V
Isio, procurando explotar en provecho (no digo suyo) de su candidatura, el orgullo del viejo, publicó que estaba apoyada por éste, y por medio de varios amigos íntimos suyos propaló la noticia de que el partido opuesto se preparaba afanosamente á la lucha electoral y que creían triunfarse fácilmente de Isio y del viejo.
En vista de tales noticias, éste, que era muy astuto y vanidoso, tomó á pechos llevar avante la candidatura de Isio.
Los del partido opuesto con las murmuraciones provocativas de los primeros, eligieron un candidato suyo para oponer á Isio.
Los chismes crecían de tal modo que no parecía sino que el pueblo llegase á convertirse un dia en campo de Agramante; los ánimos estaban alebrestados y las pasiones se enardecían; unos principales que antes se respetaban mútuamente, se enviaban recados insultantes; los que eran amigos antes, ya no se saludaban …
Ya las elecciones se acercan; machos cabezas esta vez acuden voluntariamente á la Administración de Hacienda pública para saldar sus cuentas, pues no entra á votar el que tiene alguna deuda al Tesoro; los partidos se enteran minuciosamente de la conducta de sus adversarios, para ver de encontrar tachas; acuden á los juzgados, desentierran causas ó diligencias criminales ó expedientes gubernativos …
Y todo es por el dichoso cargo de gobernadorcillo, que á todos arruina.
En fin, ya llegó la víspera de la elección de gobernadorcillo ó sea el día de la de los tenientes, alguaciles, cuadrilleros y demás sirvientes sin sueldo del pequeño gobernador.
Anochecía; el bombo del tribunal (casa Ayuntamiento) no cesaba de llamar á Junta general á los principales del pueblo; y éstos acudían al llamamiento.
Ya amigos y enemigos están sentados á una larga mesa, presididos por el gobernadorcillo y empiezan á discutir la propuesta de los subalternos. Admira la calma con que al parecer se hallan reunidos los dos bandos opuestos, y es porque todos temen un sangriento choque que todos procuran evitar. El mismo presidente, que siempre es uno de los jefes de los partidos militantes, se muestra imparcial y cuando la discusión empieza á enredarse entre los jóvenes principales, en seguida los ancianos la cortan procurando una avenencia, y aquellos callan ante la voz de éstos. La discusión tiende á evitar que los propios partidarios sean nombrados subalternos.
No así ya sucede en la elección de gobernadorcillos, porque saben que no pueden venirse á las manos, por estar presididos por el jefe español de la provincia.
En ese día, el pueblo ofrece singular animación; toda la nobleza ó principalía del pueblo, vestida de extravagante chaqueta con los faldones de la camisa fuera, y sin corbata, espera al Gobernador en el tribunal con la banda de música del município. El Gobernador, antes de empezar la votación, pronuncia un discurso encaminado á desvanecer las rencillas de partidos, y para que elijan al más digno. Después se lee la lista de los que se hallan en aptitud de votar, y es cuando se nota un hecho singular, increíble y digno de ser estudiado.
Aquella gente tímida que no se atreviera á despegar los lábios delante de cualquier español peninsular en otros casos, en el presente cobra, como magnetizado, impropio atrevimiento. Y con la mayor serenidad dicen, á la faz de todo el pueblo, al Gobernador de la provincia, que Fulano es incapaz de votar por ladron ó estar encausado por hurto, y otras causas por el estilo, llamando la atención el calor con que se defienden y acusan los adversarios. Allí delante del jefe de la provincia, se cruzan verdaderos insultos, pero en forma respetuosa para el presidente.
Y cuando tocan á tachar á los candidatos á gobernadorcillos, ¡oh! aquello es indescriptible é inusitado.
Ya lo ha probado Cantú con la historia universal de la humanidad en la mano, que la indolencia ó indiferentismo es efecto de la tiranía muchas veces. ¿Por qué los indígenas en ese caso defienden tenazmente á sus partidarios? ¿Por qué esa energía en acusar?… Sencillamente, porque saben que eso les está permitido, y nadie les cohibe. Concededles, pues, más derechos; no limiteis los que les correspondan, y sólo entonces podreis juzgar de su cacareada inercia.