CONVERSACIÓN.
Habíase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareció el Jaguar: ante el aspecto inofensivo del hombre a quien hacía mucho tiempo que estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo menos el descaro.
Ruperto, el más bribón de los tres, fue quien primero recobró su sangre fría, y reflexionando que el individuo que les había causado tanto susto se hallaba solo, y que por lo tanto no podía tener la fuerza de su parte, se adelantó con resolución hacia él y le dijo brutalmente:
—¡Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que le sucede, sino también el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.
El joven se enderezó como si le hubiese picado una serpiente, y lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:
—¡Calle! ¿Es a mí a quien habla V. de ese modo?
—¿Pues a quién ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien sentía cierta inquietud por la manera en que había sido acogida su interpelación.
—¡Ah! dijo únicamente el Jaguar, y sin añadir una palabra se adelantó con lento paso hacia Ruperto, a quien mantenía inmóvil con su mirada fascinadora, y que le veía llegar con un espanto que iba creciendo por instantes.
Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.
Esta escena, tan sencilla en la apariencia, debía tener, sin embargo, una significación terrible para los circunstantes, porque todos los pechos estaban anhelosos, todas las frentes pálidas.
El Jaguar, con el rostro lívido, las facciones crispadas, los ojos inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelantó el brazo para coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento más leve para librarse de aquella presión que, sin embargo, sabía que debía ser mortal.
De improviso Carmela saltó como una corza asustada, y se arrojó entre los dos hombres.
—¡Oh! exclamó juntando las manos; ¡tenga V. compasión de él, no le mate V., por Dios!
El semblante del Jaguar varió súbitamente y se revistió de una expresión de inefable dulzura.
—¡Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morirá; pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas, miserable, añadió dirigiéndose a Ruperto y apoyando pesadamente la mano en su hombro; de rodillas y pide perdón a este ángel.
Ruperto, más bien que arrodillarse se dejó caer al sentir el peso de aquella mano de hierro, y se arrastró hasta los pies de la joven, murmurando con voz tímida:
—¡Perdón! ¡Perdón!
—¡Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levántate y da gracias a Dios porque todavía esta vez te has librado de mi venganza. Abra V. la puerta, Carmela.
La joven obedeció.
—A caballo, prosiguió el Jaguar; id a esperarme al Río Seco, y sobre todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. ¡Id!
Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento después se oyó resonar en el camino el galope de sus caballos que se alejaban.
Los dos jóvenes quedaron solos en la venta.
El Jaguar se sentó delante de la mesa en que un momento antes estaban bebiendo los tres hombres, apoyó la cabeza en ambas manos y pareció que quedaba sepultado en serias reflexiones.
Carmela le miraba con una mezcla de interés y de temor, sin atreverse a dirigirle la palabra.
Por último, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante largo, el joven levantó la cabeza y miró en torno suyo como si despertase de un sueño profundo.
—¿Ha permanecido V. ahí? dijo a la joven.
—Sí, respondió Carmela con dulzura.
—Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me aborrecen.
—¿No hago bien?
El Jaguar se sonrió con tristeza; pero respondió a esta pregunta haciendo otra, táctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su pensamiento.
—Ahora, dijo, cuénteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos miserables.
La joven pareció como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidió y confesó las palabras que había dicho al capitán de dragones.
—Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. ¿Está V. sola aquí?
—Enteramente sola.
—¡Qué imprudencia! ¿Cómo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo?
—Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos días debe dar una gran batida.
—Bien; pero al menos Quoniam debió quedar al lado de V.
—No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda.
—Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono de mal humor; es preciso estar loco para abandonar así a una joven sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso durante semanas enteras.
—No me hallaba sola, pues habían dejado conmigo a Lanzi.
—¡Ah! ¿Y qué se ha hecho?
—Un poco antes de salir el sol le envié a ver si traía alguna caza.
—Muy bien pensado, ¡por vida mía! Así ha permanecido V. expuesta a las groserías y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase insultarla.
—No creí que hubiese peligro.
—¿Supongo que ahora estará V. ya desengañada?
—¡Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no me volverá a suceder.
—Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.
La joven se asomó a la puerta y dijo:
—Sí, ahí viene.
En efecto, en aquel momento entró el hombre de quien habían hablado.
Era un individuo de unos cuarenta años, de fisonomía inteligente y audaz; llevaba sobre sus hombros un magnífico gamo atado, sobre poco más o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a llevar las gamuzas. Su mano derecha empuñaba una escopeta.
Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le saludó y puso su gamo encima de la mesa.
—¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha hecho V. buena cacería, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, ¿eh?
—He conocido un tiempo en que abundaban más, respondió Lanzi en tono brusco; pero ahora, añadió moviendo tristemente la cabeza, apenas puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un día.
El joven se sonrió y dijo:
—Ya volverán.
—No, no, replicó Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a las comarcas que abandonaron, por grande interés que tengan en hacerlo.
—Pues entonces, amigo mío, es preciso que se resigne V. y se consuele.
—¡Eh! ¡No hago otra cosa! murmuró Lanzi volviendo la espalda con aspecto descontento.
Y después de esta réplica volvió a cargar el gamo sobre sus hombros y entró en otra habitación.
—Lanzi no está hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a quedar solo con Carmela.
—Le disgusta encontrar a V. aquí.
El Jaguar frunció el entrecejo y preguntó:
—¿Por qué es eso?
Carmela se ruborizó y bajó los ojos sin responder; el Jaguar la examinó un momento con una mirada penetrante.
—Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostería desagrada a alguien, quizás a él.
—¿Por qué ha de desagradarle? Me parece que él no es el amo.
—¡Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, ¿verdad?
La joven hizo una seña afirmativa.
El Jaguar se levantó con violencia y se paseó presuroso por la sala de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada inquieta, el Jaguar se paró bruscamente delante de ella, levantó la cabeza, y mirándola con fijeza preguntó:
—Y a V., Carmela, ¿le desagrada mi presencia en este sitio?
La joven permaneció silenciosa.
—¡Responda V.! repuso el Jaguar.
—No he dicho eso, murmuró Carmela vacilando.
—No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V., Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesármelo cara a cara.
La joven levantó la cabeza con viveza y respondió con febril animación:
—Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. ¿Por qué he de desear que V. se aleje? Nunca me ha hecho V. daño; al contrario, siempre le he encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todavía, no ha vacilado V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban.
—¡Ah! ¿Lo confiesa V.?
—¿Por qué no he de confesarlo, si es cierto? ¿Tan ingrata me juzga V.?
—No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con amargura.
—No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aquí, cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy quien le defiende. ¿Es culpa mía si, por su carácter y por la vida misteriosa que hace, está V. colocado fuera de la existencia común? ¿Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha procurado arrastrar a V. a una explicación leal, y siempre ha rechazado V. sus tentativas. Así pues, a nadie culpe V. más que a sí mismo por el aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en torno de V.; y no dirija reconvenciones a la única persona que hasta ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos.
—¡Es verdad! respondió el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el réprobo, para con el hombre a quien persigue el odio general.
—Odio tan estúpido como injusto.
—Y del cual no participa V., ¿verdad? preguntó el joven con viveza.
—No, no participo de él; pero padezco al ver la obstinación de V., porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.
—¡Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene V. razón y dar un mentís a los que me insultan de un modo cobarde cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos. Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza de que llegará un día en que me será lícito darme a conocer tal como en realidad soy, y arrancarme la máscara que ya me pesa; entonces...
—¿Entonces? preguntó Carmela viendo que se interrumpía.
El Jaguar vaciló un instante, y después dijo con voz ahogada:
—Entonces tendré que hacer a V. una pregunta y dirigirle una petición.
La joven se ruborizó levemente; pero reponiéndose en seguida, murmuró en voz baja:
—Me encontrará V. dispuesta a responder a ambas cosas.
—¿De veras? exclamó el Jaguar con alegría.
—Se lo juro a V.
Un relámpago de felicidad iluminó, cual un rayo de sol, la fisonomía del joven.
—¡Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento oportuno, recordaré su promesa.
Carmela bajó la cabeza haciendo una seña de mudo asentimiento.
Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres de la casa con esa gracia y esa ligereza de pájaro, propias de las mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al cabo de algunos instantes se acercó a la puerta y miró hacia fuera.
—Es preciso que me marche, dijo.
—¡Ah! exclamó Carmela fijando en él una mirada escudriñadora.
—Sí; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo; quizás si se lo dijese yo mismo, lo haría de mala gana; me ha parecido ver que no soy santo de su devoción.
—Voy allá, respondió la joven sonriendo.
—El Jaguar la miró alejarse y ahogó un suspiro.
—¿Qué es esto que siento? murmuró apoyando la mano con fuerza sobre su corazón, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ¿será por ventura lo que llaman amor? ¡Estoy loco! repuso al cabo de un instante; ¿acaso puedo yo amar? ¡El Jaguar! ¿Acaso se puede amar al réprobo?
Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunció, y murmuró con voz sorda:
—Cada cual tiene su misión en este mundo, ¡y yo sabré cumplir la mía!
Carmela volvió a entrar y dijo:
—El caballo estará pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.
—Gracias, dijo el Jaguar.
Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que en Méjico hacen próximamente las veces de las polainas y sirven para librar al jinete de los golpes del caballo.
Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le examinaba atentamente con una expresión de vacilación tímida.
El Jaguar reparó en ello y le preguntó:
—¿Qué tiene V.?
—Nada, dijo la joven balbuceando.
—Me engaña V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dígame V. la verdad.
—Pues bien, respondió la joven con una vacilación cada vez más marcada, tengo que pedir a V. un favor.
—¿A mí?
—Sí.
—Hable V. pronto, niña; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo de antemano.
—¿Me lo jura V.?
—¡Lo juro!
—Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitán de dragones que estaba aquí esta mañana, le conceda V. su protección.
El joven se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.
—¡Ah! exclamó, ¿con que es cierto lo que me han dicho?
—No sé a qué alude V.; pero le reitero mi súplica.
—No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aquí después que él se marchó.
—Sí, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; ¿a qué buscar un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale más obrar con entera franqueza.
—Está bien, respondió el Jaguar con voz sombría y con un tono de ironía mordaz; tranquilícese V., Carmela; defenderé a su amante.
Y se lanzó precipitadamente fuera de la sala poseído de la más violenta cólera.
—¡Oh! ¡Qué bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclamó la joven dejándose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. ¡Es un corazón de tigre lo que su pecho encierra!
Ocultó su rostro entre ambas manos y prorrumpió en sollozos.
En el mismo instante se oyó fuera el galope rápido de un caballo que se alejaba.