EL PARTE.


El capitán Melendez tenía prisa de atravesar el peligroso desfiladero junto al cual había hecho establecer el campamento. Sabía cuán grande era la responsabilidad con que había cargado al aceptar el mando de la escolta, y no quería que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen que reconvenirle por incuria o descuido.

La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno de Méjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitán que harían pesar desapiadadamente sobre él la responsabilidad de un ataque, y que sufriría todas sus consecuencias, fuera él que quisiera el resultado de un combate con los merodeadores de fronteras.

Por eso su inquietud y su ansiedad crecían por momentos; la infamia evidente de fray Antonio aumentaba más aún sus recelos, haciéndole sospechar una traición probable. Sin que le fuese posible adivinar por qué lado vendría el peligro, puede decirse que le sentía acercarse paso a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una explosión terrible.

Esta intuición secreta, este presentimiento providencial que desde el fondo de su corazón le gritaba que anduviese con cuidado, le ponía en un estado de sobreexcitación indescriptible, y le colocaba en una situación intolerable, de la cual quería salir a toda costa, prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a permanecer por más tiempo recelando en el vacío.

Por eso aumentó su vigilancia, examinando por sí mismo los alrededores del campamento, presenciando la operación de cargar las mulas que, atadas unas detrás de otras en forma de reata, en caso de una alarma debían ser colocadas en medio de los soldados más fieles y resueltos de la escolta.

Mucho antes de la salida del sol, el capitán, cuyo sueño no había sido más que una continuación de insomnios crueles, abandonó el duro lecho de pieles y mantas, sobre el cual había buscado en vano algunas horas de un reposo que hacía imposible el estado nervioso en que se encontraba, y comenzó a pasearse con agitación por el angosto espacio que había libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el sueño descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y envueltos en sus capotes.

Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El búho, cuyo canto matutino anuncia la salida del sol, había lanzado ya al viento sus notas melancólicas. El capitán dio con el pie al arriero principal que estaba tendido junto al fuego, y le despertó.

El buen hombre se restregó los ojos varias veces, y cuando ya se hubieron disipado las últimas nubes del sueño y comenzó a restablecerse el orden en sus ideas, exclamó ahogando un bostezo postrero:

—¡Diantre! Capitán, ¿qué mosca le ha picado a V. para despertarme sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el horizonte; déjeme dormir una horita más. ¡Es una cosa tan buena el sueño!

El capitán no pudo menos de sonreírse al oírle; sin embargo, no juzgó que debía acceder a la reclamación del arriero, pues las circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo.

—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Cuerpo de Cristo! exclamó; recuerde V. que no estamos todavía en el Río Seco, y que si queremos atravesar ese paso peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.

—Es verdad, respondió el arriero, quien en un momento estuvo de pie, ágil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes. Perdóneme, capitán, ¡vive Dios! Tengo tanto interés como V. en no tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me vería reducido a la miseria con mi familia.

—Es muy cierto, no recordaba yo esa cláusula de su contrato.

—No es extraño, porque a V. no le interesa; en cuanto a mí, no me sale de la cabeza, y le juro a V., Capitán, que desde que he emprendido este malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado las condiciones que me fueron impuestas: no sé por qué se me figura que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas montañas.

—¡Bah! Esos son locuras, Señor Bautista. Se halla V. en excelentes condiciones, bien escoltado; ¿qué puede V. temer?

—Nada, ya lo sé, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco y de que este viaje ha de serme fatal.

Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante del arriero no debía dejar traslucir lo más mínimo de su inquietud interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el valor que parecía próximo a abandonarle.

—¡Por mi alma que está V. loco! exclamó. ¡Vayan al diablo las ideas descabelladas que se le han metido en la cabeza!

El arriero se revistió de una expresión grave y respondió:

—Es V. muy dueño de reírse de esas ideas, Señor D. Juan; es V. muy instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy más que un pobre indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes que yo. Mire V., Capitán, nosotros los indios, ya seamos civilizados o salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no pueden atravesar nuestro duro cráneo.

—Veamos, explíquese V., repuso el capitán, quien quería concluir de una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; ¿qué razón le induce a V. a suponer que su viaje será desgraciado? No es V. hombre capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y sé que tiene probado valor.

—Doy a V. gracias, Capitán, por la buena opinión que de mí tiene. Sí, soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido siempre ante los peligros que mi inteligencia comprendía, y no ante unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.

El capitán estaba mordiéndose los bigotes con impaciencia al ver la molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo había dicho, conocía al buen hombre y sabía por experiencia que el procurar hacerle abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era preciso dejarle hablar a su manera.

Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrás.

El joven dominó, pues, su impaciencia, y respondió fríamente:

—¿Tuvo V., sin duda, algún mal presagio en el momento de su salida?

—En efecto, capitán, así fue; y de seguro que ante lo que vi, me hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre fácil de asustar.

—¿Y cuál fue ese presagio?

—No se ría V., capitán: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios, en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar crédito.

Y al concluir estas palabras, lanzó un suspiro.

—Es verdad, murmuró el capitán a manera de asentimiento.

—Sepa V., pues, continuó diciendo el arriero, halagado al recibir aquella aprobación por parte de un hombre como el oficial, que mis mulas estaban aparejadas, aguardándome en el corral, custodiadas por los peones, y me disponía para marchar. Sin embargo, como no quería separarme de mi mujer, quizás para mucho tiempo, sin decirle adiós otra vez, me dirigía hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar al umbral de la puerta levanté maquinalmente los ojos y vi posados en la azotea dos búhos que clavaban en mí una mirada de infernal fijeza. Al ver aquella aparición inesperada, me estremecí sin querer y miré a otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo, llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que le hacia recitar los salmos de la penitencia y le disponía con dulzura para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una palabra, miraba al fraile sonriéndose sardónicamente: de pronto aquel hombre se incorporó en la camilla, sus ojos se animaron, se volvió hacia mí, me dirigió una mirada llena de sarcasmo y volvió a caer murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigían a mí: «¡Hasta luego!»

—¡Ah! dijo el capitán.

—Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tenía de agradable, ¿verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron mucho y me precipité hacia él con la intención de dirigirle las reconvenciones que me parecían oportunas: ¡había muerto!

—¿Y supo V. quién era aquel hombre?

—Sí, era un salteador que, en un encuentro con los cívicos, quedó mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral para que acabase de expirar allí.

—¿Y es eso todo? preguntó el capitán.

—Sí Señor.

—Pues bien, amigo mío, he hecho bien en insistir para averiguar los motivos de la inquietud de V.

—¡Ah!

—Sí, porque el presagio que entonces le favoreció, le ha interpretado V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.

—¿Cómo así?

—Me explicaré: ese presagio significa, por el contrario, que con prudencia y con una vigilancia incansable frustrará V. las traiciones y derribará a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.

—¡Oh! exclamó el arriero con alegría, ¿está usted seguro de lo que me dice?

—Tan seguro como de mi salvación en el otro mundo, respondió el capitán santiguándose devotamente.

El arriero tenía una fe profunda en las palabras del capitán, a quien profesaba suma estimación por su probada superioridad; así pues, ni siquiera pensó en poner en duda la seguridad que le daba acerca del error que había cometido en la interpretación del presagio que tanta inquietud le causara. Recobró instantáneamente su buen humor, y pegando un estallido con los dedos, dijo:

—¡Cáspita! Puesto que es así, a nada me expongo. ¿Entonces será inútil que yo dé a Nuestra Señora de la Soledad el cirio que le había prometido?

—Completamente inútil, contestó el capitán.

El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresuró a dedicarse a sus faenas habituales. Así el capitán, fingiendo admitir las ideas de aquel indio ignorante, había sabido arrastrarle suavemente a abandonarlas.

Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la marcha.

El capitán vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia febril, metiendo prisa a unos, riñendo a otros y cerciorándose de que sus órdenes se ejecutaban con puntualidad.

Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mandó que almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos tiempo, y en seguida dio la orden de marcha.

Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta se ponía en movimiento, oyóse un gran estrépito en los jarales, las ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareció a corta distancia un jinete que vestía el uniforme de dragón mejicano y que corría a rienda suelta hacia la tropa.

Cuando hubo llegado cerca del capitán, por un prodigio de equitación paró de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y dijo:

—Dios guarde a V. ¿Es al capitán D. Juan Melendez a quien tengo la honra de hablar?

—Al mismo, respondió el oficial sorprendido. ¿Qué me quiere V.?

—Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado.

—¡Un pliego! ¿De parte de quién?

—De parte del Excmo. Sr. General D. José María Rubio, y lo que contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mandó que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en diecinueve horas.

—Bueno, démelo V., contestó el capitán.

El dragón sacó del pecho un pliego grande con un sello de lacre encarnado, y se le presentó respetuosamente al capitán.

Éste lo cogió y lo abrió; pero antes de leerlo dirigió al soldado, que estaba inmóvil e impasible delante de él, una mirada recelosa que el dragón sostuvo con imperturbable aplomo.

Aquel hombre parecía que tenía a lo más treinta años; su estatura era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el uniforme que vestía; sus facciones inteligentes tenían cierta expresión de astucia y de malicia, que hacían fuese aún más marcada sus ojos negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitán sino con visible vacilación.

Aquel individuo se parecía en conjunto a todos los demás soldados mejicanos, y nada había en él que pudiese llamar la atención ni excitar sospechas.

Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitán consintió en entablar relaciones con él. De seguro que le habría sido difícil, ya que no imposible, explicar la razón de aquel sentimiento; pero hay en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, aún antes de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simpática o antipática, y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos respecto de ella. ¿De dónde procede esa especie de presentimiento secreto que nunca se engaña en sus apreciaciones? No acertaríamos a explicarlo; únicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia.

Debemos confesar que el capitán no sentía la más leve simpatía hacia el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy dispuesto a no tener la más mínima confianza en él.

—¿En qué paraje se separó V. del general? preguntó dando vueltas maquinalmente al pliego que tenía abierto en la mano, pero en el cual no había fijado aún la vista.

—En Pozo Redondo, mi Capitán, un poco antes de llegar a la Noria de Guadalupe.

—¡Ah! ¿Quién es V.? ¿Cómo se llama V.?

—Soy asistente del señor General, y me llamo Gregorio Felpa.

—¿Conoce V. el contenido de este despacho?

—No; únicamente supongo que debe ser importante.

El soldado había respondido a las preguntas del capitán con entero desembarazo y con una franqueza de buena ley. Era evidente que no mentía.

D. Juan, después de vacilar todavía un momento, se decidió a leer; pero muy luego se frunció su entrecejo, y una expresión de mal humor nubló su semblante.

He aquí lo que contenía aquel despacho:

«POZO REDONDO, a.... de 18......

»El general D. José María Rubio, comandante general del estado de Tejas, tiene la honra de poner en conocimiento del capitán don Juan Melendez de Góngora que han estallado nuevos disturbios en el Estado; varias gavillas de ladrones y de merodeadores de fronteras, bajo las órdenes de diferentes jefes, recorren el campo, saqueando e incendiando las haciendas, deteniendo los convoyes e interceptando las comunicaciones. Ante hechos tan graves, que comprometen la fortuna pública y la seguridad de los habitantes, el gobierno, según su deber se lo impone de una manera imperiosa, ha tenido que adoptar medidas generales en interés de todos con el fin de reprimir esos desórdenes antes que se extiendan en mayor escala. Por consiguiente, el estado de Tejas queda declarado en estado de sitio, etc. (Aquí seguían las medidas adoptadas por el general para sofocar la rebelión, y luego el despacho continuaba en estos términos): El general D. José María Rubio, enterado por algunos espías con cuya lealtad puede contar, de que uno de los jefes principales de los insurgentes a quien sus compañeros han puesto el sobrenombre de Jaguar, se dispone a arrebatar la conducta de plata confiada a la custodia del capitán D. Juan Melendez de Góngora, y de que con este objeto el referido cabecilla se propone emboscarse en Río Seco, paraje muy favorable para una sorpresa, el general Rubio ordena al capitán Melendez que se deje guiar por el portador del presente despacho, hombre seguro y fiel, quien llevará la conducta de plata a la laguna del Venado, en donde verificará su unión con un destacamento de caballería enviado al efecto por el general, y cuya fuerza numérica pondrá a la conducta de plata al abrigo de todo ataque. El capitán Melendez tomará el mando superior de todas las tropas, y en el más breve espacio de tiempo posible se reunirá con el infrascrito en su cuartel general.

»¡Dios y libertad!

»El Comandante general del estado de Tejas,

«JOSÉ MARÍA RUBIO.»

El capitán, después de haber leído atentamente este despacho, levantó la cabeza y examinó un instante al soldado con profunda y sostenida atención.

El dragón, con la mano apoyada en la empuñadura de su sable, jugaba indolentemente con la borla de su dragona, sin que al parecer se cuidase en manera alguna de lo que pasaba en torno suyo.

—La orden es formal y terminante, murmuró por dos veces el capitán; debo conformarme con ella, y sin embargo, todo me dice que este hombre es un traidor.

Luego añadió en alta voz:

—¿Conoce V. bien esta comarca?

—Soy hijo del país, mi Capitán, respondió el dragón, y no hay por aquí senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo niño.

—¿Sabe V. que me tiene que servir de guía?

—El señor general me dispensó la honra de decírmelo.

—¿Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio en que nos esperan?

—Al menos pondré cuanto esté de mi parte para conseguirlo.

—Bueno. ¿Está V. cansado?

—Mi caballo lo está más que yo. Si mandase usted que me diesen otro, inmediatamente estaría en disposición de obedecer las órdenes de V., porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha.

—Corriente. Escoja V. un caballo.

El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos de repuesto seguían a la escolta, y cogió uno de ellos sobre el cual colocó el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla.

—Estoy a las órdenes de V., mi Capitán, dijo el dragón.

—En marcha, respondió el oficial.

Y en seguida añadió mentalmente:

—¡No perderé de vista a este tuno!


[XXVII.]