LOS PAWNEES SERPIENTES.


Aclararemos ahora algunos puntos de esta narración que pueden parecerle oscuros al lector.

Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las comarcas en que han nacido un cariño que raya en fanatismo y al que nada puede sustituir.

Cara de Mono no había mentido cuando dijo al capitán Jaime Watt que él era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes: esto era muy cierto; solo que se había guardado muy bien de revelarle la razón por la cual le habían expulsado de la tribu.

Pero esta razón ha llegado ya el momento de decir cual fue.

Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambición desenfrenada, sino que también, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades y esa credulidad supersticiosa a que son por demás accesibles sus compatriotas; además era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres más que de pravedad.

Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unión americana, tuvo ocasión de ver de cerca la civilización excéntrica de los Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella civilización, y de mantenerse en un justo límite, como sucede siempre en tales circunstancias, se había dejado seducir por lo que más halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los blancos solo había tomado lo que debía terminar y completar su precoz depravación.

Por eso, cuando se halló de regreso en su tribu, sus costumbres y su lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se hacía y se decía en torno suyo, que no tardó en excitar el menosprecio y el odio de sus compatriotas.

Sus enemigos más encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones había tratado de poner en ridículo.

Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposición sorda derribaba constantemente los proyectos que él formaba en el mismo momento en que creía verlos alcanzar buen éxito.

Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la paciencia astuta que constituía el fondo de su carácter a que la casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien debía recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas, no tardó en descubrir que aquel a quien debía atribuir los continuos descalabros que sufría, no era sino el brujo principal de la tribu.

Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razón de su sabiduría y su bondad. Cara de Mono disimuló su odio durante algún tiempo; pero un día en pleno consejo, a consecuencia de una discusión bastante fuerte, se dejó arrebatar por la ira, y precipitándose sobre el desventurado anciano, le dio de puñaladas delante de todos los jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la realización de su intento.

El asesinato del brujo llevó a su colmo el horror que inspiraba aquel miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la nación, negándole el fuego y el agua, y amenazándole con los mayores castigos si se atrevía a presentarse delante de ellos.

Cara de Mono, harto débil para resistirse a la ejecución de esta sentencia, se alejó con el corazón henchido de rabia y profiriendo las amenazas más terribles.

Ya hemos visto de qué manera se vengó vendiendo el territorio de su tribu a los americanos, y causando así la ruina de los que le habían castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por tanto tiempo anhelara, se verificó una trasformación singular en el corazón de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que él nació y en donde descansaban las cenizas de sus padres despertó en él, con suma intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazón.

La vergüenza por la acción odiosa que había cometido entregando a los enemigos de su raza los territorios de caza que él mismo había recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca y en destruir sus árboles seculares, cuya sombra había cobijado los consejos celebrados por su nación, todas estas razones reunidas le habían hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio le impulsara a cometer, procuró acercarse de nuevo a sus compatriotas con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa habían perdido.

Es decir resolvió hacer traición a los amigos nuevos en provecho de los antiguos.

Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en la que cada paso que daba debía ser señalado por un crimen.

Le fue más fácil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperación por los bosques inmediatos a la colonia.

Cara de Mono se presentó audazmente a ellos; se guardó muy bien de revelarles que él era la única causa de las desgracias que les abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mérito su regreso, diciéndoles que la noticia de las calamidades que de improviso habían caído sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen continuado siendo felices, nunca le habrían visto; pero que ante una catástrofe tan espantosa como la que les había abrumado, todo sentimiento debía desaparecer y ceder el puesto a la venganza común que era preciso tomar de los rostros pálidos, esos implacables y eternos enemigos de la raza roja.

En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos, supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en aquel momento, que consiguió engañar completamente a los indios, y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe. Entonces, con la diabólica inteligencia de que se hallaba dotado, urdió una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de su tribu, y al paso que en la apariencia seguía siendo amigo de los colonos, organizó y preparó silenciosamente su completa ruina.

La influencia que en poco tiempo había logrado adquirir sobre su tribu era inmensa; solo tres hombres conservaban contra él una desconfianza instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el Zorro-Azul.

Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le parecía extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los americanos: varias veces le había pedido explicaciones acerca de esto; pero Cara de Mono nunca le respondió sino de una manera ambigua, o bien eludió la cuestión.

Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de día en día, y que tenía empeño en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel hombre cuyos manejos le parecían cada vez más sospechosos, consiguió que en el gran consejo de la nación le designasen con el Ciervo-Negro para ir a llevar la declaración de guerra al capitán Watt.

A Cara de Mono le disgustó la elección de los enviados, pues sabía que eran secretamente enemigos suyos; pero disimuló su resentimiento con tanto más motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedición.

Así pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de declarar la guerra a los rostros pálidos.

—O mucho me equivoco, decía el canadiense a su amigo mientras iban andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara de Mono.

—¿Lo cree V. así?

—Apostaría cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega con dos barajas, y nos está engañando a todos en provecho suyo.

—No tengo gran confianza en él; pero no puedo creer que lleve tan lejos su descaro.

—Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso prométame V. una cosa.

—¿Cuál es?

—La de que solo yo he de hablar. Sé mejor que V. la manera en que es preciso obrar con los rostros pálidos del Oeste.

—Corriente, respondió el Ciervo-Negro, obrará V. como mejor le plazca.

Cinco minutos después llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el capítulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pasó entre ellos y el capitán Watt.

Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes estúpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse: los pieles rojas tienen un carácter eminentemente caballeresco, y a no ser que se trate de una razzia, es decir, de un robo de caballos o de ganados, nunca atacarán a un enemigo sin habérselo advertido con anticipación a fin de que esté en guardia.

Por lo demás, ese espíritu caballeresco hábilmente explotado por los norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergüenza eterna, carecen por completo de él, es él que ha valido a los blancos la mayor parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas.

A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus caballos, que habían dejado maneados. Montaron y se alejaron con rapidez.

—¡Vamos! dijo Tranquilo, ¿qué piensa V. de todo esto?

—Mi hermano tenía razón: Cara de Mono siempre nos ha hecho traición; es evidente que ese documento emana de él.

—¿Qué piensa V. hacer?

—Todavía no lo sé; quizás sería peligroso arrancarle la máscara en este momento.

—No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no puede menos de perjudicar a nuestra causa.

—Veámosle venir ante todo.

—Corriente, pero permítame V. una observación.

—Ya escucho a mi hermano.

—¿Cómo es que, después de haber conocido la falsedad del acta de venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo del Oeste, puesto que está probado que ha sido engañado por Cara de Mono?

El jefe se sonrió de una manera astuta, y dijo:

—El rostro pálido se ha dejado engañar porque le convenía.

—No le entiendo a V., jefe.

—Voy a explicarme. ¿Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno?

—En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca he tenido ningún terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso en manera alguna.

—¡Ooah! Entonces voy a decírselo a mi hermano.

—Me alegro mucho. Lo que más deseo es instruirme, y luego eso podrá servirme en alguna ocasión, dijo el canadiense riendo.

—Cuando un rostro pálido quiere comprar el territorio de caza de una tribu, va a buscar a los sachems principales de la nación, y después de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su petición: las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se ponen de acuerdo, el brujo principal de la nación dibuja un plano del territorio; el rostro pálido entrega las mercancías; todos los jefes ponen su jeroglífico al pie del plano; los árboles son señalados con el hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesión el comprador.

—Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo.

—¿En qué consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? ¿Dónde están los sachems que han tratado con él? Que me enseñe los árboles que han sido señalados.

—En efecto, creo que eso le sería difícil, repuso el cazador.

—Cabeza Gris, continuó diciendo el jefe, sabía que Cara de Mono le engañaba; pero el territorio le convenía y contaba con la fuerza de las armas para mantenerse en él de buen o mal grado.

—Es probable.

—Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado de una manera inconsiderada, ha creído resolver todas las dificultades ofreciéndonos algunos bultos más de mercancías. ¿Cuándo han tenido los rostros pálidos una lengua recta y honrada?

—Gracias, dijo el cazador riendo.

—No hablo de la nación de mi hermano, que nunca he tenido que quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste. ¿Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas ensangrentadas?

—Quizás en esta ocasión, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se habrá dejado arrebatar por la cólera; pero tiene V. tantos motivos para aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.

—Según eso, ¿puedo contar con la cooperación de mi hermano?

—¿Por qué se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que era, es decir, justa. Es deber mío ayudarle, y lo haré, suceda lo que quiera.

—¡Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos será muy útil.

—Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinación respecto de Cara de Mono.

—Ya está tomada, respondió el jefe lacónicamente.

En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro había varias hogueras encendidas.

Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y comían su pienso.

En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que fumaban silenciosamente.

Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con agitación Cara de Mono.

Ambos se colocaron junto a los demás jefes y encendieron sus pipas; aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les interrogó, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la palabra antes de acabar de fumar su pipa.

Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudió las cenizas de la pipa, se la puso al cinto y dijo:

—La orden de los sachems está cumplida; las flechas ensangrentadas han sido entregadas a los rostros pálidos.

Al oír esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en señal de satisfacción.

Cara de Mono se acercó y preguntó:

—¿Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris?

—Sí, respondió el jefe secamente.

—¿Qué piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo.

El Ciervo-Negro le dirigió una mirada torva: y replicó:

—¿Qué importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el consejo de los sachems ha resuelto la guerra?

—Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; ¿se van a quedar mis hermanos aquí fumando?

Tranquilo tomó la palabra y dijo:

—Los Grandes Cuchillos están sobre aviso, en este momento velan; vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retírense, que la hora no es propicia.

Los jefes hicieron un ademán de asentimiento.

—Iré de descubierta, dijo Cara de Mono.

—¡Bueno! respondió el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano es hábil, ve muchas cosas y nos dará noticias.

Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levantó, se precipitó sobre él, y apoyándole rudamente una mano en un hombro, le obligó a caer de rodillas en el suelo.

Los guerreros, sorprendidos por esta agresión súbita, cuyo motivo no adivinaban, cambiaban entre sí miradas de sorpresa, aunque sin hacer el más leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.

Cara de Mono levantó bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse de la férrea presión que le tenía clavado al suelo, dijo:

—¿Turba por ventura el Espíritu del mal el cerebro de mi hermano?

El Ciervo-Negro se sonrió de una manera siniestra, y sacando de su cinto el cuchillo de desollar cráneos, dijo con voz sombría:

—Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros pálidos y va a morir.

El Ciervo-Negro, a más de ser un guerrero afamado, tenía en la tribu una merecida reputación de sabiduría y de lealtad; nadie puso en duda la acusación que acababa de pronunciar, pues además hacía mucho tiempo que conocían a Cara de Mono, desgraciadamente para él.

El Ciervo-Negro alzó su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relámpago siniestro; pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logró desembarazarse, saltó como una fiera y desapareció entre los matorrales, lanzando una carcajada estridente.

El cuchillo había resbalado, y solo cortó un poco las carnes sin causar herida grave al astuto y diestro indio.

Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente para lanzarse en persecución del fugitivo.

—¡Deteneos! exclamó Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado tarde. Apresuraos a atacar a los rostros pálidos antes de que ese miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya nuevas traiciones.

Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se prepararon para el combate.


[X.]