EL JAGUAR.
Cuando el Jaguar se marchó de la venta del Potrero, iba poseído de extremada agitación; las palabras de la joven resonaban en su oído con un acento irónico y burlón; la última mirada que le había dirigido le perseguía como un remordimiento: el joven se arrepentía amargamente de haber interrumpido de una manera tan brusca su conversación con Carmela, estaba descontento de la manera en que había respondido a sus súplicas, en fin, se hallaba en la mejor disposición de ánimo imaginable para cometer uno de los actos de crueldad a que con sobrada frecuencia le había arrastrado su carácter violento y que habían marcado su fama con un sello vergonzoso, actos que se arrepentía en extremo de haber cometido cuando era ya demasiado tarde.
Corría a escape tendido por medio de la pradera, ensangrentando con las espuelas los ijares de su caballo, que se encabritaba a impulso del dolor, profiriendo maldiciones ahogadas, y dirigiendo en torno suyo unas miradas tan feroces como las de una fiera cuando anda en busca de una presa.
Hubo un momento en que tuvo intenciones de volver a la venta, arrojarse a los pies de la joven, y reparar, en una palabra, la falta que le hiciera cometer la pasión sorda que le agitaba, prescindiendo de toda clase de celos y poniéndose completamente a disposición de Carmela para cuanto se le antojase mandarle.
Pero, como suele suceder con la mayor parte de las buenas resoluciones, ésta no tuvo más que la duración de un relámpago. El Jaguar reflexionó, y con la reflexión volvieron la duda y los celos, y como consecuencia inmediata, un nuevo furor más insensato y más loco que el primero.
El joven fue galopando así durante mucho tiempo sin seguir, al parecer, ninguna dirección determinada; sin embargo, de vez en cuando y a largos intervalos se paraba, se empinaba sobre los estribos, exploraba la llanura con una mirada de águila, y luego volvía a arrancar a rienda suelta.
Hacia las tres de la tarde se adelantó a la conducta de plata; pero como la había visto desde lejos, le fue fácil evitar su encuentro, oblicuando levemente a la derecha y metiéndose por medio de un poblado bosque que le hizo ser invisible durante un espacio de tiempo suficiente para que no temiese ser descubierto por los exploradores destacados a vanguardia.
Sin embargo, una hora próximamente antes de la puesta del sol, el joven, que por centésima vez acababa de pararse con el fin de explorar los alrededores, lanzó un grito de júbilo contenido: por fin iba a reunirse con aquellos a quienes tanta prisa tenía de alcanzar.
A unos quinientos pasos del sitio en que el Jaguar estaba parado en aquel momento, una partida de treinta a treinta y cinco jinetes seguía en buen orden la senda calificada con el pomposo nombre de carretera que cruzaba la pradera.
Aquella partida, compuesta en su totalidad de blancos, según era fácil conocerlo por sus trajes, parecía que ostentaba en su marcha cierto aspecto militar. Además, todos aquellos jinetes iban ampliamente provistos de armas de todas clases.
Al comenzar la presente narración, mencionamos a varios jinetes que se hallaban próximos a desaparecer a lo lejos cuando los dragones salían de la venta del Potrero: eran precisamente los que el Jaguar acababa de ver.
El joven se llevó las dos manos abiertas a la boca para formar una especie de bocina, y por dos veces lanzó un grito agudo, estridente y prolongado.
Aunque la partida se hallaba en aquel momento bastante lejos, al oír la señal, los jinetes se detuvieron como si los pies de sus caballos se hubiesen clavado súbitamente al suelo.
El Jaguar se inclinó entonces sobre su silla, hizo saltar a su caballo por encima de los matorrales, y en pocos minutos llegó junto a aquellos que se habían detenido para esperarle.
El joven fue acogido con gritos de júbilo, y todos los circunstantes se estrecharon en torno suyo dando muestras del mayor interés.
—Gracias, amigos míos, dijo el joven, gracias por las pruebas de simpatía que me dais; pero os ruego que me concedáis un momento de atención, pues el tiempo urge.
Restablecióse el silencio como por encanto; pero las miradas chispeantes que se fijaban en el joven revelaban a las claras que la curiosidad, no por ser muda, era menos ardiente.
—No se había V. equivocado, John, continuó el Jaguar dirigiéndose a uno de los individuos colocados más cerca de él, la conducta de plata viene detrás de nosotros: no la llevamos más que tres o cuatro horas de delantera. Según me lo había V. advertido, viene escoltada, y la prueba de que atribuyen mucha importancia a su seguridad es que la escolta la manda el capitán Melendez.
Al oír esta noticia, los oyentes hicieron un gesto de desagrado.
—¡Paciencia! repuso el Jaguar con una sonrisa burlona; donde no basta la fuerza queda la astucia. El capitán Melendez es todo un valiente y un hombre de experiencia, convengo en ello; pero y nosotros ¿no somos también valientes? ¿La causa que defendemos no es bastante hermosa para excitarnos a proseguir de todos modos nuestra empresa?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Hurra! ¡Hurra! exclamaron todos los circunstantes blandiendo sus armas con entusiasmo.
—John, V. ha entablado ya relaciones con el capitán, le conoce a V. Quédese aquí con otro de nuestros amigos, y déjense coger prisioneros los dos. Confío en VV. para disipar las sospechas que pueda abrigar la mente del capitán.
—Descuide V., yo me encargo de ello.
—Muy bien. Solo que le aconsejo a V. se ande con cuidado con él, porque es rudo adversario.
—¡Ah! ¿De veras?
—Sí. ¿Sabe V. quien le acompaña?
—No por cierto.
—Fray Antonio.
—¡Vive Dios! ¿Qué me dice V.? ¡Diantre! Hace V. bien en avisarme.
—¡Ya lo veo!
—¡Oh! ¡Oh! ¿Querrá por ventura ese fraile maldito hacernos mal tercio?
—Mucho lo temo. Ese hombre, como V. sabe, se halla relacionado con todas las gentes de mal vivir, sean del color que quieran, que vagan por el desierto, y aún pasa por ser uno de sus jefes. Puede muy bien habérsele ocurrido la idea de apropiarse la conducta de plata.
—¡Vive Dios! Yo lo impediré. Confíe V. en mí: le conozco muy bien, y hace demasiado tiempo, para que él quiera ponerse en abierta oposición conmigo. Si se atreviese a intentarlo, yo sabría reducirle a la impotencia.
—Está muy bien. Ahora, en cuanto haya V. obtenido los últimos datos que necesitamos para obrar, no pierda V. un solo instante para volver a reunirse con nosotros, porque estaremos casi contando los minutos hasta su regreso.
—Queda convenido. ¿El punto de reunión sigue siendo la barranca del Gigante?
—Sí
—Una palabra todavía.
—Diga V. pronto.
—¿Y el Zorro-Azul?
—¡Diablo! Me le hace V. recordar, que ya le había olvidado.
—¿Debo aguardarle?
—Sí por cierto.
—¿Entraré en tratos con él? Ya sabe V. que se puede fiar muy poco en la palabra de los Apaches.
—¡Es verdad! repuso el joven con ademán pensativo; sin embargo, nuestra posición, en este momento, es en extremo difícil. Estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo así: nuestros amigos vacilan; todavía no se atreven a decidirse en favor nuestro, mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza, cobran ánimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazón le repugna semejante alianza, es evidente para mí que si los Apaches consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos será muy útil.
—Tiene V. razón. En la situación en que nos encontramos, desterrados de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas.
—En fin, amigo mío, doy a V. carta blanca; los acontecimientos le inspirarán la mejor manera de obrar. Confío por completo en la inteligencia y adhesión de V.
—No se arrepentirá V. de ello.
—Ahora separémonos, y ¡buena suerte!
—Adiós, hasta la vista.
—Hasta mañana.
El Jaguar hizo una señal postrera de despedida a su amigo o a su cómplice, según le plazca al lector denominarle, se colocó a la cabeza de la partida y arrancó a galope.
Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin duda recordará el lector haber visto aparecer en los primeros capítulos de la presente historia. El cómo le encontramos en Tejas formando parte de una partida de outlaws, y de perseguidor convertido a su vez en perseguido, sería cosa sobrado larga de explicar en este momento; pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente satisfacción cuando sea ocasión oportuna.
John y su compañero se dejaron coger prisioneros por los exploradores del capitán Melendez, sin cometer la falta de oponer la más leve resistencia. Ya hemos referido en un capítulo anterior la manera en que se habían conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de estos hechos y seguiremos al Jaguar.
El joven parecía ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo frente cabalgaba.
Estos individuos pertenecían todos a la raza anglo-sajona; es decir, todos ellos eran norteamericanos.
Ahora bien: ¿qué oficio ejercían? Uno muy sencillo.
Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a Tejas en la época en que el gobierno mejicano había autorizado la emigración americana, se fijaron en el país, lo colonizaron y lo desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva patria.
Cuando el gobierno de Méjico inauguró el sistema de vejaciones de que ya no había de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadón y el pico para empuñar el rifle; montaron a caballo y se pusieron en abierta insurrección contra un opresor que quería arruinarlos y desposeerlos.
Varias partidas de insurgentes se formaron así de improviso en diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban. Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas; ningún vínculo las unía con otras para formar un contingente compacto y temible; obedecían a jefes independientes unos de otros, que todos querían mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior y única, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados positivos y conquistar esa independencia que, en el ánimo de las personas más ilustradas del país, era considerada aún como una utopía por razón de tan malhadada desunión.
Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se habían colocado bajo las órdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tenía una fama de valiente, prudente y hábil, harto sólidamente establecida en toda la comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con quienes la casualidad le hiciese tropezar.
Los acontecimientos sucesivos probarán que los colonos, al elegirle por jefe, no se habían equivocado respecto de él.
El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinación que improvisa los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo.
Había comprendido lo que sus compañeros esperaban de él, y había realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posición, al ensancharse, había hecho más vasta su inteligencia, por decirlo así; su golpe de vista se había tornado infalible, su voluntad era de hierro; se identificó tan bien con su nueva posición, que ya no se dejó dominar ni avasallar por ningún sentimiento humano; su rostro fue de mármol para la alegría lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de sus compañeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus facciones ni una llamarada ni una sonrisa.
El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le hacía padecer el desacuerdo que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusión que había llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para llevarla a cabo; en una palabra, ¡el joven tenía fe! Creía, porque, a pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la insurrección por los colonos de Tejas, había conocido tanta vitalidad en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que concluyó por comprender que en toda cuestión humana hay algo más poderoso que la fuerza, el valor y aún el genio, y es la idea cuyo tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces, olvidando toda preocupación, esperó y confió en un porvenir seguro.
Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.
Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás fuerzas reunidas de los insurgentes.
Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las tropas enviadas contra ellos.
El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios. El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos partidarios.
El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse más pronto al corriente del resultado de sus operaciones.
Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.
Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la orden de acampar.
En el desierto se organiza muy pronto un campamento.
A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los caballos, se colocan los centinelas para velar por la común seguridad, luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus mantas y todo está dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente bajo la celeste bóveda como los habitantes de las ciudades en el seno de sus suntuosas moradas.
Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvió a sentarse junto al fuego y quedó sumido en serias meditaciones.
Trascurrió la noche entera sin que hiciese el movimiento más leve, y sin embargo no dormía; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones de la hoguera que acababa de consumirse lentamente.
¿Cuáles eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacían fruncir el entrecejo?
Nadie hubiera podido decirlo.
¡Quizás viajaba por la región de las quimeras, quizás soñaba despierto, halagándose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte años, que son tan embriagadoras y tan engañosas!
De pronto se estremeció y se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.
En aquel momento aparecía el sol en el horizonte y comenzaba a disipar lentamente las tinieblas.
El joven inclinó el cuerpo hacia adelante y escuchó.
Oyóse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, gritó con voz breve y acentuada.
—¿Quién vive?
—¡Amigo! respondió otra voz desde más lejos.
El Jaguar se estremeció, y hablando consigo mismo, murmuró:
—¡Tranquilo aquí! ¿Por qué razón me buscará?
En seguida se lanzó en la dirección en que suponía que había de encontrar al cazador de tigres.