II

Preparativos de partida.—La partida.—Procesion de San Patricio.—Quintero.—Romance á la Sra. Townsed.—Xarifa.

Tal vez, ó sin tal vez, voy á decir una cosa impertinente (¡qué modesto!) una cosa impertinente á mis lectores; pero estoy tan acostumbrado á platicar con ellos cuanto se me ocurre, que son como de casa, como que vivo entre ellos, y maldita la vergüenza que me da recibirlos de bata y en pantuflas, artículos que desconozco, ó de guante blanco y frac de etiqueta; por supuesto, equipo que.... no me pega.

La cosita que tengo que decir es, que cuando estando en la patria se me ausenta una persona querida, se me figura que él es quien va al peligro y la muerte.... el que se va se pierde en la sombra, y me parece que asume la responsabilidad de su resurreccion; creo que me queda en custodia su vida y siento en mis manos el hilo frágil que me lo puede devolver; pero cuando yo estoy en el extranjero y álguien que posee mis afectos marcha á la patria, siento como que cierra tras sí las puertas de mi prision; me siento enterrado vivo; se lleva mis esperanzas el ausente.... marcha á la region de la luz; se queda conmigo mi cadáver......

Así sentia, así me atormentaba la próxima partida de mi hijo.... mi patria, mi fuerza, mi corazon, se iban con él....

Por otra parte, es tal la fuerza vivífica de la juventud, que á su paso, la novedad, la miseria, el peligro mismo se revisten de los arreos del romance: un viaje es una leyenda en accion, y sus peripecias, como estrofas del poema de nuestros sentimientos.

Pero el viaje del viejo es el descarrío de su camino de muerte; es sentir el frio del desamparo cuando necesitan nuestros miembros el calor del hogar; es el troncharse la rama en que el ave, fatigada de la existencia, debia posar su planta y esconder su cabeza bajo el ala inerte......

La vejez en el extranjero es la rama caida en la playa; es el anacronismo y casi el absurdo.... Los envenenadores de las almas, que decretan la expatriacion como medida clemente, son los verdugos de peor ralea.... ponen sobre la hiena la sotana de Rodin....

Era la mañana nublada y triste; mi cama estaba en desórden; ardia la luz amarilla, compañera de mi desvelo y como materializacion de mi alma.... el amago de muerte estaba como un cadáver entre mi hijo y yo..............


Cuando alcé los ojos.... estaba en los brazos de José Iglesias Calderon, jóven lleno de virtudes, y á quien, como á todos los hijos de Iglesias, amo como á mis hijos......

El primer dia negro de mi residencia en la expatriacion, cayó sobre mí; la soledad se me apareció en el extranjero; la luz era como un inmenso paño mortuorio; el sol como un cráneo.... mi alma quedó como velando, en la solemnidad del abandono, mi cadáver..........


A los pocos dias de la partida de mi amado hijo Francisco, de José Iglesias Calderon y de Alvarez, la bulla y la algazara de la calle me hicieron trepar á las altas regiones de mi ventana, desde donde distinguia obtuso y sesgo un lienzo de la calle del Canal.

Gentío inmenso, tropas vestidas de un verde chillante, músicas militares, caballos, estandartes, ramos, listones y banderas verdes.... Era el 18 de Marzo: los irlandeses celebraban á San Patricio, su Santo Apóstol, el iniciador de su civilizacion; hacian patria y daban rienda suelta á las más puras reminiscencias de sus corazones.

La procesion fué larguísima: caballeros de sombreros montados, formando descubierta; carruajes y caballos en interminables hileras, y en alto banderas verdes con las estrellas de plata y los ocho rayos simbólicos, arpas bordadas y borlas y cordones lujosísimos. Verdegueaba como un campo fértil andando, aquella procesion.

Segun me pareció, dividíase en secciones la procesion: cada una de ellas con su música y sus distintivos especiales, para distintas compañías de beneficencia, socorro, apagar incendios, etc., etc.

En varios estandartes brillaba el nombre de O'Cononell, el hombre eminente, el ciudadano ilustre, el orador elocuentísimo, el defensor de los derechos de la Irlanda.

En todas las casas de los irlandeses habia cortinas, gallardetes y señales de regocijo. La cerveza corria á torrentes, en honra y gloria de la verde Erin, y en la tarde y noche hubo su iluminacion, y San Patricio, sin trabajo, hubiera podido distinguir á sus amados hijos entre las sombras de la noche, solo en el trastrabillar de sus paseos y en aquella facundia y en aquel meneo que produce el alcohol.

Las maritornes del hotel estaban como unas aleluyas; yo les mostré mi decidida devocion por San Patricio, y les dí unas monedillas para que las preces que le dirigiesen no fuesen del todo desairadas.

Al fin, no me pude contener, y como un bobo, me mezclé en la procesion y me dejé flotar entre empellones, trompetazos y ¡hurras! desaforados.

Aunque se trataba de una fiesta cristiana y muy popular, dominaba el colorido yankee, y los regocijos hicieron toda su explosion en el barrio americano.

Iba de lo más distraido y embullangado por la calle de Camp, cuando sentí á álguien enganchado á mi brazo con la mayor confianza.

Volví la cara: era el pelo rubio, la nariz larga, los ojos pequeños, y el empinado pescuezo de uno de los millones de ejemplares del yankee neto.

—Don Guillermo, ¿va bien? ¿no quiere un traguito? yo soy como mexicano, allá estoy y mi muchacha está muy bonita mexicana.

—Venga el traguito, sin más averiguacion.

El rubio aquel, cuyo nombre jamás he podido pronunciar, ni escribir, ni retener en la memoria, es dependiente principal de un gran restaurant de la calle del Canal, en que se venden pasteles, aguas minerales, riquísimos helados y licores exquisitos.

No he tratado carácter más jovial ni hombre más afecto á México; sobre todo, más enamorado de las mexicanas.

Tomamos una sola copa.... una sola, no hay que alarmarse, y fuimos siguiendo la procesion por el barrio americano.

Parecíanme angostas las calles, poco ménos que las nuestras; amplias banquetas bajo tendidos tejados, tiendas y cafés con profusion; de vez en cuando altos y elegantes edificios; pero las calles como enmarañadas y sin perspectiva.

A medida que se avanza, las calles se amplían, las casas se extienden en alegres hileras; en vez de los tejados, descubren sus frentes los pórticos americanos, descienden de ellos escalerillas cómodas, aparecen y se multiplican los pequeños jardines y tapizan las paredes colgaduras de caprichosas enredaderas, salpicadas de vistosas flores.

Se avanza más y se espacía la vista en calzadas frondosísimas, en grupos de árboles y en laberintos de flores, sembrados de casas risueñas en que parece residir la luz, la riqueza y la alegría.

Por las bocacalles de esas mismas avenidas alegres, verdeguean los campos, clarean tramos sin habitantes, y se aislan, ya fincas opulentas, ya humildísimas chozas, entre cuyas mal ajustadas latas brillan los ojos, blanquean los dientes y se distinguen las tenebrosas fisonomías de los negros.

Mi amable compañero, á quien llamaremos Trik, respondia á todas mis preguntas, deshacia mis equivocaciones.

—Tiene vd. razon, me decia; aquella tupida arboleda es un delicioso paseo que se llama el Dique; ese dique ó borde que enfrena al rio, tiene quince piés de ancho y cuatro de alto: el paseo es muy concurrido en otoño y en invierno; aquellos elegantes carruajes, aquellos ginetes que ve vd. entre esos árboles, van al Dique.

A nuestro regreso del paseo, me dió M. Trik una preciosa guía de Orleans, y de ella, por primer envite, traduje lo siguiente:

"El sitio en que está Nueva-Orleans fué medido en 1717 por De la Tour: se pretendió fundar la ciudad en 1718; pero se abandonó por las inundaciones y las enfermedades, entre las que imperaba la fiebre.

"En 1723 se restableció el proyecto de fundacion, y la poseyeron los franceses hasta 1729. Los españoles la quitaron á los franceses y dominaron hasta 1801, volviendo al mando de los franceses hasta 1803, que con la provincia de la Louisiana, se cedió á los Estados-Unidos: fué erigida ciudad en 1804, y en 1868 se declaró capital del Estado.

"Los sucesos más memorables de la historia de Nueva-Orleans, son: la batalla de 8 de Enero de 1815, en que los ingleses fueron derrotados por Andrew-Jackson, y la toma de la ciudad por el Almirante Farragust, en 24 de Abril de 1862. En 1810, siete años despues de la cesion á los Estados-Unidos, la poblacion de Nueva-Orleans era de 17,243 personas. En 1850, habia aumentado hasta 116,375; en 1860, á 168,675; y en 1870, á 191,418. En 1875, las autoridades locales computaban la poblacion en 210,000 almas."

Desde que se decidió nuestra marcha á Orleans, tres propósitos empezaron á bullir en mi cerebro con más fuerza que otros: uno, dar quinientos abrazos y solazar mi espíritu charlando á velas desplegadas con J. A. Quintero, mi amigo, mi hermano, uno de esos caractéres que son mi delicia, á quienes sus detractores llaman atrabancados y locos, por más que en sus acciones graves se revele el caballero, el hombre de estudio y la persona de noble corazon, sin monerías y sin comedias.

El segundo de mis propósitos era visitar á la Sra. Ashley de Townsed, eminente poetisa y escritora de sobresaliente mérito.

A. Xarifa, es el seudónimo con que se firma la señora: la conocí en México, donde tuve ocasion de admirar su finura y talento: me distinguió con sus bondades y siguió conmigo una correspondencia, que es una joya en el tesoro de mis recuerdos.

Por último, mi tercer propósito era visitar con reverente ternura los lugares en que viví la vida de Juarez, cuando en 1858 tocamos en Orleans los asendereados personajes de la familia enferma.

¡Qué bella es la plenitud de la vida y qué paraíso de ilusiones es el alma! ¡qué extendidos y qué color de rosa se perciben los horizontes del porvenir!

In illo tempora, otros compañeros y yo, salimos del Manzanillo, atravesamos el Istmo de Panamá, desafiamos las tormentas del Cabo de San Antonio, vimos á vuelo de pájaro la Habana, respirando sus auras perfumadas y recreándonos con su gentil hermosura, y en Abril, despues de cortar las aguas barrosas y tranquilas del Mississippí, nos detuvimos en Orleans, los que fuimos conocidos en la República con el nombre de la familia enferma.

El Sr. Juarez, por un sentimiento de gratitud, lo mismo que Ocampo, quisieron alojarse en la calle de Baranda Conty, en un hotelito de mala muerte, donde en 1854, cuando la persecucion de Santa Ana y mis viajes de órden suprema, estuvieron alojados.

El cólera dominaba, la chilla, como llaman en mi tierra á la pobreza, me tenia cogido el cuello con las dos manos; y sin embargo, ¡cuánta alegría en el alma y cuánta sed de aventuras! Con candor realmente infantil le decia yo á Dios: "Por vida de vd., que me pasen muchas aventuras muy curiosas y muy bonitas, para tener que contar."

En efecto, del hotel desmantelado, del servicio pésimo de la patrona formidable de gordura, con su falla como un biombo y su delantal azul, de todo aquello brotaban leyendas y poemas.

Me acuerdo que fuí confinado á una buhardilla ocupada casi exclusivamente por una cama cuya altura apénas me dejaba percibir la sima: fué un escalamiento mi ascenso á ella; apénas la ocupé, me hundí; el colchon era de hoja de maíz y armaba una ruidera, como repique á vuelo, como carreton en empedrado. Las grandes almohadas como cojines cuadrados, no permitian postura á mi cabeza: bogué, nadé, naufragué y amanecí como sentado en el borde de una azotea.... con mis ropas como en un pozo, en una silla cercana á mi lecho.

Sin que se borrara de mi imaginacion una sola línea, tenia frente de mí la fisonomía como de marfil de Domingo Goycoiria; su nariz afilada, sus ojos de llama, enjuto, resuelto, con su barba blanca, cayendo borrascosa sobre su pecho, y meciéndose como una nube cargada de tempestades: este patriota cubano llegó en union de Pedro Santacilia á servirnos, á prestarnos auxilios generosos para la causa de México, y á participar de nuestra suerte cuando no habia halago alguno ni esperanza de recompensa.

Aquella novedad de calles, aquel tráfico, aquellas cuarteronas de renombre provocativo y nervioso, todo volvia en tropel á mi mente, sacudia el polvo de mis años y dejaba aletear mi corazon para entonar, dulce como un jilguero, los cantos siempre hermosos de la primavera de la vida.

Tomé apuntaciones sobre la vida y milagros de mi querido poeta Agustin Quintero: vivia en la calle de Dumain y se vivia en la redaccion del Picayune, periódico importantísimo del que es uno de los redactores principales.

En cuanto á Xarifa, no habia sino mandar mi carta al correo; así lo hice, dirigiéndole la siguiente misiva. Ese To del principio vale por un poema: