CONFIDENCIAS.


Tranquilo había escuchado atentamente la narración de la joven, con la cabeza baja y el entrecejo fruncido; cuando Carmela calló, la miró un momento con expresión interrogadora.

—¿Y es eso todo? le preguntó.

—Todo, contestó Carmela con timidez.

—¿Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. más noticias?

—Ninguna. Hemos oído dos tiros, el galope furioso de varios caballos, el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar silencioso.

—¿Qué habrá sido de él? murmuró con tristeza el tigrero.

—Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto, repuso Corazón Leal.

—Sí, replicó Tranquilo; pero está solo.

—Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizás.

—¡Oh! exclamó el canadiense, daría diez años de mi vida por tener noticias suyas.

—¡Cáspita, compadre! exclamó una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy fresquitas, y nada le pido por ellas.

Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al oír aquella voz, y se volvieron con viveza hacia el lado en que había sonado.

Apartáronse las ramas y apareció un hombre.

Era Lanzi.

El mestizo parecía estar tan tranquilo y tan descansado como si nada le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general frío y aún de mal gesto, tenía una expresión de alegría burlona inexplicable, sus ojos chispeaban, y una sonrisa irónica vagaba por sus labios.

—¡Pardiez! amigo mío, dijo Tranquilo tendiéndole la mano, sea V. mil veces bienvenido entre nosotros: estábamos con suma inquietud por su suerte.

—Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para mí, el peligro no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches.

—¡Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido escaparse. Está V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarán con quien entenderse.

—No harán tal. Además, tienen otra cosa que hacer en este momento.

—¿Eso cree V.?

—Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita debo yo en parte mi salvación.

—¡Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el canadiense, cada cual para sí y Dios para todos. Que se arreglen como puedan, que no nos importan sus asuntos.

—Eso mismo pienso yo.

—Todavía nos quedan tres horas de noche: aprovechémoslas para descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la hacienda en cuanto salga el sol.

—El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendió inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvió en su zarapé y cerró los ojos.

Corazón Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, siguió su ejemplo.

En cuanto a Quoniam, después de haber desollado concienzudamente los tigres y sus cachorros, se había tendido delante del fuego, y hacía dos horas que dormía con un sueño profundo y con esa indiferencia indolente que caracteriza a la raza negra.

Tranquilo se volvió entonces hacia Carmela. La joven estaba sentada a pocos pasos de él; miraba al fuego con ademán pensativo y en sus ojos brillaban algunas lágrimas.

—¡Vamos, niña! le dijo el canadiense con dulzura, ¿qué haces ahí? Debes estar molida de cansancio; ¿por qué no tratas de descansar un rato?

—¿Para qué? murmuró Carmela con tristeza.

—¿Para qué? repuso con viveza el tigrero, a quien el acento de la joven hizo estremecer; ¿para qué ha de ser? Para que recobres tus fuerzas.

—Déjeme V. velar, padre; no podría dormir por mucho cansancio que tenga; el sueño huiría de mis párpados.

El canadiense la examinó un instante con la mayor atención, y luego moviendo la cabeza con visible preocupación, dijo:

—¿Qué significa eso?

—Nada, padre mío, respondió Carmela procurando sonreír.

—¡Niña! ¡Niña! murmuró Tranquilo, ¡aquí hay algo! Yo no soy más que un pobre cazador, muy ignorante respecto de las cosas del mundo y sin malicia alguna. Pero te quiero, hija mía, y mi corazón me dice que sufres.

—¡Yo! exclamó Carmela haciendo un gesto negativo.

Pero de improviso prorrumpió en llanto, y reclinándose en el pecho leal del cazador, ocultó allí su cabeza y murmuró con voz ahogada:

—¡Ah! ¡Padre! ¡Padre! ¡Soy muy desgraciada!

Tranquilo, al oír esta exclamación arrancada por la fuerza del dolor, se enderezó como si una serpiente le hubiese picado; sus ojos chispearon, fijó en la joven una mirada impregnada en amor paternal, y obligándola suavemente a que le mirase de frente, exclamó con ansiedad:

—¿Desgraciada, tú, Carmela? ¡Qué ha pasado, Dios mío!

La joven, haciendo un esfuerzo supremo, logró calmarse; sus facciones recobraron su habitual mansedumbre, enjugó sus lágrimas, y sonriendo al cazador que la miraba con inquietud, le dijo con voz zalamera:

—Perdóneme V., padre mío, estoy loca.

—¡No, no! respondió Tranquilo moviendo la cabeza a uno y otro lado, no estás loca, hija mía, solo que me ocultas algo.

—¡Padre mío! dijo Carmela ruborizándose y bajando los ojos muy confusa.

—Sé franca conmigo, chiquilla; ¿no soy por ventura tu mejor amigo?

—¡Es verdad!

—¿Me he negado nunca a satisfacer tus más mínimos caprichos?

—¡Oh! ¡Nunca!

—¿Me has encontrado alguna vez demasiado severo para ti?

—¡No por cierto!

—Pues bien, ¿entonces por qué no me confiesas francamente lo que te atormenta?

—Es que... murmuró Carmela vacilando.

—¿Vamos, qué? dijo el cazador con voz insinuante.

—No me atrevo.

—Según eso, ¿es cosa muy difícil de decir?

—Sí.

—¡Bah! Sigue hablando, chiquilla. ¿Dónde has de encontrar un confesor tan indulgente como yo?

—En ninguna parte, ya lo sé.

—Pues entonces habla.

—Es que temo que V. se enfade.

—Más me harás enfadar si te obstinas en guardar silencio.

—Pero...

—Escucha. Carmela, tú misma, al referirnos, hace un momento, todo lo que ha pasado hoy en la venta, confesaste que habías querido venir a buscarme a donde quiera que me encontrase y en esta misma noche; ¿es verdad, sí o no?

—Sí, padre mío.

—Pues bien, heme aquí, ya escucho; además, si lo que tienes que decirme es tan importante como me das margen a suponerlo, creo que harás muy bien en darte prisa.

La joven se estremeció, dirigió una mirada al cielo cuyas sombras comenzaban a teñirse con fajas blanquecinas, y toda vacilación desapareció entonces de su semblante.

—Tiene V. razón, padre mío, dijo con voz firme. Tengo que hablar a V. de un asunto de la mayor importancia, y quizás lo haya retrasado ya en demasía, porque es cosa de vida o muerte.

—¡Me asustas!

—Escuche V.

—Habla, hija, habla sin temor, y cuenta con el cariño que te tengo.

—Cuento con eso, padre mío, y todo lo sabrá V.

—Bien.

Carmela pareció que se recogía un instante; luego dejando caer su manita en la ruda y ancha mano de su padre, mientras que sus largas y sedosas pestañas se bajaban tímidamente para velar su mirada, comenzó a hablar con voz débil al pronto, pero que muy luego se serenó y se tornó firme y clara.

—Lanzi le ha dicho a V. que el encuentro de una conducta de plata acampada a poca distancia del sitio en que nos hallamos, le había ayudado a librarse de la persecución de los indios. Padre mío, esa conducta de plata pernoctó anoche en la venta; el capitán que manda la escolta es uno de los oficiales más distinguidos del ejército mejicano; en varias ocasiones ha oído V. hablar de él con elogio, y aún creo que le conoce V. personalmente: se llama D. Juan Melendez de Góngora.

—¡Ah! dijo Tranquilo.

La joven se detuvo palpitante.

—Continúa, repuso el canadiense con dulzura.

Carmela le miró de reojo, vio que se sonreía, y se decidió a hablar.

—La casualidad ha llevado ya varias veces al capitán Melendez a la venta. Es todo un caballero, amable, cortés, fino, atento, y nunca hemos tenido la más mínima queja de él, como se lo dirá a V. Lanzi.

—Estoy convencido de ello, hija mía: el capitán Melendez es tal como me lo pintas.

—¿Verdad que sí? dijo la joven con viveza.

—Sí, es todo un caballero. Desgraciadamente hay muy pocos oficiales como él en el ejército mejicano.

—Esta mañana se puso en marcha la conducta de plata, escoltada por el capitán y sus soldados. Dos o tres individuos de mala catadura se habían quedado en la venta. Estuvieron viendo marchar a los soldados con una sonrisa burlona; luego se sentaron a la mesa, se pusieron a beber y quisieron principiar a hablarme de una manera poco decente y a decirme ciertas palabras que una muchacha honrada nunca debe escuchar, llegando hasta el extremo de amenazarme.

—¡Ah! exclamó Tranquilo interrumpiéndola y frunciendo el entrecejo; ¿y conoces a esos tunos?

—No, padre mío; son de esos merodeadores de las fronteras como hay tantos por aquella parte; pero, aunque los he visto varias veces, ignoro sus nombres.

—Poco importa; no te dé cuidado, que yo los descubriré.

—¡Oh! Padre mío, haría V. mal en atormentarse por eso, se lo juro.

—Bueno, bueno, eso es cuenta mía.

—Afortunadamente para mí, en aquel intermedio llegó un jinete cuya presencia bastó para imponer silencio a los tales hombres y obligarles a ser de nuevo lo que siempre debieran haber sido conmigo, es decir, atentos y respetuosos.

—Y sin duda, dijo el canadiense, ese jinete que llegó tan oportunamente para ti, sería algún amigo tuyo.

—Solo un conocido, padre mío, dijo Carmela ruborizándose levemente.

—¡Ah! Muy bien.

—Pero es muy amigo de V., al menos así lo supongo.

—¡Ya! Y de ese ¿sabes el nombre, hija mía?

—¡Sí por cierto!

—¿Y cuál es? Si no te disgusta demasiado decírmelo.

—Nada de eso. Se llama el Jaguar.

—¡Oh! ¡Oh! repuso el cazador frunciendo el entrecejo, ¿qué podía tener que hacer en la venta?

—No lo sé, padre. Dijo algunas palabras en voz baja a los hombres de quienes he hablado a V., estos se levantaron inmediatamente de la mesa, montaron a caballo y se alejaron a galope sin hacer la más mínima observación.

—¡Es singular! murmuró el canadiense.

Hubo un momento de silencio bastante prolongado. Tranquilo reflexionaba profundamente: era evidente que buscaba la solución de un problema que sin duda le parecía muy difícil de resolver.

Al fin levantó la cabeza y preguntó a la joven:

—¿No tenías que decirme más que eso? Hasta ahora nada extraordinario veo en lo que me has contado.

—Aguarde V., dijo Carmela.

—¡Ah! ¿Entonces no has concluido?

—Todavía no.

—Bueno, continúa.

—Aunque el Jaguar habló en voz muy baja con aquellos hombres; sin embargo, por algunas palabras que oí... sin querer, se lo juro a V., padre mío...

—Estoy persuadido de ello. ¿Y qué adivinaste por esas pocas palabras?

—Es decir, creí comprender...

—Es lo mismo: sigue.

—Creí comprender que hablaban de la conducta de plata.

—Y por consiguiente, del capitán Melendez, ¿verdad?

—Sí, y aún estoy segura de que pronunciaron su nombre.

—Eso es. Y entonces supusiste que el Jaguar tenía intención de atacar la conducta y dar muerte al capitán, ¿verdad?

—¡No digo eso, padre mío! repuso la joven balbuceando y muy desconcertada.

—No, pero lo temes.

—¡Dios mío! repuso Carmela con cierto gestecillo de mal humor, ¿no es natural que me interese por un valiente oficial que...?

—Es muy natural, hija mía, no te lo censuro; aun diré más, y es que, según creo, tus suposiciones se acercan mucho a la verdad; con que así no te enfades.

—¿Lo cree V., padre? exclamó la joven juntando las manos con terror.

—Es muy probable, repuso tranquilamente el canadiense. Pero sosiégate, hija mía, añadió con tono bondadoso; aunque hayas tardado acaso demasiado en hablarme, quizás lograré apartar el peligro que en este momento amenaza al hombre por quien tanto te interesas.

—¡Oh! Haga V. eso, padre mío, ¡se lo suplico!

—Al menos pondré los medios, hija; he ahí lo único que puedo prometerte por ahora. Pero y tú, ¿qué vas a hacer?

—¿Yo?

—Sí, ¿mientras mis compañeros y yo intentemos salvar al capitán?

—Seguiré a VV., padre mío, si V. me lo permite.

—Corriente, porque yo también creo que lo más prudente será eso. ¿Con que profesas al capitán tanto afecto, puesto que tan ardientemente deseas salvarle?

—¿Yo, padre mío? respondió la joven con entera franqueza, nada de eso, solo que me parece que sería espantoso dejar matar a un oficial valiente cuando se le puede salvar.

—¿Entonces aborreces al Jaguar, sin duda alguna?

—No por cierto, padre: a pesar de su carácter exaltado, me parece que tiene un corazón noble, y aún V. mismo le estima, lo cual es para mí la razón más poderosa. Lo que me hace padecer es ver en abierta oposición a dos hombres que, si se conociesen, estoy persuadida de que muy pronto simpatizarían mutuamente, y por eso no quisiera que hubiese sangre derramada entre ambos.

Estas palabras fueron pronunciadas por la joven con tan cándida franqueza que el canadiense permaneció algunos instantes completamente atónito; el leve destello de verdad que creía haber percibido, se le escapaba de improviso sin que le fuese posible explicarse como había desaparecido; ya nada comprendía en la conducta de Carmela, ni en los motivos que la impulsaban a obrar; pues no había razón alguna para desconfiar de su buena fe en cuanto había dicho.

Después de haber mirado atentamente a la joven durante un momento, movió dos o tres veces la cabeza como un hombre completamente desorientado, y sin añadir una palabra, se dispuso a despertar a sus compañeros.

Tranquilo era uno de los cazadores más experimentados de los bosques de la América del Norte, todos los secretos del desierto le eran conocidos; pero ignoraba por completo ese gran misterio que se llama el corazón de las mujeres, misterio tanto más difícil de penetrar cuanto que las mismas mujeres le ignoran casi siempre, pues por lo general obran bajo la impresión del momento, bajo el dominio de la pasión y sin segunda intención.

El canadiense en pocas palabras puso a sus compañeros al corriente de su proyecto, y estos, según él lo esperaba, no opusieron objeción alguna y se dispusieron a seguirle.

Diez minutos después montaban a caballo y abandonaban el campamento en pos de Lanzi que les servía de guía.

En el momento en que desaparecían bajo la enramada, el búho hizo resonar su grito matutino, precursor de la salida del sol.

—¡Dios mío! murmuró Carmela con angustioso acento, ¿llegaremos a tiempo?


[XXI.]