UNA EXPLICACIÓN.


El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida a una circunspección extremada.

Aunque era muy joven todavía, su vida se había hallado mezclada con tan singulares peripecias, había sido actor en escenas tan extraordinarias que desde muy temprano se había acostumbrado a encerrar sus emociones en su corazón y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo que quisiera, esa impasibilidad marmórea que caracteriza a los indios, y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos.

Al oír resonar de improviso en su oído la voz de Tranquilo, el joven sintió que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunció el entrecejo, y se preguntó a sí mismo mentalmente cómo sería que el cazador le iba a perseguir así hasta en su campamento, y qué razón bastante poderosa le impulsaría a obrar en tal manera, tanto más cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes intermitencias, se hallaban en aquel momento en términos, si no del todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos.

Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazón el sentimiento del honor hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con él por un hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho más de lo que aparentaba, ocultó la preocupación que le agitaba, y se adelantó presuroso y con la sonrisa en los labios al encuentro del cazador.

Éste no iba solo: le acompañaba Corazón Leal.

El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales eran fríos y su semblante estaba velado por una nube de tristeza.

—Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo amistosamente el Jaguar tendiéndole la mano.

—Gracias, respondió lacónicamente el canadiense sin tocar la mano que le presentaban.

—Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. ¿Qué casualidad le ha traído hacia esta parte?

—Mi compañero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atraído aquí.

El Jaguar fingió creer que aceptaba aquella derrota torpemente imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razón de ser uno de los cazadores más robustos del desierto.

—Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y sírvase considerar como suyo cuanto hay aquí, obrando en consecuencia.

El canadiense se inclinó sin responder, y con Corazón Leal siguió al Jaguar, que les precedía y guiaba por las revueltas del campamento.

Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven echó en ella algunos brazados de leña seca, los cazadores se sentaron sobre unos cráneos de bisonte colocados allí a manera de escaños, y luego, sin romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar.

El Jaguar les imitó.

Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por aquellas vastas soledades, han contraído, casi sin apercibirse de ello, la mayor parte de los hábitos y costumbres de los pieles rojas, con quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posición.

Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de población, olvidan sus cómodos hábitos, abandonan las costumbres de las ciudades y renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante la primera parte de su vida, para adoptar los usos y aún las costumbres de los pieles rojas.

Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de manía que la mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por guerreros indios.

Debemos confesar que, en contraposición de esto, los pieles rojas no desean en manera alguna nuestra civilización, de la cual se cuidan muy poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algún motivo comercial conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans, lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo miradas de compasión, sin comprender que haya hombres que consientan gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y los jaguares bajo la mirada de Dios.

¿Se equivocan por completo los salvajes al pensar así?

¿Es falso su raciocinio?

No lo creemos.

La vida del desierto, para el hombre cuyo corazón está todavía bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene encantos embriagadores que solo allí se sienten, y que la existencia matemáticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.

Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos mismos la conversación.

Bajo la choza del indio, un huésped es considerado como si le enviase el Gran Espíritu; es sagrado para aquél a quien visita durante todo el tiempo que guste permanecer junto a él, aún cuando fuese su enemigo mortal.

El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas, permaneció sentado silenciosamente junto a sus huéspedes, fumando, reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer uso de la palabra.

Por fin, después de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo sacudió sobre la uña del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su pipa, y volviéndose hacia el joven, le dijo:

—No me aguardaba V., ¿verdad?

—En efecto, respondió el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no por ser inesperada, me es menos agradable.

El cazador arqueó los labios de una manera singular, y contestando más bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmuró:

—¿Quién sabe? Quizás sí y quizás no. El corazón del hombre es un libro indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden leer.

—No sucede así con el mío, cazador: le conoce V. lo bastante para saberlo.

El canadiense movió la cabeza y repuso:

—Es V. joven todavía; ese corazón de que me habla, hasta para V. mismo es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta, el viento de las pasiones no ha soplado todavía sobre V., y no le ha doblegado bajo su presión potente. Para responder con esa seguridad, aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V. valerosamente el choque, si ha resistido al huracán de la juventud, le será lícito llevar erguida la frente.

Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin embargo, no revelaban la más leve amargura.

—Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondió el joven con tristeza. ¿En qué puedo haber desmerecido a los ojos de V.? ¿Qué acto reprensible he cometido?

—Ninguno, al menos me complazco en creerlo así; pero temo que muy pronto...

Se detuvo y movió dolorosamente la cabeza.

—¡Acabe V.! exclamó el Jaguar con vehemencia.

—¿Para qué? repuso Tranquilo. ¿Quién soy yo para imponer a V. una moral que sin duda despreciaría, y unos consejos que serían mal recibidos? Más vale guardar silencio.

—¡Tranquilo! respondió el joven con una emoción que no alcanzó a dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimación y el respeto que le profeso; ¡hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, ¡le juro a V. que le escucharé!

—¡Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en sí, y por lo tanto no hablemos más de ello.

El Jaguar le dirigió una mirada profunda, y respondió:

—¡Corriente! No hablemos más de ello.

Se levantó y dio algunos paseos con suma agitación; luego, volviendo bruscamente junto al cazador, le dijo:

—Dispénseme V. si no he pensado todavía en ofrecerle algún refresco; pero he aquí la hora del desayuno, y espero que V. y su compañero me harán el favor de compartir mi frugal almuerzo.

Y el Jaguar, mientras hablaba así, fijaba en el canadiense una mirada de singular expresión. Tranquilo vaciló un momento y al fin dijo:

—Esta mañana, al salir el sol, almorzamos mi compañero y yo algunos minutos antes de entrar en el campamento de V.

—¡Estaba seguro de ello! exclamó el joven con vehemencia. ¡Oh! ¡Oh! Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: ¡rehúsa V. aceptar el agua y la sal en mi hogar!

—¡Yo! Se equivoca V...

—¡Oh! repuso el Jaguar interrumpiéndole con violencia, nada de negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de mí; ¡Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma un solo y mínimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V. hacia mí en otra época, explíquese claramente sin ambages ni rodeos, ¡lo exijo!

El canadiense pareció que reflexionaba durante algunos instantes, y luego exclamó de improviso con resolución:

—A la verdad, tiene V. razón, Jaguar; más vale explicarnos como francos cazadores, que andar en raterías el uno con el otro como los pieles rojas, y luego ningún hombre es infalible: puedo engañarme lo mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese así.

—Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que V. me dirige son fundadas, lo confesaré.

—Bueno, dijo el cazador con tono más amistoso del que hasta entonces había empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferiría V. que nuestra conversación fuese reservada, añadió señalando a Corazón Leal, quien por discreción hacía el ademán de retirarse.

—Al contrario, respondió el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de V., espero que muy pronto lo será mío, y nada quiero tener oculto para él.

—Por mi parte, dijo Corazón Leal inclinándose, deseo ardientemente que la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la mañana, a fin de que así nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistiré a la conferencia.

—Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a escuchar los cargos que, según dice, tiene que formular contra mí.

—Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones más desfavorables; ha alistado V. bajo sus órdenes a una turba de gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la sociedad y que viven completamente fuera de la ley común de los pueblos civilizados.

—¿Pues qué, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a todas las mezquinas exigencias de las ciudades?

—Sí, hasta cierto punto; es decir, no nos es lícito ponernos en estado de abierta rebelión contra las instituciones de hombres que, a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro color, nuestra religión, nuestro nacimiento y los vínculos de familia que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.

—Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.; pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, ¿sabe V. cuál es el móvil que les impulsa a obrar? ¿Puede V. formular contra ellos alguna acusación?

—Paciencia, que aún no he concluido.

—Pues entonces continúe V.

—Luego, además de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los Apaches entre otros, que son los ladrones más descarados de la pradera; ¿es verdad, sí o no?

—Sí y no, amigo mío, pues la alianza que V. me echa en cara nunca ha existido hasta ahora; pero en esta misma mañana ha debido ser estipulada entre dos amigos míos y el Zorro-Azul, que es uno de los jefes apaches más afamados.

—¡Ah! He ahí una coincidencia desgraciada.

—¿Por qué?

—¿Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?

—¿Cómo he de saberlo, si ignoro donde están, y ni siquiera he recibido todavía la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?

—Pues bien, voy a decírselo a V.: han atacado la venta del Potrero y han robado cuanto en ella había.

Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relámpago de furor; se levantó de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclamó con voz estridente:

—¡Vive Dios! ¿De veras han hecho eso?

—Lo han hecho, y aún se supone que ha sido por instigación de V.

—El Jaguar se encogió de hombros con desdén, y dijo:

—¿Con qué objeto? Pero, y doña Carmela, ¿qué ha sido de ella?

—¡Se ha salvado, a Dios gracias!

El joven lanzó un suspiro de desahogo.

—¿Y ha creído V. tal infamia por parte mía? dijo en seguida en tono de reconvención.

—Ya no lo creo, respondió el cazador.

—¡Gracias! ¡Gracias! Pero, ¡vive Dios! juro a usted que esos demonios han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora continúe V.

—Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo, dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.

—No importa, dígalo V.

—Está en camino para Méjico una conducta de plata mandada por el capitán Melendez.

El joven se estremeció levemente y dijo con breve acento.

—Lo sé.

El cazador fijó en él una mirada interrogadora, y repuso con cierta vacilación:

—Se dice...

—Se dice, replicó el Jaguar interrumpiéndole con energía, que yo sigo el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento propicio, la atacaré al frente de mis bandidos, y me apoderaré del dinero, ¿no es cierto?

—Sí.

—Tienen razón, respondió fríamente el joven; esa es, en efecto, mi intención. ¿Qué más?

Al oír tan cínica respuesta, Tranquilo se estremeció de sorpresa y de indignación.

—¡Oh! exclamó con dolor, ¿con que es cierto lo que de V. se cuenta? ¿Es V. realmente un bandido?

El joven se sonrió con amargura, y dijo con voz sorda:

—¡Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es grande: ¿por qué juzgar temerariamente fiado en apariencias?

—¡Cómo fiado en apariencias! ¿No lo ha confesado V. mismo?

—Sí, lo he confesado.

—¿Con que medita V. un robo?

—¡Un robo! exclamó el Jaguar ruborizándose lleno de indignación.

Pero serenándose en seguida, añadió:

—¡Es verdad! ¡Debe V. suponerlo así!

—¿Qué otro nombre puede darse a una acción tan infame? exclamó el cazador con violencia.

El Jaguar levantó la cabeza con viveza, como si hubiese tenido intención de responder; pero sus labios permanecieron mudos.

Tranquilo le miró un instante con cierta mezcla de compasión y de cariño; y luego, volviéndose hacia Corazón Leal, dijo:

—Venga V., amigo mío, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aquí.

—¡Deténgase V.! exclamó el joven; no me condene V. así; ¡repito que V. ignora los motivos que me impulsan a obrar!

—Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en ellos más que el asesinato y el robo.

—¡Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.

—Vámonos, repuso Tranquilo.

Corazón Leal había examinado atenta y fríamente aquella escena singular.

—Aguarde V. un momento, dijo, y adelantándose algunos pasos, puso una mano sobre el hombro del Jaguar.

Éste levantó la cabeza, y le preguntó:

—¿Qué me quiere V.?

—Escuche V., caballero, respondió Corazón Leal con voz profunda; no sé por qué, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V. no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegará un día en que le sea a V. lícito explicarla y disculparse a los ojos de todos.

—¡Oh! ¡Si me fuese posible hablar!

—¿Durante cuánto tiempo cree V. que se verá obligado todavía a guardar silencio?

—¿Qué sé yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi voluntad.

—Según eso, ¿no puede V. fijar una época?

—Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle.

—Bien: prométame V. tan solo una cosa.

—¿Cuál es?

—El no atentar a la vida del capitán Melendez.

El Jaguar vaciló.

—¿Qué dice V.? repuso Corazón Leal.

—Que haré todo lo posible por librar su vida.

—¡Gracias! exclamó Corazón Leal.

En seguida, volviéndose hacia Tranquilo que permanecía inmóvil junto a él, le dijo:

—Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar sin escrúpulo alguno, pues yo respondo de él con mi cabeza. Si dentro de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicación satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo ligado por juramento alguno, revelaré a V. ese misterio que le parece inexplicable y que en efecto lo es.

El Jaguar se estremeció, lanzando a Corazón Leal una mirada penetrante, pero que se estrelló en el rostro plácidamente indiferente del cazador.

El canadiense vaciló algunos instantes; pero al fin volvió a ocupar su asiento delante del fuego murmurando:

—Corriente, ¡dentro de dos meses!

Y añadió mentalmente:

—Pero hasta entonces yo le vigilaré.


[XXVI.]