EL ZORRO-AZUL.


Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compañeros, a quienes en un capítulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una bala junto a sus oídos, se atrincheraron instintivamente detrás de unas rocas y unos troncos de árbol.

Tan luego como hubieron adoptado esta precaución indispensable contra sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas partes una mirada investigadora.

Así permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el más leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra ellos hubiese de reproducirse.

Poseídos de la más viva inquietud, sin saber a qué atribuir aquella agresión ni qué enemigos tendrían que temer, los tres hombres ignoraban qué partido deberían adoptar, y cómo podrían salir de una manera honrosa de la posición apurada en que la casualidad les había colocado de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se resolvió por fin a ir de descubierta.

Sin embargo, como el jefe temía, y con razón, caer en algún lazo hábilmente preparado para apoderarse de él y de sus compañeros sin disparar un tiro, antes de alejarse juzgó prudente adoptar las precauciones más minuciosas.

Los indios tienen merecida nombradía por su astucia. Obligados, por razón de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo de las facultades físicas con que les ha dotado la Providencia, su oído, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos plagiarios. Pero como tienen a su disposición, en ventaja sobre los animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina, si nos es lícito emplear esta expresión, que les hace ejecutar cosas sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad excede de los límites de lo posible.

Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro cuyas páginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca se equivoquen ni siquiera vacilen.

El Zorro-Azul, aunque era todavía muy joven, había adquirido ya merecida nombradía de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasión presente, rodeado, según toda probabilidad, de enemigos invisibles cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le servía de escondite vigilaban atentamente todos sus movimientos, se preparó con mayor prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus proyectos.

Después de haber convenido con sus dos compañeros una señal para el caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembarazó de su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido entorpecer sus movimientos, se despojó de todos los adornos que cubrían su cabeza, su cuello y su pecho, y no conservó más que su mitasse, especie de calzón de dos pedazos que baja hasta los tobillos, está cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas por medio de una correa de piel de gamo sin curtir.

Cuando estuvo así, casi desnudo, se revolcó varias veces en la arena para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colgó del cinto su tomahawk y su cuchillo de desollar, armas de que nunca se separa un indio; cogió su rifle con la mano derecha, y después de haber hecho una seña postrera de despedida a sus compañeros que observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendió en el suelo y comenzó a arrastrarse como una culebra por entre la crecida yerba.

Aunque hacía ya mucho tiempo que había salido el sol y derramaba con profusión sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida del Zorro-Azul se efectuó con tanto cuidado, que ya estaba lejos en la llanura cuando sus compañeros le juzgaban todavía muy cerca; ni un átomo de yerba se había agitado con su paso, ni un guijarro había rodado bajo sus pies.

De vez en cuando el piel roja se detenía, exploraba los alrededores con una mirada penetrante, y luego, cuando creía hallarse cerciorado de que todo estaba tranquilo, de que nada había revelado su presencia, comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en dirección a la espesura del bosque, a cuyas cercanías llegó muy pronto.

Así consiguió situarse en un sitio enteramente desprovisto de árboles, en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo suponer que se aproximaba al paraje en que debían estar emboscados los que habían hecho fuego.

El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas que acababa de descubrir.

Aquellas huellas parecía que pertenecían a un solo individuo; eran pesadas, anchas, hechas sin precaución alguna, y parecía que pertenecían a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, más bien que a un cazador o a un indio.

Los matorrales estaban aplastados como si la persona que había cruzado por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos sitios empapada en sangre.

Él Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en nada se parecía a los que estaba acostumbrado a seguir.

¿Era aquello una ficción empleada por sus enemigos para engañarle con mayor facilidad, dejándole ver un rastro tosco destinado a ocultar el verdadero? ¿Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba?

El indio no sabía en qué opinión fijarse, y su perplejidad era extremada. Para él era evidente que de aquel sitio había salido el tiro con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso; pero ¿con qué interés el hombre, quién quiera que fuese, que había escogida aquella emboscada, había dejado huellas tan manifiestas de su paso? Desde luego debía suponer que su agresión no quedaría impune, y que aquellos a quienes había querido tomar por blanco se lanzarían inmediatamente en persecución suya.

En fin, después de haber buscado durante mucho tiempo en su mente la solución de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos para obtener una conclusión probable, el piel roja, apuradas ya todas las suposiciones, se fijó en la primera que se le había ocurrido, a saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el verdadero y a desorientar a los que les siguiesen.

El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos, y que no emplean más que la astucia para combatirlos; por eso se engañan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace perder una partida que en cualquiera otra ocasión habrían ganado.

El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado, con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre.

El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna.

Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un cortinaje de hojarasca.

El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada sin que le descubriesen, y miró.

En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas, producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.

Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel gigantesco huésped de los bosques había dos hombres.

El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados más solícitos.

Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él.

Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante, que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca, que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante que le subían hasta la rodilla.

Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen, tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido cuarenta años.

En su cinto llevaba un par de pistolas de cañón largo y un machete de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del árbol, y un magnífico mustang, maneado a pocos pasos de distancia, comía los retoños de los árboles.

Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos de esperar, no le tranquilizó en manera alguna, porque su entrecejo se frunció y contuvo a duras penas una exclamación de sorpresa y de disgusto al ver a aquellos dos individuos.

Por un movimiento instintivo de prudencia amartilló su rifle, y después que hubo adoptado esta precaución, comenzó a observar de nuevo lo que hacían los dos personajes.

Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como para levantarse y entreabrió los ojos; pero harto débil todavía, probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvió a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba prodigando auxilios observó que había vuelto en sí, pues vio el movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una oración en voz baja.

Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran ya necesarios a aquel a quien socorría, el desconocido se levantó, cogió su rifle, apoyó las dos manos cruzadas sobre la boca del cañón, y aguardó impasible, después de haber dirigido a la explanada una mirada circular cuya expresión sombría y rencorosa hizo estremecer de espanto al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto.

Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oyó más ruido que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba.

Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento más pronunciado que el primero y abrió los ojos.

Después de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su vista se fijó con una especie de fijeza singular en el anciano alto que continuaba inmóvil junto a él y le examinaba con cierta mezcla de compasión irónica y de melancolía sombría.

—Gracias, murmuró al fin el fraile con voz débil.

—Gracias, ¿por qué? respondió el desconocido con dureza.

—Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.

—No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón; yo soy un hereje, un gringo, como a VV. les gusta llamarnos; míreme V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la cabeza y pies de macho cabrío?

Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el fraile se quedó cortado durante un momento.

—¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto.

—¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno presagiaba; el diablo quizás.

El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó repetidas veces balbuceando:

—¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal!

—Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V., quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia.

—¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto a serme útil?

—¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido motivo para quejarse de mí.

—No, ¡oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmayé, mis ideas se han embrollado por completo y de nada me acuerdo.

—Poco me importa, eso no es cuenta mía y nada le pregunto a V.; bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos de los demás. Vamos a ver, ¿se siente V. mejor? ¿Está V. bastante aliviado para continuar su camino?

—¡Cómo! ¿Continuar mi camino? preguntó el fraile aterrado; ¿Se propone V. abandonarme solo aquí, por ventura?

—¿Por qué no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora debo pensar en mis negocios.

—¡Ah! exclamó el fraile, después del interés, que tan bondadosamente me ha demostrado V., ¿tendría valor suficiente para abandonarme así, casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme después de su marcha?

—¿Por qué no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V. tendido ahí sin aliento y pálido como un cadáver; le prodigué esos cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en sí, ya no le soy útil para nada, y me marcho. ¿Puede haber cosa más sencilla ni más lógica? Adiós, y que el diablo, por quien me tomaba V. hace un momento, le conceda su protección.

Después de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y de ironía amarga, el desconocido se echó su rifle al hombro y anduvo algunos pasos en dirección a su caballo.

—¡Deténgase V.! ¡En nombre del cielo! exclamó el fraile levantándose con más presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. ¿Qué va a ser de mí, solo, en este desierto?

—Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando fríamente la punta de su zarapé que el fraile había agarrado. ¿No dice por ventura la máxima del desierto: Cada cual para sí?

—¡Escuche V.! replicó el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensaré generosamente.

El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en estado de protegerse a sí mismo?

—No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme; les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí, caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto, me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve! ¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites!

El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo, porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad:

—Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo.

El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón.

—Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para obtener una respuesta.

—¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V. saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus venas: soy el hombre a quien llaman el; ¡Desollador-Blanco! el ¡Sin piedad!

El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos con esfuerzo.

—¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido!

En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo.

El cazador se estremeció.

—¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una oración fervorosa.


[XXIII.]