LA CAZA.
Según toda probabilidad, el lector juzgará que el medio empleado por Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que acaso no debiera haber recurrido a él sino en el último extremo.
La justificación del mestizo es tan sencilla como fácil de exponer: los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin compasión a todo género de desórdenes, empleando la mayor crueldad para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes profesan un odio que nada puede saciar.
La posición de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni ley, era en extremo crítica, y mucho más si se tiene en cuenta que los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no habrían reconocido ya freno alguno; su carácter sanguinario hubiera prevalecido, y entonces se habrían entregado a las crueldades más injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su raza.
Además, el mestizo tenía una razón perentoria para no guardar consideración alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como quisiera, la salvación de Carmela; pues había hecho a Tranquilo el juramento solemne de defenderla aún con peligro de su propia existencia.
En el caso presente sabía que su vida o su muerte dependían tan solo del capricho de los indios, y por lo tanto no tenía que guardar consideración alguna.
Lanzi era un hombre frío, positivista y metódico, que nunca obraba sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las eventualidades probables del buen o mal éxito. En aquella ocasión el mestizo nada aventuraba, pues sabía que de antemano estaba sentenciado por los indios: si su proyecto alcanzaba buen éxito, quizás conseguiría escaparse; si no, moriría, pero como un valiente habitante de las fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un número considerable de sus implacables enemigos.
Una vez adoptada su resolución, la llevó a cabo con la sangre fría que hemos referido; merced a su presencia de ánimo, había tenido suficiente tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse.
Sin embargo, aún no había concluido todo: el galope que el mestizo oía detrás de sí le causaba viva inquietud, probándole que su proyecto no le había salido tan bien como él esperaba, y que alguno de sus enemigos se había librado y lanzado en seguimiento suyo.
El mestizo aumentó la rapidez de su carrera, obligó a su caballo a dar infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue inútil, pues siempre oía detrás de sí el galope obstinado de su desconocido perseguidor.
Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energía de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina en el desierto, los árboles que, en una carrera desatentada, desfilan por derecha e izquierda cual una legión de fantasmas siniestros y amenazadores, todo se reúne para aumentar los terrores del desgraciado que huye poseído de un vértigo incalificable, sumido en una pesadilla tanto más horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como conjurarle.
Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente bañada en frío sudor, corrió así durante varias horas por medio del campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna dirección fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo lanzado en pos de él.
¡Cosa singular! Desde que aquel galope se oyó por primera vez, no parecía haberse acercado mucho; pudiérase suponer que el desconocido jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien perseguía, no se cuidaba de alcanzarle.
Entre tanto la primera exaltación del mestizo se había calmado gradualmente, el aire frío de la noche había ordenado algún tanto sus ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para juzgar bien su posición.
Lanzi se avergonzó de aquel terror pueril, indigno de un hombre como él, que durante tanto tiempo y por interés de su seguridad personal le hacía olvidar el deber sagrado que se había impuesto de proteger y defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la que consideraba como tal.
Al ocurrírsele este pensamiento, que hirió a su mente cual un rayo, un rubor ardiente tiñó su rostro, surgió de sus ojos un relámpago, y detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda costa con su perseguidor.
El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobló sus temblorosas piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneció inmóvil. En el mismo instante dejó de oírse también el galope del corcel invisible.
—¡Eh! ¡Eh! murmuró el mestizo, esto comienza a complicarse.
Y sacando de su cinto una pistola, la amartilló.
Inmediatamente oyó, cual un eco fúnebre, el ruido seco del muelle de una pistola que también montaba su adversario.
Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo, pareció que, por el contrario, los calmaba.
—¿Qué significa esto? dijo para sí, moviendo la cabeza con marcada preocupación; ¿me habré equivocado? ¿No es con un apache, según eso, con quien tengo que habérmelas?
Después de esta reflexión, durante la cual Lanzi había procurado en vano distinguir a su enemigo desconocido, gritó con voz fuerte.
—¡Eh! ¿Quién es V.?
—¿Y V.? respondió una voz varonil que salía de en medio de las tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo.
—¡He ahí una respuesta singular! repuso Lanzi.
—Ni más ni menos singular que la pregunta de V.
Estas palabras habían sido pronunciadas en el castellano más puro. El mestizo, seguro ya de que tenía que habérselas con un blanco, desterró todo temor, y desmontando su pistola, volvió a colocársela en el cinto, diciendo en tono de buen humor:
—Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello después de una carrera tan larga: ¿quiere V. que descansemos juntos?
—Con mucho gusto, respondió el otro.
—¡Calle! exclamó una voz que el mestizo conoció en seguida, es Lanzi.
—¡Sí por cierto! exclamó éste con júbilo, ¡voto a bríos! Doña Carmela, ¡no esperaba yo encontrar a V. aquí!
Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves.
El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro, arrebatados por un vano terror, habían huido sin procurar enterarse del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el interés de la propia conservación, esa arma suprema dada por Dios al hombre para hacerle evitar el peligro en los casos extremos.
La única diferencia consistía en que el mestizo se juzgaba perseguido por los Apaches, mientras que Carmela creía tenerlos delante de sí.
Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, salió de la venta, se precipitó ciega por el primer sendero que se presentó delante de ella.
Por fortuna suya, Dios había querido que, en el momento en que la venta se volaba con terrible estrépito, Carmela, medio muerta de terror y derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno de compasión al oír el relato de las desgracias que la amenazaban, se ofreció generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde la joven deseaba ir para colocarse bajo la protección inmediata de Tranquilo.
Carmela, después de haber examinado con la vista al cazador, cuya mirada franca y rostro simpático revelaban lealtad, aceptó su oferta con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las cuales la habría entregado inevitablemente su ignorancia respecto de los sitios circunvecinos.
Así pues, la joven y su guía se pusieron en marcha al instante en dirección a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y escaparse al más mínimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos.
Esta explicación disipó toda inquietud entre los tres personajes; Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una manera tan providencial.
Mientras el mestizo refería a su señorita la manera en que había concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogió de las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en donde los escondió con el mayor cuidado; en seguida volvió junto a sus nuevos amigos, quienes se habían sentado en el suelo para descansar un poco.
En el momento en que el cazador volvía, Lanzi estaba diciendo a la joven:
—¿Para qué se ha de cansar V. más esta noche, Señorita? Nuestro nuevo amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual estará perfectamente resguardada; dormirá V. hasta la salida del sol, y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que temer ningún peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no vacilarán en sacrificar su vida por V. si es preciso.
—Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondió la joven: su cariño y lealtad me son conocidos, y no vacilaría en confiarme a ellos si en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches. Crea V. firmemente que la consideración de los peligros a que puedo hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi determinación de ponerme en marcha lo más pronto posible.
—¿Pues qué otra consideración más importante puede obligarla a V, Señorita? dijo el mestizo con sorpresa.
—Amigo mío, ese es asunto entre mi padre y yo. Bástele a V. saber que es de absoluta precisión que yo le vea y hable con él esta misma noche.
—¡Corriente! Puesto que V. lo quiere, Señorita, consiento en ello, respondió el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted que es un capricho singular.
—No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho: cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar así, estoy convencida de que me dará la razón.
—Puede ser; pero entonces ¿por qué no me las dice V. al instante?
—Porque me es imposible.
—¡Silencio! exclamó el cazador interponiéndose bruscamente; toda discusión es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes.
—¿Qué quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un movimiento de espanto.
—Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez: antes de veinte minutos estarán aquí; esta vez no ha lugar a equivocarse, son ellos.
Hubo un momento de silencio.
Carmela y Lanzi prestaron atento oído.
—No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante.
—Ni yo tampoco, murmuró la joven.
El cazador se sonrió con dulzura y dijo:
—En efecto, nada deben VV. oír todavía, porque sus oídos no están tan acostumbrados como los míos a percibir los rumores más leves del desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fíen en una experiencia que nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan.
—¿Qué hacemos? murmuró Carmela.
—Huir, exclamó el mestizo.
—Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos, son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos. Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos, tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aquí, V. huirá con la señorita. Únicamente cuide V. de forrar los pies de los caballos para ensordecer el ruido de sus pasos.
—Pero ¿y V.? exclamó la joven con viveza.
—¿No he dicho ya que me quedaré aquí?
—Sí, pero entonces caerá V. en sus manos y será V. asesinado inevitablemente.
—¡Puede ser! respondió el cazador con inexplicable expresión de melancolía; pero al menos mi muerte habrá servido para algo, puesto que habrá salvado a VV.
—Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta. Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han de pasar así. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo terminarle yo solo a mi manera. Márchese V. con la señorita, entréguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y él le pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi promesa dando mi vida por doña Carmela.
—¡Nunca consentiré en ello! exclamó enérgicamente la joven.
—¡Silencio! dijo el mestizo interrumpiéndola bruscamente, márchense, márchense, que no se puede perder un solo instante.
Y a pesar de la resistencia de la joven, la levantó en sus robustos brazos y se la llevó corriendo hacia los matorrales.
Carmela comprendió que nada podría alterar la resolución del mestizo y se resignó.
El cazador aceptó el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con que había ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le parecía muy natural. Así pues, no opuso la más leve objeción y se ocupó con actividad en preparar los caballos.
—Ahora márchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la joven estuvieron a caballo, márchense, ¡y sea lo que Dios quiera!
—¿Y V., amigo mío? dijo todavía Carmela.
—Yo, respondió el mestizo moviendo la cabeza con expresión indiferente, aún no he caído en poder de esos diablos rojos. ¡Vamos, en marcha!
Y en seguida, para cortar toda conversación, sacudió un zendo latigazo a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego desaparecieron de su vista.
El pobre hombre lanzó un suspiro tan luego como se hubo quedado solo.
—¡Ah! murmuró con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya concluido para mí. Pero no importa, ¡qué diablo! Lucharé hasta el fin, y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar.
Después de haber adoptado esta determinación enérgica, que pareció le restituía todo su valor, el buen mestizo montó a caballo y se mantuvo dispuesto a obrar.
Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un trueno prolongado.
Ya se podían distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban en la sombra.
Lanzi cogió la brida con los dientes, agarró una pistola con cada mano, y cuando juzgó propicio el momento, clavó las espuelas en los ijares de su caballo y se lanzó a escape tendido al encuentro de los pieles rojas, cortándolos en diagonal.
Cuando hubo llegado cerca de ellos, descargó sus armas en medio del grupo, lanzó un grito de reto y continuó huyendo con creciente rapidez.
Entonces sucedió lo que el mestizo había previsto. Sus tiros habían sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de coraje y se precipitaron en seguimiento suyo.
Ya lo hemos dicho: esto era lo que quería Lanzi.
—¡Eso es! dijo al ver el buen éxito de su treta, ya están reunidos, y no hay que temer que se desparramen por la llanura; los otros están salvados. En cuanto a mí... ¡bah! ¿Quién sabe?
Carmela y el cazador solo se habían librado de los Apaches para caer en medio de los jaguares; pero ya hemos visto como se salvaron, merced al auxilio de Tranquilo.