II
El doctor calló un instante; luego repuso:
—Un día, cuando estaba en mi gabinete recibiendo á mis clientes, vi entrar á un joven alto que me dijo:
—Doctor, vengo á pedirle noticias de la condesa María Baranow. Aunque ella no me conoce soy amigo de su marido.
—Es cosa perdida—contesté.—No volverá á Rusia.—El hombre rompió á sollozar, y levantándose se fué dando traspiés como si estuviese borracho.
Por la noche dije á la condesa que un extranjero había venido á informarse con respecto á su salud, y ella, muy emocionada, me contó la historia que acabo de referir, añadiendo:
—Á ese hombre á quien no conozco y que me sigue como si fuese mi sombra, le encuentro cada vez que salgo. Me mira de manera extraña, pero nunca me ha hablado.
Quedóse unos instantes pensativa y repuso:
—Apuesto á que está al pie de mi ventana.
Se levantó de la otomana, fué á separar los visillos, y me convencí de que, efectivamente, el hombre que había venido á encontrarme, estaba sentado en un banco del paseo y con los ojos fijos en el hotel. Nos vió, se levantó, y sin volver una sola vez la cabeza se alejó.
Á partir de entonces presencié un espectáculo sorprendente y doloroso: el amor mudo de aquellos dos seres que no se conocían.
Él la adoraba con el apasionamiento de la bestia salvaje y salvada que lleva su abnegación hasta la muerte. Todos los días venía á preguntarme: «¿Cómo está?», comprendiendo que yo lo había adivinado todo; y lloraba amargamente cuando la veía pasar, más pálida y débil cada día.
Ella me decía.
—No he hablado más que una vez con ese hombre extraño, y me parece que hace veinte años que le conozco.
Y cuando se encontraban, ella le devolvía el saludo con sonrisa grave y encantadora. Yo la veía dichosa; y ella, la pobre abandonada y perdida sin remisión, se sentía feliz viéndose amada con tanto respeto y constancia, con tan exagerada poesía y con abnegación capaz de cualquier cosa. Y sin embargo, fiel á su exaltada obstinación, se negaba desesperadamente á recibirle, á conocer su nombre, á hablarle. Y decía: «No, no; eso mataría nuestra amistad. Es preciso que sigamos siendo extraños».
Por su parte, él era una especie de Don Quijote pues no hacía nada para acercarse á ella. Quería cumplir hasta el fin la absurda promesa que de no hablarle nunca había hecho en el coche del tren.
Á menudo, en sus largas horas de extenuación, ella se levantaba de la otomana, separaba los visillos y miraba si seguía al pie de sus ventanas; y cuando le había visto, siempre inmóvil en el banco, volvía á reclinarse con una sonrisa en los labios.
Una mañana, á eso de las diez, murió. Cuando salía del hotel, él se me acercó con el semblante descompuesto: ya conocía la desgracia.
—Quisiera verla un instante, me dijo, y delante de usted.
Le cogí por un brazo y le hice entrar en la casa.
Cuando se encontró junto al lecho de la muerta, la tomó una mano que besó con beso interminable, y luego echó á correr como un insensato.
El doctor calló otra vez y añadió:
—Ciertamente, ésta es la aventura de ferrocarril más extraña que conozco. Verdad es que se debe añadir que los hombres tienen locuras extraordinarias.
Una mujer murmuró á media voz:
—Esos dos seres estaban menos locos de lo que ustedes se figuran... Eran... eran...
Pero lloraba tanto que no podía hablar, y como para calmarla se cambió de conversación, no supimos lo que había querido decir.