CAPÍTULO XVI.

De lo que pasó en Granada, y cómo se volvieron a refrescar los bandos de ella, y la prisión del rey Mulahacén en Murcia, y la del rey Chico en Andalucía, y de otras cosas.

Grande fue la tristeza y desconsuelo que la reina Sultana sentía por la ausencia de sus defensores caballeros, y de buena voluntad fuera en su compañía, que temía el alboroto de la ciudad; y si su dolor y tristeza fue grande, más excesivo fue el de los Zegríes y Gomeles y los demás de su bando por causa de los caballeros que en la cruel batalla murieron, y porque los agresores se fueron sin que de ellos se tomase venganza, y porque se sentían muy afrentados y corridos por las cosas pasadas; pero con disimulación aguardaban ocasión para ejecutar su deseo.

Digamos ahora del rey Chico, el cual como supo la muerte de los acusadores de su mujer la reina, y la confesión que había hecho el malvado Zegrí en su disculpa, descubriendo la pésima y horrible maldad; enojado de sí mismo, no sabía qué hacerse.

Poníasele delante la culpa de su ceguedad, y la muerte tan sin culpa de los nobles Abencerrajes; la grande deshonra en que había puesto a la reina, el destierro injusto que hizo cumplir a los Abencerrajes, y cómo por su causa se habían tornado cristianos y a él le aborrecía toda Granada, y cómo estaban amotinados y conjurados contra él, y hasta su padre le procuraba quitar el reino, y aun la vida. Imaginando en estas cosas y otras muchas venía a perder el juicio.

Maldecía a los Zegríes y Gomeles, porque le habían dado tan malos consejos, y a él porque los había recibido.

Llorando todas estas desventuras se tenía por el rey más desdichado de todo el mundo, y no osaba parecer de vergüenza o de temor; por lo cual no le visitaban los Zegríes y Gomeles.

Bien se holgara el reyecillo de que su amada Sultana quisiera volver a su amistad; mas era imaginación y trabajo muy en vano, porque aunque ella quisiera, cuanto más que no estaba de ese parecer, sus deudos no lo consintieran; y con todo esto pidió a Muza que desenojase a la reina, y alcanzase de ella el perdón, y la dijese cuán arrepentido estaba, y que viniese a hacer vida con él.

Muza pidió a la reina y a sus parientes todo lo que el rey Chico le había pedido, y no fue posible alcanzar alguna cosa de lo que pedía; y así volvió, y dio al rey la respuesta que había dado la reina.

Con esto el rey se deshacía en pena; mas consolábase con que había de procurar traer a su amistad a todos los caballeros que pudiese, y a los ciudadanos y gente plebeya, para irse apoderando de toda la ciudad; y así iba adquiriendo amigos, y a todos les pedía perdón diciéndoles que él había sido mal aconsejado, y aunque habían pagado su delito los promovedores y consejeros, que ellos verían la enmienda que tenía de allí adelante, y que lo sucedido le había de ser escarmiento para mientras viviera, como lo verían, y el tratamiento que haría a sus vasallos; y como era heredero forzoso del reino, muchos grandes le obedecían con toda la más gente común.

Nunca pudo reducir a su obediencia a ninguno de los Almoradís, Marines, Alabeces, Gazules, Venegas ni Aldoradines, que estos seis linajes seguían la parte del rey viejo, y la de su hermano el infante Abdalí.

En este tiempo el rey Mulahacén, como hombre valeroso, no habiendo perdido sus bríos y braveza de corazón, ordenó de hacer una entrada en el reino de Murcia, y así juntando mucha y muy lucida gente, prometiendo buenos sueldos a los de a caballo y de a pie, salió de Granada llevando consigo dos mil hombres de a pie y de a caballo, y se fue a la ciudad de Vera, y tomando el camino de la costa, por dejar a Lorca, salió a los Almazarrones, y de allí fue a Murcia, y recorrió todo el campo de Sangonera, cautivando mucha gente.

D. Pedro Fajardo, adelantado del reino de Murcia, salió con la más lucida gente que pudo a resistir al moro, que andaba corriendo el campo con gran pujanza; y encima de las lomas del Azul, día de San Francisco, se rompió la batalla entre moros y cristianos, la cual fue muy sangrienta y reñida; mas fue Dios servido, por intercesión del bienaventurado Santo, que D. Pedro Fajardo con la gente de Murcia, mostrando grandísimo valor, venció a los moros, y desbarató y prendió al rey.

Viéndose desbaratados los moros, huyendo volvieron a Granada, donde se supo la prisión del rey Mulahacén y pérdida de todo su campo, lo cual se sintió en toda la ciudad, si no fue el infante Abdalí que se holgó mucho de la prisión del rey su hermano, porque por allí entendió alzarse con todo el reino, y así escribió al adelantado D. Pedro que le hiciese merced de tenerle al rey su hermano preso hasta que muriese, y que por ello le daría las villas de Vélez el Blanco y el Rubio, Xiquena y Tirieza.

Mas el adelantado, considerando la traición que el infante quería hacer, no quiso aceptar su oferta, antes dejó ir libremente al rey y a los que con él fueron cautivos; el cual como llegó a Granada halló a Abdalí apoderado del Alhambra, diciendo que su hermano se la había dejado en guarda.

Mulahacén muy enojado de esto, y más por la traición que le quiso hacer, se retiró en el Albaicín, adonde él y su mujer estuvieron muchos días.

La madre de Mulahacén, vieja de ochenta años, habiendo visto la liberalidad del adelantado, le envió diez mil doblas, el cual no las quiso recibir; y le envió a decir que se las diese a su hijo para que hiciese guerra a su hermano.

Visto que no había querido recibir los dineros, le envió ciertas joyas muy ricas y doce poderosos caballos enjaezados, todo lo cual recibió D. Pedro Fajardo.

A pocos días se volvieron al Alhambra, porque su hermano se la dejó libre, entendiendo que el rey no sabía nada de las cartas que le había enviado a D. Pedro Fajardo.

Mulahacén disimuló aquel negocio, y lo guardó para su tiempo, mas indignado contra su hermano y contra los que le fueron favorables, y todavía le dejó la administración del gobierno.

A este Mulahacén le llamaron el Zagal, y Gadabli; mas su nombre propio y más usado era el de Mulahacén.

Esta batalla y prisión de este Mulahacén escribió el moro cronista de este libro, y yo doy fe que en la iglesia mayor de Murcia, en la capilla de los marqueses de los Vélez, hay una tabla encima del sepulcro de D. Pedro Fajardo, en la cual se cuenta el suceso de aquesta batalla.

Volviendo a nuestro propósito, el rey Mulahacén muy enojado por lo que el gobernador su hermano había hecho, hizo un día su testamento diciendo: «Que en fin de sus días fuese su hijo heredero del reino, y que echase de él al infante su hermano, y a todos los de su bando.» Esto decía, porque seguían al infante Abdalí muchos caballeros Almoradís y Marines, los cuales sustentaban la parte del infante.

Por este testamento hubo después en Granada muchos alborotos, y entre los ciudadanos guerras civiles, como después de esto sucedieron; pues estando el rey Mulahacén en el Alhambra, y Granada, como de antes solía, debajo de la gobernación de dos reyes y un gobernador, no por eso dejaron los Almoradís de buscar modos y maneras para que totalmente el rey Chico fuese privado del reino; mas no podían hallar ninguna comodidad que buena fuese, respecto que los Zegríes y Gomeles estaban de su parte con otros muchos caballeros que reconocían que aquel era finalmente el heredero del reino; pero no por esto dejaban de buscar asechanzas y mil ocasiones tío contra sobrino, y sobrino contra tío; pero como el rey Chico estaba odiado de los más principales caballeros, no pudo salir por entonces con su intención en nada, ni pudo expeler a su tío del cargo que tenía, y así aguardaba tiempo para ejecutar su intención; y por alegrarse un día se paseaba por la ciudad con otros principales caballeros, por dar alivio a sus penas, rodeado de sus Zegríes y Gomeles, y le vino una muy triste nueva: cómo los cristianos habían ganado la ciudad de Alhama; con la cual embajada hubiera el rey de perder el sentido, así por perder aquella ciudad como por el peligro que tenía Granada de ser cada día corrida de cristianos.

Tanto fue su sentimiento que al mensajero que trajo la nueva le mandó matar; y subiéndose al Alhambra lloró la pérdida de su ciudad, y mandó tocar añafiles y trompetas de guerra para que con muy gran presteza se juntase toda la gente, y fuera al socorro de la ciudad de Alhama.

La gente de guerra se juntó toda al belicoso son de las trompetas, y preguntándole al rey que para qué los mandaba juntar, respondió que para socorrer a Alhama, que la habían ganado los cristianos.

Entonces un alfaquí viejo le dijo:

—Por cierto que se emplea muy bien tu desventura en haber perdido a Alhama; y merecías perder todo el reino, pues mataste a los nobles caballeros Abencerrajes, y a los que quedaban mandaste desterrar del reino; por lo cual se tornaron cristianos, y ellos propios son los que te hacen la guerra. Acogiste a los Zegríes que eran de Córdoba, y te has fiado de ellos; pues ahora irás al socorro de Alhama, y di a los Zegríes que te favorezcan en semejante desventura como esta.

Por esta embajada que al rey Chico le vino de la pérdida de Alhama, y por lo que este moro alfaquí le dijo, y por la muerte de los Abencerrajes, se dijo aquel romance antiguo tan doloroso para el rey, que dice en arábigo, traducido al castellano, de esta manera:

Paseábase el rey moro

por la ciudad de Granada

desde la puerta de Elvira

hasta la de Vivarrambla.

Cartas le fueron venidas

que Alhama era ganada:

las cartas echó en el fuego,

y al mensajero maltrata.

Descabalga de una mula

y en un caballo cabalga;

por el Zacatín arriba

subido se ha al Alhambra.

Cuando en el Alhambra estuvo,

al mismo tiempo mandaba

que le toquen sus trompetas,

los añafiles de plata,

Y que las cajas de guerra

apriesa toquen al arma,

porque la oigan sus moros,

los de la Vega y Granada.

Los moros que el son oyeron,

y al sangriento Marte llama,

de uno a uno, y dos a dos,

juntádose ha gran batalla.

Allí salió un moro viejo

y desta manera hablara:

«¿Para qué nos llamas, rey;

para qué es esta llamada?»

«Habéis de saber, amigos,

una nueva desdichada,

que cristianos de braveza

ya nos han ganado a Alhama.»

Allí habló un alfaquí

de barba crecida y cana:

«Bien se te emplea, buen rey;

buen rey, bien se te empleaba;

Mataste los Bencerrajes

que eran la flor de Granada,

acogiste advenedizos

de Córdoba la nombrada.

Pos eso mereces, rey,

una pena bien doblada,

que te pierdas tú y tu reino,

y que se pierda Granada.»

Este romance se hizo en arábigo en aquella ocasión de la pérdida de Alhama, el cual era muy doloroso, y tanto que vino a vedarse en Granada que no le cantasen, porque cada vez que le cantaban en cualquiera parte provocaba a llanto y dolor: después se cantó en lengua castellana de la misma manera, que decía:

Por la ciudad de Granada

el rey moro se pasea;

desde la calle de Elvira

llegaba a la plaza Nueva.

Cartas le fueron venidas,

que le dan muy mala nueva,

que habían ganado a Alhama

con batalla y gran pelea.

El rey con aquestas cartas

grande enojo recibiera,

al moro que se las trajo

mandó cortar la cabeza.

Las cartas hizo pedazos

con la saña que le ciega,

descabalga de una mula

y cabalga en una yegua.

Por la calle el Zacatín

al Alhambra se subiera;

trompetas mandó tocar

y las cajas de pelea,

Porque lo oyeran los moros

de Granada y de la Vega,

uno a uno, dos a dos,

grande escuadrón se hiciera.

Cuando los tuviera juntos

un moro allí le dijera:

«¿Para qué nos llamas, rey,

con trompa y cajas de guerra?»

«Habéis de saber, amigos,

que tengo una mala nueva,

que la mi ciudad de Alhama

ya del rey Fernando era.

Los cristianos la ganaron

con muy crecida pelea.»

Allí habló un alfaquí,

desta manera dijera.

«Bien se te emplea, buen rey;

buen rey, muy bien se te emplea,

mataste los Bencerrajes

que eran la flor desta tierra;

Acogiste a advenedizos

que de Córdoba vinieran;

y así mereces, buen rey,

que todo el reino se pierda.»

Pues volviendo al caso, así como el rey juntó gran copia de gente, al punto sin poner en ello dilación, salió de Granada para ir al socorro de Alhama, imaginando que la había de remediar; mas su cuidado y trabajo fue en vano, porque cuando llegó a Alhama ya los cristianos estaban apoderados de la ciudad y del castillo, y de todas sus torres y fortalezas; pero con todo eso hubo una muy grande escaramuza entre moros y cristianos: allí murieron más de treinta Zegríes a manos de los cristianos Abencerrajes, que allí había más de cincuenta que estaban a la orden del marqués de Cádiz.

Finalmente, por el gran valor y esfuerzo de los caballeros cristianos fueron desbaratados los moros: lo cual visto por el rey de Granada, se volvió sin hacer en aquella ocasión cosa de provecho.

Así como llegó a Granada volvió a hacer más gente y en más cantidad, y volvió sobre Alhama, y una noche secretamente la hizo echar escalas y entraron dentro algunos moros; y así como fueron sentidos de cristianos, tocaron al arma y pelearon con los moros que habían entrado, y los mataron y se pusieron a la defensa.

Y viendo el rey que trabajaba en vano, se volvió muy triste, y envió por el alcaide de Alhama para degollarle, que se había retirado a Loja a su fortaleza.

Los mensajeros del rey, presentando los recados que llevaban para prenderle, le prendieron y le dijeron como le mandaba cortar la cabeza y llevarla a Granada, y ponerla encima de las puertas del Alhambra, porque fuese a él castigo y a otros temor, pues había perdido una fuerza tan importante.

Y siendo preso, dijo el alcaide que él no tenía culpa de aquella pérdida, que el rey le había dado licencia para ir a Antequera a bodas de una hermana suya, que el alcaide Rodrigo de Narváez la casaba con un caballero, y que ocho días le habían dado de término más que los que había pedido, y que a él le pesaba mucho de la pérdida de Alhama, porque si el rey la perdía, él había perdido sus hijos, mujer y hacienda.

No bastó esta disculpa que dio el alcaide, y así le llevaron a Granada y le cortaron la cabeza; y por esto se hizo el siguiente

ROMANCE.

Moro alcaide, moro alcaide,

el de la bellida barba,

el rey te manda prender

por la pérdida de Alhama;

Y cortarte la cabeza

y ponerla en el Alhambra,

porque a ti sea castigo,

y otros tiemblen en mirarla;

Pues perdiste la tenencia

de una ciudad tan preciada.

El alcaide respondía,

desta manera les habla:

«Caballeros, y hombres buenos

los que regís a Granada,

decid de mi parte al rey

como no le debo nada.

Yo me estaba en Antequera

en bodas de una mi hermana;

mal fuego queme las bodas

y quien a estas me llevara,

El rey me dio la licencia

que yo no me la tomara;

pedila por quince días,

diómela por tres semanas.

De haberse Alhama perdido

a mí me pesa en el alma,

que si el rey perdió su tierra,

yo perdí mi honra y fama:

Perdí una hija doncella,

que era la flor de Granada;

el que la tiene cautiva

marqués de Cádiz se llama.

Cien doblas le doy por ella,

no me las estima en nada:

la respuesta que me han dado

es, que mi hija es cristiana,

Y por nombre le habían puesto

Doña María de Alhama:

el nombre que ella tenía

mora, Fátima se llama.»

Diciendo esto el alcaide

lo llevaron a Granada,

y siendo puesto ante el rey,

la sentencia le fue dada,

Que le corten la cabeza,

y la lleven al Alhambra:

se ejecutó la sentencia,

así como el rey lo manda.

Pues habiéndose hecho esta justicia del alcaide de Alhama, se comenzó a tratar entre todos los caballeros que el tío del rey saliese con la gente de su bando a tomar venganza de la pérdida de Alhama, o a buscar otras ocasiones para vengarse de los cristianos; a lo cual el tío les respondió que harto hacía en guardar la ciudad y tenerla en paz, y que por esta causa no salían él ni los de su bando de ella.

Tratando en estas cosas todos los caballeros que estaban a la obediencia del rey Chico, dijeron que de ley de razón al hijo se le debía la corona, y no al hermano, y que guardar esta ley era de caballeros nobles; y como esto se considerase, todos los más linajes le dieron la obediencia al rey Chico, así como Gazules, Aldoradines, Venegas, Alabeces; y los de este bando, que eran enemigos de los Zegríes, no atendieron a enemistades pasadas, pudiendo más la razón que el rencor, y más la nobleza que la malicia; de tal suerte, que con el tío del rey Chico no quedaron sino Almoradís, Marines y algunos caballeros y gente ciudadana.

Pues todos estos, como hemos dicho, decían, que el infante Abdalí saliese a buscar algunas ocasiones contra cristianos, de suerte que se vengase la toma de Alhama, y que no estuviese arrinconado, como hombre inútil y de poco valor, pues pretendía tener cetro y corona.

A todo esto respondía el infante lo que habéis oído, y que él quería guardar a Granada, que era de más importancia que ir a buscar cristianos a sus casas: lo mismo decían los Almoradís y Marines; y a cerca de esto Malique Alabez, lleno de cólera y saña, les dijo:

—Que eran cobardes y ruines, y que no hacían a ley de caballeros en no salir a buscar cristianos con quien pelear, y querer por fuerza hacer rey a quien no lo merecía por su persona, ni le venía de derecho.

Los Almoradís oyendo estas palabras pusieron mano a las armas contra los Alabeces, y ellos también. Los Gazules no se holgaron viendo este acontecimiento; y así pusieron mano en las armas y dieron en los Almoradís y Marines, de suerte que en poco tiempo mataron más de treinta de ellos, y los Almoradís mataron muchos Gazules y Alabeces.

De tal manera se revolvieron los bandos unos con otros que se ardía Granada y se derramaba mucha sangre de ambas partes; mas siempre llevaron lo peor los Almoradís y Marines, aunque tenían de su parte gran copia de la gente común, y otros linajes de caballeros; y tan mal les fue que se hubieron de retirar todo lo mejor que pudieron al Albaicín.

Los dos reyes salieron cada uno a favorecer su parte; y si no fuera por los alfaquíes, y por muchos señores que se pusieron por medio, perecieran, y también porque Muza con mucha gente de a caballo fue apaciguando la pendencia; y no sabía contra quien fuese, porque el rey Chico era su hermano, y el infante su tío; pero considerando que derechamente era el reino de su hermano, era más de su bando.

Este día hubo tan grande revuelta que fue causa para que el furor del amotinado pueblo cesase, y se reconciliasen en amistad; y así se hizo un crecido escuadrón de gente de a caballo y de a pie.

Y como el rey Chico los viese con tan grande voluntad de ir a pelear contra los cristianos, propuestos de morir o vengar la pérdida de Alhama, salió de Granada con ellos, yendo con acuerdo de no detenerse hasta entrar bien adentro de Andalucía, y hacer una gran cabalgada, o rendir alguna fuerza de cristianos; y con este propósito marcharon hasta llegar legua y media de Lucena, donde el rey mandó hacer de toda su gente tres batallas: la una tomó él a su cargo, y la otra dio a un alguacil mayor, y la otra a un capitán de Loja, llamado Aliatar, y todos corrieron la tierra e hicieron una muy gran presa.

Esta corrida de los moros se supo en Lucena, Baena y Cabra; y así salió el conde de ella, y el valiente alcaide de los Donceles con mucha gente, y pelearon con los moros; los cuales como vieron venir tal tropel de cristianos, juntaron sus tres batallas y pusieron enmedio la cabalgada.

Los valientes andaluces dieron en los moros de tal forma que, aunque se defendieron con gran valor, fueron desbaratados, y junto al arroyo del puerco, que otros llaman el arroyo de Martín González, fue preso el rey de Granada y otros muchos con él. Los moros que escaparon fueron huyendo la vuelta de Granada. El rey fue llevado a Baena, y de allí a Córdoba, para que le viese el rey D. Fernando.

Fuéronle enviados mensajeros al rey Católico para que tratase de rescate del rey Chico; y sobre si se rescataría, o no, hubo muchas diferencias entre los del consejo y grandes de Castilla.

Al fin se acordó de darle libertad con que fuese vasallo del rey D. Fernando; y así juró, de ser leal y fiel con que le diese su favor y ayuda para conquistar algunos lugares que no le querían obedecer, sino a su padre.

El rey D. Fernando lo prometió así; y le dio cartas para todos los capitanes cristianos que estaban en las fronteras de Granada, para que le ayudasen en lo que el rey Chico quisiese, y que a los moros que quisiesen ir a labrar tierras fuera de Granada, no se les hiciese perjuicio.

Y habiendo asentado y jurado todo lo dicho, pidió licencia el rey de Granada al rey Católico, y dándosela con muchos presentes, se fue a su patria.

Y como su tío Abdalí y los demás caballeros de Granada supieron el trato que había hecho el reyecillo con el rey D. Fernando, les pareció muy mal; y recelándose de que por esta causa se perdiese Granada, el infante Abdalí les hizo a todos el siguiente parlamento, diciendo así:

—Claros, ilustres y muy esforzados caballeros que tan injusto odio me tenéis, sin razón ni legítima causa: bien sabéis como mi sobrino fue alzado por rey de Granada, sin ser muerto mi hermano Mulahacén, su padre, por una causa muy ligera; solo porque degolló cuatro caballeros Abencerrajes, que lo merecían, y por esto le quitasteis la obediencia, y alzasteis a su hijo por rey contra toda razón y derecho; y mi sobrino, habiendo, con vuestro favor, degollado treinta caballeros Abencerrajes sin ninguna culpa; habiendo levantado tal testimonio a su mujer, reina nuestra, por donde tantos escándalos, muertes y guerras civiles ha habido en esta ciudad, le tenéis obediencia y le amáis, sin mirar que no es digno de ser rey, pues su padre es vivo; y sin esto mirad ahora lo que ha hecho y concertado con el rey D. Fernando de Castilla, que le han de dar gente belicosa para hacer guerra con ella a los pueblos que no le han querido obedecer, y siempre han estado en la obediencia de su padre; y más le da al rey cristiano tantas mil doblas de tributo, después de haberse perdido él y los suyos en esta entrega que ha hecho tan sin causa. Ya que Alhama fue perdida, no tenía necesidad sino de reparar las fuerzas, pues Alhama no se podía cobrar al presente, y por tiempo se pudiera restaurar. Pues considerando ahora, caballeros, a vos digo Zegríes, Gomeles, Mazas y Venegas, allegados a mi sobrino con tanta vehemencia, si ahora metiese gente cristiana y guerras en Granada, ¿qué esperanza podríais tener, y qué seguridad para que no se levantasen con su tierra? ¿No sabéis que los cristianos son gente feroz y belicosa, todos con ánimo levantado hasta el cielo? Si no mirad lo de Alhama cómo ha sido, y cuán presto la han atropellado. Pues Alhama gente de guerra tenía dentro para defenderla: mirad cómo no la defendieron. Pues si entrasen estos en Granada, y tuviesen lugar de ver las murallas y torres, ¿quién quita que luego no fuese ganada por los cristianos? Abrid, amigos, los ojos, y no deis lugar a mayores males. Mi sobrino no sea admitido por rey, pues es amigo del rey cristiano. Mi hermano es rey, y por ser ya viejo tengo yo el gobierno de la corona real: si él muere, y mi padre fue rey de Granada, ¿por qué no lo seré yo, pues de legítimo derecho me viene, y la razón lo pide? De necesidad es menester: ahora cada uno responda, y dé su voto a lo que tengo propuesto y dicho, y sea la respuesta tocante al bien del reino.

Fueron tan eficaces estas razones que dijo el infante Abdalí contra su sobrino, que los alfaquíes y demás caballeros, especialmente Almoradís y Marines, fueron de común acuerdo que el rey Chico no fuese admitido en Granada, y que el tío fuese alzado por rey, y entregado en el Alhambra; lo cual le fue dicho a Mulahacén, el que agravado de pesadumbres y males salió de su voluntad del Alhambra, y se apoderó en el Alcazaba junto con su familia; y su hermano fue apoderado en el Alhambra con título de rey, aunque contra la voluntad de los Zegríes, Mazas, Gomeles, Gazules, Alabeces, Aldoradines y Venegas; pero disimularon por ver en qué paraban aquellas cosas.

El rey Chico llegó a Granada con muchas joyas y presentes que el rey D. Fernando le había dado. Los de Granada no le quisieron acoger ni recibir, diciéndole que el moro que hacía alianzas y paces con los cristianos no había que fiar de él. Visto por el rey que no le querían recibir, y sabiendo que su tío estaba apoderado en el Alhambra, se fue a la ciudad de Almería, que era tan grande como Granada, y de tanto trato y cabeza de reino, donde le recibieron como a su rey.

Desde allí requería a algunos lugares que le diesen la obediencia, y si no que los destruiría. Los lugares no se la quisieron dar, por lo cual les hacía guerra con cristianos y moros.

En esta sazón murió el rey viejo, con cuya muerte se renovaron los bandos, porque visto el testamento que había hecho en vida, hallaron en él la traición que su hermano había intentado contra él, y cómo dejaba su hijo por heredero del reino, y que fuese obedecido de todos, y si no, que la maldición de Mahoma viniese sobre ellos.

Por esto comenzaron nuevos escándalos, porque el reino le venía al hijo de Mulahacén, y no al infante. En esto estuvieron tratando muchos días, en los cuales le aconsejaron al infante que procurase con diligencia matar a su sobrino, y muerto, reinaría en paz.

Admitió este consejo, y determinó el ir a Almería a matarle; y primero escribió a los alfaquíes de Almería lo que su sobrino había tratado con el rey D. Fernando, de lo cual les pesó, y le enviaron a decir que ellos darían entrada secretamente en Almería; que le viniese a prender o matar.

Vista esta respuesta por el infante, se partió con secreto llevando algunos caballeros consigo, y en llegando a Almería los alfaquíes les entraron secretamente, y cercando la casa real, procuró prender o matar a su sobrino; pero oyendo el alboroto, avisaron al rey Chico y él escapó huyendo con algunos de los suyos, y se fue a tierra de cristianos.

El infante quedó muy enojado por haberse escapado el sobrino; pero allí en Almería halló un muchacho, sobrino suyo y hermano del rey Chico, y le hizo degollar, porque si el rey Chico moría, pudiese él reinar sin que nadie se lo impidiera: pasado esto se volvió a Granada donde estuvo apoderado del Alhambra y ciudad, y obedecido por rey del reino, aunque no del todo, porque todavía entendían que aquel no era su señor natural.

El rey Chico se fue adonde estaba el rey D. Fernando y la reina Doña Isabel, y contó toda su tragedia; de todo lo cual pesó mucho a los cristianos reyes, y le dieron unas cartas al rey moro para el gobernador y capitán de todas las fronteras del reino de Granada, especialmente para Benavides que estaba en Lorca con gente de guarnición; y dando al rey moro muy grande cantidad de dinero, y otras cosas de valor, le envió a Vélez el Blanco, donde fue bien recibido él y los suyos; y asimismo en Vélez el Rubio, donde estaba un alcaide moro, que se decía Alabez, y en Vélez el Blanco estaba un hermano suyo.

Estando aquí el rey Chico entraba y salía en los reinos de Castilla a cosas que le cumplían, donde era de los cristianos favorecido por mandado del rey D. Fernando; y a este tiempo habían ganado los cristianos muchos lugares de Granada, así como Ronda, Marbella y otros pueblos comarcanos, Loja y sus contornos.

El tío del rey Chico no se aseguraba un punto, porque tenía el reino tiranizado y siempre procuraba la muerte del sobrino, porque no reinase, y prometía muchas cosas a quien le matase con yerbas o violentamente; y no faltaron cuatro moros codiciosos a las promesas que le dieron palabra de matar al rey Chico; y para la ejecución los envió con cartas para su sobrino, porque no se recelasen de ellos, atento a que él no le hacía guerra, y que como de paz le enviaba aquel mensaje con blandas y cautelosas palabras, que decían así:

«Amado sobrino: no obstante las causas de las pasadas guerras que habemos tenido por el reino, sabiendo ya que verdaderamente es vuestro por una cláusula del testamento de mi hermano, donde dice que vos sois heredero de él, he acordado que seáis entregado en la posesión de él, y le recibáis debajo de vuestro amparo, como rey y señor de él, dándome un lugar en que esté contento para pasar mi vida, que con esto viviré gustoso; y mirad que os lo requiero de parte de Dios Todopoderoso, y de Mahoma, su fiel mensajero, porque el reino de Granada se va perdiendo, sin que en nada haya reparo. Por tanto, vistos estos mis recados, vos venid a Granada muy seguro, como rey y señor de ella. De todo lo pasado estoy muy arrepentido, y así espero el perdón de vos, como de mi señor y rey; y mirad que si tenemos división y guerras civiles, el reino será perdido; y no viniendo a él, le entregaré a vuestro hermano Muza, el cual lo tiene por deseo de gobernar; y si él se apodera del reino, y los grandes le juramos por rey, con dificultad será desposeído. Ceso, y de Granada etc.—Muley Abdalí.»

Esta carta dio el infante a cuatro moros valientes y conjurados, para que en acabándosela de dar le matasen; y si no pudiesen buenamente salir con su intención, que se viniesen. No faltó quien diese aviso de esto al rey Chico para que se guardase.

Llegados los mensajeros a Vélez el Blanco preguntaron al alcaide Alabez por el rey. Él respondió que allí estaba, y qué era lo que querían.

—Traemos unos recados del rey su tío.

Alabez dijo:

—¿Cómo puede ser su tío rey, habiendo legítimo heredero en el reino?

—Eso no sabemos nosotros —respondieron los mensajeros—, más de que nos mandó venir con estos recados.

—Pues dadme las cartas —dijo el alcaide—, que vosotros no le podéis entrar a hablar.

—No las podemos dar sino en sus manos —respondieron ellos.

—Pues aguardad aquí. Avisaré al rey —dijo Alabez; y lo hizo, y dijo si los dejaría entrar o no.

El rey mandó que los dejase entrar para oír su mensaje; y mandó a doce caballeros Zegríes y Gomeles que estuviesen prevenidos en su sala por si había alguna traición.

Esto hecho, y el alcaide alistado de armas, volvió a los mensajeros y les dijo que entrasen; y entrados donde estaba el rey, y viéndole que estaba tan acompañado, disimularon, y alargando la mano el un mensajero para darle al rey los despachos, se los quitó el alcaide y se los dio al rey; y abriendo la carta la leyó toda, y como estaba avisado de la traición, mandó luego que prendiesen a los mensajeros, y dándoles tormento confesaron la verdad, y fueron sentenciados a muerte, y los ahorcaron de las almenas del castillo; y el rey Chico respondió a su tío en una carta lo siguiente:

«El muy poderoso Dios, criador del cielo y la tierra, no quiere que las maldades de los hombres estén ocultas, sino que a todos sean patentes, como ha hecho en haber descubierto tu maldad. Recibí tu carta, más llena de engaños que el caballo de los griegos. Ahora me prometes amistad, que estás harto de perseguirme, matando a mis familiares y caballeros que me seguían. Traigo por testigos de esto a los de Almería que lo sabían, y a mi inocente hermano que degollaste. No sé por cuál razón hiciste tal crueldad; mas yo confío en Dios que algún día me lo pagarás con tu cabeza, y los de Almería no quedarán sin castigo. El reino que tienes era de mi padre, y de derecho es mío; quereisme todos mal porque trato con cristianos: bien sabéis que por comunicar con ellos labran los moros sus tierras, y tratan en sus mercaderías seguramente: los cuales no lo hacen estando debajo de tu dominio contra toda razón. Avísote que algún día he de estar sobre tu cabeza, y me pagarás la traición que contra mi padre cometiste, y la que a mí ahora querías hacer debajo de tus melosas palabras; pues sábete que adonde tú estás tengo quien me da aviso de tus traiciones. Enviaste cuatro mensajeros, tales como tú, para que me diesen muerte, y pagaron su maldad, y confío que tú pagarás la tuya. Las joyas que me enviaste las quemé en pública plaza a vista de todos, recelándome de tus traiciones. No sé por qué las usáis siendo de linaje de reyes y teniéndoos por tal: no más. De Vélez el Blanco, etc.—El rey de Granada natural.»

Esta carta escrita, la envió a Granada con otra que iba para Muza, y él se la dio a su tío, el cual como supo que a los mensajeros que él envió para matar a su sobrino los habían ahorcado habiendo confesado la traición, se halló muy confuso; mas disimulando, andaba cuidadoso y con recato de su persona.

Muza leyó la carta de su hermano y decía:

«No sé, amado hermano, cómo tu valor consiente que un tirano sin razón ni ley tenga usurpado el reino de nuestro padre y abuelos, y que me persiga y tenga desterrado de lo que es mío. Si están mal conmigo los Almoradís y Marines por la muerte de los Abencerrajes, quien fue la causa de ello pagó la culpa, y yo como rey usaba justicia. Si siendo cautivo traté amistad con cristianos, fue por mi libertad, y por el bien de Granada, porque con el favor de ellos las tierras se labran. Poco hacía al caso pagar al rey tributo, dejando nuestro reino en paz. Ahora veo que va peor teniendo Granada otro rey, porque los cristianos se van apoderando del reino y ensanchando el suyo. Por Dios te ruego, que pues tu valor es para todos bastante, que tomes a tu cargo mi defensa por la honra de ambos; y considera la ambición de este tirano, pues derramó la sangre de nuestro inocente hermano. Dame aviso de todo. De Vélez el Blanco, etc.—Tu hermano el rey.»

Así como Muza leyó la carta su hermano fue muy indignado contra su tío, especialmente por la muerte de su tierno hermano; y así luego enseñó la carta a sus amigos los caballeros Alabeces, Almoradís, Gazules, Venegas, Zegríes, Gomeles y Mazas, porque también eran amigos de su hermano; y habiendo visto por ella la disculpa que daba de la muerte de los Abencerrajes, y el arrepentimiento que mostraba del testimonio levantado a la reina, acordaron entre todos los caballeros de escribir al rey Chico que viniese a Granada con secreto, y que entrase en el Albaicín por la puerta de Fajalauza, y que se entregaría de la fortaleza de Blo Albulut, antigua morada de los reyes, porque era alcaide de ella Muza.

Aquesta carta fue enviada al rey Chico, el cual como la leyó y vio la firma de su hermano Muza y de algunos caballeros, luego se dispuso para ir a Granada, y también porque se le iban los moros que tenía en su guarda y servicio, y le quedaban ya pocos; y así se partió y llegó una noche muy oscura a la puerta de Fajalauza con solos cuatro de a caballo, porque los demás se habían quedado apartados un poco atrás, y como llegó llamó a la puerta.

Los guardas preguntaron quién era, y él dijo, vuestro rey soy. Luego le conocieron, y como estaban ya avisados de Muza que si viniese le diesen franca puerta, al punto le abrieron y entró con toda su gente.

En sabiendo Muza su venida le fue a recibir, y le metió en la fuerza del Alcazaba. Aquella noche fue el rey a casa de algunos caballeros de los más principales del Albaicín a decirles su venida, y como era para cobrar su reino con su ayuda. Todos los caballeros le prometieron su favor; y habiendo visitado a los caballeros de consideración se volvió al Alcazaba.

Al otro día por la mañana se supo por toda la ciudad de Granada la venida del rey Chico, y tomaron las armas para ofenderle como a rey.

El rey viejo su tío que estaba en el Alhambra, como supo la venida de su sobrino el rey Chico, hizo armar mucha gente de la ciudad para pelear contra los del Albaicín, y entre unos y otros hubo una cruel batalla, en la cual murieron muchos de ambas partes.

De la parte del rey viejo eran Aldoradines, Marines, Alabeces, Bencerrajes y otros muchos caballeros.

De la parte del rey Chico eran Zegríes, Gomeles, Mazas, Venegas, Alabeces, Gazules, Aldoradines y otros muchos caballeros principales.

Fue tan reñida aquesta refriega que ninguna de las pasadas le llegó, porque hubo mucha mortandad y derramamiento de sangre.

El valor de Muza, que seguía la parte de su hermano, era causa de que los de la ciudad lo pasasen peor, aunque ya les tenían aportillado el muro por tres o cuatro partes; lo cual visto por el rey Chico, envió a gran priesa a pedir socorro a D. Fadrique, capitán general puesto por el rey D. Fernando, haciendo saber como estaba en el Albaicín en gran peligro, porque su tío le hacía cruel guerra.

D. Fadrique le socorrió por mandado del rey Chico, y le envió mucha gente de guerra, arcabuceros todos, y por capitán de ellos a Hernando Alabez, alcaide de Colomera.

Con este socorro los moros se holgaron mucho, especialmente porque D. Fadrique les envió a decir que peleasen como varones fuertes por su rey, que era aquel, y que les daba palabra que seguramente podían salir a la Vega a sembrar y labrar sus tierras sin que nadie se lo estorbase.

Con este favor tomaron grande ánimo los moros, y peleaban como leones con el ayuda de los cristianos, a los cuales no les faltaba nada de lo que habían menester.

Estas batallas duraron cincuenta días, sin cesar de pelear de día y de noche, y después de ellos se retiraron los de la ciudad con mucha pérdida de su gente, por el valor de los cristianos y de Muza; y el rey Chico reparó las murallas y puso gran defensa para estar seguro.

Los cristianos fueron muy bien tratados; los moros del Albaicín salían a la Vega y a sus campos a labrar las tierras, todo lo cual fue causa para que casi los más siguiesen el bando del rey Chico; pero no por esto se dejaban las continuas batallas entre los de la ciudad y Albaicín.

Los moros de la ciudad tenían más trabajo, porque peleaban con los cristianos de las fronteras, y con los moros del Albaicín; de suerte que de continuo tenían guerra.

En este tiempo fue cercada Vélez-Málaga por el rey D. Fernando. Los moros de Vélez enviaron a pedir socorro a los de Granada. Los alfaquíes amonestaron y requirieron al rey viejo que fuese a favorecer a los moros de Vélez.

El rey cuando lo supo se turbó, porque nunca imaginó que los cristianos osarían entrar tan adentro, y temiose salir de Granada, recelándose que en saliendo se alzaría su sobrino con la ciudad y se apoderaría en el Alhambra.

Los alfaquíes le daban priesa diciendo:

—Di, Muley, ¿de qué reino piensas ser rey, si todo lo dejas perder? Las sangrientas armas que sin piedad movéis en vuestro daño aquí en la ciudad, movedlas contra los enemigos, y no matando a los mismos naturales.

Estas cosas decían los alfaquíes al rey, y predicando por las calles y plazas, que era justo y conveniente cosa que Vélez-Málaga fuese socorrida.

Tanta era la persuasión de estos alfaquíes, que al fin se determinó de ir a socorrer a Vélez-Málaga; y habiendo llegado se puso en lo alto de una sierra, dando muestra de toda su gente.

Los cristianos le acometieron, y no osó aguardar sino se volvió huyendo él y su gente, y dejaban los campos por donde pasaban poblados de muchas armas, por poder huir a la ligera.

El rey se fue a Almuñecar, y de allí a la ciudad de Almería y Guadix. Todos los demás moros se tornaron a Granada, donde sabiendo los alfaquíes y caballeros lo poco que había hecho el rey en aquella jornada, y que como cobarde había huido, llamaron al rey Chico y le entregaron el Alhambra, y le alzaron por su rey, a pesar de los caballeros Almoradís y Marines, y de todos los demás de su bando, que eran muchos; aunque es verdad que los de la parte del rey Chico eran más, y todos muy principales.

Habiendo entregado al rey Chico la Alhambra y todas las demás fuerzas, en las cuales puso gente de confianza, los moros le suplicaron pidiese al rey D. Fernando seguro para que la Vega se sembrase; y así lo envió a suplicar, y que todos los lugares de moros que estaban fronteros de los lugares de cristianos, que le obedeciesen a él, y no a su tío, y que para ello les daría seguro de que pudiesen sembrar y tratar en Granada segura y libremente.

Todo lo cual le otorgaron los reyes Católicos por ayudarle; y así el rey cristiano escribió a los lugares de los moros que obedeciesen al rey Chico, pues era su rey natural, y no a su tío; y que él les daba seguro de no hacerles ningún mal ni daño, y que pudiesen labrar sus tierras.

Los moros con este seguro lo hicieron así, y asimismo escribió el rey cristiano a todos los capitanes de las fronteras que no hiciesen mal a los moros fronterizos; lo cual cumplieron, y los moros andaban muy alegres y contentos, y dieron la obediencia al rey Chico.

El rey Chico habiendo hecho todo aquesto, y dado contento a sus ciudadanos y aldeanos, mandó cortar las cabezas a cuatro caballeros Almoradís que le habían sido muy contrarios, y con esto cesaron las sangrientas y civiles guerras por entonces.

Y porque la intención del moro cronista no fue tratar de la guerra de Granada, sino de las cosas que pasaron dentro de ella, y de las guerras civiles que en ella hubo, no pongo aquí la guerra, sino el nombre de los lugares que se rindieron, tomada la ciudad de Vélez-Málaga, que son estos:

Bentomiz, la villa de Comares, Dompera, la Villa del Cestillo, Guadalta, Jaraz, Cavilla, Rubir, Pitargies, Lucas, Jaranca, Almejía, Mainete, Venaquer, Camillas, Alebonache, Canillas de Albaidas, Narija, Benicorán, Cafis, Buenas, Alboraba, Alcuchavia, Alhitán, Daimas, Algorgi, Morgaza, Machara, Albomaila, Benadaliz, Cimbochillas, Predilipe, Beiros, Sinarax, Hajar, Corterrojas, Alhacaque, Almería, Aprina, Aletín.

Estos lugares del Alpujarra se dieron a los reyes Católicos, de lo cual les pesaba a los moros de Granada, teniendo tan gran recelo de perderse, como los demás lugares se habían perdido.

Pues vengamos ahora al propósito: después de haber rendido a Vélez-Málaga, los pusieron en tanto aprieto, que les faltó el mantenimiento, y muchas municiones de guerra; de suerte que estaban para darse.

Los moros de Guadix sabido este negocio lo sintieron mucho, y los alfaquíes le rogaron al rey viejo que fuese a socorrer a Málaga, como lo hizo con mucha gente.

El rey Chico supo de este socorro de su tío, y mandó juntar mucha gente de a pie y de a caballo, y fue Muza por capitán de ellos para que les impidiese el paso, y los desbaratase; y así lo hizo, que les aguardó y salió al encuentro, y trabaron una cruel batalla, en la cual fueron muertos gran parte de los de Guadix, y los demás huyeron volviéndose a su tierra admirados del valeroso Muza y de los suyos.

Luego el rey Chico escribió al rey D. Fernando todo lo que había pasado con los moros de Guadix que iban al socorro de Málaga, de lo cual se alegró el rey Católico, y se lo agradeció, y le envió un rico presente; y el rey Chico envió al rey D. Fernando un presente de caballos, muy riquísimamente enjaezados, y a la reina envió paños de seda y perfumes.

Los reyes cristianos escribieron a los capitanes y alcaides fronteros de Granada y sus lugares, le diesen favor al rey Chico contra su tío, y que no hiciesen mal ni daño a los moros, ni tratantes de Granada que fuesen a sembrar o a labrar sus tierras.

El rey de Granada envió a decir al rey D. Fernando, que tenía noticia cómo los moros de Málaga no tenían bastimentos; que les impidiese que por mar ni por tierra les entrasen, y que se rendirían sin falta.

Finalmente, dieron los cristianos tan gran batería a los cercados, que fue ganada Málaga y su distrito; y puesta buena guardia en Málaga y su costa, recibieron los reyes Católicos una carta de Granada, enviada por los caballeros Alabeces, Gazules y Almoradines, la cual decía así:

«Muy poderosos señores: los días pasados hicimos saber a vuestras majestades los caballeros Alabeces, Gazules, Aldoradines, y otros muchos de esta ciudad de Granada que somos de un bando, del cual es también Muza, cómo queríamos ser cristianos y entregar este reino a vuestras reales personas; y pues se ha dado fin glorioso a las cosas del Andalucía, se puede empezar la conquista de este reino por la parte de Murcia, que es cierto que los alcaides de las fronteras y del río de Almanzor se entregarán luego sin defenderse, porque así está tratado entre nosotros; y siendo ganada Almería y su río, que es el más dificultoso, y Baza, se puede cercar a Granada; que te damos fe, como caballeros, de hacer tanto en tu servicio, que Granada se entregue a pesar de todos los que en ella viven. Muza en nombre de los vasallos arriba contenidos besa vuestras reales manos etc. De Granada.»

Escrita esta carta, fue enviada al rey D. Fernando; el cual como entendió las razones, y viendo como los caballeros Abencerrajes que andaban en su servicio procedían tan bien como lo habían escrito, luego se puso en camino para Valencia, y allí hizo cortes; y con el grande deseo que tenía de acabar del todo aquel reino, se vino a la ciudad de Murcia, y allí fue discurrido cómo había de entrar por la parte de Vera y Almería; y resuelto en lo que había de hacer, se fue a la villa de Lorca para desde allí entrar en el reino de Granada.

Fueron de la ciudad de Murcia con el rey D. Fernando muchos caballeros muy principales, los cuales será bien declarar, porque su valor y proezas lo merecían, aunque no se nombrarán todos.

Fueron Fajardos, caballeros de claro linaje, Albornoces, Ayalas, Giles, Galeros, Carrillos, Clavillos, Guzmanes, Riquelmes, Avellanedas, Villaseñores, Comences, Ralones, Pereas, Fontes, Ávalos, Valcárceles, Pachecos, Moncadas, Monzones, Guevaras, Melgarejos, Torrecillas, Llamas, Salares, Eustreros, Andosillas, Loaysas, Iufrentes, Sayavedras, Hermasillas, Pelozones, Balboas, Viloas, Alarcones, Laras, Fauras, Zambranas, Cascales, Sotos, Sotomayor, Puxmarines, Varribreas, Paralexas, Saurines, Lázaros, Vorias, Peñaveleros, Escamoz, Dotos y Rosales, Jereces, Gómez, Mulas, Darines, Alburquerques, Loritas, Ponces de León, otros Guevaras, Cisones, Manchirones, Leones, otros Ponces de León, Cildranes, Rosiquíes, Tomases, Tizonas, Paganes, Cernales, Alemanes, Rodas, Pineros, Hurtados.

De la villa de Mula, Jerez de Ávila y Gitar, Leyvas, Correllas, Mazas, Melgarez.

De Lorca salieron Moratas, Portales, Cozorlas, Pérez de Tudela, Mutados, Quiñoneros, Pineros, Falconetes, Mateos, Rendones, Marcelas, Burgos, Alcázares, Romanes.

Finalmente de estos lugares referidos, Murcia, Lorca y Mula, salieron todos estos caballeros hijosdalgo en servicio del rey D. Fernando contra los moros del reino de Granada, y otros muchos que no se refieren por evitar prolijidad; los cuales mostraron bien el valor de sus personas en todas las ocasiones que se ofrecieron.

En Lorca dejó el rey en Santa María una custodia de oro, y una cruz de cristal, guarnecida de oro fino.

Pues habiendo puesto el rey toda su gente en muy buena orden, se partió a Vera, en la cual estaba por alcaide un valiente moro, hijo del valiente Alabez que murió preso en Lorca. Llamábase también Alabez, no menos valiente que el otro; el cual como supo la venida del rey D. Fernando, luego se dispuso a entregarle la ciudad y fuerza, porque estaba tratado por cartas.

Y así llegando el rey a una fuente que llaman del Pulpí, salió el alcaide Alabez a recibirle, y le entregó las llaves de la ciudad de Vera y de su fuerza. El rey entró en la ciudad, y se apoderó de ella, y puso otro alcaide, y a Alabez hizo muchas mercedes.

No había sino seis días que estaba en Vera el rey, cuando se le entregaron los lugares siguientes: Vera, Antas, Lorin, Sorbas, Teresa, Cabrera, Sotena, Cricantocia, Las Cuevas, Portilla, Overa, Zurgena, Huércal, Vélez el Blanco, Turbe, Mojácar, Uleila del Campo, Cuerbro, Tabernas, Ynox, Albreas, el Box, Santo Perar, Huéscar, Cijola, Pataloba, Finis, Albanabez, Inmeytin, Ventiagla, Vélez el Rubio, Tirieza, Xiquena, Purchena, Cúllar, Benamantel, Castilleja, Orce, Galera, Utreza, Armuña, Bayarque, Sierto, Filabres, Vacares, Durca; y sin estos otros muchos lugares del río de Almanzor.

Los tres Alabeces suplicaron al Católico rey que los mandase bautizar; conviene a saber: Alabez, alcaide de Vera; Alabez, alcaide de Vélez el Rubio, y Alabez, alcaide de Vélez el Blanco.

El rey se holgó mucho de ello, y por ser principales caballeros mandó que los bautizase el Obispo de Plasencia; y del alcaide de Vera fue padrino D. Juan Chacón, adelantado de Murcia, y del alcaide de Vélez el Rubio lo fue un principal caballero llamado D. Juan de Ávalos, hombre de grande valor, y muy estimado del rey por su grande bondad. Este Ávalos fue alcaide de la villa de Cuéllar, y él y otros caballeros naturales de la villa de Mula, llamados Pérez de Hita, pelearon con los moros de Baza, que cercaron la villa de Cuéllar tan bravamente, que jamás se vio en tan pocos cristianos tan brava resistencia; y al fin los moros no la tomaron por ser tan bien defendida.

Esta batalla escribe Hernando del Pulgar, cronista del rey D. Fernando.

Del nombre de este alcaide Ávalos se llamó el alcaide de Vélez el Rubio D. Pedro de Ávalos, a quien el rey D. Fernando hizo muy grandes mercedes por su valor, y le dio y otorgó grandes privilegios, en que pudiese traer armas, y tener oficios nobles en la república. Del alcaide de Vélez el Blanco, hermano del que hemos dicho, fue padrino un caballero llamado D. Fadrique. De aquestos tres famosos alcaides hay hoy día deudos, en especial de Ávalos.

De esta suerte se iban tornando cristianos algunos de los más principales alcaides de estos lugares, entregándosele sin pensar.

Siendo el rey apoderado de todas estas fuerzas ya dichas, determinó de irse a Almería por ver su asiento, y ponerla cerco, dando lugar a los moros que se habían dado para que los que quisiesen se fuesen a África, o adonde les pareciese, y que los que quisiesen estar quedos, que se estuviesen.

Con esto el rey fue a Almería, donde tuvieron con los moros encuentros.

Partiose de Almería el rey, dejando el cerco para después; y asimismo lo hizo en Baza, después de haber bien reconocido y visto donde podía poner sitio y real.

Tuvo con los moros en Baza grandes encuentros, donde murieron muchos de ellos: allí hizo D. Juan Chacón cosas memorables.

Levantose el real, y fue a Huéscar, la cual se dio luego. Aquí mandó el rey despedir la gente de guerra, y él se fue a Caravaca a adorar la santa cruz que allá está, y de allí se partió a Murcia, donde estaba la reina Doña Isabel, y descansó aquel año.

En este tiempo hubo grandes rebeliones en los lugares que se habían dado; pero el rey D. Fernando los apaciguó enviando gente de guerra que los aquietase.

El año siguiente puso cerco el rey D. Fernando a la ciudad de Baza, donde hubo muchas escaramuzas y batallas entre moros y cristianos. Vino a tanto extremo de necesidad Baza, que pidió socorro al rey viejo, que estaba retirado en Guadix, y al rey Chico de Granada, mas este no quiso darla ningún socorro. El rey viejo envió bastimentos y gente de guerra a Baza.

Muchos moros de Granada comenzaron a alborotar la ciudad; y visto que el rey de ella no quiso dar favor a los de Baza, decían que los cristianos ganaban el reino, y no eran socorridos los moros, y que era mal hecho; y así se salían muchos moros secretamente al socorro de Baza.

El rey Chico enojado contra los que alborotaban la ciudad, mandó hacer pesquisa de ellos, y sabido les hizo cortar la cabeza.

Al fin Baza se dio, y Almería y Guadix, porque el rey viejo las entregó. El rey D. Fernando le dio ciertas villas en recompensa; pero a pocos días se pasó a África.

Así como se dieron las tres ciudades dichas, no hubo villa, lugar ni fortaleza que no se diese al rey Católico; de suerte que todo el reino estaba aprisionado, salvo la ciudad de Granada; y así será bien dar fin a las guerras civiles, y tratar del rey de ella.

Ya dijimos como fue prisionero el rey Chico de Granada por el alcaide de los Donceles D. Diego Fernández de Córdoba, señor de Lucena, y por el Conde de Cabra; y como el rey D. Fernando le dio libertad, con condición que el moro le había de dar cierto tributo.

Otrosí, entre estos dos reyes fue concertado que acabado de ganar a Guadix, Baza y Almería, y todo lo demás del reino, el rey Chico le había de entregar al rey D. Fernando la ciudad de Granada y Alhama, con el Alcazaba y Albaicín, Torres-Bermejas y castillo de Bibatambién, con todas las demás fuerzas de la ciudad; y que el rey D. Fernando le había de dar al rey moro la ciudad de Purchena y otros lugares en que estuviese, para que con las rentas de ellos viviese hasta su fin.

Pues habiendo el rey cristiano ganado a Baza, Guadix y Almería, con todo lo demás, luego envió sus mensajeros al rey moro que le entregase a Granada y fuerzas de ella, como estaba puesto en el concierto y trato, y que él le daría a Purchena y los lugares prometidos.

A esto respondió el rey moro que estaba arrepentido del trato hecho, que aquella ciudad era muy grande y populosa, y llena de gente, naturales y extranjeros, de los que habían escapado de todas las ciudades ganadas, y que había diversos pareceres sobre la entrega de la ciudad, y aun se comenzaban nuevos escándalos en ella; y que aunque los cristianos se apoderasen de la ciudad, que no la podrían sojuzgar: por tanto, que su alteza pidiese dobladas parias y tributo, que lo pagaría, y que no le pidiese a Granada, que no se la podía dar, y que le perdonase.

Con aquesta respuesta se enojó el rey D. Fernando, en ver que le quebraba la palabra, y tornó a replicarle, que tenía determinado de darle a Purchena y otros lugares; y que pues le faltaba de su promesa, no le daría sino otros pueblos no tan buenos; y que pues decía que la ciudad de Granada no podía ser sojuzgada, que él se avendría con la gente, y que siendo entregado en las fuerzas, y quitando las armas a los moradores, los allanaría con facilidad; y que si no le entregaba la ciudad le harían cruel guerra.

Turbado el moro de la resolución del rey cristiano, juntó todos sus consejos, con los cuales comunicó aquel caso, y sobre ello hubo grandes pareceres.

Los Zegríes decían que no hiciese tal, ni por imaginación, ni quitase las armas.

Los Gomeles y Mazas estuvieron de aqueste parecer.

Los Venegas, Aldoradines, Gazules y Alabeces, que determinaban ser cristianos, decían que el rey D. Fernando pedía justicia, pues estaba así concertado; y ya que debajo de aquel concierto el rey D. Fernando les había dado lugar de cultivar sus haciendas y labores, y a los mercaderes para entrar y salir en los reinos de Castilla a tratar con sus cartas de seguro, que ahora no era justo hacer otra cosa; que no era de rey quebrar la palabra, pues el cristiano no la había quebrado.

Los Almoradís decían que no convenía darle al rey D. Fernando nada de lo que pedía, que si él había dado lugar a los moros para cultivar sus labores, también ellos no habían corrido los campos de las fronteras; que también ellos gozaban de aquella paz y concierto, y así como los moros, y mejor.

Toda la demás gente de guerra fue de este parecer, y le fue respondido al rey Católico, que no había lugar a lo que pedía.

Vista la respuesta del rey moro, y que venían a correr la tierra de los cristianos, mandó el rey D. Fernando reforzar y guarnecer todas las fronteras, y proveerlas de bastimentos y municiones, con intento de poner cerco a Granada el verano siguiente; y así se fue a Segovia a invernar.