EL LADRÓN
—Les digo que no me creerán.
—De todos modos, cuente.
—No tengo ningún inconveniente, pero ante todo necesito afirmarle que mi historia, por inverosímil que pueda parecerles, es rigurosamente exacta. Á los únicos á quienes no podría sorprender es á los pintores, á los pintores viejos especialmente, á los que conocieron la época aquella en que la broma era una obsesión aún en las circunstancias más graves.
Y el viejo artista se sentó á horcajadas en una silla.
Estábamos en el comedor de una fonda de Barbizón, y mi interlocutor repuso:
«Aquella noche habíamos comido en casa del pobre Soireul, muerto hoy, que era el más loco de todos nosotros. No éramos más que tres: Soireul, yo, y, si no recuerdo mal, Poittevin, pero en absoluto no me atrevo á afirmar que fuese él. Claro está que me refiero al pintor de marinas, Eugenio de Poittevin, muerto también, y no al paisajista que aún vive y derrocha talento.
«Decir que habíamos comido en casa de Soireul significa que todos estábamos borrachos: el único que se encontraba en su sano juicio era Poittevin, que aunque estaba á media vela, todavía podía razonar con claridad. Entonces éramos jóvenes. En el saloncito contiguo al estudio nos habíamos tendido sobre las alfombras y hablábamos de cosas extravagantes. Soireul, tendido boca arriba y con las piernas puestas sobre una silla, hablaba de batallas, discurría sobre los uniformes del Imperio, y, levantándose repentinamente, sacó de un armario un uniforme de húsar y se lo puso. Luego obligó á Poittevin á que se vistiese de granadero, y como éste se resistiese, le sujetamos entre todos, y después de haberle desnudado le metimos dentro de un uniforme inmenso.
«Yo me disfracé de coracero, y Soireul nos hizo ejecutar movimientos complicadísimos. De pronto exclamó: «Ya que esta noche somos soldados, bebamos como tales».
«Se preparó un ponche, y la llama del ron se elevó por encima de la enorme taza. Y cantábamos canciones antiguas, esas canciones que en otros tiempos entonaban las tropas del primer emperador.
«De pronto, Poittevin, que á pesar de todo seguía siendo dueño de sí mismo, nos obligó á callar, y después de algunos segundos de silencio dijo en voz baja: «Estoy seguro de que en el estudio hay alguien». Soireul se incorporó como pudo y exclamó: «¡Un ladrón! ¡Qué suerte!». Luego se puso á cantar la Marsellesa, y precipitándose hacia una panoplia nos equipó conforme correspondía á nuestros uniformes. Á mí me correspondió una especie de mosquete y un sable: á Poittevin un fusil enorme con su correspondiente bayoneta, y Soireul, no encontrando lo que necesitaba, se armó con una pistola de arzón que se colgó al cinto y con un hacha de abordaje que blandió en la diestra. Abrió luego con sigilo la puerta del estudio, y todo el ejército penetró en el territorio sospechoso.
«Cuando llegamos al centro del estudio, completamente lleno de lienzos enormes, muebles y objetos extraños, Soireul nos dijo: «Yo me nombro general, y vamos á reunimos en consejo de guerra. Tú, los coraceros, cortarás la retirada al enemigo, ó lo que es lo mismo, darás doble vuelta á la llave de la puerta. Tú, los granaderos, me servirás de escolta.
«Ejecuté la orden recibida y luego me reuní al grueso del ejército que operaba un reconocimiento.
«En el preciso momento en que iba á alcanzarlo, espantoso ruido se oyó detrás de un biombo. Y allí me precipité con la bujía en la mano. Poittevin acababa de atravesar con su bayoneta el pecho de un maniquí cuya cabeza Soireul deshacía á hachazos. Reconocido el error, el general dijo: «Seamos prudentes» y se reanudaron las operaciones.
«Lo menos durante veinte minutos estuvimos registrando todos los rincones del estudio, sin obtener ningún resultado, cuando Poittevin tuvo la idea de abrir un armario inmenso. Era obscuro y profundo; yo avancé el brazo que sostenía la luz. Retrocedí estupefacto: allí dentro había un hombre, y el hombre aquel me había mirado.
«Inmediatamente cerré el armario con llave y nuevamente nos reunimos en consejo.
«Las opiniones fueron distintas. Soireul quería quemar al ladrón; Poittevin propuso rendirlo por hambre, y yo inicié la idea de volar con pólvora el armario.
«La opinión de Poittevin prevaleció, y mientras montaba la guardia, fuimos á buscar el ponche que había sobrado y nuestras pipas. Luego nos instalamos frente al armario y bebimos á la salud del prisionero.
«Media hora después Soireul dijo: «Creo que me gustaría verle de cerca... ¿si nos apoderásemos de él por la fuerza?»
«Yo grité «bravo» y, tomando las armas, abrimos el armario. Soireul, armado con su pistola, que estaba descargada, se precipitó el primero, y todos le seguimos.
«Se trabó una lucha espantosa, y después de cinco minutos de inverosímil pelea en la obscuridad, sacamos á la luz á algo así como un bandido viejo, de pelo blanco, sórdido y harapiento.
«Le atamos de pies y manos, y le sentamos en una butaca. Á todo esto el ladrón no había pronunciado una palabra.
«Entonces Soireul, que tenía la borrachera solemne, se volvió hacia nosotros y nos dijo:
«—Ahora, juzguemos á ese miserable.
«Yo estaba tan ebrio que la idea me pareció excelentísima.
«Poittevin se encargó de la defensa y yo de sostener la acusación. Fué condenado á muerte por unanimidad, excepción hecha del voto de su defensor.
«Vamos á ejecutarlo» dijo Soireul. Pero inmediatamente, un escrúpulo se apoderó de él. «Este hombre—dijo—no puede morir privado de los socorros de la religión. Creo que deberíamos ir á buscar á un sacerdote».
Yo objeté que era muy tarde; mas como Soireul me propuso para que ejerciese las funciones eclesiásticas, exhorté al criminal para que se confesase conmigo.
«El hombre, que desde hacía cinco minutos nos miraba con espanto preguntándose sin duda con qué clase de seres se las tenía que haber, articuló con voz ronca y quemada por el alcohol: «Sin duda, ustedes bromean». Pero Soireul le obligó á que se arrodillase, y por si sus padres habían olvidado bautizarle, le vertió una copa de ron sobre el cráneo.
«Luego dijo:
«—Confiésate, porque tu última hora ha sonado.
«Aterrorizado, el granuja se puso á pedir socorro dando tales gritos, que fué preciso amordazarle para que no despertase á todos los vecinos. Entonces se tiró al suelo y se arrastró derribando muebles, rompiendo lienzos y retorciéndose como un condenado. Impacientado, Soireul exclamó: «Vamos, acabemos». Y apuntando al miserable que yacía tendido en el suelo, apretó el disparador de su pistola. Cayó el gatillo produciendo un ruido lijero y seco: yo, arrastrado por el ejemplo tiré á mi vez, y mi fusil, que era de piedra, lanzó una chispa que me sorprendió muchísimo.
«Poittevin, pronunció muy gravemente estas palabras:
«—¿Tenemos derecho para matar á ese hombre?»
«Estupefacto, Soireul respondió:
«—¿Y cómo no hemos de tenerlo puesto que le hemos condenado?»
«Pero Poittevin repuso:
—«No se fusila á los paisanos. Este hombre debe ser entregado al verdugo. Vamos á llevarle á la cárcel».
«El argumento nos pareció concluyente: recogimos al hombre, pero como no podía andar le atamos á una tabla y yo le llevé con Poittevin. Soireul, armado hasta los dientes, cerraba la marcha.
«Á la puerta de la comisaría nos detuvo un agente, y el comisario, al que hicieron bajar, nos reconoció; mas como diariamente era testigo de nuestros calaveradas y de nuestras inverosímiles invenciones, se puso á reir y se negó á aceptar al prisionero.
«Soireul insistió, pero entonces el comisario nos invitó severamente á que volviésemos á casa sin hacer el menor ruido.
«La tropa se puso en marcha y volvimos al estudio. Yo pregunté: «¿Y qué hacemos con el ladrón?»
«Poittevin, repentinamente enternecido, afirmó que el pobre hombre debía estar muy cansado. Efectivamente: amordazado y perfectamente atado á la tabla, parecía un muerto.
«Yo me sentí poseído de piedad violenta, y, arrancándole la mordaza, le pregunté: «¡Eh! pobre viejo ¿cómo va?»
«El infeliz gimió: «Diablo, que para broma ya basta». Entonces, Soireul, con paternal ternura rompió sus ligaduras, le obligó á que se sentase, le tuteó, y para reconfortarle nos pusimos á preparar un nuevo ponche. El ladrón, sentado en su butaca, nos contemplaba impasible; y cuando la bebida estuvo á punto, le ofrecimos un vaso y brindamos.
«El prisionero bebió por un regimiento, pero, cuando el alba apuntó, se puso en pie y dijo con mucha calma: «Me veo precisado á dejaros, pero tengo que irme á casa».
«Aquello nos entristeció: quisimos retenerle, mas él se negó á estar más tiempo con nosotros.
«Le estrechamos la mano, y Soireul alumbró el vestíbulo y le dijo: «Cuidado con el escalón del portal».
En torno del narrador se reía francamente. Éste se levantó, encendió la pipa, y mirándonos con fijeza, dijo:
«Y lo más gracioso de mi historia es que es verdadera».