VI
Bolsa del algodon.—Rocha y Hameken.—Separacion del hotel.—El barrio frances.—Mad. Belloc.—Primeras impresiones.—Romance á Carrascosa.—Baile.—Cuadro inesperado.
El algodon ha merecido en la Luisiana proteccion especial; pero no á nuestra manera, es decir, no recurriendo á subvenciones ni á negocios con el gobierno; no con capataces ávidos y ministros bienhechores, sino difundiéndose por todos los medios posibles la conviccion profunda de que ese cultivo es una gran riqueza, un grande elemento de poder y una causa poderosa de bienestar y progreso del pueblo.
Tales convicciones dieron orígen á la institucion llamada Cotton Exchange, ó por otro nombre, Bolsa para el cambio del algodon.
Es decir, una institucion formada para la proteccion de aquella gran industria en todos ramos.
Inauguróse el establecimiento en Febrero de 1871, con cien miembros que quedaron en ochenta y hoy son más de trescientos.
Más de treinta mil pesos gasta diariamente el establecimiento, solo para procurarse noticias de todo el mundo relativas al algodon.
En los muros de la Bolsa y en otros varios lugares, en grandes pizarrones negros se escriben, para conocimiento público, los telégramas diarios, relatando el número de pacas recibidas y embarcadas, el precio de venta y procedencias, siendo activísimos los corresponsales de Indianola y Mobila en el Golfo, y Boston en el Atlántico.
Por medio de estos corresponsales se tiene conocimiento del movimiento mercantil de Inglaterra y Francia, como de la India misma.
Aunque el pensamiento primitivo de una Bolsa para el comercio del algodon es de Nueva-York, allí propiamente se favorecia el juego de Bolsa; aquí es una sociedad en que se coopera al general engrandecimiento de la industria, con beneficio de todos los que se dedican á ella.
El movimiento de esa Bolsa, y por consiguiente de la industria algodonera, se calcula en cien millones de pesos.
En cuarenta millones de pesos se valúan las pérdidas que sufrió esta industria con motivo de la guerra.
Pero las mismas pérdidas que se sufrieron, las mismas dificultades con que tuvieron que combatir, aleccionaron á los industriales sobre seguridad, trasportes, pérdidas, etc., hasta formarse un sistema perfecto, desde el campo hasta el embarque del algodon.
LIT. H. IRIARTE, MEXICO
Catedral Francesa y Plaza de Jackson. N. Orleans.
Débese el estado floreciente que guarda la Bolsa á Mr. Jhon Phelps, sobre todo por haber asegurado al plantador de este ramo, cierta utilidad por cada libra de algodon. M. Jhon Phelps ha sido reelecto tres veces presidente de la Bolsa, desplegando en sus actos singular habilidad.
Prensas para el algodon.—El empaque ó aprensamiento del algodon constituye una industria de bastante importancia, y que se cree tiene en su conjunto de capital más de siete millones de pesos.
Atribúyese el invento del mecanismo para aprensar el algodon á M. James Freret, padre de James P. Freret, considerado como un generoso bienhechor de la ciudad de Orleans y por lo mismo universalmente querido: la primera prensa Freret era de mano y estaba colocada en Royal Street.
Despues, al empaque se ha aplicado el vapor, y hoy hay muchos establecimientos, que como hemos dicho, tienen en accion cuantiosos capitales.
El general Sóstenes Rocha y Jorge Hameken y Mejía fueron nuestro alivio y nuestros finos y complacientes amigos en Orleans; Rocha, con su bien sentada reputacion de intrépido soldado y con su tradicion de hechos heróicos, tiene la inmensa superioridad sobre muchos de sus compañeros, que es hombre de saber y que ama con pasion el estudio; tiene la alegría traviesa del colegial, se apasiona por las bellas artes y delira con la música; en su trato íntimo es dulce y condescendiente, franco y buen amigo.
En los momentos de solaz, y cuando el tenaz estudio del inglés, que estropeaba poco ménos que yo, se lo permitia, su contento era conducirnos al café en que existe el órgano monstruoso que hemos descrito, y tomarlo por su cuenta, haciéndonos notar todas las bellezas filarmónicas que encierra aquella sorprendente mecánica.
Jorge Hameken es un literato distinguido; es un mexicano con ligadura yankee, que no hay más que pedir: el arte es su deidad; la religion de lo bello le esclaviza; enamorado de lo ideal, deserta del mundo positivo de su padre y del paraíso materno, para hacer sus excursiones en el Olimpo griego.
Hameken nos persuadió que su casa era la nuestra; nos presentó cariñoso á su familia, que es modelo de virtudes y finura; y una vez cumplidos los deberes que como caballero y amigo se imponia, se amortizaba horas enteras frente al ajedrez, con resolucion, con vocacion como de capuchino, y se absorbia al punto de no pertenecerse, de abdicar la conciencia de su existencia.
En la casa de Hameken se reunia excelente sociedad; nuestro amigo toca perfectamente el piano; y la música, la poesía y las ciencias hacian nuestras veladas encantadoras.
Rocha, bien estaba cerca del piano desesperado con mis desentonos, aunque siempre fungia de oscuro corista; bien contaba cuentos á los niños, para lo que tiene singular gracia, ó bien se entregaba con el incrédulo Lancaster á discusiones sobre el espiritismo, que lo hacian bramar.
Hameken nos encarecia las ventajas de que nos fuésemos á vivir cerca de su casa, para servirnos y atendernos con sus cuidados, y al fin triunfó su bondadosa elocuencia.
Hicimos nuestra escrupulosa liquidacion con el hotel, pasando por los accidentes todos que sugiere la desconfianza; accidentes nacidos de la alta idea que tienen los dueños de hotel de los viajeros en general, sean sus compatriotas ó pertenezcan á extrañas nacionalidades.
En algunos de estos establecimientos quedan baúles responsables de altas cantidades, conteniendo, si no piedras, harapos y desechos indignos.
Se nos contó que en varios hoteles de un Estado vecino se proveia á los huéspedes de largas reatas, no precisamente para que se ahorcaran si fallaban sus especulaciones, sino para que pudieran escapar en caso de incendio; pero abusaron los hijos de Washington de un modo tan desastrado del salvavidas, sirviéndose de él para escaparse sin pagar, que prefirieron, en caso de incendio, guardar á sus parroquianos hechos chicharron.
No me detendré en analizar aquellas cuentas en que proclamada la baratura, los extras forzosos, como el lavado de la ropa, constituyen una tiránica especulacion; y esto me recuerda el sistema financiero de las monjas de cierto convento de Querétaro.
Despues de visitar los devotos á las imágenes milagrosas, acudian á la portería á proveerse de los famosos cajoncitos de dulce.
—¿Cuánto es su precio?
—Lo que su piedad le dicte.
El cajoncito valdria un peso.
—Señora, suplico á su reverencia fije precio.
—No, hermanito, lo que vd. guste dar de limosna.
—Aquí tiene vd. dos pesos.
—Ay, hermanito! vd. perdone, ha de ser lo que su voluntad le dicte, pero siendo lo ménos ocho pesos......
Por este estilo fué nuestra liquidacion en el hotel.
Fardos y trebejos salieron á buena hora en procesion para la calle de San Felipe, en pleno barrio frances, en una casa de huéspedes privada, perteneciente á Mad. Belloc, y donde no se reciben sino personas distinguidas y de muy especial recomendacion.
Ya hemos procurado dar idea del barrio frances, de sus bar-rooms y cafés cantantes, sus almireces colosales anunciando las boticas, sus figurines incitando á la posesion de la ropa hecha, sus muebles, zapatos, baldes y canastos invadiendo las banquetas, y sobre todo, con sus caños pestilentes, como márgenes de las angostas, sucias y desastradas calles; porque si es verdad que no menciono alegres fachadas, ni enrejados que dejan percibir jardines deliciosos, tambien es cierto que no hago mérito de ciertas tabernas, ni de frentes de fondas, ignominia de los cinco sentidos, ni de ciertos tendederos de desmanchadores de ropa, lavanderas y gente particular, que es como si se entregara á la picota del ridículo el forro más interior del cuerpo humano.
La casa de la Sra. Belloc, aunque es un cuadrilongo, su parte habitable es como una alcayata.
En la cabeza de esta alcayata hay sus habitaciones que dan á un amplio corredor y á la calle, con sus persianas verdes y sus muebles. En la parte superior hay unas buhardillas en que la luz penetra por troneras y boquetes, y á la espalda de la alcayata una série de cuartitos que dan á uno de esos purgatorios de negros, en que la fritanga, el pleito, el harapo y las escenas del paraíso se suceden sin interrupcion.
En la parte baja del edificio están la cocina y las oficinas domésticas, el baño y el jardin, dando á la calle el comedor situado en un pasadizo, y el parlor, dividido en dos secciones ó salas, como aquellas de que dimos conocimiento en San Francisco á nuestros lectores.
La Sra. Belloc es una persona alta y robusta, de pelo cano levantado en furia sobre la frente, modales expeditos, imperiosa mirada y bozo pronunciado, con accesorios como conatos de barba; pero es persona de muy finas maneras y complaciente con sus parroquianos.
Entre nuestros compañeros de domicilio habia una jóven dulcísima y de angelical candor, hija de los campos, lirio escondido, trasladado á la ciudad por pocos dias; interpretaba á Shubert otra señorita llena de inteligencia y pasion, y amenizaba nuestra tertulia la esposa de un banquero, muy entendida en la música.
En las noches, que eran prolongadas y tristes, se encendia fuego en la chimenea: unos tocaban, conversaban los más, y yo me aburria santamente, haciendo el ermitaño de malísima gana.
Pero esto era de vez en cuando: lo comun era que Alcalde me hiciese compañía y fuésemos á sacudir la murria á las calles, á un café cantante, ó á la casa de Quintero, que era en realidad nuestro quitapesares.
Pero mi situacion privada era angustiadísima: las noticias de la mala salud de uno de mis hijos, me tenia en estado de inquietud constante; y no obedecia á mis llamamientos de buen humor, ni siquiera esa musa callejera obediente siempre, y siempre sumisa á mis más ligeras insinuaciones.
Como una prueba de esas tentativas, suelto, sin más preámbulo, ese romance á José Carrascosa, en que le pinto mi nueva situacion: