III
Las dudas del capitan pasado no tardaron mucho en aclararse.
El primer año, Isio abonó á la Administración de Hacienda pública setenta pesos, á pesar de haber desatendido por completo sus tareas en el campo, para ver de colocar las cédulas y buscar en varios rincones de la provincia á los que se creían oficialmente que le pagaban religiosamente las contribuciones.
De modo que también perdió lo que debiera haber ganado en el campo, de no desempeñar cabecería alguna.
Y lo que gastó en los viajes que hizo en busca de sus kailianes, y los contínuos á la Administración.
Lo que á Isio sucedió en el primer año fué para él, no sé si desengaño, lección ó principio de desesperación.
Verdaderamente no es lo mismo perder lo que se ha ganado en el juego, que lo adquirido á costa de tantos sudores y de constancia, y es más doloroso perderlo, después de haber agotado todos los esfuerzos imaginables para salvarlo.
En seguida se acordó de los consejos del anciano capitan pasado; pero no tenía valor para seguirlos, para abusar de los pobres, quitándoles su escasa morisqueta, adquirida á costa de tantos trabajos, ya que su miseria no les permitía comer más que dos veces al día sin más manjares que la sal, alguna legumbre pasada en agua, ó poco bagon. Robar á esta clase de gente, sería casi casi como asesinato. Isio no podía; pero ¿quién le había de pagar lo que había abonado? Esta era la cuestión que le preocupaba mucho.
Y para olvidar un tanto su angustiosa situación, aprendió á tomar basi (vino ilocano que se extrae da la caña-dulce) y á emborracharse.
Excuso deciros que Isio, alucinado por la bebida, se acercaba al abismo de su perdición.
Olvidó por completo dedicarse á su antiguo negocio, y en sus borracheras solía exclamar:
—Ah, mientras viva, á lograr el tiempo; yo he de disfrutar de los frutos de mis afanes antes que otros.
Y como no se ocupó más en cobrar á sus tributantes, dejándolo todo al primogénito, (ayudante de cabeza de Barangay con cédula gratuita por este servicio), el déficit se duplicó el año siguiente, é Isio en vez de sentirlo más, casi no lo experimentó, á pesar de haber tenido que sufrir disgustos por buscar el dinero que necesitaba, pues sus antiguos sócios no le fiaron la cantidad que les había pedido, viendo que ya él había abandonado sus trabajos en el campo y que sus bienes estaban hipotecados á favor de la Hacienda pública.
Acaso lo más prudente para él hubiera sido que se declarase entonces en quiebra, es decir, manifestase claramente al gobernadorcillo que no tenía el dinero que necesitaba para saldar las cuentas de su cabecería, poniendo á disposición de la Hacienda pública sus verdaderos bienes, y aquella se encargaría de venderlos en pública subasta.
Pero por de pronto el gobernadorcillo le remitiría preso al Gobierno civil y entraría en la carcel y saldría á trabajos públicos, entretanto que se vendiesen en público subasta sus bienes.
Mis lectores no comprenderán, como yo, la razón de este procedimiento comun en provincias; y cuidado que no es porque las autoridades provinciales lo dispongan por arbitrariedad para evitar expedientes abrumadores, procurando que el cabeza siquiera por vergüenza, busque dinero fuera para salvar sus cuentas; no, no hay arbitrariedad, lo que debe haber es alguna disposición superior mal entendida, cuya equivocada aplicación haya sido sancionada por la rutina.
Varios Alcaldes mayores se veían obligados á meter en la cárcel á centenares de cabezas desfalcados, personas honradas, sin más delito que el de no haber podido abonar lo que no habían cobrado á sus tributarios ausentes.
Pero ni Isio, con toda su borrachera, tenía valor para entrar en la cárcel, ni podía consentir que así desapareciesen sus bienes honradamente adquiridos.
Y al fin, logró alucinar á un avaro principal, que le dió el dinero que necesitaba para saldar sus cuentas con la Administración, con el interés de veinte por ciento al mes, y todavía con derecho de quedarse, si al cabo de dos años, Isio no podía pagar su deuda, con todos sus bienes, hipotecados por segunda vez á favor del acreedor, que ignoraba que en caso de quiebra entraría antes á cobrar la Administración.
Pronto Isio fué asaltado por sérios temores, y con frecuencia murmuraba:
—Todavía habrá posibilidad de que yo salga con bien de mis compromisos con la Hacienda pública, pero de las garras del codicioso, ¡ninguna! Debo meditar formalmente lo que me convenga, y una vez hallado el medio, hay que emplearlo con valentía, sin fijarse en averiguar si es justo ó reprobado.
El arrepentimiento—añadía,—nunca viene con oportunidad. ¡Oh! Qué sábios aquellos consejos que inocentemente he rechazado; pero ya no es tiempo; he perdido tontamente dos años sin ganar nada con la cabecería, y sí perdiendo todo lo que poseo, como ya lo he perdido, á pesar de conservarlo aún en mi poder …
—¡Eureka!—exclamó después de haber meditado largo rato, como si un rayo divino hubiese penetrado en aquella tenebrosa cabeza, donde se habían fraguado toda clase de maléficos planes.
—¡Eureka!—repitió.—¡Magnífica y salvadora idea!
Iré á consultarla con el inteligente ex-gobernadorcillo.