LA CONDUCTA DE PLATA.


Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero al amanecer, y por cuyo jefe parecía que tanto se interesaba Carmela.

Este oficial era un joven de unos veinticinco años, de facciones finas y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el uniforme brillante de capitán de dragones.

D. Juan Melendez de Góngora, aunque pertenecía a una de las familias más nobles y más antiguas de Méjico, había querido deber tan solo a sí mismo sus ascensos en el ejército, pretensión singular en un país en que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideración que, por parte de la población, es más bien efecto del miedo que de la simpatía.

Sin embargo, D. Juan había perseverado en sus ideas excéntricas, y cada grado que obtenía era, no la recompensa de un pronunciamiento bien hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por alguna acción brillante. D. Juan pertenecía a esa clase de verdaderos mejicanos que aman realmente a su país, y que, celosos de su honra, sueñan para él una rehabilitación, si no imposible, al menos, muy difícil de conseguir.

Es tan grande la fuerza de la virtud, aún sobre las naturalezas degeneradas, que el capitán don Juan Melendez de Góngora era respetado por todos los hombres que se ponían en contacto con él, y aún por aquellos que menos lo querían.

Por lo demás, la virtud del capitán nada tenía de austera ni exagerada; era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un león, y siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos aquellos que a él recurrían, ya fuesen amigos o enemigos. He ahí como era, física y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta y que había concedido su protección al fraile que cabalgaba al lado suyo.

Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasión de decir algunas palabras, merece una descripción especial.

En cuanto a su físico, era un hombre de unos cincuenta años, casi tan alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro colorado le daban una fisonomía jovial a la que hacían aparecer irónica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de resolución.

En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante, glotón, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo grado; en fin, el mejor compañero de bromas que pudiera imaginarse, ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algún sabroso chiste.

¿Qué singular casualidad podía haberle llevado tan lejos hacia la frontera? Esto era lo que nadie sabía y de lo que nadie se cuidaba, pues todos conocían el carácter vagabundo de los frailes mejicanos que pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin objeto y sin interés alguno las más veces, y solo con arreglo a su capricho.

En aquella época, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila, formaba todavía un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.

La caravana mandada por el capitán D. Juan Melendez había salido ocho días antes de Nacogdoches para trasladarse a Méjico; solo que el capitán, con arreglo a instrucciones que recibiera, había abandonado el camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas clases, y había dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos de la sierra de San Sabas, que sin embargo tenía que cruzar, pero por la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las elevadas mesetas, bajándose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes de terreno tan temibles para los viajeros.

Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitán estuviesen cargadas con una mercancía muy preciosa para que el gobierno federal, a pesar de las pocas tropas que tenía en el Estado, se hubiese decidido a hacerlas acompañar por cuarenta dragones mandados por un oficial tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias, sin duda alguna habría sido muy necesaria, si no indispensable, en el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y mantener a los habitantes en la senda del deber.

En efecto, aquellas mercancías eran muy preciosas: aquellas mulas conducían tres millones de duros que de seguro habrían sido una buena presa para los insurgentes si hubiesen caído en sus manos.

Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominación de los virreyes, el pabellón español, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el más leve riesgo el territorio de Méjico en toda su anchura; tan grande era el terror inspirado por el solo nombre de la España.

A la sazón no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez las que cuarenta hombres resueltos parecía que no habían de bastar para proteger.

El gobierno había juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para expedir aquella conducta de dinero, esperada en Méjico hacia mucho tiempo; habíase guardado el más profundo silencio acerca del día y la hora de la partida y del camino por donde se dirigiría.

Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el género de mercancía que contenían; las mulas, enviadas una después de otra en medio del día, y confiadas únicamente a sus arrieros, solo a quince leguas de la ciudad se habían reunido con la escolta que, bajo un pretexto plausible, hacía un mes que estaba acantonada en un antiguo presidio.

Así pues, todo se había previsto y calculado con el mayor esmero y la mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercancía preciosa; los arrieros, que eran los únicos que conocían el valor de su cargamento, tenían buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo poco que poseían servía de fianza para la seguridad de su flete, y para ellos era cuestión de verse completamente arruinados si los robaban en el camino.

La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquilón de la nena: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento a sus mulas.

Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitán escuchaba con indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando dirigía a la desierta llanura una mirada escudriñadora.

—Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compañero, ahora ya no debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la mañana está magnífica, y todo nos anuncia un buen día.

—Sí, sí, respondió el fraile riendo, gracias a Nuestra Señora de la Soledad, Señor Capitán, estamos en las mejores condiciones que pueden imaginarse para hacer un viaje.

—Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; temí que el despertar algo brusco de esta mañana le hubiese puesto de mal humor.

—¡A mí! Válgame Dios, Señor Capitán, respondió el fraile con fingida humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos sin murmurar a todas las tribulaciones que el Señor tenga a bien enviarnos, y luego la vida es tan corta, que más vale no ver más que su lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de alegría a que podemos tener derecho.

—¡Bravo! He ahí una filosofía que me gusta. Es V. un buen compañero, padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.

—Eso dependerá algún tanto de V., Señor Capitán.

—¡De mí! ¿Cómo es eso?

—¡Pardiez! Será según la dirección que se proponga V. seguir.

—¡Ya! dijo D. Juan; ¿pues hacia dónde va usted, padre?

Esta antigua táctica de responder a una pregunta con otra es excelente, y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile quedó cogido; pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que debía ser, es decir, evasiva.

—¡Oh! Para mí, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son casi iguales; mi hábito me asegura buena cara y buena acogida en todos los puntos a donde la casualidad me lleve.

—Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me dirigió V. hace un momento.

—¡Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Señor Capitán; sentiría en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me dispense.

—No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razón tengo para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que voy escoltando no me interesa lo más mínimo; mañana o pasado, a más tardar, pienso separarme de ella.

El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.

—¡Ah! ¿De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.

—Sí por cierto, continuó diciendo con indiferencia el capitán; esos pobres hombres me han rogado que les acompañe durante algunos días, por temor de las gavillas que infestan los caminos. Según parece, llevan mercancías de bastante valor y no les gustaría ser robados.

—¡Ya lo creo!

—Así pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros, los abandonaré para internarme en las praderas con arreglo a las instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos comienzan a agitarse.

—No, no lo sabía.

—Pues sí, así sucede. He ahí una ocasión magnífica que se le presenta a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla.

—¡Que se me presenta una ocasión magnífica! repuso el fraile con sorpresa; ¿quiere V. decirme cuál es, Señor Capitán?

—La de predicar a los infieles y enseñarles las dogmas de nuestra santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fría.

Al oír tan, singular proposición, el fraile hizo una mueca espantosa, y dando un estallido con los dedos, exclamó:

—¡Vaya al diablo la ocasión! Quédese para otros necios, que yo no tengo la más leve vocación para el martirio.

—Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal.

—Es muy posible, Señor Capitán; pero lléveme el diablo si le acompaño a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos días me separo de V.

—¿Tan pronto?

—¡Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonará a la recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el último punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto.

—Es muy probable.

—Pues bien, yo continuaré caminando con los arrieros; como entonces habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendré que temer, y mi viaje continuará de la manera más agradable que puede imaginarse.

—¡Ah! dijo el capitán dirigiéndole una mirada penetrante.

Pero no pudo continuar esta conversación, que parecía interesarle mucho, porque un jinete de la vanguardia llegó a rienda suelta, se paró junto a él, y acercándose a su oído, le dijo algunas palabras en voz baja.

El capitán dirigió en torno suyo una mirada investigadora, se afirmó en la silla, y dirigiéndose al soldado, dijo:

—Está bien. ¿Cuántos son?

—Dos, mi Capitán.

—Vigílelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros; cuando lleguemos al primer alto los interrogaré. Vaya V. a reunirse con sus compañeros.

El soldado se inclinó respetuosamente sin responder, y se alejó al mismo paso con que había llegado.

Hacía mucho tiempo que el capitán Melendez había acostumbrado a sus subordinados a no discutir sus órdenes y a obedecerlas sin vacilar.

Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Méjico, en donde la disciplina militar es casi nula y la subordinación casi desconocida.

D. Juan mandó a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el paso.

El fraile había visto con secreta inquietud el coloquio que medió entre el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra. Cuando el capitán, después de vigilar atentamente la ejecución de las órdenes que había dado, volvió a ocupar su puesto junto a fray Antonio, este intentó chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la expresión de gravedad que había oscurecido repentinamente el semblante del oficial.

—¡Oh! ¡Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, ¡qué mal humorado está V., Capitán! ¿Ha visto V. volar tres búhos por su derecha? Los paganos aseguran que es mal presagio.

—¡Puede ser! respondió el capitán con sequedad.

El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tenía de amable ni amistoso, y el fraile comprendió que toda conversación sería imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordió los labios y continuó caminando silencioso al lado de su compañero.

Una hora después llegaron al sitio en que debían acampar; ni el oficial ni el fraile habían pronunciado una palabra: solo que, a medida que se acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro parecía que iban estando más inquietos.


[XV.]