PRÓLOGO.


Se ha reimpreso esta obra, porque siendo una de las mejores que tenemos de honesto recreo, se había hecho rara: su lectura deleita tanto, que quien una vez toma el libro en sus manos no puede luego soltarle hasta la conclusión.

Fue el embeleso de nuestros mayores, que aprendían de memoria los bellísimos romances que contiene; se tradujo al francés y al italiano, interesando también a los extranjeros; ha dado materia y argumento a varias composiciones dramáticas, antiguas y modernas, y servido de modelo para escribir otras obras análogas, principalmente a la del caballero Florián, intitulada Gonzalo de Córdoba, que es en el día la más conocida, y en mucho estimada.

Ginés Pérez de Hita proponiéndose escribir de las Guerras Civiles de Granada, nacidas primeramente entre los moros durante la agonía de su dominación en España, y excitadas después por los mismos contra los cristianos que los habían subyugado, reunió un gran número de noticias curiosas sobre aquellas gentes, que no se encuentran en ningún otro escritor antiguo español.

Dio su obra en dos partes, tocantes a dos épocas distintas y notables de nuestra historia.

En la primera parte inserta la cronología de los reyes de Granada bajo el dominio de los moros, el nombre de los pueblos de su jurisdicción, y el de las familias más distinguidas del Estado; describe los palacios, jardines, mezquitas, y obras más suntuosas de la capital; y después introduciéndonos en ella, reinando Boabdilín, su último soberano, nos revela los amores, celos, intrigas y competencias de las damas y caballeros más principales de la Corte; nos acompaña a sus saraos, juegos y regocijos; nos declara sus bandos y parcialidades, y nos lleva a ver sus escaramuzas y desafíos.

Pinta a Boabdilín ingrato a su virtuoso padre Mulahacén; crédulo, alucinado, e inicuo contra su esposa, a la cual en fuerza de un grosero chisme urdido por los vengativos Zegríes, sus cortesanos, acusa del crimen de adulterio, poniéndola en la necesidad de encontrar quien venza en singular batalla a sus cuatro furibundos acusadores, o perder su honor y la vida en las llamas; cruel con los generosos Abencerrajes, que consiente sean degollados uno a uno por sus émulos en la cámara de los Leones; atroz con su hermana Moraina y dos inocentes hijos de ella, a quienes asesina por su propia mano, y en fin aborrecible por su tiranía a todos los granadinos.

En este cuadro, alrededor del trono sobresale el valeroso Muza, hermano natural del rey, como el más cumplido caballero de la corte mora; campea el gallardo Malique Alabez, de prosapia real, entre una familia numerosa de héroes; brilla el espléndido Abenámar, mantenedor en el juego de cañas y de sortija como el más diestro entre todos los competidores; el esforzado Reduán sorprende y admira, el adusto Albayaldos estremece, el intrépido Gazul interesa, y el sensible Zaide enamora.

Pero de cuando en cuando aparece en esta magnífica escena la flor de los caballeros cristianos, que eclipsa toda la gloria de tan insignes varones.

Los muy ilustres maestres de Calatrava y de Santiago D. Rodrigo Téllez Girón, y D. Manuel Ponce de León, duque de Arcos, vencedor el primero de Muza, Albayaldos y Aliatar, y el segundo del gallardo Malique Alabez, y de Alí Hamete Zegrí, acusador de la reina; el alcaide de los donceles D. Diego Fernández de Córdoba, cortesano tan galán como adalid valiente; el robusto D. Juan Chacón, señor de Cartagena, que de una cuchillada cortaba a cercén el pescuezo a un toro; el esclarecido Portocarrero, señor de Palma, y el desgraciado D. Alonso de Aguilar se llevaban la palma en todos los juegos, y en todas las lides y escaramuzas.

El profundo sentimiento de esta superioridad, comprobada por el mal éxito de sus últimas empresas militares, hacía mirar a los moros su gobierno con menosprecio, y hasta la religión propia con desconfianza o indiferencia.

Dividida en bandos, y agitada por la ambición y los celos la nobleza, a cada paso sus parciales tomaban las armas unos contra otros, se alteraba la tranquilidad pública, y con el más leve motivo se vertía la sangre de los primeros campeones en duelos y batallas singulares, cuando eran más necesarias la unión y concurrencia de todas las fuerzas del Estado para atajar los rápidos progresos de las armas cristianas.

La expulsión de los Abencerrajes que se habían salvado del degüello de la Alhambra, agregó el cuerpo más gallardo de la caballería mora al poder ya tan formidable del enemigo; y sirviendo desde entonces la deserción de ejemplo a las demás familias nobles exasperadas, quedó sin apoyo la independencia de la nación, y la capital casi desierta de defensores.

En fin llegaron a su mayor auge el desorden y la confusión cuando Granada presentó al mundo el inaudito y escandaloso espectáculo de tres reyes aspirantes al poder supremo dentro de sus murallas: Boabdilín sostenido siempre por los Zegríes, Mazas, Gomeles, y Laugetes; Mulahacén restaurado por los Abencerrajes, Gazules, Alabeces y Venegas, y el gobernador Abdalí proclamado por los Almoradís, Almohades y Marines.

Cada uno de estos tres obcecados príncipes tenía allí su palacio y corte a parte; tropas, vasallos, y aun templos para hacer oración, diferentes: cada uno de ellos, por afianzar la posesión de aquel simulacro de soberanía, negociaba secretamente con el enemigo común, ofreciéndole en pago de su asistencia y protección los tesoros propios, y las plazas, villas y lugares que se habían declarado por ellos.

De este modo unos señores, tan poderosos y políticos como los Reyes Católicos, asistidos de los mejores capitanes que hubo jamás en Castilla, y viniéndoseles, digámoslo así, la presa a las manos, acabaron sin grande esfuerzo la conquista del estado granadino, y extinguieron la larga dominación de los árabes en la Península.

Aquí concluye la primera parte.

En la segunda se abre una escena muy distinta, pero no vacía de instrucción, ni de interés. Llegamos a otros tiempos, y encontramos otros hombres y otras costumbres.

La elación del ánimo, derivada de las riquezas y del manejo del poder, moviendo celos y enemistando a las familias principales del estado granadino, produjo las primeras guerras civiles, que le condujeron a su ruina: la miseria y desesperación, hijas de la opresión y la violencia, abortaron las guerras segundas, que extinguieron las últimas reliquias de los moros en España.

Después de la conquista de Granada habían pasado setenta y siete años, llevando los moros al cuello con harta mortificación el grave yugo que les echaron sus vencedores.

Sufrían la poca observancia de las promesas que les fueron hechas al tiempo de su rendición; el sucesivo despojo de sus tierras; el abandono forzoso de su culto, la exacción de crecidos tributos, fardas y prestaciones, y sobre todo esto el menosprecio general; pero estando ya llenas las medidas, y tratándose todavía de impedirles el uso del idioma y traje nacionales, se alzaron todos, decididos a morir o mejorar de suerte.

Con disimulo y bastante habilidad averiguaron el número de hombres aptos para las armas que quedaban de su raza, nombraron rey a un descendiente de sus soberanos antiguos; pidieron auxilio de armas y tropas a sus progenitores de Asia y África, y levantaron el estandarte de la rebelión refugiándose en la aspereza de las Alpujarras.

Temeraria y de mal éxito sin duda era entonces la empresa de los moros, luchando con el poder colosal de Felipe II; pero también causa pesadumbre el ver qué esfuerzos y cuánta sangre les costó ahogarla a los cristianos.

Precedido de hábiles negociadores, el famoso conde de Tendilla, marqués de Mondéjar, fue el primer general que envió el rey con un ejército de veinte mil hombres, contra los rebeldes; mas dice nuestro historiador, testigo ocular, que una mitad por lo menos de esta brava gente se componía de asesinos y ladrones, los cuales sabiendo que algún pueblo de moriscos se había sometido, y fiaba su seguridad del salvo-conducto que le daba el marqués, se escapaban del real por la noche, y le asaltaban, y mataban y saqueaban a sus moradores, llevándose a las mujeres para gozarlas, y después venderlas como esclavas.

No es extraño pues que una conducta tan atroz y desenfrenada exasperase los ánimos de los sediciosos, en lugar de calmarlos, y que a poco tiempo perdiera el general en esta guerra su ejército y la reputación.

Preséntase luego en la lid el esclarecido D. Luis Fajardo, marqués de los Vélez y adelantado de Murcia, con sus valerosos tercios; pero estos se ensangrientan demasiado en la villa de Félix, y sus crueldades posteriores en Huéscar hacen imposible la reconciliación.

Los dos héroes cristianos batallan con los moros por dos puntos diferentes, obran prodigios de valor, se cubren de gloria saliendo victoriosos en casi todas las acciones marciales, y con todo eso no adelantan: sus tropas en varios encuentros y sorpresas de convoyes se disminuyen mucho, al paso que cunde el número de los enemigos; vienen sucesivamente con refuerzos considerables el marqués de la Favara, y el comendador mayor de León D. Luis de Zúñiga y Requesens, y todavía la guerra se prolonga, zozobrando ya el crédito de la orgullosa corte; el hercúleo D. Luis Fajardo, cuya ponderosa lanza apenas podía sustentar al hombro un soldado robusto cuando él la manejaba como un mimbre, después que, entre otras proezas, con poca gente, y la mayor parte enferma, hizo alarde de su esfuerzo y talento militar rechazando a los moros, que con todo su poder reunido le atacaron en Berja, se estanca en el sitio de Galera, y no puede pasar adelante; en fin dura el conflicto cerca de tres años, y es preciso que el ínclito D. Juan de Austria, hijo del emperador D. Carlos, salga de Granada con diez mil infantes y mil caballeros, asistido del valeroso duque de Sesa con otra tanta fuerza, y que a estos dos ejércitos nuevos se reúnan las reliquias de todos los anteriores, para salir de tamaño empeño, y forzar a los rebeldes a deponer las armas e implorar la real clemencia.

Conteniendo este libro la descripción de muchas batallas, asedios y entradas de los pueblos a viva fuerza, en que se derramaba por una y otra parte tanta sangre humana, su lectura no puede ser tan apacible, como la del anterior: con todo eso abunda de episodios interesantes, como el razonamiento del Purchení al marqués de Mondéjar estando este con su campo en Órgiva; la muerte del capitán Álvaro de Flores; la prisión del moro Albexarí, y sus amores con Almanzora; las fiestas celebradas en Purchena de orden de Muley Abenumeya; el canto profético de la mora, natural del Deire; los celos, conspiración y venganza de Benalguacil contra el rey moro, por haberse apoderado de su prima Zahara; la historia del Tuzani, y de cuanto hizo para encontrar y matar al asesino de la hermosa Malhea que pereció en Galera; la muerte y las exequias de D. Luis de Quijada, ayo del Señor D. Juan de Austria, y el fin trágico del virtuoso Habaquí.

Últimamente enamoran la humanidad, el candor y la firmeza de carácter de Ginés Pérez de Hita, cuando al acabar su obra pinta patéticamente los sentidos lamentos de los moriscos al ser arrancados de sus tierras, y llevados por fuerza a Castilla y a la Mancha; censura esta impolítica y cruel resolución de Felipe II, faltando a lo que se había prometido por su augusto hermano a los moriscos, los cuales antes murieran de mil muertes, que rendir las armas, ni haber hecho las paces, si hubiesen sabido que no serían cumplidas las capitulaciones; y añade, que más valiera no haberlos sacado del reino de Granada, por lo mucho que en esto habían perdido S. M. y todos sus demás estados.

Y ¿quién fue Ginés Pérez de Hita? De su persona y vida no tenemos más noticias, que las que él propio dejó consignadas en esta obra. Dijo ser vecino de la ciudad de Murcia, lo cual no prueba que naciese en ella; pero parece que a lo menos fue de la provincia, no solo por su domicilio, sino porque no pierde ocasión de levantar a las nubes el valor de los tercios murcianos. Militó en esta última guerra contra los moriscos bajo las banderas del marqués de los Vélez, y no sabemos que saliera de la clase de simple soldado.

Censurando la rapacidad invencible de sus camaradas, manifiesta mucho candor cuando confiesa que algunas veces, llevado él propio de tan mal ejemplo, salía a robar en los pueblos de los moriscos sometidos; y demuestra que tenía mejores entrañas que los feroces guerreros de aquella época, contándonos cómo había recogido en la atroz matanza de Félix a un niño que encontró mamando al pecho sanguinoso de su madre asesinada, y le entregó a otra morisca para que le criase; gloriándose tanto de esta acción misericordiosa, como de haber amparado y salvado de la muerte a más de veinte mujeres.

Finalmente se infiere que escribió, o a lo menos dio a luz, alguna otra obra distinta de la presente, por la expresión que hallamos al fin de la historia del Tuzani, donde dice que vio y habló a este en Villanueva de Alcardete, viniendo a Madrid a cobrar un privilegio para un libro suyo, cuyo título no declara.

¿Y es Ginés Pérez de Hita el verdadero autor de las Guerras Civiles de Granada?

En cuanto a la primera parte, si hemos de creerle a él propio, «la escribió en arábigo un moro, natural de la ciudad de Granada, llamado Abenhamín, que pasó luego a África y murió en Tremecén, dejando allí hijos, y un nieto muy hábil, llamado Argutarfa, el cual recogió todos los papeles de su abuelo, y entre ellos encontró este libro, que estimó mucho por tratar la materia de Granada, y se le prestó a un judío, llamado Saba Santo, quien le sacó en hebreo por su contento, y el original arábigo le presentó a D. Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén. Que este señor, por saber lo que contenía, y por haberse hallado su abuelo y bisabuelo en aquellas conquistas, rogó al judío que le tradujese en castellano, y después el conde le hizo a Hita la merced de dársele.» Esto dice en las páginas 412 y siguiente de la primera parte, sin embargo de que en la portada del mismo libro se expresa que él la tradujo al castellano, y no el judío Saba Santo.

Lo que por el contexto de la obra parece más cierto es, que ni el uno ni el otro hicieron una traducción literal de la obra arábiga; pues no es creíble que un moro hablase con tanta parcialidad a favor de los cristianos, ni que la hubiese adornado de los hermosos romances castellanos que la acompañan, cuando muchos de ellos fueron escritos después de la conquista de Granada, ya entrado el siglo XVI.

Aquí es donde brilla la gala de este metro peculiarmente español, que no tienen y envidian todas las demás lenguas europeas, hijas de la latina; porque los romances se leen junto a los hechos heroicos para que fueron compuestos de propósito; ilustración que falta al que lee estas producciones descriptivas, desnudas y hacinadas en los Romanceros, sin tener la noticia necesaria de nuestra historia antigua y de las tradiciones patrias.

Así parece que Ginés Pérez de Hita tomando lo sustancial de los hechos que refiere del arábigo, los redactó a su modo, y dio a la obra castellana la forma que ahora tiene.

En cuanto a la segunda parte no ofrece duda que la escribiese Ginés Pérez de Hita, adornándola también de los razonamientos y romances que contiene, muy inferiores ciertamente a los de la parte primera; exceptuándose la descripción del sitio de Galera, que él propio dice haber copiado de la que escribió el alférez Tomás Pérez de Hevia, vecino de Murcia, que seguía las banderas del Señor D. Juan de Austria.

Queda dicho que no es tan interesante la lectura de la segunda parte de esta obra, como la de la primera; pero faltaba añadir, que jamás ha podido ser del mismo modo conocida, aunque también entretenga mucho, porque el desaliño, o más bien la grosería de la impresión con que se dio al público, la hacían intolerable.

Son tantas las erratas que la afean, que solamente un talento muy perspicaz podrá encontrar sentido en su contexto, supliendo la ausencia total de las reglas de ortografía; además de que causa tedio manejar un libro de ruin papel de estraza, que se deshace al tiempo de pasar de una hoja a otra.

Aquel que se tome el trabajo de cotejar la presente edición con la antigua, será quien pueda calificar el servicio que en esto ha hecho el editor a la literatura nacional.

PARTE PRIMERA.

Guerras civiles entre Zegríes y Abencerrajes, caballeros moros de Granada, y batallas particulares que hubo en la Vega entre moros y cristianos, hasta que el rey D. Fernando el V la ganó.