EL GUÍA.


La ley militar es inflexible y tiene reglas de las cuales nunca se aparta, pues la disciplina no admite vacilaciones ni tergiversaciones. El axioma despótico que tan en boga está en las cortes orientales: «Entender es obedecer», es vigorosamente cierto bajo el punto de vista militar. Seguramente, por muy duro que esto pueda parecer al pronto, es indudable que debe ser así, porque si a los inferiores se les concediese el derecho de discusión respecto de las órdenes que reciben de sus superiores, toda disciplina quedaría destruida; los soldados, no obedeciendo ya más que a su capricho, llegarían a ser ingobernables, y el ejército, en vez de prestar a su país los servicios que éste tiene derecho a exigir, llegaría a ser una verdadera calamidad para él.

Estas reflexiones y muchas más se agolpaban en confuso tropel a la mente del capitán, mientras iba siguiendo muy pensativo al guía que el despacho de su general le había impuesto de una manera tan singular. Pero la orden era clara, terminante; se veía obligado a obedecer y así lo hacía, aunque en su interior se hallaba convencido de que el hombre en quien le obligaban a fiar, era, si no completamente un traidor, al menos indigno de la confianza que en él se depositaba.

En cuanto al soldado, galopaba con la mayor indiferencia a la cabeza del convoy, fumando, riendo y cantando, sin que pareciese que recelaba en manera alguna las sospechas que sobre él recaían.

Verdad es que el capitán había ocultado con el mayor cuidado en el fondo de su corazón la mala opinión que formara respecto de su guía, y que ostensiblemente parecía que tenía en él la mayor confianza. En la situación crítica en que se hallaba el convoy, la prudencia exigía que los que de él formaban parte no sospechasen la inquietud de su jefe, a fin de que no se desmoralizasen con el temor de una traición próxima.

El capitán, antes de ponerse en marcha, había dado con cierta afectación las órdenes más severas para que las armas se tuviesen en buen estado, había mandado una descubierta a vanguardia y flanqueadores a los costados, con el fin de explorar las cercanías y cerciorarse de que el paso estaba libre y no tenía que recelar peligro alguno. En fin, había adoptado con el mayor esmero todas las medidas que la prudencia exigía para garantizar el buen éxito del viaje.

El guía, testigo impasible de estas precauciones, y por quien se habían adoptado todas con tanta ostentación, pareció que las aplaudía, apoyando las órdenes del capitán y haciendo observar la habilidad que tenían los merodeadores de fronteras para deslizarse entre los matorrales y las yerbas sin dejar rastro alguno, y la atención que debía consagrar la descubierta al cumplimiento del encargo que se le confiaba.

Cuanto más avanzaba el convoy hacia la parte de las montañas, más difícil y peligrosa se tornaba la marcha. Los árboles, que al pronto estaban desparramados en mayor espacio de terreno, se habían ido acercando unos a otros insensiblemente; a la sazón formaban un poblado bosque, en cuyo centro era preciso abrirse paso con el hacha en muchos sitios por razón de las guirnaldas de plantas trepadoras que se enredaban unas con otras y algunas veces formaban un laberinto impenetrable; además se encontraban riachuelos que solían ser bastante anchos y de orillas escabrosas y de difícil acceso, que los caballos y las mulas tenían que vadear por medio de las iguanas y los aligátores, muchas veces con el agua hasta las cinchas.

La espesa bóveda de ramas bajo la cual avanzaba penosamente el convoy, ocultaba por completo el cielo, y solo con sumo trabajo dejaba que se filtrasen algunos rayos de sol que no bastaban del todo para disipar la oscuridad que reina casi de continuo en las selvas vírgenes aun en mitad del día.

Los europeos que, en materia de bosques, no conocen más que los del viejo mundo, no pueden formarse una idea, ni siquiera remota, de lo que son aquellos inmensos océanos de verdor que en América denominan selvas vírgenes.

Allí parece que todos los árboles se sostienen unos a otros, tanto es lo enredados y mezclados que están, atados y unidos entre sí por redes de plantas trepadoras que enlazan sus troncos, se retuercen en torno de sus ramas, se introducen en el suelo para surgir de nuevo como los tubos de un órgano inmenso, unas veces formando caprichosas parábolas, otras subiendo y bajando sin cesar en medio de los inmensos grupos de esa especie de muérdago parásito, denominado tilansia, que cae en anchos ramilletes del extremo de las ramas de todos los árboles. El suelo cubierto de detritos de todas clases y del humus formado por los árboles que se secan y perecen, se esconde bajo una alfombra de yerba abundante y de muchos pies de altura. Los árboles, casi todos de la misma clase, ofrecen tan poca variedad, que cada uno de ellos parece que es una mera repetición de todos los demás.

Estos bosques se hallan cruzados en todas direcciones por sendas trazadas desde hace siglos por los pies de las fieras, y que conducen a sus misteriosos abrevaderos: en diferentes puntos, y perdidos bajo la enramada, varios pantanos infectos sobre los cuales revolotean nubes de mosquitos, producen densas nieblas que se alzan de su seno y llenan la selva de tinieblas; reptiles e insectos de todas clases se arrastran silenciosos por el suelo, mientras que el canto de los pájaros y los roncos gritos de las fieras forman un concierto aterrador que los ecos de las lagunas repiten simultáneamente.

Los más aguerridos cazadores de los bosques solo temblando es como se aventuran en las selvas vírgenes, porque es casi imposible orientarse en ellas con certidumbre y no se puede fiar en las sendas que a cada instante se mezclan y se confunden. Los cazadores saben por experiencia que un hombre perdido en una de esas sendas, a no ser por algún milagro, tiene que perecer en ella, encerrado entre las murallas que forman la crecida yerba y los cortinajes de plantas trepadoras, sin esperanza de verse socorrido ni salvado por un ser de su especie.

En una selva virgen era donde el convoy se había internado en aquel momento.

El guía, siempre tranquilo y descuidado, continuaba avanzando sin vacilar lo más mínimo, como si estuviese completamente seguro del camino que seguía, y contentándose, muy de tarde en tarde, con dirigir una mirada distraída a la derecha o a la izquierda, pero sin contener por eso el paso de su cabalgadura.

Sin embargo, era cerca del mediodía, el calor iba siendo sofocante; los caballos y los hombres, que estaban en marcha desde las cuatro de la madrugada, por senderos en extremo dificultosos, se hallaban abrumados de cansancio y reclamaban imperiosamente algunas horas de un descanso indispensable para poder seguir adelante.

El capitán se decidió a hacer acampar a su gente en una de esas plazoletas bastante extensas que con tanta frecuencia se encuentran en aquellos parajes, y que están formadas por la caída de árboles derribados por los huracanes o muertos de vejez.

Sonó la voz de «¡Alto!» Los soldados y los arrieros lanzaron un suspiro de satisfacción, y se detuvieron en seguida.

El capitán, cuyos ojos se hallaban fijos casualmente en aquel momento en el guía, vio en su frente una nube de descontento; sin embargo, el soldado, conociendo que le observaban, se serenó en seguida, fingió compartir la general alegría, y echó pie a tierra.

Quitáronse las sillas y aparejos a los caballos y las mulas, a fin de que pudiesen pastar con entera libertad los retoños de los árboles y la abundante yerba que crecía por todas partes.

Los soldados tomaron su frugal comida y se tendieron sobre sus capotes para dormir la siesta.

Muy luego estuvieron sepultados en el más profundo sueño todos los individuos que formaban parte del convoy; solo dos hombres velaban: eran el capitán y el guía.

Probablemente cada uno de ellos se hallaba atormentado por reflexiones bastante graves para desterrar el sueño y mantenerlos despiertos cuando todo les convidaba al descanso.

A pocos pasos de la explanada, monstruosos iguanas estaban tendidos al sol revolcándose en el fango ceniciento de un arroyo cuya agua corría blandamente, con un murmullo leve, por entre los obstáculos de todas clases que entorpecían su curso. Nubes de insectos llenaban el aire con el continuo zumbido de sus alas; las ardillas saltaban alegremente de rama en rama; los pájaros, ocultos en la enramada, cantaban con todas sus fuerzas, y algunas veces por encima de la crecida yerba se veía aparecer la cabeza fina y los ojos asustados de un gamo o de un ashata que se lanzaba de pronto a la espesura con bramidos de terror.

Pero los dos hombres estaban sobrado preocupados por sus pensamientos para observar lo que pasaba en torno suyo.

El capitán levantó la cabeza: en aquel momento el guía clavaba en él una mirada de singular fijeza. Avergonzado al verse sorprendido así de improviso, procuró desorientar al oficial dirigiéndole la palabra, táctica antigua por la cual no se dejó éste engañar.

—¡Qué día de calor! dijo el soldado con tono indiferente.

—Sí, contestó lacónicamente el capitán.

—¿No tiene V. ganas de dormir?

—No.

—Pues yo siento mis párpados muy pesados, se me cierran los ojos sin querer. Con permiso de V. voy a hacer como mis compañeros y a disfrutar algunos instantes del excelente sueño que ellos están saboreando con tanta delicia.

—Aguarde V. un momento que tengo que decirle algunas palabras.

—¿A mí?

—Sí.

—Corriente, dijo el soldado con la más completa indiferencia.

Se levantó ahogando un suspiro de pesadumbre, y fue a colocarse junto al capitán, quien se apartó para hacerle sitio bajo la sombra protectora del árbol corpulento y frondoso que extendía por encima de sus cabezas sus brazos de gigante cargados de pámpanos y de tilansia.

—Tenemos que hablar seriamente, repuso el capitán.

—Como V. guste.

—¿Puede V. ser franco?

—¿Cómo? dijo el dragón desconcertado por aquella pregunta a quemarropa.

—O si V. lo prefiere, ¿puede V. ser leal?

—Según.

El capitán le miró.

—¿Responderá V. a mis preguntas?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe V.?

—Escuche V., mi Capitán, dijo el guía en tono inocentón: mi madre, la buena mujer, me encargó siempre que desconfiase de dos clases de personas: de los que piden prestado y de los que hacen preguntas; porque decía, y con mucha razón, que los primeros atentan a nuestra bolsa y los segundos a nuestro secreto.

—¿Tiene V. un secreto según eso?

—¡Yo! No por cierto.

—Pues entonces ¿qué teme V.?

—No mucho, en verdad. Vamos, pregúnteme V., mi Capitán, que yo procuraré responder.

El campesino mejicano, indio manso o civilizado, se parece mucho al labriego normando en que es casi imposible obtener de él una respuesta positiva a la pregunta que se le dirige. El capitán se vio obligado a contentarse con la semipromesa del guía, y repuso:

—¿Quién es V.?

—¡Yo!

—Sí.

El guía se echó a reír y dijo:

—Ya lo ve V.

El capitán movió la cabeza y replicó:

—No le pregunto a V. lo que parece ser, sino lo que es en realidad.

—¡Eh! mi Capitán, ¿quién puede responder de sí y saber positivamente lo que es?

—Escuche V., tuno, repuso el capitán con tono amenazador, no quiero perder mi tiempo en seguir a V. en todos los circunloquios que se le antoje inventar. Responda V. categóricamente a mis preguntas, o si no...

—¿Si no? repitió el guía con tono de zumba.

—¡Le levanto a V. la tapa de los sesos como a un perro! replicó el capitán sacando una pistola de su cinto y amartillándola con rapidez.

Los ojos del soldado lanzaron un relámpago, pero sus facciones permanecieron impasibles, y ni un músculo de su rostro se movió.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Señor Capitán! tiene V. una manera singular de hacer preguntas a sus amigos, dijo con voz sombría.

—¿Quién me asegura que V. lo es mío? No le conozco a V.

—Es verdad; pero conoce V. a la persona que me ha enviado; esa persona es jefe de V. lo mismo que mío, y al venir aquí, he obedecido su mandato como V. debe obedecerle conformándose con las órdenes que le ha enviado.

—Sí; pero esas órdenes me han sido trasmitidas por V.

—¿Qué importa eso?

—¿Quién me asegura que ese despacho que he recibido ha sido entregado realmente a V.?

—¡Cáspita! mi Capitán, ¡lo que está V. diciendo nada tiene de lisonjero para mí! repuso el guía con tono ofendido.

—Lo sé; desgraciadamente vivimos en un tiempo en que es tan difícil distinguir a los amigos de los enemigos, que nunca pueden adoptarse sobradas precauciones para evitar el caer en un lazo. Estoy encargado por el gobierno de desempeñar una misión en extremo delicada, y más que nadie debo obrar con reserva respecto de gentes que me son desconocidas.

—Tiene V. razón, mi Capitán; por eso, no obstante lo injuriosas que sus sospechas son para mí, no me enfado por lo que V. me dice: las posiciones excepcionales exigen medidas excepcionales también. Únicamente procuraré probar a V. con mi conducta que se ha equivocado respecto de mí.

—Me alegraré infinito de haberme equivocado; ¡pero tenga V. cuidado! Si observo la más mínima cosa sospechosa, ya sea en los movimientos o en las palabras de V., no vacilaré en levantarle la tapa de los sesos. Ahora ya está usted avisado, y puede obrar con arreglo a ello.

—Corriente, mi Capitán, correré ese riesgo. Suceda lo que quiera, estoy seguro de que mi conciencia me absolverá, porque habré puesto cuanto esté de mi parte para cumplir con mi deber.

Y esto lo dijo con tal aspecto de franqueza, que impuso al capitán a pesar de sus sospechas.

—Veremos, dijo este. ¿Saldremos pronto del bosque infernal en que estamos?

—Ya no nos quedan más que dos horas de marcha: a la puesta del sol nos reuniremos con los que nos aguardan.

—¡Dios lo quiera! murmuró el capitán.

—¡Amén! dijo el soldado con tono burlón.

—Pero como ha juzgado V. conveniente no responder a ninguna de mis preguntas, repuso el oficial, no llevará V. a mal que desde este momento no le pierda de vista, y que cuando volvamos a ponernos en marcha, le conserve a mi lado.

—Como V. guste, mi Capitán; tiene V. de su parte la fuerza, ya que no el derecho, y me veo obligado a conformarme con su voluntad.

—Muy bien; ahora puede V. dormir si así le parece.

—Según eso, ¿nada más tiene V. que decirme?

—Nada.

—Pues entonces voy a aprovechar el permiso que V. se sirve darme y a tratar de recuperar el tiempo perdido.

Entonces el soldado se levantó ahogando un bostezo prolongado, se alejó algunos pasos, se tendió en el suelo, cerró los ojos; y al cabo de algunos minutos pareció que se hallaba sepultado en un sueño profundo.

El capitán continuó velando. La conversación que acababa de tener con el guía no había hecho sino aumentar su inquietud, probándole que aquel hombre ocultaba una gran astucia bajo una forma tosca y trivial. En efecto, no había respondido a ninguna de las preguntas que le dirigiera, y al cabo de algunos instantes logró obligar al capitán a dejar el ataque por la defensa, dándole razones muy lógicas contra las cuales nada se podía alegar.

Así pues, en aquel momento se hallaba don Juan en la peor disposición de ánimo en que puede encontrarse un hombre de corazón, descontento de sí mismo y de los demás, íntimamente persuadido de que tiene razón, pero obligado, en cierto modo, a confesar que ésta no está de su parte.

Como sucede siempre en tales casos, los soldados fueron quienes sufrieron las consecuencias del mal humor de su jefe, porque el oficial, temiendo agregar las tinieblas de la noche a las malas probabilidades que se figuraba tener contra sí, y deseando en extremo no ser sorprendido por la oscuridad en medio del intrincado laberinto de la selva, abrevió el alto mucho más de lo que lo habría hecho en cualquiera otra ocasión.

A las dos de la tarde próximamente, hizo tocar el botasillas, y dio la orden de marcha.

Sin embargo, ya había cedido el calor más fuerte del día; los rayos del sol, más oblicuos, habían perdido una parte considerable de su intensidad, y la marcha se continuó bajo condiciones comparativamente mejores que antes.

El capitán, según lo había prevenido, intimó al guía la orden de colocarse a su lado, y en cuanto le era posible, no le perdía de vista ni un segundo.

El dragón parecía que no se cuidaba en manera alguna de esta vigilancia molesta; seguía caminando, en la apariencia, con la misma indiferencia que antes, fumando su cigarrillo de papel y tarareando a media voz algunos trozos de jarabes.

El bosque comenzaba a aclararse poco a poco; las explanadas o plazoletas iban siendo más frecuentes, y la vista abarcaba un horizonte más vasto. Todo inducía a presumir que no se tardaría en llegar al lindero de la selva.

Sin embargo, a derecha e izquierda se veían movimientos de terreno; el suelo comenzaba a elevarse insensiblemente, y la senda que seguía el convoy, se encajonaba cada vez más a medida que iba avanzando.

—¿Llegamos ya a los estribos de la montaña? preguntó el capitán.

—¡Oh! No, todavía no, respondió el guía.

—Sin embargo, muy pronto vamos a estar entre dos colinas.

—Sí, pero de poca elevación.

—Es verdad; sin embargo, si no me engaño, vamos a pasar un desfiladero.

—Pero tiene poca extensión.

—Debiera V. habérmelo advertido.

—¿Para qué?

—Para haber destacado una descubierta a vanguardia.

—Es cierto; pero aún es tiempo de hacerlo si V. quiere: al extremo de este desfiladero es donde se encuentran los que nos están aguardando.

—Según eso, ¿llegamos ya?

—Casi, casi.

—Entonces apresuremos el paso.

—Con mucho gusto.

Y continuaron marchando.

De pronto el guía se detuvo y dijo:

—¡Eh! mi Capitán, mire V. allí: ¿no es un cañón de fusil lo que brilla a la luz del sol?

El capitán alzó los ojos con viveza hacia el sitio que le señalaba el soldado.

En el mismo instante estalló una descarga espantosa en ambos lados del camino, y una granizada de balas llovió sobre el convoy.

Antes de que el capitán, furioso al ver aquella traición indigna, hubiese podido sacar una pistola de su cinto, cayó al suelo arrastrado por su caballo al que un balazo había herido en el corazón.

El guía acababa de desaparecer sin que fuese posible saber cómo se había fugado.


[XXVIII.]