LANZI.
Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en la venta con lento paso y muy pensativa.
—Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece; ¿querrá salvarle?
Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida en profundas reflexiones.
Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan dulces parecía que despedían relámpagos.
—¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución.
Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó:
—¡Lanzi!
—¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.
—Venga V.
—Allá voy al momento.
En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta de la sala.
—¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila, habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este momento.
—Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo que tengo que decir a V. no admite dilación alguna.
—¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué sucede?
—Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.
—Un favor, ¿a mí?
—Sí.
—Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.
—Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se detenga ningún viajero en la venta.
El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y por fin dijo:
—No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin embargo, aún podría suceder que viniesen.
—No hay motivo alguno para suponerlo.
—Es verdad, Señorita.
—Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.
—¡Que cierre la venta! ¿Por qué?
—Voy a decírselo a V.
—¿Es realmente muy importante?
—Sí por cierto.
—Entonces hable V., niña, soy todo oídos.
La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una mesa, y dijo con tono indiferente:
—Tengo inquietud, Lanzi.
—¡Inquietud! ¿Por qué?
—Por la prolongada ausencia de mi padre.
—¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí.
—Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.
—Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso.
—En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.
—Pero es muy tarde...
—Razón más para marcharnos al instante.
—Sin embargo...
—Nada de observaciones; haga V. lo que le mando.
El mestizo inclinó la cabeza sin responder; sabía que cuando su ama hablaba así, era preciso obedecer.
La joven adelantó un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el hombro del mestizo, y acercándole su cara fresca y preciosa, añadió con una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegría al pobre diablo:
—No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: ¡sufro mucho!
—¡Incomodarme yo, niña! respondió el mestizo encogiéndose de hombros de una manera significativa: ¡eh! ¿No sabe V. que yo me echaría al fuego por V.? Con mayor motivo haré cuanto se le ponga en la cabeza.
Entonces se ocupó con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvió al corral a ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseída de una impaciencia nerviosa, se quitaba el traje que tenía puesto y vestía otro más cómodo para el viaje que proyectaba, porque había engañado al anciano criado: no era al lado de Tranquilo a donde quería ir.
Pero Dios había resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa cabeza rubia no alcanzase buen éxito.
En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareció en la puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror.
Carmela corrió presurosa hacia él creyendo que se había hecho daño, y le preguntó con interés:
—¿Qué tiene V.?
—¡Estamos perdidos! respondió Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno suyo una mirada de espanto.
—¡Cómo, perdidos! exclamó la joven tornándose pálida como un cadáver; ¿qué quiere usted decir, amigo mío?
El mestizo apoyó un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la hizo seña de que le siguiese, y se deslizó al corral con cauteloso paso.
Carmela salió detrás de él.
El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de altura. Lanzi se acercó a un sitio en que había una rendija bastante ancha por donde se podía ver el campo, y señalándosela a su ama, le dijo:
—¡Mire V.!
La joven obedeció y pegó su rostro a las tablas.
Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento más densas, invadían rápidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todavía suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares de metros una tropa numerosa de jinetes que corrían a rienda suelta en dirección a la venta.
Bastóle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes eran indios bravos.
Aquellos guerreros, en número de cincuenta, vestían su traje completo de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indómitos como ellos, blandían sus largas lanzas por encima de sus cabezas en señal de reto.
—¡Son los Apaches! exclamó Carmela retrocediendo llena de espanto. ¿Cómo es que han llegado hasta aquí sin que se haya tenido noticia de su invasión?
El mestizo movió tristemente la cabeza, y dijo:
—Dentro de pocos minutos estarán aquí: ¿qué hacemos?
—¡Defendernos! exclamó resueltamente la joven. Parece que no tienen armas de fuego; nosotros, guarecidos detrás de las paredes de nuestra casa, podremos sostenernos fácilmente contra ellos hasta la salida del sol.
—¿Y entonces? preguntó él mestizo en tono de duda.
—Entonces, repuso Carmela con exaltación, ¡Dios nos ayudará!
—¡Amén! respondió el mestizo menos convencido que nunca de la posibilidad de tal milagro.
—Apresúrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en casa, que quizás esos paganos retrocederán si se ven recibidos con energía; además, ¿quién sabe si nos atacarán?
—¡Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la venta.
—¡Pues bien! exclamó Carmela resueltamente, ¡sea lo que Dios quiera! Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y ser esclavos de esos miserables sin corazón y sin piedad.
—¡Corriente! respondió el mestizo electrizado por las palabras entusiastas de su ama, ¡batalla! Ya sabe V., Señorita, que no me asusta un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con cuidado, ¡quizás les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden durante toda su vida!
La conversación quedó en esto por el momento, en atención a la necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se encontraban en tan crítica posición.
No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en aquella ocasión por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasión, saben mostrarse tan valientes como sus hermanos y sus maridos.
Carmela no se había equivocado: era un destacamento de indios bravos el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la rodearon por completo.
Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con extremada circunspección: en esta ocasión fácil era conocer que se juzgaban seguros del triunfo y que sabían perfectamente que la venta se hallaba desprovista de defensores.
Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron, echaron pie a tierra, y pareció que se consultaban unos a otros un instante.
Lanzi había aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas diez carabinas.
Aunque las puertas y las ventanas estaban sólidamente atrancadas, merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era fácil observar los movimientos del enemigo.
Carmela, armada con una carabina, se había colocado con intrepidez delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y salía, y parecía que daba la última mano a un trabajo importante y misterioso.
—Vamos, dijo al cabo de un instante, ya está todo corriente. Vuelva V. a poner esa carabina sobre la mesa, Señorita: no es con la fuerza, sino únicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios. Déjeme V. obrar.
—¿Cuál es el proyecto de V.?
—Ya lo verá V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta, márchese a escape tendido.
—Pero ¿y V.?
—No se cuide V. de mí, sino clave las espuelas a su caballo.
—No quiero abandonar a V.
—¡Bah! ¡Bah! No andemos en tonterías; soy viejo, mi vida está ya en un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Déjeme obrar a mi antojo, le digo.
—No, a no ser que me diga V...
—No diré nada. Encontrará V. a Tranquilo en el Vado del Venado. ¡Ni una palabra más!
—¡Ah! ¿De veras? dijo Carmela. ¡Pues bien! juro que no me moveré de junto a V., suceda lo que quiera.
—¡Está V. loca! ¿No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los indios?
—Sí.
—Pues bien, ya lo verá V.: solo que, como temo alguna imprudencia por parte de V., deseo verla marchar delante. No hay más que eso.
—¿Me dice V. la verdad?
—¡Sí por cierto! Dentro de cinco minutos me reuniré con V.
—¿Me lo promete V.?
—No crea V. que me voy a entretener en quedarme aquí.
—Pero ¿qué se propone V. hacer?
—Ahí están los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado.
—Pero cuento con que...
—Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpiéndola bruscamente y empujándola hacia el corral.
La joven obedeció de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo aprovechó esta demostración de los indios para cerrar la puerta del corral.
—He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmuró, y no puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, ¡moriré! Pero vive Dios que he de hacerme unos funerales magníficos.
Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que era fácil prever que no resistirían por mucho tiempo las tablas.
—¿Quién está ahí? preguntó el mestizo con voz serena.
—Gente de paz, respondieron desde fuera.
—¡Cáspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera singular de anunciarse.
—¡Abra V.! ¡Abra V.! repuso la voz desde fuera.
—Con mucho gusto; pero ¿quién me asegura que no quieren VV. hacerme daño?
—Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes.
—¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo, ¡no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no se cansen más, que allá voy.
Cesaron los golpes.
El mestizo desatrancó la puerta y abrió.
Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos de alegría.
Lanzi se había apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de alegría al oír el galope de un caballo que se alejaba con rapidez.
Los indios no pararon mientes en aquel incidente.
—¡Queremos beber! exclamaron.
—¿Qué quieren VV. que les dé? preguntó el mestizo, quien procuraba ganar tiempo.
—¡Agua de fuego! gritaron los indios.
Lanzi se apresuró a servirles. Comenzó la orgía.
Los pieles rojas, sabiendo que nada tenían que temer por parte de los habitantes de la venta, tan luego como se abrió la puerta, se precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilitó a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada.
Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasión desenfrenada por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus compatriotas.
Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que, aglomerados en torno de las mesas, bebían sendos tragos y vaciaban a porfía las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decían y sin pensar más que en emborracharse.
De pronto el mestizo sintió que le ponían una mano en el hombro.
Se volvió.
Un indio estaba de pie en frente de él con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué quiere V.? le preguntó.
—El Zorro-Azul es un jefe, respondió el indio, y tiene que hablar con el rostro pálido.
—¿No está satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he recibido, así como a sus compañeros?
—No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa.
—¡Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tenía.
—No, respondió secamente el indio.
—¿Cómo que no?
—¿Dónde está la joven de cabellos de oro?
—No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario, comprendía perfectamente.
El indio se sonrió.
—Mire el rostro pálido al Zorro-Azul y verá que es un jefe y no un niño a quien se puede entretener con mentiras. ¿Qué se ha hecho la joven de cabellos de oro, la que habita aquí con mi hermano?
—La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta casa a la que V. se refiere...
—Sí.
—Pues bien, no está aquí.
El jefe le dirigió una mirada penetrante y dijo:
—El rostro pálido miente.
—Búsquela V.
—Estaba aquí hace una hora.
—Es muy posible.
—¿Dónde está?
—Búsquela V.
—El rosto pálido es un perro cuya cabellera he de arrancar.
—Buen provecho le haga a V., respondió el mestizo en tono de burla.
Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, había dirigido una mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogió esta mirada al vuelo, se precipitó hacia el corral, abrió la puerta y lanzó un grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de comprender la verdad.
—¡Perro! exclamó, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo lanzó con rabia hacia su enemigo.
Pero el mestizo, que le vigilaba, esquivó el golpe, y el cuchillo fue a clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza.
Lanzi se enderezó, y saltando por encima del mostrador, se precipitó hacia el Zorro-Azul.
Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron como fieras en persecución del mestizo.
Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvió, descargó sus pistolas en medio de la multitud, montó precipitadamente a caballo, y clavándole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el boquerón del cercado.
En el mismo instante se oyó detrás de él un estrépito terrible; tembló la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo.
La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a los Apaches que la habían invadido.
He ahí la mala pasada que Lanzi se había propuesto jugar a los indios.
Ahora se comprenderá por qué había insistido para que Carmela se alejase tan pronto.
Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban heridos; el mustang, con el hocico humeante, volaba por la pradera como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le estimulaba con el ademán y con la voz, porque le parecía oír a poca distancia detrás de sí el galope de otro caballo que parecía que le perseguía.
Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese posible cerciorarse de que no se equivocaba.