; pero si no fuera por el valor y resistencia de los valientes Abencerrajes y Alabeces, no tengo duda sino que fuéramos desbaratados; mas ellos pelearon de tal suerte que salimos a nuestro salvo, sin que nos quitasen la cabalgada del ganado que trajimos y de algunos cautivos.

—Oh cuán ciego está vuestra majestad —dijo el Zegrí—, y cómo vuelve por los que son traidores a la real corona; y es causa la mucha bondad y confianza que vuestra majestad tiene de este linaje de los Abencerrajes, sin saber la traición en que andan. Muchos caballeros hay que la han querido decir, y no se atreven ni han osado respecto del buen crédito y posesión en que vuestra majestad tiene a este linaje; mas aunque no quiera yo lastimar vuestro real pecho con tan afrentosa infamia, no puedo dejar de hacer lo que debo a leal vasallo, y dar aviso de la traición y alevosía que se comete contra mi rey y señor; y así digo, que no se fíe vuestra majestad de ningún Abencerraje, si no quiere verse desposeído del reino, y muerto violentamente.

El rey dijo:

—Di, amigo, lo que sabes; no me tengas confuso ni me lo celes ni encubras, que tu lealtad será bien pagada.

—No dejaré de obedecer a vuestra majestad, y para que se entienda la publicidad que hay en el delito, y cuán a rienda suelta se van en él, y qué poco temor tienen los Abencerrajes de vuestra real persona, y cuán seguros y de asiento, por el buen predicamento en que los tenéis, se están en su traición con la demasiada confianza que tienen de las mercedes que cada día se les hacen, y que en la tierra no ha de haber justicia contra ellos; asimismo para que se entienda que odio, rencor ni envidia, no me mueve a revelar a vuestra majestad lo que ignora para que lo remedie, sino que soy compelido de obligación y celo de la honra de mi rey, haga vuestra majestad llamar a Mahandín Gomel, y a mis sobrinos Mahomad y Alhamut, que saben bien la verdad de todo, y otros cuatro primos de Mahomad Gomel, del mismo linaje, que ellos presentes contaré el caso.

El rey los mandó llamar, y venidos hizo que saliesen de la sala real todos los caballeros, salvo el acusador y los testigos falsos.

Y estando todos juntos, empezó el Zegrí, mostrando en lo exterior gran pena, a decir estas palabras:

—Sabrá vuestra majestad, que todos los Abencerrajes están conjurados contra vos para quitaros vuestro reino y la vida; y este atrevimiento ha salido de ellos, porque trata lascivos y adúlteros amores con... ¡oh cielos, quién dirá esto, que el dolor no le acabe!... mi señora la reina el Abencerraje Albín Hamete, que es el más poderoso y rico de todos los caballeros de Granada. ¿Qué quiere vuestra majestad que diga, sino que gastan sus haciendas con todos, por tenerlos propicios para su intento? Y así generalmente el caballero, el pechero, el rico, el pobre, quieren bien a este linaje, porque los tienen embaucados. Bien se acordará vuestra majestad cuando en Generalife se hacía una zambra, que entró el maestre a pedir desafío, y salió Muza en la suerte; pues aquel día paseándonos por la huerta, yo y este caballero Gomel vimos en una calle de arrayanes, debajo de un rosal, en deshonestos deleites a la reina y al adúltero de Albín Hamete; y estaban tan embebecidos en sus actos libidinosos, que no nos sintieron con estar tan cerca. Yo se lo enseñé a Mahandín Gomel, y admirados del atrevimiento nos apartamos un poco para ver el fin; y a poco espacio salió la reina, y se fue hacia la fuente de los Laureles, y de allí adonde estaban sus damas. Pasado gran rato vimos salir al alevoso de Albín Hamete cogiendo rosas blancas y rojas, y de ellas hizo una guirnalda, y se la puso en la cabeza: nosotros nos llegamos con disimulación a él, y le preguntamos en qué se entretenía; a lo cual nos dijo: En ver esta deleitosa huerta, que tiene en qué se esparza la vista; y dionos dos rosas a cada uno, y nos venimos todos paseando hasta donde estaba vuestra majestad con los caballeros. Quisimos avisar entonces, y no osamos, por no alborotar la corte en caso de tanto peso. Esto pasa, no debo más a ley de caballero de decir lo que he visto y sabido: lo que siento es que estoy con pena y recelo, no se vea privar de la vida alevosamente a vuestra majestad. ¿Es posible que no se acuerde de aquel blasón que en el espolón de la galera traía el bando Abencerraje en el día del juego de sortija? Era un mundo hecho de cristal, y por letrero: Todo es poco; de suerte que todo el mundo es poco para ellos; y en el alfanje de la popa un salvaje desquijarando un león: este sois, señor, y ellos quienes os quitan la vida. Mirad por vuestra persona: muera el adúltero aleve, y con ellos la deshonesta reina, pues así ha afrentado vuestra real corona.

Sintió tanta pena en oír lo que el falso, aleve y traidor del Zegrí le decía, que creyéndole, se cayó amortecido en tierra por muy gran espacio de tiempo; y volviendo en sí, dio un doloroso suspiro diciendo:

—¡Oh Mahoma!, ¿en qué te ofendí? ¿Este es el pago que me das por los bienes y servicios que te he hecho; por los sacrificios que te tengo ofrecidos; por las mezquitas que te tengo hechas; por la copia de incienso que he quemado en tus altares? ¡Oh traidor, cómo me has engañado! No más traidores, vive Alá, que han de morir los Abencerrajes, y la adúltera reina ha de morir en el fuego. Vamos a la ciudad, préndase luego a la reina, que yo haré tal castigo que sea sabido por todo el mundo.

Uno de los traidores, que era Gomel, dijo:

—No será acertado prender a la reina, mi señora, porque se pone vuestra real persona en contingencias de perder la vida y alborotar la ciudad, y que tome las armas Albín Hamete con todos los de su linaje y bando, so color de defender a la reina; y esto les servirá de instrumento para conseguir el efecto de su intención, más siendo parciales de los Abencerrajes los Alabeces, Venegas y Gazules, que son toda la flor Granada. Pero lo que se puede hacer para ser vengado, sin alborotar la ciudad, es mandar que vengan a palacio uno a uno, y tener allí veinte caballeros de confianza que los vayan degollando; y siendo así hecho uno a uno, cuando el caso se venga a entender, ya no quedará ninguno de todos ellos; y cuando se venga a saber por todos sus amigos, y ellos quisieren hacer algo contra vuestra majestad, escarmentarán en cabeza ajena, siendo en vuestro favor los Zegríes, Gomeles y Mazas, que no son tan pocos, ni valen tan poco, que no os saquen a paz y a salvo de todo peligro; y esto hecho, mandar prender a la reina, acusándola de adúltera, y poner en tela de juicio el caso, siendo cuatro caballeros los acusadores de vuestra parte, y que la reina señale otros cuatro caballeros que la defiendan; y si estos por su buena suerte vencieren a los acusadores, que se libre la reina; y si los defensores de la reina fueren vencidos, que muera la reina conforme a la ley; y de esta forma todos los del linaje de la reina, que son los Almoradís, y Almohades y Marines, no se alterarán, viendo que va por vía de justicia, y sin altercar. Esto es lo que siento para que sea vuestra majestad vengado, y no se altere la ciudad.

—Buen consejo es —dijo el rey—, y de tan leales caballeros. Y decid, ¿quiénes serán los cuatro caballeros que pongan la acusación, y la sustenten en batalla contra los defensores que pusiere la reina?

—No cuide de eso vuestra majestad —dijo el Zegrí—, que yo seré el uno, y mi primo Mahandón el otro, y Mahandín el tercero, y su hermano Abenhamete el cuarto.

—Pues vámonos a la ciudad —dijo el fácil rey—, y se dará la orden que pide mi venganza.

¡Oh desdichada ciudad, y qué revuelta y cisma se te ordena por dar crédito el mal aconsejado rey a las sirenas que le cantaban al oído! Con esto se partieron a Granada, y en entrando en el Alhambra se fueron al palacio real, adonde la reina con sus damas le salieron a recibir; pero el rey no miró hacia la reina, sino pasó adelante sin detenerse, de que no poco se espantó la reina; y confusa se retiró a su aposento con sus damas, sin saber la causa del no usado desdén del rey, el cual pasó lo que restaba del día con sus caballeros hasta la noche, y luego cenó, y se fue a recoger, fingiendo estar indispuesto; y así todos los caballeros se fueron a sus casas.

Toda aquella noche estuvo vacilando en cien mil pensamientos el desventurado rey, y sin poder reposar, y entre la máquina de confusiones, decía: «¡Oh sin ventura Abdalí, rey de Granada, cuán cercana veo tu perdición y la de tu reino! Si matas a estos caballeros, gran mal se te ordena; y si no castigas estos yerros, quedas afrentado, y te valdría más la muerte. ¿Matarelos? Sí, que fue grande su atrevimiento en cometer tal adulterio en ofensa mía, y tratar de matarme por alzarse con el reino. Pero di, rey mal aconsejado, ¿no sabes cuán recatada y honesta mujer tienes? ¿No conoces la bondad y lealtad de los nobles Abencerrajes, y cuán sus mortales enemigos son los Zegríes, y que puede ser que por esta vía pretendan venganza de este virtuoso linaje? Verifica mejor la causa, ya que determinas la venganza; pero ¿qué más verificación que quien lo vio? No se atreverían a levantar tal testimonio, y más ponerse a sustentar en batalla lo que dicen: no hay duda, sino que es verdad.»

En estas variedades pasó toda la noche, y venida la mañana se levantó; y saliendo de su dormitorio, vio en la sala muchos Zegríes, Gomeles y Mazas.

Y a esta sazón entró un escudero, y le dijo al rey cómo había venido Muza de pelear con los cristianos, y traía ganadas dos banderas, y más treinta cabezas, con lo cual se holgó; y apartando al Zegrí le dijo que tuviese en aquel cuarto de los Leones treinta caballeros armados, y un verdugo prevenido de lo necesario para lo que estaba tratado.

Luego el traidor del Zegrí salió del real palacio y puso por obra lo que el rey le había mandado; y estando todos muy a punto, el rey fue avisado de ello, y se fue al cuarto de los Leones donde estaba el falso Zegrí con treinta caballeros Zegríes y Gomeles, muy bien aderezados, y con ellos un verdugo; y al punto mandó llamar al Abencerraje, su alguacil mayor. Fue un paje, y le dijo que el rey lo llamaba.

El Abencerraje fue a su real llamado; y así como entró en la cuadra de los Leones, le asieron, y sin que pudiese hacer resistencia, en una taza de alabastro muy grande en un instante fue degollado.

Asimismo llamaron a Albín Hamete, el cual decían haber adulterado; y de esta suerte fueron degollados treinta y seis caballeros Abencerrajes de los más principales de Granada, sin que nadie lo entendiese; y murieran todos, si Dios nuestro Señor no favoreciese la causa, para que no murieran tan abatidamente, por dar crédito a un falso traidor, y sin haber más averiguación; y es muy cierto que sus obras no lo merecían, porque eran muy caritativos, y amigos de los pobres, y de la verdad, y de los cristianos; y aun dijeron los que miraban degollar a los Abencerrajes, que llamaban a Cristo crucificado que les socorriese en aquel lance, para que no se condenasen, y que morían cristianos.

Pues para que este linaje no pereciese, ordenó Dios que un paje de un Abencerraje entró con su señor, y vio como le degollaron, y miró a todos los muertos que él conocía, y luego se retiró hacia la puerta con mucha disimulación; y al tiempo que abrieron para ir a llamar a otro, salió el paje muy temeroso, y llorando la muerte de su señor.

Se salió del Alhambra, y junto a la fuente vio a Malique Alabez con Abenámar y Sarracino, que iban a hablar al rey; y como los vio, se llegó lloroso, y temblando y encogido, les dijo:

—Ay, señores caballeros, por Alá santo que no paséis más adelante, si no queréis morir de mala muerte.

Alabez dijo:

—¿Cómo así?

Respondió el paje:

—Sabed, señor, que en el cuarto de los Leones hay muchos caballeros degollados, y todos de los Abencerrajes, y mi señor con ellos, que le vi degollar, porque entré con mi señor, que allá no fuéramos, y lo vi todo, y no repararon en mí, porque así lo permitió el santo Alá, y cuando tornaron a abrir la puerta falsa, me salí, y vengo sin mi señor, y aun sin mí, por lo que mis ojos han visto: por Mahoma que pongáis remedio en aquesto.

Muy admirados quedaron los tres caballeros, y mirándose unos a otros, no sabían si darían crédito o no a lo que el paje decía, y dijo Abenámar:

—Gran traición hay, si esto es verdad.

Dijo Sarracino:

—Pues ¿cómo sabremos si es cierto?

—Yo os lo diré —dijo Alabez—: quedaos, señores, aquí, y si viereis salir algún caballero Abencerraje, o de otro linaje, no le dejéis pasar adelante, sino entretenedle en tanto que voy a la casa real, y sabré lo que pasa, y volveré con brevedad.

—Alá os guarde —dijo Abenámar—, aquí aguardaremos.

Malique subió al Alhambra, y al entrar por la puerta vio venir un paje del rey muy apriesa, y díjole:

—Adónde con tal priesa.

Respondió el paje:

—A buscar un Abencerraje.

—¿Quién le llama? —dijo Malique.

—El rey mi señor —respondió el paje. Y si queréis hacer una buena obra, bajad a la ciudad, y avisad a todos los Abencerrajes que salgan de Granada, porque les conviene, si no quieren verse en el trance cruel que se ejecuta en el cuarto de los Leones, y quedaos en paz.

Estando cierto y satisfecho de lo que deseaba saber, se volvió Malique adonde había dejado a Sarracino y Abenámar, y les dijo:

—Amigos y señores, verdad es lo que ha dicho el paje; cierta es la traición y muerte que se ejecuta en los Abencerrajes: todo el suceso me ha contado un paje del rey, y me dijo que diese aviso a los Abencerrajes.

—¡Válgame Alá! —dijo Sarracino—: que me maten, si los Zegríes no andan en esta traición: vamos a la ciudad y demos aviso para que se ponga algún remedio.

—Vamos —dijo Abenámar—, que en esto no quiere haber descuidos.

Y diciendo así, se bajaron todos tres a la ciudad, y antes de llegar a la calle de los Gomeles, vieron al capitán Muza, y más de veinte caballeros Abencerrajes de los que habían ido a la Vega a pelear con los cristianos, que iban a dar cuenta al rey de aquella jornada.

Y Malique Alabez les dijo:

—Caballeros, poneos en cobro, si no queréis morir por traición: más de treinta de vuestro linaje ha mandado el rey matar.

Los Abencerrajes espantados no respondieron, pero el valeroso Muza dijo:

—Por la fe de caballero, que si hay traición, que andan en ella los Zegríes y Gomeles, porque ninguno salió al rebato, ni parecen por toda la ciudad; y sin duda que están en el Alhambra con el rey, y son culpantes en las inocentes muertes de estos nobles caballeros: vénganse todos conmigo, que yo pondré remedio conveniente.

Así se volvieron con el valiente Muza a la ciudad; y en llegando a la plaza nueva, como era capitán general, llamó a un añafil, le mandó que tocase a recoger a priesa, y él lo hizo; y oído el añafil, en un punto se juntaron muchos caballeros y soldados en casa de sus capitanes, y de allí vinieron a la plaza nueva, y se juntaron mucha gente de a pie, y también de a caballo; y aunque hubo muchos caballeros principales y de los mejores de Granada, no habían entrado entre ellos ningunos Zegríes, Gomeles ni Mazas, por donde se acabaron de satisfacer sobre que los Zegríes andaban en aquella traición.

Cuando Alabez vio esta gente junta, halló buena ocasión para saber la traición que se ejecutaba en los inocentes caballeros; y así puesto enmedio de todos, comenzó a decir en alta voz de aquesta manera:

—Caballeros, señores y amigos míos, y todos los que me oís, sabed que hay gran traición: el rey Chico ha mandado degollar a muchos de los caballeros Abencerrajes, y si no fuera la traición descubierta por orden del santo Alá, ya estuviéramos todos degollados. Alto a la venganza, no queramos rey tirano, que así mata a los caballeros que defienden su tierra.

No había acabado Alabez de decir estas palabras, cuando toda la gente plebeya comenzó a dar grandes voces y alaridos, apellidando toda la ciudad, y diciendo:

—Traición, traición, que el rey ha muerto a los Abencerrajes: muera el tirano, muera el tirano: no queremos rey traidor.

Esta voz comenzó a divulgarse por toda la ciudad con un furor diabólico; todos tomaron armas a muy gran priesa, y comenzaron a subir al Alhambra, y en breve espacio se juntaron más de catorce mil hombres de todas suertes y otros muchos caballeros; y más de doscientos Abencerrajes que habían quedado, y con ellos Gazules, Venegas, Almoradís, Almohades y Azarques, y todos los demás caballeros de Granada, los cuales decían a voces:

—Si esto se consiente, otro día matará otro linaje de los que quedan.

Era grande la vocería y rumor que había; gritos de los hombres, alaridos de las mujeres y llorar de niños.

Finalmente, estaba todo tan alborotado, que parecía quererse asolar la ciudad con armas, y anegarla en lágrimas, y todo se oía en el Alhambra; y recelando lo que era, el rey muy temeroso mandó cerrar las puertas, teniéndose por mal aconsejado en lo que había hecho, y espantado de que se hubiese descubierto tan presto aquel secreto.

Llegó, pues, el tropel y confusión de gente al Alhambra, dando alaridos y voces, diciendo:

—Muera el tirano, muera.

Y como vieron cerradas las puertas del Alhambra mandaron traer fuego para quemarlas, lo cual luego fue hecho, y por cuatro o seis partes fue puesto fuego con tanto ímpetu, que ya se empezaba a arder.

Y el rey Mulahacén, padre del rey Chico, como sintió tan grandísima revuelta y ruido, siendo ya bastantemente informado de lo que era, muy enojado contra el rey su hijo, y deseando le matasen, mandó abrir una puerta falsa del Alhambra, diciendo que él quería salir a apaciguar aquel alboroto; pero no bien fue abierta, cuando estaban más de mil hombres para entrar por ella; y como vieron al rey viejo le alzaron en peso y dijeron:

—Este es nuestro rey, y no otro: viva el rey Mulahacén.

Y dejándole con buena guardia, entraron por la puerta muchos caballeros Abencerrajes, Alabeces y Gazules con más de cien peones.

El rey mandó cerrasen la puerta falsa, y que defendiesen la entrada, porque no hubiese dentro del Alhambra más mal del que se esperaba ver; pero poco aprovechó esta diligencia, porque la gente que había entrado era bastante a destruir cien Alhambras, y andaba por las calles diciendo: «Muera el rey Chico y los demás traidores», y con este ímpetu entraron en la casa real, donde vieron solo a la reina y a sus damas casi muertas, no sabiendo la causa de tan grande alboroto; y preguntando dónde estaba el mal rey, no faltó quien les dijo que en el cuarto de los Leones.

Luego el tropel de la gente fue allá, y vieron las puertas con fuertes cerraduras; pero muy poco les sirvió su fortaleza, porque las hicieron pedazos, y entraron dentro a pesar de los Zegríes que allí había, que defendían la entrada; y entrando los caballeros Abencerrajes, Gazules y Alabeces, viendo la mortandad de los Abencerrajes que había en aquel patio, a quien el rey había mandado degollar, se ensañaron de tal suerte, que si cogieran al rey y a los traidores, no se satisfacieran con que murieran degollados, sino que les buscaran mil géneros de penas para mitigar la mucha que ellos tenían; y acometieron todos a más de quinientos Zegríes, Gomeles y Mazas que estaban allí en defensa del rey diciendo: «Mueran los traidores que tal traición han hecho y aconsejado»; y con ánimo furibundo dieron en ellos a cuchilladas.

Los Zegríes y los de su parte se defendían poderosamente, porque estaban bien alistados de armas, y apercibidos para aquel caso; mas poco les valió todo esto, que allí los hacían pedazos, porque en menos de una hora ya tenían muertos más de doscientos caballeros Zegríes, Gomeles y Mazas, y siguiendo su porfía iban matando e hiriendo más de ellos.

Allí era el ruido y vocería, allí acudía toda la gente que subía de la ciudad, y siempre diciendo: «Muera el tirano y los traidores.» Fue tal la destrucción que los Abencerrajes, Alabeces y Gazules hicieron, y tal la venganza, que de todos los Zegríes, Gomeles y Mazas que allí estaban, no se escapó ninguno con vida. El desdichado rey se escondió, que no pudo ser descubierto.

Esto hecho, los caballeros muertos los bajaron a la ciudad y los pusieron sobre paños negros en la plaza Nueva, para que toda la ciudad los viese, y se moviese a compasión viendo un tan doloroso y triste espectáculo, y la crueldad que con ellos se usó.

Toda la gente andaba por la Alhambra buscando al rey con tal alboroto, que parecía hundirse todas las casas y torres; y si tempestad y ruido había allí, no menos alboroto y llanto había en la ciudad.

Todo el pueblo en común lloraba a los muertos Abencerrajes. En particulares casas lloraban a los muertos Zegríes, Gomeles y Mazas, y a otros que murieron en esta refriega. Por este conflicto y alboroto desventurado se dijo este

ROMANCE.

En las torres del Alhambra

sonaba gran vocería,

y en la ciudad de Granada

grande llanto se hacía;

Porque sin razón el rey

hizo degollar un día

treinta y seis Abencerrajes,

nobles de grande valía,

A quien Zegríes y Gomeles

acusan de alevosía.

Granada los llora más,

con gran dolor que sentía,

Que en perder tales varones

es mucho lo que perdía:

hombres, mujeres y niños

lloran tan grande pérdida.

Lloraban todas las damas,

cuantas en Granada había;

por las calles y ventanas

mucho luto parecía.

No había dama principal

que luto no se ponía,

ni caballero ninguno

que de negro no vestía;

Si no fueron los Gomeles

donde la traición salía,

y con estos los Zegríes

que les hacen compañía.

Y si algún luto llevaban,

es por los que muerto habían

los Gazules y Alabeces

con gran valor y osadía

en el cuarto de los Leones,

por vengar la villanía.

Y si hallaran al rey Chico,

le privaran de la vida,

por consentir la maldad

que allí cometido habían.

Volviendo ahora al sangriento y pertinaz motín de la granadina gente contra el rey y sus valedores, es de saber, que el valeroso Muza como vio poner fuego al Alhambra, con gran presteza acudió a aplacar las furiosas llamas; y sabiendo que el rey Mulahacén su padre había mandado abrir la puerta falsa del Alhambra, luego se fue hacia ella acompañado de gran tropa de gente, y en llegando vio al rey Mulahacén acompañado de más de mil hombres que le guardaban, y a grandes voces decían:

—Viva el rey Mulahacén, al cual reconocemos por señor, y no al rey Chico, que a tan gran traición ha muerto la flor de los caballeros de Granada.

Muza dijo:

—Viva el rey Mulahacén, mi padre, que así lo quiere toda Granada.

Lo mismo dijeron todos los que iban con él; y diciendo esto entraron en el Alhambra y fueron a la casa real, y andándola toda no toparon al rey.

De aquí fueron al cuarto de los Leones, y vieron el estrago que habían hecho los Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes, Gomeles y Mazas; y Muza dijo:

—Si traición se hizo a los Abencerrajes, bien se han vengado, aunque la traición no tiene satisfacción.

Y pesándole de lo que había, salió de allí y se fue a la cámara de la reina, a la cual vio llorosa, acompañada de sus damas y de la hermosa Celima a quien Muza amaba tiernamente. La temerosa reina le preguntó a Muza:

—¿Qué vocería era aquella que sonaba en la ciudad y en el Alhambra?

—Cosas son del rey —dijo Muza—, que sin mirar más de su gusto, dio lugar y consintió una traición notable, ejecutada en los caballeros Abencerrajes, de quien siempre ha recibido muy grandes servicios, y en pago de ellos hoy ha muerto a treinta y seis dentro del cuarto de los Leones. Esto es lo que el rey mi hermano, vuestro marido, ha hecho, o permitido que se hiciese; por lo cual el reino tiene perdido, y él está, si parece, a punto de perderse, porque ya toda la gente de Granada, así caballeros como todos los demás estados, han recibido a mi padre el rey Mulahacén por rey y señor, y a esta causa anda el alboroto y motín que hay.

—Santo Alá —dijo la triste y afligida reina—, ¿que eso pase? ¡Ay de mí!

Y diciendo esto se cayó amortecida en los brazos de Galiana.

Todas las damas lloraban amargamente el caso doloroso que había sucedido, y lloraban a su triste reina puesta en tal calamidad.

La linda Haja y la hermosa Celima se hincaron a los pies de Muza, y como quien tanto le amaba le dijo de esta manera:

—Señor mío, no me levantaré de vuestros pies hasta que me deis palabra de hacer en este negocio tanto que quede apaciguado, y el rey vuestro hermano en su posesión como de antes; que aunque ha procurado mi amistad, no teniendo respeto a la vuestra, no se ha de formar venganza estando el enemigo caído, ni se ha de dar mal por mal, sino porque de hoy más tengo cuidado de no ofenderos en esto ni en otra cosa alguna; en lo que os pido recibiré de vos muy grande merced.

Fátima, que sabía el grande amor que los dos se tenían, le pidió a Muza que le concediese a Celima lo que le pedía, y que no tuviese a sus pies a la que merecía la corona del mundo.

Muza que estaba transformado en mirar el adorno y nobleza que naturaleza dio a Celima, no advirtiendo que la tenía a sus pies con la hermosa Haja, las levantó del suelo, dándolas palabra de apaciguar el vulgo, y de poner al rey su hermano en la posesión del reino; con lo cual obligó a su dama a que le amase con más extremo.

Las damas echaron agua en el rostro de la reina, y de este modo volvió en sí llorando, y Muza la consoló dándola buenas esperanzas; y se despidió de ella y sus damas, y fue adonde estaba su padre y le dijo:

—Mande vuestra alteza pena de muerte al que no dejare las armas, y no se sosegare.

Luego mandó el rey que se pregonase así en el Alhambra y por toda la ciudad, y Muza mandó a la gente de guerra que se aquietasen, y a todos los demás se lo rogó.

Mediante esto se apaciguó el pertinaz motín y rebelión, teniendo unos intento de obedecer a Mulahacén, y otros al rey Chico.

Para esto ayudaban a Muza todos los más principales de Granada, y los linajes desapasionados, que eran Alabeces, Bencerrajes, Laugetes, Azarques, Alarifes, Aldoradines, Almoradís, Almohades y otros muchos caballeros de Granada.

De esta suerte fue todo apaciguado, y Muza rogó a todos que no quitasen a su hermano la obediencia, sino que Granada volviese al estado en que antes estaba; que si malos consejos no dieran al rey, nunca él mandara hacer lo que se hizo.

Todos los caballeros dieron palabra a Muza de no quitar la obediencia a su hermano el rey; solo los Abencerrajes, Gazules, Alabeces y Almoradines, estos cuatro linajes poderosos, no quisieron estar en la obediencia del rey Chico, por lo que hizo contra los Abencerrajes en admitir el mal consejo del traidor Zegrí; y era así verdad, que por dar crédito de ligero el fácil rey aceleró el negocio; y si lo llevara por justicia, no se le siguiera la perdición que le vino a él y a la ciudad.

Por esta traición se hizo el romance siguiente:

Caballeros granadinos,

aunque moros hijosdalgo,

con envidiosos intentos

al rey Chico van hablando;

gran traición se va ordenando.

Diz que los Abencerrajes,

linaje noble afamado,

pretenden matar al rey,

y quitarle su reinado;

gran traición se va ordenando.

Y para emprender tal hecho,

tienen favor muy sobrado

de hombres, niños y mujeres,

todo el granadino estado;

gran traición se va ordenando.

Y a su reina tan querida

de traición la han acusado,

que en Albín Abencerraje

tienen puesto su cuidado;

gran traición se va ordenando.

De esta suerte va declarando el romance la historia que se ha contado, y la traición; mas porque me aguardan otras cosas importantes no se acaba.

Volviendo a Muza, que con gran diligencia procuraba aplacar los airados pechos de los más principales caballeros y demás gente para que volviesen a dar la obediencia al rey Chico, como antes estaba, atrajo muchos a su voluntad, salvo los cuatro linajes que hemos dicho, y algunos más caballeros que no quisieron estar en la obediencia del rey Chico, sino a la del rey Mulahacén; y así siempre hubo allí muchas diferencias entre los dos reyes, padre e hijo, hasta que se perdió Granada.

Y la causa porque los Gazules, Alabeces, y Aldoradines no quisieron ser de la parte del rey Chico, aunque Muza hizo las diligencias posibles, fue el que ya tenían tratado entre ellos de volverse cristianos, y pasarse con el rey D. Fernando, como adelante se dirá.

Pues como viese Muza la mayor parte de la ciudad reducida a su voluntad para que volviese su hermano a ser obedecido, y al gobierno de su reino, procuró saber adónde estaba; y supo cómo se había retirado al cerro del Sol, que hoy llaman de Santa Elena, en una mezquita que estaba allí, huyendo de la voz que oyó cuando decían todos: Muera el tirano y los traidores; y visto este estrago, que hacían los Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes y Gomeles, se salió por una puerta falsa maldiciendo su ventura y el día de su nacimiento, quejándose del Zegrí que le había aconsejado cometer tal traición contra tan leales caballeros.

Los Zegríes y Gomeles le consolaban, diciéndole que no se fatigase, que mil Zegríes y Gomeles tenía de su parte, los cuales morirían en su defensa, y que el consejo no había sido malo, sino importante, si no se descubriera tan presto.

Y en esto vieron venir a Muza en un caballo, y fueron a dar aviso al rey; el cual temeroso preguntó, si venía de paz, o de guerra.

—De paz viene —respondió un Zegrí— y solo, y debe de querer hablarte.

—Alá se sirva que sea por bien —dijo el rey—; porque se temía de Muza, a causa de Celima.

En esto llegó Muza, y preguntando si estaba allí el rey su hermano, le fue dicho que sí; y apeándose del caballo entró en la mezquita, donde vio al rey acompañado de Zegríes y Gomeles; y haciéndole el acatamiento que de antes solía, le dijo así:

—No careces de culpa, permitiendo una maldad y traición tan grande como la que se ha usado con el más noble y leal linaje de todo el reino. Y mirad lo que se ha seguido de su muerte; alboroto de toda la ciudad, muerte de muchos, pérdida de tu reino; y lo fuera de tu vida, si no te hubieras retirado aquí. Los reyes que han de gobernar en paz, sosiego y tranquilidad a sus vasallos, ¿son esos los alborotadores, y privadores de la paz? Merecido y justo castigo es, que sean desposeídos de sus reinos, y aun de las vidas. Si a caballeros leales que sirven bien das tal pago, ¿quién esperas que te sirva? Si se te había ofendido, que no creo tal, siguieras la causa por justicia, y no con violencia. ¿Qué demonio te insistió a hacer tal matanza? ¿Qué causa te movió?

—Hermano —dijo el rey—, ya que me has preguntado la causa de mi determinada ira, yo te la diré en presencia de los oyentes: Sabrás, que los caballeros Abencerrajes tenían determinado matarme, y alzarse con el reino; y sin esto Albín Hamete Abencerraje adulteraba con la reina mi mujer, pues de todo tengo bastante y probada verificación: ¿parécete que aceleré en el caso?

Admirado Muza, le respondió:

—No tengo yo a la reina en tal opinión, ni lo creo, ni tengo a los Abencerrajes por caballeros que tal traición ordenaran, porque son ejemplo de lealtad.

—Pues si no lo crees —dijo el rey—, pregúntalo a Hamete Zegrí, y a Mahandín y a Mahandón que están presentes, que ellos te dirán como testigos de vista.

Y los falsos refirieron a Muza lo que al rey habían dicho, lo cual no creyó, porque conocía que la reina era muy honesta y virtuosa, y así les dijo:

—Yo no puedo persuadirme a que eso sea así, ni creo que habrá caballero que lo sustente, porque es cierto que ha de quedar por infame y fementido.

—Pues nosotros, dijo Mahandón, lo sustentaremos contra cualesquier caballeros que lo quisieren contradecir.

Y enojado Muza, dijo:

—Pues aunque no sea sino por honra de mi hermano el rey, se ha de seguir por justicia esta causa y la de los Abencerrajes, pues os preferís a sustentar con las armas la acusación que ponéis; y mirad cuán seguro estoy de la casta reina, que sé que habéis de morir, o quedar desmentidos; y si me fuera lícito, yo solo había de defender la inocente reina y a los nobles Abencerrajes, porque clara y manifiestamente se parece ser mentira causada de envidia; pero impídelo la paz que ando buscando.

Los Zegríes comenzaron a alborotarse, diciendo que ellos eran caballeros y lo que habían dicho lo sustentarían en campo armados a los cuatro caballeros.

—Eso se verá presto —dijo Muza; y díjole al rey—: Vamos al Alhambra, que ya todo está apaciguado: solo quedan cuatro linajes de caballeros que no os quieren dar obediencia, sino a nuestro padre: pasen algunos días, que yo los compondré. Y vosotros, Zegríes y Gomeles, advertid, que si por vuestro consejo murieron degollados treinta y seis caballeros Abencerrajes, de vuestros linajes hay más de cuatrocientos caballeros muertos; mirad si ha sido granjería la que habéis hecho. Id al Alhambra, y mandad que los saquen del cuarto de los Leones, y dadles sepultura, que así han hecho los Abencerrajes a todos sus deudos, muertos sin culpa.

Con esto salió Muza de la mezquita, y el rey Chico con él, fiado de su palabra, y le dijo:

—Muza, ¿quién te dio aviso de que estaba yo aquí?

—Quien te vio venir —dijo Muza.

Diciendo esto, se bajaron todos del cerro, y se entraron en el Alhambra.

Los Zegríes llevaron los cuerpos muertos a sus casas, y los fueron acompañando, y Muza con ellos, por evitar algún escándalo; y en todo aquel día no se oía en toda Granada otra cosa sino llantos y gemidos muy tristes.

El rey se retiró a su cuarto con muy buena guarda, y mandó que no dejasen entrar a nadie en todo aquel día; lo cual se cumplió todo así, que ni aun a la misma reina dejaron entrar, y muy confusa se volvió a su retrete, no sabiendo la causa de tan grande encerramiento, pues le había enviado a decir Muza que no tuviese pena, que el rey volvería a su silla.