LA DECLARACIÓN DE GUERRA.


Hay un hecho incomprensible que muchas veces, durante el curso accidentado de nuestras largas peregrinaciones por América, hemos tenido ocasión de comprobar, y es que con frecuencia, sin que sea posible explicar el sentimiento que se experimenta, se adivina, por decirlo así, la aproximación de una desgracia; se sabe que se está amenazado, aunque sin poder fijar cuando ni como llegará el peligro; el día parece que se pone más sombrío; los rayos del sol pierden su brillo; los objetos exteriores toman una apariencia lúgubre; hay en el aire estremecimientos singulares; en fin, parece que todo se resiente de la impresión de una inquietud indefinida y vaga.

Sin que nada hubiese llegado a justificar los temores del capitán después de su altercado con el Pawnee, no solo él, sino la población entera de la colonia se encontraba, en la misma noche de aquel día, bajo la influencia de un terror secreto.

A las seis, como de costumbre, habían tocado la campana para llamar a los leñadores y los ganaderos; todos habían regresado, las reses habían sido encerradas en sus respectivos establos, y en la apariencia, al menos, nada extraordinario parecía que había de turbar la vida tranquila de los colonos.

El sargento Bothrel y sus compañeros habían perseguido durante varias horas a Cara de Mono; pero solo encontraron el caballo de que tan audazmente se apoderó el indio, y que probablemente abandonó después para ocultar sus huellas con más facilidad.

Ningún rastro de indio existía en los alrededores de la colonia. Sin embargo, el capitán, más inquieto de lo que aparentaba, había doblado los centinelas destinados a velar por la común seguridad, y mandó al sargento que cada dos horas patrullase por los atrincheramientos.

Luego que se hubieron adoptado estas diferentes precauciones, la familia y los criados se reunieron en la sala baja de la torre para la velada, según la costumbre establecida desde los primeros días de residencia.

El capitán, sentado en un gran sillón junto al fuego, porque las noches comenzaban a ser frescas, solía leer en algún libro antiguo de teoría militar, mientras que mistress Watt se ocupaba con sus criadas en repasar la ropa de la casa.

En aquella noche, el capitán, en vez de leer, permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el fuego, y parecía que reflexionaba profundamente.

Al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia su mujer, le dijo:

—¿No oyes cómo lloran los niños?

—En verdad que no sé que tienen hoy, respondió la joven; no se les puede acallar. Hace lo menos una hora que Betzy está con ellos, y no consigue dormirlos.

—Ve allá, hija mía, quizás sea eso más conveniente que dejarlos confiados así al cuidado de una criada.

Mistress Watt salió sin responder, y muy luego se oyó su voz en el piso superior, que era donde estaba situado el cuarto de los niños.

El capitán se dirigió entonces al viejo sargento que estaba en un rincón de la sala ocupado en componer un yugo, y le dijo:

—¿Con que según eso, Bothrel, les ha sido a VV. imposible alcanzar a ese maldito indio que tan rudamente me tiró al suelo esta tarde?

—Ni hemos podido verle, mi Capitán, respondió el sargento; esos indios parecen culebras; por todas partes se deslizan. Afortunadamente he encontrado a Boston; el pobre animal parecía que se alegraba mucho de vernos.

—Sí, sí, Boston es un noble animal, y hubiera sido para mí un gran sentimiento el perderle. ¿No le ha herido el indio? Ya sabe V. que esos demonios tienen la costumbre de tratar bastante mal a los caballos.

—Nada tiene según he podido ver. Probablemente el indio se habrá visto obligado a abandonarle al conocer que le íbamos persiguiendo.

—Así debe ser. ¿Ha examinado V. cuidadosamente las cercanías?

—Con el mayor esmero, mi Capitán, y nada sospechoso he visto. Los pieles rojas se han de mirar mucho antes de atacarnos; les sacudimos demasiado de firme para que lo hayan olvidado.

—No opino como V., Bothrel; los indios son muy vengativos. Estoy convencido de que querrán vengarse de nosotros, y de que algún día, quizás muy próximo, les oiremos lanzar su grito de guerra en el valle.

—No lo deseo, si he de decir la verdad; pero creo que si se aventuran a hacerlo, se encontrarán con la horma de su zapato.

—También yo lo creo; pero sería una triste sorpresa la que nos diesen, sobre todo ahora que, merced a nuestros trabajos y cuidados, nos hallamos próximos a recibir el premio de nuestras fatigas y a obtener ya algún resultado.

—Es verdad, sería sensible, porque un ataque de esos bandidos nos causaría pérdidas incalculables.

—Desgraciadamente no podemos hacer más que mantenernos alerta, sin que nos sea dado prevenir los proyectos que sin duda están formando contra nosotros esos diablos rojos. ¿Ha colocado V. bien los centinelas según se lo encargué, Bothrel?

—Sí, mi Capitán, y sobre todo les he mandado que estén muy vigilantes. No creo que los Pawnees, por muy astutos que sean, logren sorprendernos.

—No hay que asegurar nada, Bothrel, respondió el capitán moviendo la cabeza con aire de duda.

En el mismo instante, y como si la casualidad hubiese querido darle la razón, se agitó con fuerza la campana situada en el recinto exterior y que servía para avisar a los habitantes de la colonia que alguien solicitaba entrar.

—¿Qué significa eso? exclamó el capitán mirando a un reloj colgado de la pared en frente de él; son cerca de las ocho de la noche: ¿quién puede venir tan tarde? ¿No ha regresado ya toda nuestra gente?

—Sí, mi Capitán, nadie ha quedado fuera. Jaime Watt se levantó; cogió su rifle, y haciendo una seña al sargento para que le siguiese, se dispuso a salir.

—¿A dónde quieres ir, amigo mío? le preguntó una voz inquieta y dulce.

El capitán se volvió y se encontró con su mujer, que había entrado de nuevo en la sala sin que él la viese.

—¿No has oído la campana? le dijo. Alguien solicita entrar.

—Sí, ya lo he oído; ¿pero eres tú quien debe ir a abrir la puerta a estas horas?

—Mistress Watt, respondió el capitán con frialdad pero con energía, soy el jefe de esta colonia, y precisamente a estas horas es cuando debo ir a abrir la puerta, porque puede ser peligroso hacerlo, y me corresponde dar a todos ejemplo de valentía y de la manera en que se ha de cumplir el deber.

En aquel momento sonó por segunda vez la campana.

—¡Partamos! añadió el capitán volviéndose hacia el sargento.

La joven no contestó y se dejó caer sobre un sillón, muy pálida y estremeciéndose de inquietud.

Entre tanto el capitán había salido, seguido de Bothrel y de cuatro cazadores, armados todos con rifles.

La noche estaba oscura, no había ni una sola estrella en el cielo, que estaba muy negro; era imposible distinguir los objetos a la distancia de dos pasos; una brisa fría bramaba sordamente. Bothrel había cogido una linterna para alumbrar el camino.

—¿Cómo es que el centinela colocado en el puente levadizo no ha dado el quién vive? preguntó el capitán.

—Quizás habrá temido dar la alarma, sabiendo que desde la torre oiríamos el sonido de la campana.

El capitán murmuró algunas palabras de disgusto y continuaron avanzando. Muy luego oyeron un ruido sordo de voces, y prestaron atento oído. Era el centinela quien hablaba.

—Paciencia, decía; ya vienen; veo brillar una linterna, y solo tendrán VV. que aguardar algunos minutos. Únicamente les aconsejo, por su propio interés, que no se muevan, pues de lo contrario les planto a VV. un balazo.

—¡Diablo! respondió desde fuera una voz burlona, entienden VV. ahí dentro la hospitalidad de una manera singular. No importa; aguardaré, y puede V. levantar el cañón de su rifle, pues no tengo la pretensión de lanzarme yo solo a dar el asalto.

En aquel momento llegó el capitán a los atrincheramientos.

—¿Qué hay, Bob? preguntó al centinela.

—A la verdad que no lo sé a punto fijo, mi Capitán, respondió Bob. Allí, en la orilla del foso, hay un individuo que se ha empeñado en entrar.

—¿Quién es V. y qué quiere? gritó el capitán.

—Y V., ¿quién es? replicó el desconocido.

—Soy el capitán Jaime Watt, y le advierto que la entrada en la colonia les está vedada, a estas horas, a los vagabundos desconocidos. Vuelva V. a la salida del sol, y quizás entonces consentiré en dejarle penetrar en el interior de mi posesión.

—Tenga V. cuidado con lo que va a hacer, respondió el forastero; su obstinación en dejarme en la orilla de este foso podrá costarle cara.

—Tenga V. cuidado a su vez, replicó el capitán con impaciencia, que no estoy de humor para escuchar amenazas.

—No le amenazo a V., solo le advierto. Hoy ha cometido V. ya una falta grave; no vaya V. a cometer otra más grave esta noche obstinándose en no recibirme.

Esta respuesta sorprendió al capitán y le hizo reflexionar.

Al cabo de un instante dijo:

—Pero, si yo consiento en dejarle a V. entrar, ¿quién me garantiza que no me hará V. traición? La noche está oscura, y puede V. tener consigo una tropa numerosa sin que yo la vea.

—No tengo conmigo más que un solo compañero de quien respondo con mi cabeza.

—¡Ya! dijo el capitán cada vez más indeciso; y de V. ¿quién me responde?

—¡Yo!

—¿Quién es V. que habla nuestra lengua con tal perfección que se le podría tomar por un compatriota nuestro?

—Poca es la diferencia: soy canadiense y me llamo Tranquilo.

—¡Tranquilo! exclamó el capitán. ¿Es V. entonces ese celebre cazador de los bosques a quien apellidan el Cazador de tigres?

—No sé si soy célebre, Capitán; de lo que me hallo persuadido es de que soy el hombre a quien V. se refiere.

—Si en efecto es V. Tranquilo, le dejaré entrar; pero ¿quién es el hombre que le acompaña y de quién me responde?

—El Ciervo-Negro, primer sachem de los Pawnees-Serpientes.

—¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿y qué viene a hacer aquí?

—Ya lo sabrá V. si quiere abrirnos la puerta.

—¡Corriente! exclamó el capitán; pero tenga V. en cuenta que, a la más leve apariencia de traición, V. y su compañero serán muertos sin misericordia.

—Y hará V. muy bien si falto a la palabra que le doy.

El capitán, después de haber encomendado a sus compañeros que se mantuviesen dispuestos para cualquier evento, mandó que bajasen el puente levadizo.

Tranquilo y el Ciervo-Negro entraron.

Ambos iban sin armas, O al menos no las llevaban a la vista.

Ante una prueba tan grande de confianza, el capitán se avergonzó de sus sospechas, y después que se hubo vuelto a alzar el puente levadizo, despidió a su escolta y solo conservó junto a sí a Bothrel.

—Síganme VV., dijo a los dos forasteros.

Estos se inclinaron sin responder, y caminaron junto a él.

Llegaron a la torre sin haber pronunciado una palabra.

El capitán los introdujo en la sala en que mistress Watt se hallaba sola y poseída de la más viva inquietud.

Su marido le hizo una seña para que se retirase; ella le dirigió una mirada suplicante que el capitán comprendió, porque no insistió, y la joven permaneció silenciosa en el sitio en que se hallaba.

Tranquilo tenía la misma expresión de fisonomía serena y franca que ya le conocemos; nada en su aspecto parecía demostrar que tuviese intenciones hostiles respecto de los colonos.

El Ciervo-Negro, por el contrario, estaba, sombrío y severo.

El capitán ofreció asientos junto al fuego a sus huéspedes.

—Siéntense VV., Señores, les dijo, que deben tener necesidad de calentarse. ¿Vienen VV. a verme como amigos o como enemigos?

—Es más fácil hacer esa pregunta que contestar a ella, dijo el cazador con tono bonachón; hasta ahora nuestras intenciones son buenas: V. mismo, Capitán, decidirá la manera en que hemos de separarnos.

—En todo caso, ¿no se negarán VV. a aceptar algún refresco?

—Por ahora ruego a V. que nos dispense, respondió Tranquilo, quien parecía hallarse encargado de llevar la voz por sí y por su compañero; creo que vale más resolver desde luego la cuestión que aquí nos trae.

¡Ya! dijo el capitán, disgustado interiormente por aquella negativa que nada bueno le presagiaba; entonces hable V., que ya le escucho, y no dependerá de mí que no quede todo arreglado entre nosotros.

—Lo deseo de todo corazón, Capitán, y con tanto más motivo cuanto que si estoy aquí, solo puede ser con el objeto de evitar las consecuencias de una mala inteligencia o de un momento de arrebato.

El capitán se inclinó en señal de agradecimiento, y el canadiense volvió a tomar la palabra diciendo:

—Es V. un antiguo militar, caballero, y con V. los discursos más cortos deben ser los mejores. He aquí, en dos palabras, el motivo que nos trae: los Pawnees-Serpientes acusan a V. de haberse apoderado, por traición, de su aldea, y de haber asesinado a la mayor parte de sus parientes y amigos. ¿Es cierto?

—Es cierto que me he apoderado de la aldea; pero tenía derecho para hacerlo, puesto que los pieles rojas se negaban a entregármela; pero niego que lo haya hecho por traición: por el contrario, los Pawnees fueron quienes se condujeron traidoramente conmigo.

—¡Oh! exclamó el Ciervo-Negro levantándose con viveza, ¡el rostro pálido tiene en la boca una lengua embustera!

—¡Silencio! gritó Tranquilo obligándole a ocupar de nuevo su puesto; déjeme V. desenredar esta madeja, que me parece está bastante embrollada. Perdone V. si insisto, caballero, repuso dirigiéndose al capitán; pero la cuestión es grave y la verdad debe ser conocida. Cuando usted llegó, ¿no fue recibido como amigo por los jefes de la tribu?

—En efecto, nuestras primeras relaciones fueron amistosas.

—Entonces, ¿por qué llegaron a ser hostiles?

—Ya se lo he dicho a V.: porque contra la fe jurada y la palabra dada se negaron a cederme el terreno.

—¿Cómo? ¡Ceder el terreno!

—Seguramente, puesto que me habían vendido el territorio que ocupaban.

—¡Oh! ¡Oh! Capitán, eso exige explicación.

—Es muy fácil darla; y para probar la buena fe con que obro en este asunto, voy a enseñar a V. el acta de venta.

El cazador y el Ciervo-Negro cambiaron una mirada de sorpresa.

—Pues ya no lo entiendo, dijo Tranquilo.

—Aguarde V. un instante, repuso el capitán, que voy a buscar ese documento y se le enseñaré.

Y salió de la habitación.

—¡Oh! Caballero, exclamó mistress Watt juntando las manos en ademan suplicante; trate V. de evitar una contienda.

—¡Ah! Señora, respondió el cazador con tristeza; según el aspecto que van tomando las cosas, lo juzgo muy difícil.

—Vean VV., dijo el capitán entrando en la sala, y les enseñó el documento.

A los dos hombres les bastó con dirigirle una mirada para conocer el engaño.

—Ese documento es falso, dijo Tranquilo.

—¡Falso! Es imposible, exclamó el capitán lleno de estupor. Entonces me han engañado de una manera odiosa.

—¡Es lo que por desgracia ha sucedido en el caso presente!

—¿Y qué hacemos? murmuró maquinalmente el capitán.

El Ciervo-Negro se levantó y dijo con majestuoso acento:

—Escuchen los rostros pálidos, que un sachem va a hablar.

El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:

—Mi padre ha sido engañado; es un guerrero justo; su cabeza está canosa; el Wacondah le ha dado la sabiduría; también los Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre, puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual debe responder otro.

El principio de este discurso sorprendió agradablemente a los oyentes del jefe; la joven sobre todo, al oír aquellas palabras, sintió que su inquietud iba desapareciendo y que la alegría renacía en su corazón.

—Los Pawnees-Serpientes, continuó el sachem, restituirán a mi padre todas las mercancías que le han sido estafadas; él, por su parte, se comprometerá a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a retirarse en compañía de todos los rostros pálidos que han venido con él; los Pawnees renunciarán a la venganza que querían tomar por el asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra será enterrada entre los pieles rojas y los rostros pálidos del Oeste. He dicho.

Después de estas palabras hubo un momento de silencio.

Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente.

—¿Qué responde mi padre? preguntó el jefe al cabo de un instante.

—¡Ay de mí! Jefe, respondió el capitán con dolor, no puedo aceptar tales condiciones, es imposible. Lo más que puedo hacer es duplicar el precio que antes pagué.

El jefe se encogió de hombros desdeñosamente y dijo con una sonrisa de desprecio:

—El Ciervo-Negro se había equivocado; los rostros pálidos tienen verdaderamente la lengua partida.

Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situación de las cosas: con esa obstinación ciega que caracteriza a su raza, nada quiso oír, y cuanto más intentaron probarle que estaba equivocado, más se convenció de que la razón estaba de su parte.

A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el Ciervo-Negro, acompañándoles el capitán hasta los atrincheramientos.

Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvió muy pensativo a la torre. En el umbral de la puerta tropezó con un objeto bastante voluminoso y se bajó para ver lo que era.

—¡Oh! exclamó al levantarse, ¿Con que realmente quieren la guerra? ¡Vive Dios! Ya aprenderán a conocerme.

El objeto con que había tropezado el capitán era un haz de flechas atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las puntas de las flechas estaban teñidas en sangre.

El Ciervo-Negro, al retirarse, había dejado caer detrás de sí la declaración de guerra.

Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse para combatir.

Pasado el primer momento de estupor, el capitán recobró su sangre fría, y aunque todavía no había amanecido, hizo que despertasen a todos los colonos y los reunió delante de la torre con el fin de celebrar consejo y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la colonia.


[IX.]