Á CABALLO

Los pobres vivían penosamente con el corto sueldo del marido. Dos niños habían nacido del matrimonio, y la estrechez se había convertido en una de esas miserias veladas, humildes, vergonzosas; miseria de familia noble que á pesar de todo quiere conservar la altura que á su rango corresponde.

Héctor de Gribelin se había educado en una provincia, en la casa paterna, y al lado de un viejo abate. No eran ricos, pero vivían salvando las apariencias, y cuando llegó á los veinte años se le buscaron los medios para que se crease una posición, y entró en el Ministerio de marina con mil quinientos francos de sueldo.

Había tropezado en este escollo como todos aquellos á quienes no se ha preparado para los rudos combates de la vida, como todos los que ven la existencia á través de nubes, que ignoran los medios y las resistencias; en quienes no se han desarrollado aptitudes especiales, facultades particulares, energías para la lucha, y á quienes no se han entregado armas ó útiles para defenderse.

Sus tres primeros años de empleado fueron horribles.

Había encontrado á algunos amigos de su familia, gente de ideas rancias y de escasa fortuna también, que vivían en calles nobles, las calles tristes del faubourg Saint Germain, y con ellas se había formado un círculo de relaciones.

Extraños completamente á la vida moderna, humildes y orgullosos, aquellos aristócratas necesitados ocupaban los cuartos altos de las dormidas casas. Los inquilinos todos de aquellas moradas ostentaban títulos, pero el dinero era tan raro en el primer piso como en el sexto.

Los eternos prejuicios, la preocupación del rango y el cuidado de figurar, constituían la obsesión de aquellas familias, grandes en otros tiempos y arruinadas entonces por la inacción de los hombres. En esta sociedad, Héctor de Gribelin encontró á una joven tan noble y tan pobre como él, y con ella se casó.

Y en cuatro años tuvieron dos hijos.

Durante cuatro años, aquel hogar perseguido por la miseria no conoció más distracciones que el paseo por los Campos Elíseos los domingos y algunas noches de teatro, dos ó tres cada invierno, gracias á billetes de favor que un compañero de oficina ofrecía al jefe de la familia.

Pero, he aquí que al llegar la primavera el jefe confió un trabajo extraordinario á su empleado y éste recibió trescientos francos de gratificación.

Al llegar á su casa dijo á su mujer:

—Querida Enriqueta, tenemos que celebrar esto con una gira. Á los niños les sentará muy bien.

Y después de larga discusión se decidió que irían á almorzar al campo.

—Á fe mía—exclamaba Héctor—una vez es una vez. Tomaremos un coche para ti, los niños y la criada, y yo alquilaré un caballo en el picadero. Eso me sentará admirablemente.

Y durante la semana no se habló más que de la proyectada excursión.

Todas las noches, cuando volvía de la oficina, Héctor cogía á su hijo mayor, le montaba á horcajadas en sus piernas y, haciéndole saltar, le decía:

—Así galopará papá el domingo próximo en el paseo.

Y el chiquillo se pasaba los días montado en las sillas, arrastrándolas por las habitaciones, y gritando:

—Papá... tatá...

La criada miraba con asombro á su amo pensando que seguiría el coche á caballo, y durante las comidas oía hablar de equitación, enterándose de las hazañas por él realizadas en otros tiempos en casa de su padre. ¡Oh! Se había educado en buena escuela, y una vez que le hubiese sentado los pantalones al bruto no temía nada.

Y frotándose las manos repetía constantemente á su mujer:

—Si me diesen un animal algo difícil, estaría contentísimo. Ya verás cómo monto, y si quieres, volveremos por los Campos Elíseos, á la hora del regreso del Bosque. Como estaremos muy bien, no me disgustaría que encontrásemos á alguien del ministerio. No se necesita más para hacerse respetar por los jefes.

El día convenido, carruaje y caballo llegaron á un tiempo ante la puerta. Héctor bajó en seguida para examinar su montura. Se había hecho coser trabillas á su pantalón, y manejaba un látigo que había comprado la víspera.

Levantó y palpó las cuatro patas del bruto, le tocó el cuello, los riñones, le abrió la boca para examinar sus dientes, y como toda la familia había bajado, les dió una lección teórico práctica con respecto al caballo en general, y en particular con respecto al que iba á montar, calificándole de excelente.

Cuando todo el mundo se hubo colocado en el carruaje, Héctor inspeccionó la cincha, y apoyándose en un estribo se plantó en la silla.

El animal, al sentir la carga caracoleó, y á punto estuvo de tirar al jinete.

Éste, muy emocionado, intentaba calmarle.

—Vamos, hop, vamos, hop...

Y cuando le hubo tranquilizado preguntó:

—¿Todo está dispuesto?

Cuatro voces á un tiempo respondieron.

—Sí.

—Pues en marcha.

Y la cabalgata se alejó.

Todas las miradas estaban fijas en Héctor que montaba á la inglesa exagerando los movimientos. Apenas caía en la silla que se alzaba como si fuese á volar por el espacio, y á veces parecía que se iba á agarrar á las crines; y tenía los ojos fijos, el rostro crispado y las mejillas pálidas.

Su mujer, que tenía sobre las rodillas á uno de los niños, y la criada que llevaba el otro, repetían sin cesar:

—Mira á papá, mira á papá.

Y los pequeños, embriagados por el movimiento, la alegría y el aire libre, daban gritos agudísimos. El caballo, asustado con los clamores, acabó por galopar, y el jinete, haciendo esfuerzos para contenerle, perdió el sombrero. Preciso fué que el cochero se apease del pescante para recogerlo, y cuando Héctor lo hubo recobrado le gritó á su mujer:

—No permitas que los chicos griten así. Este animal acabará por desbocarse.

Almorzaron en el césped, en lo más agreste del bosque del Vesinet, y con las provisiones que habían llevado en cestos.

Por más que el cochero cuidaba de los caballos, Héctor se levantó muchas veces para ver si al suyo le faltaba algo, y le daba palmaditas en el cuello ofreciéndole pan, galletas y azúcar en la palma de la mano.

—Es un excelente trotón—dijo.—En los primeros momentos me ha sacudido un poco, pero no he tardado en recobrar mis facultades. Ha visto que yo era el más fuerte, y no hay cuidado de que se mueva.

Como se había dicho, volvieron por los Campos Elíseos.

Los coches hormigueaban en la vasta avenida, y por los lados los paseantes estaban en número tan grande que semejaban dos largas cintas negras tendidas desde el Arco de Triunfo hasta la plaza de la Concordia. Un diluvio de sol caía sobre la muchedumbre haciendo centellear el charol de los carruajes, el acero de los arneses y el níquel de las portezuelas.

Locura de movimiento y embriaguez de vida parecía agitar á aquella masa formada por seres humanos, coches y caballos... Y el Obelisco, á lo lejos, se erguía como enorme columna de oro.

El caballo que Héctor montaba, pareció lleno de nuevo ardor, y en cuanto hubo pasado el Arco de Triunfo partió al trote largo, á pesar de las tentativas que para contenerle hacía su jinete, y dirigiéndose hacia la cuadra.

El coche se había quedado atrás, muy lejos, y al llegar frente al gran Palacio, el animal, que vió campo abierto, torció á la derecha y se puso á galopar.

Una mujer vieja que llevaba un gran delantal cruzaba el arroyo tranquilamente y cortaba el paso á Héctor cuyo caballo avanzaba á galope tendido. Viéndose impotente para dominar al bruto, empezó á gritar con todas sus fuerzas.

—¡He! ¡He!

La mujer debía ser sorda pues continuó andando tranquilamente hasta el momento en que, al chocar con el pecho del caballo que avanzaba con velocidad de locomotora, rodó á diez metros, cayendo con la falda al aire después de haber dado tres volteretas.

Muchas voces gritaron:

—¡Detenedle!

Héctor, enloquecido, se agarraba á las crines gritando:

—¡Socorro! ¡Socorro!

Una sacudida terrible le hizo pasar como una bala por encima de las orejas de su corcel, y cayó en los brazos de un agente que había salido á su encuentro.

En un segundo se formó á su alrededor un grupo que gesticulaba y vociferaba furiosamente. Especialmente un señor viejo, un señor que llevaba una condecoración redonda y grande y largos bigotes blancos, parecía exasperado. No hacía más que repetir:

—¡Ira de Dios! cuando se es torpe hasta ese extremo se queda uno en casa, y cuando no se sabe montar, no se sale á matar gente de este modo.

Cuatro hombres, aparecieron, llevando á la vieja; y la vieja con su rostro amarillento, la cofia de través y llena de polvo, parecía muerta.

—Que lleven á esta mujer á una farmacia,—ordenó el señor viejo—y nosotros vamos á la comisaría de policía.

Héctor se puso en marcha entre dos agentes. Otro llevaba su caballo de la brida y un grupo inmenso les seguía, cuando apareció el coche con la familia del infortunado jinete. Su mujer corrió hacia él, la criada perdió la cabeza, y los chiquillos empezaron á llorar. Héctor les explicó que volvía al punto, pues aunque había derribado á una mujer, la cosa no tenía importancia.

En la comisaría la explicación fué corta. Dió su nombre, Héctor de Gribelin, empleado en el Ministerio de Marina, y esperaron noticias de la atropellada. Un agente las trajo. Había recobrado el conocimiento pero se quejaba de terribles dolores internos. Era una mujer de setenta y cinco años, de apellido Simón, que ejercía el oficio de asistenta.

Cuando supo que no estaba muerta, Héctor recobró la esperanza y prometió pagar los gastos que su curación exigiese. Luego corrió á casa del farmacéutico.

La muchedumbre se agrupaba á la puerta, y la buena mujer, sentada en una butaca, con las manos inertes y embrutecido el rostro, gemía desesperadamente. Dos médicos la examinaban. No tenía ningún hueso roto, pero temían una complicación interna.

Héctor le preguntó:

—¿Sufre usted mucho?

—¡Oh! Sí.

—¿Dónde?

—Algo así como si tuviese fuego en el pecho.

Un médico se acercó.

—¿Es usted el autor del accidente?

—Sí, señor.

—Convendría enviar á esta mujer á una casa de salud. Sé de una donde podría estar por seis francos diarios. ¿Quiere usted que me encargue de todo?

Héctor, encantado, le dió las gracias, y algo más tranquilo se dirigió á su casa.

Su mujer le esperaba llorando á lágrima viva, pero él la tranquilizó diciendo:

—No es nada; esa pobre mujer está mejor y dentro de tres días estará completamente restablecida. La he enviado á una casa de salud; no es nada.

¡No es nada!

Al día siguiente, al salir la oficina, fué á verla y la encontró tomando una taza de caldo. Parecía satisfecha y contenta, y Héctor le preguntó:

—¿Cómo está?

—¡Oh! mi buen señor, nada bien: estoy como ayer y parezco aniquilada. No hay mejoría, no hay mejoría...

El médico dijo que era preciso esperar pues podía presentarse cualquier complicación.

Esperó tres días y volvió á verla. La mujer tenía la piel fresca, los ojos claros, pero en cuanto vió á Héctor se puso á gemir.

—¡Oh! mi pobre señor, no puedo moverme, no puedo. Así estaré hasta el fin de mi vida.

Héctor se estremeció y dirigió mil preguntas al médico, que levantó los brazos al cielo.

—Qué quiere usted que le diga,—contestó.—Yo no puedo decir más que cuando se la quiere levantar chilla como una condenada. Ni siquiera se puede cambiar de sitio su butaca sin que grite desesperadamente. Yo tengo que creer lo que me dice, pues no estoy en su pellejo, y mientras no la vea andar no puedo suponer que miente.

La vieja escuchaba sin moverse y mirándoles maliciosamente.

Y así pasaron ocho días, y luego quince, y un mes sin que la vieja se levantase de la butaca. Comía todo el día, engordaba, charlaba alegremente con los otros enfermos, y parecía acostumbrarse á la inmovilidad como si la hubiese ganado sobradamente con sus cincuenta años de subir y bajar escaleras, revolver colchones, subir carbón y agua, barrer suelos y cepillar alfombras.

Héctor, desesperado, iba á verla todos los días y siempre la encontraba lo mismo, tranquila y serena, y diciendo:

—No puedo moverme, mi pobre señor, no puedo.

Y todas las noches, devorada por la angustia, la mujer de Héctor le preguntaba:

—¿Y la vieja Simón?

Y él, con desesperado abatimiento, respondía:

—Lo mismo, siempre lo mismo.

Despidieron á la criada, pues no podían sostenerla, se hicieron mayores economías, y la gratificación anual desapareció.

Entonces Héctor reunió á cuatro médicos eminentes para que reconociesen á la vieja. Ella, mirándoles con malicia, se dejó examinar y palpar cuanto quisieron.

—Es preciso hacerla andar,—dijo uno.

Á lo que ella exclamó:

—No puedo, señores, no puedo.

Entonces la cogieron, la levantaron, y la arrastraron algunos metros; pero se les escapó de las manos y se desplomó en el suelo dando gritos espantosos hasta que la volvieron á llevar á su asiento tomando infinitas precauciones.

Y dictaminaron muy discretamente; mas, declararon que estaba imposibilitada para trabajar.

Cuando Héctor dió esta noticia á su mujer, ella se dejó caer en una butaca murmurando:

—Más valdría que la tuviésemos aquí: nos costaría menos.

Él dió un salto.

—¡Tenerla aquí!—exclamó.—¿Eso piensas?

Pero ella, resignada á todo, y con los ojos llenos de lágrimas, respondió:

—Qué quieres, amigo mío, yo no tengo la culpa...