V

Una tarde, era ya la hora del crepúsculo, hallábase D. Sebastián en el jardín, sentado en su sitio de costumbre, contemplando una de las infinitas soberbias puestas de Sol que en Madrid se admiran, cuando Clotilde, avanzando lentamente por el jardín, llegó hasta donde su tío estaba.

Tan absorto se hallaba éste en la contemplación del grandioso espectáculo que se ofrecía á su vista, que no se dió cuenta de la presencia de su sobrina.

—Tío—dijo ésta con dulce voz.

—¡Clotilde!

—¿Te molesto si me siento aquí, á tu lado?

—¡Qué disparate, hija mía!—dijo D. Sebastián corriéndose un poco en el banco que le servía de asiento para dejar más espacio á Clotilde.—Pero, ¿qué tienes? ¡Tú has llorado!

—No, no... ¡no he llorado!

—¿Cómo que no, si aun se notan las huellas en tus ojos?

—Es que... Bueno, sí, he llorado; pero por nada, por una tontería. Verás: estaba yo en mi habitación concluyendo de coser unas cosillas, cuando sin saber por qué, empecé á ponerme triste, muy triste... ¡una cosa sin fundamento!

Como ya apenas se veía, dejé la labor y me asomé á la ventana para que me diera un poco el aire. Yo no sé lo que sentí: el poético crepúsculo que se ofrecía á mis ojos, el religioso recogimiento que á estas horas parece reinar en toda la Naturaleza, el misterio con que el día se aleja de nosotros, sin que sepamos si hemos de volverle á ver, me impresionaron vivamente; sentí una angustia grande aquí, en el pecho, y ganas, muchas ganas de llorar... ¡Ya ves qué cosa tan tonta!

—Tus tristezas se resolvieron en llanto.

—Pero si yo no he estado triste nunca.

—¡Pobrecilla!—replicó D. Sebastián sonriendo bondadosamente.—Hace tiempo que lo estás sin darte cuenta... ¡Dónde está tu alegría de otros tiempos!... ¡Dónde las risas con que á todos nos alegrabas!

—Es verdad que hace algún tiempo...

—Algunos meses.

—Bueno, sí; hace meses que siento así como un malestar... una ansiedad... un no sé qué...

—Un no sé qué: eso, eso es lo que se siente.

—Al principio pensé que la causa sería el que yo...

—Sí; yo también creí que la causa sería el que tú... Pero no era eso.

—No, no era eso—dijo Clotilde con un leve suspiro.

—La causa era otra.

—¡Otra!...

—La causa de todo eso era, y sigue siendo, el empacho que tienes de notas, de pedidos de camisetas, de calcetines... y demás géneros de punto.

—Tío...

—No, no te sorprendas... ¡¡Si lo tengo yo, y no soy la mujer de tu marido!!

—Felipe es bueno—dijo Clotilde sonriendo al oir el tono de convicción de su tío.

—¡Quién lo duda! Pero es el caso que tu marido no habla ni deja hablar más que de pedidos, de remesas y de tantos por ciento; que al casarse no pensó, á lo que se ve, en hallar la dulce compañera que sabe dar consuelo en los trances apurados y prestar aliento en los desfallecimientos que se sufren en la diaria lucha por la vida, sino al representante de una fábrica ó al encargado de un almacén á quien comunicar notas y más notas, pedidos y más pedidos.

Es verdad que tu marido no necesita consuelos, porque no tiene aflicciones; ni alientos para colocarle una partida de camisetas de abrigo al mismísimo Preste Juan, porque le sobran; pero tampoco es para que llegue al extremo de suponer que tu única aspiración en este mundo es que te encargue de escribir sus cartas comerciales.

Calló breves momentos D. Sebastián, y Clotilde dió un nuevo suspiro.

—¡Pobre niña!—continuó diciendo aquél.—Tú, tan buena, tan cariñosa; tú, cuyo corazón rebosa de amor, de ternura, de dulces anhelos de comunicación espiritual con el ser amado, te ves privada de dar expansión á esos bellos sentimientos que, acumulándose en tu pecho, te ahogan, te oprimen y te hacen sentir un no sé qué... ¡Ah!... Eres un bello libro de poesías que tu marido no se ha ocupado en hojear siquiera... ¡Psch!... ¡Así es la vida!... En cambio, otros buscan con afán, aunque no sea más que una sola poesía, una sola... y ¡nada!, prosa, hija mía, prosa á todas horas.

Un silencio prolongado reinó entre ambos.

—Qué dulce bienestar se siente aquí, tío—dijo al fin Clotilde.

—La Naturaleza es manantial inagotable de poesía; á él acudimos todos los que no tenemos fuente en casa. Hoy acudes por primera vez á ese manantial para mitigar tu sed, y á él seguirás acudiendo. ¡Hoy vienes junto á mí; mañana, cuando yo falte, seguirás viniendo tú sola!

La luz del día habíase extinguido por completo; á lo lejos se veía el resplandor del alumbrado de Madrid.

—Tú aun puedes esperar—continuó Don Sebastián.—Sois jóvenes, y tal vez tu marido cambie; aunque es de suponer que tarde, pues ya sabes que su opinión es, que mientras quede una peseta en poder de alguien, se debe trabajar para ganarla. Es posible, muy posible, que él llegue á ser dueño de todas, y entonces quizá piense que se olvidó de leerte... ¡Puede que deje las lecturas para cuando ya no tenga nada que hacer!

—Pobre tío: ahora comprendo lo que te falta para ser feliz completamente.

—¡No sólo de pan vive el hombre, Clotilde...!

—¡Ni la mujer, tío...!

—Caro te ha costado el saberlo, pobrecita mía. Recuerdas lo que te decía la tarde de nuestro paseo: todos tenemos que hacer concesiones á nuestro tipo; pero hay que ver cuáles sean éstas: las concesiones son muy peligrosas, porque una vez hechas, no tienen remedio. Yo también las hice á mi tipo, creyendo que sería capaz de despertar sentimientos que suponía dormidos... pero... ¡sí... sí...! ¿Quién es capaz de despertar lo que no duerme, ni cómo ha de dormir lo que no existe? Y no es esto lo malo; lo malo es que no hay derecho á quejarse: ellos son buenos, tal vez mejor que nosotros, puesto que son más humanos; toman la vida como es, sin preocuparse de reformarla, y así nos la dan.

—Es verdad; pero es tan agradable un ratito de poesía en la vida...

La campanilla de la puerta del jardín anunció que alguien abría ésta violentamente; pero ni el tío ni la sobrina repararon en ello: tan abstraídos se hallaban.

De aquel arrobamiento vino á sacarles la voz mal entonada de Doña Andrea, que llegó hasta ellos sin ser sentida, y que, rompiendo á hablar de pronto, les propinó un susto morrocotudo.

—¿Qué...? ¿Ya estáis viendo salir las estrellas? ¿Hay alguna nueva, ó son las mismas?

Al volver en sí los dos soñadores, hubieron de sentir, primero, dolor producido al chocar en su caída con la dura corteza terrestre, después, risa al oir á Doña Andrea.

—Tu marido dice que vayas, que dónde diablos has metido la carta que recibió ayer de Masnou y Compañía, que no la encuentra.

Clotilde, al oir que Felipe había venido, cayó en la cuenta de que, por primera vez, no había salido á esperarle á la puerta del jardín. ¿Qué le diría? ¿Le reprocharía en su falta? Clotilde sintió una gran alegría al pensar que así sucediera.

La Luna iluminaba por completo el jardín. Clotilde se dirigió hacia el hotel, mientras D. Sebastián y su esposa quedaban discutiendo; por el camino, Clotilde fué cortando rosas hasta formar un hermoso ramo, que pensaba colocar en la mesa del comedor. Ligera como una corza subió las escaleras que conducían al piso principal, y compitiendo el color rojo de sus mejillas con el de las rosas que llevaba en la mano, entró en la habitación en que se hallaba Felipe.

Éste, muy sofocado, revolvía en un mueble papeles y cartas. Al ver á Clotilde, prorrumpió en exclamaciones que denotaban claramente su enfado.

—¡Dónde está la carta de Masnou, vamos á ver: dónde está, que no la encuentro!

Clotilde, al ver aquel recibimiento tan distinto del que ella se forjara en la imaginación, acercóse al mueble en que Felipe revolvía, y abriendo un cajoncito, sacó la carta y se la entregó.

—Ya podía yo volverme loco buscando—gruñó Felipe cogiendo bruscamente la carta que le alargaba Clotilde, y sentándose ante su mesa.—¡Quién iba á suponer que la habías puesto en un sitio donde no se ponen nunca!

Felipe, sacando la carta del sobre, y un librito de notas del bolsillo interior de la americana, empezó á leer y á tomar apuntes.

Clotilde le miraba sin moverse del sitio y sin despegar los labios. Así permaneció algunos instantes.

Felipe, dejando un momento la tarea comenzada, dijo á su esposa:

—¿Qué haces ahí? Díle á la tía que á ver si cenamos pronto, que tengo que madrugar mañana y quiero acostarme en seguida.

Y dicho esto, volvió á reanudar su interrumpida tarea.

Clotilde nada respondió; llevó el ramo de rosas á su rostro, aspiró con deleite su aroma y, lentamente, salió de la habitación dejando caer de sus ojos amargas lágrimas, que fueron á perderse en los cálices de aquellas flores...