CARMELA.


Ahora, antes de continuar nuestra narración, es preciso que demos a nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para los hechos que van a seguir.

Entre las provincias del vasto territorio de Nueva España, hay una, la más oriental de todas, cuyo valor verdadero ignoró constantemente el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la república mejicana que, en la época de la proclamación de la independencia, no la juzgó digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que más tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dejó colonizar por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que estaban atormentados por esa fiebre de invasión y de ensanche que hoy ha llegado a ser una especie de locura endémica para aquellos dignos ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas.

Aquella comarca magnífica es una de las mejor situadas que hay en Méjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningún país tiene mejor riego: nueve ríos considerables llevan al mar sus aguas aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones surcan y fertilizan aquella tierra: estos ríos, profundamente encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramándose a lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros países y que se convierten en fétidos pantanos.

El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas del Nuevo Mundo.

Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Río Rojo al norte, al oeste una cordillera de altas montañas que ciñe vastas praderas y el Río Bravo del Norte; y por último, desde la embocadura de este río hasta el de la Sabina, el golfo de Méjico.

Ya hemos dicho que los españoles ignoraban casi por completo el valor verdadero del Tejas, aunque hacía mucho tiempo que le conocían, porque es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruzó por él cuando desde la Florida se trasladó a las provincias septentrionales de Méjico.

Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intentó formar en aquel hermoso país pertenece sin disputa a la Francia.

En efecto, el infortunado y célebre Roberto de la Salle, encargado por el marqués de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisipí en 1684, se equivocó y entró en el Río Colorado, por el cual bajó con suma dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tomó posesión del país y construyó un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos aquí en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos veces intentó trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este de Méjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados que formaban parte de su tropa.

Un recuerdo más reciente nos une de nuevo a Tejas, porque allí fue donde en 1817, y bajo el nombre de Campo de Asilo, intentó el general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos desventurados de los invencibles ejércitos del primer imperio. Esta colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema despótico observado siempre en el Nuevo Mundo por los españoles de aquel tiempo, y que consistía en no dejar bajo ningún pretexto que se estableciesen extranjeros en punto alguno de su territorio.

Se nos perdonará que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se reflexione que aquel país, libre tan solo de veinte años a esta parte, de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectáreas, habitado cuando más por doscientos mil individuos, ha entrado sin embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha de llamar la atención de los gobiernos europeos y excitar las simpatías de los hombres inteligentes de todas las naciones.

En la época en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es decir, en la segunda mitad del año de 1812, el Tejas pertenecía todavía a Méjico; pero había comenzado ya su gloriosa revolución, y luchaba valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y proclamar su independencia.

Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos explicar cómo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que le debía su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban establecidos, por decirlo así, en el Tejas, y cómo el cazador tenía una hija, o al menos llamaba así al precioso ángel rubio y sonrosado que hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.

Unos doce años antes del día en que comienza nuestro relato en la venta del Potrero, Tranquilo había llegado a aquella misma hostería seguido de dos compañeros y una niña de cinco a seis años, de cara despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era sino Carmela; en cuanto a sus compañeros, uno era Quoniam, y el otro un mestizo indio que atendía al nombre de Lanzi.

El sol se hallaba ya próximo a ocultarse cuando la reducida caravana paró delante de la venta.

El ventero, que en aquel país desierto, situado en la frontera india, estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan avanzada, había cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se disponía a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros personajes le obligó a modificar sus intenciones por aquella noche.

Sin embargo, solo con marcada repugnancia y después de las repetidas seguridades que le dieron los viajeros de que nada tenía que temer por parte de ellos, fue como se decidió a abrir la puerta e introducirlos en la casa.

Por lo demás, desde el momento en que se decidió a recibirlos, el ventero fue lo que debía ser, es decir, tan atento y servicial como puede permitirlo el carácter de los hosteleros mejicanos, que, sea dicho entre paréntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.

Éste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta, ya de cierta edad, pero todavía listo y vivo.

Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral delante de una buena provisión de alfalfa, y que también ellos hubieron cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada larga, se estableció cierta confianza entre el ventero y ellos, merced a algunos tragos de refino de Cataluña, generosamente ofrecidos por el canadiense, y la conversación se entabló bajo el pie de la más franca cordialidad, mientras que la niña, cuidadosamente envuelta en el mullido zarapé del cazador, dormía con esa tranquila y cándida indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo y lo porvenir no existe todavía.

—¡Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echándole otro vaso de refino, ¿paréceme que lleva V. aquí una vida muy feliz?

—¡Yo!

—¡Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy seguro de que se levantará tarde.

—¿Qué otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he venido a perderme por mis pecados?

—Según eso, ¿escasean los viajeros?

—Sí y no; depende de la manera en que V. lo entienda.

—¡Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.

—Sí, hay dos y muy diferentes.

—¡Hombre! Me alegraría de conocerlas.

—Es muy fácil. No faltan en el país vagabundos de todos colores y castas, y si yo quisiese llenarían mi casa todo el santo día; pero lléveme el diablo si me dejarían ver el color de su dinero.

—¡Ah! Muy bien. Pero supongo que esos señores no constituirán exclusivamente la parroquia de V.

—No; hay también los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los Pawnees, y qué sé yo cuantos más, que de vez en cuando vienen a rondar por los alrededores.

—¡Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. más que esos parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces debe V. recibir visitas más agradables.

—Sí, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin duda; pero los ingresos están siempre muy lejos de cubrir los gastos.

—Es claro. A la salud de V.

—A la de V.

—Pero entonces, permítame V. una observación que quizás le parecerá indiscreta.

—Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos amigos y no debemos contenernos.

—Tiene V. razón. Si se encuentra V. mal aquí, ¿por qué diablos permanece en este sitio?

—¡Ah! He ahí la cuestión: ¿a dónde quiere usted que vaya?

—¡Pardiez! No lo sé, a cualquiera parte, en donde siempre estará V. mejor que aquí.

—¡Ah! ¡Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un suspiro.

—¿Tiene V. a alguien consigo aquí?

—No, estoy solo.

—Pues bien, entonces ¿quién le detiene?

—¡Caramba! ¿Qué ha de ser? ¡El dinero! Todo cuanto yo poseía, y no era mucho, lo invertí en edificar esta casa y establecerme en ella, y aún eso gracias a los peones de la hacienda.

—¿Hay alguna hacienda por aquí?

—Sí, a unas cuatro leguas de distancia está la hacienda del Mezquite.

—¡Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, está bien, continúe V.

—De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a abandonarlo todo.

—¿Por qué no lo vende V.?

—¿Y quién lo compra? ¿Cree V. que sea fácil encontrar por aquí un individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y que esté dispuesto a hacer una tontería?

—¡Pardiez! No se sabe, acaso buscando podría encontrarse

—Vamos, caballero, ¡tiene V. gana de burlarse!

—En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y voy a probárselo a usted.

—Veamos.

—¿Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?

—¿He dicho cuatrocientos?

—No andemos con tretas, lo ha dicho V.

—Muy bien, lo admito; ¿y qué más?

—¿Qué más? Que yo se la compro si V. quiere.

—¿Usted?

—¿Por qué no?

—¡Pardiez! Sería preciso verlo.

—Está visto: ¿quiere V., sí o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizás dentro de cinco minutos habré variado de intención, con que decídase V.

El ventero fijó una mirada investigadora en el canadiense.

—¡Acepto! dijo.

—Corriente; solo que no le daré a V. cuatrocientos duros.

—¡Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado.

—Le daré a V. seiscientos.

El ventero se quedó estupefacto y en seguida dijo:

—No me parece mal.

—Pero con una condición, añadió Tranquilo.

—¿Cuál es?

—La de que mañana, tan luego como se haya efectuado la venta, montará V. a caballo... ¿Supongo que tendrá V. un caballo?

—Sí Señor.

—Pues bien, montará V. en él, se marchará y no volverá a parecer por aquí.

—¡Oh! De eso puede V. estar muy seguro.

—¿Queda convenido?

—Sí Señor.

—Entonces, mañana al salir el sol que estén preparados los testigos.

—Lo estarán.

En esto quedó la conversación. Los viajeros se envolvieron en sus mantas y zarapés; se tendieron en el áspero suelo de la sala y se durmieron. El ventero les imitó.

Según lo habían convenido, el ventero, un poco antes de amanecer, ensilló su caballo y se ocupó en procurarse los testigos necesarios para la validez de la transacción; con este objeto se fue a rienda suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de vuelta. Le acompañaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho peones.

El mayordomo, que era el único que sabía leer y escribir, redactó una escritura de venta; luego reunió a todos los circunstantes y la leyó en alta voz.

Tranquilo sacó entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de oro, y las extendió sobre la mesa.

—Señores, dijo el mayordomo dirigiéndose a los circunstantes, sean VV. testigos de que el señor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.

—Somos testigos, respondieron todos.

Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza, pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.

Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arrancó un puñado de yerba y le tiró por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la tiró al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de tomar posesión de la finca.

—Sean VV. testigos, Señores, volvió a decir el mayordomo, de que el señor Tranquilo, aquí presente, toma legalmente posesión de esta finca. ¡Dios y libertad!

—¡Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. ¡Viva el nuevo huésped!

Habíanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa en donde Tranquilo suministró sendos tragos de vino a sus testigos, a quienes esta munificencia inesperada colmó de alegría.

El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretón de mano al comprador, montó a caballo y se marchó deseándole buena suerte. Desde aquel día no se volvió a oír hablar de él.

He ahí cómo había llegado el cazador a Tejas y cómo se estableció.

Dejó a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a él, merced a la protección del mayordomo, que le recomendó a su amo D. Hilario de Vaureal, entró en la hacienda del Mezquite en calidad de tigrero o cazador de tigres.

Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razón se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podrían haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense a retirarse allí; pero todas las tentativas hechas por los curiosos para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron, quedaron sin resultado; los compañeros de Tranquilo y aún él mismo permanecieron mudos; en cuanto a la niña, ella nada sabía.

Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicación de aquel enigma, confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.

Pero transcurrieron las semanas, los meses y los años sin que nada fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del cazador.

Carmela había llegado a ser una joven deliciosa; la venta se había hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta entonces por razón de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se resintió del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al centro del país; los viajeros llegaron a ser más frecuentes, y el cazador, que hasta entonces parecía que se había cuidado muy poco de lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada, comenzó a sentirse inquieto, no por sí, sino por Carmela, que se hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo de los enamorados a quienes su hermosura atraía cual la miel a las moscas, sino también de los hombres sin fe y sin conciencia que los disturbios habían hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.

El cazador, no queriendo dejar por más tiempo a la joven en la posición peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocupó activamente en conjurar las desgracias que preveía, pues si bien por ahora es imposible saber los vínculos que le unían con Carmela, quien le daba el nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cariño y tenía para con ella una abnegación absoluta; en esto le imitaban Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer, ni una niña, sino un ídolo a quien adoraban de rodillas y por el cual habrían sacrificado con júbilo hasta sus vidas a la más leve indicación suya.

Una sonrisa de Carmela les hacía felices, el más mínimo gesto de mal humor suyo les ponía tristes.

Debemos añadir que Carmela, a pesar de que conocía toda la extensión de su poder, no abusaba de él, y que su mayor alegría consistía en verse rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.

Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna, pero los únicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penúltimo capítulo.


[XIV.]