SEGUNDO ROMANCE A XARIFA.

Avecilla pasajera,

Deten tu vuelo fugaz,

Que voy á darte un mensaje,

Para una dulce beldad,

Más hermosa que los campos,

Por donde contenta vas,

Y más blanca que la espuma

De las olas de la mar.

Sus cabellos, rayos de oro,

De gacela su mirar:

Y manando sus sonrisas

De las perlas y el coral.

Y el pajarito detiene

Su vuelo.... y oyendo está:

"Dile que un bardo que llora

Penas del hado fatal,

Pidió á su lira concentos,

Y la lira muda está;

Que se lacsaron sus cuerdas

Con su contínuo llorar:

Pidió una flor á los campos

De la juvenil edad,

Y de su vejez los hielos,

Malezas y espinas dan.

Entónces confió á tus gracias

Los ecos de su cantar,

Como el que quiere, aunque en sueño,

Llevar al cielo su afan;

Como quien busca un arrimo,

Como quien pide un disfraz,

Para besar una mano

Con respetuosa amistad,

Ya que hacerlo no le es dado

Al tímido original."

——

Esto dije al pajarito

Que tú conoces, señora,

Para tu preciosa Cora,

Y le dí el mensaje escrito.

——

Es muy cierto, verdad es

Que el mensaje cortesano,

Como no pico el inglés,

Se lo dije en castellano

Y él calló sin decir yes....

——

Entónces con desconsuelo

Mi voz atraerlo pretende....

Pero él exclamó: no entende,

Y alzando rápido vuelo,

El giro al espacio emprende.

——

Quedo yo expiando el delito

De mi ignorancia traidora:

Haz tú, Xarifa, con Cora

Las veces del pajarito.

Nueva-Orleans, Abril 9 de 1877.

Guillermo Prieto.

A este y otros versitos juguetones contestaban Xarifa y Cora con chistes y con gracias de tan buen tono y tan llenas de delicadeza, que extendian mi cariño, criaban mi gratitud y convertian cada dia en más profundo mi respeto á la familia entera.

La vida del hotel nos aburria, la comida nos tenia con la bílis en los labios: en una palabra, caia en nuestras almas la sombra de la nostalgia, encerrándose cada cual con sus penas íntimas temiendo molestar á los demás.

Entónces emprendió mi naturaleza descomunal batalla para no dejarse dominar y rendir por mi situacion dolorosa.

Para los hombres concentrados; para esos para quienes el dolor encuentra en sus almas el silencio de la meditacion, las ruinas del desengaño entre el hielo del pasado y la indiferencia por el porvenir, esa visita del splin se pasea como una tempestad sobre un arenal, como cae un rayo en el abismo de las aguas; pero cuando el dolor sorprende nuestro sér; cuando aun viven algunas ilusiones; cuando aun florecen algunos afectos; cuando aspiramos recuerdos en las flores de la tumba y cintilan estrellas en nuestro ocaso, esas invasiones del dolor nos quebrantan; esos relámpagos de desengaño nos deslumbran; ese desamparo estremece nuestros miembros, como las húmedas paredes de un sepulcro en que se nos enterrase vivos.

Yo me amaba con el amor de los que mi gratitud ó mi vanidad me hacian creer que lloraban por mí, los ecos que á mí llegaban hacian vacío en mi espíritu por su extrañeza, el hospedaje de la tierra era como limosna, el aire que llevaba los cantos del ajeno contento, hacia como sombra á mi espíritu para que volasen furtivos mis suspiros.

¡Cómo me sentia doliente y solo, en el desierto de mi alma!

Mis amigos Lancaster y Alcalde, con bondad infinita, me llenaban de noticias, inventaban visitas y excursiones para alentarme, como quien chiquea á un niño, como quien contempla á un padre.

Un domingo, Alcalde me dijo que le acompañase á un negocio al extremo de la ciudad.

No esperó mi respuesta, sino que me encasquetó el sombrero, y cátenme vdes. en vía de diversion.

Hicimos parada á la orilla del lago Ponchartrain.

¡Qué limpias y tendidas aguas! ¡qué risueñas orillas bordadas con los cortinajes que forman los bosques y los caprichosos accidentes de las lejanas colinas!

¡Qué pintorescas barcas de pescadores! ¡y cuántos vaporcillos, faluchos y buquecillos de vapor atravesando con pintorescas poblaciones en sus cubiertas, sus músicas y su aire de contento.

A la orilla del lago hay restaurants y salones espaciosos, tiros de pistola, juegos de bolos y lugares en que se expenden helados, bebidas refrigerantes, bizcochos y dulces.

Y todo esto animado por un gentío inmenso, porque el rasgo más característico de la mujer americana, sea la que fuere su clase, es ser eminentemente portátil.

A pocos pasos del paradero del ferrocarril está el puente de madera: á la entrada del puente un ciego pedia limosna, en tres idiomas alternativamente.

En medio del puente nos detuvimos á contemplar el lago, que es ciertamente magnífico.

La corriente de gente nos empujó á una puertecita de un jardin, á donde llegaban, ó por mejor decir, se descargaban los wagones y se declaraba el imperio de la gresca.

Unos caballeros vestidos con sus fracs negros, corbatas y guantes blancos y en los ojales del frac anchas tiras de liston con sus flecos de plata y oro colgando, nos expidieron los boletos, por cuanto vos se entiende, proclamándose en grandes rótulos que aquel era un Pick-nick, cuyos productos se dedicaban á un establecimiento de caridad.

Entramos y nos encontramos en el centro del jardin más bello que se puede imaginar: altísimos árboles, macizos de flores, toldos de enredaderas, fuentes bullidoras.

En toda la extension del jardin habia mesillas ó puestos de vendimias, y aparadores con frutas, dulces, objetos de modas, joyas, etc., como quien dice, tiendas provisionales, cuyo despacho estaba encargado á jóvenes de deslumbradora hermosura, pero como en competencia las razas.

La americana, alta, estrictamente ceñida, con grandes bucles, peinado colosal, ojos de cielo y cútis cristalino, un tanto de anguloso en las formas, algo de varonil en la conformacion de las manos; y la criolla de color apiñonado, de ojos negros como abismos de pasion y de ternura, labios manando besos y sonrisas, cabello encrespado sobre la tersa frente, y un conjunto muy semejante al tipo mexicano en su adorable perfeccion.

En el centro del jardin, en círculo extenso formado de un solo mostrador corrido, imperaba una especie de bar-room mixto, porque habia sangrías, rompopes helados y compuestos de aguas de Seltz y Vichy, sandwichs y candís, ó sea dulces de todas clases, con petardos, y con preguntas y respuestas, con declaraciones amorosas, y con dulces disfrazados primorosamente de divertidos juguetes.

La servidumbre del establecimiento era espléndida, deliciosa; eran señoritas de privilegiada hermosura, tan listas, tan alegres, con sus largos delantales de lienzo como de nieve sobre la seda, cuajado el pecho de cadenas y joyas, corriendo, saltando y sirviendo á los marchantes en el mostrador mismo, ó en las mesitas colocadas bajo los árboles, ó entre los camellones de alta yerba y deliciosas flores.

A los extremos del jardin se veia en uno un jacalito ó casita campestre con este rubro: Post-ofice: era una oficina de correos en forma, con su despacho, sus sellos y su cuerpo de carteros. Allí se escribia para cualquiera de los concurrentes y la carta se encaminaba á la direccion, acudiendo los interesados por la respuesta ó esperándola de los carteros.

En el opuesto extremo se extendia amplísimo el salon de baile con sus ventanas rasgadas dando al jardin, y su sobresaliente música de viento.

Pero lo constitutivo de estos espectáculos, ó mejor dicho, lo que es el espectáculo en sí, es la concurrencia, tan bien vestida, tan alegre, tan persuadida de que el órden es una condicion de placer para la gente civilizada.

Los niños en estas reuniones son lo que las aguas á los campos, lo que las aves cantoras á los aires, lo que al rostro humano la sonrisa, lo que al jarron de alabastro los ramos de flores.

¡Qué gusto en el vestir, qué alegría, qué soltura y libertad, qué correr custodiados por su inocencia y por el respeto y consideracion universales; todas las manos se tienden para acariciarlos, todas las rodillas son su apoyo, en todos los regazos encuentran halagos!

—Esto es lindísimo, me decia Alcalde, satisfecho de haber ahuyentado mi mal humor: haga vd. sus apuntaciones; aquí traje papel; ¿y el lápiz de vd.? porque hay dias que pierde vd. tres y cuatro.

—Estas son nuestras jamaicas en tafilete, le dije á Joaquin: ¿vd. no recuerda de nuestra tierra?

—Las que he visto, me contestó mi amigo, han sido reminiscencias, en las plazas de toros, en los paseos como la Pradera.

—Pues cuando yo era niño, ví una de esas jamaicas en el bosque de Chapultepec, contiguo á la casa de mis padres, como vd. sabe, que dejó en mí recuerdos imperecederos.

Ya vd. recuerda aquella glorieta del fondo del bosque formada de ahuehuetes gigantescos: ¿la recuerda vd. bien? recuerda su bóveda de ramas, de la que cuelga en chorros el heno y que se abre el centro descubriendo la bóveda del cielo? ¿Recuerda vd. las avenidas de esa glorieta con árboles magníficos, como naves de catedrales de indescribible majestad?

Yo todo lo estoy viendo: por entre los claros que dejan esos árboles, se descubre, ya la fábrica pintoresca del molino, ya la arquería de Anzures con los ojos de sus arcos, ya el castillo con su balconería, su jardin, y su conjunto como el castillo que describe el Ariosto, accesible al caballo pálido engendrado por el aire y la llama; ya en un claro al Sur-Este, los volcanes, las serranías de Cuernavaca y de Toluca, y el tropel de palacios derramados entre los árboles en las pintorescas lomas de Tacubaya.

En esa lindísima glorieta se dió la jamaica dirigida por los hombres de buen gusto de la época, como Gonzalez Angulo, Gamboa, Olaguibel, el mayorazgo Guerrero, Tornel, Molinos del Campo y otros cumplidos caballeros.

La variedad de trages y lo selecto de la reunion, se prestaban á combinaciones y matices que no son posibles aquí.

Allí habia fruteras, por supuesto señoritas de la más alta sociedad, con sus armadores de seda, sus enaguas de raso y de blonda; pero remedando á nuestras vendedoras.

Ya un grupo de inditas deliciosas vendian flores, procurando remedar los cuatros y el encogimiento de las Xochiles de Santanita y de Ixtacalco.

Ya bajo un puesto con su desplante aquel, y con su retobeo y su tragin, estaba instalada una fonda para merienda, y las fonderas, cuajadas de perlas y diamantes, servian y regateaban, y hacian su papel como los demás.

Los hombres distinguidos, los pollos, lujo y decoro de los salones, eran allí dulceros, pasteleros, neveros, vendedores de licores.

En cada fonda rumbosa, en cada puesto, habia sus arpas, sus bandolones, sus dulzainas y sus flautas.

Se compraba con escuditos de oro, y la gracia se hacia estribar, en los chistes del comprador, en los fingidos dengues de las vendedoras. Veintimilla, Villaseñor, Mendivil y otros poetas improvisadores, hacian sus compras dirigiéndose en verso á las vendedoras, que eran condesas y marquesas, con los trages de la florista y de la vendedora de tamales cernidos.

Así, platicando, entramos al salon de baile, que era una verdadera torre de Babel.

Americanos, franceses, ingleses, mexicanos, españoles, de todo habia, y el bello sexo, representante de todas estas nacionalidades, entablaba espontánea, no solo una competencia de lujo y de belleza, sino, lo que es más, de gracias, de amabilidad y de buen humor, verdaderamente hechiceros.

La humanidad reia, amaba, danzaba y daba al diablo lo del Valle de lágrimas, convirtiendo la copa del dolor en rebosantes copas de Champaña.

La tiesura de la inglesa, la voluptuosa indolencia de la criolla, la Sal de Jesus de la habanera, todo se ostentaba espléndido, incendiando al criollo, galvanizando al inglés, distrayendo al yankee y enloqueciendo al mexicano y al habanero.

Yo me habia sentado en una de las bancas del salon de baile, á corta distancia de una señora, dije mal, de una verdadera matrona, que por condescendencia con sus niñas estaba en aquel lugar, sin atender ni ocuparse más que de sus hijos.

Morena, de correcto perfil su nariz, boca reducida y discreta, y los ojos más llenos de dulzura y bondad que pueden constituir el ideal del pintor.

Una preciosa niña corria del asiento de la señora, á donde yo estaba, cerca de la música, y como la mamá la llamaba y procuraba sosegarla, hablando en español.... yo encontré el hilo de una relacion que me sugeria mi viva simpatía por aquella modesta familia.

Pero la señora, aunque de muy finas maneras, tenia un aspecto de melancolía y de gravedad, y no obstante mi valor civil, no me permitia contestaciones como con Clarita la de San Francisco California.

En una de las escapadas que se dió la niña del regazo materno, pasó tan cerca de mí, que la retuve para hacerle un cariño.

—¿Cuál es tu nombre, mi vida?

—Julita.... para servir á vd.....

—¿Y tu mamá?

—Julia tambien, y papá chico, Federico Miranda.

La señora llamó á la niña, y yo me quedé á oscuras, aunque resuelto á contraer amistad. Ocurrióme, como si fuera lo más natural, valerme de la estafeta ad hoc de la entrada; dirigíme allá, pedí papel, esgrimí el lápiz y sobre la rodilla escribí: