Epílogo.

Han pasado quince años. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina capital, que había llegado á ser uno de los principales puntos de veraneo, había progresado de una manera notable.

El pueblo, en sí, permanecía el mismo; que en esto sucede con los pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los años, otras permanecen apegadas á su tiempo y sus ranciedades; pero, en cambio, toda la parte de la costa había variado completamente de aspecto. La carretera había sido arreglada. A lo largo de ésta se habían edificado numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeños muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y automóviles circulaban por aquel camino; un tranvía eléctrico corría por el lado izquierdo, hasta el monte Padruco, en el que se había edificado un hermoso «Hotel para viajeros» y donde existían algunos restaurants para recreo de los veraneantes que concurrían á ellos para comer, disfrutando de un panorama bellísimo.

Un lujoso faetón, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba por la carretera en dirección á Rodaleda. Ocupaban el pescante un señor gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa mujer que, al parecer, había entrado ya en el otoño de la vida; detrás de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces á los peatones que se interponían ante el coche.

Al llegar á la entrada de Rodaleda, frente por frente á la casa que habitara Julia, el señor detuvo violentamente los caballos. El lacayo, saltando con ligereza al suelo, corrió á sujetar de las riendas á los fogosos animales.

Descendió el caballero trabajosamente, y dió la mano á la señora para que lo hiciera.

—¿Es aquí?—preguntó el acompañante de la señora.

—¡Sí!—replicó ella, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la casa.

El señor, acercándose á los caballos, dióles algunas palmadas en el cuello, llamándolos al mismo tiempo por sus nombres; después siguió á la señora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos.

Hallábase ésta perpleja é indecisa ante la puerta cuando llegó él.

—¿Qué pasa?—preguntó.

—¡Que la puerta está cerrada!

—¡Bah!

Tanteó el caballero la resistencia que podía ofrecer aquélla, con un empujón, y viendo que ésta no podía ser mucha, le aplicó una fuerte patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abrió de par en par.

—¡Ya está abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes. Mira que es gusto venir á recrearse en cosas viejas, feas... y desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares donde se han pasado miserias y privaciones.

—Hombre... ¡es la casa donde nací!

—Sí, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la actualidad con el techo hundido, cayéndose de vieja... y llena de alimañas.

—¡Pues no entres tú!—dijo Julia algo contrariada.

—De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches pronto.

Y el caballero volvió hacia el coche, mientras Julia, previo remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cántaro; el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y derrengada mesa. Julia contempló los objetos de aquella estancia y acto continuo penetró en la alcoba. El primer objeto en que se fijó su vista fué el collar que permanecía sobre la almohada tal y como Pedro lo había dejado. Lo cogió con mano temblorosa y estuvo mirándolo largo rato.

—«Yo creí que lo había perdido aquel día—dijo limpiándolo con su fino pañuelo de batista.—¡Pobre Pedro!... ¡Pobre niño!...—murmuró con emoción.

Julia, sintiendo su corazón angustiado, guardó en el seno el collar y salió á la primera habitación; paseó su mirada por ella nuevamente... y en seguida traspuso la puerta de entrada.

—Vamos, ¿has terminado?—dijo al verla salir el caballero, con tono de aburrimiento.

—Sí, hombre, sí; ya he terminado—respondió Julia maquinalmente y absorbida, al parecer, por un pensamiento.

—¿Qué te ocurre ahora?

—Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no sé cómo podremos cerrarla.

El caballero prorrumpió en ruidosas carcajadas; cuando hubo reído á su gusto, exclamó:

—Ten cuidado no te vayan á robar.

—No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no quiero dejarla á merced de nadie.

Nueva explosión de risa en el señor gordo. Julia, encendida como la grana, mirábale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo flaco, sucio y desarrapado, se acercó tímidamente, mirando fijamente á Julia.

—Ahora que esto se está poniendo de moda y que se está construyendo tanto por aquí, pronto harán desaparecer ese adefesio, para levantar en su lugar alguna buena finca.

—Ese adefesio es mío, y nadie podrá hacerlo desaparecer sin mi consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo hará seguramente en este solar.

El caballero, sin parar su atención en el tono agresivo de Julia, se encogió de hombros. Julia habíase fijado en aquel jovenzuelo que, á pocos pasos, estaba mirándola embelesado. Acercóse á él; aquel rostro no le era desconocido.

—¿Cómo se llama usted?—preguntó Julia al individuo en cuestión.

—Pascual—contestó tímidamente el interrogado.

—¿El hijo de la Pepona?

El jovenzuelo contestó que sí con un movimiento de cabeza, sin dejar de mirar á Julia ni un momento.

—¿No te acuerdas de mí?—preguntó ésta.

Movimiento de duda en el aludido.

—Soy Julia... Julia... ¿No te acuerdas?

El muchacho asintió con otro movimiento de cabeza, pues el hablar parecía habérsele bajado á los talones, y siguió mirando como si estuviera hipnotizado.

Pensó Julia un momento y luego, encarándose con Pascual, le dijo:

—Te voy á dar un encargo, ¿lo cumplirás? ¿Sí? Bueno, pues mira: toma este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva dentro de dos ó tres días, ¿me entiendes? No te pesará. He de hablar contigo y has de contarme muchas cosas.

La voz del caballero resonó malhumorada, diciendo:

—A este paso nos tendremos que volver á casa sin llegar al Padruco... ¡Vaya una tardecita!

Separóse Julia de Pascual, después de cambiar con él las últimas palabras, y corrió hacia el hombre gordo.

—¡Qué impaciente eres, hijo mío!—dijo subiendo al carruaje.

—¡Y tú qué pesada!—replicó él ocupando su asiento en el pescante, junto á Julia.—¿Y quién es ese personaje con el que te has mostrado tan generosa?

—Ese personaje era hace quince años un rapacillo—respondió Julia dando un suspiro.

—¿Te vas á poner tierna ahora?

—¿Y por qué no? Recordando aquellos tiempos...

—Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas á contar la historia del imbécil del pescador que se mató...

—Tú no te matarías, si yo te abandonara, ¿verdad?

—¡No, por cierto!

—Porque tú no me quieres como me quería aquél.

—No sé si te quiero más ó menos; pero lo que si sé, es que si todos los que has querido y has abandonado... ó te han abandonado, hasta nuestros días... se hubieran matado, excuso decirte.

Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono despectivo, sintió que la sangre se agolpaba en el corazón; sintió un arrebato de ira que la impulsaba á insultarle; pero la dignidad, maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisión á los amos, durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.

Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, y al través de ellas vió la dulce imagen de Pedro.

El señor gordo volvió la cabeza para mirar á Julia, y al verla en aquella actitud, exclamó con tono agrio:

—Si vas á tomarlo por lo dramático, más vale que te tires al mar, chiquilla.

Julia comprendió que se la avisaba de que no era aquella su misión; su misión junto al amo era la de sonreir y alegrarle la vida; si tenía penas, allá ella con las que fueran; él no tenía nada que ver con eso.

—Vas llamando la atención... y la cosa no es muy agradable.

Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el del señor gordo, fijábanse en Julia.

Esta, comprendiéndolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, y la sonriente máscara, eterna careta de su vida, volvió á su rostro; tragó su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la había tratado, que tan brutalmente le había recordado su esclavitud, y las palabras alegres y cariñosas volvieron á brotar de sus labios para complacerle.

¿Para qué disgustarle, para qué romper la cadena, si detrás de aquél tendría que venir otro que sería igual?

El señor gordo, para desfogar su disgusto, fustigó fuertemente á los caballos, que, no acostumbrados á un trato semejante, salieron al galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda, hacia el monte Padruco...