TO XARIFA.
Ni el golfo con sus encantos
Y sus tormentas, señora,
Ni ver del comercio el carro,
Triunfal y lleno de pompa
En estas extrañas playas
En que da luz nuestra historia;
Ni las galas de la industria,
Ni los primores de Europa,
Mi ambicion estimularon
Como verte á todas horas,
Los que tan solo atesoran
De las riquezas del alma
Las inestimables joyas;
Y con esto deliraba
Al venir de California,
Cruzando mares de nieve
Y trepando por las rocas....
Pero es el caso que llego,
Que la lluvia me aprisiona,
Y me trasladan á un cuarto,
En una region ignota,
Tan vecino de las nubes
Y en posicion tan exótica,
Que estoy esperando un globo,
Una cuerda, una maroma,
Para volver á la tierra
A tratar con las personas.
Por aquí nada sabemos
De las mundanales cosas,
Ni si los republicanos
Triunfaron ó los demócratas;
De si Bismark está bueno
O si murió de la gota;
De si vive el Santo Padre
O Víctor Manuel le llora....
Por aquí cantan pericos
Y andan negras como monas;
Hay chimeneas á puños,
Hollin, humo y tablas rotas,
Que explican de los incendios
Las furias devoradoras;
Pero nada de Post-Ofice,
Ni de correos-palomas,
Ni de trompetas de goma....
Por esta causa, al acaso,
Te dirijo mis memorias;
Porque estoy en otro mundo,
Porque estoy como en la gloria.
Recibe, pues, mis saludos
Tierna, afable, cariñosa,
Como en México lo hiciste,
Cuando á tu vista, señora,
Mi patria tendió sus lagos,
Brotaron sus campos rosas,
Para contemplar tu rostro
Y ofrecerte sus coronas.
Fidel.
Lo primero que me preocupa cuando se trata de una visita ó cosa semejante, es la revista de mi equipo y, cosa rara, mi cuerpo tiene una semejanza perfecta con los cuerpos del ejército de mi país; gasta sumas fabulosas en su equipo y arreos, y apénas se exige de él cualquier servicio formal, carece de todo y descubre poridades no para escuchadas. A la más leve medicina, descubre, como las viejas, una complicacion de enfermedades que espanta al médico....
Pues como iba yo diciendo, pasaba revista á mi equipo.
Mi camisa estaba como sentada en una silla, con la corbata lista y los brazos cruzados con extraña circunspeccion.
Mis pantalones sobre una silla y con sus piernas medio encogidas, los botines como si fueran á dar su paseo por su cuenta y riesgo, la levita ceremoniosa y echada hácia adelante en el perchero, y el desgoznado sombrero ladeado, picaresco, sobre la bombilla del quinqué.... cuando prévio un recio toque se entró en mi cuarto M. Trick, y no hubo remedio, fuimos á dar un paseo.
En el conjunto de la ciudad se observa que convalece de un mal que ha puesto en peligro su vida, y que la reaparicion de la existencia se verifica entre los estragos de la pasada lucha con la muerte.
Se me figuraba ver un campo con troncos de árbol desnudos de sus hojas, y otros rajados por el rayo, que sin descuajarse la nieve del riguroso invierno, deja ver naciente la verde sementera y como en promesa la abundante cosecha.
Así, en las calles en que el esfuerzo verifica agradables resurecciones, se ve el edificio desmantelado con las puertas y ventanas sin hojas ni cubiertas, con las vigas en que deberian descansar los suelos, como un costillar, y con las paredes con los rastros negros, fantásticos, que ha dejado la llama que expiró sobre aquellos muros, retorciéndose sin alimento.
Se alza una morada voluptuosa como una bailarina de Canova, junto á una ruina, y en el campo contiguo en que crece la yerba, se perciben restos de una opulenta mansion, y pastan los animales con la tranquilidad que en un desierto.
A dos pasos corre una calle magnífica entre los árboles, con todo el bullicio y la alegría de un tráfico fecundo.
Al recorrer la calle del Canal por la frontera del barrio frances, yo sospechaba toda la postracion y decadencia de ese barrio.
Con excepcion de la avenida de la Levé, es decir, la orilla del rio y las tiendas y mercados de ese rumbo, las bocacalles parecian conducir á encrucijadas y vericuetos maltratados.
Como algunos elegantes de aparato, que hacen alarde de compostura y hasta de riqueza, cuando están en contacto con gente fina, y al alejarse del centro se calan su sombrero ancho, se cantean su jorongo y se confunden con la pelusa, como ellos suelen llamar al populacho.
La avenida de la Levé da idea del poderoso tráfico de esa ciudad riquísima.
Las calles son séries de opulentos almacenes en las cercanías del canal; pero á medida que avanzan, es el barrilaje, y son los fardos, las churlas y botijas, las botas de grasas y las salazones y pescados, oscuridad en que naufraga un pico de gas, luz de dia que muere pálida, entre cajones, pipotes y carnazas, y hombres de cachuchas de pico sesgado, grandes pipas, camisas bambochas, pantalones abajo de los cuadriles y chancletas como hechas de la piel de un sapo despatarrado.
Wagones, ómnibus, carros, plataformas, todo lo rodante, todo lo pujante, todo lo que va y viene, y se vierte, se escurre, se carga ó se rueda, pasa por aquel esófago que absorbe en el rio y sus cercanías, y se desahoga en la calle del Canal.
La avenida de que hablamos, tiene á la derecha casas; á la izquierda, los almacenes descritos, con las puertas bajo un corrido tejado y su banqueta de asfalto eternamente obstruida por tercios, cargadores, vendedores y mujeres destartaladas y elásticas, que ya se embuten, ya se escurren y ya flotan con canastos, pollos y verduras entre el gentío.
La calle, angosta en su principio, con tiendas de modas, almacenes de ropa, sombrererías, zapaterías, etc., se abre y deja ver el rio, con esa ciudad flotante en donde las aguas son calles, los navíos palacios movedizos, los botes como wagones, y que entre un bosque de mástiles y banderas de todas las naciones del globo, hierve, se afana y trabaja, como compendiándose, la humanidad entera, como para dar una muestra de la confraternidad de los mundos antiguo y moderno.
En esa desviacion de la calle, y siguiendo la curva del rio magnífico, que tiene cerca de una legua de anchura en algunos puntos, se extiende un envigado fuerte y compacto de más de cincuenta varas de extension: en varias partes, aquella calzada de madera está amplia y despejada por la parte que da á tierra, y penetran á ella transeuntes, carros y carruajes; del lado del rio toca á las embarcaciones, que á veces llegan á mil ó mil quinientas, y que dejan sospechar el aturdidor, el estupendo movimiento de aquel puerto.
Nueva-Orleans es el emporio del comercio de algodon en el mundo, y además del algodon, exporta azúcar, tabaco, harina, carne de cerdo y algunas insignificantes manufacturas, todo por valor de 93.715,710 pesos.
Las importaciones de café, azúcar, sal, fierro, tejidos y licores, llegaron en 1874, que fueron los datos más recientes que pude procurarme del momento, á 14.533,864 pesos.
Es decir, más de ciento ocho millones de pesos dan aliento y aseguran la vida y la opulencia de Orleans.
En ese lado del rio, en contacto con el buque, se afianzan las ramblas para la carga y descarga, se inspecciona, se pesa, se mide, se contrata y tienen sus divisiones los muelles, que perciben los comerciantes con tino certero.
Todos los trages, todos los idiomas, todos los gestos, todos los aciertos y los disparates de la conformacion humana, se encuentran en aquellos lugares; venciendo á la máquina del bote, y á la locomotora, y á la tempestad, la algazara del negro que parece que se va á desgajar en canal, al estallido de sus desvergüenzas y de sus carcajadas.
Siguiendo la frontera de la calle del Canal, nos espía la calle Chartres, la de Royal con mayor compostura, con sus frecuentes bar-rooms, los morillos de las barberías pintados con listas blancas, azules y encarnadas, los escaparates de las floristas y los grandes cristales en que librerías, dulcerías, y restaurants, exponen, ya los primores literarios, ya las golosinas más provocativas, ya jamones suculentos, con su azúcar quemada como maque, ya pavos ceremoniosos, como cualquier enviado diplomático, con su cogollo de lechuga en el pico, y su polvo de yema de huevo tendido á su espalda, como un manto de oro.
En lontananza, bajo sombríos tejados, se ven charcos y hundiciones, suciedad y destruccion, en medio de casas elegantes, de templos magníficos y bellísimos jardines. Lo que para mí era insoportable, era ese caño al descubierto que corre pegado á las banquetas, de uno y otro lado de las calles. En el barrio frances, esas fajas inmundas son pestilentes y asquerosas sobre toda ponderacion.
Yendo por toda la calle de la Levé, en dificilísimo tránsito, me llevó mi amigo al centro de un extenso cuadrado limitado por altas rejas de fierro, encerrando un bonito jardin con sus calles bien compartidas y delineadas, de menuda arena, y sus árboles formando afectada simetría. Con los ramajes de esos árboles se han formado como toneles, como canastos y otras figuras, recortándolos con tan exquisito cuidado, que más parecen muebles que árboles los que constituyen el ornato de la plaza.
Yo no sé por qué me parece una degradacion de la naturaleza semejante afectacion; se me figuran esos árboles los sopranos de la vegetacion; creo que se les condena á un afeite; como cuando se atusa á un caballo las crines; cuando se rapa medio cuerpo de un perrillo; cuando se ciega á un pato para hacer más sabrosa la carne. Detesto la moda, abomino ese afeminamiento del arbolado, me repugna, me endiabla.
Bajo tales auspicios ví esa plaza, que está como embutida en el cuadrado que forman mercado y almacenes, la Levé y la antigua Catedral: para que fuese ménos grata mi impresion, la estatua de Jackson, que domina la plaza, dista mucho de merecer los parabienes del arte.
Conoció mi querido Trik mi disgusto y me colocó frente á la Catedral, cuyo tipo, netamente español, cuya semejanza con muchas de nuestras iglesias de segundo órden, despertaba mis recuerdos alentando mi curiosidad.
La arquitectura de la Catedral es irregular; se semeja á la fachada de la Piedad ó Atzcapotzalco, pero más ancha y chaparra: tiene dos torres como dos orejas de liebre; en medio un retablo ó campanario, como varias de nuestras iglesias de pueblo; á los lados de la Catedral hay dos alas de edificios con cierto tipo conventual.
—Este edificio, me decia M. Trik, que tenia en las uñas la Guía de Orleans y la magnífica historia de la Luisiana de Mr. Gayllaré, este edificio es el tercero que se edifica en este lugar: el primero era de madera y adobe, tosco y primitivo puede decirse; se concluyó en 1728, y era tan feo, que cuando el huracan de 1733 lo destruyó, la gente se consolaba de muchas pérdidas con la desaparicion de aquel Cuasimodo de la arquitectura.
Armada de punta en blanco, apareció en el mismo lugar la segunda Catedral, más elegante, más coqueta, de madera y ladrillo, é hizo las reverencias de su estreno por los años de 1734 ó de 1735.
Luego que los señores obispos vieron el buen continente de esa Catedral, la ocuparon y cobró alto rango. Pero cate vd. que en 1788, Viérnes Santo por más señas, estalla en las inmediaciones de la Catedral el incendio, se levantan devoradoras olas de llama, la poblacion se llena de terror, como novecientas casas se hunden en aquel piélago de destruccion, y confunde sus restos la Catedral, y vuela en cenizas como las opulentas casas y las risueñas residencias víctimas del incendio.
El terreno en que estuvo la iglesia quedó abandonado; los cristianos que habian orado en aquel templo, se descubrian frente al manchon negro que formaba la tierra, con las cenizas de los altares y los huesos calcinados de los sepulcros.
Por aquellos tiempos era regidor perpétuo de Orleans el Sr. D. Andrés Almonaster, quien, escuchando las sugestiones de su corazon piadoso, emprendió, costeando de su peculio, la Catedral existente que se fundó en 1792 y se concluyó en 1794.
Las alas del edificio, que mucho tiempo ocuparon los Padres de San Luis, como se ve de su arquitectura, las rejas de sus puertas y la conformacion en general, sirven hoy para el despacho de los tribunales.
La arquitectura irregular de la iglesia desaparece luego que se entra al templo.
Se encuentra uno en un vestíbulo interior de altas y gruesas columnas, y desde él se percibe en su conjunto el templo, que se semeja un tanto á la Profesa de México, aunque le es inferior bajo muchos aspectos.
Tiene el templo tres amplias naves: la central, del todo descubierta, y en las laterales esos tapancos ó corredores con bancas y sillas comunes á los templos de los Estados-Unidos, y que le dan aspecto de teatro. Sobre la puerta de la entrada, en extenso cuadrado, en un barandal volado sobre la iglesia, están el órgano, que es magnífico, lugar para la orquesta y espacio competente para el coro y los cantores.
Dos grandes altares llamaron desde luego mi atencion: el mayor, dedicado á Nuestra Señora de Lourdes; el de San Francisco de Asis, cuya imágen me pareció hermosa y de correcto dibujo.
Cerca del altar de San Francisco se levanta severo y majestuoso el sepulcro del ilustre fundador de la Catedral, y se lee en una gran lápida la siguiente inscripcion medio borrada:
Aquí reposa el cadáver del Sr. D. Andrés Almonaster de Rojas, natural de Mayrena, en Andalucía, que falleció en Nueva-Orleans el dia 26 de Abril de 1798, á los setenta y cuatro años de su edad. Fué caballero de la Orden de Cárlos III, Coronel de Milicias, fundador de los Hospitales de San Cárlos y San Lázaro, así como del Convento de Ursulinas. Fundó la escuela de niñas Girlls Shool y de la Presbiteriana, cuyos edificios se hicieron en esta ciudad á sus expensas.—R. I. P.
Las pinturas que ví en el templo, aunque me las elogiaron de sobresalientes, encareciéndome la de la Transfiguracion, la Sacra Familia y San Luis, no las pude examinar.
A la salida del templo ví de nuevo el jardin.
No es posible describir la impresion de disgusto que se apodera de mí con la vista, muy comun por cierto en los Estados-Unidos, de los árboles recortados, que á fuerza de artificios se les cambia de figuras, y ya son como macetones, ya como barriles, ya tienen aun tendencias á remedar la figura humana!
¿Habrá vd. visto adefecio?
A mí me parece la tortura del árbol; me parece como á esos niños de los saltimbanquis que quebrantan y descoyuntan para especular con ellos: es tan repugnante, como la gorda presumida que hace del corsé un cincho tiránico; se semeja á las que se sahuman para estar pálidas. Cuando un estúpido pinta su sombrero de verde y á su perro de azul ó colorado, simplemente viste de fantasía al perro y él se pone en ridículo; el que á fuerza de adherencias de carton y de pinturas diera á una mula el aspecto de una choza y á un caballo el de una carretela, podia reclamar la atencion por la originalidad de su capricho; pero desnaturalizar al árbol mutilándolo, no puede ser bello, como no es bello que atusen á un caballo sus hermosas crines para convertirlo en caballo de ajedrez. Y lleven mis lectores por partida doble mis diatribas sobre los árboles.
M. Trik no estaba muy de acuerdo con mis observaciones, y me citaba los muros de verde de algunas calles y jardines.
Para completar nuestro paseo, supliqué á mi complaciente amigo me condujese al grande edificio de la calle del Canal, que contiene á la vez, en sus bajos, la oficina de correos, y en los altos, el despacho de la aduana.
Cuando en 1858 visité la obra que estaba para concluirse, en compañía de M. La Serre y de M. Benjamin, eminente orador de los Estados-Unidos, confieso que me sorprendió la magnificencia del edificio.
Entónces parecian tres edificios: el que formaban de madera, andamios y tránsitos, el de granitos y un último que era como una incrustacion hermosísima de mármol con todas las galas de la arquitectura y los primores del bajo relieve.
Recordaba, aunque muy confusamente, una máquina colocada en el que deberia ser patio del edificio, como una asta robustísima de fierro; la máquina tenia sus coyunturas, como un brazo y una mano: cuando era conveniente, se inclinaba la mano desde una inmensa altura, agarraba la piedra enorme ó el objeto, por pesado que fuese, en que se colocaba, y lo subia á la azotea, girando y poniéndola á discrecion del operario.
Recuerdo tambien que no pude contener la manifestacion de mi asombro cuando ví funcionar un ferrocarril cuyos rieles estaban enclavados en la anchura del muro exterior, y que conducia al rededor de él los materiales de la obra. Los conductores corrian muy frescos al borde de aquel precipicio espantoso.
Me parecia que recordaba, del otro lado del rio, fertilísimos campos, alegres y vistosos jardines, y que me repugnó ver á las mujeres con la azada en la mano, espectáculo que al grande Juarez le fué insoportable.
Recuerdo que desde aquella inmensa altura seguí las sinuosidades del rio y me parecia como una C mayúscula colocada así, ∪ con dos cintas en sus extremos, como el ruedo de una gola sobre el pecho de una dama, con los broches sueltos; pero estos recuerdos eran tan confusos, tan mezclados á las fisonomías de Ocampo, de Juarez, de Leon Guzman, Manuel Ruiz y otros, que me parecia que todo lo estaba viendo en un sueño.
M. Trik me habia colocado á la entrada del edificio.
La parte que da al canal está obstruida por piedras y escombros; cuando volví la cara, M. Trik estaba con su "Guía de Nueva-Orleans" abierta, leyéndome:
"La aduana (Custom house).
"El año de 1845, la municipalidad de Nueva-Orleans ofreció á los Estados-Unidos diversos sitios para establecer una aduana digna del comercio floreciente de aquella ciudad.
"Los Estados-Unidos aceptaron la proposicion, y el secretario del Tesoro eligió el lugar en que hoy está la aduana como el más conveniente.
"En 22 de Noviembre de 1847, se adoptaron los planos de A. J. Wood, y comenzó la obra en 23 de Octubre de 1848.
"Los trabajos continuaron con más ó ménos actividad, segun lo permitian los recursos, suspendiéndose cuando estalló la guerra.
"Concluida la guerra, se emprendieron de nuevo bajo la direccion del coronel Morse.
"El edificio estaba materialmente lleno de escombros, y el primer trabajo fué limpiar el local que sirve actualmente como oficina de correos.
"En el edificio de que nos ocupamos está el Business Room.
"Es el despacho más elegante del mundo; tiene de superficie 125 piés de largo por 95 de ancho, y su altura es de 44 piés.
"Catorce elegantes y esbeltas columnas están colocadas con objeto de dar á la parte central destinada al público, un espacio de 65 piés de largo por 45 de ancho: en la parte que lo circunda están colocados empleados y dependientes.
"Las columnas son de órden corintio con bases áticas, pulida la parte baja de los capiteles, que en cada una de sus fases tiene distintas alegorías con bajos relieves, representando unas á Juno, otras á Mercurio, entre plantas de algodon y de tabaco.
"El pavimento es de mármol blanco y negro, con cenefas de negro entre columna y columna. Tiene diez y seis tragaluces para comunicar luz al piso inferior, y son planchas que remedan mármol verde incrustado en el mármol blanco, formando cada una el centro de una estrella.
"Las estufas son de mármol, de figura hexágona, y se calienta el despacho por vapor.
"El conjunto de este departamento es un triunfo maravilloso del arte y del génio del hombre, que es necesario ver para poder apreciar.
"El habilísimo superintendente, Mr. Jhon J. Hannan, merece los más entusiastas elogios por haber dirigido y concluido la oficina de correos y muy especialmente el departamento que se acaba de bosquejar."
—En esta Guía del Viajero que ve vd. aquí, dije interrumpiendo á Mr. Trik, hay otros detalles curiosos sobre la aduana. Es evidentemente una exageracion, añadí, ponerla en segundo lugar del Capitolio de Washington. Lo que sigue sí me parece exacto:
"El edificio de la aduana es de granito de Quincy, traido aquí de Massachussets. Su frente principal es de ciento once varas por la calle del Canal; por la calle que se llama de la Aduana, poco más de ochenta varas; el del nuevo dique, de ciento tres varas, y el del antiguo, cerca de cien.
"La altura es de treinta varas."
El conjunto del edificio es imponente y severo, sirviendo con toda holgura para sus objetos.
Como se ha dicho, la parte baja del edificio está destinada al correo: por amplias y altas puertas se penetra á un corredor interior con pavimento de mármol azul y blanco.
Limita el corredor un alto cancel con sus ventanillas de trecho en trecho, para venta de sellos, franqueo de la correspondencia y direccion por buzones separados, siendo el público mismo el distribuidor de su correspondencia y teniendo al recogerse, por la parte interior, una nueva y eficaz revision.
Las paredes del edificio ó cancel interior están formadas por cajitas pequeñas de los apartados, con sus puertecitas que se abren hácia afuera y de las que cada abonado ó alquilador tiene su llave, con la que abre cuando le parece, sin necesidad de importunar á los dependientes del despacho.
Aunque la correspondencia la distribuyen los carteros, porque nunca el americano falta á la costumbre de poner el nombre de la calle y número de la carta que dirige, hay extranjeros que faltan á la costumbre y personas que anotan que quedan en la oficina las cartas; para éstas y para las cartas rezagadas se ponen listas, tomadas de los periódicos, que se fijan por determinado tiempo en las paredes.
En un lugar adecuado están en carteles expuestos al público, los dias de entrada y salida de vapores, así como de los buques que arriban al puerto y todas las noticias conducentes á las comunicaciones.
Al regresar á mi alojamiento con Mr. Trik, de mi primera estacion, me fijé en los ferrocarriles urbanos que tienen su punto de partida y de regreso al pié de la estatua de Clay. Son muchas las vías férreas, los wagones están tirados por caballos y mulas, á las que les atusan las colas, que se ven como chicotes de carrero.
Entre las líneas de trenes urbanos se distingue una conducida por vapor; la máquina va dentro un wagon y camina muy aceleradamente y con toda seguridad. El precio comun son cinco centavos.
Circulan además numerosos ómnibus, que esperan á los pasajeros á la llegada de los trenes: hay carruajes elegantes tirados por caballos, que se alquilan á dos pesos por hora: varias líneas férreas unen la ciudad con Algiers, Magdonal y Gritroi, y otros preciosos pueblecitos situados del otro lado del rio.
Mr. Trik no quiso que nos despidiésemos sin visitar un elegante bar-room en que se bebe deliciosa cerveza y se escucha uno de esos órganos estupendos como el de Clif-House de San Francisco.
Al separarnos me encareció Mr. Trik las ventajas de la vida en una casa de huéspedes, ó con alguna de las muchas familias que viven fuera del centro de la poblacion, en esas casitas pintorescas y poéticas de la Explanada, Rampart ó Carrondelet.
—Verá vd., me decia con su carácter movedizo y alegre, verá vd., lo presento á vd. en muchas casas.... y vd. estudia y elige.
Aquella era una espectativa de excursiones, que bien necesitaba yo para conocer en lo posible una poblacion, que aunque con el prestigio de mil recuerdos, la veia bajo auspicios de profunda tristeza.