CAPÍTULO XIV.

En que se da cuenta cómo los traidores pusieron acusación a la reina y a los Abencerrajes, y cómo la reina fue presa por ellos, y dio cuatro caballeros que la defendiesen, y de lo demás que sucedió.

Los muertos ya enterrados de la una parte y de la otra, y habiendo cesado los llantos por ellos hechos, y reducida la parte mayor de los caballeros de Granada a la obediencia del rey Chico, por orden del valeroso capitán Muza, habiéndose pasado aquel día tan memorable para Granada, luego el día siguiente dio orden que fuesen a hablar al rey; y así se juntaron todos los más principales, y le fueron a ver, aunque contra su voluntad, solo por hacer placer al valiente Muza; y en entrando en su real sala, se fueron sentando por su orden, como antes solían, aguardando que el rey saliese de su aposento: el cual como supo que estaba allí Muza y los demás caballeros, salió vestido de negro mostrando tristeza en el rostro, y sentado en la silla real, mirando a todos, les dijo:

—Muy leales y verdaderos vasallos, amigos míos, bien sé que habéis estado muy enojados conmigo, y con deliberación de quitarme el reino y la vida por lo que hubo en el cuarto de los Leones, no sabiendo vosotros el fundamento y justa causa que a ello me movía, y sin escandalizaros; pero a veces la cólera ciega la razón de modo, que no da lugar a la consideración con el deseo de la venganza. Alá os guarde de rey injuriado, que no aguarda dilación su agravio. Y para satisfacción de mi poca culpa, y muy sobrada justicia, pedida y demandada de mi crecido agravio, habéis de saber, oh nobles granadinos, que los famosos Abencerrajes, de cuya fama el mundo está lleno, habían conspirado y hecho conjuración para privarme del reino y de la vida, y de todo esto tengo fulminado proceso con información bastante, por donde son dignos de muerte, y más. Albín Hamete, Abencerraje, violó mi honra con mancha de adúltero, tratando con la reina Sultana, mi mujer, de deshonestos y secretos amores, aunque no lo fueron tanto, que con facilidad fueron descubiertos; y en esta sala hay caballeros testigos de vista que lo dirán y sustentarán, y a esta causa se ejecutó ayer lo que visteis, queriendo por mi mano tomar venganza de tan enorme injuria y deshonra; y si no se descubriera tan presto mi intento, no hay duda, sino que no fuera ya vivo ningún Abencerraje; mas mi mala suerte ordenó que se descubriera. De lo pasado me pesa solo por el alboroto de la ciudad, y por haber muertes de nobles y leales caballeros a manos de los Abencerrajes vivos y de los Gazules, y la sangre de los Zegríes y Gomeles vertida por mi causa pide justísima venganza, la cual prometo hacer por Mahoma. Y ahora doy por sentencia que los Abencerrajes que son culpados en esto, por tener atrevimiento de entrar con mano armada en mi casa real, sean desterrados de Granada, y dados por traidores, y sus bienes confiscados a mi real Cámara, para que de ellos haga mi voluntad; y los que no son tan culpados y los ausentes, así alcaides, como los que no lo son, que se queden en Granada privados de mi real servicio. Y si tuvieren hijos varones, los envíen a criar fuera de la ciudad; y si fueren hijas, que las casen fuera del reino; y esto mando que se publique por toda Granada. Y en lo que toca a la reina Sultana, mi mujer, mando que los caballeros que han de poner la acusación la pongan luego; y puesta, sea presa, hasta que se vea su justicia conforme a derecho, que no es justo que un rey como yo viva afrentado. Estas dos cosas fueron la causa, buenos caballeros y leales vasallos, del alboroto de ayer: ahora considere cada uno la causa por suya, y juzgue lo que haría, y verá cómo no se satisface mi agravio, y respóndame.

Dichas estas palabras por el rey todos los caballeros que estaban allí juntos se miraban los unos a los otros, y admirados de todo aquello que el rey les había dicho, no sabían qué responderle, porque ninguno de los que vinieron con Muza a dar la obediencia al rey, no dio crédito a cosa ni parte de lo que tocaba a los Abencerrajes, como ni a lo de la reina, y luego entendieron ser traición; y así los caballeros Almoradís, Almohades, y otros que eran parientes de la reina Sultana, hicieron entre ellos gran movimiento y comunicación, y al cabo de una pieza que el rey aguardaba respuesta, se levantó un caballero Almoradí, tío de la reina, y respondió, diciendo:

—Atentos hemos estado, rey Abdalí, a tus razones, con las cuales no menos pesadumbre y alboroto que ayer se espera; porque en lo que has hablado manifiestamente parece ser averiguada traición, así en lo que toca a los caballeros Abencerrajes, como en lo de la reina; porque los Abencerrajes son nobles, y en ellos no puede caber traición, ni tal de ellos se puede presumir; porque de su bondad y nobleza siempre han dado verdadero testimonio sus obras, por las cuales tú y tu reino habéis resplandecido; y si ahora los mandas desterrar, tu reino de hoy en más lo puedes dar por ninguno, y al tiempo pongo por testigo; cuanto y más, que aunque tú los destierres, si ellos con su gusto y voluntad no se quieren salir de Granada, no los puedes tú hacer fuerza, atento que no eres rey supremo por ser vivo tu padre, el cual estima mucho a este linaje. Si no me crees, mira tu palacio, y verás como en faltando todos los Alabeces, Gazules, Aldoradines y Venegas, parece estar solo y sin acompañamiento ninguno, y te has de ver sin todos estos y otros muchos, por ser amigos de los Abencerrajes, pues la plebe ya bien sabes el amor que les tiene; y sé de cierto, que si el amor de ellos levantara bandera contra ti, te echaran del reino en que estás; pero son leales, y antes morirán que tal hagan. Repórtate, rey mal aconsejado, y no te ciegue la cólera; y en lo que dices de la reina que ha sido adúltera, es falso; es matrona ilustre y honesta, y se debe tener y estimar en mucho; y si contra ella te mueves o alteras, los Almoradís, Almohades y sus parciales te hemos de quitar la obediencia, y hemos de darla a tu padre; y cualquiera que pusiere falta o dolo en la reina Sultana, miente y es un villano, y yo lo probaré donde quisiere.

El traidor Zegrí, Mahandín Gomel, Mahandón y Abenhamete con saña se levantaron y dijeron que lo que ellos decían era verdad, y quien lo contradecía, mentiría.

Los Almoradís se alzaron poniendo mano a las armas; todos los Zegríes y Gomeles hicieron lo mismo, y con gran enojo se fueron los unos a los otros, moviendo mucho escándalo y alboroto en el palacio real; mas los caballeros Azarques y Alarifes, Muza, Sarracino, Reduán y el mismo rey, obraron tanto, que no los dejaron juntar, antes los aquietaron e hicieron sentar; y estando sosegados dijo estas razones Muza:

—Señores caballeros, yo querría que se pusiese la acusación a la reina, y que por ella sea presa, pues confío en Alá que su inocencia ha de ser verdugo de los acusadores falsos, y han de morir o retractarse de lo dicho, de donde se seguirá mayor lauro y corona de honor a la inocente reina y a todos los de su linaje; para lo cual salga aquí la reina, responda por sí, y dé y señale caballeros que la defiendan.

A todos pareció bien lo que Muza dijo, y así fue llamada la reina Sultana, la cual fue acompañada de sus damas, y los caballeros se levantaron y la hicieron grande acatamiento, salvo los traidores; y antes que la reina se sentase en su estrado le dijo Muza:

—Hermosa Sultana, hija del famoso Moraicel, y de nación Almoradí por descendencia del padre, y Almohades por la madre, descendientes de los reyes de Marruecos: sabrás, reina de Granada, por tu daño, como en esta sala hay caballeros que pongan dolo en tu castidad, diciendo que no has guardado las leyes conyugales, como era razón, a tu marido el rey; antes dicen que has adulterado y hecho traición con Albín Hamete, Abencerraje; por lo cual ayer fue degollado con los demás Abencerrajes que murieron. Si esto es así, lo cual todos nosotros no creemos, porque tenemos entera satisfacción de tu bondad, virtud y castidad, has incurrido en pena de muerte de fuego; por tanto da razón de ti, para que no haya más escándalo del que por tu causa ha habido; y si no le das cual conviene a tu honor y al de tu marido, morirás quemada conforme a nuestras leyes: yo te lo he dicho, no por ofenderte, sino para que repares con tiempo la defensa y lo que te conviene, que por mi parte seré en tu favor y en todo lo que pudiere, como lo verás.

Con esto calló Muza, y se sentó, aguardando que la reina respondiese. La cual como oyó lo que Muza le había dicho, miró a todos los caballeros de la sala; y como los vio callar, tuvo por verdad lo que al pronto había escuchado por donaire y juego; y reparándose un poco, sin mudarse la color de su hermoso rostro, ni hacer mudanza mujeril, respondió de esta suerte:

—Cualquiera que en mi honestidad pura, limpia y casta pusiere alguna falta, miente, y no es caballero, sino villano, vil y de bajos pensamientos, mestizo, infame y mal nacido, indigno de entrar en el real palacio; y sea quien fuere, póngase aquí en mi misma presencia la acusación que contra mí se ha hecho, que no temo pena ninguna, porque mi inocencia me asegura, y mi castidad y limpieza me hacen libre: jamás con pensamiento ni obra hice ofensa al rey mi marido, ni la pienso hacer en tanto que mi marido fuere, ni después; ora sea por separación de muerte, o por repudiación de su parte hecha. Mas estas cosas y otras tales no pueden salir sino de moros, de quien no salen sino maldades y novedades, como de hombres de poca fe y mal inclinados. Benditos sean los cristianos reyes y quien los sirve, que nunca entre ellos hay semejantes maldades, y la causa es estar fundados en buena ley. Pero una cosa sé decir, que confío en el santísimo Alá que ha de volver por mi casta limpieza, y descubrir la verdad; y hago promesa de que si Alá se sirve de dar victoria a mis defensores, como lo espero en él que se la dará, viéndome libre de este testimonio, de no volverme a juntar con el rey en poblado ni fuera.

Diciendo esto comenzó a llorar, y con ella todas sus damas; de tal manera, que a todos los caballeros que la oían movía a muy grande compasión y lástima.

Lindaraja se hincó de rodillas delante de la reina, y pidió licencia para partirse a Sanlúcar a casa de un hermano de su padre, pues por mandado del rey habían muerto sin culpa a su querido padre, y pues desterraron a los Abencerrajes, que ella se quería desterrar, por no ver las tiranías y crueldades que cada día se hacían, y más el testimonio que a su alteza se levantaba; que no diese lugar que ella presenciara a aquellos dolores tan acerbos; y que cuando la honra de la reina padecía, no estaba segura la de sus damas, dueñas y doncellas.

La reina la abrazó llorando, y quitándose del cuello la cadena que el maestre la dio el día de la sortija, dijo:

—Toma, amiga, yo quisiera galardonar tus servicios fieles y leales, pero ya, por mi desdicha, no soy señora de bienes, sino de males: dichosa tú, y yo sin ventura. Vete en paz, y vive en ella, que ausente de la corte yo sé que la tendrás.

Y diciendo esto la apretó entre sus brazos, regándola su hermoso rostro con lágrimas, las cuales Lindaraja derramaba de sus ojos en abundancia. Aquí se aumentó el llanto de todas las damas, porque las iba abrazando y despidiéndose de todas.

Estaban los circunstantes tan lastimados de la dolorosa despedida de la reina y de Lindaraja, que no dejaban de ayudar con lágrimas; y no pudiendo sufrir aquel dolor, todos los Almoradís y Almohades, y otros de su parcialidad, se salieron llorando de la sala diciendo:

—Abdalí rey, abre los ojos y mira lo que haces, y tennos por tus enemigos de aquí adelante.

Lindaraja despidiéndose del rey se salió de palacio, y acompañada de su madre y de algunos caballeros se bajó a la ciudad, y al otro día se partió para Sanlúcar, y Gazul en su compañía, que era el que la servía, como ya se ha dicho, y adelante se tratará de ellos más largamente.

Ahora vayan su camino, y volvamos a tratar del rey, y de la acusación de la triste reina Sultana, la cual lloraba muy dolorosamente su deshonra, y con ella sus doncellas.

El rey mandó al traidor Zegrí que pusiese la acusación, y él se levantó y dijo:

—Por la honra de mi rey, y volviendo por ella, como debo, digo que la reina Sultana es adúltera, y que yo y Mahandín la vimos en Generalife, debajo de un rosal, que está junto a la fuente grande, estar en lascivas concupiscencias con Albín Hamete, Abencerraje; lo cual sustentaremos los cuatro a otros cuatro que señale la reina en su defensa.

A esto respondió la reina:

—Mientes, como traidor infame, falso, tú y todos vosotros; yo fío en el poderoso Alá que ha de descubrir la verdad, y os ha de costar muy caro.

El rey dijo:

—Sultana, dentro de treinta días habéis de dar caballeros que os defiendan; donde no, se procederá contra vos conforme a la ley.

Sarracino no pudiendo sufrir más aquella lástima, dijo:

—Yo me ofrezco a la defensa de la reina, aunque no haya más caballeros que quieran volver por su honor.

Reduán dijo:

—Yo seré el segundo, y serviré de tercero y cuarto.

Muza dijo:

—Pues yo ayudaré también, y no faltará otro caballero que ayude, porque se haga la batalla cuatro a cuatro; y mire la reina si nos quiere admitir, que como caballeros juramos de hacer el deber.

La reina respondió:

—Muchas mercedes, señores caballeros, por la que me hacéis tan señalada; yo veré lo que me importa, pues tengo término suficiente, aunque sé que en hacer tales caballeros la batalla, mis enemigos serían vencidos, y mi honra satisfecha.

El rey mandó que estuviese presa en la torre de Comares, y en su compañía Galiana y Celima para que la sirviesen. Luego Muza y otros caballeros llevaron a la desdichada e infeliz reina presa, y la pusieron en un aposento, y a la puerta doce caballeros de guarda, con orden que si no es a Muza, otro no pudiese entrar a hablar con ella. Esto hecho se despidieron del rey todos los caballeros, por lo que había pasado.

Las damas de la reina se fueron todas: las doncellas en casa de sus padres, y las casadas a sus casas con sus maridos. Reduán se llevó a su querida Haja; Abenámar a Fátima, que estaba muy triste por lo que sus parientes habían hecho. Todas las demás damas se fueron, quedando desierto el cuarto de la reina.

Quedaron con el rey Zegríes, Gomeles y Mazas, por acompañarle, y a muchos pesaba de lo que habían empezado a hacer, porque imaginaban que no podían tener buen fin todas aquellas traiciones.

Luego se pregonó que dentro de tres días saliesen los Abencerrajes desterrados, so pena de las vidas.

Los Abencerrajes pidieron dos meses de término, porque querían salir del reino; y fueles concedido a instancias de Muza, porque entre él y ellos se trató lo que adelante se dirá.

Este pregón se divulgó por toda la ciudad, y sintieron tanto los moradores de ella el agravio que a los Abencerrajes se hacía, que si quisieran ellos levantar bandera contra el rey Chico, los ayudaran con sus personas y haciendas, porque en extremo eran amados de toda la ciudad, y tenidos en lugar de padres y amparadores de todos.

Este pregón lo oyó una hermana del rey Chico, llamada Moraina, la cual era mujer de Albín Hamete, Abencerraje; y llena de enojo por haberle muerto a su marido sin culpa, y de temor por haberle quedado dos niños, uno de cinco años y otro de tres, vestidos ambos de luto y ella también, fueron al Alhambra y en su compañía cuatro caballeros Venegas, y entraron en la sala del rey para hablarle.

Los guardas conociendo a Moraina, la dejaron entrar en el aposento del rey, su hermano, al cual halló solo; y haciéndole mesura, le dijo:

—¿Qué es esto, rey? Rey te digo, y no hermano, aunque es nombre de más piedad; mas porque no entiendas que soy de los conjurados contra ti, como tú mismo dices, te llamo rey. Pues dime, ¿qué clima es este que nos sigue tan cruel? ¿Qué hado tan rigoroso y sangriento es este? ¿Qué estrella tan caliginosa y mortífera corre predominando y causando tantas desventuras? ¿Qué cometa llena de fuego es este, que así abrasa y eclipsa el claro linaje de los Abencerrajes? ¿En qué te han ofendido, que así totalmente los quieres destruir? ¿No te ha mitigado haber degollado la mitad del linaje, sino que ahora mandes desterrar a los que han quedado? Y ya que así es, ¿qué razón hay para que los hijos inocentes de los padres se hayan de dar a criar fuera de la ciudad, y a las hijas casarlas fuera del reino? ¡Pregón duro! ¡Sentencia cruel! ¡Mandato acerbo! ¿Dime de qué sirven estas tiranías, rey inclemente? Y yo triste, desconsolada y viuda, hermana tuya por mi mal, ¿qué haré con estos dos niños, retrato de aquel caballero Albín Hamete, mandado por ti degollar sin culpa? ¿No bastó la muerte inocente de su inculpable padre, sino desterrar los huérfanos hijos? ¿A quién los encomendaré fuera del reino que los críe? Si a ellos destierras, yo he de ir también por su madre. ¡A tu sangre maltratas! Por Alá santo te ruego, que te reportes; mira que estás mal aconsejado; no pase adelante tu crueldad injusta, que es en los reyes grande imperfección ser crueles, y más donde no hay culpa, sino interés y envidia.

Con esto cesó la bella Moraina, no dejando de llorar, y dando dolorosos suspiros de lo más íntimo de su alma.

Todo lo cual no fue bastante a ablandar el diamantino corazón del rey, antes encendido en infernal cólera, los ojos encarnizados contra su hermana, la dijo:

—Di, Moraina infame, sin conocimiento de la real sangre, ¿tan poco valor en ti se encierra? ¿Eso me dices? ¿Di, no consideras la mancha que puso en mi honra tu desleal marido? Si tú tuvieras una gota de mi real sangre, sintieras mi agravio, y esa gota dando el pecho a tus hijos, les fuera veneno mortífero; y si este efecto hiciera, diría que eras mi hermana; pero no creo que lo eres, pues no sientes lo que yo. Mejor hubieras hecho en haber quemado esas dos ramas infames, salidas de aquel aleve tronco, causador de mi afrenta; y pues tan poco miramiento has tenido, y no has hecho oficio de hermana, yo haré lo que tú no hiciste.

Y diciendo esto asió al niño mayor, y alzándole en peso, le puso debajo del brazo izquierdo, y echando mano a la daga se la metió por la garganta, que no pudo defenderle la desdichada madre; y dejando muerto al inocente niño, a pesar de su triste madre, tomó al otro, y le degolló, dejando segadas las manos a la sin ventura Moraina por quitarle a su tierno niño.

Y habiéndolos muerto, dijo el sanguinolento rey:

—Acábese de raíz esta traidora casta de Albín Hamete.

Vista la crueldad del tirano rey, la lastimada madre, bramando como leona, acometió a su hermano por quitarle la daga para matarle; pero el rey se defendió, y visto que no podía defenderse de ella, porque le pedía sus hijos, con diabólica furia la dio dos puñaladas en el delicado pecho, de las cuales cayó muerta con sus hijos; y dijo el rey:

—Allá irás con tu marido, pues tanto le amas, que tan traidora eres como él.

Y luego mandó que enterrasen aquellos cuerpos en la sepultura de los reyes, lo cual se hizo admirándose de aquel acaecimiento.

Los caballeros Venegas, sabiendo el caso atroz que el rey había cometido, salieron del Alhambra, y se fueron a la ciudad, y contaron el caso a otros caballeros; y así se supo por toda Granada aquella gran crueldad del rey.

Muchos determinaron de matarle, y más sabiendo la injusta prisión de la reina; mas vivía el rey con tal cuidado y guarda, que no tuvieron lugar de ejecutar su deseo; porque la puerta del Alhambra la guardaban mil caballeros, y de noche se cerraba bien, y por los muros y baluartes había puestas muchas postas y centinelas, guardando todas las entradas.

La gente del rey Mulahacén guardaba lo que le tocaba, que era la plaza de los Aljibes y la torre de la Campana, y las torres cercanas a ella, y sus baluartes y barbacanas.

Finalmente, lo mejor del Alhambra tenía Mulahacén: el rey Chico tenía la casa real antigua, y cuarto de los Leones y Torres de Comares, y miradores del bosque a la parte del Darro y Albaicín.

Aunque las guardas y gente de ambas partes estaban separadas y apartadas, y cada cual seguía la parte de su rey, jamás entre ellos había discordias por mandado de los reyes y ruegos de Muza.

Y aunque había dos reyes, la gente más principal seguía al rey viejo, como eran Alabeces, Abencerrajes, Gazules, Almoradís, Langetes, Atarfes, Azarques, Alarifes y todo el común ciudadano, respecto de estar bien con los caballeros Abencerrajes y sus valedores.

Al rey Chico seguían Zegríes, Gomeles, Mazas, Alabeces, Bencerrajes, Almoradís, Almohades, y otros muchos linajes y caballeros de Granada, aunque después de la prisión de la reina se habían pasado al rey viejo los Almoradís, Almohades y Venegas.

Estaba Granada divisa y llena de bandos y escándalos cada día, y más se acrecentaron cuando los caballeros Venegas dieron noticia de la crueldad que el rey Chico había usado con su hermana y con sus sobrinos; la cual fue de todo punto causa de que los Almoradís, Almohades, y Marines, y otros muchos caballeros de gran valor le desampararon; de tal manera, que casi toda Granada estaba apercibida en su daño.

Solo tenía de su parte a los Zegríes, Gomeles y Mazas; y como estos tres linajes eran tan poderosos, le sustentaron en su estado hasta que se perdió, como adelante se dirá.

Volviendo a la muerte de los hijos de Moraina y de la suya, hubo en Granada grande sentimiento del doloroso caso. Todos decían que era el rey muy cruel, tirano, enemigo de su sangre, e indigno del reino y de la vida.

Quien más sintió esta muerte fue el capitán Muza, hermano de Moraina, y firmó con juramento, que había de ser vengada aquella traición antes de muchos días; y si Muza sintió el desaforado caso, cruel y grave, no menos lo sintió el rey Mulahacén, que al fin era su padre.

Y después de haber hecho gran llanto por su amada hija y por los nietos tan queridos, con ferviente enojo se fue a armar, y se puso un fino jaco y un acerado casco, y sobre el jaco una aljuba de escarlata, y tomó una tablachina en el brazo izquierdo; y llamando a su alcaide, le dijo, que muy presto juntase la gente de su guardia, que eran más de cuatrocientos caballeros.

El alcaide los juntó, y les dijo que el rey Mulahacén los mandaba juntar; que estuviesen apercibidos para lo que les mandase.

Ellos dijeron, que allí estaban a su mandado.

Y visto por el rey que los de su guardia estaban juntos y alistados, salió a la plaza de su palacio, donde estaba toda la gente, y les dijo así:

—Valerosos vasallos y amigos míos, grande deshonra es que mi hijo me usurpe cetro y corona contra toda mi voluntad, y que siendo yo vivo haya otro rey; y bien sabéis cómo se hizo llamar rey por el favor y ayuda que le dieron los Zegríes, Gomeles y Mazas, diciendo que yo era viejo y sin provecho para la guerra y gobierno del reino; y por este engaño y color de ambición muchos caballeros le han seguido, y me han dejado contra toda razón. Que bien se sabe que ningún hijo puede ser heredero del reino, ni de hacienda hasta la muerte de su padre; y así lo mandan expresamente las leyes, las cuales ha quebrantado mi hijo, me ha usurpado el reino, y procede mal en la gobernación; pues en lugar de conservar la paz y sosiego en que yo tenía el reino, es perturbador e inquietador de ella, y alborotador del pueblo; y en lugar de guardar a todos recta justicia, hace los mayores absurdos que en el mundo se pueden imaginar. Mirad cómo mandó degollar a los nobles Abencerrajes sin culpa suya, y cómo sin ella tiene presa a su mujer, imputándola de adúltera; y lo que más me lastima es, que haya muerto a mis nietos y a mi hija. Pues si siendo vivo yo hace esto, ¿qué hará en viéndose solo? Bien podéis desamparar vuestra patria y tierra, y buscar la ajena. Ya no quiere Alá que tal tirano viva en el mundo, y así estoy dispuesto y determinado a la venganza de mi amada hija y de mis queridos nietos, dando muerte acerba a este enemigo de su sangre y reino: por tanto, amigos y leales vasallos, vuestra ayuda pido para tal venganza, que más vale perder un vil príncipe, que no que se pierda por sus tiranías un reino como el de Granada. Seguidme todos luego, y mostrad vuestro valor acostumbrado.

Diciendo esto, mandó a su alcaide que guardase muy bien su fortaleza, y se partió para la casa real donde estaba el rey Chico su hijo, diciendo él y todos los suyos:

Libertad, libertad: mueran los traidores tiranos, y quien los sirve: no quede ninguno.

Y con esta voz dieron tan de improviso en la guardia del rey Chico, que casi no la dieron lugar a tomar las armas, y entre ellos se movió una batalla muy cruel y sangrienta, cayendo muchos muertos de ambas partes.

¿Quién viera al buen rey Mulahacén dar golpes con su cimitarra a un cabo y a otro, que no daba golpe que no derribase caballero muerto o mal herido? Porque Mulahacén siempre fue hombre de mucha fuerza en su mocedad, y de grande ánimo; y no era tan viejo que no pudiese pelear, pues aún no tenía sesenta años.

Finalmente andaba entre sus enemigos como león carnicero, y sus soldados hicieron lo mismo, matando a sus contrarios.

Aunque eran doblados los del rey Chico, perdieron la plaza, y a su pesar se retiraron a la casa real, adonde era tanta la gritería y voces, que no se oían los unos a los otros, salvo la voz de la libertad.

El rey Chico, que oyó el tropel y ruido, muy espantado y atemorizado salió a ver lo que era, y vio a su padre entre la gente de su guardia con un rigor extraño: sospechando lo que podía ser, entró a armarse, y salió afuera para que los suyos cobrasen ánimo con su vista.

A esta sazón llegó muy mal herido el capitán de su guardia, diciéndole:

—Señor, ve a favorecer tu gente, que es grande el estrago que en ellos hacen tu padre y los suyos.

El rey Chico salió dando voces, diciendo:

—A ellos, amigos, a ellos, que aquí está vuestro rey; mueran todos.

Y diciendo esto, comenzó a herir en la gente del rey su padre con tanto ánimo, que puso en los suyos tal brío, que hicieron retirar gran trecho a la gente de Mulahacén; lo cual visto por el viejo, dando voces, decía:

—No os retiréis de esta vil y traidora canalla.

Con el ánimo que les daba cada rey a los suyos peleaban todos con mucho esfuerzo y valor; pero poco les aprovechó a los del rey Chico su ardimiento, porque eran más valerosos los del rey viejo; y perdida la esperanza de cobrar lo perdido, se retiraron hasta los mismos aposentos del rey Chico, y allí comenzaron a pelear los unos con los otros cruelmente; de suerte que todo el palacio estaba poblado de cuerpos muertos, y bañado en sangre de los heridos.

En esta refriega se encontraron padre e hijo; y viendo el viejo el estrago tan grande que en su gente hacía su hijo, sin mirar el paternal amor que debía tenerle, acometió a él con una furia de hircana sierpe, diciendo:

—Aquí pagarás, aleve, la muerte de mi hija y nietos.

Y diciendo esto, le dio un tan gran golpe con la cimitarra en la rodela, con que le reparó, que se la hendió en dos partes, y el reyecillo fue herido en el brazo; y si no se reparara bien, allí acabara la vida; y fuera gran bien para Granada, porque se evitaran tantos males como por su causa hubo.

Pues como el rey Chico se vio herido, y sin rodela, con indecible coraje, no respetando las canas de su padre, ni teniéndole aquella reverencia y obediencia que los buenos hijos deben tener a sus padres, alzó el brazo para herirle con el alfanje; mas no tuvo efecto su mal propósito, porque a la sazón acudieron muchos caballeros así de una parte como de otra, cada uno por favorecer a su rey.

Aquí se aumentó la gritería y se renovó la civil y sangrienta batalla; de manera que era gran compasión ver la mortandad de aquella mal considerada gente. Tan sin piedad se mataban y herían, como si en ellos de antigüedad viniera algún mortal odio y civil guerra.

Allí eran hermanos contra hermanos, padres contra hijos, parientes contra parientes, sin guardar el decoro al parentesco y amistad, no más guiados que por pasión y afición de sus reyes; cada uno favoreciendo donde más afición tenía, y así con estos motivos de cada parte andaba tan sangrienta la refriega, como si fuera batalla hecha entre dos enemigos ejércitos.

Mas como la gente y guardia del rey Chico eran más que los de Mulahacén, sacaban ventaja; lo cual conocido por un moro de la parte de Mulahacén, hombre de ardid y buen soldado, por salir con la victoria que pretendían, comenzó a decir en altas voces que todos lo oían:

A ellos, a ellos, rey Mulahacén, que en tu socorro vienen los caballeros Alabeces, Gazules y Abencerrajes: mueran los traidores, pues de nuestra parte está la victoria.

Oída esta voz por el rey Chico y por los suyos, desmayaron de suerte que parecía verse en manos de la muerte, y por evitar el notorio peligro que les amenazaba determinaron desamparar la casa real para no verse despedazados a manos de los caballeros Alabeces, Gazules y Abencerrajes; y con un esfuerzo muy crecido acometió al rey Chico con una tropa de ellos por no dejarle en poder de sus enemigos, y se salieron del real palacio, dejando a sus espaldas otra gran parte de caballeros que le defendían de sus contrarios.

Los del rey Mulahacén los seguían con grande osadía, entendiendo que así era verdad, que tenían socorro.

De manera que los unos retirándose y los otros siguiéndolos, unos defendiendo, otros ofendiendo, llegaron a las puertas del Alhambra, las cuales hallaron abiertas, porque las guardias las desampararon visto el alboroto y bajaron a la ciudad a dar aviso a los Zegríes y Gomeles de lo que pasaba, y en la plaza Nueva hallaron algunos de ellos, y les dieron relación de todo lo que pasaba en el Alhambra.

Y como supieron el caso, a gran priesa subieron a ella; pero llegaron tarde, porque ya estaba el rey fuera de las puertas y toda su gente, y estas muy bien cerradas y puestas las guardias necesarias.

Los Zegríes, Gomeles, Mazas y otros caballeros de su parcialidad, como vieron al rey Chico herido en el brazo, y la mayor parte de su guardia destruida, muerta y herida, se escandalizaron y se llevaron al rey Chico al Alcazaba, antigua casa de los reyes, la cual era muy fuerte, y tenía su alcaide y gente de guardia.

En esta se aposentó el rey, donde fue curado con gran diligencia, y con la guardia necesaria para su seguridad.

Estaba con mucha pena porque había perdido el Alhambra, y con no menos saña procuraba la venganza de ella contra el rey Mulahacén, el cual estaba muy alegre por ver su Alhambra libre de sus enemigos; y por limpiarla de todo punto, mandó que a todos los cuerpos muertos de los contrarios los echasen por las murallas abajo, y a los de su bando les diesen honrosas sepulturas. En las torres pusieron banderas y estandartes, mostrando mucho contento y alegría, y tocando añafiles y dulzainas.

En toda la ciudad se supo cómo el rey Mulahacén quedaba señor del Alhambra, y había desbaratado y herido al rey Chico; con lo cual todos fueron muy regocijados, porque le aborrecían como a la muerte.

Quien más celebró el contento fueron los Abencerrajes, Alabeces, Gazules, Venegas y Aldoradines, y fueron muchos de ellos con el valiente Muza a darle el parabién de la victoria, y le ofrecieron de nuevo su ayuda, lo cual les agradeció el rey Mulahacén.

Muza procuró paces entre su padre y su hermano, y no era posible, porque era tan grande el odio del rey viejo contra su hijo, que no quiso hacer lo que le pidió Muza, antes dijo que no había de tener contento hasta verle destruido. No quiso porfiar Muza a su padre, por conocer en él que tenía muy presente la muerte de Moraina su hija.

Dejemos a Mulahacén en su Alhambra, y al rey Chico en su Alcazaba siguiendo sus intereses, y tratemos de los Almoradís, Almohades y Marines, linajes muy poderosos y ricos, parientes de la reina Sultana, tan sin culpa presa.

Ya se acordará el lector que estos caballeros Almoradís y Almohades se salieron de palacio amenazando al rey Chico por lo que hacía con su mujer la reina. Pues así como salieron del real palacio, todos se conjuraron contra el rey Chico para matarle, o a lo menos privarle del reino, porque tan sin causa tenía presa a su mujer. Y asimismo se juntaron contra los Zegríes por el testimonio que habían levantado a la reina.

Para conseguir mejor su fin, acordaron de trabar estrecha amistad con los Abencerrajes y sus parciales, sabiendo que por esta vía tenían a toda Granada de su bando.

Con esta resolución se fueron a casa de un hermano del rey Mulahacén, llamado Abdalí, y le hallaron en un aposento, solo, y muy triste en ver que no podía remediar aquellas maldades y traiciones que se habían hecho contra los Abencerrajes, y prisión de la reina, y la muerte de Moraina y sus niños; y como entraron en su aposento aquellos caballeros Almoradís, que eran doce, y llevaban comisión de todos, se maravilló Abdalí y les preguntó qué buscaban.

Los caballeros le dijeron que no se recelase, que más venían en su provecho que no en su daño, que le querían hablar despacio.

Abdalí los mandó sentar en un estrado muy rico, a su usanza; y estando sentados, uno de los Almoradís le dijo:

—Bien sabes, príncipe valeroso, las grandes insolencias que se hacen en Granada, y las civiles y sangrientas guerras, como aquellas tan memorables de Sila y Mario; y si has mirado, no hay calle que no brote sangre de nobles caballeros; de todo lo cual es la causa tu sobrino el rey Chico, por admitir los malos consejos, pues sin culpa mandó degollar a los Abencerrajes, y por esta causa murieron muchos Zegríes, Mazas y Gomeles; y no contento con esto mató a su hermana Moraina y a sus tiernos hijos: que estas cosas no son de rey sino de un bárbaro, cruel y tirano, sediento de sangre humana, y derramador de ella. Ahora ha tenido una refriega y trabada pelea con su padre, que ya la sabrás, en la cual han muerto muchos caballeros, y al fin Mahoma fue de la parte de tu hermano; de suerte que ya tu sobrino está desterrado del Alhambra, y se ha apoderado del Alcazaba con favor y calor de los Zegríes, Mazas y Gomeles; y nosotros los Almoradís y Almohades le hemos quitado la obediencia, porque sin culpa tiene presa a su mujer la reina Sultana, dejando su honra puesta en manos de la fortuna; mira si no lo hemos de sentir, siendo tan cercana parienta nuestra, y más viendo cuán tiranamente procede él en la gobernación del reino, y las extorsiones que cada día nos hace a todos; y visto esto nos hemos apartado de su obediencia junto con Marines, Abencerrajes, Gazules, Aldoradines, Venegas y todos los ciudadanos, que morirán porque vivan los Abencerrajes, y pase su valor adelante; y considerando que tu hermano es ya viejo, y cansado de las guerras que contra los cristianos ha tenido, no puede gobernar como conviene, y que según su naturaleza vivirá poco, y ha de quedar por rey Abdalí, nuestro capital enemigo, el cual no hay duda sino que perseverará en lo que ha comenzado, y con mayor violencia por verse solo en el reino, todos hemos determinado que tú seas rey de Granada, pues tu valor lo merece, para que gobiernes el reino en la paz y quietud que todos deseamos, y seamos los caballeros tratados con amigable benevolencia, como de tu bondad se espera. A esto solo habemos venido los doce Almoradís que ves, por comisión dada de todos los caballeros que os hemos referido. Danos respuesta luego, y de no querer admitir el reino lo daremos a Muza, que aunque es hijo de cristiana, lo es de tu hermano, y merece por su valor y esfuerzo ser príncipe del mundo.

Con esto dio fin el Almoradí a sus razones, aguardando que Abdalí respondiese, el cual parando un poco en el caso les dijo:

—Mucho agradezco, señores caballeros, la voluntad y la oferta que me hacéis: la carga que un rey se echa sobre sus hombros es muy grande, las obligaciones son muchas y mis fuerzas son pocas: mi hermano está vivo y con dos hijos; yo no hallo razón concluyente por donde pueda aceptar el favor que me prometéis; además de que cuando no mirase a las circunstancias dichas, será mover nuevas disensiones, guerras civiles y alboroto. Los más principales caballeros y toda la ciudad son de parte de mi hermano: no alborotemos más la tierra; pero sea de esta manera: yo sé que mi hermano está mal con su hijo, y al fin de sus días no le dejará el reino, sino a mí o a uno de mis hijos: hablémosle mañana, diciéndole que ya es viejo, y que me dé la gobernación del estado, para que le alivie de tanta carga; y si me da este oficio, con facilidad se podrá hacer lo que me pedís, y al fin dirán que por consentimiento de mi hermano habrá sido.

A todos les pareció muy bien lo que Abdalí respondió, y tuvieron por buen consejo aquel; y así quedó determinado, que el siguiente día se tratase aquel caso con el rey Mulahacén; lo cual se trató con él, yendo para ello muchos caballeros Abencerrajes, Alabeces, Venegas y Gazules; y estando todos con el rey, un caballero de los Venegas le habló, diciendo:

—Noticia tenemos, rey Mulahacén, de todos nuestros pasados, de que los reyes de Granada han sido para con los vasallos benévolos y apacibles, y siempre les han tenido muy crecido amor; lo cual ahora es al contrario, pues tu hijo en vez de hacer mercedes a sus súbditos, sin ocasión les quita las vidas. Ya sabrás lo que ha pasado estos días, y el escándalo y alboroto de la ciudad por la muerte de los nobles Abencerrajes, de lo cual han redundado aquestas guerras civiles, muertes, y desastrados fines entre los ciudadanos; y sé cierto, que si no se pone remedio, en poco verás tu ciudad despoblada, porque todos irán a buscar la paz a las ajenas tierras, pues en la suya no la tienen: nadie se queja de ti, ni hay por qué; pero nos recelamos de tu hijo, que tan mal procede en el gobierno de tu estado; que si ahora que eres viejo nos faltas, y por tu edad la muerte llama, y tu hijo queda por ley, será gran daño de todos; y así querríamos que pusieses un gobernador para que te aliviase la carga de la gobernación, y que en faltando tú, diesen el reino al gobernador, siendo cual conviene. Por tal elegimos a tu hermano Abdalí, y será posible que tuviese enmienda tu hijo, visto que has puesto gobernador; y puesta su enmienda, merecerá tener el reino. A esto solo hemos venido a darte cuenta de nuestra pretensión, lo cual te suplicamos nos otorgues, y en cambio de esta merced que te pedimos, si nos lo concedes, te damos palabra, a fe de caballeros hijosdalgo, de quererte servir, y obedecer en todo y por todo mientras vivieres.

Atento estuvo el rey Mulahacén a las palabras del caballero Venega; y reparando en que las leyes disponen que herede el hijo al padre, en particular siendo reino; y cuando se acordó de la gran desobediencia que su hijo había tenido con él, y los grandes daños que por su causa habían sucedido, y recelándose de otros mayores, acordó de dar contento a estos caballeros, viendo ser justa la petición, y que era en provecho de todos, y así dijo que era contento en que su hermano gobernase el reino junto con él; y después de muerto, su hijo Abdalí fuera rey, porque debía dársele el reino.

Los caballeros le dieron las gracias por la merced que les había concedido, y dieron a Abdalí el parabién de gobernador; y habiendo jurado de hacer lo que se debía en el oficio de la gobernación, y de guardar la lealtad debida a su hermano, al son de muchos instrumentos se le dio el cargo.

Con esto se despidieron del rey todos los caballeros, y acompañaron al gobernador hasta su casa: y luego aquel día mandó pregonar por toda la ciudad, que cualquiera que recibiese algún agravio de otro, que fuese a su casa, y que él satisfaría a cada uno conforme a derecho, guardando a todos justicia. Toda la ciudad se holgó mucho por la elección hecha, porque mediante esto iban quitando las fuerzas al rey Chico.

Así se entendió apaciguar la ciudad, y fue echar leña al fuego y alquitrán a la pólvora; porque luego que el rey Chico llegó a saber lo que su padre había hecho, en lugar de enmendarse, hacía mil agravios y desafueros, y cosas indecentes, todo confiado en los Zegríes, Gomeles y Mazas; y estos linajes se comunicaron acerca de lo que harían, pues había creado Mulahacén coadjutor para el gobierno.

Resolviéronse en que siguiesen al rey Chico y persiguiesen a los Abencerrajes, pues tenía poder para uno y otro; y que no desamparasen al rey hasta la muerte; y así le dijeron al rey, que él solo lo sería, o morirían en la demanda; y entendida por el rey Chico esta voluntad de sus valederos, les mandó que cualquiera persona noble o plebeya que fuese de la parte del rey su padre o del gobernador se la llevara allí, y al momento fuera degollada; y si se defendiese por no ser presa, que la matasen al punto.

Por esta causa fueron degollados y presos muchos que hacían la parte del rey Mulahacén; y sabido por él, y por Abdalí, gobernador, mandaron lo mismo a todos los de su parte.

De aquesta suerte había más matanza cada día, que en Roma en tiempo de las guerras civiles.

La ciudad se dividió en tres opiniones y partes: la una seguía a Mulahacén, y eran los Abencerrajes, Gazules, Alabeces, Aldoradines, Venegas, Azarques, Alarifes, y la mayor parte del común, por el amor que a los Abencerrajes tenían.

Al rey Chico seguían Zegríes, Gomeles, Mazas, Laugetes, Bencerrajes, Alabeces y otros caballeros.

Al gobernador Abdalí seguían Almoradís, Almohades, Marines, y otros muchos caballeros, por ser estos dos linajes de los reyes de Granada.

De esta suerte estaba la desventurada ciudad repartida, y cada día había mil escándalos y muertes.

La gente ciudadana, mercaderes, oficiales, ni labradores, no se atrevían a salir de sus casas. Los caballeros y gente principal no salían menos de veinte juntos, porque si les acometiesen sus contrarios, pudiesen resistirlos; y si salían seis, o diez, luego los acometían, prendían y degollaban; y si se defendían, los mataban allí. Con estas violencias y crueldades había cada día llantos, tristeza y pesadumbres.

Había tres mezquitas en Granada, y a cada una acudía su bando.

En lo llano de la ciudad había una, donde ahora es el Sagrario, a la cual acudían el rey Chico y sus apasionados.

Otra había en el Albaicín, que ahora se llama S. Salvador, y a esta acudía el gobernador y su gente.

En el Alhambra había otra, que ahora se dice Santa María, donde estaba Mulahacén y los de su bando.

Cada uno conocía su distrito y jurisdicción.

¡Oh Granada, qué desventura fue esta que vino sobre ti! ¿Qué se hizo tu nobleza? ¿Dónde está tu riqueza? ¿Qué se hicieron tus pasatiempos, tus galas, justas y torneos, juegos de sortija, fiestas de S. Juan, músicas adornadas y zambras? ¿Adónde están tus admirables juegos de cañas? ¿Qué se hicieron las vistosas libreas de los gallardos Abencerrajes; las delicadas invenciones de los Gazules; las altas pruebas y ligerezas de los Alabeces; los costosos trajes de los Zegríes, Mazas y Gomeles? ¿Dónde está todo tu bien y contento? Paréceme que se ha convertido en lágrimas, tristezas, traiciones, muertes, lagos de sangre vertida con crueldad y tiranía.

Muchos caballeros ciudadanos desamparaban la ciudad, temerosos de lo que veían. Otros caballeros se iban a sus cármenes y heredades, y de allí los traían a degollar, cosa no vista sino en Roma.

Muza estaba muy enojado viendo aquellas maldades que se hacían por momentos, y procuraba medios para quitar y atajar tal daño; y así él y un linaje de caballeros llamados los alfaquíes, y Sarracino, Reduán y Abenámar andaban de un rey en otro, suplicándoles que viniesen en concierto las enemistades; y como estos caballeros alfaquíes eran muchos, muy ricos y de esclarecida sangre, y no estaban sujetos a ninguna parte apasionadamente, siempre a la obediencia del rey Mulahacén, cada uno de los otros dos bandos deseaba tenerlos por amigos; y así les quisieron dar gusto en dar asiento en aquellos bandos, viendo cada día se menoscababan los caballeros y moradores de la ciudad, así en muertes como en ausencias; y porque Muza había jurado que había de dar muerte a quien no dejase las comunidades, tanto hizo con ayuda de los alfaquíes, Sarracino, Reduán y Abenámar, que vinieron a poner paces entre los caballeros de los bandos, prometiendo que no habría más crueldades ni muertes, sino que hasta la muerte de Mulahacén cada uno siguiese a su rey sin ser forzado, sino que a su gusto siguiesen al que quisiesen de los dos, y que cada rey conociese y determinase las causas de su jurisdicción, sin entrometerse el un rey con lo que al otro tocase.

El rey Chico pidió que los Abencerrajes cumpliesen el tenor de su sentencia, cumplidos los dos meses que les dio de término. Mulahacén decía que no habían de salir los Abencerrajes de Granada hasta que él fuese muerto. En esto estuvieron discordes algunos días, y era la causa que los Zegríes se lo pedían al rey Chico, y todos los demás caballeros contrarios lo defendían.

Finalmente, quedó asentado que habían de salir del reino, pues que así lo pidieron los Abencerrajes al rey Mulahacén, porque querían ser cristianos y servir al rey D. Fernando, que si no fuera por esta causa, jamás salieran de Granada, porque tenían de su parte al rey viejo y a los más principales caballeros, y a todo el común de la ciudad.

Mediante las diligencias dichas quedó la ciudad en paz, aunque duró poco, como adelante se dirá. Por estas diferencias se hizo este

ROMANCE.

Muy revuelta anda Granada

en armas y fuego ardiendo,

y los ciudadanos de ella

duras muertes padeciendo;

Por tres reyes que hay esquivos,

cada uno pretendiendo

el mando, cetro y corona

de Granada y su gobierno.

El uno es Mulahacén,

que le viene de derecho;

el otro es un hijo suyo,

que le quiere a su despecho.

El otro un gobernador

que Mulahacén había puesto:

Almoradís y Almohades

a este le dan el cetro.

Al rey Chico los Zegríes,

diciendo que es heredero:

Venegas y Abencerrajes

se lo van contradiciendo.

Dicen que no ha de reinar

ninguno, hasta que sea muerto

el viejo Mulahacén,

pues es vivo, y tiene el reino.

Sobre estas guerras civiles

el reino van consumiendo,

hasta que el valiente Muza

en ello puso remedio.

Al fin por Muza, los alfaquíes, y por Reduán, Sarracino y Abenámar se apaciguaron las guerras, de suerte que con seguridad se podía andar por la ciudad.

Así parece que será bien tratar de la determinación de los Abencerrajes; y fue que un día se salieron a pasear, y con ellos los Alabeces y Aldoradines, y habiéndose consultado entre todos, acordaron de irse a volver cristianos, y servir al rey D. Fernando en las guerras que tenía contra Granada; y así para saber el gusto del rey D. Fernando, le avisaron del suyo por esta carta.

«A ti, invictísimo Fernando, rey de Castilla, ensalzador y observador de la fe de Jesucristo, salud, para que con ella defiendas y aumentes tus estados, y tu fe vaya adelante. Nosotros los caballeros Abencerrajes, Alabeces y Aldoradines, besamos tus reales manos, y decimos y hacemos saber que, siendo informados de tu gran bondad, deseamos de irte a servir, pues por tu valor mereces que todos los hombres te sirvan; y asimismo queremos ser cristianos, y vivir y morir en la fe católica que tú y los tuyos profesáis y tenéis. Para esto queremos saber si es tu voluntad de admitirnos debajo de tu amparo, y que estemos en tu servicio; y haciéndolo así te damos fe y palabra de servirte bien y lealmente, como fieles vasallos, en esta guerra que tienes contra Granada y su reinado; y te serviremos de suerte, que prometemos darte a Granada en tus manos, y la mayor parte de su reino. En esto haremos dos cosas: la una servirte a ti como a señor y rey nuestro, y por la otra trataremos de vengar la muerte de nuestros deudos, degollados tan sin razón por el rey Chico, a quien profesamos ya y reconocemos por odioso y mortal enemigo, y deseamos verle debajo de tu obediencia, y verte enseñoreado de este reino, como afirmamos que lo serás poniéndote a ello. Y con esto cesamos besando tus reales pies.—Los Abencerrajes.»

Escrita esta carta se la dieron a un cautivo cristiano, y con ella la libertad, encargándole el secreto; y una noche salieron de Granada con él, y le acompañaron hasta ponerle en seguridad, y le enviaron en paz; el cual con diligencia caminó sin detenerse hasta Talavera, donde estaba el rey D. Fernando, y en llegando a su real presencia hincó las rodillas en tierra, y habló, presentes todos los grandes, de esta manera:

—Muy poderoso y católico rey, columna y defensor de la Religión cristiana: sabrás, señor, que he estado seis años cautivo en Granada, donde he padecido muchos trabajos, aunque me los alivió Dios nuestro Señor por las limosnas que un caballero Abencerraje me ha hecho, por el cual y la voluntad de Dios, soy vivo y libre: este caballero fue una noche a la mazmorra donde yo estaba, y me trajo a su casa, y me quitó las prisiones y vistiome este traje moro. Salimos aquella noche de Granada él y yo, y otros dos caballeros, y me acompañaron hasta ponerme en tierra de cristianos, y dándome dineros para el camino, me dieron esta carta y me encargaron el secreto, y que la pusiese en tus reales manos. Dios ha sido servido de que llegase a tu real presencia; esta es, cumplo con mi obligación y promesa.

Y en besándola se la dio al rey D. Fernando, el cual la tomó y leyó para sí, y la dio después a Hernando del Pulgar, su secretario, para que la leyese públicamente; y siendo leída todos los grandes se alegraron grandemente en saber que aquellos caballeros querían ser cristianos, y servir al rey en las ocasiones de la guerra contra Granada, porque serían de mucha importancia para la conquista de aquel reino; y habiendo consultado el rey con los suyos, se acordó que respondiesen a la carta; y así que la escribió Hernando del Pulgar, se buscó mensajero conveniente para aquel secreto, y partió de Talavera; y llegando a la ciudad de Granada dio la carta al Abencerraje que dio libertad al cautivo, que se llamaba Alí Mahomat Barrax, el cual recibió la carta, y de secreto hizo juntar a todos los Abencerrajes, Aldoradines y Alabeces, y siendo juntos abrió la carta que decía así:

«Abencerrajes nobles, famosos Aldoradines, y fuertes Alabeces, recibimos vuestra carta, con la cual se alegró toda nuestra corte, entendiendo que de vuestra venida no puede resultar cosa dañosa, sino mucha virtud, porque sois de calificada sangre; y en particular nos hemos alegrado y dado infinitas gracias a nuestro Redentor Jesucristo, porque os ha traído al conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, en la cual seréis del todo mejorados por la virtud de ella. Decís que nos serviréis en las guerras que tenemos contra infieles de nuestra religión: por ello os prometo doblados sueldos, y esta nuestra real casa tendréis por vuestra; porque entendemos que vuestro proceder lo merece. De Talavera donde al presente quedamos,—El rey D. Fernando.»

Grande fue el contento que recibieron todos los caballeros circunstantes, sabiendo la atención y merced que el rey D. Fernando se ofrecía a hacerles; y así acordaron de salir de Granada; y para hacer mejor su negocio, determinaron que luego fuesen los Abencerrajes a servir a D. Fernando, y que los Alabeces, Aldoradines, Gazules y Venegas quedasen en Granada dando orden a fin de que se le diese la ciudad y el reino; para lo cual los Alabeces escribieron a sesenta y seis alcaides, parientes suyos, que estaban en fuerzas importantes guardando el reino en el río de Almería y Almanzor, y Sierra de Filabres, haciéndoles saber lo que tenían acordado, y lo que le escribieron al rey D. Fernando, y lo que les fue respondido.

Todos los alcaides estuvieron bien en ello, y no hubo ninguno que lo contradijese, considerando las pesadumbres de Granada, y que en ella había tres reyes, y que cada uno quería mandar, de donde no podía resultar bien ninguno.

También escribieron los Almoradís, Venegas, y Gazules a parientes suyos, que eran alcaides en el reino, todos guardando el secreto, y alistados para cuando fuese tiempo.

Los Abencerrajes se despidieron de sus amigos y de toda la ciudad, y salieron de ella a medio día, llevando todo el oro, plata y joyas que tenían.

¿Quién podrá contar la lástima y el dolor con que todos los de la ciudad quedaron, viendo salir desterrados sin culpa a más de cien Abencerrajes? De antes lloraban a los degollados, ahora lloran a los que desamparan la ciudad; maldecían al rey Chico, y que no se lograse en el reino, maldiciendo a los Zegríes, causadores de tantas sediciones, muertes y destierros.

Solo se alegraron de la ausencia y destierro de los Abencerrajes, los Zegríes, Mazas y Gomeles, y celebraban su contento con el rey Chico, al cual decían mil lisonjas halagüeñas, dándole las gracias por lo que había hecho por darles gusto; y no faltó entre ellos quien dijo:

—¿Qué es esto Abdalí? ¿Así dejas salir a la flor de los caballeros de Granada? ¿No sabes que todo el común, y lo más granado de la ciudad estaba pendiente de la voluntad de estos nobles caballeros? No entiendas que a solos ellos pierdes, sino a otros muchos caballeros de prosapia, nobles y principales, guardadores y defensores de tu reino. Pues yo te certifico, que te ha de pesar muchas veces de los agravios que les has hecho, y los has de echar menos antes de mucho tiempo.

Bien conocía el rey ser notable el agravio que había hecho y hacía a los Abencerrajes; pero teníanle tapados los oídos las sirenas de los Zegríes, y no le despertaron los gritos, llantos, alaridos y voces que todos los de la ciudad daban por la ausencia y destierro de este virtuoso linaje.

Así salieron de Granada los Abencerrajes con gran dolor, por ver el sentimiento que aquella ciudad hacía de su ida. Salieron con ellos muchos ciudadanos, diciendo que adonde iban los Abencerrajes habían de ir ellos.

Quedó la ciudad tan sola, ausentes estos caballeros, que se parecía muy bien su falta. Echaban menos los caballeros la noble y hermosa compañía; los galanes el dechado de sus galas, los cautivos pobres su remedio; los huérfanos y viudas su amparo.

Idos los Abencerrajes tomó el rey posesión de todos sus bienes, y los mandaba pregonar por traidores, a lo que no dio lugar Muza ni otros caballeros, so pena de volver a la guerra pasada. Y cesando en el rey este propósito, cesó el de los caballeros amigos de los Abencerrajes. Dieron aviso al rey Mulahacén como habían salido los Abencerrajes a cumplir su destierro; lo cual sintió mucho, y dijo que él los volvería a Granada a pesar de su hijo y de sus consejeros.

Los Abencerrajes fueron adonde el rey D. Fernando estaba, y en su compañía iban Sarracino y Galiana, Reduán y Haja, Abenámar y Fátima, Zulema y Daraja: todos con muy firme propósito de recibir el bautismo, como lo hicieron.

Y llegados a la real presencia del rey D. Fernando, fueron de él y de su corte muy bien recibidos, y a otro día fueron bautizados, siendo el rey padrino y la reina madrina, y los casaron según orden de nuestra Santa madre Iglesia a los que eran casados cuando moros: a todas las cuales ceremonias asistió el rey y la reina y todos los grandes, honrándolos; y fueron hechas fiestas y regocijos por todos, y pasadas les fueron asentadas plazas de muy ventajosos sueldos.

A las nuevamente bautizadas hizo la reina Doña Isabel damas de su estrado. Los caballeros fueron sentados en compañía de D. Juan Chacón, señor de Cartagena, y capitán de caballos.

Hizo teniente a un caballero Abencerraje, llamado cuando moro Alí Mahomad Barrax, y cristiano, D. Pedro Barrax; Sarracino, Reduán y Abenámar fueron tenientes de capitanes de caballos, como lo fue de D. Manuel Ponce de León, Sarracino; de D. Alonso de Aguilar, Abenámar; de D. Pedro Portocarrero, Reduán.

En las cuales compañías servían con cuidado, y en las ocasiones se echaba de ver el valor de sus personas; donde los dejaremos por acabar el pleito de la reina Sultana.

Habiendo pasado treinta días más de los que había el rey concedido a la reina Sultana para que diese quien la defendiera, como no había dado caballeros mandó el rey que la sentenciasen a quemar, porque así lo disponía la ley.

A lo que contradijo el valiente Muza diciendo que no había podido la reina nombrar caballeros, respecto de las guerras civiles y diferencias que había habido en Granada, y así no se debía ejecutar la sentencia.

A Muza ayudaron todos los principales caballeros de Granada, salvo Zegríes, Gomeles y Mazas, por ser de su bando.

Los Zegríes tuvieron con Muza muchas proposiciones y respuestas de si se había de ejecutar o no la sentencia; y vista por el rey la disputa, dio quince días más de término a la reina, para que en el espacio de ellos señalase caballeros defensores; lo cual fue a mostrar Muza a la reina, por tener él solo licencia de hablar con ella; y entrando halló a la Sultana triste por ver su plazo ya cumplido, y por la ausencia de Galiana, aunque tenía consuelo con Celima.

Y sentándose Muza junto a la reina, la contó todo lo que había pasado, y cómo la habían dado quince días más de término para que nombrase quien la defendiese; que mirase a quien había de señalar, y lo dijese con tiempo antes que se pasase el término.

Sus bellas mejillas regadas con la inundación que por los hermosos ojos brotaba, dijo la reina:

—Nunca entendí que durara la terrible obstinación en el cruel rey, tu hermano y mi marido, y que tuviera ya entera satisfacción de mi lealtad e inocencia; y respecto de esto no he hecho ninguna diligencia en este caso, por saber de cierto que no he cometido el crimen de que me hace cargo, y por las revueltas y sediciones, bandos y guerras que ha habido; pero ahora que veo que la maldad pasa adelante contra mi casto pecho, yo buscaré quien dé entera satisfacción de mi honra, y castigo ejemplar a los falsarios. Yo determino de favorecerme de piadosos caballeros cristianos, porque de moros no quiero confiar un caso de tanta importancia; no por la vida, que no la tengo en nada, sino por no dejar tan fea mancha en el honor que con tanta integridad he guardado siempre.

Con estas palabras la reina aumentaba más su dolorosa pasión y llanto; y era tanto en abundancia, que enternecido el valeroso Muza se le vinieron las lágrimas a los ojos, y esforzándose dijo a la reina:

—No derrames esas perlas, bella Sultana: cesen vuestros llantos, que aquí me tenéis a vuestro servicio; yo os defenderé, y no moriréis aunque sea homicida del rey mi hermano.

Con esto se consoló un poco, y se resolvió de escribir a tierra de cristianos para que viniesen a defenderla algunos caballeros.

Celima estaba muy triste por la ausencia de su hermana Galiana; y despidiéndose de la reina se fue y la dejó sola en su retrete; la cual formando querellas de la variable fortuna, se quejaba diciendo:

Fortuna, que en lo excelso de tu rueda

con ilustrada pompa me pusiste,

¿por qué de tanta gloria me abatiste?

Estable te estuvieras, firme y queda,

y no abatirme así tan al profundo,

adonde fundo

dos mil querellas

a las estrellas,

porque en mi daño

un mal tamaño

con influencia ardiente premio vieron,

y en penas muy extrañas me pusieron.

Oh mil veces bien afortunados

vosotros Bencerrajes, que muriendo

salisteis de trabajos, feneciendo

los males que os estaban conjurados;

y os puso en libertad gloriosa suerte,

aunque era fuerte;

mas yo, cuitada,

aprisionada,

con llanto esquivo,

muriendo vivo:

y no sé el fin que habrá mi triste vida,

ni a tantos males cómo habrá salida.

Naufragios tristes pasa mi ventura;

en lágrimas se anega mi contento;

secose ya mi flor, llevose el viento

mi bien, dejándome en gran desaventura.

¿Adónde está lo excelso de mi pompa?

Bien es que rompa

con llanto eterno

el duro infierno,

y favor pida

como afligida,

diciendo que ya el suelo no me quiere;

que se abra, y que me trague si quisiere.

Si el vulgo no dijera que mi honra

de todo punto estaba ya manchada,

yo diera con aguda y dura espada

el postrimero fin a mi deshonra;

mas si me doy la muerte, dirá luego

el vulgo ciego,

que había gran culpa,

y no disculpa;

pues con mi mano

tomé temprano

la muerte aborrecida y fuerte;

y así no sé si viva o me dé muerte.

Si del horrendo lazo el negro sino

de cárdeno color no se estampase,

de suerte que en el cuello declarase

la causa de furor tan repentino;

yo diera el tierno cuello al lazo estrecho,

y muy de hecho,

la ira temo

en grande extremo;

que de otra suerte

aquella muerte

ya fuera por mi mal bien escogida,

si muriendo quedara yo sin vida.

Dichosa tú, Cleopatra, que tuviste

quien del florido campo te trajera

la causa de tu fin, sin que supiera

ninguno por cual modo feneciste:

apenas se hallaron las señales,

ya funerales,

del ponzoñoso

áspid piadoso,

que con dulzura

en la blancura

de tu hermoso brazo fue obrando

con venenoso diente, tierno y blando.

Y si de cautiverio y servidumbre,

ilustre reina, fuiste libertada,

y a la soberbia Roma no llevada

en triunfo como era de costumbre;

Yo, cuitada, que muero sin remedio,

por no haber medio,

cual tú le hubiste,

gran mal me embiste;

y mi enemigo

hará conmigo

un triunfo desigual a mi limpieza,

pues se le entrega al fuego mi nobleza.

Mas aunque falte el áspid a mi medio,

yo romperé mis venas, y la sangre

haré que en abundancia se desangre,

de suerte que el morir me sea remedio;

Y así el Zegrí sangriento que levanta

con furia tanta

el mal horrible,

y tan terrible

en daño mío;

en Dios confío

que no triunfe de mí en aqueste hecho,

pues no verá partirme el duro pecho.

Estas y otras lastimosas cosas decía la afligida Sultana con intento de romper sus transparentes venas para desangrarse; y resuelta en darse este género de muerte, llamó a Celima y a una doncella cristiana, llamada Esperanza de Hita, que la servía, la cual era natural de la villa de Mula; y llevándola su padre y cuatro hermanos a Lorca a desposarla, fueron salteados de moros de Tirieza y Jaquena; y defendiéndose los cristianos, mataron más de dieciséis moros; y siendo mortalmente heridos los cristianos, cayeron muertos los caballeros. La doncella fue cautiva y presentada al rey, y él la dio a la reina por ser hermosa y discreta.

Venidas Celima y Esperanza al llamado de la reina, les dijo:

—Celima bella, discreta Esperanza, aunque tu buen nombre no me la da en mi pena, ya sabes la injusta prisión mía, y cómo se ha pasado el término en que había de dar caballeros que me defendieran; aunque respecto de estas guerras que ha habido, me ha dado el rey quince días de término más, cuando entendí que estaba arrepentido en su yerro, y seguro de mi castidad. El tiempo es breve, y no sé a quien encargue este negocio. Sabed que tengo acordado de darme yo misma la muerte, y será abriéndome las venas de los brazos, y que vayan destilando la sangre que me alimenta. Elijo esta muerte, porque los traidores Zegríes y Gomeles no me vean morir: solo una cosa os ruego, por ser lo último y postrero, y es que al punto que acabe de expirar (tú, Celima, sabes dónde entierran los cuerpos reales), abráis los antiguos sepulcros, y allí pongáis mi cuerpo, aunque desdichado; y tornando a poner las losas como de antes estaban, me dejéis, callando el secreto, el cual encargo a las dos; y a ti, Esperanza, te dejo libre, que eres mía: tomarás mis joyas para tu casamiento; y cásate con quien te estime, y escarmentad en esta desdichada reina. Lo que os he rogado, os vuelvo a pedir de nuevo, y no me faltéis en nada, porque con eso moriré contenta.

Y no cesando de llorar tomó un cuchillo de su estuche, y alzándose la manga de la camisa se iba a herir; mas Esperanza de Hita la tuvo el brazo llorando amargamente, y con amorosas y blandas palabras la consoló con las razones siguientes:

«Hermosísima Sultana, no te aflijas,

ni a las lágrimas des tus lindos ojos,

y pon en Dios inmenso tu esperanza,

y en su bendita Madre, y de esta suerte

saldrás con vida, junto con victoria,

y a tu enemigo acerbo en este instante

verás atropellado duramente.

Y para que esto venga en cumplimiento,

y en tu favor respire el alto cielo,

pon toda tu esperanza con fe viva

en la que por misterio muy divino

fue Madre del que hizo cielo y tierra,

el cual es Dios inmenso y poderoso,

y por misterio alto y sacrosanto

en ella fue encarnado, sin romperse

aquella intacta y virgen carne santa.

Quedó la infanta virgen y doncella

antes del sacro parto, y en el parto,

y también después de él virgen muy pura.

Nació de ella hecho hombre, por reparo

de aquel pecado acerbo, que el primero

padre que tuvimos cometiera;

nació de aquella virgen, como digo;

después en una cruz pagó la ofrenda,

que al más inmenso Padre se debía;

allí en todo rigor la fue ganando,

por darle al pecador eterna gloria.

En esta virgen, pues, reina y señora,

ahora te encomienda en este trance,

y tenla desde hoy por abogada,

y tórnate cristiana; y te prometo,

que si con devoción tú la llamases,

que en limpio sacaría esta tu causa.»

La reina estuvo a todo muy atenta,

y llena de consuelo halló en su alma

con las palabras dulces y discretas

que la Esperanza dice, y consolada,

habiendo en su memoria ya revuelto

aquel alto misterio de la Virgen;

teniendo ya impreso allá en su idea,

que gran bien le sería ser cristiana,

poniendo en las reales y virgíneas

manos sus trabajos, tan inmensos;

y así abrazando a su Esperanza, dijo:

«Han sido, mi Esperanza, tus razones

tan vivas y tan altas, que en un punto

con penetrante fuego han allegado

a lo que muy más íntimo tenía

allá en mi corazón, y más secreto,

y con afecto grande se han impreso;

tanto, que yo querría que ya fuese

llegado el feliz punto, tan dichoso,

en que cristiana fuese; y te prometo

tener por abogada a la que Madre

de Dios inmenso fue por gran misterio.

Y así lo creo yo, como tú dices,

y a ella me encomiendo ya, y ofrezco

en sus benditas manos mis angustias

con esperanza viva de remedio:

la pongo desde hoy, y en Dios confío

por su bondad inmensa, que me saque

de tan terribles males a buen puerto.»

Atenta estuvo a todas estas cosas Celima, y enternecida en lágrimas viendo así llorar a la reina, y determinada de seguir los mismos motivos, y de tornarse cristiana, con amorosas palabras dijo a la reina:

—No imagines, hermosa Sultana, que aunque tú te vuelvas cristiana, yo dejaré de seguir tu compañía, para que de mí sea lo que de ti fuere: yo también quiero ser cristiana, porque entiendo que la fe de los cristianos es mucho mejor que la mala secta que hasta ahora hemos guardado del falso Mahoma. Y pues todas estamos en un mismo parecer, si se ofreciere, moriremos por Jesucristo y conseguiremos vida eterna.

La reina escuchaba con el entrañable amor que decía aquellas palabras Celima, y echándola los brazos, la abrazó, y dijo a Esperanza:

—Ya que habemos acordado de ser cristianas, ¿qué haremos para salir de aquí? Aunque mi salida quisiera que fuera para recibir martirio por Cristo y ser bautizada con mi misma sangre.

A lo cual respondió Esperanza:

—Visto, señora, tu buen propósito, te daré buen consejo para que quedes libre de esta falsedad que te levantan. Sabrás, reina y señora, que sirve al rey D. Fernando un caballero que se llama D. Juan Chacón, señor de Cartagena, el cual está casado con Doña Luisa Fajardo, hija de D. Pedro Fajardo, adelantado y capitán general del reino de Murcia: es muy valiente el D. Juan Chacón, y muy amigo de hacer bien a todos los que poco pueden. Escríbele, señora, que yo sé que si le pides su favor, que no te le negará, porque es muy piadoso, y luego buscará amigos que vengan con él a librarte; y entiendo que cuando ninguno le quiera acompañar, que él solo vendrá; porque te certifico que es de esfuerzo extremado, y dará fin a tanta desventura como tienes, y nos aliviará en nuestra gran pena, causada de la tuya y de tu cruel prisión.

—Pues tan buen consejo me diste —dijo la reina— para lo más importante, que no fue de menos que ganar un alma perdida, no dejaré de tomar tu consejo, que es para lo menos, por ser libertad del cuerpo, y al momento me pondré a escribir a este caballero.

Y dándole recado escribió una carta a D. Juan Chacón, que decía así:

«La infeliz y desdichada Sultana, reina de Granada, del antiguo y claro Moraicel hija; a ti, D. Juan Chacón, señor de Cartagena, salud para que con ella, ayudado de Dios nuestro Señor y de su santísima Madre, puedas darme el favor que mi gran necesidad te pide, en la cual muy grandemente estoy puesta por un testimonio que me han levantado unos traidores caballeros, que son Zegríes y Gomeles, diciendo que violé con varón ajeno el aposento real de mi marido, y que delinquí con un noble caballero llamado Albín Hamete, Abencerraje; lo cual ha sido causa e instrumento para que los caballeros Abencerrajes fuesen degollados sin tener culpa; y no obstante esto, haber por ello en aquesta desdichada ciudad guerras civiles, de las cuales se han seguido muchas muertes de caballeros; y lo que más siento es que haya puesto dolo en mi honra, tan sin culpa, y que si en espacio de quince días no doy quien defienda mi honor, se ha de ejecutar en mí la sentencia en que estoy condenada, que es a morir quemada; y avisándome una cautiva cristiana de tu valor, esfuerzo, piedad, virtud y bondad, acordé de favorecerme de ti, pues eres padre de necesitados, y vengador de agravios. Mi necesidad es grande, pues soy mujer sola, desconsolada y triste; mi agravio es el mayor que en el mundo se ha hecho, pues se han atrevido traidores a poner mácula en mí, y a levantarme tal testimonio; lo que jamás imaginé. Yo estoy afrentada y en el peligro dicho: si no me socorréis soy perdida. No me neguéis vuestro favor, pues encomiendo en vuestras manos mi honra; y si por ser yo infiel no me queréis favorecer, consideraréis que no lo soy, sino que creo en Dios todopoderoso, y en la Virgen Santa María, su madre, en quien confío me alcanzaréis gloriosa victoria de mis enemigos, con la cual quedará libre mi honra y se sabrá la verdad cierta; y confío que os doleréis de esta desconsolada reina: no más. De Granada, etc.—Sultana, reina de Granada.»

Acabada de escribir la carta, se la leyó la reina a Celima y a Esperanza, de que se holgaron mucho viendo su buen parecer, y cerrada y sellada, y puesto el sobrescrito, enviaron a llamar a Muza; y venido, le rogó la reina y Celima que enviase con un mensajero fiel aquella carta, y Muza lo prometió así; y aquel día despachó con la carta un hombre de confianza; y llegando a la corte dio la carta a D. Juan Chacón, y leída respondió a la reina Sultana, consolándola con palabras muy eficaces en una carta del tenor siguiente:

«A ti Sultana, reina de Granada, salud para que yo pueda besar tus reales manos, por la singular merced que me haces en querer servirte de este tu humilde siervo para un negocio tan arduo y de tanta gravedad. Muchos y muy principales caballeros hay en esta corte a quien pudieras mandar lo que a mí; y pues lo mandas, obedezco, y acepto lo que me pides, confiando en Dios y en su bendita madre, y en tu inocencia; y así digo que el último día del plazo partiremos a servirte yo y tres caballeros amigos, y no habrá falta: encomiéndate a Dios, el cual te guarde y defienda. De Talavera, etc.—D. Juan Chacón.»

La carta escrita, la cerró y selló con su sello, lazos, flor de lis, blasón de sus antepasados; y dándola al mensajero, le envió; y llegado a Granada le dio la carta a Muza, y él la llevó a la reina; y habiéndola hablado, y a Celima su señora, se despidió, y en saliendo Muza, abrió la reina la carta y la leyó, presentes Celima y Esperanza de Hita; quedando con mucho contento y consuelo, y aguardando el día de la batalla.

A esta coyuntura se sabía por toda Granada cómo los caballeros Abencerrajes se habían vuelto cristianos, y Abenámar, Sarracino y Reduán, de que no poco temor tuvo el rey Chico, y los mandó pregonar por traidores, insistido de los Zegríes y Gomeles.

A lo cual no quisieron resistir, ni contradecir los linajes de los Alabeces, Aldoradines, Gazules y Venegas, y todos los de su parte, por no mover nuevos escándalos; y también porque tenían esperanza que presto volverían a tomar posesión en todos los bienes de que se había entregado el reyecillo, y porque no les correspondía aquel pregón, por ser ya cristianos, y porque era notoria la pasión y odio que tenía a estos virtuosos y nobles caballeros Abencerrajes: en donde los dejaremos por hablar de D. Juan Chacón, el cual habiendo despachado el mensajero de la reina, se puso a considerar a qué caballeros hablaría para llevar a la defensa de la reina, que fuesen de confianza para la satisfacción de aquel caso; y por otra vía se determinaba a emprender aquel hecho él solo; y sin duda saliera con su intención, por ser de corazón animoso, y valiente por extremo. Tenía grandísima fuerza, y tanta, que de una cuchillada cortaba todo el pescuezo a un toro.

Sucedió, pues, que no apartando de su memoria el cuidado de la reina y la palabra dada, un día se juntó con otros caballeros muy principales y muy estimados: el uno era D. Manuel Ponce de León, duque de Arcos, descendiente de los reyes de Jeriza, y señores de la casa de Villagracia, salidos de la real casa de los reyes de Francia, y a quienes por señalados hechos que hicieron les dieron los reyes de Aragón por armas las barras de Aragón, rojas de color de sangre en campo de oro, y al lado de ellas un león rapante en campo blanco; armas muy acostumbradas del famoso Héctor troyano, antecesor suyo, como dicen las crónicas francesas.

El otro caballero era D. Alonso de Aguilar, gran soldado, belicoso y de muchas fuerzas, y de animoso corazón, amigo de batallar con los moros; y de tanta perseverancia que tuvo en esto, vino luego a morir a manos de los moros, mostrando el valor de su persona, como adelante se dirá.

El tercero era D. Diego de Córdoba, varón de gran fortaleza, amiguísimo del militar ejercicio; y tanto que decía que estimaba más a un buen soldado que a todo su estado; y que merecía comer con el rey, y decir que era tan bueno como él.

Finalmente el alcaide de los Donceles, D. Manuel Ponce de León, D. Alonso de Aguilar, y D. Juan Chacón estaban en conversación tratando del reino de Granada y de la muerte de los Abencerrajes tan sin culpa, y de la injusta prisión de la reina Sultana, y en el estado que la tenía su marido el rey Chico, porque de todo habían informado los caballeros nuevamente convertidos.

Y tratando del miserable estado en que la reina estaba por un testimonio, dijo D. Manuel Ponce:

—Si fuera lícito, de buena gana fuera yo el primero en defender a la necesitada reina.

—Yo el segundo —dijo D. Alonso de Aguilar—, porque estoy condolido de su desgraciada suerte, y al fin es agravio feo en mujer noble.

El alcaide de los Donceles dijo:

—Pues yo fuera el tercero, porque considero la aflicción en que estará puesta; y aunque es mora, debemos los caballeros deshacer agravios hechos a personas de tal calidad, y nunca los cristianos perdemos la buena obra que hacemos.

—Sepamos, señores —dijo D. Juan Chacón—, qué cosa incierta halláis para que la reina no sea favorecida en este caso.

—Dos cosas lo impiden —dijo D. Manuel—: la una, ser mora Sultana, aunque no hago mucho reparo en esta; la otra, porque no podemos ir sin licencia del rey nuestro señor.

Dijo el alcaide de los Donceles:

—Eso es lo menos, porque sin ella podemos ir de secreto.

—Pregunto —dijo D. Juan Chacón—: ¿si la reina Sultana escribiera a uno de los que estamos aquí, pidiendo favor y ayuda en una necesidad como la que tiene, y que quiere ser cristiana, aunque aventure la vida, dejaría de ir a la batalla?

Respondieron todos, que mil vidas que cada uno tuviera, las emplearía en un caso tan honroso.

Muy alegre con la respuesta metió la mano en el pecho D. Juan Chacón, y sacó la carta diciendo:

—Por esa veréis cómo me hace cargo la reina de la satisfacción de su honor, y me pesa de que en particular me señale, habiendo en esta corte tanta flor de caballeros. Avisé de ir con otros tres caballeros si los hallo, y si no iré solo a tener batalla con los cuatro moros, que yo confío en Dios y en la inocencia de la reina, que alcanzaré victoria; y si la fortuna me fuere adversa y muriere en la batalla, yo la tendré por dichosa muerte.

Habiendo leído la carta de la Sultana los tres caballeros, y viendo como decía en ella que quería ser cristiana, y de la deliberada determinación del señor de Cartagena, dijeron que ellos le acompañarían en aquella ocasión; y así ordenaron de partirse sin licencia del rey, y sin dar cuenta a nadie.

El andaluz, astuto guerrero, alcaide de los Donceles, dijo que sería bien que fuesen en traje turquesco, porque en Granada no fuesen conocidos de algunas personas, especialmente de los cautivos.

Todos dijeron que era acertado aquel parecer; y así aderezaron ricas libreas a lo turco, y previniéndose de armas y caballos, y de todo lo necesario para su viaje, partieron de Talavera sin escuderos por ir más encubiertos; dejaron dicho en sus posadas que iban a montería.

En todo el camino no entraron en poblado: en campaña dormían, y en las ventas compraban su menester; y así llegaron a la Vega dos días antes que se cumpliese el plazo, y entraron en el Soto de Roma, donde con quietud descansaron todo un día, y estuvieron la noche a orilla del fresco Genil; y la mayor parte de ella trataron del orden que habían de tener para conseguir el efecto de aquella batalla.

Venida la mañana, alegres se alistaron para ir a Granada, y se pusieron sobre las fuertes armas las vestiduras turquescas; y subiendo en sus caballos salieron a lo raso de la Vega, por donde se iban poco a poco acercando a Granada, mirando a todas partes, y alegrándoles su muy hermosa vista, y la diversidad de riberas, huertas, cármenes y jardines, que les parecía un paraíso terrenal.

Y no se admire el lector del encarecimiento, porque puede creer que no hay maceta de claveles ni de albahaca regalada y cultivada en casa de los señores, como los moros tenían cada palmo de tierra, aun en los cerros, como hoy día aparecen muchas ruinas; y así les producía la tierra que era maravilla; y puede considerarse su mucha fertilidad, porque un año antes que se ganara Granada, sustentaba ciento y ochenta mil hombres de pelea, sin viejos, niños y mujeres.

Yendo, pues, los famosos caballeros a Granada, atravesando por la Vega dieron en el camino de Loja, por el cual vieron venir muy apriesa a un caballero moro, que parecía ser de valor por su buen talle y librea.

Era la marlota de damasco verde con muchos tejidos de oro, y plumas verdes, blancas y azules. En medio de la adarga blanca estaba pintada un ave fénix, puesta sobre unas llamas de fuego, y una letra en círculo que decía: Segundo no se halla. El caballo era bayo, cabos negros, y en la gruesa lanza puesto un pendoncillo verde y rojo.

Parecía tan bien el moro que dio grandísimo contento su vista a los caballeros, y le aguardaron a que llegase, y en llegando les saludó en arábigo, y el alcaide de los Donceles le respondió en el mismo lenguaje.

El moro detuvo su priesa, y mirando la buena postura y talle de los cuatro caballeros, les dijo así:

—Aunque la priesa que llevo es grande, y la gravedad de mi cuidado no requiere dilación, el deseo de saber, si gustáis de decir quién sois, me obliga a detener las riendas, porque caballeros como vosotros son muy peregrinos en esta tierra, y no solemos ver semejantes galas sino en caballeros o embajadores que vienen de la parte del mar Líbico a tratar algo con el rey de Granada, aunque es verdad que no traen el apercibimiento de armas que parece tenéis debajo de las marlotas, ni caballos tan ligeros de guerra; y si gustáis de que vamos juntos, seré contento en llevar tan buena compañía, y no me neguéis quien sois, por lo que debéis a ley de caballeros.

Don Juan Chacón le respondió en turquesco, que eran de Constantinopla. Pero el deseoso moro no le entendió, y así dijo:

—No entiendo esa lengua, hablad en arábigo pues sabéis.

Entonces respondió el alcaide de los Donceles en algarabía:

—Nosotros somos de Constantinopla, de nación jenízaros, y tenemos sueldos del Gran Señor cuatrocientos de nosotros que estamos de guarnición en Mostagán; y como tenemos noticia de que en estas fronteras hay muchos cristianos de admirables fuerzas, venimos con intención de probar las nuestras con las suyas, aunque nos han certificado de que recibís notables daños cada día de ellos. Desembarcamos en Adra, y andamos mirando esta vega, que es la mejor que hay en el mundo, a nuestro parecer; y entendiendo de hallar algunos cristianos para escaramucear con ellos, no hemos topado ninguno; y así vamos a ver la nombrada y gran ciudad de Granada, y besaremos las manos al rey, y luego nos volveremos a embarcar en nuestra fragata, y nos iremos la vuelta de Mostagán; esta es la verdad de lo que habéis preguntado. Y pues ya habéis satisfecho vuestro gusto, nos le daréis en decirnos quien sois, que no menos deseo tenemos de saberlo, que el que vos manifestasteis tener de saberlo de nosotros.

—A mí me place —dijo el moro— de daros cuenta de lo que me pedís; pero caminemos, y en el camino os daré larga cuenta de lo que deseáis saber.

—Vamos —dijo D. Alonso de Aguilar; y diciendo esto caminaron muy apriesa, y el enamorado Gazul comenzó a contar su historia en esta manera:

—Sabed, señores caballeros, que a mí me llaman Mahomad Gazul, que soy natural de Granada y vengo de Sanlúcar, porque allí está la prenda más querida y más amada que tengo en esta vida; mi hermosa dama, llamada Lindaraja, del linaje de los nobles caballeros Abencerrajes. Ausentose de Granada respecto a que el rey de ella mandó que saliesen desterrados los Abencerrajes, sin culpa, habiendo ya degollado a treinta y seis caballeros de ellos, que eran la flor de todo el reino. Esta fue la causa que movió a mi señora a salir de Granada; y se fue a Sanlúcar en casa de un tío suyo, y yo la acompañé. Con la vista de mi señora vivía contento, y ahora no lo estoy. Supe en Sanlúcar como los Abencerrajes se habían tornado cristianos y servían al rey D. Fernando, y que en Granada había grandes alborotos y guerras civiles, y la reina Sultana estaba presa en juicio de batalla; y como soy de su parte y todos los de mi linaje, vengo para ser uno de los cuatro caballeros que han de defender a la reina, siendo hoy el postrero día del plazo; y por tanto demos priesa porque no llegue yo tarde, y con esto he cumplido mi promesa, y os he dicho el hecho de la verdad.

—Por cierto, señor caballero —dijo D. Manuel Ponce—, que nos habéis admirado, y a fe de caballeros, que me holgaría que la señora reina quisiese que nosotros cuatro fuésemos señalados para su defensa, que por su alteza hiciéramos todo lo posible hasta perder las vidas.

—Pluguiese al santo Alá que en vuestros brazos poderosos pusiera la restitución de su honra la reina, que bien entiendo que estaba segura la victoria, y tengo de hacer las diligencias posibles para que os señalen, aunque he oído que no quiere encomendar la reina su causa a moros, sino a cristianos.

—Cuando eso sea —dijo D. Manuel Ponce— no somos moros, sino turcos; de nación jenízaros, hijos de cristianos.

—No decís mal —respondió Gazul—, que por esta vía sería posible que la reina os escogiese para su defensa.

—Dejando esto aparte —dijo D. Juan Chacón—, señor Gazul, ¿qué caballeros cristianos son los de más fama, y que más daño hacen en este reino?

Respondió Gazul:

—Los que nos corren la Vega muy a menudo, y a quien temen los fronterizos de esta comarca, son D. Manuel Ponce de León, y a D. Alonso de Aguilar, y a Gonzalo Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, y a Portocarrero, y a D. Juan Chacón, y al gran maestre. Estos caballeros son asombro de esta tierra, y sin aquestos hay otros muchos caballeros en la corte del rey D. Fernando, que nos destruyen por momentos.

—Mucho nos holgáramos de vernos con esos caballeros —dijo D. Alonso de Aguilar.

—Pues a ley de moro hijodalgo, —respondió Gazul—, que habíais de hallar un Marte en cada uno de los ya nombrados, y en Granada os contaré cosas que han hecho, que os pongan espanto.

—Mucho nos alegraremos de oírlas, por tener que contar en nuestra tierra —dijo D. Manuel, y caminaron apriesa.

Dejarémoslos hasta su tiempo, por tratar lo que pasaba en la ciudad de Granada a esta sazón.