DESPUÉS DEL COMBATE.


Durante cerca de media hora, un silencio mortal reinó en la explanada que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el capítulo anterior, ofrecía el aspecto más triste y lúgubre que puede imaginarse.

Sin embargo, John Davis, que en realidad no había recibido herida alguna, puesto que su caída fue ocasionada tan solo por el choque del poderoso caballo del Desollador, abrió los ojos y dirigió en torno suyo una mirada sorprendida; la caída había sido bastante violenta para causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por eso el americano, al volver en sí, muy aturdido todavía, no recordó en el primer momento nada de lo que había pasado, y se puso a reflexionar muy seriamente cómo, era que se hallaba en aquella postura singular.

Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acordó de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo contra veinte, lucha de la cual salió victorioso el Desollador después de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores.

—¡Eh! murmuró, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio, ¡vive Dios que es un mozo muy templado!

Se levantó con alguna dificultad, tentándose con cuidado sus miembros doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tenía lesión alguna, repuso con evidente satisfacción:

—A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a suponer después de la manera en que fui derribado.

En seguida, dirigiendo una mirada de compasión a su compañero tendido cerca de él, añadió:

—¡Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus correrías. ¡Qué rudo golpe ha recibido! ¡Bah! exclamó con esa filosofía egoísta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su vez. Hoy él, mañana yo; así va el mundo.

Entonces, apoyado en su rifle, porque todavía le costaba algún trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado.

Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableció la circulación de la sangre y la elasticidad de las articulaciones, completamente tranquilizado ya respecto de sí mismo, se le ocurrió la idea de ver si entre los cuerpos tendidos en el suelo en torno suyo, habría algunos que respirasen aún.

—No son más que indios, murmuró, pero en último resultado son hombres; aunque se hallen casi privados de razón, la humanidad me impone el deber de socorrerlos, sobre todo ahora que mi situación no es nada agradable, y si logro salvar a algunos de ellos, su conocimiento del desierto podrá serme de suma utilidad.

Esta última consideración le decidió a auxiliar a unos hombres a quienes, a no ser por eso, según toda probabilidad, habría dejado abandonados por completo a su suerte, es decir, entregados a los dientes de las fieras que, en cuanto llegase la noche, atraídas por el olor de la sangre, no habrían dejado de acudir a devorarlos.

Ahora es deber nuestro hacer al egoísta ciudadano de los Estados Unidos la justicia de decir que, tan luego como hubo adoptado aquella determinación, cumplió con sagacidad y conciencia el deber que se había impuesto, empresa fácil para él, en último resultado, porque los numerosos oficios que había ejercido durante el curso de su azarosa existencia, le habían hecho adquirir una experiencia y unos conocimientos médicos, que le ponían en el caso de prodigar a los heridos los cuidados que su estado reclamaba.

Desgraciadamente la mayor parte de los individuos a quienes examinó habían recibido heridas tan graves, que hacía mucho tiempo ya que se hallaban sin vida, y todo socorro era inútil.

—¡Diablo! ¡Diablo! murmuraba el americano cada vez que se encontraba con un cadáver, ¡estos pobres salvajes han sido muertos de mano maestra! Al menos no han padecido mucho tiempo, porque con estas heridas espantosas han debido entregar su alma al Creador casi instantáneamente.

Así llegó hasta el sitio en que yacía el cuerpo del Zorro-Azul; una ancha herida se abría en su pecho.

—¡Ah! He aquí al digno jefe, repuso; ¡vaya una herida! Veamos si también él está muerto.

Se inclinó sobre el cuerpo inmóvil y puso la bruñida hoja de su cuchillo delante de la boca del indio.

—No rebulle, continuó diciendo con tono de desaliento, y creo que me costará trabajo sacarlo del estado en que se encuentra.

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, miró a la hoja de su cuchillo y vio que estaba levemente empañada.

—Vamos, aún no está muerto, y mientras el alma se halla agarrada al cuerpo, todavía hay esperanza. Probemos.

Después de decir estas palabras, John Davis llenó de agua su sombrero, le echó algunas gotas de aguardiente y comenzó a lavar cuidadosamente la herida; cuando hubo hecho esto, la sondeó y vio que era poco profunda; según toda probabilidad, la pérdida de sangre era la que había producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexión muy acertada, machacó entre dos piedras algunas hojas de orégano, hizo una especie de cataplasma, la aplicó a la herida y la vendó sólidamente por medio de una tira de corteza de árbol; en seguida, entreabriendo con la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente.

El buen éxito coronó casi al instante los esfuerzos del americano, porque el jefe lanzó un suspiro profundo y abrió los ojos casi inmediatamente.

—¡Bravo! exclamó John gozoso por el resultado inesperado que había obtenido. Ánimo, jefe, que está V. salvado. ¡Vive Dios! ¡Bien puede V. alabarse de haberse librado en una tabla!

Durante algunos minutos el indio permaneció como atontado, dirigiendo en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situación en que se encontraba ni los objetos que le rodeaban.

John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareció que el piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresión de extravío que tenían. Se incorporó, y pasándose la mano por la frente bañada en frío sudor, dijo:

—¿Ha concluido ya el combate?

—Sí, respondió John, porque nuestra derrota es completa. ¡Bonita idea fue la que se nos ocurrió de apoderarnos de ese demonio!

—Según eso, ¿se ha escapado?

—Sí por cierto, y sin ninguna herida, después de dar muerte a diez guerreros de los de V., por lo menos, y partir el cráneo hasta los hombros a mi pobre compañero Sam.

—¡Oh! murmuró sordamente el indio, ¡eso no es un hombre, es el espíritu del mal!

—Que sea lo que quiera, ¡voto al diablo! exclamó John enérgicamente, yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algún día he de volver a encontrarme con ese demonio.

—¡Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el demonio le mataría!

—Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa suya; pero ¡que se ande con cuidado! Quizás algún día nos encontraremos frente a frente, con armas iguales, y entonces...

—¿Qué le importan a él las armas? ¿No ha visto V. que nada pueden hacerle y que su cuerpo es invulnerable?

—¡Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de asuntos que nos atañen más de cerca. ¿Cómo se encuentra V.?

—Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho mucho bien. Siento un bienestar indecible.

—Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo velo su sueño, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso en que nos hemos metido.

El piel roja se sonrió al oír estas palabras y dijo:

—El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de oídos le incapacita de moverse.

—Ya sé que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene sus límites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada.

—Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el Zorro-Azul es un sachem en su nación, y solo la muerte debe dejarle inmóvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe.

El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo; resistiéndose al dolor, con esa energía y ese desprecio al sufrimiento que caracterizan a la raza roja, consiguió levantarse, y no solo se mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio ajeno y sin que en su rostro se revelase la más leve emoción.

El americano le miraba con profunda admiración; él, que con justa razón disfrutaba cierta nombradía de valiente, no podía imaginar que fuese posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza física.

El indio se sonrió con orgullo al leer en los ojos del americano la sorpresa que le causaba su acción.

—¿Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul esté tan débil? le preguntó.

—¡En verdad, jefe, que ya no sé qué pensar! Lo que le veo a V. hacer, me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas más imposibles.

—Los jefes de mi nación son guerreros afamados que se ríen del dolor, y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo.

—Me hallo inclinado a creerlo así, según el modo de proceder de V.

—Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los guerreros tendidos en el suelo, y después pensaremos en nosotros.

—En cuanto a sus pobres compañeros, jefe, me veo obligado a confesarle que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sería inútil: están muertos.

—¡Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibirá en su seno y les hará cazar con él en las praderas bienaventuradas.

—¡Amén!

—Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habíamos comenzado a hablar esta mañana y que fue interrumpido tan fortuitamente.

John Davis, no obstante su hábito de la vida del desierto, estaba confundido al ver la sangre fría de aquel hombre que, habiéndose librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que había recobrado el uso de sus facultades intelectuales, parecía que ya no pensaba en lo que había ocurrido, no consideraba los sucesos de que estuvo próximo a ser víctima sino como accidentes muy naturales de la existencia que llevaba, y con la más entera libertad de ánimo proseguía una conversación interrumpida por un combate terrible, tomándola precisamente en el punto en que la había dejado. Era porque el americano, no obstante lo mucho que hasta entonces había frecuentado el trato de los pieles rojas, nunca se había tomado el trabajo de estudiar seriamente su carácter, pues se hallaba persuadido, como la mayor parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una importancia muy secundaria.

—Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe, le trasmitiré el mensaje que me han confiado.

—Siéntese mi hermano a mi lado.

El americano se sentó en el suelo junto al jefe, no sin cierta preocupación por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel campo de batalla sembrado de cadáveres; pero el indio parecía tan sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergüenza mostrar su inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su corazón, tomó la palabra en estos términos:

—Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros pálidos.

—Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla como el del animal cuyo nombre lleva.

—Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de mi hermano a fin de que la paz los reúna y que, en vez de pelear, unos contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza y se venguen de sus enemigos comunes. ¿Qué respuesta llevaré al Jaguar?

El indio permaneció silencioso durante mucho tiempo; al fin levantó la cabeza y dijo:

—Abra mi hermano los oídos: un sachem va a hablar.

—Ya escucho, respondió el americano.

El jefe repuso:

—Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las inspira; los rostros pálidos, desde que fueron traídos por el genio del mal en sus grandes barcas-medicinas a las tierras de mis padres, siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo sus territorios de caza más ricos y fértiles, persiguiéndolos como fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus callis (aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro vientos del cielo. ¿No ha sido esa la conducta observada constantemente por los rostros pálidos? Responda mi hermano.

—¡Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe, que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos han procurado hacerles bien.

—¡Ooah! Dos o tres todo lo más; pero eso no hace sino probar lo que yo digo. Vengamos ahora a la cuestión que nos proponemos discutir.

—Sí, creo que será lo mejor, respondió el americano muy contento interiormente, por no tener que sostener una discusión en la que sabía que no había de llevar la mejor parte.

—Mi nación aborrece a los rostros pálidos, repuso el jefe; el cóndor no hace su nido con el mawkawis, y el oso gris no acompaña al antílope; yo mismo profeso a los rostros pálidos un odio instintivo. Así pues, esta mañana hubiera yo rechazado perentoriamente las proposiciones del Jaguar: ¿qué nos importan a nosotros las guerras que los rostros pálidos sostienen entre sí? Cuando los coyotes se devoran unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegría el ver a nuestros opresores destrozarse recíprocamente. En los momentos presentes, aunque mi odio continúa igualmente vivo, debo encerrarlo en el fondo de mi corazón. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exánime y el genio del mal se cernía sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco, el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo serán también del Zorro-Azul; los dos jefes pelearán uno junto al otro como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunirá con el jefe pálido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos talones están adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la parte más escogida de la nación. ¿Qué hará el Jaguar por el Zorro-Azul y por sus guerreros?

—El Jaguar es un jefe generoso; si bien es terrible para con sus enemigos, su mano está siempre abierta para sus amigos; cada guerrero apache recibirá un rifle, cien cargas de pólvora y un cuchillo de desollar cráneos. El sachem, además de estos regalos, recibirá dos pieles de vicuña llenas de agua de fuego.

—¡Ooah! exclamó el jefe con marcada satisfacción, mi hermano ha hablado bien, el Jaguar es un jefe generoso. He aquí mi tótem en señal de alianza, así como mi pluma de mando.

Al decir esto, el jefe sacó de su morral o saco de medicina, que llevaba colgado de los hombros, un pedazo cuadrado de pergamino, en el cual se veía toscamente trazado el tótem o animal emblema de la tribu, se lo entregó al americano, que lo guardó en seguida, y luego, quitándose la pluma de águila hincada en su moño de guerra, se la dio también.

—Doy gracias a mi hermano el sachem, dijo entonces John Davis, porque ha accedido a mi proposición, y no se arrepentirá de haberlo hecho.

—Un jefe ha dado su palabra. Pero ya prolonga el sol las sombras de los árboles; el mawkawis hará resonar muy pronto su canto de la noche; ha llegado la hora de tributar los últimos honores a los guerreros que han muerto, y de separarnos para ir a incorporarnos con nuestros amigos respectivos.

—A pie, según estamos, me parece que eso será bastante difícil, observó John.

El indio se sonrió y dijo:

—Los guerreros del Zorro-Azul velan por él.

En efecto, apenas hubo hecho el jefe por dos veces una seña particular, cuando unos cincuenta guerreros apaches invadieron la explanada y fueron a formarse silenciosos en torno suyo.

Los fugitivos que consiguieron librarse del temible brazo del Desollador-Blanco tardaron muy poco en reunirse; regresaron al campamento y dieron a sus compañeros la noticia de la derrota sufrida; entonces se envió un destacamento de jinetes, mandado por un jefe subalterno, a buscar al sachem; pero estos jinetes, viendo al Zorro-Azul en conferencia con un rostro pálido, permanecieron en la espesura aguardando con paciencia a que quisiese llamarlos.

El sachem mandó enterrar los muertos. Entonces comenzó la ceremonia de los funerales, ceremonia que las circunstancias exigían se apresurase algún tanto.

Los cadáveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos nuevos de piel de bisonte; en seguida se los colocó sentados en unas zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de sus caballos y víveres, a fin de que de nada careciesen durante su viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar.

Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las fieras no pudiesen desenterrar los cadáveres y devorarlos.

El sol se hallaba próximo a desaparecer en el horizonte cuando los Apaches concluyeron por fin de tributar los últimos honores a sus hermanos. El Zorro-Azul se acercó entonces al cazador, que hasta aquel momento había permanecido como espectador, si no indiferente, al menos impasible, de la ceremonia, y le dijo:

—¿Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nación?

—Sí, respondió lacónicamente el americano.

—El rostro pálido ha perdido su caballo: que monte en el mustang que le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallará de regreso entre los suyos.

John Davis aceptó con gratitud el regalo que tan generosamente le ofrecían, montó en seguida a caballo, y después de despedirse de los indios, se separó de ellos y se alejó con rapidez.

Los Apaches, por su parte, a una señal del jefe se internaron en el bosque, y la explanada en que habían acontecido tan terribles sucesos volvió a quedar sumida en la soledad y en el silencio.


[XXV.]