LA BATALLA.
Entre tanto, según dijimos anteriormente, el capitán Watt había reunido delante de la torre a todos los individuos de la colonia.
El número de los combatientes ascendía a sesenta y dos, comprendidas las mujeres.
A las señoras europeas puede parecerles singular que contemos a las mujeres en el número de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilización, el bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres.
En la América septentrional, en la época en que pasaba nuestra historia, y aún hoy en día en las praderas y en los desmontes, no sucede así: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega a resonar súbitamente en los oídos de los colonos, las mujeres se ven obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolución a la común defensa.
En caso necesario podríamos citar muchas de esas heroínas de dulce mirada y ojos de ángel que, en ocasiones dadas, han cumplido valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos diablillos contra los indios.
Mistress Watt no era una heroína, ni con mucho, pero era hija y mujer de militares; había nacido y se había criado en la frontera india; varias veces olió la pólvora y vio correr la sangre, y además era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez había desaparecido para ser sustituida por una resolución enérgica y fría.
Su ejemplo había electrizado a las demás mujeres de la colonia, y todas se habían armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus padres.
Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitán tenía en torno suyo sesenta y dos combatientes.
Intentó disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero aquella dulce criatura, a quien hasta entonces había visto tan tímida y obediente, se negó terminantemente a renunciar a su propósito, y el capitán se vio precisado a dejarla obrar a su antojo.
Entonces adoptó sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las órdenes de Bothrel. El capitán se reservó el mando de una partida de veinticuatro cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen más expuestos. Las mujeres, bajo las órdenes de mistress Watt, quedaron custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los niños. Luego aguardaron la llegada de los indios.
Era próximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo estaba ya dispuesto para la defensa.
El capitán hizo su última ronda en torno de los atrincheramientos para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y después de haber mandado apagar todos los fuegos, salió secretamente de la colonia por una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo él y el sargento Bothrel conocían.
Echaron una tabla sobre el foso, y el capitán pasó seguido tan solo de Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya hemos tenido ocasión de mencionar.
La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la oscuridad de la noche.
Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el capitán se detuvo.
—Señores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia él para oírle, les he escogido a VV. porque la expedición que vamos a intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos.
—¿De qué se trata? preguntó Bothrel.
—La noche está tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran, podrían llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado verlos. Así pues, he resuelto prender fuego a los árboles cortados y amontonados de trecho en trecho, y a las raíces reunidas también en montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas hogueras que arderán durante mucho tiempo, derramarán una claridad resplandeciente que nos permitirá distinguir a nuestros enemigos a gran distancia y dirigirles certeros tiros.
—La idea es excelente, respondió Bothrel.
—Sí, respondió el capitán; solo que no se nos debe ocultar que es en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y cuando estén ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos, tampoco ellos dejarán de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acuérdense VV. de que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos con otros. ¡Manos a la obra!
Distribuyéronse entre los hombres los combustibles y las materias inflamables, y se separaron.
Cinco minutos más tarde brilló una chispa, luego otra, después otra, al cabo de un cuarto de hora había diez hogueras encendidas.
Débiles al pronto, pareció que vacilaban durante algunos instantes; luego creció la llama, tomó consistencia, y muy pronto toda la llanura se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas inmensas.
El capitán y sus compañeros habían sido más afortunados de lo que esperaban en su expedición; pues consiguieron incendiar los montones de madera desparramados por el valle sin llamar la atención de los indios. Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya era tiempo, porque de improviso resonó detrás de ellos un grito de guerra terrible y apareció en el lindero del bosque una tropa numerosa de guerreros indios que corrían a rienda suelta y blandían sus armas cual una legión de demonios.
Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues estos habían pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.
Una descarga de fusilería saludó la llegada de los indios: varios cayeron del caballo y los demás volvieron grupas y se alejaron con precipitación.
El combate estaba empeñado, pero ya le importaba muy poco al capitán: merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se veía como si fuese de día.
Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para volver a cargar sus armas.
Los colonos habían tenido un momento de inquietud al ver encenderse unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas; creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron desengañados con el regreso del capitán; y al contrario, se felicitaron por aquella inspiración magnífica que les permitía asestar tiros certeros.
Sin embargo, los Pawnees no habían renunciado a su proyectado ataque, y según toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.
El capitán, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba atentamente la llanura desierta, cuando le pareció observar un movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a unos dos tiros de fusil de la colonia.
—¡Alerta! dijo; el enemigo se acerca.
Cada cual puso el dedo en el gatillo.
De improviso se oyó un gran ruido, y la pila de madera más lejana se hundió con estrépito lanzando millares de chispas.
—¡Vive Dios! exclamó el capitán, hay en eso alguna diablura india: es imposible que esa pila enorme de leña esté ya consumida.
En el mismo instante se hundió otra, y después otra, y otra, hasta cuatro.
Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, habían adoptado la sencilla determinación de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.
Apenas caía la leña al suelo, la dispersaban por todos lados y la apagaban con bastante facilidad.
Esta medida había permitido a los indios que se acercasen algún tanto a las empalizadas sin ser vistos.
Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser defendidos por los fuegos de esta.
A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.
Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la precipitación con que se alejaron.
Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.
—Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a probarla.
—En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen dispuestos a volver.
El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios volvían a rienda suelta.
Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.
Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados por las balas americanas.
Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.
Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso, había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que, cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a quince hombres.
Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir aquel ataque verificado por enemigos invisibles.
Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta energía ni encarnizamiento en un ataque.
No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se habían emboscado.
El capitán se decidió a hacerlo.
Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los demás vigilaban en las empalizadas, mandó bajar el puente levadizo y se lanzó intrépidamente fuera.
Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a cuerpo.
La pelea se tornó horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban mutuamente darse de puñaladas.
De improviso una claridad inmensa iluminó aquella escena de carnicería, y en la colonia resonaron gritos de terror.
El capitán volvió la cabeza y lanzó un grito de desesperación al contemplar el espectáculo horrible que se ofrecía ante su vista.
La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de las llamas se veía a los indios saltar como demonios persiguiendo a los defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban todavía una resistencia casi imposible.
He aquí lo que había sucedido.
Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los demás jefes principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros escogidos, se embarcó en unas piraguas de piel de bisonte, bajó silenciosamente por el río y fue a desembarcar en la misma colonia sin dar la más leve alarma, por la sencilla razón de que los americanos no podían temer de ningún modo una sorpresa por la parte del Misuri.
Sin embargo, debemos hacer al capitán la justicia de decir que no había dejado indefenso aquel punto; colocó allí centinelas, pero desgraciadamente, en el desorden que siguió a la última carga de los indios, los centinelas, creyendo que nada tenían que temer por aquella parte, habían abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el peligro era más apremiante, y ayudar a sus compañeros a rechazar al enemigo.
Esta falta imperdonable perdió a los defensores de la colonia.
Tranquilo desembarcó sin disparar un tiro.
Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a quienes cogieron por retaguarda colocándolos así entre dos fuegos.
Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se habían separado de ellos, se dirigieron a la torre.
Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender valerosamente el puesto confiado a su custodia.
El canadiense se acercó a ella con las manos alzadas al cielo en señal de paz y exclamó:
—Ríndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha caído en nuestro poder.
—¡No! respondió la joven resueltamente; no me rendiré a un villano que hace traición a sus hermanos para abrazar el partido de los indios.
—Es V. injusta para conmigo, replicó el cazador con tristeza; vengo a salvar a V.
—No quiero ser salvada por V.
—¡Mujer desventurada! Si no lo hace V. por sí, hágalo al menos por sus hijos; mire V., ya está ardiendo la torre.
La joven alzó los ojos, lanzó un grito de horror y se precipitó llena de desconsuelo en el interior del edificio.
Las demás mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron resistirse y entregaron sus armas.
Tranquilo confió la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam, agregándole algunos guerreros, y se alejó rápidamente con la intención de hacer cesar la carnicería que continuaba en todos los puntos de la colonia.
Quoniam entró en la torre, en donde encontró a mistress Watt medio asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza. El buen negro cargó a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a todas las mujeres y los niños, los condujo a las orillas del Misuri, a fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.
A la sazón, aquello no era ya un combate sino una carnicería, a la que aún hacían más espantosa los bárbaros refinamientos de los indios que se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.
El capitán, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los únicos colonos que aún estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se defendían con la energía de la desesperación contra una nube de indios, resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces Pawnees.
Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de súplicas y arrostrando mil peligros, consiguió hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin la carnicería.
De pronto se oyeron gritos, llantos y súplicas hacia la parte del río.
El cazador se lanzó rápidamente hacia allá, agitado por un presentimiento sombrío.
El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguían. Cuando llegaron al sitio en que Quoniam había reunido a las mujeres, se ofreció ante su vista un espectáculo espantoso.
Mistress Watt y otras tres mujeres yacían sin movimiento en el suelo en medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas, con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.
Fue imposible obtener de las demás mujeres ningún dato acerca de lo que había pasado, porque estaban casi locas de terror.
¡Los hijos del capitán habían desaparecido!