V
Serían las doce de la noche, cuando el señor Jaime, con paso vacilante, se acercó á su antigua morada. Con mano temblorosa buscó la llave en uno de los bolsillos de su derrotado pantalón, y no sin gran trabajo, la introdujo en la cerradura, que resistió al primer intento; cedió, por fin, al segundo, y la puerta se abrió, no sin gran escándalo de sus mohosos goznes.
Precipitóse el anciano, más bien por desfallecimiento de sus energías que por mandato de la voluntad, en la primera habitación, y dejándose caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa á él y á su hijo, prorrumpió en convulsivos sollozos.
Largo rato permaneció en aquel estado. Cuando el caudal de sus lágrimas se hubo agotado, incorporóse penosamente y con la vista recorrió la estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella había: allí estaba todo, todo lo que había sido testigo de su felicidad.
Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada resonó en aquel cuartucho.
El señor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus perdidas energías, dió á entender con su nueva actitud que alguna resolución inquebrantable le había llevado allí. En efecto: empezó á recoger todos cuantos muebles y objetos de madera había en la casa y con ellos formó un montón junto á uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo ellos puso la vela de la Carlota, y sobre ella arrojó el alquitrán que contenía un pequeño cubo que en un rincón había; recogió los remos y, arrastrándolos por uno de sus extremos, los sacó fuera de la casa; descansó unos momentos y después los condujo, con no poco trabajo, hasta la embarcación.
¡Pobre Carlota! Despintada completamente, parecía haber envejecido tanto como el amo. Al sentir que aquél volvía á su bordo, mecióse suavemente en el agua, sintiéndose revivir. El señor Jaime sufrió una nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empezó una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca desprendidos de las peñas. Cuando el calado de la Carlota hubo aumentado, á juicio del señor Jaime, lo necesario, suspendió la operación y regresó á la casuca. A lo lejos se sintió el reloj de la iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes...
Entró el viejo en la casa; pasó una última mirada por su recinto; cogió del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, buscó en sus bolsillos una mugrienta caja de fósforos, encendió uno y lo aplicó á la vela impregnada de alquitrán. Cuando vió que las llamas hacían presa en los objetos amontonados encima, salió de la casa, cuya puerta cerró con llave y descendió lo más rápidamente que pudo hasta la Carlota. Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esperó.
El semblante fúnebre, amarillo, del señor Jaime había cambiado completamente de expresión: sonreía y parecía el ser más feliz de la tierra; sus ojos habían recobrado el brillo y la viveza de la juventud, y un ligero tinte sonrosado cubría sus mejillas.
Del interior de la casa empezaron á salir por sus muchas grietas y rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco después vióse brillar en el tejado un punto rojo.
—¡Ahora!—exclamó el viejo. Con el cuchillo cortó las amarras de la lancha, y con un remo fincó con fuerza para sacar á la Carlota de su puertecito. Cuando ésta salió al mar, el marinero colocó los remos en los toletes y empezó á bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en la techumbre de la casa fuése bien pronto agrandando, hasta convertirse en un penacho de llamas.
El señor Jaime, desde el banco en que remaba, veía cómo éstas devoraban el hogar en que nació.
Cuando por la intensidad del fuego comprendió que ya nada ni nadie podría salvarla, el viejo marinero dejó de remar; quitó los remos y los dejó sobre los bancos. La Carlota, que navegaba perezosamente á causa de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los remos... ¡ella, que siempre navegó rápida y gallarda con la vela!, se detuvo casi instantáneamente.
—Ahora nosotros, todos los que quedamos, á un tiempo—murmuró el señor Jaime.
Con un pedazo de cuerda ató los remos fuertemente á uno de los bancos; después, con otra cuerda, ató sus pies al palo de la lancha. Miró nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas empezaba á decrecer por falta de combustible, sacó el cuchillo de la faja, y, arrodillándose, empezó á quitar madera de junto á la quilla, con la afilada punta.
Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna á su paso. Allá, á lo lejos, se veían las llamas que consumían los restos de la casuca; algunos vecinos se movían junto á ella, como sombras proyectadas por una linterna mágica.
El señor Jaime trabajaba con afán, y, por fin, el agua empezó á penetrar en la lancha: poco á poco, primero; más rápidamente, después.
El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruzó las manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclamó con voz entrecortada por los sollozos:—«Al fin vamos á reunirnos de nuevo.»
El agua, precipitándose por encima de las bordas de la Carlota, hundió á ésta rápidamente, ahogando las últimas palabras del infeliz pescador.
Bajo las aguas sintióse al desgraciado agitarse desesperadamente durante unos segundos; después... ¡nada!... El agua recobró su alterada tranquilidad...
El fuego habíase ya extinguido... La luna, horrorizada, negó su luz al terrible cuadro, ocultándose tras un negro nubarrón...
Al amanecer, un vaporcito mercante pasó por aquel lugar, revolviendo con las paletas de su hélice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en su seno al viejo pescador...