I

Isio (Dionisio) había estudiado en un colegio de Manila; pero no pudo concluir su carrera, porque murió su padre y hubo de regresar á su pueblo natal (Unión,) por no poder sostenerse en esta capital.

No tardó en seguir á la tumba su madre, y viéndose ya el jóven Isio huérfano y sólo en medio del mundo, hizo esfuerzos para reconstruir los pocos restos de la fortuna de sus padres, que se desvaneció, ora por su prodigalidad, ora por el cargo de gobernadorcillo que su padre había desempeñado.

La horfandad de Isio fué una continua série de crueles tormentos: figuraos que se había criado entre relativa comodidad, para más tarde venir á la pobreza, sufriendo privaciones á que no estaba acostumbrado.

Sin embargo, con resignación apuró hasta las heces la copa de amargura con que su hado implacable le brindara. Y habiendo empezado por dedicarse en pequeña escala al negocio del añil y arroz, al principio con peculio propio y más tarde en sociedad con otros, no tardó en convencerse de que el trabajo y la buena fé continuados suelen hacer milagros. Y en efecto, al cabo de diez años tuvo la dicha de ver recuperada casi toda la fortuna que había perdido su padre.

Pero un día, cuando más ocupado estaba en las tareas del campo, recibe una comunicación del gobernadorcillo en que se le notificaba su nombramiento de cabeza de barangay, y él, en vez de deshacerse en insultos y perseguir con un palo al alguacil que llevaba el pliego, cual lo hacen muchos, como si el pobre tuviese la menor culpa de ello, le dijo:

—Bueno, déjame el expediente, que ya iré á ver al señor Gobernadorcillo.

Y en efecto, fué para decirle:

—Señor, no tengo inconveniente en servir al Estado, porque reconozco en él perfectísimo derecho para exigir á todos y á cada uno de los ciudadanos algún servicio, faltando el cual, ni hay Estado, ni sociedad para la que fuimos criados, como demuestran nuestra natural debilidad y la imprescindible necesidad que sentimos del apoyo ajeno. En una palabra, acepto gustoso la cabecería, y hasta con agradecimiento por haberse dignado Vdes. inscribirme en la lista de los principales (especie de nobleza), y soy de los que pagan las contribuciones é impuestos, sin hacer muecas; pero para tranquilidad de mi conciencia y satisfacción de mi honradez, exijo como condición que se me rindan claritas las cuentas; quiero decir, que V. me convenza de que las que figuran en el padrón ó lista de tributantes que me ha de entregar, verdaderamente existen ó hay posibilidad de cobrarles aquí, porque ni yo consiento que mi fortuna, adquirida á fuerza de grandes trabajos, se pierda por abonar lo que deben los ausentes, ni puedo ir á buscarlos en otras provincias, ni …

—Hombre, hombre,—le interrumpió el pedáneo.— ¿Está V. en su juicio? Quieras que no, forzosamente ha de aceptar el cargo, y ahora mismo acabo de mandar pregonar en bandillos que sus bienes no se pueden enagenar, pues ya están hipotecados para responder á la Hacienda Pública de las obligaciones de su cabecería.

—Pero, señor gobernadorcillo, ¿quién los ha hipotecado? ¡Es posible que haya otro más que yo, con derecho á gravar mis bienes!

—Claro, hombre: varios principales y yo informamos que tal casa y cuales terrenos pertenecen á Vd., y el gobernador de la provincia, en vista de este informe, de cuya veracidad hemos de responder con nuestras cosas, ha firmado su nombramiento de cabeza, y sin que lo sepa V., ya lo es.

—Mil gracias por haberse Vds. presentado como fiadores mios; pero ni esa casa ni esos terrenos son del todo míos, sino de mi socio X. parte de ellos.

—Nada, ya es V. cabeza, y no cabe réplica.

—Acepto gustoso la cabecería, pero con la condición de que haya posibilidad de colocar las cédulas, que forzosamente he de abonar, y sin este requisito no firmo la notificación, ni acepto el padrón ni las cédulas.

—Si yo considerara su manera de contestar como falta de respeto, ahora mismo estaría Vd. en el calabozo; pero gracias que conozco su apacible carácter y comprendo su ignorancia; Vds. los negociantes creen que todo se arregla con cuentas claras. Están equivocados; y no sea V. tonto rechazando la cabecería, el padrón y las cédulas, porque eso no quita que sea V. cabeza, y en el día de pagar á la Administración lo que debe su cabecería, usted haya cobrado ó nó, aceptado ó no el cárgo, tendrá, forzosamente que abonarlo todo, como si hubiera colocado todas las cédulas. Con que, amigo mio, V. sabe en cuánto le aprecio, y si cree, como supongo, en mis palabras, es mejor que V. se lleve las cédulas para ver de colocarlas, y así abonará poco ó mucho, pero no todo.

—Entonces, déme V. dos días de plazo para meditar lo que más me convenga.—Contestó Isio, y se fué derechito á consultar con un anciano ex-gobernadorcillo, y por consiguiente muy ducho en el asunto.