IV
—¡Pobre jóven!—exclamó el viejo ex-gobernadorcillo, al oir el conmovedor relato de Isio y su decidida resolución de procurarse el nombramiento de gobernadorcillo, para salvar su crítica situación.
—¡Pobre jóven sin experiencia!—no pudo menos de repetir, y añadió:
—Pero si es peor el remedio, ¡hombre de Dios!
—De modo que mi situación no se resuelve, si no ahorcándome en un balete ¿(árbol)?—Exclamó Isio.
—Tanto, no; como se ha de ahorcar V., ¡tonto! Sí, tonto y muy tonto sería, si no encontrase otro remedio que la ¡desesperación! Pero no es menos peregrina su idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, cuando este es infinitamente peor que el de cabeza de Barangay. El mejor remedio será resignarse á perder sus bienes, entrar en la cárcel y salir á trabajos públicos; con eso no se desprestigiará, porque es de todos conocida su honradez, al menos hasta ahora; y después ya que es jóven aún, no tardará en recuperar lo perdido. Ea, sea, V. magnánimo, que el cielo nunca desampara á los hombres laboriosos y de buena fé.
—Me parece muy excelente el consejo, y lástima que antes no se me haya ocurrido tan fácil y eficaz remedio; lo seguiré, y adios, muy señor y amigo mio.
Y diciendo esto Isio, saludó á su interlocutor y juntos se dirigieron á la escalera.
Ya abajo el cabeza de Barangay, se le ocurrió una duda y antes de despedirse por última vez, preguntó:
—Pero diga V.: ¿otra vez no me podrán elegir cabeza de barangay, cuando vuelva á reunir modesta fortuna?
Por de pronto el viejo no pudo contestar; se arrugó su frente, y después de un minuto, murmuró:
—Esa es la dificultad: como V. no ha desempeñado durante diez años seguidos el cargo, podrán obligarle á aceptarlo de nuevo.
—¡Otra vez!—exclamó Isio y volvió á subir corriendo.
—¿Diez años seguidos?—repitió el mismo—¿y quién podrá ejercerlo durante ese tiempo, de no tratarse de verdaderos ricos?…¡Eh! amigo, renuncio á practicar sus saludables consejos; antes he de salir gobernadorcillo y con lo que adquiera con ese cargo, tendré con que seguir abonando durante diez años.
—Verdaderamente—contestó el viejo enseñando una silla á su interlocutor—el caso es para desesperar.
Y después de una pausa, añadió:
—Bueno; será V. gobernadorcillo, pero ¿qué espera hombre de Dios, con ese cargo, si no disgustos á montones, humillaciones, desembolsos que no puede hacer, y su ruina completa?
—Pero no me dijo V. que cuando lo desempeñó, ¿ganó mucho dinero?
—Tanto, nó; el no haberme salido mal la broma, representa un triunfo; pero V. no tiene el atrevimiento, astucia y experiencia suficientes para no salirle el tiro por la culata; ni el valor necesario para sufrir ciertas cosas. Acabará V. por morir de disgusto.
—Hombre, no parece sino que V. tiene otro candidato para ese cargo, pues no comprendo aquellos consejos suyos que rechazé, disuadiéndome ahora.
—Amigo, le di aquellos, porque yo veía que usted no podía rechazar la cabecería; pero ahora no debe buscar su propia ruina, estando en sus manos el evitarla.
—Y ¿por qué ese cargo es tan disputado?… Algun dulce ha de encerrar, cuando á él acuden hormigas.
—¿Dulce? ¡veneno con baño de almibar!… pero, en fin, ¡dulce es! ¡Oh! muchísimos piensan coma V., así de los de abajo, por lo cual es disputado; como de los de arriba, por lo que no se modifica este cargo en el sentido de que ha de ser honorífico, si así les place; pero que de ninguna manera debiera ser muy gravoso á los que los desempeñen.
—¿Cómo gravoso?
—Sí, hombre; y lo es en grado superlativo: recuerde, si no, aquellas cabecerías vacantes de que, según hablamos anteriormente, pasaban á cargo del gobernadorcillo; y si una acabó de arruinar á V., cuatro, seis, diez ó más ¿que no le causarán?… ¿Y el sueldo del directorcillo, á quién V. pagará de su bolsillo particular al mes, lo que V. percibirá al año? ¿Y las picardías de él, de las que V. saldrá responsable, pues él no es más que un consultor particular?
—Como yo sé chapurrear el castellano, no necesitaré de directorcillo.
—Es indispensable, hombre, porque V. ignora las fórmulas para extender las primeras diligencias, poner y contestar los oficios, etc., etc.
—Si es verdaderamente indispensable, promoveré expediente para que el gobierno me conceda crédito para asoldar un directorcillo de carácter oficial con responsabilidad de sus consejos.
—Ya vé V. ¡si no es inocente! No, no puede V. ser gobernadorcillo por cándido. Y esa candidez y buena fé extremadas le acarrearán muchos disgustos.
—¡Tu dixisti!
—Dirá V. lo que quiera, capitan; pero me parece que tiene otro candidato.
—Hombre, V. me ofende; y basta eso para que yo contribuya á castigar su increible inocencia. Será V. gobernadorcillo; ahora mismo voy á visitar á mis partidarios, para que todos apoyen calurosamente su candidatura.
—Si, señor mío, á ver si me hace ese señaladísimo favor.
—No es favor, sino agravio; los indígenas, como la clase popular ó menos ilustrada de Europa, merecen bien el dictado de niños grandes: el prurito de figurar, el de elevarse algo del nivel de sus paisanos, cómo les deslumbra, ¡cómo les pierde! En efecto, los pobres se elevan un momento para venir á caer luego al fondo de las cárceles ó al abismo de la desgracia de toda su familia.
—Es V. muy pesimista.
—Vamos á las pruebas: los capitanes de este pueblo (ex-gobernadorcillos) que viven, son: Andong (Fernando), Islao (Wenceslao), Asia (Deogracias), Ansong (Juan), Ittong (Evaristo), Maddó (Romualado) y su servidor. Pues bien: el primero, que fué muy querido del pueblo, perdió todos sus bienes con el cargo y entró una vez en la cárcel, siendo persona muy honrada; el segundo está aún en presidio, porque quiso hacer picardías y no supo hacerlas bien; el tercero, por sus torpezas frecuentaba la carcel, sin ser pillo; el cuarto perdió un brazo en la persecución de malhechores, porque alardeaba de valiente ó buen servidor del Estado, y ya sabe V. bien que no solo su brazo perdió; el quinto pagó caras las picardías del directorcillo y otros á quienes había obedecido de buena fé; el sexto pasó muchos meses en la prisión por no tener con que abonar los cargos de las cabecerías vacantes y otros gastos que puede abonar un gobernadorcillo; y yo … fuí el único que no entró en la carcel, ni oyó reprimendas porque yo conocía de antemano el oficio; pero crea V.—que solo lo solicité deslumbrado por el prurito de ser jefe local; pronto me arrepentí y aunque verdaderamente salí ganando, juro que nunca más aceptaré el cargo.
Fijo Isio en la idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, debió haber oido distraidamente á su interlocutor; solo así se comprende que al final de aquellas buenas lecciones, contestase.
—Dígame V. la verdad: ¿Su opinión obedecerá á que está desesperado de poder hacer triunfar mi candidatura?
—¡Qué no he de poder yo!—rugió el ex-gobernadorcillo, herido en su amor propio.—¡Siempre he derrotado á mis adversarios!
—Bueno; por la gran influencia que justamente ejerce V. sobre el pueblo, he de ser elegido seguramente gobernadorcillo, ¿no es eso, capitan?—Contestó Isio, conociendo el pié de que cojeaba su interlocutor.
— Sí, hombre; ya que se empeña.