CARA DE MONO.


Ya hemos visto de qué modo se apoderó el capitán del territorio que le había sido concedido. Ahora vamos a explicar cómo se estableció en él y qué precauciones adoptó para no ser molestado por los indios a quienes tan brutalmente había desposeído, y que, según el carácter vengativo que ya les conocía, probablemente no se darían por vencidos y no dejarían de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.

El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a Cara de Mono, que había revelado al capitán los puntos más débiles del Atepelt (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas de fuego de los americanos, los indios se habían visto fatalmente obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto poseían, triste botín que solo consistía en pieles de animales y en algunas vasijas hechas con tosca arcilla.

El capitán, tan luego como fue dueño de la plaza, comenzó su obra y principió a fundar la nueva colonia. Comprendía la necesidad de ponerse lo más pronto posible al abrigo de un golpe de mano.

El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las ruinas que le obstruían; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicación con el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo río. Detrás de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras extraídas y allí amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales era fácil pasar el cañón de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este atrincheramiento se practicó una puerta bastante ancha para que por ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba todos los días al ponerse el sol.

Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensión de terreno de cuatro mil metros cuadrados próximamente quedó rodeada de agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la parte que daba al Misuri, en donde se había considerado que la anchura y la profundidad del río ofrecían suficientes garantías de seguridad.

En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el capitán se dispuso a construir los edificios y dependencias de la colonia.

Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios habían de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de árboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba, merced al bosque situado cuando más a cien metros de distancia de la colonia.

Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses después de la llegada del capitán a aquel sitio, todos los edificios estaban terminados y la distribución interior casi completa.

En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto, habían construido una especie de torre octógona de unos veinticinco metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos: en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su servidumbre, es decir, al capitán, a su mujer, a sus dos hijos, a las dos criadas de estos, muchachas jóvenes y vigorosas del Kentucky, de mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco años de edad y todavía tenía pretensiones de belleza, y por último, al sargento Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy sólida, forrada de hierro, y en cuyo centro se abría un postigo para reconocer a los que llamaban.

A diez metros próximamente de la torre, y comunicando con ella por medio de un pasadizo subterráneo, estaban la habitación de los cazadores, la de los obreros de todas clases, y por último, la de los pastores y labradores.

Después se veían las cuadras para los caballos y los establos para las reses.

Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la colonia.

Pero estos diferentes edificios habían sido construidos de modo que estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de incendio (y esto era lo que se había tenido presente para colocarlos así), la pérdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de otro. De trecho en trecho se habían abierto varios pozos, con el fin de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a buscarla al río.

En fin, para resumir, diremos que el capitán, como soldado viejo, experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las fronteras, había adoptado las precauciones más minuciosas para precaver un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.

Habían trascurrido tres meses desde que se establecieron allí los norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes, verificados en grande escala, habían llevado los linderos de la selva a cerca de dos kilómetros de la colonia; todo ofrecía la imagen de la prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.

En el interior de la colonia, todo ofrecía el espectáculo más vivo y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia de algunos ganaderos montados y bien armados; los árboles seculares caían bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar de las sierras; en las orillas del río, enormes pilas de tablas se alzaban a poca distancia de otros rimeros de leña; varias embarcaciones estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oían resonar a lo lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque con el fin de proveer de caza a la colonia.

Eran próximamente las cuatro de la tarde. El capitán, montado en un magnífico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera recientemente desmontada.

Una sonrisa de satisfacción íntima animaba el rostro severo del antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su febril actividad habían verificado en tan poco tiempo en aquel rincón de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, según toda probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su posición tan ventajosa. Acercábase a la colonia, cuando un hombre, oculto hasta entonces detrás de un montón de cepas y raíces de árboles colocadas allí para secarse, apareció súbitamente junto a él.

El capitán reprimió un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que era Cara de Mono.

Diremos aquí algunas palabras acerca de este personaje, que está llamado a representar un papel bastante importante en la presente narración.

Itsichaiché era un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura y bien formado; tenía un rostro astuto y ratero, animado por dos ojos muy pequeños; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo, y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una expresión ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba una repulsión instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la casualidad ponía en contacto con él.

Al revés de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresión desagradable, la acrecentaba más y más.

Había cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de guía conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a donde se dirigían; pero desde aquella época se había quedado con ellos, y por decirlo así, se había avecindado en la colonia en donde andaba de un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que hacía.

Algunas veces desaparecía sin decir una palabra, permanecía ausente durante algunos días, y luego volvía de improviso, sin que fuese posible arrancarle ningún dato, ni saber lo que había hecho, ni a donde había ido.

Sin embargo, había una persona a quien el semblante sombrío del indio había causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar la repulsión que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qué se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre madre sentía un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran todo para ella en este mundo.

Algunas veces había procurado hacer que su marido compartiese sus temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitán encogiéndose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el tiempo se debilitaría aquella impresión y concluiría por desaparecer. Sin embargo, como mistress Watt volvía de continuo a la carga con la perseverancia y la obstinación de una persona cuyas ideas están positivamente fijadas y no han de variar, el capitán, impacientado y no teniendo razón alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no sentía la más leve estimación ni simpatía, le prometió por fin que la desembarazaría de él; y como en aquel momento hacía algunos días que el indio se hallaba ausente de la colonia, formó el propósito de verle en cuanto volviese y pedirle una explicación de su conducta misteriosa: en el caso de que el indio no le diese una respuesta categórica y satisfactoria, le diría de una manera terminante que no quería volverle a ver en la colonia, y que por lo tanto se alejase al momento y para siempre.

He ahí en que disposición de ánimo se hallaba el capitán respecto de Cara de Mono, cuando la casualidad colocó a éste en su camino, en el momento en que menos lo esperaba.

Al ver al indio, el capitán paró a su caballo.

—¿Está mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.

—Sí, contestó el capitán.

—¡Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposeídos los Pawnees-Serpientes.

El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melancólica que dio en que pensar al capitán, y le inspiró cierta inquietud.

—¿Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le preguntó. Me parecería eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien me vendió el territorio que ocupo.

—Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene derecho para quejarse: él fue quien vendió a los rostros pálidos del Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde él mismo y sus hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.

—Vamos, jefe, le encuentro a V. lúgubre hoy: ¿qué tiene V? ¿Estaba V. acostado esta mañana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el capitán aludiendo a una de las supersticiones más acreditadas entre los indios.

—No, repuso el indio, el sueño de Cara de Mono ha estado exento de malos pronósticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.

—Felicito a V. por ello, jefe.

—Mi padre dará tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la amistad a su regreso.

—Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.

—Mi padre puede hablar, los oídos de su hijo están abiertos.

—Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aquí.

—Sí, está comenzando la cuarta luna.

—En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin avisarnos.

—¿Para qué? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los rostros pálidos, el guerrero Pawnee es dueño de ir a donde mejor le parezca. Era un jefe afamado en su tribu.

—Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de los hombres que me han acompañado hasta aquí.

—¿Pues en qué puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel roja.

—Voy a decírselo a V., jefe; escúcheme atentamente, pues lo que voy a manifestarle es muy serio.

—Cara de Mono no es más que un pobre indio, respondió el piel roja con ironía; el Gran Espíritu no le ha dado el talento claro y sutil de los rostros pálidos; sin embargo, procurará comprender.

—No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe. Estoy seguro de que me comprenderá V. perfectamente si quiere tomarse ese trabajo.

—El jefe procurará hacerlo.

El capitán contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y continuó diciendo:

—No estamos aquí en una de las grandes ciudades del interior de la Unión americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los pieles rojas, alejados de toda protección que no sea la de nuestras propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos y asesinarnos si pueden; así pues, es deber nuestro velar con el mayor cuidado por nuestra seguridad, que se vería gravemente comprometida por la imprudencia más leve. ¿Comprende V. eso, jefe?

—Sí, mi padre ha hablado bien; su cabeza está cenicienta; su sabiduría es grande.

—Así pues, repuso el capitán, debo vigilar con el mayor cuidado los pasos de todas las personas que más o menos directamente pertenecen a la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva V. de algún tiempo a esta parte me parece más que sospechosa, que ha llamado mi atención, y que espero me dé V. una contestación que disipe mis dudas.

El piel roja había permanecido impasible; ni un músculo de su rostro se había movido. El capitán, que le examinaba atentamente, no pudo sorprender en sus facciones la más leve huella de emoción. El indio aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigían, y se hallaba dispuesto a contestar.

—Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aquí. ¿Ha tenido mi padre que dirigir alguna reconvención al jefe?

—Ninguna, tengo que confesarlo, respondió el capitán con franqueza; ha desempeñado V. su encargo honradamente.

---¿Por qué ahora cubre una piel el corazón de mi padre y se ha introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el cual confiesa él mismo que nunca ha podido formular la más leve reconvención? ¿Es ésa, por ventura, la justicia de los rostros pálidos?

—No nos salgamos de la cuestión, jefe, y sobre todo no la alteremos, si V. gusta, porque yo no podría seguirle en todos sus circunloquios indios. Así pues, me limitaré a significarle a V. de una manera explícita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no volverá V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligaré a alejarse para siempre del territorio que ocupo.

Un relámpago de odio chispeó en los ojos del piel roja; pero apagando instantáneamente la llama de su mirada, respondió con su voz más dulce:

—Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razón de su amistad con los rostros pálidos, y esperaba encontrar entre los Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cariño, al menos gratitud por los servicios que les prestó. Se ha equivocado.

—No se trata ahora de eso, repuso el capitán impacientado; ¿quiere V. contestar, sí o no?

El indio se puso derecho, y acercándose a su interlocutor bastante cerca para tocarle, le lanzó una mirada de cólera y de reto, y le dijo:

—¿Y si me niego a contestar?

—¡Si te niegas, miserable, te prohíbo que vuelvas a presentarte delante de mí en tiempo alguno; y si te atreves a desobedecerme, te castigaré con el látigo con que pego a mis perros!

Apenas hubo pronunciado el capitán estas palabras insultantes cuando ya se arrepintió: estaba solo y sin armas con el hombre a quien acababa de inferir una injuria mortal, y por lo tanto trató de arreglar el asunto diciendo:

—Pero Cara de Mono es un jefe, es prudente, y me responderá, porque sabe que le estimo.

—¡Mientes! Perro de los rostros pálidos, exclamó el indio rechinando los dientes con rabia; ¡me odias casi tanto como yo te odio!

El capitán, exasperado, levantó la fusta que llevaba en la mano; pero en el mismo instante, el indio, saltando como una pantera, se lanzó sobre la grupa del caballo, levantó de la silla al capitán, le arrojó rudamente al suelo, y cogiendo las riendas, le dijo:

—Los rostros pálidos son unas viejas cobardes; los guerreros Pawnees los desprecian y les enviarán unas sayas.

Después de haber pronunciado estas palabras con un tono de amargo sarcasmo, que sería imposible reproducir, el indio se inclinó sobre el cuello del caballo, aflojó las riendas, lanzó una carcajada estridente y partió a escape tendido, sin cuidarse del capitán a quien abandonó medio aturdido y contuso por su caída.

Jaime Watt no era hombre capaz de sufrir un trato semejante sin procurar vengarse; se levantó tan de prisa como pudo, y llamó a gritos para que acudiesen junto a él los cazadores y los leñadores diseminados por la llanura.

Algunos vieron una parte de lo ocurrido y se precipitaron presurosos para auxiliar a su capitán; pero mientras llegaban a donde él estaba y les explicaba el suceso dándoles sus órdenes para que persiguiesen de una manera encarnizada al fugitivo, éste había desaparecido ya en medio de la selva, que era a donde había dirigido su rápida carrera.

Sin embargo, los cazadores, a cuyo frente se había puesto el sargento Bothrel, se precipitaron en persecución del indio jurando cogerle vivo o muerto.

El capitán les siguió con la mirada hasta que los hubo visto internarse unos después de otros entre los árboles; en seguida regresó a la colonia con paso lento, reflexionando acerca de la escena que acababa de mediar entre el piel roja y él, y con el corazón oprimido por un presentimiento sombrío. Un instinto secreto le decía que, para que Cara de Mono, por lo general tan prudente y circunspecto, hubiese obrado de aquel modo, era preciso que se juzgase muy fuerte y muy seguro de la impunidad.


[VIII.]