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Sobremesa en casa de Quintero.—El Dr. Havá.—Turla. Su muerte.—Sus versos á Rodriguez Galvan.—Quintero. Sus versos.—Traducciones de Poe.—La estatua de Clay.—Soledad.—Dias negros.

En la casa de Pepe Quintero, que veia y me enorgullezco de ver como mia, tuve agradabilísimas reuniones con lo más inteligente y distinguido de la sociedad literaria de Orleans.

Quintero habla y escribe en inglés con pureza y correccion, iluminando su frase con la galanura de los idiomas latinos y el chiste del frances especialmente.

Quintero y Dana son los hombres (entre los que he tratado), que en los Estados-Unidos se pueden entender mejor y más popularmente con los hombres de raza latina.

Quintero es un gran poeta: cierta ternura sombría; cierta filosofía de la escuela de Byron, pero en el fondo llena de nobleza, hacen adorables sus composiciones, principalmente las que se relacionan con sus afectos íntimos.

Conocedor profundo del idioma inglés y de sus más atrevidos giros poéticos, ha podido traducir á Edgar Poe, ese beodo sublime que puso á la misma ciencia al servicio de la locura en su incomprensible idealismo.

Quintero ha traducido brillantemente á Longfellow, reputado como el primero de los poetas americanos, y yo lo creyera si no hubiera aspirado el perfume de los bosques vírgenes en las solemnes composiciones de mi amado William Bryant.

El elogio de las traducciones de Quintero lo ha hecho Longfellow, y yo he visto carta suya en que tributa elogios que envanecerian á cualquiera otro hombre de alma ménos grande que mi amigo.

Como decia, las tertulias de la casa de Quintero eran para mí deliciosas: allí admiré mil veces la instruccion inmensa, la energía independiente, la fé inquebrantable en los principios del viejo leon á quien he dado á conocer con el nombre de Demitrich; allí esclarecí mis dudas históricas con Gayarré, y allí tuve conocimiento con el Dr. Havá, persona muy estimable y simpática.

El doctor tendrá cuarenta y cinco ó cuarenta y seis años; fornido, de color moreno, de altiva frente y de ojos negros que despiden rayos de penetracion y de pasiones tumultuosas.

Desciende de su cabeza á sus hombros, espesa melena de sedosos cabellos que terminan en una rizada extremidad, como el doblez de un cortinaje. Eso le da dureza á su conjunto; pero no solo Havá es hombre sabio sino de una exquisita y sólida educacion, con ciertas originalidades, que sin llegar á la extravagancia, lo hacen singular.

Sabio sin pedantería, humano y generoso, sensible á las bellezas artísticas, á pesar de sus enemigos, es necesario confesarle mérito á este doctor á quien mucho quiere Quintero.

Havá hizo su educacion en Paris, distinguiéndose mucho en su facultad; delira con la preponderancia de la raza latina, y cubano independiente, tiene por México especial predileccion, lo que, como debe suponerse, es un título más á mi cariño.

Hablando de literatura en una sobremesa, se mencionaban las publicaciones periódicas, señalando al Picayune, El Times, El Daly Democrate y L'Abeille de la Nouveell-Orleans, periódico frances en algunas épocas, perfectamente redactado.

Hablándose de instituciones científicas y literarias, Havá habló en los términos más elocuentes de la Academia Médica, ensalzando el mérito de sus compañeros, sin rivalidades ni miserias.

A Quintero tocó el elogio del Ateneo Luisianés, que se puede citar como representante digno de la literatura francesa.

Mercierz, novelista y escritor distinguido, es el secretario perpétuo del establecimiento, y ha dado á luz "La Hija del Sacerdote Delery," y otras obras de sobresaliente mérito.

Con suma complacencia, con verdadero orgullo escuché los elogios á la Sra. Townsed, que ostenta modesta en su tocado de matrona ejemplar, la diadema que ciñeron Saffo y Corina.

Yo lamento como una verdadera desgracia la pérdida de una lindísima poesía dedicada á mis compañeros y á mí, y que se publicó en El Picayune con universal aplauso, como todo lo que sale de la pluma de Xarifa. Lo que es yo, no soy imparcial: la quiero mucho, la admiro y le vivo muy reconocido.

De una palabra en otra palabra, se encadenó la conversacion, como si todos forjaran, cada uno su anillo de oro, para hablar de la literatura habanera.

Resonó primero, en medio de nuestra profunda admiracion, nuestro Heredia.... nuestro, porque aunque la fortuna quiso darle su cuna en Cuba, nosotros le dimos templo á sus glorias y asilo á sus restos.

Milanes, Palma, y Plácido, tan esencialmente cubano como los palmares y los plátanos que sombrean la herida, pero hermosísima frente de la sultana favorita de las Antillas.

Hablando de esa constelacion que refleja su brillo en las aguas de Cuba, forzosamente mencionamos á Turla.

Turla debia morir á los dos ó tres dias de esta conversacion; su infortunio le engrandecia á nuestros ojos; la pobreza consagraba la frente augusta del mártir; á su alma la veiamos desprenderse luminosa de su antro de miseria, para incorporarse como una ola fulgente en el infinito de la eternidad.

Turla era hijo de un sastre; desde sus primeros años, su génio activo y soberbio protestó en favor de las libertades de sus compatriotas.

Ardiente amigo y admirador de Heredia, se complicó en sus trabajos revolucionarios, y vivia hacia cuarenta años desterrado en Orleans.

Quiso dedicarse al periodismo, y no tenia la flexibilidad que ese ejercicio batallador requiere. Daba lecciones y vivia en la miseria. Así estaba muriendo.

Su inspiracion tiene el carácter ácre, incisivo, pero frecuentemente sublime, de Barbier, á quien se le comparó durante el período revolucionario.

Yo recordé las relaciones que contrajeron nuestro Rodriguez Galvan y Turla en la Habana, cuando el uno, siguiendo su sino fatal, tropezó con su tumba, y el otro estaba en vísperas de que la mano del destierro lo robase para siempre del suelo de que puede llamarse honra y orgullo.

Me lamentaba de no poseer la composicion que Turla dirigió á Rodriguez despues que éste asistió conmovido á la lectura del Conde de Alarcos, y cuando concluyó le instaba Rodriguez á que fuese á radicarse en México.

Lamentaba, digo, no recordar esa composicion, cuando Havá, con entonacion verdaderamente magnífica, declamó los versos de Turla, que dicen así: