IV
El invierno se coló de rondón, llevando consigo una cantidad horrorosa de catarros y pulmonías.
Los árboles mostraban ya sus desnudas y esqueléticas ramas; las plantas habían enmudecido y no daban flor. Llovía mucho, y los moradores del hotel habíanse confinado en las habitaciones. La vida en él había recobrado su marcha acostumbrada, salvo las modificaciones introducidas por Felipe, que no eran pocas.
Felipe, que no pensaba más que en sus comisiones, salía por la mañana, tempranito, en el segundo ó tercer tranvía, y, con mucha frecuencia, no regresaba hasta la noche; cenaba, contando á todos las notas que había hecho durante el día, y se acostaba con el bocado en la boca. ¡Ah...! El no podía acompañar al tío y á Clotilde en sus reanudadas sesiones musicales; tenía que madrugar. Con mucha frecuencia tenían éstas que suspenderse, porque el ruido del piano no le dejaba dormir. En su apoyo venía Doña Andrea:
«Pobrecillo, con tanto como trabajaba, era un crimen no dejarle dormir. ¡Y con los madrugones que se daba el infeliz! Es verdad que D. Sebastián también madrugaba; pero ¡vaya una diferencia! D. Sebastián llegaba á la oficina, se sentaba, tomaba café, fumaba, charlaba con los compañeros... y pare usted de contar; en cambio, el pobre Felipe tenía que trotar por las calles más que penco de coche de alquiler, y recibir más sofiones que novio en desgracia. ¿Cómo no había de molestarle el piano, y más que el piano, las latas que tocaba Clotilde? ¡Aquel pron... porrorón... porrorón... pon pon... del Lohengrin... del Tannhausser y del Parsifal, le quitaban el sueño á un lirón!» Resignábanse Clotilde y su tío, y entregábanse, él, á los libros; ella, á las labores, que alternaba con la lectura.
Pasaron los meses. Felipe, apoyado siempre por la tía, volvíase cada vez más despótico, comercialmente hablando, y Clotilde sólo escuchaba de él la diaria relación de las notas ó pedidos de las casas de comercio.
Clotilde, sin dejar de estar alegre, parecía no ser la misma: su alegría era reposada, grave; no era aquella bulliciosa alegría que tenía de soltera. D. Sebastián, único en la casa que había observado aquel cambio, como había observado el modo de conducirse Felipe con su esposa, dióse á pensar en las causas de aquella transformación.
No tardó mucho en dar con la clave; la cosa era indudable: Felipe y Clotilde habían escrito á París y pronto se recibiría el aviso de la llegada del bebé. D. Sebastián sintió una alegría loca... ¡Tanto como á él le gustaban los niños! Ellos habían tenido dos, pero los dos se los había llevado Dios. Ya estaba viendo un chiquitín rubio como el oro, porque seguramente sería rubio, correr y trotar por el jardín. ¡Oh! pero ya se guardaría muy bien de estropear las plantas y de tirar piedras á todos aquellos pajarillos que tan confiadamente se aposentaban en los árboles, porque sabían muy bien que nadie les haría daño.
Esperó, pues, D. Sebastián con verdadera impaciencia la feliz noticia; pero pasaban los días, la tristeza de Clotilde iba en aumento, y la noticia no llegaba.
Un día, no pudiendo resistir más, llamó á su esposa, y haciéndola observar lo que él había notado en Clotilde, le preguntó:
—¿No te ha dicho nada Clotilde de si...?
—¡Nada!—replicó Doña Andrea.
Y cuando D. Sebastián quedó solo, hubo de refunfuñar entre dientes:—¡Claro, hombre, claro: si á un marido con tanta nota y tanto pedido..., no le puede quedar tiempo para nada!
Volvió la primavera, y con ella la sublime explosión de vida y alegría de la Naturaleza.
En todos los hotelitos colindantes se notó el arribo de la estación. Este plantaba claveles; aquél, geráneos; el otro de más acá, que tenía un trocito de huerta, hacía sus siembras de hortalizas; aparecieron los pajarillos cantando alegremente; mostrábase más perezoso el sol para acostarse y más diligente para madrugar; arrinconáronse estufas y braseros, y diéronse á conocer los que ocultaban su rostro entre subidos cuellos y liadas bufandas; volvió, en fin, el alegre vivir de la primavera.
Don Sebastián resucitó también. ¡Con qué alegría veía revivir su muerto jardín! La savia, trepando por los troncos y encaramándose por las ramas, hacía brotar en éstas innumerables puntitos verdes, que habrían de convertirse en nuevas ramas, en hojas, en flores, en frutos. Surgían de las plantas los capullos que, avaros, guardaban su tesoro; acariciábalos el sol amorosamente y las flores asomaban recibiendo temblorosas el primer rayo de sol, cual púdicas vírgenes que reciben en los labios el primer beso de amor; abríanse lentamente, como temerosas de perder sus delicados colores y su dulce fragancia, hasta que, rendidas á las caricias del ardoroso amante, ofrecíanse á él en toda su lozanía, entregábanse sin rebozo á sus besos de fuego que habían de matarlas.
Clotilde ayudaba, siempre que podía, á su tío en aquellas tan agradables faenas.
Felipe seguía en su actividad comercial, no comprendiendo que un hombre que tiene toda la tarde libre no sepa emplearla en otra cosa más provechosa que en cuidar flores y en leer librotes, sentado, á la sombra de un árbol, en un sillón de mimbres ó en un banco rústico.
«Valientes chifladuras, valientes tonterías las que decían Heine y todos aquellos otros tontos por el estilo. Él comenzó á leerlo y tuvo que dejarlo más que de prisa. ¡Que se gastara el dinero en comprar aquellas paparruchas! Si el tío quisiera, podría dedicarse con él al comercio, y ganaría más—decía.»
Sonreía el tío, y con la intervención de Clotilde, se ponía fin á tan enojoso tema:
—«El tío no tiene carácter para eso, Felipe; además, el tío tiene lo bastante para vivir, y no ambiciona más: el dinero no es precisamente la felicidad.»—«¿Que no ambicionaba más? ¡Valiente tontería!»
Felipe no comprendía que nadie pudiera decir: «ya tengo bastante» ¡Cristo!... ¡Con el dinero que había en el mundo!
Los días que el mercantil Felipe se quedaba en casa por la tarde, cosa que sucedía contadas veces, no por eso estaba ocioso: metíase corral adentro, en compañía de Doña Andrea, y haciendo uso de sus conocimientos en esta materia, adquiridos de jovencillo en el pueblo, y teniendo en cuenta los informes de la tía, rara era la vez que entraba en el corral que no salieran dos ó tres de aquellos ovíparos sentenciados á muerte.
Inútil era que Clotilde y su tío pusieran el grito en el cielo, intercediendo por aquellos animalitos: no había apelación posible contra los mortíferos decretos de Felipe.
—Señor, para llegar á formar un buen corral—decía éste—, la selección es lo primero.
—¡Claro!—apoyaba Doña Andrea.
—Las gallinas ¿para qué son? Para que pongan huevos ó para comérselas; ¿no es eso?
—¡Naturalmente!—decía Doña Andrea.—No van á ser para adorno.
—¡Pobrecitas!—gemía Clotilde.
—¡Qué sensiblerías más tontas!—replicaba desdeñosamente Felipe.
—Pero, ¿para qué se quiere tanto huevo?—alegaba D. Sebastián.
—Para venderlos—contestaba Doña Andrea.
—Pero, señor, eso es convertir esta casa en una huevería, y dar lugar á que á ti te llamen Doña Andrea la huevera, y á mí D. Sebastián el huevero.
—Tú dame pan... y llámame tonto.
—Si nosotros no tenemos necesidad de ese comercio para vivir.
—Por mucho trigo nunca es mal año.
Ante este modo de razonar, D. Sebastián tenía que callar... por no hablar.
Y sea por la selección que Felipe hacía ó porque las gallinas llegaron á sentir verdadero terror ante aquel verdugo, es el caso que llegó día en que éstas formaron cola para ir á depositar el huevo en los ponederos; con lo cual Doña Andrea llegó á venderlos por cientos, con harta satisfacción suya y desesperación de D. Sebastián.