CAPÍTULO XV.
En que se da cuenta de la batalla que se hizo entre los cuatro caballeros cristianos y los cuatro moros sobre la libertad de la reina, y cómo vencieron los cristianos y mataron a los moros, y cómo la reina fue libre; y de otras cosas más.
Con grande tristeza estaba la noble ciudadana gente de Granada, porque se había cumplido el término a la reina Sultana; y sentían más la pena, porque no había señalado quien hiciese la batalla contra los acusadores; y así muchos caballeros fueron a suplicar al rey que la volviese en su gracia, pues estaba sin culpa, y se echaba de ver su inocencia en que en los términos que se le habían dado no había señalado caballeros que volviesen por ella, y que no diese crédito a los Zegríes, pero no aprovechaban sus ruegos, porque estaba pertinaz, inducido de los falsos acusadores Zegríes para que su mentira fuese adelante; y así daba por respuesta que de no dar defensores aquel día, que al siguiente se ejecutaría la sentencia de la reina; y mandó que se hiciese en la plaza de Vivarrambla un teatro donde estuviese la reina, y los jueces que habían de determinar su causa: los cuales fueron Muza, y un Azarque, y otro Almoradí; y deseaban buen suceso en aquel caso, y tenían presupuesto de hacer por la reina todo lo que pudieran.
El tablado fue todo enlutado, y los jueces subieron al Alhambra para traer a la reina a la plaza, al sitio de la lid, y con ellos fueron muchos caballeros para venir acompañando a la reina.
Los Almoradís, Almohades, Aldoradines, Gazules, Venegas, Alabeces y Marines querían quitar a la reina, y darle de puñaladas al rey y quemarle la casa; pero fueron aconsejados que no hiciesen tal, porque aunque salvasen la vida a la reina, su honra quedaba manchada y oscurecida, y era argumento de verificación; porque diría el vulgo loco que porque estaba culpada, y saber de cierto que la habían de condenar a muerte, no consintieron que se hiciese batalla, y era en favor de los acusadores haciendo su mentira verdad.
Fue muy eficaz esta razón para que desistiesen de su propósito, confiando en que la bondad y sencillez de la reina la habían de librar.
Pues entrando los jueces en el Alhambra no los dejaba pasar adelante el rey Mulahacén diciendo que no habían de llevar a la reina para ponerla en acusación.
Muza y los demás caballeros le dijeron que era conveniente al honor de la reina poner su causa en juicio, porque por aquella vía quedaba su honor limpio; y de no dar licencia que la llevasen, quedaría probada la causa, y los Zegríes con su intención.
El rey preguntó si tenía la reina caballeros que la defendiesen; Muza dijo que sí, y que cuando no los hubiera, él mismo en persona haría la injusta batalla.
Con esto dio licencia para que entrasen; y así Muza y los dos jueces entraron, quedando todos los demás fuera del Alhambra: y llegando Muza a donde estaba la reina, la halló hablando con Celima sin ninguna pena de lo que aguardaba, que bien sabía que no tenía más de aquel día de plazo; pero confiada en D. Juan Chacón, estaba sin ninguna congoja, y también porque si no venía D. Juan Chacón, y ella fuese sentenciada a muerte, en morir cristiana llevaría mucho gozo, porque empezaría a vivir para siempre, y con esto estaba la más alegre y contenta que se podía imaginar.
Mas así como vio a Muza acompañado de aquellos caballeros que con él venían, luego presumió a qué era su venida, con la cual sintió alguna turbación y pesadumbre, y con ánimo varonil hizo en esto la resistencia que pudo, porque no se entendiera su flaqueza.
Muza y los caballeros, así como vieron a la reina y a Celima, hicieron el debido acatamiento, y dijo Muza:
—Grande ha sido el descuido que vuestra alteza ha tenido en nombrar caballeros, siendo hoy el último día que tenéis de plazo: ¿qué determináis?
—No tengáis pena —dijo la reina— que yo confío en Dios que hoy se ha de saber la verdad de mi sincero pecho, y que no han de salir con su mala intención los falsos acusadores, y que tengo de triunfar de ellos; y cuando Dios se sirva que por mis pecados sean vencidos mis defensores, y en mí sea ejecutada la sentencia que contra mí se ha pronunciado, yo partiré contenta de esta vida mortal para gozar de la eterna.
Muza no entendió el secreto de las palabras, y así dijo:
—Yo he querido que siga aqueste juicio de vuestra alteza por justicia, por causa de algunas presunciones de gente ignorante y de poca experiencia, aunque debéis mucho a todos, porque cada uno siente vuestra pena como si fuera suya propia; y porque se acrisole y apure más el oro de vuestra castidad, y porque sean castigados los traidores que la han deslustrado. Así, señora, sabed que venimos por vuestra alteza estos caballeros y yo, que somos jueces de vuestra causa, y todos siervos vuestros, y haremos lo que debemos. Podréis luego señalar caballeros, que cien mil hay que os desean servir en esta ocasión tan honrosa. Vuestra alteza venga a la plaza y Celima también, porque haya buen suceso.
—Vamos —dijo la reina—, y venga conmigo Esperanza, que es mucho el amor que la tengo, y ha sentido mucho mi afrentosa prisión y tristeza, y será bien goce del contento, como confío en el poderoso Dios que nos le ha de dar con el triunfo de la victoria.
Y diciendo esto se entraron todas en el retrete y se vistieron de negro, y en saliendo del aposento dijo la angustiada reina al valeroso Muza:
—Mucho contento recibiré en que si mi desdicha fuere tanta que mis valedores sean vencidos, que todo lo que hay mío en este aposento se le dé a Esperanza, y libertad, porque esta es mi última voluntad por lo bien que me ha servido.
No pudo sufrir la reina las lágrimas, diciendo estas palabras; y lloraba con tanta tristeza y dolor de su afecto, que movió los varoniles pechos a acompañar su llanto; y dándole Muza la mano salieron fuera del Alhambra adonde estaba una litera, y entraron dentro de ella la reina, Celima y Esperanza.
Allí estaban para irla acompañando, vestidos de luto, muchos caballeros de los Alabeces, Gazules, Aldoradines, Venegas, Almohades, Marines, y otros muchos linajes, y debajo de las marlotas y albornoces negros llevaban muy fuertes armas, con intento de romper aquel día con los Zegríes, Gomeles y Mazas, por si fuese necesario; y si no fuera por la honra de la reina, sin duda aquel día se perdiera Granada.
Y así recelosos los Zegríes, Gomeles, Mazas, y los de su bando llevaban armas fuertes debajo de sus marlotas y alquifaes por si sus contrarios les quisiesen acometer.
No se vio jamás Granada en sus guerras y trabajos tan a pique de perderse como aqueste día; pero quiso Dios que sin escándalos ni guerras se acabase aquel negocio.
En llegando a la calle de los Gomeles salían a los balcones y ventanas dueñas y doncellas llorando amargamente a la desventurada reina; de suerte que a sus llantos y gritos se movió toda la ciudad a compasión, y maldecían al rey y a los Zegríes a grandes voces. De esta manera entró la litera en la calle del Zacatín, donde más se aumentaron los sollozos, suspiros y vocería.
Llegada la caballería y la reina a la plaza, fue puesta la litera junto al tablado. Muza y los otros dos jueces sacaron a la desconsolada reina Sultana, a Celima y a Esperanza de Hita, y las subieron al enlutado tablado por unas ventanas de una casa, y en el tablado había un estrado de paños negros y bastos.
Allí se sentó la reina muy afligida y llorosa, por ver que en pública plaza había de ser juzgada, y junto a ella sentó a Celima, y a sus pies a Esperanza de Hita; allí fueron los llantos, allí fueron los gritos de hombres, niños, damas y doncellas, que no pudieran ser mayores los de Roma y de Troya cuando se veían quemar sin tener remedio.
Todas las ventanas, balcones y azoteas estaban llenas de gente, y en la plaza había grandísima multitud, y todos no cesaban de llorar y de hacer gran sentimiento viendo las lágrimas que derramaba la reina, su doncella y su esclava.
A un lado del tablado en otro estrado se sentaron los jueces para juzgar la causa, y de allí a poco espacio se oyeron veinte trompetas de guerra, y mirando lo que era vieron venir a los cuatro acusadores de la reina que venían armados y puestos a punto de batalla, y en muy poderosos caballos.
Traían sobre las armas marlotas verdes y moradas, pendoncillos y plumas del mismo color. Traían en las adargas unos sangrientos alfanjes con una letra en torno, que decía: Por la verdad se derrama.
De aquesta forma llegaron los cuatro mantenedores de la maldad, acompañados de los Zegríes, Gomeles y Mazas, y de todos los demás de la parcialidad, hasta llegar a un grande y espacioso palenque que estaba hecho junto al tablado.
Era tan grande como una carrera de caballo, y muy ancho; y abierta una puerta del palenque entraron los cuatro caballeros acusadores, que eran Mahomad Zegrí, el caudillo de la traición, Hamete Zegrí, Mahandón Gomel y Mahandín. Así como entraron tocaron de su parte muchos instrumentos. Todos los de este bando se pusieron al lado izquierdo del tablado, porque al derecho estaban los caballeros deudos de la reina.
Estaban todos aguardando a ver a quién había de nombrar la afligida reina; y visto que desde las ocho de la mañana estaban allí, y que eran ya las dos de la tarde y no había señalado defensores, ni parecía ninguno, estaban todos con grande pena, y no sabían cuál era el pensamiento de la reina, pues tan descuidada estaba en un negocio que no le importaba menos que honra y vida; y no menos pena tenía la reina viendo que era tan tarde y no había venido D. Juan Chacón, en quien, después de Dios, tenía esperanza de su libertad, y no entendía qué causa le hacía faltar a la palabra dada.
Malique Alabez y un Aldoradín, y otros dos caballeros se llegaron al tablado, y dijeron en alta voz:
—Si gusta la reina de que la sirvamos en esta ocasión, dé licencia que la defendamos y lo pondremos por obra.
A lo cual respondió la reina, que ella lo agradecía, y que quería esperar otras dos horas; y que si no viniesen ciertos caballeros que tenía prevenidos, que ella aceptaba la oferta; y así se retiraron a sus puestos.
Pero no pasó media hora cuando se oyó un gran ruido y alboroto, al cual mirando toda la gente vieron entrar por la plaza cinco caballeros muy galanes, los cuatro vestidos a lo turquesco y el otro a lo moro, el cual fue conocido de todos que era Gazul: a los demás tuvieron por extranjeros, y así concurría toda la gente a ver los forasteros.
Los parientes de la reina y los demás caballeros le daban la bienvenida a Gazul, y en particular sus deudos, y le preguntaban todos si conocía aquellos caballeros que con él venían. Y él respondió que no, sino que en la Vega se habían juntado.
Y con aquesto llegaron al cadalso donde estaba la reina Sultana y los jueces, los cuales deseaban saber la causa de su venida; y llegados miraron a la triste reina, y les quebró el corazón verla en tan miserable estado; y mirando toda la plaza vieron el gran palenque, y dentro de él a los acusadores de la reina; y espantados de la mucha gente que había, dijo D. Juan Chacón en turquesco a los jueces si podía hablar a la reina dos palabras. Los jueces dijeron que no le entendían, que hablase en arábigo, y él lo dijo en algarabía; y Muza respondió que sí, que subiesen.
D. Juan subió al tablado, y haciendo su acatamiento a los jueces se fue a la reina, y hecha la reverencia, habló alto que los jueces lo entendieron, diciendo:
—Con la procela del océano, reina y señora, fuimos arribados al mar de España, y desembarcamos en Adra, y venimos con intento de escaramucear con algunos cristianos, y buscándolos en la Vega no encontramos ninguno; y viniendo a ver esta ciudad nos alcanzó en el camino un caballero moro, y nos dio cuenta del desastrado estado de vuestra alteza, y cómo no teníais caballeros nombrados para vuestra defensa, y que no queréis que vuestra causa defiendan moros, sino cristianos. Yo y mis compañeros somos turcos jenízaros, hijos de cristianos, y doliéndonos de vuestra contraria y adversa fortuna, movidos de piedad de vuestra inocencia, venimos a ofrecernos para hacer esta batalla; y si vuestra alteza nos quiere admitir, yo os prometo a ley de caballeros, por mí y en nombre de mis compañeros, que haremos en este negocio todo lo que pudiéremos.
Cuando decía esto D. Juan Chacón, tenía en la mano la carta de la reina, y al descuido la dejó caer en sus faldas, sin que se reparase en ello por los jueces, y cayó el sobrescrito hacia arriba.
La reina pidió a Celima que con recato le diese aquel papel: ella le alzó y se lo dio, y luego conoció su letra y advirtió el secreto, y con disimulación miró a Esperanza de Hita, que estaba divertida mirando a D. Juan Chacón; y volviendo la cabeza a mirar a la reina, ambas se entendieron mirándose la una a la otra, y maravillada la reina de su traje y disfraz, respondió a D. Juan Chacón:
—Yo he estado aguardando hasta ahora a cierto caballero que me dio palabra por letra suya, de estar hoy aquí con otros tres caballeros; y pues ya es tarde, y vos, noble caballero, queréis tomar este cuidado a vuestro cargo y de vuestros compañeros, yo lo agradezco mucho.
D. Juan replicó y dijo:
—Yo, señora, me prefiero a hacer lo que ese caballero, y no le reconozco ventaja, ni es mejor que yo; ni los tres caballeros que había de traer no excederán en cosa alguna a los que vienen conmigo: sed cierta de esto, señora, y dadnos licencia.
—Yo la doy —dijo la reina—, y creedme, virtuoso caballero, que no debo cosa ninguna en obra ni en pensamiento de lo que se me imputa, y así pelearéis seguros.
D. Juan dijo a los jueces que advirtiesen lo que la reina decía. Lo cual oído por los jueces mandaron que se escribiese aquel auto y lo firmase la reina: firmó, y haciendo el acatamiento debido a la reina, se bajó del tablado D. Juan Chacón, y subiendo en su caballo dijo a sus compañeros:
—Señores, nuestra es la batalla, empecémosla antes que sea más tarde.
Los caballeros de la parte de la reina rogaron a los defensores que hiciesen todos sus poderíos, como de tan buenos caballeros se esperaba; lo cual ellos prometieron, y así con toda la caballería los llevaron enmedio, paseándolos y dando vuelta por toda la plaza al son de muchas chirimías, añafiles y dulzainas.
Entraron en el palenque los caballeros cristianos, y recibiéndoles pleito homenaje de que en aquel caso harían el deber, cerraron la puerta.
En todo este tiempo no quitaba la vista Malique Alabez de D. Manuel Ponce de León, porque le parecía haberle visto, y no se acordaba dónde, y decía entre sí:
—Válgame Alá, y qué traslado es aquel caballero turco de D. Manuel Ponce de León; pero no es él, porque es turco, y él es cristiano.
Miraba el caballo, y conocíale por haberle tenido en su poder. Así andaba confuso, si era o no, y llegándose a un caballero Almoradí, tío de la reina, le dijo:
—Si el caballero del caballo negro es el que imagino, cierta está la libertad de la reina.
El caballero Almoradí dijo:
—¿Quién es? ¿Conoceisle por ventura?
—Yo os lo diré después, veamos ahora cómo le va en la batalla.
Diciendo esto, miraron a los caballeros, los cuales descubrían los escudos que eran muy fuertes y relucientes.
Ahora, pues, será bien tratar de qué colores eran las ropas turquescas. Eran todas de paño fino de color celeste, guarnecidas con franjones de oro y plata: los albornoces eran de seda azul. Llevaba cada caballero un turbante de toca de seda, listada de oro, y hecho de unas lazadas curiosas. En la parte de arriba del bonete en la punta, puesta una media luna de oro.
Los pendoncillos de las lanzas eran azules, y en ellos las armas de sus escudos, porque D. Juan Chacón llevaba en su pendoncillo una flor de lis de oro, y en el escudo en un cuartel de sus armas un lobo en campo verde, el cual parecía despedazar un moro. Encima del lobo había un campo azul, y en él una flor de lis de oro, y una letra que decía: Por su mal se devora, significando que aquel lobo se comía aquel moro por el testimonio que a la reina había levantado.
D. Manuel Ponce llevaba en su escudo el león de sus armas en campo blanco, y león dorado: no quiso aquel día poner las barras de Aragón. El león tenía entre las uñas un moro que estaba despedazando, y una letra que decía de esta suerte:
Merece más dura muerte
quien va contra la verdad,
y aun es poca crueldad
que un león le dé la muerte.
El pendoncillo, que era azul, llevaba un león de oro.
D. Alonso de Aguilar no quiso aquel día poner ningún cuartel de sus armas, por ser muy conocidas: puso en su escudo un águila dorada en campo rojo, las alas abiertas como que volaba al cielo, y en las fuertes uñas llevaba una cabeza de un moro bañada en sangre, que de las heridas de las uñas le salía. Esta divisa del águila puso D. Alonso a memoria de su nombre. Llevaba una letra, que decía de esta suerte:
La subiré hasta el cielo,
porque dé mayor caída,
por la maldad conocida
que cometió sin recelo.
Asimismo llevaba en el pendón de la lanza este bravo caballero el águila dorada, como en el escudo.
El alcaide de los Donceles llevaba por divisa en su escudo en campo blanco un estoque, los filos sangrientos, la cruz de la guarnición era dorada, en la punta del estoque tenía clavada una cabeza de un moro goteando sangre, con una letra en arábigo que decía de esta suerte:
Por los filos de la espada
quedará con claridad
el hecho de la verdad,
y la reina libertada.
Muy maravillados quedaron todos los caballeros circunstantes, así los de la una parte, como los de la otra, en ver la braveza de los cuatro caballeros, y más en ver las divisas de sus escudos, por las cuales conocieron claramente que aquellos caballeros venían al caso determinadamente y con acuerdo; pues las divisas y letras de sus escudos lo manifestaban, y que la reina los tenía apercibidos para su defensa; y se admiraban grandemente de que en tan pocos días vinieran de tan lejas tierras; pero considerando que por la mar pudieran haber venido en aquel tiempo, con esto no curaron más de inquirir ni saber el cómo y cuándo, sino ver el fin de la batalla.
El valeroso Muza y los otros jueces se admiraron de ver aquellas divisas; y para gozar mejor de verlas pidió Muza un caballo, y subiendo en él se entró en el palenque, y mandó a un criado que le tuviese allí una lanza y una adarga, por si fuera menester.
Los dos jueces se estuvieron con la reina, la cual decía:
—Esperanza, dime, ¿conociste a aquel caballero que subió a hablarme?
—Sí, señora, aquel es D. Juan Chacón, que aunque viniera más disfrazado, no dejara de conocerle.
—Ahora digo —dijo la reina— que es cierta mi libertad, y el vengarme de mis enemigos.
Malique Alabez y el animoso Gazul, y otros muchos caballeros, parientes y amigos de la reina, se pusieron alrededor del tablado, y por lo que se ofreciese.
A este tiempo el alcaide de los Donceles empezó a picar a su caballo, y lozaneando se fue adonde estaban los caballeros acusadores, y llegando a ellos, les dijo en alta voz:
—Decid, caballeros, ¿por qué tan sin razón habéis acusado a vuestra reina y señora, y habéis puesto dolo en su honra?
Mahomad Zegrí le respondió:
—Acusámosla por ver con nuestros ojos cometer el delito de adulterio, y volviendo por la honra de nuestro rey, lo manifestamos.
El valeroso alcaide, lleno de cólera, le respondió:
—Cualquiera que lo dijere, miente como villano, y no es caballero; y pues estamos en parte donde se ha de saber la verdad, apercibíos al momento todos los traidores a la batalla, que hoy habéis de morir confesando lo contrario de lo que tenéis dicho.
Y diciendo esto D. Diego Fernández de Córdoba, terció con presteza su lanza, y con el encuentro de ella le dio al Zegrí tan terrible golpe en los pechos, que sintió bien la fuerza de su brazo, y quedó lastimado; y si fuera el golpe con el hierro, no hay duda sino que de él muriera.
El Zegrí afrentado por ver que estaba desmentido y ofendido con el golpe, revolvió su caballo, y fue a herir al alcaide, el cual como hombre experimentado en la guerra y en escaramuzas, se retiró a un lado, y revolviendo sobre el moro que a él venía, comenzaron una trabada escaramuza.
Y visto esto, los trompeteros tocaron los instrumentos, haciendo señal de batalla, a la cual se movieron los demás caballeros, los unos contra los otros con gran furia.
A D. Manuel le cayó en suerte Alí Hamete, a D. Alonso, Mahandón; y a D. Juan Chacón le tocó el fuerte Mahandín.
Reconociendo cada uno su contrario, comenzaron una muy sangrienta batalla, mostrando cada uno su gran valor.
Los moros eran muy valientes; pero poco les aprovechaba su valor, porque lidiaban con lo mejor de Castilla; y así andando escaramuceando con admirable braveza, y dándose lanzadas por las partes que podían, D. Juan Chacón fue herido en un muslo, de donde le salía abundancia de sangre; el cual como se sintió herido en los primeros encuentros, y que su contrario salió libre sin que llevase otra herida en recompensa, encendido en cólera y saña furibunda aguardó a que volviese a segundarle otro golpe, que entonces le embestiría con toda su furia, y sucedió de la misma manera que lo imaginó, porque el moro muy ufano y gozoso, como sintió que le había herido, volvió al cebo para tornar a picar en él, diciendo con grande algazara:
—Ahora sabréis, turcos, si hay moros granadinos que puedan pelear y resistir a todos los caballeros del mundo.
Y diciendo esto se venía a D. Juan, el cual estaba sobre el aviso; y viéndole venir derecho y con tanta fuerza, apretó las piernas al caballo, y con valor y furia extraña embistió al esforzado moro, y se encontraron los dos caballeros tan fuertemente, que parecía haberse juntado dos montes, según la braveza y furia con que se acometieron.
El caballo de D. Juan Chacón era más fuerte y furioso que el del contrario; y así se paró después de haberle encontrado, y el del moro no se pudo tener, y se cayó de ancas.
El moro fue herido muy malamente del bote de la lanza que le dio el valiente D. Juan; mas no tan a su salvo, que no quedase con una pequeña herida, y que si entrara más el hierro, tuviera mucho peligro, por ser en el hueco del costado; pero no fue casi nada, porque no encarnó el agudo hierro.
El bravo moro se puso en pie con muy grande presteza, y echando mano a su alfanje se vino derecho a desjarretar el caballo de D. Juan para que le derribase, y él tuviese lugar de herir a su salvo a D. Juan; y aunque pudiera el noble cristiano alancear al moro, por tenerle tanta ventaja de estar a caballo y tener enristrada la lanza, no quiso dar nota de sí, que se pudiera decir que peleaba con tantas ventajas; y así no le esperó a caballo, sino saltó de él con grande ligereza, y desechando la lanza, puso mano a su espada; y embrazando el escudo se estuvo afirmado, aguardando a su enemigo, el cual llegó, y entre los dos valerosos guerreros comenzaron de nuevo una batalla tan reñida, que causaba grima ver las centellas que saltaban de los escudos; de la cual refriega sacó el moro dos pequeñas heridas; y apartándose un poco para cobrar aliento, volvió a embestir.
D. Juan Chacón como se vio acometer de aquella suerte, confiado en su fuerza, y viendo tan cerca al moro, le tiró un golpe de revés, que le cortó el adarga y le hirió mortalmente en el hombro; y por muy poco cayera, porque le quitó el sentido: lo cual visto por el valiente D. Juan, arremetió a él, y le dio un encuentro con el escudo, que desapoderado de sus fuerzas cayó en tierra el moro; y luego le dio una cuchillada que le dividió una pierna de su lugar; y viendo que había alcanzado victoria de su enemigo, alzó los ojos al cielo, y dio gracias a nuestro Señor Jesucristo; y tomando un trozo de lanza, se afirmó a él, porque le daba gran dolor la herida del muslo; y arrimándose a una parte del palenque, se puso a mirar la batalla.
Luego tocaron los músicos instrumentos de la reina, en reconocimiento del vencido moro, lo cual puso grande ánimo a los tres cristianos, y cobardía a los moros, y perdieron la esperanza de la victoria con tan mal presagio; y más cuando vieron dar en una ventana muy grandes gritos y hacer tristes llantos, y quien los daba era la mujer y hermanas de Mahandín viendo que con angustias mortales se revolcaba en su sangre.
Los Zegríes mandaron que se quitasen de allí aquellas mujeres, porque no fuesen sus llantos causa de desmayo en los tres mantenedores del testimonio.
Los seis caballeros se combatían con tanta ferocidad, que parecía que en aquel instante empezaba la batalla, haciendo tanto ruido y estrépito, que parecía que peleaban cincuenta caballeros.
D. Juan Chacón sentía mucho dolor de sus heridas, en particular del muslo, como ya se había enfriado; y subiendo en su caballo se puso a considerar si iría a ayudar a sus compañeros, o a curarse, y no se determinó a ninguna de las dos cosas por no ser notado; y así acordó de esperar el fin de la batalla, porque bien sabía que no duraría mucho, por dos razones; la una por la satisfacción que tenía en el valor y fortaleza de sus compañeros; la otra, porque peleaban con justicia y razón, y defendían la verdad; y así de necesidad los había de favorecer la fortuna.
Peleando, pues, los caballeros con un ánimo admirable, el enojado Mahandón, como vio a su querido hermano Mahandín tendido en el suelo, lleno de sangre, y hecho pedazos, con el dolor tan grande que sentía, dijo a D. Alonso de Aguilar.
—Permitid, señor caballero, que vaya a tomar venganza de aquel que ha muerto a mi amado hermano, y luego concluiremos vos y yo nuestra batalla.
—No trabajes en vano, dijo D. Alonso; fenece conmigo la batalla, pues tu hermano, como buen caballero, hizo lo que pudo; y no dudes de verte en el mismo estado que tu hermano está, porque la sangre de los nobles Abencerrajes vertida sin culpa, y la inocencia de la reina están pidiendo justa venganza contra los que quedáis.
Y diciendo esto le acometió con furia, y le hirió con la lanza en el costado, aunque no fue grande la llaga. Lo cual visto por el moro, revolvió contra D. Alonso, y colérico le arrojó la lanza.
D. Alonso que la vio venir con tal presteza, por hurtar el cuerpo al furioso golpe, revolvió su caballo con ligereza; pero no tan a tiempo, que no llegase primero la lanza, y entrándole por la una ijada del caballo, le salió a la otra más de media vara.
El caballo sintiéndose mal herido con la lanza atravesada, empezó a dar bufidos, brincos y corcovos, que no era bastante la dureza del freno para que se sujetase y estuviese sosegado; y visto que no aprovechaba su diligencia, y que por su desgracia se le podía seguir algún daño irreparable, determinó de arrojarse en el suelo, aunque se ponía en mucho peligro, por estar su competidor a caballo; y confiando en Dios nuestro Señor, se arrojó de la silla quedándose en pie con su espada en la mano aguardando a su enemigo.
Grande contento y alegría sintió el bando de los Zegríes y Gomeles en ver el estrecho en que había puesto su pariente al caballero extranjero, y en verle a pie le consideraban ya vencido; y como vio Mahandón a su contrario a pie, recibió mucho contento; y yéndose a él le dijo:
—Ahora me pagaréis la muerte de mi hermano; pues me evitasteis de darla a quien se la dio a él.
Y arremetió con el caballo para atropellarle, y el alfanje en la mano para herirle.
D. Alonso de Aguilar era muy ligero, y se estuvo quedo, como que le quería aguardar; mas al tiempo que llegó dio un salto, y se apartó, y Mahandón pasó de largo sin hacer efecto; y revolviendo otras tres veces, tampoco hizo nada.
D. Alonso le dijo:
—Desciende de aquese caballo, si no quieres que te le mate, y te podrá suceder peor.
Al moro le pareció buen consejo, y así se apeó; y embrazando su adarga vino a D. Alonso, diciendo:
—Por ventura me disteis el consejo por vuestro mal.
—Ahora lo verás —dijo D. Alonso—, si te di el consejo fue solo para darte cruel muerte, justamente merecida por el daño que de tu testimonio se ha seguido; y conviene que los traidores salgan del mundo.
Diciendo esto arremetió a Mahandón, y así entre los dos se comenzó una brava y dudosa batalla, porque ambos eran muy valientes y animosos caballeros.
Anduvieron más de media hora hiriéndose por las partes que podían, y cada uno muy deseoso de vencer a su contrario.
D. Alonso muy enojado, y cuasi corrido en ver que le duraba tanto su contrario, se acercó a él todo lo más que pudo, y alzando el brazo hizo señal de quererle herir en la cabeza: el moro acudió al reparo para recibir el golpe con la adarga; pero saliole incierto su reparo, porque no ejecutó el golpe en la cabeza, sino que rebatiendo la mano le hirió en el muslo izquierdo de una mala herida, que le cortó gran parte del hueso.
El valiente moro que se halló burlado y tan malamente herido, descargó un tan desapoderado golpe encima del bonete de D. Alonso, que el águila fue partida por medio; y rompiendo bonete y casco fue herido de una pequeña herida, aunque sintió mucho tormento en la cabeza, porque quedó como sin sentido y aturdido del fiero golpe; y si no fuera de tan animoso corazón, no hay duda sino que cayera en tierra sin dificultad ninguna, y consiguiera su enemigo la deseada victoria: mas como era de corazón fuerte, y nunca se dejó rendir de los trabajos, cobrando el cuerpo aquel ánimo de su corazón bizarro, y considerándose en cierta manera afrentado por ver que un golpe le había descompuesto su sentido; y encolerizado por verse herido y su rostro ensangrentado, con una cruel furia incomparable le tiró una estocada tan recia, que la adarga ni jaco fuerte no podían resistir la grande violencia de la espada, sino que fue todo rompido, y le metió cuatro dedos dentro del pecho al soberbio Mahandón; y como le cogió ya desangrado de la que le salía por la herida del muslo, no tuvo fuerzas para poder pelear más, y así cayó de espaldas.
Así como D. Alonso vio caído a su contrario, arremetió con él para cortarle la cabeza, y poniéndole la rodilla en los pechos vio que estaba expirando; por lo cual no le quiso herir más, y levantándose dio en su corazón infinitas gracias a Dios por la merced tan grande que le había hecho; y apretándose la herida de la cabeza con el turbante, se atajó la sangre; y mirando por su caballo le vio muerto, y fue a coger el de Mahandón, y subiendo en él se fue adonde estaba D. Juan Chacón, el cual le abrazó, dándole el parabién del vencimiento.
A este punto los añafiles y dulzainas de parte de la reina tocaron con grande alegría, lo cual causaba tristeza y melancolía a los Zegríes.
Cesando la música miraron la batalla que los cuatro caballeros hacían, que era muy sangrienta.
D. Manuel Ponce de León, y Alí Hamete Zegrí hacían su batalla a pie, respecto a que los caballos se les habían cansado y no podían concluirla como querían, y andaban muy listos procurando cada uno herir al otro por donde mejor podía: despedazábanse las armas y la carne con los duros filos de la espada y cimitarra, de lo que su sangre daba verdadero testimonio.
D. Manuel tenía dos heridas y el moro cinco; pero no por eso se vio en él falta de ánimo ni fuerzas, y andaba con tanto ardid intentando por donde podría herir a su enemigo y quedarse él reservado, haciéndole muchos acometimientos.
D. Manuel le iba contra todas sus malicias, porque ya le conocía el modo de pelear; y así como vio que D. Juan y D. Alonso habían ya vencido a sus contrarios, y el alcaide de los Donceles andaba con el suyo muy revuelto y en punto de traerle a aquel extremo, cobró grande ira porque no concluía con su enemigo, y llegándose cerca de él le dio un golpe tan terrible en la cabeza, que, aunque acudió a repararle con la adarga, no soportó el todo sino alguna parte, y así fue rota con el fino casco, y herido en la cabeza muy mal, y aun le quitó el sentido y dio de manos en tierra sin poderse valer; mas volviendo en sí, temiéndose de su contrario, y de que no fuese causa aquella flaqueza para que su competidor se gloriase de conseguir la victoria, sacando fuerzas de pusilanimidad se levantó, procurando la venganza de la ofensa recibida, y levantando su cimitarra dio un desatinado y fuerte golpe en un hombro de D. Manuel y no hizo herida; pero la vida le costó el golpe al moro, porque D. Manuel le dio otra junto a la que tenía en la cabeza, que desatinado cayó en tierra derramando mucha sangre, y luego murió.
Los añafiles de parte de la reina tocaron con mucha alegría por el buen suceso.
D. Manuel subió en su caballo, y se fue adonde estaban D. Alonso y D. Juan, los cuales le recibieron muy alegremente diciendo:
—Gloria a Dios, que os ha escapado de las manos de aquel pagano.
Quien en esta ocasión mirara a la hermosa reina Sultana, conociera muy claramente en su bello rostro la grande alegría que en su corazón tenía, viendo que se iban aniquilando sus enemigos, de lo cual a ella se le había de seguir su libertad, y díjoles a Celima y a Esperanza de Hita:
—Sabéis lo que veo, que si D. Juan Chacón tiene fama de valiente caballero y lo es, que sus tres compañeros no lo son menos que él, pues con tan sobrado valor han vencido a los mejores y más valientes caballeros del reino de Granada.
Esperanza la respondió:
—¿No dije a vuestra alteza que D. Juan tenía muy principales amigos? Mirad si ha salido verdad lo que dije.
—Dejemos estar eso —dijo Celima—, no lo entiendan los jueces, y veamos el fin del caballero que queda, que yo entiendo que no tendrá menos poder que los tres vencedores.
Y mirando la batalla vieron cómo andaba muy revuelto y encendido en la pelea, y aunque herido y cansado, no se vio en él punto de cobardía ni aun imaginación.
El valeroso moro proseguía la batalla con grande dolor y rabia, viendo muerto a su primo hermano y a los dos Gomeles, y él puesto en el mismo peligro, y así peleaba como hombre desesperado, considerando la infamia en que había incurrido, y mayor por no haber salido con su intento; y con la furia de un loco frenético daba tajos y reveses a diestro y a siniestro, y fuera de orden por si acertara a darle alguna herida penetrante, de la cual muriera el contrario; porque ya que él fuera vencido, como los otros tres de su parte, no quedaran tan triunfantes matando a alguno de ellos; y aunque peleaba con tan grande furia y braveza, no era menos la del valiente alcaide de los Donceles, porque estaba muy airado con su enemigo; y aun porque todos sus compañeros habían alcanzado el lauro y gloria del vencimiento, y estaban ya descansando, le parecía que empezaba de nuevo la batalla, siendo su enemigo de muy grandes fuerzas y astucias para pelear; y considerando que le miraban y que le debían de juzgar por menos que sus compañeros, pues no daba fin a la batalla, poniendo los ojos ensañados en su contrario, apretó con toda fuerza las espuelas al caballo, arremetió al Zegrí, y lo mismo hizo él; y así se embistieron con ánimo y furia increíble; y fue tan recio el encuentro de los caballeros, que sin remedio hubieron de venir al suelo los dos sin poderse herir el uno al otro; pero apenas fueron en tierra cuando estuvieron en pie, y se acercaron hiriéndose cruelmente, y experimentando cada uno las fuerzas del contrario, porque eran furiosos y desatentados los golpes que se daban, mostrando cada uno la fortaleza de su brazo y el ánimo del corazón.
Verdad es que el moro andaba más orgulloso y ligero, y las heridas que daba casi no ofendían, por tener muy buenas armas el valiente alcaide; pero el golpe que el valeroso alcaide alcanzaba, rompía, cortaba y destrozaba tan fuertemente con la fortaleza de su brazo, que no daba golpe con la espada que no hiciese herida grande o pequeña.
Lo cual visto por el valiente Zegrí, con una rabia crecida, confiando en sus grandes fuerzas, arremetió al alcaide por venir con él a los brazos, el cual se alegró mucho, y así abrazados comenzaron a luchar dando muchas vueltas, y haciendo cada uno lo que podía por derribar a su contrario; pero cada cual echaba de ver el resto de sus fuerzas, y así ambos trabajaban muy en balde, porque no había robles tan firmes como ellos.
El Zegrí era de muy gran cuerpo y fuerzas, que parecía un jayán, y procuraba levantar de tierra a su enemigo para dar de golpe con él en el suelo, y por muchas veces que lo intentó, ninguna salió con su pretensión, porque parecía que tenía echadas raíces, y que era ponerse a arrancar un nogal de cuajo; de suerte que por mucha diligencia que hacía el Zegrí, era molerse en vano.
Reconocido por el alcaide el mal pensamiento de su contrario, echó mano a un puñal buido, y diole tres golpes por debajo del brazo izquierdo, y tales, que el moro dio grandes gritos sintiéndose mal herido de muerte, y sacando una daga le dio al alcaide otras tres heridas; mas como era ancha la daga no pudo falsear las armas mucho, y así fueron pequeñas.
El valeroso alcaide le dio otra muy mala herida en la ijada izquierda, con la cual se acabó de rematar la sangrienta batalla, porque así como le dio la última, sin poderse menear cayó en el suelo desangrándose por las penetrantes heridas; y al tiempo que el alcaide vio en tierra al contrario, fue de presto y le puso una rodilla en los pechos, y enarbolando el invicto brazo le dijo:
—Date por vencido, y confiesa la verdad luego, y así no te acabaré de matar.
El malvado Zegrí viéndose tan mal herido y a voluntad de su competidor, le respondió diciendo:
—Ya no es menester darme más heridas que las que tengo, porque esta postrera bastaba para echar del mundo a un tan gran traidor alevoso como yo; y pues me pedís, vencedor caballero, que declare la verdad, yo la diré: Sabrás que habiendo muerto algunos de mi linaje los del bando Abencerraje, y a otros afrentado, y que tanto valían con los reyes que no nos podíamos vengar de ellos, ordené yo mismo que fuesen perseguidos todos los caballeros Abencerrajes, y por mi traición fueron muertos sin culpa; y la reina no debe cosa ninguna de lo que yo la levanté acerca del adulterio de que fue acusada: esta es la verdad; llegado he a punto de decirla, y no hay otra cosa sino lo que he dicho: de todo lo cual estoy muy arrepentido, por haber visto las desgracias y muertes que en este tiempo han sucedido, y por la afrenta grande en que se ha visto la reina no siendo culpada en ninguna cosa.
Todo lo que el traidor Zegrí decía estaban oyéndolo muchos caballeros, así del bando de la reina, como de los Zegríes; y para más justificar la causa de la reina llamaron a los jueces para que oyesen todo lo que el Zegrí decía.
Luego llegó el valeroso Muza, y los dos jueces que estaban en el cadalso bajaron, y entrando en el palenque tornó a referir el Zegrí lo dicho, y luego expiró.
Al momento tocaron con grande alegría muchas chirimías y dulzainas con otros instrumentos músicos por victoria tan importante, que habían conseguido aquellos caballeros extranjeros de los naturales traidores; y cómo por ella se había sabido la verdad, y le era vuelta y restituida su honra a la casta e inocente reina.
A una parte se oían las músicas y grande alegría, y a otra lloros, tristeza y gritos que daban las mujeres y deudos de los Zegríes muertos.
Los caballeros vencedores fueron sacados del campo con muy grande honra, hecha por la mayor parte de los caballeros que eran del bando de la reina.
Y de esta suerte los victoriosos caballeros llegaron a la reina que ya estaba dentro de la litera en que había venido, y la preguntaron si había otra cosa que hacer en aquel caso, o en otro cualquiera que fuese de su gusto o de necesidad.
La reina dijo que para la satisfacción entera de su honra bastaba lo que habían hecho, y que recibiría mucho contento en que se quisiesen ir con ella para ser curados de sus heridas.
Los caballeros aceptaron el ruego de la reina, y así salieron de la plaza llevando la música de añafiles delante, con mucho contento y alegría.
Todo lo cual era al contrario en los mal intencionados Zegríes y Gomeles, porque con tristes llantos sacaron del palenque los destrozados cuerpos de sus parientes, y estuvieron determinados de romper con su contrario bando, y procurar dar muerte a los extranjeros vencedores; y no se determinaron, por entonces, porque de allí adelante hubo entre ellos bandos y pasiones mayores que hasta entonces habían tenido, como adelante lo diremos.
Los caballeros cristianos llegaron a la posada de la reina, y todos los demás caballeros; y los vencedores fueron curados con gran diligencia de cirujanos, y ellos pusieron sus armas junto a sí, por si algo sucediera.
Y aquella noche después de haber cenado, la reina, Celima y Esperanza fueron a visitar a los cuatro caballeros cristianos; y después de haber hablado de los trabajos en que se había visto aquella ciudad, y de la muerte injusta de los Abencerrajes, la reina se llegó un poco más al lecho de D. Juan Chacón, y sentándose le dijo:
—El alto y poderoso Jesucristo, y su bendita Madre que le parió sin dolor, quedando Virgen por divino misterio, os den salud entera y vida larga, y os paguen la buena obra, que a esta triste y desconsolada reina habéis hecho habiéndome librado de una muerte tan infame y afrentosa; mas fue la voluntad de Dios de librarme, y que vos fueseis el instrumento de mi libertad; y así os quedo obligada mientras la vida me durare, la cual gastaré en vuestro servicio. Deseo ya verme cristiana para servir a Dios y a su Santísima Madre y a vos, y creedme que la mayor parte de los caballeros de esta ciudad están deseosos de verse ya cristianos, y no aguardan sino que el rey D. Fernando comience la guerra, y está así concertado desde que se fueron los caballeros Abencerrajes; por tanto así como lleguéis, dad orden a vuestro rey para que ponga en ejecución la guerra contra este reino, y os ruego que me digáis quién son esos tres caballeros a quien soy obligada, porque sepa a quién he de servir.
—Excelente señora —dijo D. Juan—, los caballeros que a mí me han hecho merced y a vos servido, son D. Alonso de Aguilar, el gran D. Manuel Ponce de León, y el otro D. Diego Fernández de Córdoba, caballeros de grande estima, que ya tendréis noticia de ellos.
—Sí tengo —respondió la reina—, que muchas veces han entrado en la Vega, y han hecho cabalgadas de ganados y buenas presas, y son conocidos por sus hechos y nombres, aunque ahora no han sido conocidos por el disimulo del traje turquesco, y ha sido buen pensamiento; y pues son de tan gran valor, será justo que les hable y dé las gracias del bien que por su causa me ha redundado.
Diciendo esto la reina Sultana fue donde estaban los tres caballeros, y a todos, y a cada uno de por sí les dio muchas gracias por el favor que le tenían hecho, y que confiaba en Dios que algún día les serviría en algo.
El alcaide de los Donceles respondió en nombre de todos:
—Vuestra alteza le dé esas gracias y mercedes al señor D. Juan, que nosotros poco es lo que hemos hecho, según lo mucho que os deseamos y debemos servir.
—Muchas mercedes, señores caballeros, por el nuevo ofrecimiento, que es para más obligarme a serviros, y reagravar la deuda tan grande que os tengo. Dios os pague lo que habéis hecho por mí, y dé vida para que pueda pagar alguna cosa de lo mucho que os debo; y porque parece que es hora de reposar y descansar, yo me quiero ir a recoger para dar orden a lo que conviene para vuestro regalo.
Con aquesto se fue la reina, y habló con su tío Moraicel, y le dijo que estaba recelosa de que viniesen a tomar venganza los Zegríes y Gomeles en los cuatro caballeros, por la muerte de los cuatro traidores; que pusiesen algún remedio.
Y pareciéndole buen consejo, fue a dar parte de ello a Muza, el cual puso cien caballeros de guarda en la casa, los cuales estuvieron toda la noche con gran cuidado.
Fue muy acertado el parecer de la reina, porque los Zegríes y Gomeles tenían concertado de cercar la casa, y dar muerte violenta a los caballeros vencedores; y como vieron tanta guarda, y conociendo que no podrían salir con su intento, desistieron de su propósito; y más cuando supieron que el valeroso Muza había puesto aquellos caballeros, lo sintieron de manera que se les comía el corazón de envidia, por ver con las veras que acudía Muza a los cuidados de la reina, y no se atrevieron a irle a la mano porque le temían.
Venida la mañana se fue la gente de guardia, y los cuatro caballeros determinaron de irse, porque no los echase menos el rey D. Fernando; y así pidieron licencia a la reina para partirse a la corte de su rey, porque les importaba que no supiese la ausencia que habían hecho.
—¿Pues cómo, señores, dijo la reina, estando tan lastimados, cansados y heridos os queréis poner en camino tal? No lo tengo de consentir: ¿por ventura os falta cosa alguna, o la deseáis?
—No uno ni otro —respondió D. Juan Chacón—, porque donde está vuestra alteza no hay que desear nada; pero importa irnos por lo que he dicho.
—Pues que así es —dijo la reina—, tornaos a curar, e id vuestro viaje con la bendición de Dios; y por él os ruego no me olvidéis, y suplicad a vuestro rey que comience la guerra contra Granada, porque a todos los que tienen deseo firme de ser cristianos, se les cumpla.
Los caballeros se lo prometieron así. La reina mandó llamar a los cirujanos; y curados, se armaron, y despidiéndose de la reina y Celima, Esperanza y de Moraicel, se partieron quedando llorando la reina la ausencia de tan buenos caballeros.
Muza, Malique Alabez y Gazul, que supieron que los caballeros extranjeros se iban de Granada, les salieron a prevenir un grande acompañamiento con más de doscientos moros, a más de media legua la vuelta de Málaga.
Pero así como los moros se despidieron de ellos, tomaron la vía de Castilla, y caminaron a grande priesa; y entrando en tierra de cristianos, supieron cómo los Reyes Católicos estaban en Écija: ellos fueron a Talavera, y hallaron a sus criados que los esperaban para que siguiesen la corte.
Allí estuvieron ocho días curándose muy secretamente, y estando ya mejores se partieron para Écija; y en llegando, pidiendo licencia al rey D. Fernando para irse a sus tierras, se la dio; y llegados a sus patrias, ellos y otros caballeros dieron orden de ganar a la ciudad de Alhama, llevando para ello la prevención conveniente, porque era muy fuerte; y siendo juntos muchos y principales caballeros la cercaron y combatieron por todas partes.
Donde los dejaremos combatiendo, por decir lo que pasó en la ciudad de Granada en este medio y sazón, y también porque a mí no toca escribir lo que pasó en aquesta guerra de Alhama, que no hace al intento, ni propósito mío.