LA CONCESIÓN.
Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias, en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas selvas vírgenes que cubrían sus bordes.
En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada cordillera de altas y fragosas colinas.
Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos. Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la nación.
De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre; el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus habitantes muertos sin compasión.
Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el robo, el rapto y el asesinato.
No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos de recargarle con enfáticas exageraciones, le había suavizado por el contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes.
Penetraremos en el valle unos tres meses después de la llegada de los americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas palabras la manera en que los nuevos colonos se habían establecido en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legítimos propietarios.
Tan luego como los norteamericanos fueron dueños absolutos del terreno, comenzaron lo que llaman un desmonte.
Hace unos treinta años, el gobierno de los Estados Unidos tenía, y probablemente tendrá aún en la actualidad, la costumbre de recompensar los servicios de sus antiguos oficiales haciéndoles concesiones de terrenos en las fronteras de la República más amenazadas por los indios. Esta costumbre ofrecía la doble ventaja de extender paulatinamente los límites del territorio americano; rechazando a los pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su vida, habían derramado noblemente su sangre por la patria.
El capitán Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de Washington, había asistido, al lado de este celebre fundador de la República americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de lealtad, tan luego como su hijo Jaime llegó a los veinte años, le hizo ocupar su puesto bajo las banderas.
En la época en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de unos cuarenta y cinco años, aunque representaba diez más por lo menos, por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que había trascurrido su juventud.
Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una constitución de hierro; su rostro, cuyas líneas eran de extremada rigidez, tenía impresa esa expresión de enérgica voluntad mezclada con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonomía de los hombres cuya existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos. Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no carecía de grandeza.
El capitán Watt, casado hacía dos años con una preciosa joven a quien adoraba, era padre de dos hijos, un niño y una niña.
Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos ojos azules encantadores, y tenía un carácter dulce y modesto. A pesar de ser mucho más joven que su marido, puesto que aún no tenía veintidós años, Fanny le profesaba el más puro y acendrado cariño.
Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenzó a experimentar las alegrías íntimas de la familia, se verificó en él una revolución completa; le inspiró súbita repugnancia la carrera militar, y ya no deseó más que los goces tranquilos del hogar.
Jaime Watt era uno de esos hombres para quienes la concepción de un proyecto va seguida inmediatamente después de su ejecución. Por eso, tan luego como se le ocurrió la idea de retirarse del servicio la realizó, resistiéndose a todas las reflexiones y objeciones que sus amigos le hacían.
Sin embargo, aunque el capitán deseaba volver a la vida privada, no era su intención en manera alguna abandonar el uniforme para vestirse el traje de paisano. La vida monótona de las ciudades de la Unión nada agradable podía ofrecer para un antiguo soldado cuyo estado normal, durante todo el curso de su existencia, había sido, por decirlo así, la agitación y el movimiento.
Por consiguiente, después de haberlo reflexionado maduramente, se fijó en un término medio que, a su modo de ver, debía salvar lo que la vida civil pudiese tener de demasiado sencilla y tranquila para él.
Este medio era él de solicitar una concesión de territorio en la frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus criados, y vivir allí feliz y ocupado, como un señor de la edad media, en medio de sus vasallos.
Este pensamiento le halagaba tanto más al capitán, cuanto que le parecía que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo activamente a su país, puesto que plantaba los primeros jalones de una prosperidad futura, y hacía surgir los primeros resplandores de la civilización en unas tierras entregadas todavía a todos los horrores de la barbarie.
El capitán había estado ocupado durante mucho tiempo con su compañía en defender las fronteras de la Unión contra las depredaciones continuas de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. Así pues, tenía un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser hostigado por aquellos vecinos turbulentos.
En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le obligó a hacer, el capitán visitó muchas llanuras fértiles, muchos territorios cuyo aspecto le había agradado; pero había uno, sobre todo, cuyo recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era él de un valle delicioso que vislumbró un día como en un sueño, después de una cacería verificada en compañía de un habitante de los bosques, cacería que duró más de tres semanas y que le llevó insensiblemente más lejos de lo que ningún hombre civilizado había visitado hasta entonces en el desierto.
Hacía más de veinte años que no había vuelto a ver aquel valle, y le recordaba como si le hubiese abandonado la víspera, viéndole, por decirlo así, hasta en sus más mínimos pormenores. Esta obstinación de su memoria para representarle de continuo aquel rincón de tierra, concluyó por fascinar en tal manera la mente del capitán, que, cuando hubo adoptado la resolución de abandonar el servicio y solicitar una concesión, fue allí, y no a ninguna otra parte, a donde resolvió retirarse.
Jaime Watt tenía numerosos protectores en las oficinas de la Presidencia; además, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy alto en su favor, y por lo tanto no experimentó dificultad alguna para obtener la concesión que solicitaba.
Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados copiar hacía mucho tiempo por el gobierno, diciéndole que escogiese el territorio que mejor le conviniese; pero el capitán hacía mucho tiempo que había escogido el que quería. Rechazó los planos que le presentaban, sacó de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce curtida, le desdobló y se le enseñó al comisario encargado de las concesiones, diciéndole que no quería más que aquella.
El comisario frunció el entrecejo: era amigo del capitán, y no pudo contener un gesto de espanto al oír su petición.
Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a más de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura, un suicidio, lo que quería cometer el capitán; le sería imposible mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolverían por todas partes. No trascurriría un mes sin que fuese desapiadadamente asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que se atreviesen seguirle.
A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle variar de idea, el capitán solo respondía con un movimiento de cabeza acompañado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una resolución irrevocable.
Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y apurados ya sus argumentos, concluyó por decirle de una manera terminante que era imposible darle tal concesión, porque aquel territorio pertenecía a los indios, y además una de sus tribus tenía allí una aldea desde tiempo inmemorial.
El comisario había guardado este argumento para lo último, convencido de que el capitán nada podría oponerle y se vería obligado a modificar, cuando menos, sus proyectos.
El buen comisario se había equivocado: no conocía tan bien como se lo figuraba el carácter de su amigo.
Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario había acompañado su peroración, sacó fríamente de otro bolsillo un segundo pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo presentó a su amigo.
El comisario lo cogió dirigiéndole una mirada interrogadora; el capitán le hizo una seña con la cabeza, indicándole que lo examinase con la vista.
El comisario lo desdobló vacilando. Teniendo en cuenta el modo de proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contenía una respuesta perentoria.
En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tiró encima de la mesa con un gesto violento de mal humor.
Aquella piel de alce contenía la venta del valle y de todo el territorio circunvecino, hecha por Itsichaiché o Cara de Mono, uno de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en su nombre y en el de los demás jefes de la nación, mediante cincuenta fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras de pólvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado whiskey, y veintitrés uniformes completos de soldados de la milicia.
Cada uno de los jefes había puesto su jeroglífico al pie del acta de venta y debajo del de Cara de Mono.
Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto el capitán había sido completamente engañado por Cara de Mono.
Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias causas que revelaremos cuando sea ocasión oportuna, había falsificado aquel documento, primero con el objeto de robar al capitán, y después con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque sabía muy bien que si Watt obtenía la autorización del gobierno, no vacilaría para apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de esta expoliación; el capitán solo había exigido que el piel roja le sirviese de guía, en lo cual consintió el indio sin dificultad alguna.
Ante el acta de venta que tenía a la vista, el comisario hubo de confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorización tan pertinazmente solicitada por el capitán.
Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitán comenzó los preparativos de su viaje sin perder un solo instante.
Mistress Watt quería demasiado a su marido para oponer la más leve observación a sus proyectos: habiéndose criado ella también en un desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con los indios, y la costumbre de verlos le había enseñado a no temerlos. Además, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que tuviese consigo a su marido.
El capitán, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con la actividad febril que le caracterizaba.
La América es la tierra de los prodigios, es quizás el único país del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecución de los proyectos más excéntricos y descabellados.
El capitán no se hacía ilusiones en manera alguna acerca de las consecuencias probables de la determinación que había adoptado; y por lo tanto, quería precaverse en lo posible contra todas las eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que habían de acompañarle al terreno de la concesión, especialmente la de su mujer y sus hijos.
Por lo demás, no tardó mucho en hacer su elección. Entre sus antiguos compañeros, es decir, entre sus antiguos soldados, había muchos que deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado Walter Bothrel, que había servido bajo sus órdenes durante cerca de quince años, y que a la primera noticia que tuvo de la declaración de retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba el servicio, era inútil que él permaneciese en las filas, y que estaba seguro de que su capitán no le negaría el favor de permitirle que le siguiese.
La oferta de Bothrel fue aceptada con júbilo por el capitán, que conocía a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de un valor a toda prueba, y con el cual podía contar por completo.
Al sargento fue a quien el capitán confió el encargo de organizar el destacamento de cazadores que se proponía llevar consigo para defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.
Bothrel cumplió la orden que había recibido con esa conciencia inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontró en la misma compañía del capitán treinta hombres resueltos y fieles que se alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a él.
El capitán, por su parte, había enganchado unos quince obreros de todas clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por cinco años, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y mediante un ligero censo, serían dueños del terreno que el capitán les concediese, y en el cual se establecerían con sus familias. Aún este mismo censo había de caducar al cabo de cierto tiempo.
Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos, en número de cincuenta hombres y unas doce mujeres próximamente, se pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesión. Era a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros cargados con géneros de todas clases y un numeroso rebaño de reses destinadas a alimentar a la colonia y a dar crías.
Cara de Mono servía de guía, según se había convenido. Haciendo al indio la justicia debida, diremos que desempeñó concienzudamente la misión de que se había encargado, y que durante un largo viaje de cerca de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes, logró librar a aquellos a quienes dirigía de la mayor parte de los peligros que a cada paso les amenazaban.