XXXII
El 4 de Marzo.—El muelle.—El ferry.—Amigos cariñosos.—Ibarra y Alatorre.—Capitan Hagen.—La estacion.—El tren.
AMANECIÓ al fin el 4 de Marzo, reinando aún cruelísimo el invierno.—No obstante los preparativos de viaje y el buen arreglo de los equipajes, expeditados desde la víspera, quedaron como adheridos á nosotros, flotantes y sin colocacion, canastos, abrigos, sombreros, paraguas y todo aquello á que se le ha dado el significativo nombre de triquis, no obstante proclamar todo viajero, que estorba hasta el rosario á los que tienen la costumbre de usarlo.
A mí me condujo hasta el muelle el coche de un caballo, mi vehículo constante, el confidente, por decirlo así, de todas mis impresiones de San Francisco.
Ya hemos dado idea del muelle de Oakland y ya conocemos esos ferrys ó vapores de rios, encargados en tragin constante del acarreo de viajeros de uno al otro lado de la bahía.
Las aguas estaban un tanto inquietas, pero como encadenadas y obedeciendo al timon y viendo subordinadas las maniobras de los buques.
Al entrar en nuestro vapor, á las seis de la mañana, encontramos arropados á varios de nuestros amigos, y á algunas señoritas vestidas elegantemente y desafiando el ventisco helado, que azotaba sus hermosos rostros.
Entre los favorecedores que acabo de mencionar, se contaban los Sres. Andrade, Ferrer, Ahumada, Gaxiola, Coroella, y las Sritas. Gutierrez, de lo más inteligente y virtuoso que cuenta la colonia mexicana.
Dos ó tres dias ántes de nuestra partida, un amigo veracruzano, á quien soy deudor de mil finezas, me invitó á una visita por una de las calles más accidentadas y embrionarias, por decirlo así, de San Francisco: la calle de Green.
No hacia mucho, en una de mis descarriladas por falta de direccion, me encontré en el término de los ferrocarriles urbanos del N. E. de la ciudad: apéeme resuelto para seguir á pié; interceptó mi vista un barranco profundo; descendí casi rodando; á poco me salió al paso una montaña y la escalé decidido: entónces me quisieron envolver marañas de casas, escaleras escurriéndose y asaltando las rocas, ventanillas como los ojos de un buho en las eminencias, tendederos de ropa, juegos de coche botados en el suelo, vacas pastando tranquilas en la llanura tendida entre dos casas, hondonadas con sus árboles, sus jardines floridos y sus graciosas fuentes, todo á los lados de una cuesta; yo descendia entretenido, cuando ví en un farol escrito el nombre de Green. Estaba en la calle de Green, indicando la resurreccion de la ciudad.
LIT. H. IRIARTE.
Calle de Montgomery.
A la calle de Green fuí conducido por mi amigo el veracruzano, una noche oscurísima. Llegamos á un punto en que estaba obstruido el paso; era una casa en obra: atravesamos por entre escombros y como en un subterráneo; yo llamaba á mi guía á cada momento, porque perdia el piso: me dijo “suba vd.” y comencé mi ascension por una escalerita de palo que casi flotaba como una cinta con nudos, que no tendrá una vara de ancho; dí vuelta, y entónces me embarraba á la pared por una verdadera cornisa con su barandal, todo trémulo y amenazante. Saliónos al paso una puertecita pequeña. Estábamos á grande altura, causaba pavor la consideracion de los muchos escalones que habiamos subido.
Abrióse la puertecita y nos hallamos en el sacramental pasadizo americano, con sus guarda-sombreros, como es de rigor.
Podria caber la casita en la palma de la mano; pero qué limpieza! qué elegancia! qué exquisitos adornos! siendo para mí el de más precio las banderas nacionales y los retratos de Juarez, Zaragoza y Ocampo.
Esa es la casita de las Sritas. Gutierrez, entre quienes se mantiene dudoso el sólido mérito, sin decidirse por la hermosura, por las gracias ó las virtudes.
Saben encargarse de nuestra felicidad miéntras estamos bajo su techo, olvidamos nuestras penas y va nuestra admiracion de sorpresa en sorpresa, enorgulleciéndonos de lo que vale la mujer mexicana.
Una de las señoritas me enseñó sus versos, llena de timidez y de bondad.
Lindísimos versos, alma pura de mujer, cantos de ave melodiosa que enajenan por su elevacion y su pureza cristalina.
Estas Sritas. Gutierrez estaban tambien formando grupo cerca de nuestro noble marino el capitan Hagen y de Schleidem, ambos sombríos, y el primero con brusco aspecto y brillantes los ojos de llanto reprimido.
Nuestros amigos Ibarra y Alatorre, que quedaban en San Francisco, se disponian á acompañarnos con M. Hagen hasta la primera estacion del tren.
La conversacion fué animada, casi alegre, durante los primeros momentos; entónces, en tiras de papel, escribí algunos versos; en cuanto partió el vapor, se hizo entrecortada y difícil la palabra; al tocar el muelle de Oakland, unos amigos se arrojaron en nuestros brazos, los otros se alejaron, llevándose sus pañuelos á los ojos.
La estacion ó punto de partida del ferrocarril, con la grandiosidad del edificio, los rieles y ruedas en los suelos, las máquinas, los talleres y el inmenso agolpamiento de gente, presentaba aspecto singularísimo.
Los grupos de viajeros se ordenan como por sí mismos: el viajero aguerrido se relaciona con el conductor, recorre los asientos para apoderarse del mejor, y cuando suena la campana, está instalado.
Hablemos de los trenes.
Los diversos trenes corren por sus cuerdas separadas, aunque dependan de una misma empresa.
Así es que hay trenes de efectos, de semillas, de ganados, y de pasajeros con sus equipajes.
Los carros de semillas son verdaderas trojes rodantes de tablas, con sus grandes puertas en el medio ó en los extremos.
Los carros de ganado son como grandes jaulas exteriormente, y en la parte interior como corrales y caballerizas; hay carros descubiertos totalmente, en que se conduce carbon, y otros, como tanques ó grandes cajones para el petróleo.
El tren de pasajeros tiene dos grandes divisiones: una de carros que pertenecen á la Compañía empresaria, y otra de carros accesorios y especiales (los de Pullman), que pagan á la Compañía un tanto por recorrer el trayecto.
Entre los carros de la empresa, los hay de primera y segunda clase, division que marca más bien el precio para hacer más escogida la concurrencia.
Los carros de primera clase tienen sus asientos traveseros de dos en dos, con sus cojines, su alfombra y sus departamentos cuidados y limpios.
Los de segunda, están llenos de sofacitos de bejuco; en uno de los extremos de ese carro se ve la estufa y el depósito de la leña que la alimenta.
Al extremo opuesto hay oficinas de desahogo y de aseo, y un aparato que contiene agua con hielo para la provision comun.
La gente que se aloja en las secciones más baratas, es pobrísima y de maneras las más bruscas; patanes, con pisones tremendos llenos de clavos, por piés; racimos de plátanos, por manos; sobrecargados de trapos y de chirlos, y con unos sombreros obtusos, inverosímiles, escurridizos y sin figura determinada, como al derretirse, como al pasar á líquidos. En esos carros se fuma con libertad, y eso quiere decir el imperio de la pipa, esa hornilla adherida á un tubo y dependiente de unos labios como claraboyas, y de unos pulmones como fuelles, que soplan torbellinos de humo pestilente....
Y ese incidente es el menor; los que mascan tabaco, en los muladares, en las zahurdas, en las cloacas, en donde la asafétida seria perfume y la putrefaccion campea, pueden llevar el estandarte de la suciedad repugnante.
El tabaco de mascar es un panecillo negro y meloso, compacto como una tabla: las astillas de ese tabaco, que son las que se mascan, producen raudales de saliva negra, que todo lo inunda, dejando por donde quiera rastros asquerosos.
En esos carros, en que el que puede duerme sentado, se ostenta el tipo del yankee ordinario, en toda su desnudez. El yankee en quietud, se echa, se rueda, se empina, se para de cabeza; pero pocas ó ningunas veces atina á sentarse como la gente, y el pandemonium aquel del carro, es una de cuadriles, de codos, de patazas enarboladas, de gañanes patiabiertos, que es una delicia.
El yankee es invasor por excelencia, y declara respaldo, cojin, ó colchon, ó silla, al primero que se le presenta; cuando uno vuelve la cara, ya un rinoceronte de esos se le reclinó en el pecho, como si le hubiesen visto á uno cara de sofá: cuando ménos siente, puja oprimido por una torre que se le vino encima; y cuando está más descuidado, un brazo pesado y velludo le está enlazando el cuello como una serpiente, si no es que se ha instalado con el mayor desplante en las rodillas de cualquiera.
Por su parte, la mamá de baja estofa, protege con todas sus fuerzas la independencia del nene, y el nene, en mangas de camisa, salta sobre las gentes, invade tambien, y es un encanto pasar unas horas con los renuevos de los titanes de la América.
En cuanto al Pullman car, hay el carro-salon, el carro-comedor, con cocina, y el carro de pasajeros, secciones que constituyen el departamento de un palacio andante, con cuanto el esplendor, el lujo, la grandeza y la comodidad pueden inventar.
Me ceñiré por ahora á la descripcion del carro de dormir ó de pasajeros, porque los otros se habian suprimido en el ferrocarril central del Pacífico en que yo hice el viaje.
El carro todo es de madera exquisita, y en su interior, de chapeados y embutidos de madera de rosa, con adornos y molduras riquísimas de plata alemana.
Al entrar al carro, perfectamente alfombrado de alfombras, imitacion de las turcas, se pasa por un callejon con sus ventanas de cristales cincelados, que da al gabinete de aseo de las señoras.
Ese gabinete es un precioso camarin, con su tocador, con su mesa de mármol, agua corriente, jabones, pomadas, cepillos, toallas y cuanto puede desearse para el aseo.
Contiguo al tocador, y dando uno de sus costados al tránsito que ya describimos, existe un cuarto pequeño para familias que desean estar aisladas, y el que se incomunica del resto del carro, quedando con su luz y todas sus comodidades.
Al extremo opuesto hay tres departamentos para los hombres, uno de aseo, el Water Closset, y el cuarto de fumar, porque en el interior de estos carros no se fuma.
La seccion de aseo la compone un gran mostrador, con tres ó cuatro lavamanos bajo sus llaves, de metal blanco, que arrojan agua en abundancia, requeridos por sus respectivas bombas; junto á cada lavamanos, hay en sus trastos grandes trozos de jabon, una que otra vez con esponjas; no se conoce el zacate, y á los extremos, toallas que podrian llamarse fajas que giran contínuas en un perchero, y donde litografía su rostro y se limpia todo bicho viviente.
El yankee zabulle su cabeza, escupe, hace diabluras, y deja las más veces su agua inmunda como herencia al sucesor. En una especie de nicho embutido en la pared, está un vaso y hay agua con hielo.
Por supuesto, las escenas de ese departamento son en paños menores, y nada hay más repugnante que el estado en que dejan jabones y toalla giratoria, los hijos de Guillermo Pen.
El Water Closset y el Smoking car (carro de fumar), son cuartos adaptados á su objeto. Este último da á la plataforma, con completa separacion del carro interior.
Veamos ahora lo que constituye el Sleepen car (carro de dormir), que se elogia como una invencion de las más felices.
Figuremos un salon, poco más ó ménos de doce varas de largo, lleno de pequeños sofacitos de dos asientos, unos frente á los otros, pero con goznes en el respaldo, de modo que se presten á la trasformacion en lecho cuando conviene.
Los viajeros quedan durante el dia en secciones de cuatro en cuatro con dos ventanillas disponibles. En el intermedio de las ventanas hay un hueco donde se coloca una pequeña lámpara en las noches, y de dia se afianza una mesita muy cómoda para escribir ó para comer los que llevan provisiones y no quieren salir del carro.
En la parte superior del carro se abulta un adorno ó cómoda corrida que lo corona lateralmente, y siguiendo una especie de órden gótico, toca el cielo, de donde penden de trecho en trecho grandes lámparas dentro de globos de cristal apagado, en sus sustentáculos elegantes de plata alemana.
Al frente del adorno que describimos, corre una gruesa varilla de metal blanco y reluciente.
Los pequeños sofaes ó asientos están forrados en terciopelo carmesí. Los cristales de las ventanas son hermosísimos.
La concurrencia es selecta, generalmente se aisla, jamás importunan á una señora, prodigan á los niños cariñosos cuidados, y un yankee bien educado, es de lo mejor y más caballeroso.
Fino sin afectacion, consecuente y franco sin llaneza.
Ríe con bonhomie y estrepitosamente, manifiesta ingénua admiracion por lo que cree bueno y no comprende, y se apasiona de las gracias y de la dulzura de nuestras damas.
Sobre todo, el respeto á las señoras es de todos ellos, y eso explica esa intimidad y esas grandes travesías sin accidentes, que no, no pasarian con gente de nuestros hábitos; se puede jurar esto que digo, no hay que acusarme de parcialidad.
En las noches, los asientos de los sofacitos se corren y extienden: el adorno cae como una tapa, sirviéndoles de techo, de esa tapa se hace otra alcoba y se convierte aquella seccion en dos camas: dentro de la caja superior está la ropa de las dos camas, que quedan con sus colchones, sus cobertores, sus respaldos, su lámpara y cuanto puede apetecerse, ménos cierto adminículo que en esos casos quisiera uno llevar colgado como un arete.
Dispuestas así las cosas, se corre una cortina por las varillas superiores, se afianza de trecho en trecho de grandes clavos de metal, y quedan formadas alcobas perfectamente iguales, donde se pasa la noche muy cómodamente, cuando todo marcha en regla.
El exterior de las alcobas queda como un callejon angosto entre dos altas paredes de lienzo grueso.
El servicio está sobrevigilado por caballerosos y atentos inspectores, á quienes se recomiendan las mejores maneras, y los que son despedidos á cualquiera falta.
Se ocupan del aseo y sirven á los viajeros, negros muy elegantes y bien vestidos de azul, con sus cachuchas en que está escrito el oficio á que se les destina. Estos negros asean, preparan el agua, cepillan la ropa, limpian las botas, y en la carga y descarga de los trenes se encargan de los equipajes, haciendo mandados en las estaciones y siendo en general útiles y honrados.
En el interior de los carros, y á los piés de los asientos, corren tubos caloríferos que los mantienen á la temperatura que se quiere, de suerte que está azotando la nieve los cristales, á la vez que corren los niños en el saloncito con sus vestidos de lienzo, y las damas ostentan sus trages de primavera.
Por los tránsitos interiores de todo el tren pasa, con más frecuencia que lo que se quisiera, álguien que ofrece en venta á los viajeros libros y folletos á propósito para los ferrocarriles, guías de viaje, vistas, itinerarios y cuadernos con novelas maravillosas y patibularias.
Acaba su primera excursion el vendedor y á poco vuelve á pasar con su canasto de naranjas, peras, dulces y juguetes; en otro paseo ofrece las curiosidades de la localidad que se recorre.
Los libros y cuadernos los deja en los asientos.... despues recoge los que no se han vendido, y cobra.
Pero tanto éstos como los servidores, si bien no hablan sino pocas palabras, dan en cambio sendos puertazos, que aturden cuando se cierran y abren varias puertas á la vez.
Por la parte exterior de todos los carros, y saliente sobre las ruedas, hay una andadera ó pasadizo por donde transita la servidumbre, con tal desembarazo y rapidez, como si fueran en un corredor.
Corren, suben, bajan, se escurren, se acurrucan, se encaraman y se estacionan como unos zopilotes horas enteras, asidos á la rueda de que pende el garrote, en lo más alto de los trenes, con sus blusas cortas y sus cachuchas, cuyas viseras se ven á lo léjos como anchos picos de grandes pájaros.
El conjunto de la concurrencia que partió con nosotros era hermoso é iba alegre como á un paseo, en el carro de dormir que ocupaba la primera clase.
En lo alto del interior del carro veíanse, bien colocados, sombreros, neceseres, paraguas y bastones, y bajo los asientos, petaquillas manuables, sacos de noche, licoreros, botiquines, porta-ropas, neceseres de viaje y esos mil utilísimos adminículos del viajero, que están al alcance de todo el mundo en los Estados-Unidos, y donde se confeccionan con increible baratura.
Hay baúles desde veinte reales hasta cuarenta y cincuenta pesos, con cuanto se puede desear para un viajero, y lo mismo puede decirse de los artículos manuables.
El interior del carro, lleno de luz, presentaba un bello conjunto. Ladies con sus sombrerillos con flores y plumas, sus grandes sobretodos de nutria ó de paño, caballeros con paletós riquísimos de las mismas materias y sus cubiertas de dril para conservar siempre el aseo, y niños angelicales con increible gorrillos, encajes, sedas y pieles.
Como deciamos, nos acompañaban nuestros amigos Ibarra, Alatorre y Hagen.
Nada puede compararse en fertilidad y animacion á los campos que recorriamos. En los caminos se encontraban ómnibus y carruajes, y carretas que chirriaban conduciendo mieses y granos; en el suelo formaban alfombra las sementeras; bajo grupos de árboles gigantes tendia la viña sus toldos caprichosos; sobresalian entre los sembrados los discos de los molinos de viento, las chimeneas de las fábricas y las puntiagudas torres de los templos; y á lo léjos, al pié de las montañas, veíanse pastando los ganados ó corriendo en hileras al lago en que reverberaba, tiñéndolo de azul y grana, la risueña luz matutina.
En la estacion de Lanthroop, ántes de Sacramento, recibimos los adioses de nuestros amigos.............................
De aquella estacion parten varios caminos; pero dos me atraian por su fama: el de los Angeles y el del Valle de Yo-semite. El primero conserva mil recuerdos de México: en medio de la corriente de la colonizacion; donde hay una leyenda sentida; donde se balancea una ave canora; donde tiende el amor sus alas de oro, allí se invoca á México, como si el sentimiento concediera nuestra nacionalizacion á todo lo bello y á todo lo poético.
En cuanto al Valle de Yo-semite, llenos están los Albums y las guías de viaje con las relaciones de aquella naturaleza magnífica sobre toda comparacion.
Arboles á los que se ha tenido que llamar monstruosos, porque ha parecido vulgar y fria la denominacion de gigantescos, rocas cuyo conjunto ha merecido el dictado de catedrales y de las que una sola fungiria como montaña. Cataratas cayendo como en tropel y precipitándose por gradas de inmensa altura, valles apacibles y sombríos limitados por alturas inconmensurables, y lagos entre follajes y arboledas, que como que se esconden avaros para guardar pedazos de cielo en sus entrañas, y comprender en un sentimiento único de admiracion tierna, las más espléndidas manifestaciones de Dios....
Pero no era posible detenerse: el wagon tiene algo de fatal en su marcha; sigamos contemplando lo que nos rodea, á vuelo de pájaro.
Dejando por uno y otro lado sembradas estancias y chozas, que como que brotaban al borde de las ventanillas del carro, abriendo sus bocas y sus ojos para vernos pasar y desaparecer veloces, los conocedores nos hacian notar la proximidad de una grande estacion.... leña apilada por dos y tres millas.... ruedas y rieles aquí y acullá.... grandes pipas con agua.... carbon amontonado en colinas.... despues cruceros de rieles en todas direcciones.... luego como una ciudad desbaratándose y andando sus aceras cada una con su locomotora.
La estacion, cuando es de alguna importancia, está bajo grandes jacalones que cubren el despacho, el telégrafo, los depósitos para la carga, caminos para coches y carros, fondas y cantinas, depósitos de ropa hecha, sombreros, zapatos, baúles y todo género de útiles de viaje.
Antes de llegar el tren á la estacion, repica á vuelo su sonora campana; el mugir de la locomotora se hace vibrante y agudísimo, jadea la máquina, el sonar de las ruedas parece remedar la carrera contenida del monstruo.
A ese espectáculo corren en bandadas los vendedores y asaltan el tren con periódicos, tarjetas y vendimias á millares; suena á la vez el gongo ó la campana del restaurant; la voz del conductor anuncia que hay diez ó veinte minutos de descanso: entónces, como una catarata, descienden los pasajeros y corren á las mesas del restaurant, esto es, los pasajeros acomodados: los de escasa fortuna, vuelan á la cantina ó restaurant de puro mostrador.
Luego que han entrado los viajeros al restaurant decente, se cierran las puertas, quedando una salida única, donde se paga cuota fija, cómase lo que se comiere, ó no se coma nada.
El arrastrar de sillas, el sonar de platos y cubiertos, los gritos y el afan de engullir lo mejor y más pronto, preocupa la voracidad de esta raza humana, que en ciertos momentos se las puede disputar á los buitres y á los lobos.
En cuanto á las comidas, plan americano neto: maíces, papas, huevos, trozos de carne como para jaula de fieras, melaza, cakes, jamon, polvos y salsa de lumbre y aguarrás.
Aunque á veces el tiempo concedido de diez á veinte minutos sea el necesario para sorber unos tragos de café y devorar un trozo de carne, la preocupacion de la marcha es tal, que las mismas horas parecerian instantes.
Se come ladeado, con la vista fija en la puerta, con el oido atento al más leve ruido.
Hay quien diga que esa situacion la explotan maravillosamente los dueños de las fondas: de uno se contaba que hacia servir la sopa de tal manera caliente, que entre un sorbo y un soplido y cien maldiciones, por la tostada del esófago, se iba el tiempo sin que casi probaran bocado los transeuntes: hacia así su negocio, porque el resto de la comida quedaba intacto; pero despues notó que en las bolsas se sacaban muchos la carne y las papas, etc., que el café y el caldo lo enfriaban con trozos de hielo, y celebró una especie de transaccion.
Como tengo dicho, desde el anuncio del tren se agolpa la gente á la estacion: nosotros estábamos en Lanhtroop. El ferrocarril tiene allí ramales para Yo-semite, por Visalia y San Joaquin.
Partió por fin el tren por entre campos cultivados y caminos que parecian escaparse de debajo de nuestros wagones, llenos de movimiento.
La personalidad se concentraba: cada uno queria acomodar lo mejor posible sus cachivaches; cada cual buscaba medio de hacerse agradable á los sirvientes.
El viajero aguerrido cuidaba su canasto con comestibles, sus neceseres y sus babuchas.
El tétrico sacaba su libro, incomunicándose con todo el mundo.
Las simpatías y antipatías se manifestaban como por explosion, formando grupos, aunque saludándose apénas.
Entre los viajeros, habia dos que desde luego me impresionaron.
Era el uno pelon, barbilampiño, rubio, de azules ojos, y de desembarazados movimientos.
En todas partes habia estado y todo lo sabia, posee cuatro ó cinco idiomas, es capaz de hacer una tortilla de huevos en la uña del dedo meñique, lleva botiquin, hace prodigios con su navaja, lo mismo engulle dulces que sorbe wiskey, parece diestro en las armas, habla de música como un filarmónico consumado, tiene retratos de todos los artistas célebres, que son sus amigos, y no hay suceso notable que no haya presenciado y cuyos resortes íntimos no conozca del pé al pá.
Y no obstante esa pluralidad de aptitudes, á nadie molesta, sirve á todo el mundo y de todo el mundo se hace querer: llámase Mr. Gland, é iba para Missouri.
El otro era un viajero realmente de leyenda.
Encapotado, taciturno, á quien mejor deberia llamarse bulto que persona.
Le cubria hasta los ojos, escurriéndose como un lienzo, un sombrero negro, de anchas alas, bajo de las cuales relumbraban los vidrios de sus anteojos verdes, ocultaba su barba y su boca tosco cachenéz de lana, mal embutido en la solapa de su paletó, que caia sobre gruesas botas de enormes suelas.
Unos guantes grises de lana forraban sus manos, haciéndolas de tamaño desproporcionado con su cuerpo.
Pero el cabello que ocultaba el disparatado sombrero y se escapaba en sutiles hebras sobre sus hombros, era de rayos de sol, y el cútis, que solia verse por entre el gollete de groseros trapos en que se embutia su cuello, tenia la tersura y la delicadeza de un cáliz de azucena.
Era evidente: tratábase de un jóven de alta distincion, que viajaba de incógnito; no se oyó su voz una sola vez; de dia estaba como clavado en su asiento, con su libro al frente, del que no despegaba los ojos. En la noche solia descender en alguna estacion; pero salia ántes que todos y volvia á su puesto primero que nadie.
En la noche, cuando todo el mundo se habia recogido, pasaba solitario horas enteras en el cuarto de fumar.
Yo, que estaba como Hércules III, deseosísimo que algo me sucediera para tener qué contar, me forjé una novela con aquel personaje desconocido: pero por más intruso que me mostré, no conseguí saber nada absolutamente.
A un amigo que nos acompañaba, y que por su desgracia sabia inglés perfectamente, le iba agobiando á preguntas sobre los sitios que recorriamos.
—Esta poblacion se llama Stockton, en memoria del célebre comodoro de ese nombre, uno de los conquistadores de California.
—Qué alegre es! y parece de importancia por sus muchos edificios, sus torres, sus plazas y el tragin que se nota.
—Este pueblo es la cabecera de San Joaquin.... vea vd. los ligeros vaporcitos de su rio.... al principio, el único comercio eran las minas; ahora, los granos hacen competencia á aquel comercio. Hace diez años, continuó Lorenzo, que este es el nombre del amigo, esto era casi desierto; ahora tiene trece iglesias de todos los cultos, catorce escuelas públicas y particulares, está alumbrado con gas y tiene un pozo artesiano de mil dos piés de profundidad, que produce 360,000 galones de agua.
Vea vd. esos grandes edificios: aquel que ve vd. al frente es Yo-semite; más adelante tiene vd. á Lafayette, por entre aquellos pinos, adelante de esos jardines.
Se publican varios periódicos: aquí han traido los tres principales, que son: El Independiente, La Gaceta, El Observador........
Relinchó el vapor, sonó la campana.... trac, trac...... adelante.
El propio esmerado cultivo, las mismas sementeras; tras de las yuntas, en apariencia señores decentes, con sus gruesos levitones de paño, sus botas hasta la rodilla, alguno su sorbete muy catrin.... ¡diantre de cosa! decia yo.... aquí no hay peones como en México.
—Sí, hombre; pero los peones de aquí son ciudadanos como los demás, todos esos comen con tenedor y cuchillo, y leen su periódico, y tienen su mujercita de gorro y de guantes cuando va á la ciudad.
—Hombre, ni me lo diga vd.; esas parejuras, por fuerza los han de molestar.
Casi todos los campos que cruzábamos estaban cercados y atravesados por pequeños caminos y multitud de carros de todos tamaños y hechuras: un hombre con una carga á cuestas, ni para un remedio; mulas de carga, ni por un ojo de la cara.... ¿y los burros?.... ¿los burros?....
—Pero venga vd. acá. ¿Vd. se puede imaginar siquiera á un yankee arreando un burro? La gradacion tiene de ser forzosa: en una invasion americana, los que no combatieran, que por fortuna serian los ménos, bajarian al rango de indios, los indios al de burros y los burros desaparecerian....
—Pues oiga vd., á palos muera el pronóstico, y no me ande con esas bromas, si quiere que las amistades se conserven.
—Quieto, Fidel, que hemos llegado á Sacramento.
Desde luego conocimos que estábamos en una poblacion de alta importancia: la capital nada ménos del poderoso Estado de California.
El gentío agolpado en la estacion era inmenso y de personas distinguidas; negreaba de sombreros, casacas y sobretodos aquel espacio; los mil vendedores de toda clase de efectos, circundaron el carruaje, los muchachos repartidores de periódicos invadieron el interior de los wagones, proclamando desaforados sus diarios.
El Sr. Iglesias recibió en el wagon la visita de las autoridades y personas notables del Estado, quienes se particularizaron en finura y atenciones.
Miéntras se verificaban esas presentaciones, Lorenzo me sacó á la plataforma, dando espalda al bullicio, y me dijo:
—Aunque sea á tiro de fusil, vea vd. el Sacramento. Este era el término del ferrocarril en 1870: desde San Francisco á Ogden solamente tiene este ferrocarril 882 millas de largo, ó sean 294 leguas, es decir, como desde México hasta cerca de Matamoros.
Vea vd. la ciudad como sobre una peana entre bosques de pinos: á esa altura llaman el Banco de Sacramento: fíjese vd. en sus emparrados y jardines; las calles son muy amplias, las plazas hermosísimas.
Los hoteles son excelentes: por aquí tiene vd. á Orleans: allí está vd. viendo el Aguila de Oro; en aquel extremo se distingue el Hotel del Capitolio.
Y no es el todo la mucha poblacion, sino la poblacion industriosa y moralizada. Sacramento tiene 18,000 habitantes solamente, y hay más energía de vida que en México comparativamente.
Serán 18 iglesias de varias religiones, hay dos orfanatorios, gas y agua por todas partes. Se publican aquí cinco periódicos.
—Bien; ¿pero á qué se debe la extraordinaria altura á que está colocada la ciudad?
—Se debe á la lucha que se tuvo que sostener con las corrientes impetuosas del rio: en 1851 y 52 fueron esas inundaciones espantosas; no dejaban rastros de construccion, pusiéronse murallas y barreras que paliaron el inconveniente: en 1861 y 1862, repitiéronse las inundaciones, hasta ahogar la ciudad: entónces se levantó el piso sobre el mayor nivel que pudieron alcanzar las aguas, se desgarraron las montañas, se levantó un dique poderoso á la corriente, que vino á estrellarse contra este obstáculo invencible.
Una parte de la ciudad quedaba descubierta. Alzóse un muro fuertísimo y se coronó con un ferrocarril.
Entónces á la ciudad se le dijo: “Florece.” Se tendió el rio á sus piés como un lebrel, y ella, descuidada y tranquila, desplegó todos sus encantos.... toda esa algarabía de alturas que está vd. viendo y parten del centro y circundan la ciudad, son molinos, talleres, fundiciones y fábricas de maquinaria.
Ese gran edificio es el hospital, que sostiene la Compañía del ferrocarril, y en que se atiende á los enfermos como á príncipes. Tuvo de costo el edificio, 60,000 pesos.
Nos quedan pocos, minutos, me dijo Lorenzo. Vea vd. la maravilla de Sacramento: su Capitolio.
—El edificio, segun he leido en las guías, continuó Lorenzo, ocupa como cuatro de nuestras manzanas regulares.
Se ven primero como tres terrados uno sobre otro en gradacion: á cada uno de esos terrados, que son otros tantos deliciosos jardines en ascenso, se sube por escaleras tendidas.... á los lados de las escaleras centrales hay dos grandes alas de edificios suntuosos.
Como trepando á lo más alto, se ve como en el aire otra escalera de granito, de 25 piés de alto por 80 de ancho, que conduce al pórtico.
Este pórtico tiene diez columnas de frente.... y se entra al salon de la rotonda que tiene 72 piés de altura.
En el frente y alas del edificio hay distribuidas cinco colosales estatuas que representan: á California, la Guerra, la Ciencia, la Agricultura y la Minería.
Las alas son de 164 piés sobre el cimiento; los lados Norte y Sur contienen las Cámaras de diputados y senadores.
A la espalda del edificio central, hay una extensísima proyeccion circular, que contiene la librería.
La cúpula es, como lo está vd. viendo, grandiosísima.
Sobre ese pedestal circular que parece descansar en la parte alta del edificio, se eleva esa gigantesca tribuna formada en círculo de 24 columnas histriadas: sobre ellas, como engastado más reducido círculo, se alzan otros 24 pilares circuidos en su base de una balconería corrida: allí se redondea la gran cúpula metálica y cierran su amplia bóveda, 12 columnas corintias que sustentan la coronilla sobre que se levanta la estatua olímpica de California.
—Ya se deja entender, dije aturdido, la profusion de cristales, marcos, cuadros y todo lo consiguiente á ese embutimiento de palacios, á esa hipérbole de fierros, cristales, ladrillos, para cubrir esa superficie de 60,000 piés que reza la guía......
—Juuú!!.... Ju-ú!.... hizo la locomotora; y adelante....
El sueño, que escolta á la gula satisfecha, puso en silencio el carro, silencio que dejaba escuchar el compasado galopar del tren y los puertazos con que anunciaba su presencia la servidumbre de los wagones.
Sentado, solitario en el cuarto destinado para fumar, saqué mi carterita, y consagrando mis primeras apuntaciones á la locomotora, escribí lo siguiente:
EL TREN DE VAPOR.
Va cruzando en las llanuras,
Va corriendo en las montañas,
Con sus músculos de fierro,
Con su penacho de llamas,
Con su estridor que remeda
El retumbar de las aguas,
El intrépido gigante
Que devora las distancias;
Parece que en su carrera
Muros rompe y velos rasga,
Que extiende verdes campiñas,
Que engendra las sierras altas,
Y va soltando los rios
Que cantan en las cañadas:
Las alegres sementeras
Le saludan cuando pasa,
Y repite sus acentos
Pavorosa la barranca.
Parece que lleva un vítor
Cuando corre entre las casas,
Y que al contento congrega
En el campo á las cabañas,
Que alzan sus plumeros de humo
Sobre sus techos de tablas.
A su paso se detienen
Los caballos y las vacas,
Y curiosas al principio
A su encuentro se adelantan,
Y cuando le miran cerca
Retroceden y se escapan.
Va despertando la noche
El rumor de sus pisadas,
Y á modo de sol viajero
Su ojo fijo lanza llamas.
Ruge y vibran los espacios
Como si en lo alto á las almas
Dijera: “haced los honores
A la humanidad que pasa.”
Y así corrientes de pueblos
Se conocen y se enlazan,
Y en el seno del Progreso
Con santa efusion se abrazan,
Los que entre los hielos nacen
Y los que hacen en Africa.
Tú, imperando, vendrá un dia
Que el hombre en comunion santa
A tus clamores de bronce
Responda con mil hosannas....
Siendo los pueblos familias....
Y el mundo, la comun patria.
Fidel.
Marzo 5 de 1877.
Las casuquitas que ya de trecho en trecho, ya dispersas, ya agrupándose, veiamos, todas como que se dirigian á nuestro encuentro, como que venian á buscar los rieles, como se dirigen los ganados á la corriente.
Detrás de esas casitas aparecian los sembrados, despues los árboles, que en hileras como soldados ó como frailes, parecian andar descaminados ascendiendo á la montaña, donde en filas ó en grupos les esperaban sus compañeros.... alguna vez se tendia la llanura amarillenta y salpicada de nieve, ascendia revistiendo la loma, formaba muro la Sierra, coronada de sus picos desiguales, los brazos abiertos de los pinos y sus figuras fantásticas, y tras este muro se aislaba grandiosa y solitaria, una montaña de cristales, que tal parecia, revestida por el hielo, trasparentando las hondas grietas, los espantosos derrumbes, las rocas gigantescas.
Esto, visto entre esos calados de las ramas, entre esos pabellones de las copas sin hojas, es el paisaje que presenta el monte Shasta de California, donde parece decir en la Sierra Nevada, sus últimos adioses la vegetacion.
El camino sigue ascendiendo: la serranía forma muros y se abre, se apiña, se aglomera y trepa tumultuosa; á su pié negrea, culebreando, el hondo abismo; el tren va como equilibrándose en la cresta que se forma en el borde de la hondonada.... del lado opuesto; no se percibe un árbol, ni una choza; el horizonte como que se abate doliente sobre la nieve.
Las sombras bajaban lentas de lo alto de los montes, y como que se apiñaban el el fondo de los valles.... en el vacío.... como que se iniciaba la nada .... ¡qué triste es el alma de la noche cuando pasea por esos desiertos!!
Los conocedores del terreno nos anunciaban que pasábamos por precipicios horrorosos, cortábamos aquella Sierra que describe con tanta valentía Bulnes, que parece despedazada por los huracanes y las erupciones volcánicas, y es por el cataclismo producido por la pólvora y el fierro, dirigidos por el hombre.
En medio de las sombras atravesábamos alturas levantadísimas y aisladas rocas, en cuya cima abrió una como ceja el camino sobre una pared lisa, y por aquella ceja, balanceándose; sobre el abismo, pasa la locomotora y el tren poderoso.... las luces de los faroles como que se descuelgan para alumbrar la inmensidad del abismo, muriendo en sus sombras pavorosas....
Gemia con prolongados ecos el viento, caia la nieve azotando los vidrios del wagon, los pasajeros guardaban profundo silencio.
Varios amigos nos refugiamos al cuarto de fumar: la conversacion giró incierta sobre varios asuntos, fijándose al último en la historia del ferrocarril del Pacífico y en los progresos del vapor.
—Parece increible, dije yo, que un invento planteado apénas en 1831, haya producido tan estupendos resultados.
—Pero los obstáculos que aquí se amontonaron, dijo M. Gland, exceden á toda ponderacion; parece que se trataba de un duelo á muerte entre la audacia del yankee y las dificultades de la naturaleza.
—Si hubiéramos podido disponer en Sacramento, me dijo Lorenzo, de media hora siquiera, ya habria llevado á vd. y le habria colocado en frente de la casa núm. 54.
Veria vd. una tienda de aspecto sencillo con un rótulo maltratado por el tiempo; que dice simplemente: “Hunkington y Hop-Kins.” El establecimiento es una ferreterría y sus propietarios lograron, á fuerza de actividad y de honradez, acumular una fortuna regular. En esa casa se proyectó el ferrocarril del Pacífico.
Aunque simples comerciantes aquellos propietarios, se ocupaban de la política: fueron primero Free soilers y despues republicanos: la casa era punto de reunion de sus correligionarios; con ese motivo asistian frecuentemente Stanford, despues popular gobernador de California, y los dos Crokers, uno de ellos juez y ambos hombres inteligentes y de empresa.
Vaso de cerveza en mano, y al amor de la chimenea, se discutia sobre política, recayendo siempre la conversacion sobre las ventajas inmensas de un ferrocarril que atravesase aquellos desiertos, comunicando el Atlántico con el Pacífico.
—Ya vd. sabe, interrumpió uno de los circunstantes, cómo comienzan aquí estos negocios: dos ó tres arbitristas, con un nombre que dé algun viso á su frente, logran una concesion, forman su fondo (stock), cierto ó imaginario, y quiebran.
Los capitalistas machuchos, que conocen este juego, acechan y esperan, se muestran los trazos del camino, se ha vulgarizado el negocio. Los capitalistas hacen propuestas desastradas, que al fin se aceptan, gritando entusiasmados: “Al vencedor pertenecen los despojos.”
Este juego se ha hecho ó intentado en México; pero la inocencia de nuestros gobiernos ha hecho de modo que todas las pérdidas hayan sido para la nacion, siendo los arbitristas dueños y señores del campo.... todavía hoy....
—No fué así el ferrocarril del Pacífico: los cinco comerciantes que hemos mencionado, apechugaron el negocio y no lo soltaron de la mano, á pesar de la conjuracion de los hombres y de los elementos.
Es de advertir que los cinco comerciantes de que hablamos eran hombres desconocidos en todos los mercados monetarios; que el proyecto se calificó de imposible por ingenieros de renombre; que se apoderó de él la caricatura y el ridículo sangriento: zaherido por los políticos, dice la historia; combatido por la prensa; despreciado por los capitalistas, y por mucho tiempo tan desprestigiado, que un banquero se desacreditaba por el solo hecho de suscribirse al stok.
Ya tenemos presente que se trataba de un camino de cerca de ochocientas leguas, con trechos ardientes como el Africa, ó helados como la Siberia, y con desiertos más inclementes que los de Arabia, y por todas partes salvajes contra quienes se tenian que sostener luchas encarnizadas y sangrientas.
No solo habia que crear crédito para la empresa contra todas estas dificultades, sino que cuando se tuvo dinero, el material para el camino, el fierro, las espigas ó clavos, las herramientas, la pólvora, las locomotoras, los carros, tenian que embarcarse en New-York y rodear el Cabo de Hornos en viajes de ocho meses para llevarse á San Francisco, desde donde atravesando 120 millas llegaba á Sacramento. Ni un pié de fierro fué puesto en el camino en las 300 millas que hay á Ogden, ni una espiga clavada que no hubiese atravesado el Cabo de Hornos.
Los operarios tuvieron que hacerse venir á largas distancias con el material.
Escasamente poblada California en aquel tiempo, los jornales eran muy subidos.
Vinieron operarios de New-York, y por último, diez mil chinos fueron trasportados al través del Océano Pacífico, y su trabajo completó la obra.
Cuando un tal Judah, ingeniero, comenzó por construir el primer tramo de ferrocarril del Valle de Sacramento, las gentes dijeron que se habia vuelto loco.
Este individuo consiguió, no obstante, algun dinero: se internó en la Sierra, y volvió con la noticia de que habia descubierto puntos por donde hacer practicable el camino.
Una ley del Estado de California declaró que para que una Compañía tuviera derecho al permiso, debia pagar mil pesos por cada milla que se propusiese construir.
Esto desesperó casi á los cinco empresarios; pero léjos de desalentarse, formaron la Compañía en estos términos:
Stanford,—Presidente.
Hunkington,—Vicepresidente.
Mark,—Secretario.
Hop-Kins,—Tesorero.
Hunkington fué á Washington y logró la concesion, comunicando la fausta noticia á sus compañeros, en estos términos: “El bill pasó. Nos sacamos el elefante.”
Con la concesion se solicitaron nuevos accionistas, y el primer momento de entusiasmo.... produjo.... la suma miserable de 600 pesos.
—No, dijo Mr. Gland á Lorenzo; aunque exacta, está vd. haciendo muy á la ligera la historia de este ferrocarril. Oigan vdes. lo que yo sé y recuerdo haber leido en Laboulaye y en Simonin, uno de los viajeros más ilustres de los Estados-Unidos.
El decreto de concesion fué de 1.º de Julio de 1862, es decir, en plena guerra de Secesion: á Lincoln cupo la gloria de firmar la union de los Océanos, con la misma pluma tal vez con que abolió la esclavitud.
Dividió la concesion en dos secciones; una comprendiendo la Sierra Nevada, y es la Compañía Central Pacifique, y la otra, la de las Montañas Rocallosas, y es Union Pacifique que llega hasta Omaha.... las conquistas de la nieve y del fuego, para ponerlos al servicio de la humanidad.
Esta division produjo la competencia consiguiente, y forma dos séries de leyendas interesantes, que tienen por móviles la emulacion y la temeridad.
Cada Compañía queria mayores avances y verificaba más milagrosas empresas.
La Compañía del Este, tendia sus rieles, disciplinaba á su gente de un modo estricto, improvisaba ciudades, salvaba abismos, abria pozos para procurarse agua.
La del Oeste acarreaba gente del Japon, contenia las avalanches de las nieves con palizadas, con Snow-Sheeds (jacalones), ó mejor dicho, grandiosos edificios de madera, sostenidos por robustas vigas, galeras inmensas con sus paredes de tablas puestas en los grandes descensos para impedir la acumulacion de la nieve.
En el Este, por los grandes desfiladeros, se lanzaba la locomotora, se ponian los rieles sobre las rocas desiguales, cruzaba el vapor dejando el peligro, y la temeridad el trazo, despues se avanzaba....
En el Oeste porfiaba la nieve por obstruir el paso y se amontonaban metros sobre metros. Entónces afrontaba la locomotora la situacion, agregando á su frente despejadores del terreno, como rejas de arado; la nieve resistia como un muro de bronce: entónces se ponian dos locomotoras y tres; crugia el hielo, gemia como herida la locomotora y muros enteros de nieve se derrumbaban, pasando, sobre sus entrañas dispersas, triunfante el vapor.
El gobierno, al presenciar la formalidad de las construcciones, acudió al auxilio de las dos Compañías, y les dió en calidad de subvencion, cincuenta millones de pesos.
Diré á vd. algo sobre la construccion científica.
—No, por el amor de Dios; así como así, ya está vd. viendo las distracciones de su auditorio.
—Dicen que el plazo para la construccion de la vía fué el de ocho años.
—Sí, señor, me replicó Mr. Gland; pero ántes de siete años, el 10 de Mayo de 1869, estaba concluida.
Al principio se marchó con bastante rapidez; pero al fin, una especie de fiebre, de rabia, se habia apoderado de ambas Compañías.
En Abril de 1869, una de las Compañías construyó diez millas en un dia (más de tres leguas). Lo más notable es que solo ocho hombres colocaron y manejaron todos los rieles. Estos ocho gigantes trasportaron cada uno 8,000 arrobas de fierro en el dia!!
En la parte de las Montañas Rocallosas, el general Dodge, que dirigia los trabajos como ingeniero en jefe, dió á sus obreros organizacion militar.
Salvajes y animales feroces corrian despavoridos á la proximidad de los trabajadores.
Los primeros obreros hicieron pié en Julesburgo.
Los irlandeses terraplenaban; gritones, batalladores, afectos al trago, vivian en casas rodantes de madera. Cada cual tenia su revolver al cinto para defenderse de los indios y para armar campaña.
Entre estos obreros y sus secuaces, habia la gente más perdida del mundo: aventureros de todas las naciones, figuras siniestras, fachas patibularias, arpías desechadas de la cárcel y los hospitales.
Los salones danzantes eran teatro de asaltos cuotidianos y batallas en forma, que apaciguaba el terrible juez Linch, que solia funcionar activamente. Al general Dodge cupo la honra de domesticar estas fieras.
Avanzó el camino á Chayene: desaparecieron las fieras de que hemos hablado, y una ciudad floreciente, industriosa y feliz, brotó en el desierto de aquella levadura de veneno, de víboras y de guano de vicios.
En el Oeste, los chinos hacian casi todo el trabajo; sóbrios, disciplinados, inteligentes, rompieron esa muralla de granito que se llama la Sierra Nevada, cuya mayor altura es de dos mil metros sobre el nivel del mar.
En los descensos se hacia y se hace marchar el tren sin locomotora, por efecto de su propia gravedad, retenido y moderado por los frenos: en las subidas se ponen dos locomotoras, que se oyen como jadear y sofocarse, agotando su titánico impulso.
Si hubiera luz, me decia M. Gland, distinguiria vd. desde las alturas que vamos cruzando, allá muy abajo, llanuras cubiertas de nieve, y en el confin del horizonte, como serranías de cristales apagados, formando pliegues sus ondulaciones, alzándose como en olas petrificadas sus colinas superpuestas: es un mar sorprendido y encadenado en medio de su hervor, por las nieves eternas.
En algunas eminencias suelen verse en alto los brazos de los árboles, como luchando por salvarse de un estupendo naufragio.... y grupos de pinos, como señores consternados que lamentaran con espanto aquel aniquilamiento silencioso y terrible.
Uno de nuestros compañeros sacó el reloj.... eran las once de la noche. A dormir....
El interior del Slepen car era un triste dormitorio con sus lámparas de trecho en trecho.
Mis compañeros, muy habituados á los viajes, tuvieron pronta colocacion.
M. Gland, habia conversado y obsequiado á un sirviente que le tenia preparado su cómodo lecho.
Yo quedé solitario, sin colocacion alguna, aunque cierto de que me esperaba allí una cama con los brazos abiertos.
El sueño me vencia; pero los departamentos estaban cubiertos totalmente, y son tan iguales, tan difíciles de distinguir, que me temia uno de esos encuentros, que no me fuera en manera alguna agradable.
Al fin, logré instalarme; pero tan mal y con tales inconvenientes, que con notoria injusticia, porque en ninguna parte del mundo se camina con mayores comodidades que en los Estados-Unidos, forjé ántes de que alumbrase la luz, el siguiente calumnioso romance:
MALA NOCHE.
Ven pronto, luz de los cielos,
Para mirar por mis ojos
Que soy el mismo sugeto
Con mi piel y con mi rostro;
No me hagan creer mis sentidos
Que estoy habitando en otro,
Ligero para tortuga,
Muy obeso para mono.
Y lo digo porque siento
Que me morí como un pollo
En las contiendas de anoche,
En este Eslip del demonio:
Eslip, sangrienta asechanza,
Eslip, sobrenombre irónico,
Cual si dormir se pudiese
En medio de un terremoto,
O al que se mece colgado
En las dos astas de un toro;
O al que va haciendo columpio
En la barquilla de un globo.
Era un carro intercadente;
Era el retozar de un cojo;
Era un brusco zarandeo,
Como de Pane el birlocho;
Era un carro como estuche,
Do íbamos unos tras otros,
Como en cuello de botella
Tapones de hinchado corcho.
Tan tartamudo de ruedas,
Y de unos muelles tan flojos,
Como tras el si adorado
Se queda voluble novio.
Era por fuera una artesa
Con sus puertas y cerrojos,
Y por dentro gallinero,
Jaula, cómoda, sarcófago,
Todo, ménos una estancia
De gente de tomo y lomo.
Llega la noche, se torna
La prision en dormitorio,
Y es un salon de profundis
El Pullman Palace lóbrego:
(Yo digo en el que me encuentro,
Dicen que hay mejores otros).
Hambriento porque no quise
Desafiar al fiero noto
Que les dió tal safacoca
A mis compañeros mozos,
Que yacen enteleridos
Y duermen desde las ocho.
Resuelto por fin me empaco
Al uso, debajo de otro,
Que si no ronca, rechina,
Y puede, al descender tosco,
Aplastarme las narices
Si salen con bien mis ojos.
Me empaco en cinco dobleces,
Que aunque tengo el cuello corto,
Cuando pienso levantarme,
De cada sosquin me doblo:
Antes de entregarse al sueño
Quiere mi cuerpo reposo;
Mas quietud en este carro
Es pedir peras al olmo.
Prescindo de sus vaivenes
Y del tufo del petróleo,
Y del viento que se cuela
Hasta taladrar los poros,
Y del ruido que en cien millas
De correr, me tiene sordo;
Pero los rieles son cuerdas
Y el wagon holgado choclo,
Que gobierna el maquinista
Con tan temerario arrojo,
Que cada vaiven nos pone
Entre este mundo y el otro.
En vano viajes emprendo
Allende del dormitorio:
Al regresar entumido
Y dando un diente contra otro,
Los nichos de los durmientes
Por lo iguales equivoco.
Uno me despide airado,
El otro me gruñe fosco:
Y al cielo rindo mil gracias
De no encontrar un celoso,
Que me rompa tres costillas
Porque con su esposa topo,
Diciéndole: “compañero,
¿Tiene usted á mano fósforos?”
Así, subiendo y bajando,
Sin poder cerrar los ojos,
Me halló la luz de la aurora
Dando vueltas como un loco.
Fidel.
Marzo 5 de 1877.
No obstante la extension de la nieve, el dia amaneció hermoso y el sol apareció espléndido, convirtiendo aquellas atrevidas alturas, aquellos despeñaderos, aquellas ramas de los árboles, en paisajes de cristales, en quiebras de luz, en reverberaciones de íris y en todo lo que puede soñar de más fantástico la imaginacion.
Al Sur se extendian las llanuras y se agrupaban las montañas, como de cristal.
El carro verificó su trasformacion, y quedó convertido en la sala elegante que ya conocemos.
El previsivo M. Gland me invitó al carro de fumar, á que echásemos un trago por vía de abrigo contra la intemperie.
A cada cuarto de hora, á cada media hora, nos sorprendia una casita medio hundida en la nieve, ó grupos de chozas en que parecia imposible la vida, y allá volaba desde la plataforma del tren, una balija con correspondencia, y veiamos descolgarse el alambre telegráfico, vínculo poderoso de los hombres en la sublime comunicacion de sus espíritus.
Yo no perdia ocasion de manifestar á M. Gland mi asombro por el ferrocarril del Pacífico.
—Oh! me decia M. Gland, le han contado á vd. una puntita solamente: estos indios que vd. vió ayer, mansos, degradados como un toro que monta un muchacho, fueron tremendos enemigos del camino.
Ya amontonaban piedras enormes para descarrilar el wagon, precipitándose ellos en la avalanche de peñascos; ya sorprendian á los viajeros y entablaban sangrientas campañas, saltando como furias por esas quiebras; ya un indio en un descenso se abalanzaba al tren, rompia sus frenos y en espantoso remolino, locomotora, tren y pasajeros se hundian en los abismos; ya se proveian mañosos de pólvora, petróleo y brea con que untaban los árboles, y al pasar el tren por un peligroso desfiladero, el relámpago, la explosion, el incendio, detenian al reptil gigante.
La vez que sucedió eso se destacaba la locomotora en un mar de llamas, aullando como un monstruo en agonia; vaciló.... pero el goehed yankee le dió tremendo empuje, voló sobre el abismo de fuego con impetuosidad, los muros de llama se barrieron y cruzó el vapor.... que habia separado con su empuje el peligro y dejaba tras de sí la estupefaccion y el escarmiento.
Yo escuchaba todo esto como una leyenda, muy superior á las de las “Mil y una noches.” Me parecia aquel un país encantado, temia que á la hora ménos pensada se abriese la tierra, se desgajaran rocas y montañas, se partiesen los árboles, se hundiesen los muros y corriesen los hielos, dejando al descubierto una ciudad con sus catedrales, sus torres, sus palacios, sus rios, y saliendo de los troncos de los árboles y las abiertas rocas, damas y caballeros vestidos con primor, saludando la locomotora, que ya era un carro de oro cuya chimenea, trasformada en sitial de diamantes, sustentaba como respaldo á una divinidad que derramaba por donde quiera la vida y la felicidad de los mortales.
—No crea vd., me decia M. Gland, á quien algo participaba de mis sueños, los indios tienen tambien sus leyendas poéticas que vd. no desdeñaria si yo se las pudiese contar.
—Haga vd. un esfuerzo.
—En las luchas que han sostenido los indios en los fuertes, en las paces ajustadas y destruidas, no faltaron sus entrevistas poéticas.
Una jóven, hija de un jefe de tribu, garrida, airosa, soberbia, amazona de los desiertos, en sus encuentros con las caras pálidas, se enamoró de uno de ellos, oficial americano. En uno de los combates murió el oficial y fué sepultado en el lugar destinado á los blancos.
Desde entónces, en las noches de luna se veia descender de las montañas, aéreo y flotando las profusas crines, un caballo blanco, montado por una verdadera deidad.
El caballo se detenia cerca de las tumbas, y la jóven que lo montaba descendia y entonaba sobre la tumba del oficial muerto, cantos tan doloridos, que parecia que hacian gemir el viento y que se derretian de dolor los hielos.
Despues de algun tiempo, conducia casi un esqueleto el caballo de nieve.
La jóven, próxima á su muerte, llamó á su padre, le hizo confidente de su amor; pero le dijo que no guerrease con las caras pálidas, que eran las almas de sus antepasados que venian del Oeste; por último, rogó al jefe le diese sepultura en el panteon de los blancos, junto al amado de su corazon.
El jefe de la tribu cumplió las disposiciones de su hija, se hicieron solemnes honras á la hermosa india; el comandante de las fuerzas americanas se quitó sus guantes y los puso sobre la niña, para que en su travesia por los desiertos sin término, no la hiriese el frio. Así se selló la paz con la tribu india.
—Es sencilla, pero hermosa esa leyenda, Mr. Gland: ¿no sabe vd. otra?
—La va vd. á oir, me dijo.
Como he dicho á vd., continuó, los indios creen que despues de su muerte sus almas se dirigen al Oeste, sin duda conservando la tradicion de las primeras emigraciones de sus antepasados.
Tras esas montañas del Oeste está para ellos el país de la bienaventuranza.
Un jóven cazador perdió á su amada, y su casa se destruyó, sus bienes se aniquilaron, y su consuelo único era dirigir sus pasos por el principio de la vía que conduce al otro lado de las montañas, ó sea al país de las almas.
Descuidando sus correrías, triste, consumiéndose, decidióse á marchar al lugar donde se encontraba el encanto de su corazon.
Absorbido hondamente en esta idea, un dia se sintió como trasportado á un reducido lugar que estaba en la quiebra de la Sierra: allí vió unos picos de rocas que como que se alargaban hasta tomar la figura de cuellos de serpiente, enlazándose para cerrarle el paso. El cazador avanzó resueltamente, y entónces cada serpiente vomitó chorros de agua, que formaba remolinos tremendos, que lo arrebataban, subiéndole al espacio; allí veia como trasparente su vestidura mortal; por su espalda y en sus entrañas se jugaban los rayos del íris como entre cristales.
Abrió sus brazos como las alas de un pájaro y se lanzó al espacio; pero cayó blandamente á la orilla de un lago, donde un anciano pálido de blanca barba, le metió en una barca; la barca avanzaba, y tras ella se evaporaban las aguas, quedando un vacío inmenso: llegaron al pié de una Sierra semejante á la Sierra natal. Abandonaron la barca, y vió que montes, árboles y rocas, flotaban en el espacio, y él atravesaba todos esos objetos como si fueran figuras formadas por las nieblas.
De cuando en cuando se oia un eco poderoso, tremendo como el trueno; pero que al repercutirse moria en deliciosas melodías: entónces, al estampido, se desprendian de las ramas de los árboles y de las crestas de las rocas, trozos como de cristal, verdaderos prismas que al cruzar los aires, producian los colores y volaba la verdura á los prados, el íris á las nubes, los celajes imitaban el topacio y se suspendia la púrpura, como un dosel, sobre una encantadora pradera circuida por una faja de estrellas.
Allí distinguió á las almas con figuras que él comprendia que palpaba, pero de que no pudo jamás dar cuenta en el lenguaje del mortal.
De entre un grupo de esos espíritus, bella sobre toda belleza concebible, y hechizadora del espíritu sobre todo encanto, oyó el mismo requiebro de ternura y la misma voz amada, porque para el hombre ni en el país de las almas hay otra de más dulzura y melodía, esa voz le dijo: “Vuelve á tu país natal, y deja que el dolor y las lágrimas rompan y destrocen tu vestido humano: entónces vendrás á mí y viviremos en la eterna dicha....” La alma del cazador estaba ébria de felicidad.... tendió su mano.... creyó que asia su manto luminoso........ y volvió en sí.... junto á su cabaña medio destruida.... un viejo, con remota semejanza, estaba á su lado.... “¿Qué es de mí? dijo, ¿qué me queda despues de este desencanto......?”
—Alza la frente, dijo el viejo... álzala y bendice á tu Dios.... te queda la esperanza....
El viejo se desvaneció entre las nubes que arrastraba una ráfaga de viento......
Yo quedé sumergido en hondas reflexiones.
—Vea vd., me dijo Mr. Gland, hemos pasado lugares muy interesantes sin habernos fijado en ellos. New-Castle, Clips Gaf Mill, Cisco.... posas, paraderos del camino, pueblos en gérmen, con sus historias interesantes.
Cisco está á 5,939 piés sobre el nivel del mar, tres millas al Oeste de Tamarak: hay aquí como 400 habitantes, en esas colmenas de palo que está vd. viendo.
El wagon avanzaba sobre negras masas de roca que sobresalen de las lomas.
—¿Ve vd., me dijo mi guía, esas pilas de madera, esas tablazones, esas vigas? Vea vd. esas hileras como de cucuruchos de payaso: son las casas de Truekee. La ciudad está al Norte, tiene como 2,000 habitantes y pertenece al condado de la Nevada: de aquí parten los caminos para el Oregon y Sacramento; hay tres hoteles, tienen un periódico y por todas partes hay escuelas.
Rastros de cercas, establos, carruajes.... mucha madera á la orilla del rio.... ese lugar se llama “Boca:” está cinco mil quinientos piés sobre el nivel del mar.
Vea vd. ahora correr el tren haciendo zig-zag sobre las aguas del rio: le atraviesa, como que lo persigue y sorprende, como el juego de un monstruo marino, de un gigantesco caiman.... todo entre árboles tronchados, entre rocas despedazadas, sobre aguas que caen en cascadas á incorporarse con las aguas del rio.
Hemos pasado varios grupos de chocillas. Son Bronco y Verdi.
¿Ve vd. esas llanuras como de mármol blanco? ¿Ve vd. esos horizontes tranquilos que redondean el suelo y como que le forman borde en un infinito de claridad magnífica?
En este lugar se produce muy frecuentemente el fenómeno llamado miraje. Es decir, al viajero rendido de fatiga en estas soledades, se le presentan de repente, y á corta distancia, fértiles llanos cruzados por rios cristalinos, arboledas sombrías, edificios, torres y todos los atractivos del descanso.... y aquello es una ilusion.... el viajero corre ansioso y la ilusion se retira y se desvanece como un sueño de felicidad que trae en pos de sí el desengaño y el abatimiento.... Ese es el Miraje tan celebrado por los viajeros.
Vamos ahora á llegar á Winremuca: véala vd. naciente en el desierto y se fijará en sus hoteles.... nos saldrán á recibir sus periódicos, nos señalarán en la fonda los lugares ántes ocupados por los indios Pinkas.... despues sigue Golconda y lo que llaman Iron Point, que está situado en una cañada profundísima, lo mismo que la Palizada y Cartin, donde se hace el consumo de madera.
Todos estos lugares son accidentados al extremo: el tren hace evoluciones que solo viéndose se pueden comprender. A veces como que asciende aéreo y vuela, dejando á sus piés despeñaderos y cascadas: otras como que se sumerge entre las peñas y va soltando á su espalda los rieles, que se tienden sobre crujías de palizadas, tejidos de alambre, ó como que se va asiendo á barretones de fierro.
En los desfiladeros se multiplican los galerones, que son inmensos, y sus armazones de bóvedas, y sus vigas, nos hacen creer como que vamos dentro del esqueleto de un gran monstruo al chocar con sus costillares, que hacen barras de luz y sombra al ir corriendo....
Desde Cartin cobra el paisaje el aspecto de los desiertos mineros, y así es Elko, condado de la Nevada, Peco Disth y Toano.
Tierra aridísima, montones de los terreros de las minas tristes y verdiosos.
Por donde quiera que se vuelven los ojos hay minas de plata y oro, hasta deslumbrar, hasta fatigar la atencion.
En Toano se hace el camino más quebrado; pero de entre las hendeduras de las rocas, en las quiebras, en algunas alturas, sonríe la vegetacion, anunciando la Cañada de Keclton, que tiene grandes lagos y pintorescas colinas: en Keclton hay estacion en forma, en contacto con los caminos y líneas de vapor del Oregon.
Abundan en este territorio las minas de cuarzo y oro.
El país minero es de 150 millas: allí cerca tiene vd. al Condado Hada, con 6,000 habitantes; hay más de 500 casas de ladrillo. Más adelante está la poblacion....
Esas grandes rocas como columnas, cuyas cimas apénas alcanza la vista, es el Monument Point, los lagos que están á su pié se llaman Alcalinos, el aire en estos lugares es sofocante y malsano.
Desde las alturas de esas rocas se percibe el gran Lago Salado.
No se fije vd. en ese grupo de casucas: es Rosel.
Este gran conjunto de rocas, me dijo mi guía, siempre al avanzar rapidísimo del tren, es Promontory: aquí se verificó la union de los caminos en Mayo de 1862. Vamos adelante.
—No adelante, dijo Lorenzo, que bien vale la pena refiera vd. á Fidel algo de aquella solemnidad que completó la comunicacion rápida de los polos, uniendo al Atlántico con el Pacífico.
—Yo no recuerdo bien, replicó Mr. Gland; pero vd. podria referirnos algunos pormenores de aquel grande acontecimiento.
—Escuche vd. lo que recuerdo, aunque muy confusamente, continuó Lorenzo, y eso porque hace poco refresqué mis ideas con la más popular Guía de viajeros titulada: “Crofutt’s Tras-Continental Tourist.” Despues de recapacitar algunos instantes, así habló Lorenzo:
“El lúnes 10 de Mayo de 1869, en este punto se fijó el último clavo, ó como si dijésemos, el amarre de los lazos que unen al Atlántico con el Pacífico.
En este lugar parece que se habian dado cita los representantes de todos los pueblos del globo, bajo arcos y bóvedas de banderas de todas las naciones.
Se terminaba aquí la construccion de 1,774 millas, que era el trayecto del camino.
La agitación era inmensa: al tropel de las gentes, á los ecos de las músicas, como que se despertaba y salia de sus soledades el desierto. Era el gran jubileo de la confraternidad de los pueblos, las nupcias de los antípodas, la alianza santa de todos los hombres.
En aquel mar de gente que en oleadas llegaba á las orillas del camino, sobresalian lonas haciendo sombra, edificios portátiles, ómnibus, diligencias, guayines y carros como zozobrando en aquellos oleajes en que todos los ruidos brotaban entre todos los colores y se repercutian en todos los ecos.
El punto en que se iban á unir los caminos, dejaba ver un claro con los durmientes preparados y los rieles á un lado, para fijarse en el instante que el sol tocase en el zenit.
En San Francisco se habian reunido á las campanas, por medio de alambres telegráficos, los alambres con que se toca á fuego, poniéndose en conexión con el alambre principal, comunicando Baltimore, Filadelfia, Chicago y Cincinati, con el objeto de que en un solo instante llevase el rayo á pueblos lejanos la noticia de aquella gran victoria de la humanidad.
El sol estaba próximo á marcar el instante de la gran solemnidad; el presidente Stanford apareció representando al Ferrocarril Central; el H. M. Durand representaba el Ferrocarril de la Union, con el carácter de vice-presidente.
Millares de voces invocaron la asistencia divina al colocarse los últimos rieles: entónces se dejaron ver tres personajes, cada uno con un clavo en la mano: dos clavos de oro de California y la Arizona, uno de plata de la Nevada.
Vióse tambien á otro personaje con un martillo de plata, de que pendia un alambre unido al telégrafo.
A cierto momento surgieron de entre el concurso, por lados opuestos, dos hermosísimas locomotoras: el “Júpiter,” del Ferrocarril Central, y la “116” del Pacífico: vieron llegarse como dos paladines armados de punta en blanco.... como que hablaron, como que se estrecharon, mugiendo potentes.
Por fin brilló el sol, dando la gran señal del regocijo: se fijan los rieles, clamorean las máquinas, el mundo prorumpe en aclamaciones, y al primer martillazo dado por Stanford al clavo de oro, lleva el telégrafo la noticia á los más remotos pueblos, donde repite el entusiasmo, el himno de triunfo sobre el tiempo y la distancia.
Multitud de personas, subiéndose en las máquinas, tocaron sus copas y estallaron mil ¡vivas! corria el vino á torrentes, y nunca júbilo mayor fué más legítimo que el que despertó los ecos de estos desiertos y estremeció las eternas nieves de estas montañas......
Varias veces en cortísimo tiempo se tuvieron que reponer los rieles, porque las gentes arrancaban fragmentos, para guardarlos como reliquias de aquel gran suceso y de aquel gran dia....”
Cesó de hablar Lorenzo: M. Gland aplaudió, certificando su exacta relacion.
Habiamos pasado entre tanto los campos solitarios cubiertos de nieve de Blue Crecks.
El tiempo era muy inclemente y se hacia sentir el frio, no obstante que los tubos funcionaban á nuestros piés.
Soplaba el huracan, se desataba una tempestad de nieve espantosa.... los gemidos del viento y los aullidos de la máquina se perdian en aquellas soledades, en que no quedaba un solo resquicio, un fragmento el más ligero de vida.
En el interior del wagon parecia hacerse el duelo de la naturaleza, por una reunion de cadáveres.
De repente me pareció escuchar algo como un canto, como los acentos de una música que más bien eran ayes doloridos.
Asoméme á una ventanilla, en un alto que hizo el wagon, y al borde de aquel camino lúgubre, en aquella soledad sin arrimo alguno, ví de pié.... un ciego con su barba blanca, apoyado en un báculo, y una niña, bella como un ángel, medio desnuda, á su lado, reclamando con sus cantos el ciego, la piedad de los pasajeros.
El horizonte sombrío, la nieve, la soledad terrible: estos eran los componentes del cuadro más conmovedor y patético que yo haya visto en mi vida.
Varios pasajeros arrojaron monedas al ciego; éste, por medio de la niña, hizo circular sentidísimos versos impresos, de que siento no haber guardado copia.....
Estábamos á corta distancia de Ogden, lugar en que termina el Ferrocarril Central y se cambian los trenes.
Las sombras caian sobre los llanos cubiertos de nieve.
Yo me retiré solitario al cuarto de fumar, y en el libro de mis apuntaciones dejé el recuerdo que sigue de la escena que tenia ante mis ojos:
CAMPOS DE NIEVE.
Ni una ave cruza los vientos,
Ni hay en la tierra una planta,
Blanco sudario de nieve
Cubre el valle y las montañas,
Donde osamentas remedan
Del árbol las secas ramas
Que en la nieve sobresalen,
Y que con esfuerzo se alzan
Como pidiendo socorro,
Porque míseras naufragan.
Cual cadáveres parecen
De edificios, las cabañas,
Con los postigos cerrados
De sus amarillas tablas.
Esas mansiones parecen
O de muertos, ó de estatuas,
Porque casi es imposible
Que cruce la voz humana.
¡Oh y cuán pérfida la nieve
Nuestras miradas encanta,
Miéntras que tristes sentimos
Hielo y muerte en nuestras almas!
Como una mujer hermosa
Que con sus pérfidas gracias,
Embelesa los sentidos
Miéntras traidora nos mata.
Ni hay arroyos que murmuren,
Ni aves amorosas cantan....
Se oye gemir á lo léjos....
Es el huracan que pasa
Como huyendo del demonio
De la muerte y de la nada....
¡Oh montes encantadores!
¡Oh verjeles de mi patria!
Fidel.
Marzo de 1877.
El personaje misterioso de bota fuerte y cabellos de oro siguió llamando mi atencion. Generalmente esperaba á que todo estuviese en profundo silencio y se deslizaba como una sombra al cuarto de fumar.
La noche que llegamos á Ogden brillaba la luna intermitente, cruzando por entre grupos de negras nubes, deslizándose despues entre leves celajes y volviéndose á hundir como en mansos y claros lagos de un extenso bosque.
Yo, espiando siempre al desconocido ó desconocida que burlaba sin pretenderlo mis pesquisas, me escurrí hácia la plataforma que daba al cuarto de fumar. Pegado á los cristales de su ventanilla, se veia su rostro, verdaderamente hermoso, como un bajo relieve de la plegaria ó del éxtasis... Era divina.... Me pareció que murmuraba un canto; yo me colgaba por la parte exterior.... Sí, cantaba.... y podia yo seguir la medida del canto.... Pero la aparicion se apercibió de mi presencia, sacó del bolsillo una enorme pipa.... y yo no sé cómo se escapó de mis labios esta exclamacion: Maldito yankee!.... Cuando quise contener mis palabras, ya habian salido de mis labios.... me volví azorado y me pareció ver una alegre sonrisa culebrear sobre la dentadura de marfil del hombre de la pipa....
La noche fué tranquila y agradable.
Al siguiente dia, como el bulto de la cabellera de oro se lavaba ántes que nadie y se retiraba despues al cuarto de fumar, yo allí me instalé.
El personaje, con el cachenéz sobre la nariz y el sombrero á los ojos, estaba en un rincon.
Yo, con la detestable é indómita voz que me ha valido ignominiosas expulsiones de los círculos musicales, comencé á tararear la cancion que habia escuchado la noche anterior, saqué mi libro de apuntaciones y comencé á escribir, recitando y cantando mis versos en el tono de la cancion...: por supuesto, fingiéndome distraido y en total independencia del de las botas fuertes....
En uno de mis gorgoreos desastrados, alcé la voz y ví á la del cabello de oro inclinada hácia mí con una expresion de inteligencia y de satisfaccion indescribible: entendia lo que yo escribia, sabia español, era.... una beldad perseguida.... era la heroina de una novela mexicana.... A pesar de mis años.... ¿eh?.... leí entónces, como para mí solo, mis versos....
Oiganlos vdes., ya que aquel patan los oyó como un zoquete, cruzando frente á mí con sus patazas de á vara y su brusquedad de carretero.... ¡y yo que me habia enternecido tan de veras!.... Maldito yankee!
CANCION.
Tierna memoria
Del bien querido,
Que al pecho herido
Consuelo dás.
Ay! no abandones,
Blanco lucero,
Al extranjero
Que errante va.
——
Sentido arrullo
Que busco en vano,
Porque lejano
Vibrando está.
Dulce consuelo
Da en su camino,
Al peregrino
Que errante va.
——
Nítida estrella
Del Occidente,
Sobre mi frente
Miré lucir.
Oh! no le ocultes
Tu faz brillante,
Al bardo errante
Que adora en tí.
——
Pasé rendido
Por la fatiga,
Tu sombra amiga
Me consoló.
En tí luz halla
Mi incierto paso,
Cuando á mi ocaso
Llorando voy.
——
Sobre mi abismo
De inmenso duelo,
Tendiste un cielo
De inmenso amor.
En los desiertos,
Sobre los mares,
No desampares
A tu cantor.
Guillermo Prieto.
Marzo de 1877.
Estábamos á la orilla del Lago Salado, cruzábamos lo que se llama el Cañon del Diablo, profundísima barranca que parece formada á pico: trozándose una inmensa montaña que se abre en su cima, se cuelga y precipita en un abismo espantoso.
Por allí asoman, y se extienden, y se inclinan los rieles, sobre tejidos de barras de hierro, que á lo léjos forman caprichosos calados por entre los cuales se ven cruzar las aguas despedazando su corriente.
Al Sur se ven las cercas de madera, las palizadas, las sementeras y los edificios de Utah, del país de los Mormones, de que tanto se habla, y que son ciertamente dignos de profundo estudio.
El tren hizo alto un momento: de entre las chocillas salian corriendo primorosas muchachitas, que con sus piernitas desnudas, sus zapatitos de lana y sus cestillos y trastos, subieron al tren alegres y juguetonas, á ofrecernos café caliente, leche, bizcochos y dulces.
La niña que nos servia era deliciosa de hermosura y alegría: iba, venia, atendia á todos y mostraba complacencia en servirnos. Los mexicanos hicimos una colecta de algunos pesos para gratificarla.... cuando la recibió.... mostró extraordinaria sorpresa, incredulidad suma; pero la persuadimos que aquello era suyo y para sus padres: entónces.... saltaba, nos daba á todos las manos, y se fué corriendo y brincando sobre la nieve, derramandola felicidad....
El tren continuó su marcha.... íbamos por un terreno en que la vegetacion, la vida, triunfaban de la nieve.... verdes pinos.... risueños trigales, el sol reflejando en los lagos, los ganados en la ladera del monte, los becerros atravesando en fuerza de carrera por el llano, espantados con los bufidos de la locomotora....
En el interior de la locomotora, todos hablábamos de Mormones.
Un viajero frances cautivó nuestra atencion, diciéndonos que él habia visitado la ciudad del Lago Salado. Casi todos nos agrupamos al rededor de su asiento, y él, con la mayor amabilidad y compostura, habló de esta manera:
“De Ogden hay ferrocarril hasta la ciudad de Lago Salado, y recorren esa distancia los pasajeros, en dos horas y media.
“Al camino lo hace muy pintoresco el hermoso lago que va á la derecha, con sus infinitas montañas al Oeste, que le sirven como de muro y se reflejan en sus cristalinas aguas, inversas, de una manera gigantesca y caprichosa.
“No existen peces en el lago, porque su agua es extremadamente salobre; pero sí patos de gran tamaño y color negro, que me sorprendió verlos allí, por la razon de que no tienen de qué alimentarse.
“Llegué á la ciudad á las ocho y media de la noche, habiendo salido de Ogden á las seis, y desde luego descansé en un elegante y bien servido hotel, situado en la calle principal de la ciudad.
“Era por este tiempo: hacia un frio que se sentia en los huesos; caia en copos tupidos la nieve é invadia las aceras hasta hacerlas intransitables.
“La costumbre es limpiar las aceras diariamente y amontonar, ó mejor dicho, formar murallas á sus orillas, de modo que se camina como por cañadas formadas, por las paredes de las casas de un lado, y por el otro, de la nieve. Cuando brilla el sol, aparece una ciudad encerrada en muros de cristal.
“Las calles son amplias y rectas, todas ellas con hileras de árboles por sus dos lados y una corriente de agua potable á su pié, en acueducto aseado y á propósito para que se surtan todas las casas de la ciudad.
“Al siguiente dia de mi permanencia en Utah, me acompañó, en calidad de cicerone, un dependiente del hotel.
“El gran Tabernáculo ó templo Mormon es el edificio que más sobresale: es como una inmensa cúpula sostenida por innumerables columnas y abierta á todos los vientos.
“Se distingue á lo léjos como una media naranja, sobre los otros edificios de la ciudad: puede contener el edificio, que tiene el aspecto de un perol boca abajo, doce mil personas, y en caso de incendio, se desocuparia instantáneamente.
“Las condiciones acústicas del edificio son tan excelentes, que no obstante su extension, desde cualquiera de sus extremos la voz del opuesto lado se escucha, sin perderse una sílaba, aunque no se esfuerce.
“El órgano del templo es como otro edificio, tiene tres mil tubos y los hay de cinco y seis piés de altura.
“El Hno. Mormon, encargado del templo, nos dijo que allí mismo se construyó el órgano, en un taller que nos mostró.
“Otro de los grandes edificios es el Museo, especulacion de un viejo que muestra con gran prosopopeya petrificaciones vulgares, pájaros disecados, vestidos y armas de indios. Nosotros lo recorrimos de prisa, para visitar la gran casa de comercio de Bringam Young.
“Ropa, sedería, armas, instrumentos de labranza, muebles, todos los inventos de las ciencias y de las artes, se encuentran en aquel espléndido bazar.
“Los dependientes serán de treinta á cuarenta, entre hombres y mujeres, todos hijos de Bringam Young.
“El teatro, aunque edificio de grande magnitud, no tiene nada de extraordinario.
“El templo de que hice mencion anteriormente es de madera y fierro: ahora se construye uno nuevo de granito, de una magnificencia superior á todo encarecimiento: es costumbre que los viajeros den su limosna para la construccion del nuevo templo.”
Cesó de hablar el caballero frances, y ví á mis compañeros poco satisfechos de su narracion. Se ha pintado á los Mormones de un modo tan fantástico; la circunstancia de poseer cada uno de esos chicos cinco y seis mujeres, y vivir, segun dicen, en paz, cuando por mi tierra muchos no se la pueden entender con una, exigia algo de crónica, algo de cuchicheo y de chisme, que no se encontraba en la relacion del frances, ó algun estudio sobre el particular.
Entónces yo dije que poseia una carta sobre el particular, de mi erudito y sabio hermano y amigo, Ignacio Ramirez.
Mostraron los circunstantes mexicanos interes por conocer mi carta, y yo dí lectura á la siguiente, que veo como la mayor gala y como el más valioso ornamento de mis pobres Viajes, aprovechando la ocasion de hacer pública mi gratitud, á aquel cuyo talento admiro más cada dia, y cuyas virtudes y patriotismo son honra de mi patria.
Oigamos al ilustre Nigromante, miéntras llegamos á Ogden:
“Sr. D. Guillermo Prieto.
“Querido Fidel:
“Voy á referirte todo lo que he leido con relacion á los Mormones, procurando, con este trabajo, satisfacer tus deseos, y estudiar, al mismo tiempo, cómo se forma una religion verdadera, supuesto que la revelacion de Smith es, segun éste pretende, la única fidedigna.
“Salomon Spaulding, eclesiástico, doctor y comerciante, fué desgraciado en todas sus profesiones; para agravar sus penas se metió á erudito. Los yankees, como asíduos lectores de la Biblia, son propensos á resolver el problema sobre los primeros pobladores de la América, por medio de un dilatado viaje que se supone hicieron en otro tiempo varias tribus judías; así es que Spaulding hizo fácilmente su Exodo americano. En su entusiasmo, para acreditar su teoría, escribió una obra, suponiéndola traduccion de otra, donde en estilo bíblico se cuenta que Lehi, con sus hijos Laman, Lemuel, Sam y Nephi y con las esposas de éstos, en el reinado de Zedekias, salió de Jerusalem y vino á dar al nuevo continente. Figuran tambien en el libro otros nombres como los de Mormon, Moroni, Mosiah y Helam, héroes, profetas y personas distinguidas, siempre necesarias en un dilatado drama. Establecidas las tribus semíticas en la América Setentrional, sobrevinieron los disgustos y las guerras consiguientes, hasta haberse declarado Dios en favor de los Nepitas, que por lo mismo fueron destruidos por los feroces é impíos Lamanitas: de éstos descienden los actuales pieles rojas.
“El caviloso anticuario trató de publicar la Odisea, pero no encontró un socio capitalista; se murió dejando en ajenas manos su mujer y su manuscrito. La viuda, en tiempo oportuno, hizo la revelacion verdadera de la falsa revelacion de su consorte difunto; y el manuscrito paró en manos de Sidney Rigdon, impresor, teólogo, versátil en sus creencias religiosas, grande ergotista y más amigo de esta vida transitoria que de la eterna: era uno de tantos que se afanan por encontrar la religion verdadera para los otros, partiendo de la conviccion de que ellos no necesitan ninguna.
“Dueño Rigdon de este tesoro, no sabia cómo emplearlo, cuando la Providencia le deparó un mozalbete que ella habia destinado para trastornar el mundo. Joseph Smith, primer profeta de los Mormones, nació en 13 de Diciembre de 1805, en Sharon, condado de Windsor; y en 1816 pasó con sus padres, hermanos y hermanas á Palmira, lugarejo perteneciente á Nueva-York. Smith, padre, se dedicó á varias humildes profesiones, por no tener ninguna; fué principalmente cervecero, varillero, cavador de pozos y buscador de tesoros. Smith, hijo, trabajaba lo ménos que podia. Elegante de aldea, aborrecia por igual su estado humilde y los medios comunes para mejorarlo. Sensual, misterioso en sus palabras y acciones, pasaba sus ocios pescando en el rio y cazando ratas almizcladas. Ignorante hasta apénas saber leer y escribir, se dedicó sin embargo á repetir de memoria numerosos versículos de la Biblia. Ese mozuelo, con ocasion de que su padre y hermanos abrian un pozo, se apoderó de una piedra trasparente que tenia la figura de un pié; hallazgo que en vano le reclamaron los dueños del terreno: esa piedra sirvió de base á su pedestal de profeta.
“Esto pasaba en 1819, cuando tú habias entrado en tu segundo año de edad. Intencionalmente aproximo tales nombres y tales fechas. Pocos años despues, segun refieres en el bellísimo prólogo de tu “Viaje á los Estados-Unidos,” inventabas unos cristalitos por medio de los cuales se veian campos, mares y cielos, completándose el encanto por la maravilla de un cajoncito que, sin agotarse, producia onzas de oro. Tu infantil invencion revelaba al mundo un poeta; pero el vidrito de Smith, mejorado despues con otros vidritos, iba á convertir todas tus ilusiones en sorprendentes realidades. Armado el mozalbete haragan con su curiosidad geológica, dió y tomó en que á través de ella descubria lo pasado y lo futuro; positivistas los yankees, solicitaron al zahorí para que les enseñase, no de dónde vinieron los indígenas al Nuevo Mundo, ni si la tierra fué criada en siete dias, ni á dónde irán á parar sus almas, ni ningun problema científico, sino pura y simplemente dónde habia dinero enterrado.
“Entónces ya tuvo el jóven Smith una profesion tan nueva como preciosa; muchos, muchos tesoros buscó sin descubrir ninguno, porque siempre el encanto se deshacia á causa de que alguno de los concurrentes hablaba mal á propósito; pero ganaba el importe de las buscas, y la numerosa familia de su padre pudo vivir con algun desahogo.
“Creció tanto la fama del vidente, que llegó á los oidos de Rigdon; éste, pues, cargó con su misterioso manuscrito, y despues de muchas conferencias secretas, se publicó solemnemente la primera página del mormonismo. Hé aquí en extracto lo que esa historia contiene:
“Un ángel, con todo el aparato escénico que acostumbran los ángeles, se apareció repetidas veces á José Smith: despues de haberlo sometido á las pruebas convenientes, le llevó á un montículo, y le dijo: “Escarba.” Smith, que era un escarbador hereditario, comenzó á profundizar la tierra y á levantar piedras, hasta que formada por varias de éstas, descubrió una caja donde se encerraban, figurando un libro, varias láminas que el profeta unas veces llama de bronce y otras de oro. Sobre ese libro aparecieron unos anteojos propios para el más agigantado de los gigantes; uno de sus cristales sirve para ver lo pasado, y el otro, para el porvenir: tales vidritos se llaman: el “Urim” y el “Zhummim.” Ya ves cómo la revelacion ha derrotado completamente á la poesía.
“Amigo de proceder con órden, José Smith comenzó aplicando uno de los extensos lentes, no sé si el “Urim” ó el “Zhummim,” á la lectura del libro que el cielo le habia entregado.
“La Biblia mormónica, lo mismo que el “Manuscrito descubierto” de Spaulding, se ocupa del viaje que varias tribus judías hicieron desde hace más de tres mil años al nuevo continente, y de la destruccion de los Nefitas por los degenerados Lamanitas; ese libro nos revela que la brújula ha sido descubierta y usada desde, por lo ménos, hace cuatro mil años; que los geroglíficos egipcios se han usado desde entónces en la América, desfigurándose con el tiempo hasta convertirse en la escritura azteca y maya; que los mahometanos no inventaron ni la voz ni el instrumento cimitarra; que ya desde entónces la voz Biblia, que designa la coleccion del Antiguo, y Nuevo Testamento, era tan conocida, que Cristo y su crucifixion se mencionan como acontecimientos sabidos desde la dispersion de Babilonia; y que el Señor Dios siempre ha aborrecido la poligamia; pero en el fondo esa obra contiene lo que todo libro revelado: la Moral saliendo de los brazos de la Fé.
“Smith, más afortunado que Spaulding, encontró, no sin alguna dificultad, quien le costease los gastos de imprenta. Martin Harris, anciano de frente levantada, cabellera alisada cayendo en bucles sobre la oreja, y con todas las arrugas que caracterizan á la vejez; medio teólogo, lleno de supersticion y fatigado por ingénita codicia; usurero y mal casado, solo por contradecir á su esposa y ganar un ciento cincuenta por ciento, aceptó la empresa de publicar á su costa el libro revelado: publicólo, se arruinó, pero quedó divorciado.
“Cuando Harris vacilaba en sus compromisos, se le dieron por Smith, en copia, algunas páginas del libro milagroso. Harris consultó con varias personas, cuya opinion no le fué favorable. Una circunstancia hizo que ántes de conocer los fragmentos de la obra, vacilasen algunos inteligentes. El profesor Rafinesque llamó la atencion de los sabios sobre algunas láminas de oro encontradas en nuestra República, y que contenian extrañas inscripciones; recordáronse entónces hallazgos semejantes en diversas planchas metálicas, y se renovaron todas las antiguas teorías sobre el orígen de los indios; para los hebreo-maniacos aparecia muy natural que se descubriese algo semítico y que en pos de las inscripciones saliesen de las entrañas de la tierra los libros sagrados de los judíos. Cuando muchos sabios se dicen: “Esto es posible,” la muchedumbre clama: Esto se ha realizado!
“El profesor Anthon, citado como testigo del monumento egipcio por la opinion pública, desmintió la especie burlándose de los pretendidos caractéres geroglíficos, y de la doctrina mormónica, y de Martin Harris. Este, entónces, como buen creyente, se confirmó en la fé mormónica, aprontó sus ahorros y fué el primer editor de la Biblia del Siglo XIX, tan fecundo en biblias.
“La sociedad mormónica quedó solemnemente establecida. Ya, desde entónces, la formaban los hermanos y hermanas y los padres de José Smith; Olivier Cowdery, secretario del profeta; Sidney Rigdon, que tuvo derecho y autoridad para publicar despues el apéndice bíblico, titulado: “Doctrinas y pactos;” Martin Harris, satisfecho de haber compensado todas sus pérdidas con un divorcio que le permitió intervenir en una milagrosa concepcion segun los rumores que corrieron sobre una hermana de Smith, y muchos otros que pronto fueron potentados de la Iglesia.
“La concordia entre el profeta y sus primeros apóstoles, duró poco, así lo quiso el Señor. En prueba de ello, en 1831, Smith tuvo una revelacion del tenor siguiente: “Escúchame, dijo el Señor Dios, en lo que concierne á mi servidor Olivier Cowdery. No conviene á mi sabiduría que le confíe el dinero que debe llevar á Sion, si no es que lo acompañe una persona segura y fiel.”
“El gobierno de Smith, fué una série no interrumpida de revelaciones; te mencionaré las más importantes: “Conviene, dijo una revelacion del Señor, que se fabrique una casa para mi servidor, José Smith.” En otra revelacion, quiso el Señor que se construyese un palacio para Smith y sus esposas. Y por fin, el Señor se resolvió á que su pueblo aceptase la poligamia, no dando para tanta inconsecuencia otra razon, sino esta: “Yo soy alfa y omega.”
“Los habitantes de Palmira no se vieron en tan extraños acontecimientos, por no tener á su disposicion el “Urim” y el “Zhummim,” un conjunto de maravillas y la renovacion del mundo, sino la audacia en la mentira, la santificacion del escándalo y un peligro contínuo para la seguridad de sus bienes; multiplicaron, pues, de tal suerte sus hostilidades, que Smith y su Iglesia tuvieron que trasladarse á Kirtland en el Ohio. Aquí reinó la “efusion del espíritu,” y todos los habitantes se convirtieron en profetas; fué necesario que el Señor prescribiese que Smith tenia concedido el monopolio de las revelaciones.
“Poco despues, para libertarse de la accion inmediata de toda autoridad, resolvió el legislador trasladar su pueblo á las fronteras occidentales, que tenia entónces la poblacion de los Estados-Unidos; emprendióse, pues, una marcha atrevida hasta Independencia, en el condado de Jackson. Así pinta la localidad el mismo Smith: “La temperatura es deliciosa durante nueve meses del año; la nueva Sion, la ciudad que estableceremos, quedará situada á igual distancia del Atlántico y del Pacífico, en el grado 39 de latitud y entre los 10º y 20º de longitud occidental; será, por lo mismo, uno de los lugares más afortunados del mundo.”
“Ese establecimiento no duró mucho tiempo. Smith tuvo que ausentarse para volver á Kirtland, donde fué emplumado y donde la suerte le fué adversa en toda clase de negocios; y cuando regresó á Sion, sosteniendo una nueva lucha contra la fortuna, se vió expulsado del Estado de Missouri, y aceptó un asilo en el Illinois, donde fundaron á Nauvoo, “La Biblia.” Aquí fué donde se desarrollaron admirablemente la prosperidad material y la organizacion característica de la secta.
“Bajo el nombre de diezmo, los Mormones contribuyen para los gastos públicos con todo lo que les sobra de sus gastos privados, á juicio del profeta. La institucion es una mezcla de la propiedad individual y del comunismo. Así, el gobierno disfruta de influencia y de recursos poderosos. Vióse Smith derepente con la múltiple investidura de revelador, jefe de la Iglesia, de prefecto y de general, y con autorizacion, por parte del gobierno de la Union, para levantar una fuerza respetable. Habitó un magnífico palacio, edificó un templo monumental, y pudo pasar revista á cuatro mil hombres, acompañado de un brillante estado mayor, donde figuraban diez damas.
“Pero Satanás y sus secuaces no se cansaban en perseguir al santo y á su Iglesia; José Smith, candidato para la presidencia de la República, murió á manos de infames asesinos, y los Mormones tuvieron que abandonar á Nauvoo para refugiarse en Utah, desierto que entónces pertenecia á la Nacion Mexicana. La historia de tan audaz y dilatada peregrinacion, es conmovedora. Doscientas mil personas abandonaron sus comodidades, y á pié, á caballo y en carros, atraviesan vastas soledades, donde sus pasos levantan sal en vez de polvo; donde el silencio es importunado por el aullido del lobo; donde el mosquito, como los héroes, nace del fango y se alimenta de sangre; donde la vegetacion se arrepiente de su nacimiento y se oculta entre las desnudas rocas; donde el manto de la nieve dura seis meses sobre el suelo; y donde los vientos no corren, sino patinan. Las jóvenes, orgullo de Nauvoo, lavando sus vestidos en una fuente extraviada y sin más adorno que su hermosura, celebraban las fiestas religiosas, entonando los himnos de las tribus judías, cuando marcharon al cautiverio de Babilonia. La nieve era lecho nupcial, cuna y sepulcro.
“En esos dias, el yankee se apoderaba de la Alta California, se descubrian los placeres de oro, y los Mormones podian improvisar una maravilla en el Lago Salado. Pero, muerto Smith, ¿quién ha podido recoger su herencia, presentarse como profeta, dirigir la inaudita expedicion é imponer su voluntad á los creyentes y á los gentiles? Ese hombre extraordinario ha sido Brigham Young, que acaba de entregarse al eterno reposo.
“Brigham Young, adoptó el mormonismo en Kirtland, el año de 1832. Nació en Veomont, cuatro años ántes que José Smith. Era audaz, astuto y gran conocedor del corazon humano. Urbano en su trato y de buen gusto en sus placeres. Comprendia fácilmente toda clase de negocios y se expresaba con facilidad y elocuencia. Su organizacion atlética le inclinaba á rivalizar con Hércules, en algunas de sus hazañas escandalosas. Y su incontestable superioridad le dió la mano para elevarlo á una altura en que se ha sostenido hasta su muerte.
“Brigham Young asaltó el poder, luchando con poderosos rivales; derrotó en la opinion pública y expulsó á un hermano del primer profeta; excluyó de la herencia pontifical al hijo mayor de Smith, haciendo notoria la incredulidad del jóven y de su madre Emma, en lo relativo al orígen divino de la revelacion sobre la poligamia, y excomulgó solemnemente al tremendo Rigdon, que era acaso el verdadero padre del mormonismo.
“Brigham Young, por medio de sábias y minuciosas precauciones, hizo posible la peregrinacion de doscientas mil personas por el desierto; y arrancó de entre los bancos de sal, en Utah, una ciudad con sus palacios, sus jardines, su movimiento industrial y mercantil, y su templo.
“Brigham Young ha visto caer bajo el puñal de los celos á los principales jefes del mormonismo, y siéndoles superior en intemperancia erótica, ha podido dominar las tempestades públicas y privadas que á cada paso levanta la poligamia. Los disturbios domésticos ocupan una página extensa y curiosa en la historia de los santos del último dia, y la intervencion de Brigham Young, se hace á veces tan necesaria, como la intervencion de nuestro gobierno en los pronunciamientos locales, y esa mediacion es tan desinteresada como la nuestra. Por lo comun, las riñas conyugales terminan con una paliza.
“La sobrevigilancia de Brigham Young, dice Rocheford, desciende á veces hasta los últimos pormenores domésticos y hasta los más fútiles adornos del tocado. Así, ha predicado en el templo, contra los abultadores: “Hace algun tiempo que observo en vuestros talles algunas hinchazones insólitas. ¿Qué significan esas modas ridículas? Salid y volved sin ese aparato mundano. No es hácia las espaldas donde debeis lucir vuestras protuberancias. Veo, no sin ira, que de seis meses á esta parte, en la ciudad santa, nacen muy pocos muchachos.”
“Muerto Young, ¿qué será del mormonismo? yo no tengo el “Urim” ni el “Zhummim” para revelarlo; puede ser que tú descubras algo con tus cristalitos. Pero la prosperidad actual de esa tribu es la encarnacion de una verdad importante; así en la sociedad como en el individuo, los estados de barbarie y de civilizacion no son sucesivos sino simultáneos. En la república-modelo coexisten la libertad y la lucha de razas, la monogamia y la poligamia, la libertad individual y el comunismo, y la teocracia y la democracia. Algunos escritores consideran la poblacion de Utah como un remolino; pero los mismos Estados-Unidos, ¿no son una vorágine?
“La única leccion que para mi uso he sacado de estos estudios, se reduce á que la religion verdadera del Lago Salado se ha concebido y formado lo mismo que las falsas; pero no terminaré sin hacerte notar que los Mormones, por medio del trabajo, han desterrado del Desierto dos plagas de los países más favorecidos por la naturaleza; la mendicidad y el infanticidio.
“En verdad te lo digo, hermano mio, la poligamia es un acto de barbarie. Esclavizarse toda la vida á una mujer por amor, se concibe y tiene su utilidad y su poesía; los pesares entónces son las espinas de la flor. Pero solo por incontinencia, alumbrar numerosos hogares, pagar numerosos caseros, luchar con innumerables suegros, fastidiarse en todos los lechos y sacrificar á las queridas la esposa, es pagar muy caro el vicio; sobre todo en este siglo en que la Vénus de lance, muy diversa de la Vénus vaga, está de tal suerte acreditada, que no hay marido de esos que lloran en el teatro, que no desee poseer una mujer infiel por el placer de perdonarla. Sin embargo, yo creo que las señoras Mormonas disfrutan alguna compensacion, supuesto que cuando en Utah algun pequeñuelo afirma que conoce á su padre, todo el mundo exclama: Este niño es más sabio que su madre!
“En cuanto á la iniciativa individual, es seguro que los Mormones hubieran desaparecido desde que llegaron á Utah, si en vez de confiarse al trabajo hubieran pretendido subvenciones ó derechos protectivos: los ignorantes y perezosos han inventado la proteccion y las subvenciones, que son hijas de los caballeros de industria.
“Yo te presento un mundo helado: anímalo con el sol de tu inteligencia; sepan los Mormones algun dia, que por el Lago Salado pasó el año de 1877 un poeta.
“Tu hermano,
El Nigromante.
“Posdata.—Yo no conozco á ningun Mormon; pero he tratado á muchos amigos, que por intuicion han seguido el sistema de Smiht: en sus riñas conyugales, tú harias tal vez el papel de Brigham Young.—Vale.”
LIT. H. IRIARTE.
Vista de las Sierras en el Ferrocarril central del Pacífico.
La lectura del manuscrito que dejo copiado, de tal manera nos preocupó, que pasamos por Ogden sin fijarnos en él convenientemente.
La poblacion tendrá 3,500 habitantes: sobresalen entre las casitas de madera las iglesias, las escuelas y los hoteles: se ven al rededor de las casas jardines cultivados con esmero, y en el fondo del paisaje riseñas sementeras.
El cañon de Ogden, que tiene de largo cinco millas, se ve como una inmensa galería de altas y negras rocas, que parecen unirse luego que pasa el tren: del corazon de estas paredes hendidas, desiguales, como que se arrancan y están como al caer, peñascos estupendos que encallejonan y dan aspecto caprichoso al horizonte.
Gigantescas masas de roca decoran la salida de ese cañon, y despues de un trecho accidentado se precipita el tren en Devils Gate (La Puerta del Diablo), que es imponente y pintoresca.
Colosales peñascos derrumbados de uno y otro lado de los rieles, fragmentos de piedra que remedan ruinas estupendas, forzan el curso impetuoso de un verdadero torrente, y en aquellos desfiladeros y sobre las crestas de esas rocas parece que se han desafiado como para un duelo á muerte la naturaleza y el arte.... se interpone el promontorio de piedra, lo supera el arco.... quiere hundirse, y robustas columnas le detienen.... como que intenta una desviacion, y la malla de fierro sujeta el camino, ó un tejido de alambre resiste los vaivenes que parecen empujar al abismo la locomotora.... en el fondo de esas rocas, y abriéndose como un pórtico espléndido, se ven los campos de esmeralda y los sembrados de oro.... alegrando el espíritu y ofreciendo al mortal, en medio de los desiertos, la prosperidad y la abundancia.
Con la misma distraccion pasé frente á Eco, y á Pulpit-Rocks, con sus bosques de abundante caza y sus rios de riquísima pesca.
Nos detuvimos en Green-River (Rio verde), cabecera del Condado de Sweet Watter, y que tendrá una poblacion como de 200 almas.
Pero realmente en iniciativa estas poblaciones, tienen aspiraciones extraordinarias: son niños hercúleos, que poblarán de gigantes esta parte de las Montañas Rocallosas.
Al pasar por Point-Rocks me dijo uno de los compañeros, que en aquel punto existe un abundante pozo artesiano y ricos criaderos de carbon de piedra, que explotan las compañías.
La noche fué tremenda; aullaba el viento, la nieve azotaba las ventanillas del wagon.... El dudoso viajero de los cabellos de oro se encerró en el cuarto de fumar....
De trecho en trecho se detenia la máquina: en las profundidades del camino, veia yo, á la luz de linternas que proyectaban su claridad en la nieve, rompiendo muros de tinieblas, trabajadores infelices, con sus altas capuchas, ocupados en barrer los rieles.
En cada detencion, la máquina era objeto, lo mismo que los trenes, de escrupuloso reconocimiento.
La luz del dia 7 fué tristísima: caia como doliente y llorosa sobre tendidas y monótonas llanuras.
Ninguna huella de la humanidad; era como una navegacion de un género tristísimo, en que no habia esa majestad del mar, esa comunicacion con el infinito, que engrandece el espíritu.
Los pasajeros permanecian en sus lechos como sin acabarse de persuadir que era del dia la luz que se deslizaba por entre los empañados cristales, á visitarlos.
¿Qué hacer?.... Tomé mi lápiz, y haciendo mesa de mi almohada, escribí lo que leerá, si gusta, el piadoso lector:
UN SUEÑO.
Soñé que el manto de plata
Que del sol quebró los rizos,
Como sembrando diamantes
Y salpicando de brillo
El primor de los cristales
Y las galas del armiño,
Dejaba ver tras sus pliegues
Con sus perfiles distintos,
A los montes gigantescos
Y á los soberbios encinos,
A risueñas sementeras,
Y á murmuradores rios.
Y yo soñando esperaba,
Tras una roca escondido,
Del sol la primer sonrisa,
Porque dulce voz me dijo,
Que del sol al primer rayo,
Miraria de improviso
La nieve desvanecerse,
Romper el hielo sus vidrios,
Y brotar árboles verdes,
Y correr alegres rios,
Y renovarse la vida
En el monte y el bajío,
A los cantos de las aves,
De las gentes al bullicio,
Y al saltar de los ganados
Con soltura y regocijo.
Yo esperaba, y poco á poco
Sentí del terror el frio,
Porque tras el blanco manto
Pensé ver, claro y distinto,
El hogar porque yo anhelo
Y do me esperan los mios.
Y del sol espiaba entónces
Con honda ansiedad el brillo
Porque me asaltó la duda,
Del augurio, é indeciso
Ya la muerte me amagaba,
Ya el gozo me daba brío,
Y del problema de mi alma
Estaba al romperse el hilo.
La luz plegaba sus alas
Tras un celaje sombrío,
Cual mirada de quien llora
Y en la sombra busca alivio;
Y á medida que avanzaba
Como con incierto giro
La luz, y sobre la nieve
Se derramaba su brillo,
Se exhumaban de la tierra,
Tristes y descoloridos,
Como fantasmas los montes,
Como esqueletos los pinos,
Alzando sus secos brazos
Y dando al viento gemidos.
Y la luz adelantaba,
Y su semblante amarillo,
De cadáver, sacó el campo
Y apareció muerto el rio,
Como fallece una madre
Sobre el sepulcro de su hijo.
Y la luz se iba extendiendo,
Y al dar en el caserío,
Alumbrando un cementerio
Y á la entrada de sus nichos,
De pié tristes esqueletos
Que con los brazos tendidos
Inmóviles señalaban
Nuestro lúgubre camino.
Hondo terror me embargaba,
Sentí el corazon herido:
Era como luz enferma,
Erase un cráneo el sol mismo
Despojado de sus rayos,
Escuálido y amarillo.
Dejaba en el negro suelo
El hielo medio fundido,
Como de huesos humanos
Los fragmentos esparcidos.
La luz doliente avanzaba;
Reconocí con delirio,
El lúgubre cementerio,
Y en los huesos sentí frio,
Ví avanzar la luz terrible,
Avanzar.... llegar sus visos
A un punto.... donde se encuentra
Cuanto adora el pecho mio....
Y creí morir.... de repente,
Y de un relámpago al brillo,
La tumba corrió á mi encuentro
Dando agudos alaridos.
····························
Ví al monstruo que me llevaba,
Y llevaba mi destino,
Que me arrancó de mi sueño
Con sus intensos gemidos.
Guillermo Prieto.
Marzo 7 de 1877.
Estamos en Laramie, tan célebre en las relaciones de los viajeros, tan encarecido en la leyenda.
El aspecto de la naturaleza cambia; la nieve, adelgazándose y derritiéndose, deja ver de trecho en trecho amarillenta yerba y sonríe el verde césped en alguna hondonada, como tímida promesa de la pronta llegada de la primavera. Algunos árboles, como viajeros recien llegados, parece que inspeccionan el campo desde las orillas del camino.... trenes, oficinas, transeuntes, como que anuncian de léjos el fin del desierto, como los indicios de tierra en el mar.
Hace muy poco, cerca de la poblacion estaba el fuerte, perfectamente guarnecido por tropas americanas.
Algunos soldados se instalaban en aquel ingrato suelo con sus familias, pugnaban por conquistar las comodidades de la vida, y tenia algo de la detencion de la caravana, los grupos de mulas y caballos, las tiendas de campaña y los depósitos de provisiones.
Laramie, cabecera del Condado de Albany, tiene más de mil habitantes; la ciudad está paralela al camino, una ancha y clara corriente atraviesa las calles principales.
Hay muchas elegantes iglesias y cómodos hoteles; el edificio municipal es digno de una gran ciudad.
Se publican en Laramie dos periódicos: El Centinela y El Independiente. El telégrafo y el buen servicio del correo hace que los habitantes de Laramie y los pasajeros estén al tanto, como donde quiera que se publica un periódico, de cuanto ocurre dia á dia en todos los Estados de la Union.
A la salida del pueblo hay un molino, cuyo costo ha sido ciento veinte mil pesos. Es magnífico.
En los alrededores de la ciudad, y como agrupándose á la vía férrea, están situadas las oficinas de maquinaria y los talleres del ferrocarril, entre leña apilada, rieles amontonados en los suelos, grandes pipas con agua y colinas de carbon que hacen negrear el suelo con su polvo.
Laramie, segun reza la leyenda, fué el primer lugar del mundo en que se reunió un jurado de mujeres.
Sucedíanse las tremendas nevadas: los altos picos de las Montañas Rocallosas, las tendidas llanuras á sus piés, las negras rocas, los impetuosos torrentes, la luz como despedazada sobre las peñas, y en las hondas cañadas formaban paisajes ásperos, sombríos, que sin embargo poseian cierta grandeza que me cautivaba.
Los viajeros, acurrucados en sus asientos ó hundidos en sus abrigos, dormitaban. M. Gland mismo, habia dejado de hablar.
Yo soñaba con los ojos abiertos, me parecia atravesar una region desconocida, como que esperaba que tierra, rieles y trenes, se hundiesen de repente, por una fundicion repentina del suelo, y seguir corriendo bajo tierra, bajo bóvedas iluminadas á la luz de rojas llamas, y que fuesen una sucesion de salones con caballeros y paladines, damas y dueñas, enanos y gigantes.... tan excéntrico, tan inesperado así era cuanto me rodeaba.
Saltando de su asiento y como si hubiese tenido aviso en medio de su sueño, volvióse á mí M. Gland, y me dijo:
—Chayene. ¿No ha oido vd. hablar de Chayene?
Chayene, continuó, es la más grande ciudad entre Ogden y Omaha; desde aquí se siente la influencia del Colorado, que está llamado á un gran porvenir.
Estamos, siguió alegremente M. Gland, sobre mantos de plata y oro: desde aquí hasta Omaha comienza la série de aventuras romancescas de los Apaches, Kayoways, Comanches, Arrapaos y Chayenes, de donde tomó su nombre esa gran ciudad que parece ir corriendo en los inmensos llanos, por el movimiento de nuestro carruaje.
En 1859, esto era desierto, tendido en inmensas llanuras.
Se anunció la corriente del camino, llegaron empacados y en su estado primitivo de fierros y tablas, iglesias, hoteles, almacenes, y al concluirse el desempaque, quedó una ciudad, como si se sacara de una cajita de juguetes.
Héla ahí, con sus acueductos y sus arboledas, sus edificios uniformes y sus grandes plazas.
Atrás quedaba Dember, capital del Colorado, que es como otro grande embrion de donde ha salido un territorio que pronto se convertirá en grande Estado de la Union, y aparecerá otra estrella en el firmamento de Washington.
Es de advertir que aquí no fué, como en otras partes, la poblacion, conjunto de hombres de varios pueblos, luchas de costumbres diferentes, fusiones y trasformaciones y productos de esas entidades heterogéneas, no, señor; la casi totalidad de estos hombres era del Oeste: el móvil, los metales preciosos.
Por todas partes se veian hombres sujetándose á las mayores privaciones y peligros, extraviarse adrede en busca de aventuras; unos se perdian entre las nieves; los otros desaparecian en las entrañas de la tierra: allí, á manera de cazadores, espiaban la huella de una veta, la seguian en alturas y en profundidades, la sorprendian y se publicaba la bonanza: así adquirió el renombre de Golden City la capital del Colorado.
Un tumulto, un incendio, ó no sé qué, parecian estos campos.
Montañas de ropa hecha, fondas brotando como hongos de la tierra, hoteles como regados á mano por todas partes.
Comer, vestir, dormir: hé ahí cubiertas las primeras necesidades.
Chillaba la carreta, porfiaba ruidoso el martillo, la sierra armaba escándalo, la garrucha chirriaba levantando piedras, y tercios, y muebles á las nubes; todo en el suelo eran escombros, todo ruido en derredor: así lanzó sus primeros vagidos Chayene, y así el Colorado y Omaha brotaron de la tierra, como los personajes de los cuentos, al herirla la indomable audacia del yankee......
Durante la travesía de Ogden á Omaha, los dias habian sido pésimos, y las noches fatales. Mi único entretenimiento fué observar al ambiguo aquel de la cabellera rubia, que advertido sin duda de mi diligencia en observarlo, era á cada momento más caprichoso ó caprichosa, porque aquello era una condenacion.
Su rostro, como ya hemos dicho, lo conservaba obstinadamente cubierto, y sus modales eran tan bruscos, que parecian afectados; alguna vez desnudó una mano de su guante, y era una mano alabastrina, aristocrática, de una mujer distinguida; pero aquel estirar las piernas, aquellos piés que parecian falúas.... esas no eran pertenencias femeninas, era un patan que provocaba mis rencores.... Cuando sacaba su pipa, que era rara vez, se le notaba, aunque muy imperceptiblemente, la repugnancia con que apelaba á aquel accesorio de su disfraz.... era, no hay duda, una bella lanzada á lo desconocido, en alas del infortunio, é inundada en lágrimas.... ¿Era tal vez una jóven que queria ocultarse á las miradas del zelo, y que creia oir tras de sí los pasos de un asesino.... era una mujer criminal que envenenó al amante infiel é iba á ocultar su quebranto y sus remordimientos entre el tumulto de las ciudades del Este?
La noche anterior á la en que llegamos á Omaha, en las paradas del tránsito subian y bajaban viajeros sin cesar.
El personaje comun de dos se encerró en el cuarto de fumar.... yo penetré, en las altas horas de la noche, y permanecimos como dos estatuas.
La luna descolgaba dispersos rayos del borde de una nube lóbrega, el huracan gemia.... en la Sierra se veian dudosas claridades sobre la cima de los montes, y se extendian como corrientes de sombra que se precipitaban en las cañadas.
El cuarto de fumar es pequeño y angosto; en el centro hay dos banquillas, una frente á otra, como los asientos de un coche; en la pared de tabla existe uno como farol incrustado en el carro, que contiene una rojiza lámpara: á los lados de aquella especie de nicho están dos ventanillas del carruaje: una era del misterioso personaje, la otra mia. A cada avance de mi mirada, á cada indagacion, se sustraia el desconocido en la sombra, ó bien pegaba el rostro al cristal del postigo: á mí á veces me parecia que sonreia mujer angélica; á veces que se disponia carretero feroz á descargarme un puñetazo.
Fingí dormir, y entónces, suponiéndome, él ó ella, distraido, cantó clara y distintamente el “Adios” de Shubert; pero tan sentido, tan hondamente sentido, que me subyugó, me empujó á la region de mis recuerdos más dolorosos, y sentí lágrimas en mis ojos.
Entónces, como de costumbre, recurrí á mi lápiz, y escribí y declamé con toda energía lo siguiente, que puede acomodarse á los compases de aquel canto delicioso:
CANCION.
Alma que mi alma adora
Con íntima pasion,
Por tí doliente llora
Mi triste corazon.
——
Aislado en mi tormento
Mi voz te aclamará,
Y sin eco mi acento....
En sombras morirá.
——
Se alzó cual llama pura
Por tí mi ardiente amor;
Mas yo soy noche oscura
Y tú, radiante sol.
——
Dulce rayo de luna
Entre las ruinas fué
Tu amor, en mi fortuna
Y en mi hondo padecer.
——
Sin rumbo y sin abrigo
En mi dolor te ví;
Tú fuiste faro amigo
Del náufrago infeliz.
——
Yo soy, mi bien, tu templo,
Mi corazon, tu altar,
Y tu incienso el más puro,
Mi férvido cantar.
——
Fuiste del alma mia
Las auras y la luz,
Y el sol de mi alegría
Tu hermosa juventud.
——
Un punto cruzó el cielo
Tu ráfaga fugaz:
Pasó.... y en negro duelo
Por siempre me hallarás.
——
Ya escucho el tierno acento
De tu amoroso “Adios:”
La eternidad horrible
Los ecos repitió......
——
Adios....! adios! mi encanto,
Sangre de mi alma, adios!
Será eterno mi llanto,
Como mi eterno amor.
——
Será mi llanto eterno,
Eterno mi dolor....
Adios, cielo de mi alma!
Luz de mi vida.... Adios!
Guillermo Prieto.
A medida que yo leia, la persona misteriosa desprendia el rostro del grosero cachenéz que la cubria y dejaba al descubierto un cuello de cisne, émulo de la nieve herida por el sol.... ella habia comprendido.... casi era una revelacion la que me hizo el cachenéz.
Habiamos tocado la estacion anterior á Omaha: á los lados del paradero del tren, que despedia luz vivísima, se distinguia una diligencia y varios bogues; de uno de estos bogues se apeó un arrogante caballero, moreno, de cabello negro, de maneras desembarazadas y ojos negros hermosísimos: detúvose el tren, el jóven saltó y se colocó al pié de la escalerilla del wagon. El viajero comun de dos, con la velocidad del relámpago, recogió su saco de viaje y se precipitó fuera del coche; apénas salido, se lanzó á los brazos del dueño del bogue.... al hacer este movimiento, se le cayó el sombrero, y una catarata de rizos de oro inundó los hombros y el cuello del jóven de los ojos negros......
Yo habia seguido maquinalmente al viajero y estaba estupefacto con la trasformacion.... quise darme de cachetadas.... cuando estaba suspendida en los brazos del viajero afortunado, se volvió á mí, y con una sonrisa angélica, me dijo: “Adios, Sr. Prieto!.... Adios!”
Tan linda!.... y sabe español.... Soy un asno, soy un rinoceronte.... ¡pecador de mí!
A poco se detuvo el tren en Omaha, y miéntras mis compañeros comian, yo apunté en mi cartera:
Omaha: Término del ferrocarril de la Union, está á la orilla occidental del Missouri y al lado del famoso puente que se cita como un grandioso monumento. Es extraordinario el movimiento que se nota por todas partes: vienen á agolparse á nuestro alrededor, ómnibus, coches, quitrines y carros de todos tamaños, para conducir pasajeros, equipajes y efectos. La poblacion, sin embargo, solo tiene diez y ocho mil habitantes. El edificio más notable que percibo por aquí cerca es Claim House (Casa de reclamaciones).
En 1854 este era un punto casi desierto: la oficina de correos era el sombrero del administrador, porque en él recogia y despachaba la correspondencia.
La poblacion tiene hoy 18,000 habitantes, y la oficina de correos, así como las del Estado, se encuentran en edificios magníficos.
Al principio los hoteles de Omaha eran de segundo órden; pero se organizó una Compañía y se edificó el Gran Hotel Central, que puede figurar, y es mucho decir, entre los buenos hoteles de los Estados-Unidos.
Por todas partes se ven hornos de fundicion; por todas partes hay regada maquinaria; se suceden las fábricas, y la plata y el oro beneficiados se calculan en más de un millon de pesos anuales.
Los principales periódicos que se publican en la ciudad, son: El Heraldo, La Tribuna, El Republicano, y La Abeja. Además, hay un periódico Bohemio, otro Escandinavo, otro Aleman y un Semanario de Agricultura, que goza de merecida nombradía.
Por entre las verdes arboledas que atraviesan en todas direcciones la ciudad, se ven blanquear fábricas y edificios: hay multitud de escuelas, dos institutos, diez y nueve iglesias, cuatro bancos, cuarenta factorías y grandes depósitos de carbon y leña, y almacenes en que se agencian fletes.
Para asilo y proteccion de los emigrantes, se encuentra en este punto un inmenso edificio, en que se les procura, por veinticinco centavos al dia, habitacion y comida.
La Compañía del Ferrocarril de la Union, sostiene en este lugar sus valiosísimas fábricas y se jactan los carroceros de ser este el punto del Oeste en que se construyen mejores wagones.
Sin duda la ciudad fué trazada, previendo que un dia ocupara un lugar eminente entre las mejores ciudades del Oeste.
El trazo la divide en ocho cuarteles, capaces entre todos de contener un millon de habitantes.
En esa proporcion son las plazas y los paseos, de los que algunos son muy frecuentados.
Mis compañeros lamentaban que no hubiésemos tenido tiempo de que viese yo el Puente, que se cita como una verdadera maravilla de la ciencia. En la historia del Puente hace ostentacion de su tenacidad y ardimiento el pueblo americano.
Decretada en 1866, se presentaron obstáculos que parecian insuperables, y se suspendió en 1868. En 1870 se hicieron esfuerzos que no dieron resultado satisfactorio; pero en 1871, se autorizó especialmente á la Compañía para continuar, auxiliándole con dos millones y medio de pesos.
El Condado de Douglass, en Nebraska, se suscribió con 250,000 pesos, y con más de 200 el Potawatoma.
Tiene el puente, con las obras adyacentes, una milla de largo, y sus alrededores los forman calzadas y parques que sirven de vistosísimos paseos.
De Omaha tomamos el tren para San Luis Missouri.
—Hénos aquí, me dijo Lorenzo, atrayéndome al cuarto de fumar, en terrenos que serán futuras naciones, porque esta region americana amamanta leones.
Los Estados del Oeste, incluyendo en ellos el Sur, son los proveedores inmensos de la América: de su conjunto surgen destellos de emancipacion; su acrecimiento rápido es el anuncio de que está por nacer una gigantesca nacionalidad en esta parte del Nuevo Mundo.
La tierra, herida por la azada del colono, derrama sus mieses con prodigalidad, sin más proteccion que la del cielo; los grandes depósitos del Oeste llaman á sus mercados á los hombres de todo el globo, y miéntras la Europa, en las aguas del Atlántico, la corteja, el Japon y la China le tienden los brazos sobre la peana de oro que erigió California como un tálamo á la confraternidad universal.
He dicho que no son pueblos sino naciones las que se perciben desde aquí en embrion: el Oregon es más grande que la Inglaterra; Tejas más que la Francia; California más que España.
En estas inmensas zonas que florecen solas bajo un mismo pabellon, se reunen y dan cita los productos todos del globo, y hacen imposible cualquiera exclusion: los artículos favorecidos en un punto dañarian al opuesto, y esto relajaria todo vínculo, convirtiendo en nominal el poder del centro.
Los elementos de vida propios de cada pueblo son tales, que Chicago, propiamente llamada la Reina de los lagos, era apénas en 1830 un punto militar atascado en un pantano.
Hoy cuenta la ciudad 300,000 habitantes.
Se encadenó la ciénega y se le hizo desaparecer bajo cimientos de palacios; en la guarida de la putrefaccion y de la fiebre, tendieron sus doseles de ramas los árboles y brotaron las flores; se dirigió la corriente de las aguas á los labios de la capital sedienta, por acueductos que ponen en olvido las inmortales obras de los romanos.
Apénas se anuncia la industria de la salazon de cerdos, cuando más de un millon se trasforman en un año en sabrosos manjares.
El cultivo del maíz hace que por millones se cuenten sus rendimientos, y que un frances diga que deberia servir de emblema de esa nacionalidad una mazorca, así como Chicago deberia dejar su nombre para llamarse Porcopolis, como se denominaba á Cincinatti.
—Sin embargo, dije yo, Chicago aun no se restablece de su último asolador incendio.
—Creo que padece vd. una equivocacion. Chicago está más floreciente que nunca.
Chicago fué presa del incendio la noche del 9 de Octubre de 1871: 17,500 edificios se sepultaron en el mar de llamas.
En 1872, la nueva ciudad habia resucitado de entre escombros y cenizas, y contaba 41 bancos y 201 iglesias, 35 grandes hoteles, entre ellos Palmer-house, que es de primer órden, calles, plazas, edificios y paseos en mayor número y mejores que ántes del incendio. Chicago, como vd. ha oido, cuenta apénas 47 años de existencia, y su poblacion es de 500,000 almas. Es sin duda el primer mercado del mundo por los granos, el ganado y las viandas saladas. Más al interior, su territorio es como el centro de todos los pueblos bañados por el Atlántico; 17 caminos de fierro conducen á esta gran metrópoli del Illinois; cada línea se esfuerza por conducir á Chicago con mayor baratura y en ménos tiempo que las otras: hoy de New-York á Chicago se hace el camino en ménos de treinta horas y hay 1,600 kilómetros de distancia, es decir, como de México á Chihuahua, poco más ó ménos.
A medida que avanzaba el tren, redoblaba la locomotora sus gritos, prolongándolos más y más, para evitar un choque con los trenes que sin cesar se cruzan.
Los campos cultivados, los ganados, las casas rústicas, los jardines y los carros, anunciaban la proximidad de la gran poblacion de San Luis.
—Es de sentirse, me decia Lorenzo, que no pueda vd. hacer un estudio detenido de esos lugares, en que se verifica la alianza del Mississippí y el Missouri, que traen como en gérmen en sus aguas las mayores riquezas de la tierra.
Inmensas llanuras divididas por fértiles sementeras; las corrientes conduciendo y trasportando pueblos; las trojes henchidas brindando goces al hombre y creces al comercio, y la preponderancia del trabajo presentándose, desde la iniciativa de la colonia con el aventurero con su hacha al hombro, seguido de su familia llena de harapos, hasta el opulento propietario que trasporta el lujo de las grandes ciudades y hace que le rinda homenaje en la tierra, que él, el primero, arrancó á la barbarie, desembarazándola de malezas y ahuyentando con su rifle á los animales feroces.
Al ruido cercano de la locomotora; al traqueteo de fierro de su galopar afanoso; á la vista de las embarcaciones del rio; bajo los hermosos árboles de la quinta opulenta, refieren los ancianos las luchas con los Pieles Rojas, las torturas á que sujetaban al blanco ántes de inmolarlo, y esas escenas de horror y de sangre de los primitivos tiempos del Oeste.
Por lo demás, la historia aun no desplega sus labios de una manera clara y distinta, sobre esos restos de murallas, esos esqueletos de ciudades perdidas en los tiempos, esos resíduos de grandes poblaciones que se encuentran en el Ohio, Illinois, la Indiana, Kentuky, Michigan y la Luisiana.
Tocábamos, en estas pláticas, en la estacion de San Luis.
Aunque allí habia carruajes, un senador que se hizo muy nuestro amigo en el viaje, nos dijo que el Hotel del Sur, que era el mejor, estaba muy cerca y que podriamos ir á pié.
La noche era oscurísima, el alumbrado parecia encomendado á un ayuntamiento de los de por acá, caminábamos en medio de una oscuridad completa, rompiendo la nieve con nuestro calzado.
El senador, nuestro guía, es robusto como atleta y ligero como un venado; tomó del brazo al Sr. Iglesias, y eso fué correr: yo me resbalaba, me hundia, me tropezaba con mi propio aliento, y hubiera sucumbido sin el auxilio de Lorenzo, que casi me llevaba en peso.
Por aquí torcemos, por allá nos descrismamos; de repente nos detenemos porque un amigo se habia dejado un botin en un atascadero y porfiaba por encender un fósforo para buscarlo.
Así corrimos más de una milla, empapándonos, tropezando á cada paso, y oyendo, con la bílis derramada, la charla del senador, que estaba, con nuestras inquietudes, nuestras resbaladas y equilibrios, como una pascua.
Al fin tocamos en el Hotel del Sur, empujamos la puerta y nos deslumbró un salon magnífico, de sesenta varas de extension, con altísimas columnas, pavimento de mármol y una magnificencia superior á todo encarecimiento.
Miéntras Gomez del Palacio arreglaba lo correspondiente á nuestro hospedaje, yo me encargué de examinar el salon espléndido que funge como patio del hotel.
A mi derecha se veian las oficinas de recepcion de los equipajes, el despacho al pié de la amplísima escalera, correo, telégrafo y expendios de periódicos.
A la izquierda, gabinete de periódicos, expendios de tabacos y dilatadas sillerías, cerca de una gran chimenea.
Por todas partes se agolpaba la gente, hablando de negocios, leyendo periódicos, y en perpétuo movimiento, á todos los departamentos del hotel.
Sobre la escalera soberbia de mármol, se arrancaba, sobre pilares colocados circularmente, la cúpula del edificio, alta y grandiosa, ceñida de trecho en trecho por anchos corredores que conducian á suntuosos salones, de los que cada uno era lugar de tertulia en que se tocaba, se cantaba y las hermosas hacian ostentacion de sus gracias. Las paredes eran espejos, el suelo alfombras, y en los aires, la claridad del gas no permitia el recuerdo del sol.
Despues de instalados varios compañeros, fuimos presentados á M. Ca-hill, redactor de un periódico en español, titulado: El Comercio del Valle, quien tiene noticias bastante exactas sobre el tráfico de México, y sostiene con calor y copia de datos, las ventajas de la estrechez de relaciones mercantiles.
Pequeño de cuerpo, de ojos vivos, de fácil palabra, aunque con dejo inglés, M. Ca-hill era un precioso cicerone.
Nos dijo que tocando San Luis en el golfo de México, nuestra República está llamada á estrechar sus vínculos con esta parte de la Union, fundando una ventajosa reciprocidad.
San Luis, decia M. Ca-hill, en rigorosa exactitud geográfica, está situado casi en el centro del gran valle de Mississippí, y participa de las ventajas de suelo tan fértil y de punto de comunicacion tan poderoso.
La ciudad está delineada con toda regularidad, y como vd. sabe, contiene medio millon de habitantes. Por lo general, las calles, partiendo de la orilla del rio, corren al Occidente. Los edificios más notables son de fierro, piedra y ladrillo.
—Es lástima, dijo un compañero de M. Ca-hill que solo permanezcan vdes. aquí unas cuantas horas, en cuyo tiempo no pueden formarse idea de nuestra sociedad.
Esta sociedad, que tuvo nacimiento de la Luisiana, mejor dicho, que en calidad de cesion de ella, se hizo la concesion cuando todavía era Colonia Francesa, en 1762, á Liguest Laclede y á sus socios, conserva algunos tintes de su orígen. En el fondo de sus costumbres, hay algo del pulimento de la raza latina, se tiene en mucho la sociedad culta, las artes merecen atencion y encuentra analogías la raza de vdes., que no encontraria en el Norte.
El acrecimiento de la ciudad en poco más de cien años de fundada, ha sido estupendo. Vea vd. solo en poco más de cincuenta años:
| En 1811 | tenia | 1,400 | habitantes. |
| En 1850 | ” | 74,439 | ” |
| En 1860 | ” | 160,773 | ” |
| En 1870 | ” | 310,864 | ” |
| En 1875 | ” | 490,000 | ” |
Los ramos principales de comercio, son: algodon, plomo de las minas del Missouri, heno, sal, lana, maderas de construccion, tabaco y especias y granos.
En 1874, la importacion del grano ascendió á 30.674,504 fanegas, y la exportacion á 24.417,411.
San Luis es la primera ciudad de la Union en la elaboracion de harina. En 1874 habia 24 molinos en actividad, los cuales producian 1.573,202 barriles.
No obstante desarrollo tan prodigioso en la agricultura, se calculan 40,850 hombres dedicados á las manufacturas, y la riqueza que representan se valúa en 240.000,000 de pesos.
Miéntras disertaban muy sérios los señores formales en la sobremesa de la fonda, otros amigos, en un santiamen, habian contraido relaciones y las calentaban con sabrosos ponches en el restaurant frances, comunicado con el hotel.
Contaba uno lo familiar que es aquí á los americanos el idioma de Racine, y apoyaba su aserto en varias anécdotas.
En una botica, por cierto muy próxima, cuyo propietario es cubano, charlaba un compatriota de la brusquedad de los yankees y de la antipatía de las razas.
Un yankee se presentó pidiendo una bebida: el imprudente cubano seguia su charla, y por vía de paréntesis, dijo al boticario; “Oh! si estos son unos béstias.... póngale vd. á ese unas gotitas de estrignina en ese brebaje, á ver si revienta.” Eso lo decia en broma, por supuesto.
El yankee no se dió por entendido de la conversacion.
Confeccionáronle su bebida, tomóla el yankee, pagó, y al salir, con mucha amabilidad dijo al cubano en correcto español:
—Dígame vd., caballero: ¿cuál es la causa de que desee vd. que yo reviente?
El cubano quedó estático, respondiendo confuso y aturdido:
—Yo he dicho al señor “revente,” es decir, que vuelva á venir conmigo, para que demos un paseo....
El yankee se retiró riendo á carcajadas.
La conversacion continuó animada, hasta que nos retiramos á nuestros cuartos, deseosos de aprovechar el siguiente dia para dar un paseo por San Luis.
Yo dormí mal, porqué me tocó un alojamiento en el quinto cielo, y la preocupacion de los incendios se apodera de tal modo de la imaginacion, que constituye un verdadero tormento: presentir convertido el local que nos abriga en inmensa hoguera; verse rodeado de abismos; escuchar el desplome de los techos; oir los alaridos de las víctimas.... todo eso me espantaba, considerándome como condenado á muerte.
Un francecillo muy simpático, llamado Arture, que me habia conocido en México, estaba en mi cuarto á las auroras de Dios, invitándome á pasear.
Arture es el hombre de sociedad por excelencia; sabe un poco de todo y se amolda á todas las situaciones y á todos los caractéres; tira la pistola, canta, diserta sobre ciencias y artes con buen sentido, conoce á las notabilidades de Europa y América; galante con las damas, audaz con aventureros, marinos y soldados, circunspecto con hombres de respeto, y alegre, servicial y campechano con todo el mundo. Era otro Mr. Gland en tafilete frances.
—Ha venido vd. al mejor hotel, me decia, y esto que en la ciudad los hay magníficos.
Lindell-Hotel, sin ir más léjos, compite con este; tiene seis pisos, es de piedra arenisco, costó 800,000 pesos. Está aquí cerca, en la avenida de Washington.
Plander’s-Hotel, Hotel-Barnim-Lacled, y hasta el Gran-Central, que cuesta un peso diario, son establecimientos que no desdeñarian las mejores capitales de Europa.
—Plan americano por supuesto, observé yo aludiendo á las comidas.
—Hay de todo: ya ha visto vd. anoche una excelente fonda francesa.
—Excelente, Arture: yo sentí no cenar, porque todo me pareció muy bien.
—Por ese estilo es la fonda Sincler y C.ª, de Olive-Street, Garner, Cafferitta, Garmi-Restaurant, Nicholas-Cantine, y otras muchas, la mayor parte al estilo frances.
Miéntras hablaba Arture, yo me vestia á toda prisa y hablaba á Lancaster, que estaba en un cuarto contiguo, para que hiciese lo mismo.
Alfonso, como lo tenia de costumbre, en cuanto llegó, y en el propio hotel, se habia provisto de guías, de mapas y de lo necesario para sus sesudos estudios, dedicándose á ellos en las noches y al levantarse.
—Vamos A***, aprovechemos la bondad de nuestro cicerone: quiere que primero recorramos algunas calles, visitemos algunos edificios, y desea que concurramos en la tarde á un concierto que dan unas señoritas, para el fomento de una Biblioteca.
—¿De qué te ocupabas tú? dije á Alfonso.
—Me ocupaba, me dijo, del estudio de este comercio en sus relaciones con el nuestro. Estos Estados brindan mil facilidades, así como Orleans, por muchos motivos que explaya perfectamente el periódico en español que nos facilitaron anoche.
—Pero en estas relaciones mercantiles, en su modo espontáneo, y con total independencia de los gobiernos, es en donde yo creo ver, dije, el quid de nuestras difíciles cuestiones de los Estados-Unidos, y á ello dirijo yo mi mira: el acrecimiento prodigioso de la Union Americana presenta estos sorprendentes resultados. La creciente preponderancia del Oeste que es entidad autonómica, tan independiente del Norte como del Sur, formando espontáneos vínculos, convierte en privativos sus intereses y debilita la influencia del gobierno central.
Este acrecimiento tendrá por fuerza su representacion en el congreso, y al punto que esa representacion se aumente, la lucha tiene de iniciarse y poner en peligro las conveniencias del Norte.
La adquisicion de tierra, el fomento de las ideas de conquista, la intervencion por la fuerza, en mi juicio no las intentará el Norte; pero no puede ser indiferente á la marcha de México ni á sus tendencias á la libertad mercantil; así, no le queda más recurso que influir en sus negocios, sea por medio de tratados, sea considerando á México como colonia ó brindándole con un protectorado; pero esto mismo ofrece graves dificultades. El ideal de la gente ambiciosa del Norte, es hacer de México la India de los Estados-Unidos.
—Señores.... el tiempo vuela, dijo nuestro cicerone. Veamos aunque sea algunas calles y volvamos por los compañeros. Si pudieran vdes. detenerse siquiera un dia, tendria el gusto de presentarlos al Club Germania ó al de la Universidad, centros en que se reune lo más selecto de la sociedad de San Luis.
Para que vdes. se formen muy somera idea del movimiento de San Luis, iriamos á los depósitos de los ferrocarriles: el de San Luis y Kansas; el del Atlántico, Pacífico, Kansas, Tejas y el Gran Depósito de la Union, en que parece que el mundo entero se da cita para activar el tráfico.
Por lo demás, las ciudades de los Estados-Unidos se parecen como gotas de agua: dilatadas arboledas, anchas plazas, generalidad de edificios hechos como con panes de jabon, techos de caballete, largas chimeneas, coches, carretones, carros y carritos por todas partes.
Vacilábamos sobre el rumbo que tomariamos á la puerta del hotel, cuando burla, burlando, no obstante el pésimo dia, salian nuestros compañeros á ver la Lonja del Comercio, y nos antellevaron, como se dice por nuestra tierra.
Yo me dejé conducir por M. G. A. Hayward, cumplido caballero á quien merecí especiales atenciones, y quien me encantó por la mezcla de sabiduría y buen humor de su conversacion: á mí los sabios adustos.... me cargan, no los puedo tolerar.
Fuimos á la Lonja de Comercio, que es un edificio como una catedral: soberbio pórtico con robustas columnas, amplios corredores con ventanas rasgadas y lujosos departamentos, y en el templo, un salon como una iglesia, de forma elíptica, lo ménos de ochenta varas de extension.
El centro del salon está despejado para el tráfico, y hay gente que va y viene como en una gran plaza.
En una de las cabeceras y en los costados, hay extensas mesas que corresponden á los diferentes bancos; al pié del salon se ven como aparadores con toda clase de semillas y artículos de comercio, como un depósito inmenso de muestras, al cuidado de corredores y agentes mercantiles.
La techumbre es una alta y extensa cúpula con una cornisa saliente en su arranque, que le forma cintura, y la guarnece una amplia balconería, desde donde asiste el público á aquel espectáculo lleno de ruido, de movimiento febril y de cierta alegría, de que no es fácil dar idea.
No es fácil describir, en efecto, aquellas caras rubicundas, con sus dentaduras blancas y su piel restirada; aquellas inmensas botas de suelas de á dos dedos de grueso; aquellos hombres intrusos, de camisetas encarnadas, y aquellos flacos escurridizos que parece que llevan una locomotora en cada corva.
Este gentío, que es inmenso, se agrupa en el centro del salon, corre, alterca, disputa, improvisa remates, transa, y sale y entra, como si se tratase de apagar un incendio.
Adviértase que este tragin se verificaba estando las calles inandables de lodo y de nieve, entrando algunos empapados con la lluvia, con sus pantalones remangados hasta la mitad de las botas, ó hundidos en la parte superior de ellas.
A medio dia el salon se despeja, se establece silencio profundo y se hacen las operaciones de Clearing-House, ó sea casa de liquidaciones, ó como si dijéramos, traduciendo la palabrita en lépero, (aclarar paradas).
Como se sabe, cada banco emite sus billetes que fungen como dinero: de esos papelitos hemos visto en México y sabemos cómo se manejan.
Pues bien, con los tales papelitos, éstos y aquellos han hecho sus compras. A tal hora, cada banquero recoge sus billetes y da en cambio los de los otros bancos, quedando cada quien con lo suyo. Así se hacen cambios y negocios por millones, sin necesidad de que ande el dinero de aquí para allá, y en un abrir y cerrar de ojos. Toma tus billetes, dáme los mios, y tan amigos como siempre....
El crédito, el crédito es una gran cosa; pero no estamos para sermones.
Nosotros habiamos asistido al espectáculo descrito al principio, desde la balconería superior.
Salimos de allí y nos condujeron á la parte superior del edificio, desde donde se distinguia la opulentísima ciudad, las llanuras que la circundan cuajadas de vistosas sementeras, y ese mar subordinado y grandioso que tiene por nombre “El Padre de las Aguas,” y que lleva en su seno ciudades de embarcaciones, que hacen marchar sobre la corriente, sementeras, ganados, bosques y montañas.
M. Hayward me decia, satisfecho de mi sincera admiracion:
—Oh! es un dolor que vd. no vea el puente para que vd. se forme idea de ese puente: le referiré, poco más ó menos, lo que dice de él un ilustre viajero frances (Simonin), á quien tal vez habrá vd. leido.
El largo del rio, dice, en aquel punto es de quinientos metros, el lecho es profundísimo, la corriente cambiante, y movibles los bancos de arena de las orillas.
Fué necesario para establecer el cimiento del puente descender hasta la roca sólida que está situada á treinta metros bajo el nivel medio de las aguas. Cuando se proyectó al principio este trabajo, se juzgó imposible.
Se llegó á la roca por medio de cestos y cajones en que descendian los obreros, proveyéndoseles de aire desde sobre las aguas. Así se quitaron por medio de bombas de vapor las arenas y se evitaron las infiltraciones que pasaban, á pesar de la presion de muchas atmósferas mantenidas en el aparato.
De esta manera se empezaron á construir los cimientos, venciendo, con esfuerzo hercúleo, obstáculos inmensos.
Despues se elevaron los pilares, ó mejor dicho, las torres en que descansa el puente. Estos pilares, en número de cuatro, son de granito y parecen construidos para la eternidad: dos á los extremos y dos en el centro del rio.
Los arcos que se apoyan sobre estas torres están formados de enormes tubos de acero, abiertos en el interior, y empalmados de dos en dos. Los dos arcos exteriores tienen de luz 150 metros, el del medio 158, tanto y medio de la distancia del Sena á Paris.
La altura del arco principal, sobre el nivel de las aguas, y midiendo desde la clave, es de cerca de cuarenta varas, de tal manera, que los más grandes buques de vapor pueden pasar por debajo, inclinando sus chimeneas, lo que ejecutan fácilmente por medio de una palanca.
Así correspondió esta obra grandiosa á la obligacion que se impuso á los ingenieros de que no estorbasen la navegacion del rio.
El puente tiene dos corredores ó tránsitos, uno superior para la gente, los caballos y los coches, y uno inferior para el tránsito de los trenes de los ferrocarriles. Estos entran en la ciudad por un túnel abierto donde termina el puente. Catorce líneas férreas tocan en el puente monumental. El corredor ó tránsito superior tiene bastante espacio para que se haya formado en él un paseo público.
En el pilar central del puente se fabricó una plataforma, en que se reune por las noches la música militar.
Desde aquel sitio se disfruta la vista de un panorama magnífico: el rio cuajado de embarcaciones, las fértiles llanuras del Illinois á corta distancia, y en el fondo, hasta el horizonte, se percibe, se ve, un bordado de alegres sementeras, cortado de Norte á Sur por una ancha faja de plata, con ligeras sinuosidades, que parece una mansa corriente, y que conduce á la mar, como dice Simonin, una de las más grandes masas líquidas que corren sobre el globo.
Descendimos de la Lonja y nos dirigimos á la oficina de apagar incendios. Allí nos recibió un caballero chaparro, de una fisonomía alegre como una sonaja, de dentadura blanquísima y de unas mejillas escarlatas que reventaban de gordura.
Reia de todo, nos apretaba las manos hasta hacernos desesperar, iba, venia, y se manifestaba, no con intimidad, sino casi con parentesco, con sus caballos.
La oficina tiene el mismo ó mayor esplendor que en San Francisco, con la diferencia de que cada caballo es un prodigio de hermosura, y que haria una buena compra quien consiguiese cada uno en mil quinientos pesos.
El cicerone escarlata de que acabo de hacer mencion, afable, obsequioso, semibrusco, pero atento y franco, es un personaje popularísimo en la ciudad entera, por su nobleza y generosidad.
No solo enseñó á mis compañeros todas las oficinas, sino que ofreció hacer, como lo hizo en la tarde, un simulacro de apagar un incendio en nuestro propio hotel, para que viésemos funcionar las máquinas.
El escarlata y yo fuimos los hombres más amigos del mundo, y apuramos sendos vasos de cerveza en el breve espacio de nuestro conocimiento.
Miéntras descansaba el Sr. Iglesias y recibia personas de las más notables de la ciudad que le presentaba el senador y el distinguido periodista que ya conocemos, yo, sacudiendo la albarda de la etiqueta, me lancé á recorrer la animadísima ciudad.
Como era mi costumbre, entré en dos ó tres tabaquerias, cierto como estaba de encontrar en alguna de ellas gente de la tierra de María Santísima.
En una de ellas, que tenia por muestra la estatua grotesca de un marino patilludo, de piernas abiertas, puro en boca; volteado cuello y sombrerillo con sendos listones, percibí un conjunto que me atrajo, porque trascendia á tierra de cristianos, como manojito de flores.
Un viejecillo de sombrero alto á la Pipelet, chupiturco de lienzo rayado y con más arrugas el pantalon tirando á blanco, que carrillos de vieja histérica, estaba repantigado en una butaca, con un párvulo panzudo en camison entre las rodillas; un gato y un perro dormitaban á distancia, desmintiendo aquello de “Como perros y gatos.”
Las paredes del estanquillo están tapizadas de anuncios: en el aparador del mostrador hay sus chácharas: bolsitas para tabaco, pipas, fósforos, tijeras para cortar las cabezas de los puros, mecheros, bolsas de budruz y atadillos de papel, para improvisaciones de cigarros.
La dama que despachaba en el interior del mostrador es nariguda, rígida, biliosa, con el peineton ladeado, un tápalo como colcha cruzado al pecho, y un purillo entre los labios, que la enseria y masculiniza lo que no es decible.
Entré al estanquillo de La Perla de las Antillas pidiendo cigarros de Cabañas, y soltando cien palabras más, para dar á conocer que era de casa, y al punto, de debajo del mostrador y tras de las vidrieras, asomaron caritas de ángeles de ojazos negros, boquitas de flor de granado y aquella endenidá de la raza española que me agarabata materialmente.
—¡Hola! hola! dijo la señora saliendo del mostrador y fijándose en mí.... Isabela!.... Paquita!.... Tula! (gritando) vengan vdes. acá. ¿Cuál es su gracia de vd.?
—Guillermo Prieto, servidor de vd.
—Oh! si no lo podrá decir.... ¿lo ven? el mismo empaque, la propia manera de reir.
—Veanle vdes..... (á sus hijas).
—Vamos, despáchate.... dale un abrazo.
—Denos vd. un abrazo.
Yo tenia cara de simple; pero tratándose de bonitas, en abrazar no hay engaño.... abracé á las muchachas, á la vieja, al viejo.... y me disponia á seguir con todo el mundo.
—No, vd. por fuerza es pariente muy cercano de D. Felipe de la Cueva: si tiene vd. toda su cara.... veanle vdes. ahora que se ríe.... y aquello fué agasajarme y llevarme al interior de la habitacion, en medio del regocijo mayor.... excepto Tulita, á quien se anublaban los ojos y soltaba cada suspiro que me erizaba el cabello.
Don Felipe de la Cueva, que debe ser buen chico y á quien en su casa conocen, habia hecho mil favores á aquella excelente familia y era el prometido de Tulita. Yo me encontré con los honores de la fotografía, y no me pesaba.... procuraba adivinar hasta dónde llegaban las confianzas del venturoso D. Felipe con Tulita, para perfeccionar mi asimilacion....
—Tula.... ¿ven vdes.? decia, y su propio buen humor; ahí se sentaba, yo aquí....
—Debe haber sido más cerca de mi silla.
En cinco minutos fuí dueño de la casa.
Regalé al viejo D. Pablito un lapicero, á las muchachas unos anillos y mis mancuernas á Tulita, que me hacia probar los placeres de la semejanza.... Yo, que en mi país me parezco á todos los decidores, á todos los padres de hijos de contrabando y á todos los políticos derrotados, gozaba de deliciosas sorpresas....
En la casa almorcé y pasé parte de la tarde oyendo tocar la guitarra.
De todo me hablaban, todo me consultaban; yo encarecí á Doña Salomé las inmensas ventajas de que se estableciese en México: allí, le decia, nos desayunamos con cajetas de la Habana; por poco que una gente se respete, fuma puro habano; el cigarro habano es de toda gente bien educada, y desde el salon al templo, una danza habanera disipa los pesares y refresca y anima los más adoloridos corazones....
Don Pablito me habló de negocios; echó pestes contra los yankees, y cuando vino su hijo Leopoldo del colegio, porfió porque me enseñase la traduccion que estaba haciendo del inglés, porque es un muchacho como el demonio y con un talentazo más lindo que Jesus del Monte.
Leopoldo ya tenia sus toques de yankee; su saco holgado, su sombrero de fieltro y su zapato bajo con hebilla de acero.
Las muchachas estaban acurrucadas, por mi dicha, al rededor del retrato de D. Felipe....
—Vea vd. mi traduccion, me dijo, es un simple Book notes sobre Missouri.
—Lee tú, Leopoldo, para que el señor se haga el cargo de tu sindéresis.
Y leyó Leopoldo:
“El Missouri, desde los tiempos que pueden distinguirse á la luz de la historia, era del dominio de los hombres de Piel Roja, que vivian en aduares y formaban bandas ó tribus errantes sobre el territorio que hoy forma el Estado de aquel nombre. Vivian los pieles rojas de la caza y la pesca. Tenian perros, pero no otros animales domésticos; hablaban diferentes idiomas incultos, y á veces se hacian cruda guerra los unos á los otros.
Tal era la condicion de aquellos hombres, cuando el 7 de Julio de 1683, una pequeña banda de europeos y canadienses, procedentes de Quebec y conducida por el fraile Marquete y el comerciante Zohet, llegó con todos á las orillas del Mississippí.
Está comprobado que los pieles rojas no hostilizaron á los extranjeros y que los dejaron internarse rio abajo hasta la reunion con el Arkansas, y volver de allí á remontar el rio para ocupar su punto de partida á publicar ante el mundo la admirable descripcion del rio más grande é imponente conocido hasta entónces, ya por el caudal de sus aguas, la extension de su curso, su magnificencia, la majestad de sus tributarios y la riqueza de sus márgenes.
En 1688, Lasalle navegó por el Mississippí hasta la desembocadura, sin hallar obstáculo alguno ni resistencia de parte de los indios, y desde entónces hasta hoy, los aborígenas del Missouri han mostrado gran confianza en toda clase de extranjeros.
Por la causa enunciada, esta region ha sido siempre de paz, donde no se han sentado jamás las discordias y las guerras, que en otras comarcas de los Estados-Unidos han sembrado por todas partes la ruina y la desolacion.
El Missouri ha sido siempre una tierra de asilo. En 1755 fundaron á Santa Genoveva los franceses, atraidos allí por las minas de plomo encontradas en sus inmediaciones. Este fué el primer establecimiento fundado por europeos en el Estado. No hay memoria de que los fundadores compraran tierra alguna á los habitantes primitivos, ni que éstos los viesen como enemigos; aunque es cosa sabida que los indios del Illinois eran reconocidos como los dueños de aquellas tierras por los pieles rojas. Pero en aquellos dias, ni se conocia el nombre de indios, ni se les habian dado leyes algunas para protegerlos, de manera que se les invadian sus tierras impunemente y se les despojaba de ellas para todos los que las codiciaban.
La paz de Paris fijó, en 1763, el Mississippí como límite de las posesiones de Francia é Inglaterra. Esto cambió el tráfico y relaciones de los indios con los franceses, continuando aquellos su comercio en las poblaciones de Cahokia y Kaskaskia, hasta que Pedro Laclede trasladó sus almacenes del fuerte Chartres hasta el sitio donde hoy está la ciudad de San Luis.
El 15 de Febrero de 1764, un lugar-teniente, el coronel Chouteau, comenzó á trabajar en el lago, cerca del rio, al Sur de donde hoy está la casa del cambio, y ha sido el único mercado en forma que tuvo la ciudad durante sesenta años.
Laclede construyó edificios pasajeros para abrigar á sus trabajadores y herramientas, con las abundantes maderas que habia en las márgenes del rio y de que estaba cubierta aquella orilla, bastando para esas construcciones y para el fuego de los vivaques de los nuevos pobladores, durante la rigurosa estacion del invierno. En Marzo volvió allí Pedro Laclede, llevando consigo el plan del nuevo pueblo, que debió llamarse San Luis, en honor de Luis XV, rey de Francia.
Lisquet manifestó en la fundacion de la ciudad un gran respeto por la religion y las cosas sagradas. Al lado de la calle del Mercado destinó un lote de más de cien yardas por lado cuadrado, para una iglesia católica y un cementerio que sirviera para su objeto, durante el cual fueron sepultados allí cuantos acompañaron á Pedro Laclede Lisquet.
Todos estos restos se conservan en la Catedral y en la Casa del Obispo, que ocupa la mayor parte de la calle del Nogal.
Lisquet era un hombre activo y perspicaz; se dedicó á varias empresas, instalado en la que hoy es calle de Main, frente al mercado. Donde hoy se encuentra el Hotel Barnim y otros magníficos, estaba la casa habitacion de Lisquet y sus almacenes.”
Miéntras el jóven estudiante nos leia entusiasmado su traduccion, las chicas, primero tímidas, despues ménos consideradas, cuchicheaban y me llamaban la atencion, haciéndome la jóven llorosa, confidente de las penas por la ausencia de mi parecido, á quien en otra edad hubiera querido semejarme en todo y por todo.
La bulla era tal, que al lector apénas se escuchaba, quedándole por todo auditorio su amante padre.
Mis amigos fueron á buscarme: unos estaban citados para ver fungir las bombas en el simulacro de un incendio figurado en el hotel Southern, y otros debiamos ir al concierto musical cuyos productos deberian ser para una biblioteca particular.
Despedíme de la tabaquería, no sin dar las gracias por la generosa acogida á que habia dado lugar mi semejanza con D. Felipe de la Cueva.
Mis compañeros se dispusieron á ver el gran simulacro del incendio, yo me dirigí al concierto.
Allí ví, como entre nosotros, y no sé con cuántas exageraciones más, aquellos socios ceremoniosos y encendidos por el afan de figurar, que apartan curiosos, conceden gracias, suben de brinquito las escaleras y llevan triunfales de su brazo á las notabilidades artísticas.
No faltaban sus donas acatarradas, siempre envidiosas y poniendo peros á sus compañeras, que lo hacen divinamente; no escaseaban esos figurines que ven con el lente, tararean distraidos, y desde la altura de una cromática, apénas nos distinguen á los míseros mortales.
Como tengo indicado, á mí me llevó al concierto una persona amabilísima que tenia un amigo, mi acompañante, conocedor de todos los artistas, confidente de todas las poridades de los teatros, dilletanti encarnizado, que sabe todos los motivos, impone silencio en las reuniones, lleva pastillas de pino marítimo para obsequiar á los virtuosi, y para quien los asuntos de bastidores son como el primero de todos los deberes y la más séria de todas las ocupaciones.
Algunas frases de buena educacion le hicieron creer, yo no sé con qué motivo, que yo era (¡bárbaro!) un amateur de primera fuerza.
Aquel era un concierto de mucha importancia.
El elegante teatrito, los pianos, todo me trasportó al Conservatorio Mexicano.
La tarde era lluviosa: el salon estaba amorosamente calentado por bien repartidos tubos.... la música era clásica hasta en sus últimas notas; imperaban Mozart, Hayden, Bethoven; todo era recogimiento y atencion.
Yo comencé á sentir pesada la cabeza, tiesos los párpados, á sufrir un muelleo desconocido en mis quijadas; cuando quise evitarlo, habia topado con mi frente á una respetable señora que estaba delante de mí; quise reponerme, con esa afectada gravedad de los dormilones, pero á poco me sentí sacudido con cierta brusquedad por un caballero de cuyo hombro habia hecho mi reclinatorio.
Entre tanto, los sacerdotes de la armonía estaban en el éxtasis.... mi compañero vino á decirme al oido que roncaba yo de un modo estúpido, de llamar la atencion, de hacer el descrédito de México.... mi amigo queria devorarme, y me sacó de aquel lugar, sonrojado y queriéndome pedir una satisfaccion.
Cuando volvimos al hotel, nuestros compañeros nos describieron el simulacro del incendio, altamente complacidos de la precision y celeridad de las maniobras, de la inteligencia de los caballos y de la bondad y riqueza de máquinas, escalas y útiles de todas clases para la extincion de los incendios.
Gomez del Palacio, á quien muchas bondades merecí, siempre habia recogido para mí algunos datos sobre el comercio de Missouri, que yo me entretuve en ordenar, miéntras llegaba la hora de la marcha, no obstante el tragin y el aire de fiesta que reinaba en el hotel.
¿Quién me habia de decir que á los diez dias habia de quedar convertido aquel alcázar del descanso y del lujo, en un monton de cenizas, despues de los horrores del incendio?...................
Pero no anticipemos los sucesos........
Las apuntaciones anteriores las hice en verdadera tortura, porque han de estar vdes. que un amigo de San Luis me proporcionó un chiquitin, como un monito, para que me acompañase. Este diminuto cicerone á quien llamaban Petit-Courrier era un rehilete, y para mí, un verdadero tabardillo: no me dejaba quieto un instante, á cada movimiento me decia: “¿se ofrece algo?” Veia yo para una tabaquería, él me decia al momento: “¿qué usa vd.? ¿trabucos?”—Hombre, si soy un pollo.—¿Damas?—No me ve vd. viejo?—¿Coraceros?—Esos los usan conmigo cuando me ponen preso. Volteaba como examinando una cantina:—Tomamos lague? ¿coptail? ¿unos amargos? ¿menta? Y aquel demonio no me dejaba un instante, haciendo diez mil caravanas en un ladrillo.
—Hermosa mujer! clamaba yo.... ¿Eh? je!.... repetia el chiquitin.... ese es el lado flaco de todos.... iremos á una visita.... se habla español.... buen Champaña; hay una andaluza que canta el torito de la castainuela....—¡Hombre, si estamos con el pié en el estribo! yo quisiera.... un libro cualquiera......
—¡Oh, la bella literatura! para eso, la francesa, centro del mundo.... ¿Vd. conoce algo de Feuillet? ¿de Droz?.... Oh, quell filosofie!.... Y con semejante chicharra pegada á la oreja, he escrito esos números, que parece que cada uno de ellos me picaba los dedos con un alfiler.
Las diez de la noche fué la hora designada para nuestra marcha á Orleans.
Soplaba un viento cortante y destemplado; á la estacion marchábamos hundiéndonos en el lodo y rompiendo fragmentos de hielo: un policía, alto como torre, fornido como un Sanson, y del que cada bota podria servir de funda á un pilar de Catedral, arrojaba al vuelo tercios y baúles al carro de los equipajes; nosotros nos acomodamos lo mejor que pudimos en el wagon, y partió el tren.
En los momentos en que partiamos para Orleans, estaba la cuestion política en su mayor efervescencia; demócratas y republicanos se tiraban con las gamarras á la cara, y no fijaba uno los ojos por parte alguna, por donde no viera saltar un politicastro vivaz y escurridizo como una rata.
Los programas que circulaban, corrian parejas con sus avisos para curar toda clase de enfermedades, con la sola diferencia que la competencia era en cinismo en cuanto á abalanzarse rabiosos á los destinos públicos.
No puede ser de otra manera: los partidos beligerantes son como empresas mercantiles, con sus ramificaciones perfectas hasta las últimas aldeas; ahí está la intriga, la corrupcion; ahí se apuran hasta los últimos términos la influencia y el soborno; pero esto afecta poco el modo de ser social, que sigue el rumbo de los grandes intereses de aquella sociedad.
Hablando de tarifas de aduanas, decia la plat form (programa) de los demócratas:
“La tarifa actual empobrece multitud de industrias para subvencionar un pequeño número, prohibe la importacion que podria comprar el trabajo americano, ha degradado al comercio americano, ha detenido la venta de los productos del trabajo entorpeciendo los cambios; una industria que ocupa la mitad de la poblacion y cuesta al pueblo cinco veces más de lo que produce el Tesoro, impide los progresos de la produccion y es nociva al trabajo. Queremos que la aduana se reduzca á su purísimo carácter fiscal. Tal como está la tarifa, solo sirve para alentar el contrabando, enriquecer empleados pícaros y precipitar en la bancarota á los negociantes honrados.”
No obstante las recriminaciones que se hacian al partido republicano, éste decia en su favor:
“Durante el último año fiscal que terminó en 30 de Julio de 1876, el excedente de los ingresos fué 29.249,000 pesos, que fueron aplicados á la reduccion de la deuda. En los diez últimos años, el reembolso ha sido 579.423,284 pesos de nuestra deuda. En 30 de Junio de 1866, la deuda nacional era de 2,640.348,000 pesos. En 1866, el ingreso producido por las contribuciones interiores era de 309.226,813 pesos. En 1876, se redujo en 200.000,000 para aliviar al pueblo.”
Veamos ahora la situacion del Sur pintada por un republicano:
“Cinco, diez ó veinte negros han sido muertos, y á veces tambien algun blanco segun se nos dice diariamente; pero cada anuncio de un hecho de este género, es seguido de la mentira de estampilla de que los negros han comenzado el ataque ó los blancos se han limitado á defenderse. Los negros, pobres ignorantes, casi desarmados ó sabiendo apénas servirse de sus armas, son representados como precipitándose sobre sus adversarios, bien armados, ejercitados é intrépidos, haciéndose matar con el único objeto de preparar un pequeño suplemento de capital político á sus amigos del Norte.
Los asesinatos cometidos de diez negros en Hamburgo, con las particularidades de una atrocidad extraordinaria, no son sino el prólogo de la campaña en favor de Tilden en aquel Estado.
Ese es el principio de la obra de intimidacion. Bajo un pretexto fútil y escandaloso, como trescientos hombres blancos invaden aquella pequeña aldea habitada por gente de color, y ejecutan allí sus asesinatos, lanzan á los bosques á las mujeres y á los niños, y saquean sus infelices habitaciones.”
—No se apure vd., decia yo al entusiasta mexicano que me hablaba de estos pormenores: si le cogemos la embocadura al sufragio, como estos caribes, armaremos cada zambra de perecernos de risa.... No se puede decir que estemos del todo atrasados...................................
—No, no es para dar idea, á galope, de la situacion de los partidos en los Estados-Unidos, y mucho ménos despues de la guerra. Cuando vd. profundice sus estudios, verá que en la vida privada, el americano es inteligente, racional y modesto; pero en cuanto se trata de la cosa pública, nada conoce vd. de más fátuo, de más pretensioso é intolerante.
Se elogia su sentido práctico, porque todo lo quiere reducir á la mecánica y al número; el derecho, la economía política, la diplomacia, todo se subordina á la conveniencia del momento, aunque esto les produzca terribles desengaños.
En la guerra pasada se ha perdido un millon de hombres, se han gastado catorce mil millones de pesos; pero la emision del papel aumentaba el negocio, y se decia que casi era un bien la guerra.
Pero las quiebras se sucedieron, huyeron los capitales espantados, y en el fondo de la reorganizacion, quedan vivos los gérmenes de lucha entre el Este y el Sur.
No puede ser de otra manera: la masa del pueblo trabaja y se entrega á sus negocios; cosa de trescientos mil politiqueros tienen á su cargo, ó mejor dicho, profesan como industria la cosa pública: éstos están divididos en republicanos y demócratas, partidos irreconciliables, porque no caben en una propia especulacion: la lid se entabla; el partido vencido sigue explotando en corta escala á sus adeptos; el vencedor se apodera de los destinos públicos, y anda la anderga.
Vea vd. cómo pinta Molinari á los partidarios de Tilden, con motivo de la convencion de San Luis. Se habla del partido demócrata:
“Allí se encuentra, dice, el viejo propietario de esclavos, con el corazon henchido de amargos recuerdos, convencido de que la emancipacion era el robo, y de quien la única esperanza es la indemnizacion que puede arrancarse al gobierno.
“Allí se encuentra el viejo agitador separatista que precipitó á los Estados á la rebelion y redactó las actas de sesecion. Allí están los oficiales y soldados que hicieron flotar la bandera confederada sobre campos de batalla teñidos de sangre de sus compatriotas, y que se vanagloriaban de sus expediciones como títulos legítimos para los honores y los empleos. Allí están los nombres del congreso rebelde de Richmond, que debatieron á puerta cerrada la cuestion de la bandera negra....”
—No, decia mi amigo, la cuestion en muchos puntos está intacta ahora como ántes; es preciso armonizar por medio de la libertad intereses que aun están encontrados. Hoy puede decirse á Hayes como se decia á Grant:
“Los productos que alimentan las manufacturas del Norte y sostienen las relaciones con el extranjero, se recolectan en el Sur; el Oeste cuenta con los mercados de la Luisiana, de la Florida y de la Carolina, para la salida de sus cereales, en cambio de lo que recibe azúcar y tejidos. De esos intereses comerciales depende todavía la conservacion y tranquilidad de la Union.”
Durante la travesía en que me ocupo, se hablaba de la série de batallas conocida en la última guerra con el nombre de la “Campaña del Mississippí,” y se repetian nombres que, aunque nos eran familiares, oiamos figurar con cierto carácter de novedad.
Lincoln, Farragust, Rosecrans, venian á nuestro encuentro como viejos conocidos.
Yo aproveché aquella ocasion para hacer algunas apuntaciones acerca de esos personajes, que tambien cobraron nuestro conocimiento en los dias de la intervencion francesa.
Hé aquí algunas de mis apuntaciones:
“Lincoln nació en 12 de Febrero de 1809, de unos padres tan oscuros, que Tomás Lincoln, que le dió el sér, apénas sabia firmar.
A los siete años, y ya frecuentando la escuela Abraham, el padre abandonó el Kentuky y se trasladó al condado de Spencer, en Indiana, donde se dedicó al cultivo de la tierra, de suerte que hasta los veintidos ó veintitres años, no dejó la azada de la mano.
Hasta 1830, Lincoln no era otra cosa que un buen peon de campo.
Honradísimo, robusto, constante en el trabajo Abraham Lincoln, la única aventura que interrumpió la tranquilidad de su vida, fué un encuentro con siete negros que quisieron asaltarlo en compañía de un amigo suyo, yendo á Orleans, y en que el intrépido labriego del Kentuky salió victorioso.
En 1830, emigró de nuevo Abraham con su padre al Illinois, dirigiendo él mismo las carretas que conducian á su familia.
En la nueva residencia, se distinguió Lincoln como leñador, manejando el hacha con más destreza que la hoz y el azadon.
En 1831, un tal Denton Offat, que traficaba con Nueva-Orleans, le propuso una expedicion, unido á dos de sus amigos; para ello fué preciso construir una barca: dedicáronse al trabajo Lincoln y sus amigos con la remuneracion de doce pesos diarios, y se efectuó la expedicion.
Al volver Lincoln de su viaje, se encontró con que su padre se habia mudado al condado de Coles, á la orilla del rio Sangamon.
En aquel lugar quiso continuar Abraham su educacion: comenzó por procurarse una gramática inglesa, y no habiéndola, hizo un viaje de ocho millas para ir á copiar el libro requerido, que aprendió en un mes, con sorprendente tenacidad.
El presidente Jackson nombró por este tiempo á Lincoln administrador de correos de la Nueva Salem. Sin duda el nombramiento de Lincoln se debió á lo muy despoblado de aquellos lugares. Lincoln, sin embargo del cortísimo sueldo de administrador, recorria aquellos lugares, dando pábulo á la inclinacion que tenia á los debates políticos.
Ascendió Lincoln á escribiente de los almacenes de Offat, y de ahí nacieron sus relaciones con Douglas.
En 1834, fué elegido representante de la legislatura, y en 1836, fué reelecto.
En 1834, le aconsejó Juan D. Stuart que estudiase leyes; le facilitó libros, otros amigos influyentes le favorecieron y se hizo al fin abogado.
Acreditado su bufete más de lo que él mismo esperaba, se trasladó á Sprierfield, se unió primero á Stuart y despues al juez Longan.
En la campaña de 1844, Lincoln fué de los más celosos é infatigables partidarios de los whigs, se opuso enérgicamente á la anexion de Tejas y compartió la derrota del famoso orador Enrique Clay, derrota que debia precipitar la guerra con México.
En 1846, se le eligió para tomar asiento en el congreso general, siendo el único whig que ganó la votacion.
Cuando se verificó la eleccion presidencial en 1848, Lincoln apoyó la candidatura de Taylor, pronunciando en su favor elocuentísimos discursos.
En 1849, se retiró Lincoln del congreso para dedicarse á su profesion, y reapareció en 1852 en la escena política, propalando la presidencia de Scott.
En la convencion nacional republicana de 1856, Lincoln obtuvo ciento dos votos para el cargo de vice-presidente, si bien no alcanzó entónces la victoria, y en 1858 se le proclamó como el primer campeon del partido.
En 1860, la convencion republicana formada en Chicago dió todos sus votos á Lincoln para la presidencia, y en 1861, el 13 de Febrero, fué proclamado presidente de los Estados-Unidos.
Estéban Douglas fué de los más ardientes partidarios de Lincoln. En uno de sus más notables discursos decia:
“Hace veinticinco años que conozco á Lincoln, nos tratamos los dos, siendo muy pobres ambos; yo era maestro de escuela, él tenia una tiendecita cualquiera en Nueva Salem; era él más afortunado que yo, y tuve lugar de admirar su perseverancia, su honradez sin tacha, su inteligencia y sus buenos sentimientos.”
Morris, al mismo tiempo, emitia conceptos respecto de Lincoln, en que se le representaba como una medianía en el foro y en la tribuna. Decia Morris tambien:
“Cuando se comunicó á Lincoln que la convencion republicana de Chicago le habia elegido presidente de la Union, estaba jugando un partido de pelota con los muchachos, y no dejó el juego. Elegidle, anunciad despues que ha desembarcado algun enemigo en nuestras costas ó que algunos Estados se niegan á reconocer al gobierno general, y es muy probable que vaya á terminar alguna partida empezada, ántes de averiguar si el hecho es cierto.”
Estos eran los juicios sobre Lincoln en los momentos de su eleccion; el triunfo de Lincoln determinó la separacion de la Carolina, siguiendo su ejemplo Virginia, Georgia, Carolina del Norte, Luisiana, Alabama, Florida, Tennessee, Kentucky, Missouri, Tejas, Mississippí y Arkansas. Al advenimiento de Lincoln al poder, tronaba la guerra civil y estaba destrozada la Union.
Durante cuatro años, se sucedieron los combates: las masas de hombres que se chocaron ensangrentando el suelo americano, oscurecen todo lo conocido en los tiempos antiguos y modernos.
El tercer año de la guerra fué inaugurado por Lincoln con la proclama de emancipacion, fecha 1.º de Enero de 1863. En 1864, el Norte contaba con más de un millon de hombres á su servicio.
La Guerra, que hasta entónces le habia sido adversa, comenzó á sonreirle, y conquistando palmo á palmo un terreno que se podia calcular en extension como la mitad de la Europa, penetró al interior del Sur, y encerró, por decirlo así, en la fortificacion de Richmond, al general Lee, que ántes habia sido el terror de Pensylvania, miéntras los formidables monitores en el mar, se apoderaban, despues de sangrientas luchas, de todos los fuertes sublevados.
El Norte entero, como un solo hombre, secundaba las miras de Lincoln; abrió la mano con liberalidad inaudita para toda clase de recursos, contándose por millones diarios. Se escucharon rumores de paz, pero las primeras proposiciones fueron inadmisibles.
Lincoln se habia trasladado á Haptom para facilitar las negociaciones, y al fin, el 9 de Abril, las fuerzas del general Lee se rindieron al general Grant en Appomata Court House, despues de una honrosa capitulacion.
La guerra habia durado cuatro años, dia por dia.
Con el fin de celebrar tan fausto suceso, los habitantes de la capital se reunieron al frente de la Casa Blanca, y Lincoln les dirigió una arenga llena de moderacion y compostura, evitando toda alusion que pudiese herir susceptibilidades.
Tres dias despues, aunque era el aniversario del bombardeo del fuerte Sumter, se evitó todo recuerdo; pero en la noche asistió Lincoln al teatro con su familia.
Poco despues, dice uno de sus biógrafos, de terminado el tercer acto del drama que se representaba, y á eso de las nueve de la noche, la detonacion de una pistola hacia estremecer al público, y el presidente Lincoln, que se hallaba apoyado en el antepecho del palco, caia herido mortalmente por la bala que le disparó el asesino John Wilkes Booth, jefe de una partida de conspiradores.
El presidente recibió la herida en la parte inferior de la cabeza, yendo la bala á sepultarse en el cerebro, y quedando el herido insensible hasta su muerte, que fué á las siete y veinte minutos del 18 de Abril.”
Al amanecer del siguiente dia, esto es, del 12 de Marzo, con un cielo espléndido como si se hubiera corrido una cortina, como si se presentase á nuestros ojos deslumbrados el cambio de una decoracion teatral, gozábamos las delicias de un clima templado, y como que nos sorprendia la vegetacion de nuestro país.
Corria el tren entre quiebras y cañadas á los dos lados del camino; dilatadísimos bosques ofrecian á los ojos sus sombras, sus hilos de agua pura cayendo de las rocas, y sus claros en que ya distinguiamos habitaciones risueñas rodeadas de ganados, ya chozas medio destruidas con los rastros del incendio, la tablazon floja y como flotante, y cenizas y desolacion por todas partes.
A veces de entre esas chozas arruinadas salian, colocadas en fila para ver pasar el tren, familias de negros; los niños casi desnudos; las mujeres como arpías, con el seno desnudo y los lanudos montones de cabellos en desórden, y negros con sorbetes desgobernados y rotos, restos de harapos de paño y unas botas incomprensibles, indescribibles, que eran el cataclismo del calzado sobre el pié desnudo.
No es posible describir el efecto que me producian aquellos lugares, algunos de ellos semejantes á nuestras Huastecas. ¡Cómo revivian en mi mente mis impresiones de niño, cuando leyendo á Chateaubriand, me encantaba con aquellos cuadros en donde parece que vibra su voz y se desliza su poderoso espíritu!
Atravesando esos pintorescos rios nos detuvimos algunas horas en Mobila.
Mobila, como dice Molinari, es el gran puerto de embarque del algodon del Alabama y de una parte de la Georgia. En ninguna parte se han hecho más sensibles los estragos que agobiaron á aquella rica y fecunda region del Sur.
Las más hermosas habitaciones se destruyeron ó vendieron á vil precio.
Mobila exportaba ántes de la guerra 900,000 balas de algodon por año: la exportacion, hoy, ha disminuido en más de una mitad.
Al ver las calles de Mobila, involuntariamente se exclama:
“¿Por qué se ha convertido en desierto la ciudad llena de gente?”
Mis compañeros se quedaron descansando en uno de los hoteles; yo me salí á la ventura á recorrer aquella ciudad, que hace esfuerzos titánicos por reconquistar su antiguo esplendor.
En un bar-room, de la manera más inesperada, me hallé un mexicano jóven, aventajadísimo estudiante de medicina, que, como por adivinacion, se dirigió á mí, me tendió la mano del modo más oportuno, y á las cuatro palabras éramos amigos.
El jóven Z*** es natural del Saltillo; su vestir es elegante y su educacion me pareció sobresaliente.
Hacia alarde del habla, de las maneras y de las costumbres de la gente bien educada de la frontera. Apénas hablamos, cuando le invité á que diéramos una vuelta, porque solo cinco horas teniamos disponibles.
Tomó á pechos el chico su mision, y echamos á andar.
A nuestro regreso al hotel, me ayudó á compaginar las siguientes apuntaciones.
Mobila está situado en la parte occidental del rio de su nombre, casi á la entrada de la bahía y á treinta millas del Golfo de México.
La ciudad está como guarecida entre frondosos árboles, como si temiera el arenal que la rodea, y la limitan colinas de poca elevacion.
Tiene grande regularidad la ciudad, por supuesto forjada con el molde americano; el piso es excelente y llaman sobre todo la atencion en el centro las sombrías arboledas y el profuso follaje de los robles, entre cuyas ramas medio aparecen, medio se ocultan los edificios, dando aspecto muy agradable al conjunto.
Dominan la reducida, pero risueña bahía, el fuerte Morgan, antiguamente Bowyer, Mobila, Point y el fuerte Gaine: en la extremidad de la isla del Delfin, descuella sobre todas esas eminencias un faro cuya linterna está elevada á cincuenta y cinco piés sobre el nivel del mar.
En la direccion de la bahía se distinguen restos de las baterías construidas durante la guerra, que destruyeron los vencedores.
Gran número de buques de vela navegan entre Mobila y Nueva-Orleans, y cruzan en el interior el Alabama, el Tombigbe y otros rios, lo que da á la bahía y á las orillas de los rios grande animacion.
Mobila fué el sitio original de la colonizacion francesa, y los que conocen las costumbres de sus habitantes, hacen grandes elogios de su cultura, costumbres y maneras simpáticas con nuestra raza. La fundacion, en el comun sentir, se verificó en 1703.
En 1723, la residencia del gobierno colonial se trasportó á Nueva-Orleans. En 1763, Mobila, con toda la parte de la Luisiana, al Este del Mississippí y al Norte de Bayon, Iberville y los lagos Maurepas y Pontchartrain, pasaron á la posesion de la Gran Bretaña. En 1780, la Inglaterra devolvió á España este territorio, y aquel gobierno, en 1813, entregó la ciudad, que no contenia ni mil personas, á los Estados-Unidos, por el tratado de 1819.
Mobila en la última guerra, se hizo notable por su poderosa resistencia al Norte, tanto que no se rindió sino tres dias despues de la rendicion de Lee (12 de Abril de 1865).
Cuando en 1864, las tropas del general Farragust destrozaron los fuertes y cerraron el puerto, no lograron apoderarse de la ciudad.
Además del comercio del algodon, de cuya extension hemos dado idea, tiene importancia la manufactura de muebles, carruajes, papel, fundiciones, maquinaria, etc.
La calle del Gobierno es de las más hermosas, los jardines de las casas que se perciben bajo los robles pomposos que sombrean la calle, hacen hermosísima la vista.
Bienville park, entre las calles del Delfin y San Francisco, es tambien muy hermoso, y ya se notarán en los nombres las invasiones de la raza americana entre franceses y españoles, y ya se deja entender cuáles serán los matices que tal mezcla produzca en lo más íntimo de las costumbres.
La aduana, en que se encuentra la oficina de correos, es de los más hermosos edificios; está hecha toda de granito y tuvo de costo 250,000 pesos.
El Teatro y la Casa del Mercado, están en la Calle Real.
Dos edificios llamaron, en mi rápido tránsito por Mobila, singularmente mi atencion: el edificio de las Compañías impares, Old fellows Hall, que está al frente de la aduana y es de fierro y ladrillo, y el Banco de Mobila, que tienen columnata y pórtico magníficos.
Las iglesias más notables son la Catedral de la Inmaculada Concepcion (católica romana); la Iglesia de Cristo y la Trinidad (episcopales).
Hay en Mobila suntuosos hospitales, cuatro asilos para huérfanos, un colegio de Medicina á que pertenecia mi simpático fronterizo, muy bien atendido, y multitud de escuelas y academias, entre ellas una escuela hebrea, de mucha fama.
Spring Hill es un agradable suburbio situado al Oeste de la ciudad, al cual se va por los wagones de la calle de San Francisco.
En la ciudad hay seis líneas de wagones.
En Spring Hill está situado el colegio de San José, institucion jesuítica: fué fundada en 1832 por el obispo Portier, y tiene un hermoso edificio de 375 piés de largo, coronado por una torre desde la cual se disfrutan vistas deliciosas.
El colegio contiene una librería de 8,000 volúmenes, y una muy valiosa coleccion de aparatos científicos. En la espalda del edificio hay una magnífica estatua de la Vírgen, llevada de Francia.
A lo largo de la bahía, en una extension de más de dos leguas, se prolonga una magnífica calzada, que puede considerarse como el mejor paseo de la ciudad.
Acababa mis apuntaciones con mi jóven amigo el Sr. Zartuche, le abrazaba, me escribia en un papel algunas palabras afectuosas para su hermano Andrés, que reside en México, cuando tocó la puerta Francisco, que venia á decirme que iba á sonar la hora de partir.
Estábamos á 144 millas de Orleans, é íbamos á ver el Golfo de México, algo de México, por Dios, que yo estaba sudando wiskey hacia tres dias, y á recorrer el camino de fierro más sorprendente de los Estados-Unidos.
Como suena la palabra, es un camino construido sobre un pantano lleno de resumideros y hundiciones; vamos, era como un esfuerzo de patinar sobre una tortilla de huevos.
Lo diré francamente: yo no estoy organizado para ninguna clase de maromas; pero mucho ménos para estas; no las soporto, no hay una cosa que más me encocore, que esos fanfarrones del mar, que dicen que á ellos se les marean los dientes cuando se anuncia una tormenta, ó esos soldaditos de tres al cuarto que se jactan de dormir en el suelo y beberse una botella de aguarrás, porque son hombres.
El camino es un equilibrio perpétuo; se ven los delgados troncos de los pinos como balaustradas y crujías en que salta y se juega la luz, se extienden en soberbios cortinajes enredaderas que flotan rotas por los vientos; y por los claros de aquella crujía de los árboles tupidos, se ven casitas blancas, vegas risueñas en que juegan los niños, ó que atraviesan los carros tirados por caballos, y grupos de hombres blancos y negros, dedicados á unas mismas labores.
Hay en el trayecto muchas estaciones de nombres franceses: Rigollets, Cheft, Menteur, Michaud, Gentilly, y nombres indios como Pascagoula y Biloxi: esta última estacion está habitada por gascones á quienes se conoce al vuelo.
Vayan vdes. á ver una puerilidad singular: aquel coqueteo de las selvas con el Golfo de México, visto por interrupciones como envuelto en un manto de púrpura y oro, me tenia realmente regocijado; pero con un verdadero fandango en las entrañas, me saludaban los árboles, me decian chicoleos las aves, me parecia que tenia el cielo sombrero ancho y que la estrella de la tarde se habia terciado un rebozo para hacerme una muequilla, como cualquiera maldita de estas de los barrios de México.
La tarde caia como para restituirme á la realidad: la sombra descendia lentamente como un párpado que priva al ojo eternamente de la luz.
No cantaban las aves, el viento parece que llegaba fatigado y recogia sus alas sobre las ramas de los árboles.
Hondo silencio reinaba en el interior de nuestro coche; yo, en la plataforma, veia sin ver, me mantenia sin conciencia de la vida, en esa disposicion del espíritu, entre el ensueño y el éxtasis: mi alma no estaba en mí, se paseaba libre en esos espacios que nos deja el olvido.
Repentinamente me pareció que atravesábamos por dentro un mar de llamas; era, en efecto, el resplandor vivísimo de un incendio reverberando en las aguas.
Incendiaban aquellos, como nuestros labradores, el pasto seco; pero la llama caprichosa, ya se recogia como encharcándose entre los árboles, ya se extendia en agitados lagos en los claros sin árboles, ya trepaba á lo más alto de una colina, convirtiéndola en edificio maravilloso y fantástico, y ya, descendiendo en corrientes, perfilaba los bordes de las aguas y culebreaba en direcciones distintas.
LIT. H. IRIARTE MEXICO.
Calle del Canal.
N. Orleans
Las aguas realzaban y embellecian el espectáculo, corriendo en el filo de las bases de la colina iluminadas por las llamas; presentaban como suspendidas en un éter de oro, colinas y arboledas, destacándose en las sombras, que eran ya espesas, pero que dejaban percibir las figuras monstruosas de las nieves: el espectáculo era al extremo fantástico.
De pronto, el tren se encarriló como entre dos cercas de madera; se escuchó un ruido extraño.... yo saqué espantado la cabeza, y ví como suspendido el inmenso tren sobre las olas hirvientes del Océano, pero á gran altura.
El cimbramiento era horrible, parece que el monstruo de fierro que nos conducia temblaba ante la empresa temeraria de atravesar el puente.
Lancaster, que en situaciones semejantes es impasible, estaba con su libro en la mano, titulado: Los Estados-Unidos y el Canadá, de Molinari: leia con una de las lamparillas del wagon (leyendo): “¿Cómo pasaremos?—En Europa este seria gravísimo negocio. En América la cosa es muy sencilla: se han cortado de las cercanías los pinos más largos y más gruesos, y de dos en dos se han metido y afirmado en las aguas como pilares. En seguida se les ha asegurado con trozos trasversales, sobre los que se han colocado los rieles, y adelante! ¡go ahead! Si uno de estos pilares sepultados sesenta ú ochenta piés de profundidad, cede al peso del convoy, entónces, tomaremos algunos tragos de agua salada.”
Aunque tal es el texto de Molinari al hablar del paso en que nos hallábamos, confieso que no me hizo ninguna gracia la muy adecuada cita de mi querido Alfonso.
El tren se detuvo sobre aquel precipicio, y entónces más bien adivinamos que distinguimos el Golfo de México.
Sea por la disposicion de mi alma, sea por lo inesperado de aquella especie de revelacion, me impresionó profundamente.
Unas veces, como vulgarizándose mi espíritu, queria llamar á mi patria con los nombres de la hija, de la madre, de la querida; otras, no me la podia figurar sin personalidad, con sus ojos, con sus labios trémulos, con su seno palpitante y con su negra cabellera tendida sobre su espalda: era su aparicion en mí, dentro de mi alma, rejuveneciéndola, iluminándola, empapándola en ternura infinita.
Ponia atento el oido, porque creia reconocer en los ecos de las olas, articulaciones de voces amigas.
A veces se me figuraba que de detrás de la curva de las olas, aparecian las cúpulas de las torres de nuestra Catedral, y los templos, las copas encanecidas de los ahuehuetes de Chapultepec y estas serranías que viven, que sienten, que descienden en tropel á las llanuras, como moviéndose, que se aislan como pensativas.
A veces se me figuraba que se hundia el puente, que unos momentos nos envolvian las ondas rugientes, produciéndonos congojas mortales, y que seguia despues el tren corriendo por el poético camino de Maltrata, con sus selvas gigantes, sus hondonadas risueñas, sus quiebras romancescas, bajo un cielo delicioso y envuelto en auras empapadas en aromas.
Despues se desvanecia la ilusion, las olas sin fin del Océano corrian, empujadas por el viento, y venian á morir saltando bajo nuestros piés, donde temblaban melancólicas las luces de las linternas del tren y de los faroles del puente.
No me fué posible percibir el lago de Ponchartrain, porque ya era de noche.
Los aprestos de los viajeros, la llegada de los agentes de ómnibus y hoteles y la vista confusa de sembrados y chozas, nos advirtieron nuestra próxima llegada á Orleans.
En la extendida llanura se veian, ya distantes las luces de las cabañas de los labradores, ya más cercanos los claros de luz de llama de algunas casas, ya entre ramajes y cañas, picos de gas que reverberaban como luceros.
Los gritos de los sirvientes del ferrocarril comenzaron á escucharse, los alaridos de la locomotora fueron más repetidos, y la campana triunfal del tren, sonando á vuelo, anunció nuestra llegada á Orleans.
Antes de arribar á la estacion, que es bien pobre y desmantelada, se habia deliberado concienzudamente sobre dónde deberiamos parar, y nos habiamos fijado en el Hotel Metropolitano; pero no habia allí cuartos y tuvimos que acomodarnos en el City Hotel, uno de los más americanos y favorecidos de la ciudad: Corner Camp and Common Streets.
En efecto, la afluencia de pasajeros es mucha, y el tragin insoportable.
Llovia á cántaros: llegamos sacudiéndonos y buscando en el primer piso en que está el despacho, el salon de recepcion, y en el comedor algun refrigerio; allí amontonaban unos desesperados dependientes baúles y almofrejes, con la tosquedad peculiar á los criados y carreteros.
Corrimos al despacho, donde nos tocó un servidor áspero como almohaza y con ménos palabras que un poste; nos arrojó á la cara nuestras llaves y subimos escaleras que fué un contento.
Estas escaleras eran muchas; por todas partes conducian á callejones, vericuetos, pasillos y escondrijos.
Soliamos topar á nuestro paso negros desastrados y verdaderas arpías de peineta, delantal, brazos apergaminados y amarillos, y unos zapatazos capaces de contener á Vicente Manero, cómodamente sentado dentro de uno de ellos, y es de advertir que Manero es el hombre más gordo de México.
A mis compañeros les dieron habitaciones más ó ménos cómodas. Yo salí de inclinacion á una irlandesa, con más años que el andar en dos piés los llamados racionales, y un malditísimo génio que parecia educada por portero de ministerio ó por guerrillero hecho general; esta animala quiso encaramarme á un último piso, en que materialmente escuchaba los estornudos de los habitantes de la luna.
Como quien quiere y no quiere la cosa, me informé acerca del importante ramo de comidas, y supe, con amargo desconsuelo, que se observaba el plan americano con inquebrantable rigidez.
Tal anuncio me hizo volver á mi undécimo cielo, turbado y descolorido.
Habia lugar en mi cuarto para todo, absolutamente para todo, ménos para el huésped; ese quedaba suprimido ó se suponia de enrollar para meterlo en el ropero ó dejarlo en el barrote de una puerta, ó declararlo en cama luego que entrase.
Alcalde, que llegó dias despues á mi vecindad, tenia que escalar su baúl para llegar á su lecho.
Tendido en un colchon que tenia perfecta semejanza con un globo al desinflarse, me quedé dormido.
FIN DEL TOMO PRIMERO