IX
Todo le iba bien, cuando recibió una orden del Juzgado, de comparecencia, para responder de los cargos que la principalía amotinada dirigía contra él por abusos.
—¿Qué hacer?—consultó Isio amostazado á su padrino, el viejo ex-gobernadorcillo.
—Pués váyase V. sin miedo, y niegue todos los cargos rotundamente.
—¿Pero si los he cometido á la faz de todo el mundo?
—No importa; muéstrese ahora más valiente que nunca con todos; persiga V. sin tregua á sus enemigos, en fin, dé á conocer que hada teme de ellos, fingiendo que lo hace porque siempre ha de salir con bien de todo, y ya verá si alguien se atreverá á declarar contra Vd.
Y en efecto, Isio, en vez de amansarse con el golpe, con inaudito descaro mandó llamar oficialmente á los que se habían citado como testigos y les amenazó maltratarles de obra, si declaraban contra él.
Al principio, efectivamente los más fieles y decididos testigos no se atrevieron á confesar la verdad contra Isio; pero de tantos que se habían citado no faltaron después, aunque escasos, quienes declararon contra él, y fueron aumentándose al ver que éste no cumplía sus amenazas.
Isio visitó á su consultor el ex-gobernadorcillo, y éste no pudo menos de exclamar:
—¡Hijo mío! por mi parte no encuentro medio de salvarle, es cuestión de suerte; más que eso hice cuando desempeñé el mismo cargo, y sin embargo, logré ahogar las quejas del pueblo contra mí.
—¿Y entonces?—contestó Isio ya muy abrumado.
—Pues, conformarse con su mala suerte.
—No, no puedo ir á la cárcel, después de los muchos sacrificios que hice, para ejercer lo mejor posible este cargo.
—Es el caso que V. no tenía derecho para desquitarse en sus inferiores, y la ley es inflexible.
—¡Inflexible!—exclamó Isio—y después de larga pausa murmuró:—Es verdad; pero he venido aquí para que V. me enseñe la manera de parar sus golpes.
—No veo ninguna.
—¿Ninguna? Ahí tengo una casa bastante bonita, poseo algún dinero, ¿todo esto no pueden hacer algo en mi favor?
—¡Nada!
—¿Cómo nada? Me parece V. como niño recien nacido.
—Nada, repito, porque tiene muchos enemigos que hacen imposible lo que indica.
Entonces Isio exclamó, levantando la vista:
—¡Cielos!
Y después de una breve pausa, añadió:
——¡Cielos! de tí na debo esperar nada;… tampoco de V., capitan; tampoco de mi casa y de otros bienes mios.
Y dirigió su mirada al sitio de su casa, para retirarla apresuradamente, como si no pudiera soportar el dolor que le causaba aquella, al recordar que irremisiblemente se malvendería.
Por mera casualidad se fijó su vaga vista en la vecina cordillera; entonces meditó un instante y después preguntó al viejo:
—Y esos montes ¿no podrán prestarme hospitalario refugio?
—Hombre, murmuró el viejo; es verdad que no veo otra salida para V. que huir á ellos; pero no puede V. figurarse lo triste que sería su destierro, siempre en perpetuo peligro de ser sorprendido por los agentes de justicia ó por los caníbales, y sin poder ya volver á esta vida en buena sociedad.
—¡Y qué buena es!—¡contestó con desden Isio!—Nó; prefiero el salvajismo: las murmuraciones, las envidias, la opresión del inferior por el superior, la enemistad entre el rico y el pobre; en fin, los horrores de la desigualdad, ¿son los encantos de la sociedad?… ¿Qué atractivos tiene ésta?… Si se trata de amores, ¿no es mejor, infinitamente mas grato llevar á la espesura de los bosques al objeto de nuestro cariño, y adorarle allí sin trabas, haciendo imposibles los celos y proclamarla como reina de la Naturaleza bruta?
—¡Hombre! despéjese V … vamos, temo que pierda la razón por la desgracia que le amenaza, y la cosa ciertamente no es para menos.
—¿Pero acaso he dicho alguna mentira? Señale V. cuáles son los atractivos de la sociedad.
En esto, recibe Isio un despacho urgente de la cabecera, en el que un amigo le participa que dentro de pocas horas se firmaría su destitución provisional como gobernadorcillo al par que el auto de su ingreso en la cárcel, y que según todas las probabilidades irá á parar al presidio por abusos de autoridad, exacciones ilegales y otros delitos por este estilo que han resultado justificados contra él.
Enterado su viejo interlocutor de esto, díjole:
—Sálvese V. como pueda, vaya al monte.., ó en fin, á donde quiera, hijo mío, que yo no puedo aconsejarle nada.
Isio, sin perder momento, se entrevistó con los ricos y disimulando el apuro en que se veía, y sus intenciones, malvendió en pocas horas todas sus cosas, excepto un hermoso caballo que tenía, algunos libros é instrumentos de mágia, que había aprendido en Manila y á la que tenía mucha afición, y acompañado de un criado suyo, tan fiel como valiente, aunque visiblemente de más edad que él, se dirigió al monte.