II
—Buenas noches, capitan Bindoy, dijo Isio al ex-pedáneo.
—Muy buenas las tenga V., Sr. Cabeza de Barangay,—contestó el viejo, recalcando el tono al pronunciar estas últimas palabras.
—Hombre, ¿cuándo lo ha sabido V.?
—Acaso antes que V. mismo: por el bandillo en que se advirtió al público que sus bienes quedan afectos á las obligaciones de la cabecería que desempeña.
—Precisamente, vengo por eso de ver á nuestro pedáneo y estoy aquí para consultarle sobre el particular.
—Nada, amigo; le ha tocado el premio gordo, como satíricamente se dice.
—Eso es, ¡el premio gordo! la recompensa, el digno coronamiento de mis esfuerzos por reconstruir la escasa fortuna de mi padre, arruinado con ese cargo y el de gobernadorcillo.
—Y ¿qué te ha dicho el pedáneo?
—Que ya soy cabeza, por obra y gracia de él y de algunos principales, y que me conviene más aceptar el cargo, para ver de cobrar algo, y no venir á abonar todo; pero no me inspira confianza: yo sé que todas las cabecerías vacantes corren á su cargo y es muy natural que busque medios para endosarlas á otros.
—Es verdad: ¡pobre gobernadorcillo! y ¿todavía Vd. y otros que tienen dinero se excusan de ayudarle en algo, á pesar de desvivirse él por conservar el órden público, por arreglar las calles, en fin, por gobernarnos? Pues con todo eso, con tener que desembolsar no despreciable cantidad de dinero por atender á los gastos ocasionados por el cargo, varias cabezas de barangay, cumplido el plazo reglamentario, renuncian á sus cargos y el pobre gobernadorcillo aumenta á sus cargas las de estas cabacerías, abonando considerable cantidad de dinero. Nada, Isio; tenga V. compasión del pobre gobernadorcillo ayudémosle y sirvamos como buenos ciudadanos al Estado, á la sociedad á que pertenecemos; son cosas de la vida, obligaciones innatas de los que tengan más; y luego, cuando no prestamos nuestra ayuda al pedáneo, y éste desmaya, vendremos pidiendo buenos caminos y otras exigencias.
—Eh, amigo; me parece que es V. partidario del gobernadorcillo y acaso uno de los que firmaron la sentencia de muerte de mis bienes, cuando precisamente yo venía á consultarle sobre la manera de ó aceptar la cabecería, pero con las cuentas bien arregladas, ó rechazarla.
—Ambas cosas son imposibles, amigo mío; y haría bien en no perder tiempo, aceptando las cédulas. Y vaya el consejo que le puedo dar: si es listo, digo, si V. es poco escrupuloso, poco ó nada perderá con la cabecería.
—¿Y cómo?
—No, no he dicho nada; no será V. capaz …
—¿De qué? El caso es salvar mi fortuna con tanto sudor adquirida.
—Pues por ahí anda gente de mal vivir que necesita proveerse de varias cédulas, para burlarse de la policía:… no se ha de comprometer Vd., puesto que se las ha de dar en blanco sin firma.
—A tanto no me atrevo.
—Pues procure colocar las cédulas entre sus amigos y parientes.
—¿Pero si no figuran en mi padrón …?
—No importa: eso no se averigua, basta que ellos presenten sus cédulas cuando se las exijan, sin meterse nadie á averiguar si el cabeza que la autoriza, pertenece al mismo barangay.
—¿Y el pobre cabeza que debiera cobrarles?
—Pues quedará haciendo cruces sobre su boca abierta, si es tan tonto que no hace lo mismo con otros.
—¡Umf! La cosa no está libre de contingencias.
—¡Claro! todo negocio tiene sus quiebras.
—Entonces no lo he de ejecutar.
—Pues otra quiebra mayor le ha de alcanzar: entrará en la cárcel por desfalcado, cargará angarillas, perderá sus bienes, que se malvenderán en pública subasta, y todo por sus excesivos escrúpulos.
—Y su padre, ¿cómo ha perdido sus bienes?… Cuando yo fuí cabeza, en vez de perder mi casa, adquirí otra por razón del cargo.
—¡Milagro!
—No crea V. en milagros, papamoscas. La cosa fué muy sencilla. La gente de esta provincia es muy ignorante y tímida, y el que tenga dos dedos de frente vive divinamente á costa de ellos. Cuando recibí el padrón ó lista de los que yo debía cobrar, noté que faltaba más de la mitad: unos estaban ausentes en lejanos lugares, otros desconocidos, y otros muertos.
—Habrá V. exigido que renovasen la lista.
—Eso era perder tontamente el tiempo y el dinero: lo primero, porque el expediente que se instruiría por cada ausente, no terminaría hasta el fin de los siglos; y lo segundo, porque los expedientes se extenderían en papel de oficio ó de ocho cuartos pliego, á costa mía, y tendría además que asoldar un escribiente y director al mismo tiempo, que siendo de los pocos que saben hacer estas cosas, se vendería carito.
—Y entonces ¿qué ha hecho V.?
—Pues hacer pagar á los presentes lo que debían los ausentes. Conocía yo donde vivían los primeros, y solía visitar á los del campo, es decír, aquellos á quienes impunemente podía exigir regalos de huevos, gallinas, cerdos, frutas, etc., que vendidos, valían dinero. Además emprendí levantar una casa: á unos pedí que me trajesen del bosque maderas; á otros bejuco, cogon y otros materiales; y á todos á trabajar, dándoles á veces, no salarios, sino algunos cuartos.
Esto á nadie chocaba, pues ya sabe V. que es costumbre inveterada.
—Y del servicio personal, ¿qué sacaba?
—¿Pero no te acabo de decir que les hacía trabajar en mi provecho?—Contestó á Isio el ex-gobernadorcillo.
—Eso no pudo ser, porque el pedáneo directamente vigilaría por la asidua asistencia de los polistas.
—Bueno; pero ¿cree V. que el gobernadorcillo se atrevería á pedirme cuentas? ¿A mí, que por cualquier cosa sería capaz de meterle en un atolladero sin salida?…
Isio no pudo replicar.
Y el capitan pasado prosiguió, envanecido por su triunfo:
—Ya he dicho que Vds. todavía poca cantidad de morisqueta han consumido; mire mis canas; ¡cuántos años y cuánta experiencia representan! Es verdad que ésta la adquirí á costa de amargos desengaños y profundos disgustos. ¡Oh! con qué abundancia de lágrimas he regado el espinoso camino por donde he venido á la ancianidad. Acaso habría caido á la mitad de él, si no hubiera siempre tenido presente que todos, absolutamente todos los mortales, así ricos como pobres, la plebe y la nobleza, seguían y siguen la misma senda que yó. Nada, nada: necesita V. aún comer muchos plátanos para poder comprender los misterios de la vida; y ya te digo: me fué divinamente la cabecería; mire que la redención del servicio personal representa otro ingreso; y las quintas …
—Advierto á V. que me ofende con esos consejos.
—¿Y quién le ha dicho que sería capaz de seguirlos? Pero V. me ha suplicado que prosiguiera; y por considerar que ha venido a oir mis consejos, le dí los que mi pobre inteligencia y mis años me habían enseñado.
—Entonces si V. no puede darme otros, dispénseme la molestia y mil gracias por sus atenciones.
Le dijo Isio, y sin poder disimular su disgusto, se fué.
Y su viejo interlocutor, volviendo de conducirle á la escalera, se sentó en un sillon de bambú; cogió un paypay, también de caña, en forma de guión de iglesia; descubrió más el pecho, echó el cuerpo hácia el espaldar, levantó los piés, y abanicándose fuertemente, y á cada momento rascándose las espaldas, decía á sus solas:
—Isio es muy excelente persona; la enérgica dignidad con que rechazó mis consejos me ha gustado mucho, si bien la venerabilidad de mis años se ha humillado un poco ante las lecciones de ese imberbe. Venía el pobre á pedirme buenos consejos, y ¿á quién se le ocurriría, si no á este desdichado vejete, enseñarle peligrosos disparates?…
Después de rascarse los muslos y las pantorrillas; y abanicándose fuertemente, prosiguió:
—Pero ¿qué otra cosa podía aconsejarle? Tengo lástima de esos bienes que á fuerza de continuados esfuerzos ha vuelto á adquirir este buen mozo. Es verdad que para salvar los nuestros propios, no tenemos derecho para arruinar al prójimo. Pero ¡Demonio de chinches y de mosquitos! Y estos ¡¡sarpullidos!!
Y seguía rascándose con más furor, y abanicándose para refrescar su ardiente cuerpo.
Después añadió:
—Los escrúpulos … ¡cá! ¡Tonterías de la humanidad! Ya veremos, ya veremos á ese guapo, y á dónde le conducirá al fin su estrecha conciencia … No puede ser: con bien no ha de salir, á no ser él un Salomon … ¡Vaya un buen tipo de Salomon que tiene el inocente Isio!